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Feb 17 2025

Domingo del Hijo Pródigo: El costo de la libertad

Domingo del Hijo Pródigo: El costo de la libertad [Lucas 15,11-32]

Transcripción de una homilía del difunto Yérontas Atanasio Mitilineos con el tema:
«EL COSTO DE LA LIBERTAD»
[Pronunciada en el Monasterio Komnineio de Larisa el 11-02-1996]

Queridos míos, tenemos ante nosotros la parábola del hijo pródigo. Es una parábola llena de la enseñanza incomparable de nuestro Señor Jesús Cristo. Cada persona debe inclinarse sobre ella y reflejarse en su contenido, ya sea que pertenezca a la categoría del hijo pródigo o a la del hijo mayor. Porque el primero buscaba una libertad irracional, mientras que el segundo sufría de la terrible enfermedad de la envidia.

Sobre esta parábola deben reflejarse los pueblos y las generaciones. Es una parábola rica en iconas-imágenes.

Pero como es una parábola inmensa, enfoquémonos solo en el hijo menor, el hijo pródigo. Y no para analizar toda su historia, sino únicamente para examinar el costo de su libertad. ¿Cuánto le costó su libertad? Porque, ciertamente, toda libertad tiene un precio.

Dios nos hizo libres. No hay duda de ello. Pero muchas veces, cuando alguien quiere quitarnos esa libertad, nos cuesta. Nos cuesta hasta la sangre, como ocurre con la libertad nacional o la libertad social. Pero la emancipación de Dios cuesta más que cualquier otro tipo de libertad.

Veamos entonces el camino del hijo menor. Era feliz en la casa de su padre. Su padre era rico. No le faltaba nada. No tenía ninguna restricción, como se evidencia en el desarrollo de la historia.

Dios Padre es rico en todos los bienes. Todo le pertenece; no hay nada que no sea suyo. Y los hombres son sus hijos. Y dado que tienen un padre rico, poseen lo que el Padre tiene.

Les ha dado el libre albedrío. No hay mayor riqueza que el libre albedrío, la libertad de la voluntad… En una amplitud tal, en una extensión tan grande, que el hombre puede incluso negar a Dios o hasta blasfemar contra Él.

Dios ha dado esta libertad al hombre. La libertad es un capital inmenso, junto con todos los demás bienes.

Y aquí surge la primera solicitud. El hijo menor le dice repentinamente a su padre, sin razón aparente… ¿De repente? Podemos intuir lo que no se menciona en la parábola. ¿Quién sabe? Tal vez esas llamadas «ideas en circulación», esas «teorías modernas»… ¿Las leyó? ¿Las escuchó? ¿Las adoptó de su círculo de amigos?

Lo cierto es que en un momento dado le dice a su padre:
«Dame la parte de la herencia que me corresponde».

¿Tu herencia, joven? ¿Cuál es tu herencia? ¿Y por qué crees que te pertenece?

Tu padre te la dará. Hablando en términos humanos, te la dará. ¿Por qué tienes prisa? ¿Por qué quieres irte? ¿Qué quieres hacer?

Vemos que el hombre busca su emancipación de Dios. Quiere alejarse de Dios. Pero también quiere llevarse con él todo lo que Dios le ha dado.

Y, en particular, aquello que constituye –podríamos decir en términos humanos– su dote, su herencia.

¿Cuál es esta herencia?

Es la dote de su personalidad humana libre. Es el «a imagen y semejanza de Dios».

Es un dote inmenso, un dote que ni siquiera los santos ángeles poseen.

El hombre, en cierto sentido, es superior a los santos ángeles. Es más rico que los santos ángeles.

A pesar de que los ángeles son seres lógicos, en ningún lugar se menciona que son «a imagen de Dios», simplemente porque la imagen de Dios no se limita a la lógica ni siquiera a la libertad que tienen los ángeles. Por eso, algunos de ellos se apartaron de Dios y se convirtieron en demonios.

