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Feb 15 2025

Parábola del hijo pródigo

Parábola del hijo pródigo, Lucas 15:11-32.

11 También dijo: Un hombre tenía dos hijos;

12 y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y el padre les repartió su fortuna.

13 No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí derrochó y gastó toda su fortuna haciendo una mala vida.

14 Y cuando se lo había malgastado todo, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a padecer necesidad y tener hambre.

15 Y por el hambre que sufría, fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a sus tierras a guardar cerdos.

16 Y deseaba llenar su estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie de los siervos le daba, porque estaban destinadas para los cerdos.

17 Y un día volviendo en sí, en su sano juicio, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan y comidas, y yo aquí me muero de hambre!

18 Resucitado o despertado espiritualmente se dijo a sí mismo, me iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo ante Dios y sus ángeles, y contra ti. (Aquí la palabra ἀναστὰς anastás la traduzco literalmente: resucitado o al haber resucitado, o despertado espiritualmente, en vez de levantado o al levantarse; expresamente el divino escritor pone el verbo ανασταίνω anasteno resucitar en vez de εγείρω eguíro levantar; y por mi experiencia personal así la he vivido esta parábola hasta en los comas y los acentos que no me sobra nada)

19 Ya no soy digno de ser llamado tu hijo y llevar tu honorable nombre; tenme como a uno de tus jornaleros.

20 Y al haber resucitado o despertado espiritualmente, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, su padre que desde mucho tiempo lo esperaba y siempre miraba con anhelo a la calle, lo vio, se conmovió, se compadeció de él y corrió a su encuentro, y se echó con mucho cariño sobre el cuello de su hijo, y le cubrió de besos.

21 Y el hijo quebrantado y conmovido, le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.

22 Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad inmediatamente el mejor traje, y ponédselo; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies para que no ande descalzo.

23 Y traed el ternero cebado y matadlo, y celebremos un banquete y deleitemos todos por este acontecimiento agradable;

24 porque este mi hijo estaba muerto espiritualmente, y ha resucitado o despertado espiritualmente y revivido; se había perdido, y ha sido encontrado. Y comenzaron todos a festejarlo. (Cuando un pecador que antes había abandonado a Dios, haciendo el ridículo y hundido al desprecio derrochó los divinos regalos en el pecado, y se vuelve con sinceridad a la metania, se arrepiente, y regresa al Padre, vuelve a tomar la adopción y su primera posición, entonces los Ángeles y los justos están llamados de Dios a alegrarse y deleitar).

25 Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas;

26 y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello que sucedía.

27 Él le dijo: Tu hermano ha vuelto y tu padre se alegró mucho y ha hecho matar el ternero cebado, por haberle recibido sano.

28 Entonces se enojó, y no quería entrar. Su padre salió para convencerlo y con cariño le rogaba entrar.

29 Pero él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para celebrar y gozar con mis amigos.

30 Pero cuando vino este tu hijo, que ha derrochado tus bienes con rameras, has hecho matar para él el ternero cebado.

31 Entonces el padre le dijo: ¡Hijo mío, tú  siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas y nunca te he privado de nada!

32 Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano estaba muerto espiritualmente, y ha resucitado o despertado espiritualmente y revivido; estaba perdido, y lo hemos hallado. (Se enfadaban los arrogantes y altaneros Fariseos cuando veían al Señor recibir con cariño a los pecadores que volvían a la metania arrepentidos y proclamándolos ciudadanos del reinado de su realeza increada. Los Fariseos y sus semejantes, siendo ególatras e interesados, honraban a Dios sólo exteriormente y típicamente, y se alejaban ellos mismos de la agapi-amor desinteresado e incondicional de Dios y de la alegre comunión con los ciudadanos del reinado de la realeza increada de los cielos).

