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abr 22 2014

HEMOS CONTEMPLADO LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

HEMOS CONTEMPLADO LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

Por el Yérontas Yeoryios Kapsanis, Monasterio San Gregorio de Athos

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Mensajes sobre la fiesta de Pascua

(Liberación de la muerte y la resurrección)

Prólogo

Con el conocido himno del Penticostarion: «Hemos contemplado la Resurrección de Cristo, alabamos al Santo Señor Jesús el único impecable…» Los creyentes que hemos visto al Resucitado Señor estamos llamados a alabarle, reverenciarle, cantarle y glorificarle. Es posible que no lo hayamos visto con los ojos del cuerpo, pero, puesto que lo han visto «…los que desde el principio fueron testigos viéndole con sus ojos, convertidos después en ministros del Logos» (Lc 1,2), «A estos mismos, después de su pasión, se les presentó con muchas pruebas evidentes de que estaba vivo, dejándose ver ante ellos durante cuarenta días y hablándoles de la realeza increada de Dios» (Hec 1,3), le vemos también nosotros con los ojos espirituales de nuestra psique.

No es menos importante el hecho de que en la Santa Montaña Athos, el oficio de la Resurrección empieza con la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles. Porque en este libro vemos de una manera particular los admirables hechos de la nueva Iglesia constituida por Cristo, la dinamis (potencia y energía increada) del Resucitado Señor.

Todo el edificio de nuestra Santa Iglesia está edificado encima de esta piedra angular que es el Θεάνθρωπος (zeánzropos, Dios y hombre) Cristo. Y el Señor manifiesta y revela claramente que es el Θεάνθρωπος zeánzropos, el único Θεάνθρωπος, principalmente con el hecho de Su Resurrección. Con Su muerte mostró que es hombre perfecto y con Su Resurrección que es perfectísimo Dios.

La Iglesia de Cristo no es religión, como son las demás religiones que se han creado por los hombres, no es filosofía, no es fe en inexistentes dioses transcendentales o hombres deificados. Es el cuerpo de Cristo, el Crucificado y Resucitado. Es el edificio cimentado «sobre el cimiento de los Apóstoles y los Profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús, en quien todo edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2,20-21). La fe de ellos que «nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, que es Jesús Cristo» (1ªCor 3,11), el Crucificado y Resucitado, lo demostraron los santos Apóstoles, los Mártires, los Confesores, los Santos, los Justos, los creyentes y piadosos Cristianos de todos los siglos con su propia sangre, sus esfuerzos ascéticos, el martirio de sus conciencias y sus vidas prudentes hacia los santos mandamientos del Señor.

Así nosotros también, siguiendo sus huellas, podemos ver al Resucitado Señor, reverenciarle y alabarle con gemidos inefables de nuestro corazón, predicarle con nuestros labios, pero principalmente con nuestra vida, como el único Santo, el único Señor y el único verdadero Dios, que nos ha redimido de nuestros grandes enemigos, el diablo, el pecado y la muerte. Gracias al Resucitado Señor redescubrimos también el significado de nuestra vida, la cual sin Él, según san Justino Pópovits, no es más que «una exposición caótica de tonterías repulsivas». Por eso sólo Él es nuestra salvación y la esperanza de nuestro mal torturado mundo.

Esta pequeña colección está constituida de mensajes Pascuales de nuestro Monasterio, es una oferta humilde a los “en Cristo” hermanos nuestros.

Deseamos y bendecimos que este escrito humilde nos ayude a todos a vivir en metania de la luz del Resucitado Señor y hacernos dignos, después de nuestra salida de esta vida, a disfrutar la Pascua del «día sin crepúsculo de la realeza increada de Cristo Dios».

Del santo monte Athos, Archimandrita Yeoryios. Pascua 2005

 

Hemos contemplado la resurrección de Cristo.          

Pág 17. Creemos y confesamos que el más que filántropo (amigo del hombre) Señor nuestro «se ha entregado a la muerte para nuestras faltas, pecados y ha resucitado para nuestra justicia» (Rom 4,5).

