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Dic 17 2023

Sobre loyismí pensamientos del corazón San Porfirio el Kafsokalivita

ΠΕΡΙ ΛΟΓΙΣΜΩΝ ΤΗΝ ΚΑΡΔΙΑΣ

Αγίου Πορφυρίου Καυσοκαλυβίτου – Βίος και Λόγοι

Sobre loyismí pensamientos del corazón

San Porfirio el Kafsokalivita – Vida y Logos

 

De nuestro miniléxico, filocálico y psicoterapéutico https://www.logosortodoxo.com/filocalia/minilexico-filocalico/

Λογισμós/οί loyismós singular y loyismí en plural.

En los escritos patrísticos, se llaman los pensamientos simples o compuestos, unidos con la fantasía, razonamientos, meditaciones, reflexiones, concepciones, ideas o las tendencias conscientes e inconscientes de la psique, o vivencias enteras (donde actúan todas las fuerzas de la psique: nus, diania mente o cerebro, corazón, conciencia y voluntad. En el último de los casos tenemos la forma total de los loyismí. Éstos conectan con imágenes y con varios estímulos, que provienen de los sentidos físicos y la fantasía. Sobre todo existen los loyismí pecaminosos (avaricia, gula, ira, vanidad, soberbia, pereza, lamentación, lujuria). Mediante estos, los loyismí entran en la psique y activan los pazos mediante el siguiente proceso: choque o asalto del nus y el loyismós; conversación del nus con él; aceptación por la psique; cautiverio de la psique por el loyismós; deseo, ansia y caída en el pecado o en el pazos.

Sobre loyismí pensamientos del corazón

El ser humano tiene tales δυνάμεις dinamis (poderes, fuerzas y energías) que puede transmitir el bien o el mal en su entorno. Estos temas son muy delicados. Requieren mucha atención. Debemos ver todo de una manera benévola. No debemos pensar mal de los demás. Una mirada y un suspiro afectan a nuestros semejantes. Incluso la mínima irritación hace daño. Debemos tener bondad y amor en nuestra psique-alma; estas cosas y realidades deben ser transmitidas.

Cuidémonos de no enojarnos y enfadarnos con las personas que nos perjudican; solo oremos por ellos con agapi (amor desinteresado). No importa lo que haga nuestro semejante, nunca debemos pensar mal de él. Siempre debemos desear el bien, bendecir con amor. Siempre pensar el bien. Veis al protomártir Estaban, bendecía: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (Hec 8,60). Lo mismo debemos hacer también nosotros.

Nunca debemos pensar para el otro que Dios le dará algún mal o lo castigará por su pecado. Este pensamiento trae mucho mal, sin que nos demos cuenta. A menudo nos enojamos y decimos al otro: “¿No temes la justicia de Dios, no temes que te castigue?”. Otras veces decimos: ‘Dios no te castigará por lo que hiciste’ o ‘Dios mío, no hagas daño a esta persona por lo que me hizo’ o ‘que no le suceda esto a aquel’.

En todas estas ocasiones, llevamos dentro de nosotros el deseo de que el otro sea castigado. En lugar de admitir nuestra ira por su error, expresamos de otra manera nuestra indignación y rabia, y aparentemente, pedimos a Dios por él. Pero, en realidad estamos maldiciendo al hermano.

Y si, en lugar de orar, decimos, ‘que Dios te lo devuelva, que Dios te lo pague por el mal que me hiciste’, entonces también estamos deseando que Dios lo castigue. Incluso cuando decimos, ‘que Dios lo vea’, la disposición de nuestra psique-alma actúa de manera misteriosa, afecta la psique-alma de nuestro semejante y él sufre daño, mal.

