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may 14 2013

Condenados a ser inmortales

Cristo

Los hombres condenaron a Dios a la muerte, pero el Dios por Su Resurrección “condena” a los hombres a la inmortalidad. Por sus golpes les recompensa con abrazos, por sus insultos con bendiciones, por la muerte la inmortalidad. Nunca los hombres mostraron tanto odio hacia el Dios, que cuando Le crucificaron; y nunca el Dios ha mostrado tanta agapi (amor, energía increada) hacia los hombres, que cuando resucitó. Los hombres querían hacer el Dios mortal, pero el Dios por Su Resurrección los convirtió en hombres inmortales. Resucitó el Dios crucificado y mató la muerte. La muerte esencialmente ya no existe. La inmortalidad inundó al hombre y todos sus mundos. Por la Resurrección del Θεάνθρωπος (zeánzropos, Dios y hombre) la naturaleza humana fue conducida irrevocablemente hacia el camino de la inmortalidad, y se ha convertido terrible para la misma muerte. Porque antes de la Resurrección de Cristo la muerte era terrible para el hombre, pero después de la Resurrección se ha convertido el hombre terrible para la muerte. Si el hombre vive por la fe en el Resucitado Θεάνθρωπος (zeánzropos, Dios y hombre), vive por encima de la muerte y se constituye en intocable de la misma . La muerte se convierte “en pedestal de sus pies”; ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1ªCor 15,55-56). Así que si el hombre muere, simplemente deja la prenda de su cuerpo para vestirlo de nuevo durante el día de la Segunda Presencia.

Hasta la Resurrección del Θεάνθρωπος (zeánzropos, Dios y hombre) Cristo, la muerte era la segunda naturaleza del hombre y la primera era la vida. El hombre se había acostumbrado a la muerte como algo natural, pero después de Su Resurrección, el Señor lo cambió todo: la inmortalidad se hizo segunda naturaleza del hombre. Se hizo algo natural en el hombre y la muerte se convirtió inmortal. Tal y como hasta la Resurrección de Cristo era natural en los hombres que fuesen mortales, así después de la resurrección se hizo para ellos natural la inmortalidad.

Por el pecado, el hombre se convirtió en mortal y perecedero. Por la Resurrección del Θεάνθρωπος (zeánzropos, Dios y hombre) se convierte en inmortal y eterno. Exactamente en esto consiste la fuerza, la potencia y la omnipotencia del Cristo Resucitado. Por eso sin la Resurrección de Cristo ni siquiera el Cristianismo existiría. Entre los milagros, la Resurrección del Señor es el mayor milagro. Todos los demás milagros emanan y son resumidos en este. De este milagro emanan la fe, la agapi (amor desinteresado, energía increada divina), la esperanza, la oración y la piedad en Dios. Los discípulos fugados, estos que se marcharon lejos de Jesús cuando estaba muriendo, retornan a Él cuando resucitó. Y el centurión romano cuando ha visto a Cristo resucitar de la tumba, lo confesó como Hijo de Dios. De la misma manera también los primeros Cristianos se hicieron Cristianos, porque Cristo ha resucitado y porque ha vencido la muerte. Esto es lo que ninguna otra religión tiene; esto es aquello que de una manera única e indudable muestra que el Jesús Cristo es el único Dios verdadero y Señor en todos los mundos visibles e invisibles.

Gracias a la Resurrección de Cristo, gracias a la victoria sobre la muerte, los hombres se hacían, se hacen y se irán haciendo siempre Cristianos. Toda la historia del Cristianismo no es otra cosa que la historia del uno e único milagro de la Resurrección de Cristo, el cual continúa incesantemente en todos los corazones de los Cristianos día a día, de año en año, de siglo en siglo hasta la Segunda Presencia.

El hombre nace realmente, no cuando su madre lo trae al mundo, sino cuando haya creído al Resucitado Salvador Cristo, porque entonces nace en la vida inmortal y eterna, en cambio la madre da a luz al hijo hacia la muerte, para la tumba. La Resurrección de Cristo es la madre de todos nosotros, de todos los Cristianos, la madre de los inmortales. Por la fe en la Resurrección del Señor, nace de nuevo el hombre, nace para la eternidad.

- ¡Esto es imposible! Observa el escéptico. Y el Resucitado Θεάνθρωπος (zeánzropos, Dios y hombre) contesta: “Todo es posible para el que cree” (Mr 9,23). Y el que cree con todo su corazón, con su psique entera y con todo su ser es que vive según el Evangelio del Resucitado Señor Jesús Cristo.