 

[La palabra ἀναστὰς en el versículo 18, del verbo ανασταίνω anasteno según contexto significa levantarse, resucitarse y  despertarse espiritualmente. Es sinónima y tiene la misma raíz que Ανάσταση (anástasi: Resurrección), el que tenga oídos y νούς nus que escuche y entienda}.

 

Domingo del hijo pródigo o derrochador insaciable

Por el sacerdote G. Dombarakis

«18 ἀναστὰς πορεύσομαι πρὸς τὸν πατέρα μου καὶ ἐρῶ αὐτῷ· πάτερ, ἥμαρτον εἰς τὸν οὐρανὸν καὶ ἐνώπιόν σου.

18 “al despertarse (espiritualmente), resucitar y levantarse pensó, iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti» (Lc 15,18)

α. La parábola del Hijo Pródigo o insaciable derrochador, leída en este segundo domingo del Triódion, encierra una energía inmensa. Refleja la dinámica de la μετάνοια (metania: introspección, conversión, arrepentimiento y confesión). Esta metania ya se había enfatizado el domingo anterior con la parábola del Publicano y el Fariseo como un cambio interior que impulsa al ser humano hacia una relación real con Dios Padre.

Entendemos que en la persona del Publicano hemos visto el clamor de la metania aceptada por el Dios: “Dios mío compadécete de mí, soy pecador”; en la persona del hijo menor de la parábola del Hijo Pródigo, vemos la metania como movimiento existencial con el fin de librarse del caos de la perdición y la necrosis (mortificación) del pecado. Busca encontrar su verdadera identidad o persona, esta que amanece de la contemplación de la persona del Dios Padre: «Αl despertarse (espiritualmente), resucitar y levantarse pensó, iré a mi padre».

No es casualidad que esta parábola haya sido llamada «la perla de las parábolas del Señor» y «el Evangelio de los Evangelios«. En ninguna otra parte se describe con tanta intensidad la miseria del pecado y, al mismo tiempo, la αγάπη (agapi: amor incondicional) de Dios, Su caridad y Su infinita filantropía.,

β. 1. No nos detendremos en el caso del hijo mayor. Su actitud es peculiar: aunque exteriormente parece bueno y obediente, en realidad está lejos del corazón de su Padre. No puede comprender su agapi-amor ni siquiera piensa su condición de hijo. Mientras el Padre lo trata con amor y le recuerda: «Todo lo mío es tuyo«, él, en cambio, se percibe a sí mismo como un siervo o asalariado: tantos años trabajo para ti”. Su actitud representa otro tipo de pecado y vicio, diferente de la miseria del hijo menor: una dureza de corazón que no encuentra solución. El Cristo no emite juicio alguno sobre él, dejando abierta la cuestión de su destino.

Pero al hijo menor las cosas están más claras: éste a causa de su huida de la casa del Padre, se ha conducido en la caída y la desgracia extrema: vive en la privación, sufre hambre, siente que se está perdiendo y se convierte en esclavo de los demás, mientras que el sentimiento de orfandad le ha apresado y lo oprime profundamente: Y es una situación trágica, evaluada por el Padre más tarde, diciendo: porque este tu hermano estaba muerto, y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos hallado”.

Este es, en verdad, el precio del pecado: el hombre cree que al apartarse de Dios encontrará libertad y autenticidad, pero termina convirtiéndose en esclavo, perdido, consumido, deprimido y mortificado (espiritualmente). Y esto ocurre porque precisamente el hombre abandona su estado natural: estar con su Padre y vivir en su hogar. Es la interpretación trágica que ofrece toda la Santa Escritura en relación con el drama del camino del hombre: el rey hombre, el creado “como imagen y semejanza de Dios” decae a causa de su negación a obedecer a Dios Padre. Peca y, con su pecado, introduce la muerte en el género humano. Por el pecado, la muerte”.