Cuando rumiamos o murmuramos mal, una mala fuerza sale de nosotros y se transmite al otro, como la voz con las ondas sonoras, y de hecho, el otro sufre daño. Es algo así como un hechizo cuando el ser humano tiene malos pensamientos hacia los demás. Esto se debe a nuestra propia indignación y rabia. De manera secreta, misteriosa transmitimos nuestra malicia. Dios no causa el mal, sino la malicia de los seres humanos. Dios no castiga, sino que nuestra mala disposición se transmite misteriosamente a la psique-alma del otro y causa el mal. Cristo nunca desea el mal. Al contrario, nos pide: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os insultan, os calumnian y os persiguen injustamente…” (Mt 5, 44)

El hechizo o deseo malo (mal de ojo) es una cosa muy mala. Es la mala influencia que ocurre cuando alguien envidia o siente aversión hacia algo o alguien. Requiere mucha atención. La envidia hace mucho mal al otro. Aquel que hechiza o desea el mal ni siquiera piensa que está haciendo mal. Han visto lo que dice el Antiguo Testamento: “Porque la hechicería oscurece las cosas buenas” (Sab Sal 4,12).

Pero cuando el otro es una persona de Dios, que está en metania se confiesa y se arrepiente y lleva la Cruz, nada le afecta. Todos los demonios pueden caer sobre él y no logran nada.

Nada permanece desconocido ni oculto para Dios, ni siquiera el susurro más ligero de murmullo en su contra.

Dentro de nosotros hay una parte del alma llamada “eticólogo” (conciencia). Cuando este eticólogo ve a alguien desviándose, se rebela, aunque muchas veces el que juzga ha cometido la misma desviación. Sin embargo, no se ocupa de sí mismo sino del otro. Y esto Dios no lo quiere. Cristo dice a través de Pablo: “Por tanto, tú, que enseñas a otro, ¿por qué no te enseñas a ti mismo? Tú, que predicas que no hay que robar, ¿por qué robas? Tú, que dices que no hay que cometer adulterio, ¿por qué lo cometes? Tú, que aborreces a los ídolos, ¿por qué saqueas los templos idólatras? Tú, que presumes por la gnosis de la ley, ¿por qué ofendes a Dios violando la ley? Porque por culpa de vuestras infracciones vergonzosas en los paganos de las naciones es blasfemado el nombre de Dios, como se ha escrito por el profeta Isaías” (Rom 2, 21-24). Puede que no robemos, pero matamos (en pensamiento); hablamos mal del otro y no de nosotros mismos.  Por ejemplo, decimos: “Deberías haber hecho esto; no lo hiciste, ¡mira lo que te pasó!”. En realidad, deseamos que el otro sufra daño. Cuando pensamos en el mal, realmente puede suceder. De manera misteriosa, invisible y sutil, disminuimos la fuerza del otro para ir hacia el bien y le hacemos daño. Podemos convertirnos en la causa de que se enferme, pierda su trabajo, su fortuna, etc. De esta manera, no solo causamos daño a nuestro prójimo, sino también a nosotros mismos, porque nos alejamos de la divina jaris gracia de Dios. Y entonces oramos y no somos escuchados. “Pedimos y no recibimos” (Sant 4,3). ¿Por qué? ¿Alguna vez habéis pensado en eso? “Porque pedís mal” (Sant 4,3). Debemos encontrar una manera de curar la tendencia que existe dentro de nosotros de sentir y pensar mal del otro.

Es posible que alguien diga: «Así como se comporta fulano, será castigado por Dios», y pueda pensar que lo dice sin malicia. Sin embargo, es muy delicado discernir si uno tiene o no malicia. No se muestra claramente. Es muy secreto lo que nuestra psique-alma oculta y cómo puede afectar a personas y cosas.