Creemos y confesamos que el Resucitado Señor es el único Salvador de los hombres, porque es el único que con independencia venció la muerte y se hizo «el primogénito de los muertos» (Col 1,18) y «es hecho primicia de los que se han dormido o muerto» (1ªCor 15,20).

 

Nuestra co-resurrección con Cristo

Pág.60. Se ha dicho que el único benefactor del género humano es el Señor Jesús Cristo, porque sólo él nos libera de nuestro mayor enemigo, que es la muerte. Todos los demás benefactores ofrecen algo, pero su oferta es provisional, es útil sólo en la vida terrenal, en cambio, el resucitado Señor nos regala la vida eterna y por eso es el único sanador y salvador nuestro.

 

El Θεάνθρωπος (Zaeántropos Dios-hombre) contesta al hombre.

Pág 9. El hombre tiene necesidades espirituales profundas, la necesidad de amar y ser amado con la agapi desinteresada. La necesidad de perpetuar su especie y sobretodo la necesidad de superar la muerte. La necesidad de sentir el perdón de sus pecados, que consciente e inconscientemente crean remordimientos, ansiedad, angustia y envenenan su vida. Finalmente el ansia de transcendencia produce la necesidad de superar la convencionalidad y la relatividad y a extenderse hacia lo infinito y absoluto.

En estas necesidades suyas, contesta la persona y la obra del Zeántropos (Dios-hombre) Salvador Cristo, sobretodo, Su muerte por la cruz y Su Resurrección.

Pág 10. En la necesidad básica del hombre sobre su inmortalidad, el Señor contesta con Su Resurrección. Con Su muerte vence nuestra muerte y nos regala resurrección y vida eterna. Al resumido himno de la Iglesia: «Cristo ha resucitado de entre los muertos, por la muerte pisoteó la muerte y los que están en las tumbas les regaló la vida», se anuncia el acontecimiento mayor de la historia, la grandísima victoria del mundo. Aquel que coparticipa en la agapi del Crucificado Jesús, coparticipará en su victoria contra la muerte. El que está privado de esta experiencia, está llamado a probarla, y estoy seguro que sentirá como suya esta realidad, la de su victoria contra la muerte y la vida eterna con Cristo. La nube oscura de la muerte se disolverá por la supra-luminosa luz increada de la Resurrección de Cristo.

 

Pascua, pase de la muerte hacia la vida. 1994.

Pág 54. …Todo el misterio de nuestra Fe Ortodoxa, de acuerdo con el maestro universal Apóstol Pablo, está resumido en el misterio de la Resurrección de nuestro Cristo. Dice el santo Apóstol: «Y si el Cristo no resucitó, vana es nuestra fe…» (1ªCor 15,17). Y eso porque el mundo tiene muchos maestros, muchos fundadores de religiones. Pero redentor que resucitó al hombre de la muerte, sólo tiene uno, nuestro Salvador Cristo. Por eso sólo el Señor Jesús Cristo, el Crucificado y Resucitado es el redentor de los hombres.

Por consiguiente, nosotros solamente adoramos a Él, solamente creemos en Él y sólo a Él seguimos. Sólo a Él glorificamos y alabamos. Sólo Él y nadie más, por muy sabio y virtuoso que fueran otros, no pudieron resucitar de entre los muertos y redimir al hombre de su peor enemigo, es decir, la muerte.

La cuestión de la sanación y la salvación del hombre no es simplemente hacerse más ético, ni aplacar a Dios, de manera que se asegure de Él una decisión de indulto, un salvoconducto. Nuestra sanación y salvación está en que el hombre pueda desde muerto vivificarse (despertar espiritual) y resucitar. Por lo tanto, sólo aquel que vivifica al hombre es el Salvador y Redentor de los hombres.

Éste pues, nuestro Señor, ofrece en toda la humanidad la vivificación. Toma al hombre muerto y le vivifica. Primero toma al muerto espiritualmente y le constituye espiritualmente vivo. Con esta resurrección espiritual le resucitará también somáticamente, durante Su Segunda Presencia.