Nuestra fe es la victoria por la que vencemos la muerte, es decir, la fe en el Resucitado Señor. “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? En cambio el centro de la muerte es el pecado” (1ªCor 15, 55-56). Por Su resurrección el Señor “destruyó el centro de la muerte”. La muerte es la serpiente y el pecado es su aguijón. Por el pecado, la muerte derrama el veneno en la psique y el cuerpo del hombre. Cuando más pecados tiene el hombre, tanto más son los centros o aguijones por los que derrama la muerte el veneno en él.

Cuando la avispa pica al hombre, él intenta de cualquier manera quitar el aguijón de su cuerpo. Sin embargo, cuando le pica el pecado –el aguijón de la muerte- ¿qué debe hacer? Debe con la fe y la oración invocar al Resucitado Salvador Cristo, para expulsar Él el aguijón de la muerte de su psique. Y Él como muy caritativo lo hará, porque es Dios de la Misericordia (energía increada) y de la Agapi (agapi, energía increada). Cuando muchas avispas pican al cuerpo del hombre y lo lesionan gravemente, entonces el hombre se envenena y muere. Lo mismo pasa también con la psique del hombre cuando es lesionado por los muchos aguijones de los pecados. Así muere con la muerte que no tiene resurrección.

El hombre con Cristo venciendo el pecado de su interior, vence la muerte. Si ha pasado un día y tú no has vencido ni un pecado, sepas que te has convertido en más mortal. ¡Pero si has vencido uno, dos o tres pecados tuyos, te has convertido en más joven con la juventud que no envejece, la inmortal y la eterna! No olvidemos nunca que: cuando uno cree en el Cristo Resucitado, esto significa que lucha constantemente contra del pecado, del mal y de la muerte.

Si el hombre cree verdaderamente en Cristo Resucitado, lo demuestra con la lucha contra el pecado y los pazos; y si lucha debe conocer que lo hace para la inmortalidad y la eternidad de su vida. Pero si no lucha, ¡su fe es vana! Porque, si la fe del hombre no es la lucha para la inmortalidad y la eternidad, ¿entonces qué es? Si con la fe en Cristo uno no llega a la inmortalidad y la eternidad, ¿para qué nuestra fe? Si el Cristo no ha resucitado, esto significa que el pecado y la muerte no se han vencido. Si estas dos no se han vencido entones ¿por qué uno creer en Cristo? Pero aquel que por la fe en el Cristo Resucitado lucha contra cada pecado, este automáticamente refuerza en sí mismo el sentido y sentimiento que el Señor realmente ha resucitado, realmente ha destruido el aguijón, el centro de la muerte y realmente la ha vencido en todos los frentes de la batalla.

El pecado reduce gradualmente la psique del hombre y la acerca hacia la muerte, la convierte de inmortal en mortal, de incorruptible e inmensa en corruptible y perecedera. Cuando más pecados tiene el hombre, tanto más mortal es. Si el hombre no se siente en sí mismo como inmortal, está claro que está hundido en los pecados, en pensamientos lúgubres y en sentimientos mortificados. El Cristianismo es una llamada hasta el último respiro de la lucha contra la muerte, es decir, hasta la victoria definitiva sobre ella. Cada pecado es un retroceso y cada pazos es una traición y cada maldad una derrota.

Uno no debe preguntarse por qué los Cristianos también mueren. Esto se hace, porque la muerte del cuerpo es una siembra. Se siembra cuerpo mortal, dice el Apóstol Pablo (1ªCor 15,42), y brota, crece y se convierte en inmortal. Igual que la semilla sembrada, así también el cuerpo se disuelve, para vivificarlo y perfeccionarlo el Espíritu Santo. Si el Señor Jesús no hubiese resucitado el cuerpo, ¿qué beneficio tendría esto de Él? Si Él no ha resucitado el cuerpo, no habría salvado al hombre entero. Si no hubiese resucitado el cuerpo, ¿entonces por qué se encarnó, por qué tomó cuerpo, puesto que no lo ha dado nada de Su Deidad? (San Juan el Crisóstomo, comentario a la Epístola a los Corintios).