  1. Pero al hijo menor observamos también la resurrección de su caída: “al resucitar, despertar (espiritualmente) y levantarse”se entiende como μετάνοια metania. Llega un momento en que se da cuenta de lo que había ocurrido, siente la miseria de su existencia y decide cambiar. Y esto significa que el pecado tiene un límite, es decir, cuando llega al punto que ve que ya no va más es cuando el hombre toca fondo. Este es el punto de ruptura de la extrema caída, estar harto del pecado y esto puede funcionar como un comienzo nuevo.

Pero ¿cuándo sucede esto? Cuando se produce el giro hacia la casa paterna, cuando el recuerdo del Padre sigue vivo y su imagen actúa positivamente en el corazón del hombre que se ha alejado de Él: “al despertarse (espiritualmente), resucitar y levantarse pensó, iré a mi padre”. El hijo pródigo o insaciable derrochador, puede ser que se hubiera perdido dentro de sus pecados y haberse mortificado provisionalmente por lo que hizo, pero precisamente esto fue el motivo de recordar el rostro de su Padre, quien está lleno de cariño y agapi-amor incondicional hacia él. Podríamos decir que, a pesar de su extravío, estaba en una posición privilegiada: tenía un hogar al que volver y un Padre que nunca dejó de amarlo.

Esto recuerda las palabras del Yérontas Paísios, quien decía que no debemos temer por aquellos hijos que, habiendo estado vinculados a la Iglesia, se alejan de Dios, porque cuando vuelvan en sí mismos y recuperen la claridad, sabrán a dónde regresar. Y añade a continuación: A quienes nunca han conocido a Dios, a esos sí debéis temer y apenaros por ellos, porque cuando llegue el momento de volver en sí mismos, no sabrán hacia dónde ir.

Lo “al despertarse (espiritualmente), resucitar y levantarse pensó, iré a mi padre”: «Iré a mi Padre», pues, significa la esencia misma de la sanadora y salvadora metania. Reconozco mi caída, mi pecaminosidad y mi alejamiento de la voluntad de Dios, lo esencial es no quedarme allí. Me dirijo con toda la fuerza hacia el Dios, hacia Él que me ama. Es decir, la concienciación del pecado y la fe en la agapi de Dios Padre consisten los elementos constructivos y dos pilares de la metania. Si falta uno de estos dos elementos, la metania pierde su autenticidad. Es el drama que vemos en el discípulo de Cristo, Judas: sintió el peso de su pecado de traición contra al Maestro, pero no pudo creer en Su agapi-amor incondicional y, mientras se arrepintió, no se salvó, porque le apresó la desesperanza, la desesperación y la depresión, las armas mayores y más destructivas del enemigo diablo.

  1. La imagen del Padre caritativo es el elemento clave para que la metania pueda nacer y desarrollarse en el hijo menor, el pródigo o derrochador insaciable, es decir, en cada uno de nosotros. No parece que fueran principalmente las consecuencias del pecado, sino la imagen del Padre fue lo que dio el empuje decisivo al hijo pródigo para arrepentirse y volver a la metania. Si en su miseria y desesperación el hijo pródigo hubiera tenido en su mente la imagen de un Padre severo, rígido y juez implacable, nunca hubiese tomado el camino para volver del regreso. Pero su Padre –prototipo o modelo para todo verdadero padre- se presenta con verdadera agapi ante él. Y la prueba más grande: el respeto absoluto por la libertad de su hijo. No le presiona para que se quede en casa, no le prohíbe su salida, no le amenaza, ni le pone mala cara. Aun sabiendo el desenlace trágico de la mala elección de su hijo, le deja decidir libremente, precisamente porque lo ama de verdad. Y a continuación la parábola certifica lo perpetuo de esta agapi: el Padre siempre espera el regreso de su hijo y se alegra completamente cuando esto sucede. Es una imagen clara de nuestro Dios Padre, que como es tan catalizadora, se ha dicho que esta parábola no debería llamarse la “del hijo pródigo”, sino la “del Padre caritativo”. Su actitud de plena agapi es el elemento más determinante de la parábola.