Creemos que esta segunda resurrección es un acontecimiento indudable, porque proviene de la alianza de esta Resurrección, que es la Resurrección espiritual. Los que por la Jaris la energía increada de Dios, se hacen partícipes desde esta vida de la primera Resurrección, la espiritual, adquirieron no sólo la esperanza sino también la certeza de la segunda Resurrección, la corporal.

En paralelo, el Señor nos ha dado también muchas demostraciones tangibles, que realmente el cuerpo del hombre santo se glorifica, no se corrompe, resucita también, antes de la futura resurrección junto con el Resucitado Señor. Por eso, también, las santas reliquias tienen puntos de incorruptibilidad, perfuman, hacen milagros y permanecen siglos inalterados sin desgastarse y se convierten en símbolos de la futura doxa (gloria, luz increada) que disfrutarán los cuerpos de los Santos, cuando resucitarán durante la Segunda Presencia del Señor.

La cuestión es, cómo el Cristiano podrá hacer la vida de Cristo en su propia vida de manera que resucite él también. Cómo se convertirá la Resurrección de Cristo, también su propia resurrección.

Hermanos y Padres:

El Señor no ha dejado en el mundo solamente una enseñanza ética y unas recetas sociales. Ha dejado Su Cuerpo, el Sí Mismo y a cada uno que quiera resucitar no tiene que hacer otra cosa que unirse con el Cuerpo del Resucitado Señor. El Cuerpo del Resucitado Señor es la Iglesia. Cada uno que se hace miembro vivo de la Iglesia, inmediatamente recibe la vida de Cristo y la hace su propia vida. Por lo tanto, cuando vivimos dentro de la Iglesia, luchamos con humildad y oración, co-participamos en los santos Misterios y sobretodo de la divina Efjaristía (Eucaristía) que es el Cuerpo y Sangre de Cristo, adquirimos esta experiencia de vivificación de nuestro cuerpo mortal, que es el paso de la muerte a la vida. Esto es la verdadera Pascua. Porque Pascua quiere decir pase, pase de “la muerte hacia la vida.”

Cada vez que el Cristiano ora con humildad y agapi hacia Dios, realiza un traspaso, un paso desde el egoísmo a la participación en la vida divina. Cada vez que el Cristiano vence su propia voluntad egoísta, apasionada y mala astuta y hace la santa voluntad de Dios, realiza un traspaso de la muerte hacia la vida. Cada vez que el Cristiano comulga el Cuerpo y Sangre de Cristo, entonces hace el mayor traspaso de la muerte a la vida.

Estos gloriosos y grandes misterios de nuestra vivificación e inmortalidad existen dentro de nuestra santa Iglesia, y es una pena, hermanos míos, no aprovecharlos, en abandonarlos, no utilizarlos, no valorizarlos para nuestro beneficio y realización.

Es triste que hoy, mientras todos espiritualmente estamos asfixiados y principalmente nuestra juventud al igual que muchos mayores sensibles, ignoremos o neguemos en conectarnos con el Jefe de la vida, el Salvador Jesús Cristo, y no decidimos hacer Su vida, nuestra vida, de manera que pasemos de la muerte a la vida. Y mientras existe el Vivificador Cristo, nuestra alegría y paz, nosotros preferimos morir en la soledad, la ansiedad, la angustia, el vacío y la falta de significado y sentido en nuestra vida.

Humildemente deseo a todos los co-festejantes con nosotros y de parte de los hermanos de nuestro Monasterio (san Gregorio de Athos), en esta santa noche de Resurrección, durante la cual “todo se colma de luz, el cielo, la tierra y las subterráneas o infernales”, sea realizado este traspaso en todos nosotros, esta pascua, el traspaso de la muerte hacia la vida. Creer y amar más a Cristo. Unirnos con Cristo, de manera que nuestra vida se convierta en vida de Resurrección. Entonces ya no tendremos miedo a la muerte somática o biológica. Porque el que se ha unido con el Señor Resucitado, no tiene miedo a la muerte corporal, porque ya ha pasado de la muerte a la vida. Ya se ha resucitado y ya ha entrado en la Realeza increada de Dios.