No sucede lo mismo si decimos con temor sagrado y devoción que el otro no está bien y rezamos para que Dios lo ayude y le conceda metania arrepentimiento, confesión y perdón; es decir, no decimos ni deseamos en el fondo de nuestro corazón que Dios lo castigue por lo que hace. Entonces, no solo no hacemos mal al prójimo, sino que le hacemos bien. Cuando alguien ora por el prójimo, una buena fuerza y energía emana de él y va hacia su hermano, lo cura, lo fortalece y lo vivifica. Es un misterio cómo esta fuerza sale de nosotros. Pero, de hecho, aquel que lleva el bien dentro de sí envía esta buena fuerza a los demás secretamente, místicamente y suavemente. Envía luz y energía a su prójimo, creando un círculo de protección a su alrededor y protegiéndolo del mal. Cuando tenemos buena disposición hacia el otro y rezamos, curamos al hermano y lo ayudamos a acercarse a Dios (sin que él o nadie lo sepa, sino caemos al orgullo espiritual creyendo que somos nosotros y no CristoDios quién trasmite la jaris a través de nosotros como instrumentos, como cables que pasa la energía, la luz divina).

Existe una vida invisible, la vida de la psique-alma. Esta es muy poderosa y puede afectar al otro, incluso si nos separan kilómetros. Esto también sucede con la maldición, que es una fuerza que energiza, opera para hacer el mal. Sin embargo, si oramos con agapi (amor desinteresado) por alguien, sin importar la distancia, transmitimos el bien. Por lo tanto, ni el bien ni el mal son afectados por las distancias. Podemos enviarlos a distancias infinitas. El susurro de nuestra psique-alma llega misteriosamente e influye en el otro, incluso si no decimos una palabra. Y sin hablar, podemos transmitir el bien o el mal, sin importar la distancia que nos separe del prójimo. Lo que no se expresa suele tener más poder que las palabras. Lo dice el sabio Salomón: “Nada permanece desconocido ni oculto para Dios, ni siquiera el susurro más ligero de murmullo en su contra» (Sab Sal 1,10). El murmullo, el susurro de nuestra psique-alma llega de una forma misteriosa e influencia al otro, aunque no expresemos ni una palabra. También sin hablar podemos transmitir el bien o el mal, por mucha que sea la distancia que nos separa de nuestro prójimo. Lo que no se expresa, por regla general, tiene más fuerza que las palabras.

¡Panaghía mía, hazle que glorifique tu nombre!

 Escuchad algo mío que os contaré. Una vez iba a mi pueblo pasando la ciudad Jalkida. En la estación de Jalkida veo a un niño que estaba subido en un caro con el caballo e intentaba pasar las rayas del tren. Su caballo no le obedecía y el niño comenzó a blasfemar a la Panaghía (Virgen Santísima). En aquel momento me entristecí y me apené mucho y espontáneamente dije: ¡Panaghía mía, haz que él glorifique tu nombre, te lo ruego! En cinco minutos, el carro del niño se volcó y lo aplastó. Se abrió el barril que estaba en la parte trasera y el mosto que tenía dentro lo cubrió. El niño, agarrándose la cabeza y temblando, empezó a gritar: «¡Ayúdame Panaghía, Virgen mía, Panaghía mía, Panaghía mía ayúdame!» Yo, desde arriba, al verlo, lloraba y le decía a nuestra Panaghía: «Virgen mía, ¿por qué lo hiciste así? Yo pedí que glorificara tu nombre, pero no de esta manera.» Me apené por el niño. Me arrepentí de ser la causa de lo que le pasó. Pensé que había hecho aquella oración con bondad cuando lo escuché blasfemar contra su nombre, pero quizás en mi corazón se había generado secretamente cierto resentimiento o enfado.

Os contaré otra historia y os asombraréis. No es nada de mi imaginación. Lo que os cuento es real. Escuchadlo.

Una vez, una señora visitó a una amiga por la tarde. En el salón, notó un hermoso jarrón japonés lleno de flores.

-¡Qué bonito jarrón! ¿Cuándo lo compraste?

-Me lo trajo mi esposo, dijo ella.

Al día siguiente, por la mañana a las ocho, la señora que había hecho la visita, mientras tomaba café con su esposo, recordó el jarrón. Le había causado mucha impresión. Así que, admirada, le dijo a su esposo:

-¡Qué puedo decirte sobre mi amiga! Su esposo le trajo un jarrón japonés muy bonito, colorido, con hermosas ilustraciones y decoraba toda la sala.