No es casualidad lo dicho que, si se perdieran las Santas Escrituras y alguien le diera tiempo a guardar sólo la página con la parábola del hijo pródigo, sería bastante, sólo con ella podría recomponerse toda la enseñanza del Señor: allí se revela quién es el Dios y cuánto ama a Su criatura, al hombre. Por eso también la agapi (increada) de Dios en persona de Jesús Cristo es ya un hecho innegociable en toda la enseñanza de nuestra Iglesia. Podemos cuestionarlo todo, pero no la agapi (amor, energía increada) de Dios. Sin embargo, en esto también cojeamos los cristianos. Si muchas veces no hacemos la metania como es debido, y nos fatigamos en esta vida, a pesar de haber recibido el mayor regalo de Dios -ser Suyos y miembros de Su santo cuerpo-, es porque dudamos de Su agapi-amor. Queremos creer que nuestros pecados y nuestra miseria son demasiado grandes para Dios, como si pudieran superar Su infinita agapi-amor.

  1. ¿Qué ocurre con la metania del hijo pródigo? Al reconocer sus pecados y tomar el camino de regreso a su Padre, desea expresar sus sentimientos con una humilde metania: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo”. Entiende que la vergüenza no está en la metania ni en su regreso, sino en su estado de pecado. Sin embargo, el camino de su regreso toma un giro inesperado: es el Padre quien corre hacia él, lo abraza y lo restablece en su primera posición gloriosa, celebrando la mayor fiesta posible. Sobre todo, lo hace sin reprenderlo ni interrogarlo. A nuestro Padre, Dios, le basta la oferta en metania de nuestros pecados. Como aquella voz que escuchó San Jerónimo cuando, queriendo ofrecer un regalo a Dios en agradecimiento, preguntó qué podía darle. Y Dios le respondió: “Tus pecados, Jerónimo”.

γ. La parábola del hijo pródigo o derrochador insaciable viene como continuación del Publicano y el Fariseo. Nos revela que, para nuestro Dios y, por lo tanto, para nuestra Iglesia, lo que realmente importa no es ser sin pecado —algo imposible para los hombres— sino la metania. Es conocido que no hay santo sin pecados, sino santo pecador que se ha metanoizado (autoexaminado, arrepentido, convertido y confesado). La metania es la que transforma para nosotros la única y perpetua agapi (amor, energía increada) de Dios y la hace funcionar como Paraíso. Incluso el diablo, si se arrepintiera, viviría al Paraíso otra vez como ángel de Dios. Pero no lo quiere. El caso es: ¿qué hacemos nosotros?

Debemos estar agradecidos porque, dentro de nuestra Iglesia Ortodoxa, todo lo que el Señor enseñó en parábolas se hace realidad. Venimos con nuestros pecados, con el sentimiento de nuestra tragedia, para echarnos en Sus brazos, mediante el misterio de la μετάνοια metania que se hace con la bendita confesión. Allí comenzamos a vestirnos nuevamente con la primera prenda, a comer el ternero cebado y a convertirnos en uno con el Señor. En este camino nos guía, una vez más, nuestra Iglesia Ortodoxa, con el Triodion y la Cuaresma que se acerca. Amén.

Fuente: ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ               Sacerdote Georgios Dorbarakis

 

Las entrañas caritativas: «Εstaba muerto y ha revivido…»

(Por Jristakis Efstazíu, Teólogo de la Iglesia de Chipre)

La conocida y tan vibrante parábola del Hijo Pródigo nos desarrolla dentro de su contenido las entrañas filántropas y caritativas de Dios, en las cuales el hombre puede encontrar alivio, por muy bajo que haya caído. La actitud del hijo más joven, pero principalmente del Padre, es el eje central de nuestra reflexión y aproximación.