Deseo, otra vez, que el Resucitado Señor nos conduzca en Su unión, consolar nuestros corazones, llenarnos todos de Su Jaris (gracia, energía increada), regalarnos la iluminación de la teognosia (conocimiento de Dios), de manera que estemos unidos junto a Él.

Finalmente deseo que nuestra vida esté siempre plena de luz y alegría resucitante.

 

El Señor ha reinado

Pág 15. Separados del Señor resucitado tenemos un sabor amargo de la muerte.

Nuestra cultura niega al Resucitado y se autocondena a ser cultura de la muerte.

Ni los disfrutes, ni sus logros, ni nuestras exaltaciones humanas pueden vencer la ley de la corrupción total. Sentimos la muerte reinar sobre nosotros y nos inunda.

Pero mientras nos acercamos y comulgamos con el Señor Resucitado, sentimos que la muerte no nos domina. La fuerza del Resucitado vivifica nuestros miembros, llega hasta nuestros huesos, nos da paz, jaris y libertad de la muerte. Nos vestimos nosotros también con Su propia dignidad y brillantez.

Cruz y Resurrección

Pág.22. La Cruz, la Resurrección y los supralógicos Misterios del Logos, nos sacan de lo parálogo, (contra-lógico, insensato o paradójico) del mundo. Nos dan la posibilidad de vivir, en la medida que participamos de ellos, la victoria del Logos contra lo parálogo, el pecado, la muerte y el diablo.

Hoy todos vivimos el drama del hombre, de nuestras sociedades “culturales” que dentro de la abundancia y su autosuficiencia, se están tiranizando por la falta de sentido y significado de su vida. Quiere la alegría pero no la encuentra, porque rechaza la Cruz y la Resurrección del Crucificado y Resucitado. Esta sociedad conduce a los jóvenes desesperados a las drogas, a los psiquiátricos y al desorden. Así el hombre contemporáneo está crucificado en la ansiedad, la angustia, el estrés, el nihilismo, la desesperación y la soledad. Esta crucifixión no es la Cruz de Cristo, por eso, está sin esperanza, sin resurrección y sin alegría.

La crucifixión del infiel trae la muerte.

La crucifixión del fiel en Cristo trae vida y resurrección.

 

El crucificado y resucitado Jesús, el único Salvador del mundo.

Pág 90. De la Cruz de Cristo emana la absolución de nuestros pecados. La sangre de Jesús Cristo “nos sana de todos los pecados” (1ªJn 1,7). Comemos Su Cuerpo y bebemos Su Sangre durante la divina Efjaristía en absolución de los pecados y la vida eterna.

Qué hombre, por muy pecador que fuera y es, cuando se arrepiente y pide el perdón al Crucificado, no recibirá abundantemente la absolución y no sentirá el perdón de Su agapi (amor, energía increada).

Un devoto monje de mediana edad que estaba muriendo por enfermedad incurable, dijo: Con la Jaris de Dios he luchado, tal y como debía como monje. Pero ahora no tengo esperanza en mis virtudes y mi lucha. Sólo tengo esperanza en la Sangre del Crucificado”.

El monje budista Soma Ram Thero, que fue condenado con la pena de muerte, en vísperas de su ejecución pidió bautizarse y dijo, porque sólo en Jesús Cristo encontró perdón, en ninguna otra religión.

Además, por eso el Señor nos llama cerca de Él, para darnos realmente descanso, alivio perdonando nuestros pecados: “Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré” (Mat 11,28).

Pág 91. Creemos en el Señor Jesús Cristo, el Zeántropos (Dios y hombre), como el único Salvador y Redentor nuestro, porque sólo Él ha vencido la muerte, el pecado y el diablo y mediante Él y en Él participamos también nosotros los pecadores en Su victoria y nos hacemos inmortales y eternos. Los que antes éramos hijos de la muerte, ahora nos hacemos “hijos de la Resurrección” (Lc 20,36). Esta es nuestra alegría, que según el logos del Señor es “completa” (Jn 16,24), es decir, perfecta.