El «a imagen de Dios» es algo mucho más profundo. Es aquello que el Hijo de Dios tomaría más adelante: la naturaleza humana, nuestra naturaleza humana. Esto constituye en su totalidad el «a imagen de Dios». No se limita solo a la psique-alma; también abarca el cuerpo.

Prestad atención a esto. Quizás muchos no lo sepan, pero el «a imagen de Dios» también se extiende a la naturaleza humana.

San Ireneo dice que, dado que aún no se había manifestado la Encarnación del Logos de Dios, en el Antiguo Testamento se menciona «a imagen de Dios» y se cree que se refiere solo a la psique-alma.

«No era aún la expresión plena, la formulación completa», dice San Ireneo.

Jesús Cristo no fue creado a imagen del hombre, sino que el hombre fue creado a imagen del Logos de Dios, quien se encarnó, aunque su Encarnación fuera posterior en el tiempo.

Dios no creó a Adán tal como era para que luego el Logos de Dios se hiciera como Adán. Sino que Adán fue hecho como lo que el Logos de Dios quería llegar a ser. Por lo tanto, esta imagen está en la plenitud de la existencia humana, no solo en psique-alma.

Así tomó el hombre el «según la imagen». Y el hombre dice para sí mismo: «Siento madurez. Ya no necesito ser gobernado por Dios. Tengo posibilidades ilimitadas de mente. Ingenio lo que quiero. Desarrollo la civilización como quiero. La tecnología está en mis manos. Puedo, pues, desarrollar incluso un código de conducta social y orden. También un código ético, moral puedo desarrollar yo. No necesito que Dios me diga qué debo hacer. No necesito sus mandamientos. No necesito el Evangelio. Soy autosuficiente. Lo que invento, lo que quiero, lo puedo todo. Y si hoy no lo puedo todo, mañana podré».

Y la parábola señala:
«Y después de no muchos días, reuniéndolo todo, el hijo menor se marchó a un país lejano, y allí derrochó su hacienda –“hacienda” significa propiedad– viviendo disolutamente».

Dice un antiguo comentarista:
«El «se marchó», no lo entiendas en sentido local, sino voluntario». No es que se fuera a otro lugar –Dios está en todas partes–, sino que se fue por voluntad propia. Con su libre elección se aparta. «Se apartó de Dios y Dios de él». Y como dice San Agustín: «La tierra lejana significa el completo olvido de Dios». Y lo vimos. Los hombres olvidaron al verdadero Dios. Pocas generaciones después de Adán, olvidaron al verdadero Dios. Y como el sentimiento religioso es innato, innato, todas las veces que se intentó erradicarlo, fracasaron, ya sea los mismos hombres para sí mismos, o al tratar de imponer el ateísmo en la sociedad donde viven. El sentimiento religioso es innato; por eso, tras olvidar al verdadero Dios, al alejarse de su rostro, era muy natural que adoraran lo que tenían delante. Y lo que el hombre consideraba más grande, superior a él: la naturaleza, la creación.

Frente a nosotros tenemos el Olimpo, queridos míos. Y el hombre adora los elementos de la naturaleza. El rayo de Zeus. La tempestad en el mar. Dice que Poseidón la agita con su tridente. Se encuentra ante la sabiduría y la llama «diosa Atenea»; y así sucesivamente.

Para completar esta –permítanme la palabra– esta huida, este alejamiento, Zigavinós dice:
«Aquellos que pecan se alejan de Dios, no en distancia, sino en virtud». «Quienes pecan se apartan de Dios». No, por supuesto, en términos de lugar, pues dijimos que Dios está en todas partes, sino en relación con la virtud y el conocimiento de Dios. Por no decir que, como el hombre es finito, a veces busca irse también físicamente. Porque tal vez ignora que Dios está en todas partes. Quiere huir, quiere huir, cuando su conciencia le informa de algo malo…

En una ocasión, un emperador bizantino mató a su hermano para que no le arrebatara el trono. Sufría mucho. Cambiaba de habitaciones dentro del palacio. No podía encontrar paz. Viajó a Sicilia en busca de descanso. Pero allí, según la sentencia «quienes usan la espada, a espada perecerán», algunos lo asesinaron. Buscaba huir a algún lugar. ¿Dónde? Detrás del sol. Para que Dios no lo viera. Pero Dios está en todas partes.