La rebelión

La escena que describe la rebelión del hijo menor se mueve dentro de una lógica en la que el hombre busca su libertad en situaciones que desconoce y que pueden llevarlo a la más terrible e insoportable esclavitud. El hijo menor no comprendió que la verdadera esencia de las cosas no se encuentra en la herencia que exigía, sino en la misma comunión con su padre, la cual tan despóticamente deseaba interrumpir. En realidad, este joven no vivía una relación de verdadera agapi con su padre; en el fondo, priorizaba los bienes materiales. Si la relación hubiera sido auténtica, no habría ambicionado su herencia al decidir alejarse del cálido abrazo paterno. Aquí vemos exactamente que cuando el hombre se aferra y se apega a los bienes materiales cómo se retuerce y se deforma a sí mismo como existencia y, por extensión, altera la relación verdadera que podría tener con los que le rodean. Alimenta el auto-engaño de que el sentido de la vida puede descubrirlo dentro de una autonomización o autonomía absoluta de sí mismo, la cual, desgraciadamente, termina por deshumanizarlo.

Η αγάπη  La agapi-amor como superación

Es impresionante el hecho que, a pesar de las influencias negativas, las cuales se manifiestan en toda la etapa de la vida humana, ninguna de ellas puede anular o revocar la grandeza de la divina agapi (amor incondicional, energía increada).

La agapi del Padre se extiende con una majestuosidad única y se revela incluso en el punto más bajo de la caída del hijo pródigo. Siempre tiene paciencia, siempre espera, siempre llama, y sobre todo siempre con los brazos abiertos. La agapi-amor del Padre ofrece comunión a su hijo menor, especialmente en los peores momentos de su vida, cuando todos lo habían abandonado sin piedad, dejándolo sumido en la soledad más terrible. El Padre nunca perdió su sentido de adopción. A pesar de que la rebelión del hijo parecía haberlo destruido, el Padre siguió considerándolo su hijo y, aún más, lo sentía como tal en lo más profundo de su ser. Por eso siempre esperaba con esperanza el bendito momento del gran regreso. Cuando el hijo vuelve, el Padre lo abraza y lo cubre de besos. Las palabras no alcanzan a expresar el abismo de la agapi increada del Padre. El mismo hijo ante esta grandeza del Padre, siente su propia indignidad. Ante esta inmensa grandeza, comprende lo que perdió con su rebelión y todo lo que ha ganado con su regreso. Se limita a pedir solo una posición “como uno de los asalariados” del Padre. No pretende pedir nada para sí mismo. Por eso el Padre se lo da todo. La gran fiesta de la vida se monta siempre en el fondo inagotable de la agapi, del perdón divino y de la verdadera comunión de personas. La ternera cebada se convierte en la sanación y salvación en Cristo para todos los hombres.

Queridos hermanos, los mensajes de esta hermosa parábola, que nuestra SantaMmadre Iglesia nos presenta, pueden transformar la existencia humana y darle una dirección firme en la vida. Particularmente el sentido del perdón divino y la agapi (increada), dejan abiertos los brazos de Dios para recibirnos siempre en cualquier posición que nos encontramos y por mucho que hayamos decaído. Nosotros también al igual que el hermano menor podemos volvernos en nuestro sano juicio y regresar allí donde la agapi increada de Dios cubre toda nuestra vida.

Jristakis Efstazíu, Teólogo de la Iglesia de Chipre.

 

«El evangelio de los evangelios Τὸ εὐαγγέλιο τῶν εὐαγγελίων »

(Ο Σωτήρ hermandad de teólogos)

Así se llama por los santos Padres esta parábola del hijo pródigo

La parábola del hijo menor en la parábola nos revela, de manera representativa, la tragedia de cada persona que se aleja de Dios y se entrega a los pecaminosos pazos y deseos. Pero la misma historia nos revela también la agapi infinita (amor incondicional, energía increada) de Dios, Quien espera la μετάνοια metania y el regreso de cada pecador. También espera nuestra metania…

Un abrazo lleno de agapi

…Nadie puede permanecer sin emocionarse cuando reflexiona sobre esta conmovedora imagen del Padre caritativo recibiendo al hijo pródigo o derrochador insaciable. Cuando el Padre caritativo vio desde lejos a su hijo pródigo regresar del estado desastroso en el que se encontraba, corrió, lo abrazó y lo besó con gran cariño: “y se echó sobre su cuello, y le cubrió de besos”.