 

La Cruz y la Resurrección

Pág 23. La Iglesia es el Cuerpo del Crucificado y del Resucitado Señor. La Iglesia en los siglos es crucificada por los pecados de sus miembros y los ataques de sus enemigos. Pero no muere, porque su cabeza el Zeántropos (Dios y hombre) Cristo venció la muerte. El mundo con sus soberanos, el poder mundano, la jerarquía de la Iglesia que algunas veces está conciliada con el poder, la prensa y otros medios, quieren otra vez enterrar el Cuerpo de Cristo. Pero esto es imposible. Porque el Resucitado no se puede limitar en ninguna tumba.

Los Cristianos ortodoxos conocen que tienen una cabeza inmortal, por eso no agonizan con la desesperación. Conocen que Cristo siempre vence la muerte mediante sus miembros, aunque sea necesario que sus miembros vayan a recibir nuevas crucifixiones por sus “verdugos” crucifixores contemporáneos. También conocen que los que atacan al Crucificado y Resucitado son los que más le necesitan.

 

Cristo, ayer me co-enterraba contigo. Hoy me co-levanto con tu Resurrección.

Pág 49. La Semana Santa que ha pasado, se nos ha dado la posibilidad y el poder de crucificarnos místicamente también nosotros y enterrarnos con nuestro Señor. Hemos oído hoy por los escritores de la vida, los santos, que se diga: “llevamos a cabo los santos Pazos del Señor”. No festejamos, sino realizamos los santos Pazos. No es que nosotros crucifiquemos a Cristo, -así lo entiendo- sino que nosotros nos co-crucificamos con Cristo y sentimos Sus Pazos como nuestros pazos, y Su Cruz como nuestra. Así podemos vivir hoy su Resurrección como nuestra.

Pág 50. …Realmente, algo que demuestra que nuestra fe es viva y que nos hemos co-enterrado y encontrado con Cristo, es nuestra actitud frente a la muerte. Es decir, no tememos la muerte como la temen los idólatras y los no creyentes, sino que la vemos con esperanza, puesto que nuestro Señor venció la muerte, ya que nosotros también nos hacemos copartícipes de Su muerte y Su Resurrección. Entonces tenemos alegría verdadera, la Santa Pascua. Porque, ¿cómo uno puede tener alegría si no ha afrontado la cuestión de la muerte y la cuestión de la absolución y perdón de sus pecados y la situación eterna de su existencia? Cuando estos grandes misterios se han resuelto, entonces el hombre puede tener alegría y festejar la Pascua del Señor felizmente.

La alegría de la Pascua no viene de las buenas comidas, ni de las diversiones. Con esto intentamos esconder nuestro vacío y nuestra desgracia. La alegría de la Pascua emana del sentido que nos hemos co-enterrado y encontrado con Cristo y junto con Él hemos vencido nuestros mayores enemigos, que son la muerte, el diablo y el pecado.

Habiendo conseguido estas victorias podemos alegrarnos en esta vida y podemos sentir la obra de Cristo y tener sentido que realmente Cristo es nuestro redentor. Y nadie más puede ser nuestro redentor que el vencedor de la muerte, el Señor Jesús Cristo.

 

Pag 52. San Justino Pópovits dice “el hombre crucificó a Dios y Dios le ha condenado a la inmortalidad. Antes de la resurrección de Cristo la muerte era terrible para el hombre, desde la Resurrección de Cristo el hombre se convierte en terrible para la muerte. En su libro “Condenados a ser inmortales” leemos que el Señor vence la muerte y nosotros también podemos vencer la muerte, mientras venzamos al pecado. Cada vez que pecamos, dice san Justino Pópovits, nos hacemos más mortales. Cada vez que superamos el pecado nos hacemos más inmortales.