Si el Cristo no ha resucitado, ¿entonces por qué uno creer en Él. Francamente, confieso que yo nunca creería en el Cristo, si no hubiese resucitado y no hubiese vencido la muerte, nuestro mayor enemigo. Pero el Cristo ha resucitado y nos ha regalado la inmortalidad. Sin esta verdad, nuestro mundo es solamente exposición caótica de tonterías odiosas. Sólo con Su gloriosa Resurrección el admirable Señor y Dios nuestro, nos ha liberado de lo paradójico y la desesperanza. Porque sin la Resurrección no existe en el cielo ni debajo del cielo algo más paradójico que este mundo; tampoco hay mayor desesperación en la vida sin la inmortalidad. Por eso en todos los mundos no hay existencia más desgraciada que el hombre que no cree en la Resurrección de Cristo y en la resurrección de los muertos (1ªCor 15,19). “Mejor le fuera a ese hombre no haber nacido” (Mt 26,24).

En nuestro mundo la muerte es el mayor tormento, inhumana y horrible. La liberación de este tormento y esta inhumanidad es exactamente la salvación. Este tipo de salvación ha regalado al género humano sólo el Vencedor de la muerte – el Resucitado Θεάνθρωπος (zeánzropos, Dios y hombre). Por Su resurrección Él nos ha apocaliptado=revelado todo el misterio de nuestra salvación. Salvación significa asegurar para el cuerpo y la psique inmortalidad y vida eterna. ¿Pero cómo se consigue esto? ¡Sólo con la vida divino-humana, la nueva vida en el Resucitado y por el Resucitado Cristo!

Para nosotros los Cristianos esta vida en la tierra es una escuela, que aprendemos cómo asegurar la inmortalidad y la vida eterna. Porque, ¿qué beneficio tenemos de esta vida, si con ella no podemos asegurar la eterna? Pero el hombre para resucitar con el Cristo, primero debe co-morir con Él y vivir la vida de Cristo como suya. Si hace esto, entonces podrá el día de la resurrección decir junto con san Gregorio el Teólogo: “Ayer me he co-crucificado con Cristo, hoy estoy co-gloriado, ayer estaba muriendo, hoy me vivifico; ayer estaba co-enterrado, hoy me co-resucito” (Logos en la Pascua).

Sólo en cuatro palabras se recapitulan también los cuatro Evangelios de Cristo: Χριστός Ἀνέστη! – Ἀληθῶς Ἀνέστη!… ¡Cristo resucitó! -¡verdaderamente resucitó!… En cada una de estas palabras se encuentra también un Evangelio, y en los cuatro Evangelios se encuentra todo el sentido y significado de todos los mundos de Dios, los visibles y los invisibles. Y cuando todos los sentidos, sentimientos y pensamientos del hombre se concentran en este trueno de saludo pascual: «Χριστός Ἀνέστη Cristo ha resucitado!», entonces la alegría de la inmortalidad remueve todos los seres, y estos en deleite y gozo contestan: «Ἀληθῶς Ἀνέστη verdaderamente ha resucitado!!!»

¡Sí, es verdad, el Señor ha resucitado! Y testigo de esto eres tú, yo y cada Cristiano, empezando por los santos Apóstoles hasta la Segunda Presencia, Porque sólo la potencia del Resucitado Θεάνθρωπος (zeánzropos, Dios y hombre) Cristo fue capaz de dar, -y da continuamente y estará dando- la potencia y energía increada en cada Cristiano, desde el primero hasta el último, para vencer todo lo mortal y la misma muerte, todo lo pecaminoso y al mismo diablo. Porque sólo con Su Resurrección el Señor, mostró y demostró de la manera más convincente que Su vida es Vida Eterna, Su bondad es Bondad Eterna y Su alegría es Alegría Eterna. También mostró y demostró que todo esto lo da Él a cada Cristiano en todas las épocas, por Su filantropía sin precedentes.

Por eso, no hay otro acontecimiento, ni en el Evangelio, tampoco en la historia entera del género humano, que sea testificado tanto y de manera tan potente y convincente, tan invulnerable e indudable, como la Resurrección de Cristo. Sin duda, en toda su realidad histórica el Cristianismo, su potencia y omnipotencia histórica está fundamentada sobre el acontecimiento de la Resurrección de Cristo, es decir, la eterna viva Hipostasis (base substancial) del Θεάνθρωπος (zeánzropos, Dios y hombre) Cristo. Y sobre esto testifica la historia milagrosa de largos siglos del Cristianismo.