Ese mismo día, volvió a casa de su amiga por algún asunto. Mira, el jarrón había desaparecido. Le preguntó:

-¿Qué has hecho con el jarrón?

-¿Qué quieres que te diga?, le respondió. Esta mañana temprano, a las ocho en punto, mientras estaba en la habitación tranquila, escuché un fuerte «¡crack!» y el florero se rompió en pedazos. Así, sin que nadie lo tocara, sin que soplara viento, sin que nadie lo moviera.

Esa mujer no dijo nada al principio. Después le dijo:

-Mira qué te digo… A las ocho estábamos tomando café con mi esposo y, con admiración y alegría, le describía tu jarrón. Con mucho anhelo hacía la descripción. ¿Qué puedo decir, piensas que pudo haber actuado una mala fuerza? Eso solo sucedería si no te quisiera.

Y sin embargo, eso fue lo que pasó. No se dio cuenta de que dentro de ella había malicia. Eso fue envidia, celos, maleficio. La mala fuerza se transmite, estemos tan lejos como estemos. Esto es un misterio. No hay distancia. Por eso se rompió el florero.

Recuerdo algo más que también sucedió por envidia.

Una suegra envidiaba mucho a su nuera. No quería ver nada bueno en ella. Un día, la nuera compró una bonita tela estampada para un vestido. La suegra la vio y la envidió. La nuera guardó la tela en un baúl, en la parte inferior, debajo de todas las prendas, hasta que la modista viniera a coserlo. Llegó el día de la modista. La nuera fue a sacar la tela y, ¡qué vio! Toda la tela estaba cortada en pedazos, inutilizable. Y sin embargo, ¡el baúl estaba cerrado con llave!

La mala fuerza no tiene límites, no se detiene ni por cerraduras ni por distancias. La mala fuerza puede derribar un automóvil sin que haya ningún daño o avería aparente.

Con el Espíritu de Dios nos volvemos incapaces hacia todo pecado

¿Entendieron, pues, cómo nuestros malos pensamientos y malas disposiciones y ganas afectan a los demás? Por eso, debemos encontrar la manera de hacer la catarsis profundamente y purificar nuestro ser de cualquier malicia. Cuando nuestra psique-alma está santificada, irradia el bien. Enviaremos entonces silenciosamente nuestra agapi (amor desinteresado) sin decir una palabra.

Por supuesto, al principio esto es un poco difícil. Recordaos al Apóstol Pablo. Así estaba en el principio él también. Decía con dolor: “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero: eso es lo que hago” (Rom 7,19).  Y a continuación: “En mi interior me agrada con todo mi corazón la ley de Dios; pero veo en mi cuerpo y en sus miembros una ley que lucha contra la ley de mi espíritu y contra de lo que me dicta mi conciencia y me esclaviza a la ley del pecado que domina en mi cuerpo y en sus miembros, es decir, domina a mi naturaleza física humana.  ¡Desgraciado y miserable yo el hombre! ¿Quién me librará de este cuerpo en el cual domina el pecado y por el pecado la muerte espiritual y física?” (Rom 7,22-24). Estaba muy débil entonces y no podía hacer el bien, mientras que le apetecía y lo deseaba.

Estas cosas las decía al principio. Pero cuando poco a poco se entregó a la agapi, la devoción y alabanza a Dios, el Dios al ver sus disposiciones se introdujo en él y se acampó en su interior la divina χάρις jaris gracia, la energía increada. Así logró vivir a Cristo. Entró el mismo Cristo en su interior y él que estaba gritando, “no puedo hacer el bien que deseo”, consiguió, por la jaris de Dios, convertirse incapaz de hacer el mal. Primero era incapaz de hacer el bien, luego que vino Cristo en su interior se convirtió incapaz para hacer el mal. Y de hecho gritaba: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,20). Lo decía, lo predicaba con orgullo, diciendo: «Tengo a Cristo dentro de mí», mientras que antes decía: «Quería hacer el bien, pero no podía». ¿Dónde se fue lo “desgraciado y miserable yo el hombre…”? ¡Se fue! De desgraciado se convirtió en agraciado. Le llenó la jaris, ya que antes se humilló, se hizo humilde.