¡Cuánto nos emocionan y conmueven estos abrazos del Padre!… ¡Así de este tipo es la agapi increada de Dios! Aleja la ira, tolera nuestros pecados y espera nuestra metania. Nos brinda muchas y diversas oportunidades para rectificar nuestro camino.

Y cuando percibe y ve el más mínimo movimiento de regreso, derrama sobre nosotros la energía (increada) de Su agapi (amor). A pesar de que llevamos la suciedad y malos olores del pecado, ¡el Padre caritativo nos abraza y nos cubre de besos!

Él acepta nuestra confesión y metania, y sacrifica la ternera cebada para ofrecernos la cena santa y espiritual de la divina Comunión o Efjaristía. El santísimo Dios nos reconoce como hijos amados y herederos de Su Realeza increada. En verdad, ¿qué puede haber en el mundo comparable con la grandeza insuperable de estas donaciones de la divina agapi?…

Pero vale la pena fijarnos también al otro hijo. El hijo mayor de la parábola, que, aunque vivía en la casa del Padre, en esencia estaba muy lejos de Él…

Éste, exteriormente parecía como el hijo fiel obediente y cumplidor preciso de los mandamientos del Padre. Pero, el hecho del regreso del hermano menor, reveló su verdadero rostro (imagen). Cuando se enteró que su hermano pródigo o derrochador insaciable regresó, en vez de alegrarse, se enfadó y se negó participar en la fiesta. Sobre todo, explotó con maneras agresivas contra su padre. Aunque presumía de su obediencia estricta y ciega, cuando su Padre lo llamó e insistió para que entrara en la casa, resistió tercamente.

Quizás nos sorprende la explosión sin precedentes del egoísmo, los celos y la envidia del hijo mayor. Sin embargo, no es imposible que nosotros vivamos consciente o inconscientemente como aquel. Desde pequeños hemos vivido dentro de la casa del Dios Padre, dentro de la Iglesia. Y probablemente algunos hemos evitado distorsiones serias y grandes caídas y pensamos que aplicamos con precisión los mandamientos de Dios, fácilmente distinguimos nuestra posición de cada pródigo y creemos y damos por hecho un lugar privilegiado para nosotros en el Paraíso. Confiamos y permanecemos inactivos, considerando que para nosotros es innecesaria la confesión, el estudio del logos de Dios, la oración, etc… Nos decimos: “Yo ya lo sé todo esto…”

¡Ay de nosotros si nos parecemos al hijo mayor!

No dejemos, pues, que esta esta idea altiva y soberbia eche raíces en nuestra psique-alma. Aceptemos humildemente nuestra pecaminosidad y sigamos el camino de la metania. ¡Ya sea que nos parezcamos al hijo menor o al hijo mayor, sepamos que los brazos de Dios están abiertos para recibirnos y también para acoger el regreso de todos los pecadores!

No sé qué relación tiene cada uno de nosotros con el padre y el hijo menor. Pero lo que sí sabemos todos con certeza es que podemos retornar al Padre nuestro, porque Él es la vida, la ratificación de nuestra dignidad y el reencuentro de nuestra verdadera humanidad. Por eso, hagamos lo que nos dice Eclesiastés: “Hijo mío dame tu corazón. Todo lo demás, yo te lo daré”.

ΑΚΤΙΝΕΣ                          Ο Σωτήρ hermandad de teólogos

Traducido por: χΧ jJ www.logosortodoxo.com

 

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