Porque si hay un acontecimiento en el que sería posible resumir todos los acontecimientos de la vida del Señor y de los Apóstoles y generalmente de todo el Cristianismo, este acontecimiento es la Resurrección de Cristo. Además, si hay una realidad en la que se podrían resumir todas las verdades Evangélicas, esta verdad sería la Resurrección de Cristo. Aún más, si hay una realidad en la que se podrían resumir todas las realidades Nuevo-testamentales, entonces esta realidad sería la Resurrección de Cristo. Finalmente si hay un milagro Evangélico que se podrían resumir todos los milagros del Nuevo Testamento, entonces este milagro sería la Resurrección de Cristo. Porque sólo en la luz increada de la Resurrección de Cristo, se destaca admirablemente también la persona del Θεάνθρωπος (zeánzropos, Dios y hombre) Jesús Cristo y Su obra. Sólo en la Resurrección de Cristo se explican todos los milagros de Cristo, todas Sus verdades, todos Sus logos y todos los acontecimientos del Nuevo Testamento.

Hasta Su Resurrección, el Señor enseñaba sobre la vida eterna, pero después de Su Resurrección mostró realmente que Él mismo es la vida eterna. Hasta Su Resurrección enseñaba sobre la resurrección de los muertos, pero con Su Resurrección mostró que Él mismo realmente es la Resurrección de los muertos. Hasta Su Resurrección enseñaba que la fe en Él traspasaba de la muerte a la vida, pero con Su Resurrección mostró que Él mismo ha vencido la muerte y aseguró de esta manera en los ya muertos hombres el traspaso de la muerte a la Resurrección. Sí, sí, sí: el Θεάνθρωπος (zeánzropos, Dios y hombre) Jesús Cristo con Su Resurrección mostró y demostró que es el único verdadero Dios, el único verdadero Θεάνθρωπος (zeánzropos, Dios y hombre) en todos los mundos humanos.

Y algo más: sin la Resurrección del Θεάνθρωπος (zeánzropos, Dios y hombre) no se puede explicar la misión, envío o apostolidad de los Apóstoles, ni el martirio de los Mártires, tampoco la confesión de los Confesores, ni la santidad de los Santos, ni la ascesis de los Ascetas, ni la milagrosidad de los Milagros, ni la fe de los creyentes, ni la agapi-amor desinteresado de los que aman, ni la esperanza de los desesperanzados, ni el ayuno de los que ayunan, ni la oración de los que oran, ni la apacibilidad de los apacibles, ni la metania (arrepentimiento, conversión) de los que están en metania, ni la caridad ni cualquier otra virtud cristiana o ascesis. Si el Señor no se hubiera resucitado y como Resucitado no hubiera llenado Sus discípulos con la fuerza vivificante y la sabiduría milagrosa, ¿quién podría juntar a estos asustados y huidos y darles ánimo, fuerza y sabiduría para poder sin miedo a predicar y a confesar al Señor Resucitado y fueran con tanta alegría a la muerte por Él? Y si el Señor Resucitado no los hubiese llenado con Su sabiduría, fuerza y energía increada, ¿cómo podrían encender el fuego inapagable de la fe del Nuevo Testamento a estos simples analfabetos, ignorantes y pobres hombres?  Si la fe Cristiana no fuera la fe del Resucitado y por consecuencia del eterno vivo y vivificante Señor, ¿quién podría inspirar a los Mártires en la hazaña del martirio, y los Confesores en la proeza de la confesión, y los Ascetas en la hazaña de la ascesis, y los que ayunan en la hazaña de la abstinencia, y cualquier Cristiano en cualquier hazaña Evangélica?

Todas estas cosas, pues, son verdaderas y reales para mí, para ti y para cada existencia humana. Porque el admirable y dulcísimo Señor Jesús Cristo, el Resucitado Θεάνθρωπος (zeánzropos, Dios y hombre), es la única existencia sobre el cielo por la que puede el hombre aquí en la tierra vencer también la muerte, al pecado y al diablo, y convertirse en bienaventurado, feliz e inmortal, partícipe en la Eterna Realeza increada de la Agapi (amor, energía increada) de Cristo… Por eso, para la existencia humana el Resucitado Señor es el todo en todos los mundos: lo Bello, lo Bueno, lo Simpático, lo Favorito, lo Feliz, lo Alegre, lo Divino, lo Sabio lo Eterno y o Increado. Él es toda nuestra Agapi, toda nuestra Verdad, toda nuestra Alegría, toda nuestra Bondad, toda nuestra Vida y la Vida Eterna e Increada en todas las divinas eternidades e inmensidades.

  • Por eso otra vez y muchísimas más, e innumerables veces:

Χριστός Ἀνέστη! ¡Jristós anesti Cristo ha resucitado!!! 

Por san Justino Popovits

 

Fuente: hristospanagia5
Traductor: xX.jJ

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