Se fue, dice, a una tierra lejana. La tierra lejana es el símbolo de la emancipación del hombre de Dios. Es un emblema. El hombre no quiere recordar la idea de Dios. Le molesta. Le recuerda –para usar una expresión contemporánea– le recuerda al «sistema establecido». Lo ha proclamado en muchas formas. Que Dios es un sistema o poder establecido. ¡Desdichado, pobre hombre! ¿Llamaste al sol «establecimiento»? ¿Pobre hombre, llamaste al pan «, poder establecido»? ¿Necio hombre, llamaste al aire » estableciment «? ¿Para querer cambiarlos? Siente que su libertad está restringida. Y el hombre moderno considera a Dios un opresor, que le limita su libertad. Dice que es una situación asfixiante, insoportable, estar cerca de Dios.

Y allí –señala el Señor– «despilfarró su esencia», «allí, en la tierra lejana», «derrochó su esencia, hacienda». Esta expresión «derrochó» muestra lo que dice también otro intérprete eclesiástico: que «corrompió la nobleza de la psique-alma». Porque, ¿qué es, por favor, la «esencia o hacienda», la propiedad? El «según la imagen», como os dije. Allí la destruyó, la corrompió. Se pervirtió el «según la imagen». Se envejeció el «según la imagen». Todas las capacidades del hombre se transformaron, se entregaron a la perversión, al demonismo. Se convirtió en inventor del mal. La frase es de Santiago el Hermano del Señor. La mente se dirige a la destrucción del prójimo. El sentimiento sirve al placer en sus diversas formas. ¿Y la voluntad? Desenfrenada, busca la realización de una prosperidad rebelde. Una prosperidad lejos de Dios.

Y dice Teofilacto:
«Porque cuando el hombre se aparta de Dios y se aleja del temor divino, dilapida todos los regalos y dones divinos». Pues, al alejarse, al exiliar el temor de Dios, entonces todos los regalos y dones que Dios le dio, los malgasta, los dispersa, los despilfarra.

¿Pero qué derrocha? Su propia personalidad. ¿Qué derrocha? Su propia existencia. Y esto, en aras de obtener supuestamente su libertad. Y, por lo tanto, el costo de esta mal entendida libertad es terriblemente enorme. Ya que el hombre mismo se autoengaña y se autodestruye.

¿Qué significa «ζῶν ἀσώτως vivo en prodiguez o en derroche insaciable»?

Zigavinós dice: «Desenfrenadamente, sin control, inmoralmente». Intenta derrochar. Es el cruel despilfarro de los talentos que recibió de Dios como su dote. ¿Y el resultado…?

Cuando escuchamos lo que leemos la parábola del hijo pródigo, ¿sabemos a dónde debería ir nuestra mente? A nuestra época, a nuestro entorno, a lo que nos rodea. Esta parábola se expresa vívidamente. ¿Y el resultado?

«Después de haberlo gastado todo –como señala Lucas en su Evangelio–, sobrevino una gran hambruna». «En aquel lugar», dice, «hubo hambre, un hambre intensa». ¿Qué gastó? Todo. Dignidad humana, ética, moralidad, salud de la psique-alma y del cuerpo, dinero. Y fue enviado a cuidar cerdos. Se convirtió en porquero, pastor de puercos. Porquero de sus πάθος (pazos: vicios, adicciones, malos hábitos, pasiones, patologías). Porque los cerdos representan nuestros pazos, nuestros vicios. Y el hombre llega a alimentar esos pazos suyos, buscando un poco de felicidad, un poco de recreación.

Pero en los pazos no hay alegría. Existe –¡atención!– el círculo vicioso del ηδονή hidoní placer y el οδύνη odini dolor. El placer trae dolor. Y cuando buscas un poco más de placer para alejar el dolor, ese nuevo placer te genera un dolor aún mayor. Un círculo vicioso… Y en este círculo vicioso, el hombre se convierte en una existencia trágica.