¿Habéis entendido? Todos con el Espíritu de Dios nos hacemos incapaces hacia cada pecado. Nos hacemos incapaces porque en nuestro interior vive el Cristo. Estamos capaces ya solo para el bien. Así extraeremos la χάρις jaris gracia, la energía increada de Dios, nos convertiremos en divinos. Si nos entregamos allí, si nos entregamos a la agapi-amor de Cristo, entonces todo cambiará, todo se espiritualizará, todo se transformará, todo se metamorfoseará. La ira, el enojo, la envidia, los celos, la indignación, la condena, la ingratitud, la melancolía, la tristeza, la depresión todo se convertirá en agapi (amor desinteresado e incondicional), alegría, anhelo, y divino έρως ερος (amor ardiente). ¡Paraíso!

Traducción xX Χρῆστος Χρυσούλας, jJ Jristos Jrisulas www.logosortodoxo.com, 17-12- 2023

 

https://www.logosortodoxo.com/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/

Loyismós/i Λογισμós/οί, pensamiento simple o compuesto

Λογισμós/οί loyismós singular y loyismí en plural. En la escritura patrística, se llaman los pensamientos simples o compuestos buenos o malos unidos con la fantasía, razonamientos, meditaciones, reflexiones, concepciones, ideas o las tendencias conscientes e inconscientes de la psique, o vivencias enteras (donde actúan todas las fuerzas de la psique: nus, diania mente o cerebro, corazón, conciencia y voluntad. En el último de los casos tenemos la forma total de los loyismí. Éstos conectan con imágenes y con varios estímulos, que provienen de los sentidos físicos y la fantasía. Sobre todo los loyismí pecaminosos (avaricia, gula, ira, vanidad, soberbia, pereza, lujuria y lipi lamentación, depresión o tristeza,). Mediante estos, los loyismí entran en la psique y activan los pazos por el siguiente proceso: choque o asalto del nus y el loyismós; conversación del nus con él; aceptación por la psique; cautiverio de la psique por el loyismós; deseo, ansia y caída al pecado o al pazos.

El Metropólita Ierózaeos Vlajos nos dice que: “Los Santos Padres dicen que los loyismí provienen de muchas causas. Principalmente recalcan cuatro: Primero por la voluntad física del cuerpo (carne). Segundo de la fantasía por los sentidos de las cosas de este mundo. Tercero, por las supersticiones, tendencias, declinaciones e impulsos de la psique y cuarto por los efectos de los demonios. Vemos pues que muchas son las causas de las que provienen los loyismí. Unas son buenas y otras malas. Unos loyismí provienen del diablo y los pazos, y otros provienen de Dios, de los ángeles y de los santos. Por eso el discernimiento de los loyismí, si son de Dios o del diablo, es un carisma, don que lo ha logrado el que tiene gnosis (increada) espiritual de Dios. Entonces el trabajo del Padre espiritual es discernir el origen de los loyismí y sanarlos.

San Simeón el Nuevo Teólogo enseña que podemos cambiar de padre espiritual cuando este expresa la debilidad de discernir los loyismí. Los Santos Padres, los verdaderos psiquiatras y psicólogos se han ocupado muchos siglos antes que los psiquiatras académicos actuales sobre esta especie de guerra interior. Han hecho un análisis exhaustivo tan grande sobre la psique y la composición física, psíquica y espiritual del ser humano, que no hay espacio para expresarla ahora totalmente. En esto consiste la psicoterapia cristiana ortodoxa y en este sentido el cristianismo auténtico se parece a una ciencia y no una religión hecha de hombres. En los 5 tomos de la Filocalía de los Santos Padres Nípticos se desarrolla exhaustivamente este tema. (Enfermedad de la psique y salud, pág. 141-142).

 

 

 

 

 

 

1 comentario

  1. Adriana Chiesa

    Gracias.

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