Roguemos al Resucitado Cristo a que nos ayude en esta lucha de victoria contra el pecado y nuestros pazos, para que nosotros también estemos vistiéndonos la vestimenta de la inmortalidad. Y aún con Su presencia, que está llena de luz increada, iluminar nuestras psiques, el hombre interior, que más o menos cada uno de nosotros tiene puntos oscuros. Cuanto más cerca de Cristo está uno, tanta más luz existe en su interior y menos oscuridad. Sólo los hombres santos, los que se han unido totalmente con Dios han podido expulsar toda oscuridad de su interior y todo su mundo interior sea luz increada.

Depende de nosotros, de nuestra voluntad, de nuestra lucha, pedir al Señor Jesús que entre y habite en nuestro interior para expulsar las oscuridades y traer la luz increada, de manera que todo nuestro mundo interior se convierta luz. Entonces seremos dignos de la Realeza (increada) de la Luz (increada) sin crepúsculo.

 

Por la muerte pisoteó la muerte (pág 86)

El hombre contemporáneo absorbido por la multitud de ocupaciones, los programas de la televisión y varios otros medios de comunicación y “ocio”, no tiene tiempo conocer a sí mismo, a su prójimo y a su Dios. Así desvía también sus problemas serios existenciales, como el problema de la muerte. Sólo en el entierro de alguno de sus familiares o conocidos reflexionará un poco sobre la muerte, para volver rápidamente a la rutina de la vida diaria.

Las fiestas sobre los divinos Pazos (padecimientos, pasiones) y la santa Resurrección de nuestro Dios, nos ofrecen la ocasión de ver el acontecimiento de la muerte y afrontarlo.

Contemplando la muerte del Señor, comprobamos que la muerte es realidad, la cual también el mismo Hijo de Dios sufrió.

Aún vemos que la muerte tiene como raíz suya la infracción y el pecado del hombre. “En cuanto más se alejaba de la vida, más se acercaba a la muerte. Porque Dios es vida y la privación de la vida es la muerte (San Basilio, “Porqué Dios no es la causa de los males” EPE tom 7). Según el aviso del Santo Dios: “El día que comeréis esto, por la muerte, moriréis” (Gen 2,17).

Cada muerte es trágica, no sólo por nuestra separación provisional de lo que amamos, también porque es la consecuencia y demostración de nuestra pecaminosidad.

El impecable Señor Jesús Cristo muere por nuestros pecados. Muere voluntariamente por infinita agapi (amor) para nosotros. Su muerte es sacrificio, ofrecimiento de agapi por la vida del mundo, la sanación y salvación.

Nuestros pecados le han subido a la Cruz. Pero la divina agapi ha vencido a la muerte.

En la realidad de la muerte se añade una nueva realidad aún más fuerte, la de la Resurrección.

La última palabra que sella al mundo no es el “se ha terminado” del Señor, sino el evangelio de las Miroforas (las mujeres que llevan la mirra), que el Señor ha resucitado de los muertos. Esta es también nuestra esperanza y nuestra alegría. Nadie puede quitárnosla, al no ser que nosotros por no creer y con la poca fe la rechazamos.

Si la agapi de Cristo fue tan fuerte de modo que venza la muerte, también nuestra agapi hacia Cristo vencerá nuestra muerte.

En estos santos días rogamos a nuestro Señor hacernos dignos de vivir este misterio; ver cara a cara nuestra muerte y no tenerle miedo, porque la vence el Crucificado y Resucitado Señor.

La agapi, la esperanza y la alegría del Crucificado y Resucitado Señor deseamos y esperamos que colme también vuestros corazones durante estas santas fiestas y durante la vida presente y la eterna.

Hermanos

Χριστός ἀνεστη!!! Ἀληθῶς ἀνεστη!!! Jristós anesti, alizós anesti

¡Cristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!!!

Santa Pascua 2001.  Yérontas Yeoryios Kapsanis, Athos.

Traducido por: χΧ jJ  www.logosortodoxo.com

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