Las algarrobas, los frutos que comían los cerdos, no dan alegría y placer, no proporcionan descanso (psíquico). Son alimentos para los animales, no para los humanos. Y lo digo en sentido figurado. Así, el hombre se equipara y se asemeja a los animales. Este es el triste balance que Dios menciona a través del salmista: «Y el hombre, existiendo en honor, no lo entendió; se asemejó a los animales irracionales y se igualó a ellos».

Hemos dicho que la parábola del hijo pródigo, queridos míos, es una imagen. Una imagen de todas las generaciones. Especialmente una imagen de nuestra generación. No solo de los jóvenes. ¡No solo de los jóvenes… sino de todos! Pequeños y grandes. Fueron las generaciones anteriores las que enseñaron a los jóvenes. Por lo tanto, es una imagen de toda la humanidad, de toda la generación.

El hombre moderno es digno de muchas lágrimas por el punto al que ha llegado.

¿Qué contribuye a esto?

La pedagogía moderna: «Deja que el niño haga lo que quiera. No lo reprimas». La pedagogía moderna, emancipada de Dios. Las ideas y teorías materialistas sobre la vida que circulan en la actualidad, es decir, concepciones negativas de la existencia.

El ejemplo nefasto de los líderes de una sociedad, hasta el punto de que ya ni siquiera soportamos verlos o escucharlos. En todos los ámbitos.

El deseo de enriquecimiento fácil, que conduce a la delincuencia como modelo de comportamiento social. La pereza del hombre moderno, que busca poco esfuerzo y grandes recompensas.

El rechazo de Dios y de los valores evangélicos.

¿A dónde lleva todo esto?
Sin duda, a un callejón sin salida. A la decadencia, a la miseria, a la pobreza. No solo pobreza material, sino también pobreza de ideas, pobreza de sentimientos. El hombre moderno se ha vuelto duro, insensible, explotador de su prójimo.

¿Cómo podemos salir de este terrible callejón sin salida?

La parábola nos muestra la solución. Nos muestra la catarsis.

El hijo pródigo, derrotado, pensó en regresar al padre. Volver a Dios. Y decirle:

«Padre mío, cometí un error. Perdóname. Perdóname. No soy digno de ser llamado tu hijo. Pensé que la libertad no tenía costo. Nunca imaginé que habría que pagar un precio tan terrible por una libertad alejada de Dios. Me he convertido en un harapiento, por fuera y por dentro. Mi psique-alma está hecha jirones. Un trapo sucio. No encuentro descanso en ninguna parte».

Pero esto es solo la mitad de la parábola. Una mitad nos muestra la caída. La otra nos muestra el regreso. Que es la purificación del drama y la catarsis de la psique-alma.

Pero, ¿pensará el hombre moderno en regresar a Dios?

Queridos míos, la μετάνοια metania (introspección, arrepentimiento, conversión y confesión) lo corrige todo. Es allí donde debemos llegar. Con un verdadero autoconocimiento, con humildad, como personas, como laós-pueblo, como generación.

Ya no queda margen de error.

La Iglesia proclama esta parábola como un recordatorio.

Quien haya experimentado la apostasía, quien haya probado sus frutos y haya comprendido el precio de una libertad alejada de Dios, que reflexione. El Padre en el cielo espera. Espera con los brazos abiertos. Y está listo para darnos la túnica primera. Aquella que recibimos en el Bautismo y que hemos manchado.

Está dispuesto a restaurarnos. Sí, el Dios Padre está listo para hacernos partícipes de su gloria.

PARA GLORIA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

y con inmensa gratitud a nuestro difunto padre Atanasio de Mitileneos,

Digitalización y edición de la transcripción de la conferencia:
Eleni Linardaki, filóloga

FUENTES: https://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai _kyriakvn/omiliai_kyriakvn_664.mp3

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/

 

 

 

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