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Abr 05 2025

El valor de la profecía Domingo V de Cuaresma, Atanasio Mitilienos

«El valor de la profecía»

Domingo V de Cuaresma, Mrc 10, 32-45. Atanasio Mitilienos

Queridos míos, el final de la vida y acción terrenal de nuestro Señor Jesús Cristo está cerca. Sus enemigos ya han mostrado claramente sus intenciones homicidas. Y el Señor conoce muy bien ya cuál es el camino. Además, por este camino vino al mundo: el camino del sacrificio.

Poco antes de Su Pazos (Pasión, Padecimiento) -que conoce perfectamente- el Señor revela todo a sus discípulos, lo que estaba por suceder. Es decir, profetiza el futuro inmediato relacionado con Su Persona. Veamos el texto sagrado:

«Subían a Jerusalén, y Jesús iba delante de sus discípulos, quienes estaban llenos de temor. Le seguían, pero con miedo, tanto por Jesús como por ellos mismos, por lo que podría esperarles en la ciudad. Entonces llamó a los Doce y comenzó a decirles lo que les iba a suceder: ‘Vean, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre —es decir, Yo, el Mesías— será entregado a los sumos sacerdotes y escribas, quienes lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos. Se burlarán de Él, lo azotarán, lo escupirán y lo matarán. Pero después de tres días resucitará’» (Mrc 10: 32-34).

Se plantea, sin embargo, una pregunta razonable: ¿Por qué el Señor revela este futuro inmediato? Tan inmediato que era cuestión de días; pues se trataba de la tercera predicción del Señor sobre este tema. Ya habían precedido otras dos. Esta, por tanto, es la tercera, y se da a las puertas de Su martirio.

¿Por qué, entonces, el Señor revela este futuro tan próximo?
¿No causaría angustia y turbación a los discípulos al oírlo de antemano? ¿Qué propósito podría servir una profecía así? Y, si quieren, ¿cuál es el valor de una profecía como esta? Ese será el tema que abordaremos, queridos míos.

Primero, veamos quién es la persona que profetiza. En este caso, es Jesús Cristo. Jesús fue profetizado por todos los profetas del Antiguo Testamento. Todas las profecías convergen en una sola persona: la Suya.

Cuando el Señor profetiza, en realidad, está reconociendo a todos los profetas antiguos, confirmándolos, verificándolos, renovando lo que dijeron, con la afirmación básica de que el personaje del que hablaban era Él mismo. Ellos hablaban de alguien; el Señor los confirma diciendo ahora que: «Esta persona YoSoY «.

Por tanto, Jesús es profeta, así como lo fue Juan el Bautista, quien es el mayor de los profetas. Saben, San Juan no escribió nada. Solo hizo un gesto: dio testimonio de Jesús. Dijo: «Es Él». Porque entre hablar de alguien y mostrarlo en persona, hay una diferencia inmensa. Y mostrar una persona, si no eres un verdadero profeta, no puedes hacer eso nunca. Así, Juan es el mayor de los profetas en ese punto.

El Señor, entonces, identifica al Mesías de las profecías con Su propio rostro: «YoSoY».

Recordemos al profeta Isaías, cuán vivamente describe El Pazos-Padecimiento, Pasión del Mesías en el capítulo 53. Cuando el Señor profetiza Su propia Pasión -con menor viveza y dramatismo quizás que Isaías-, identifica el personaje profético de Isaías con Él mismo, para establecer la verdad de lo que está anunciando que sucederá en Jerusalén.

No olvidemos que el elemento más fundamental de la verdad de la Sagrada Escritura es la profecía. Quisiera decirles que no es el milagro. El milagro, por un instante, puede resultar falso. Incluso el diablo puede hacer milagros, aunque sean falsos o meramente aparentes.

Pero el diablo no conoce el futuro. Por tanto, no puede jamás hacer una profecía verdadera. Ni siquiera puede interpretar correctamente una profecía existente, porque eso requiere la presencia del Espíritu Santo. Y el diablo no tiene el Espíritu Santo. Así que no puede ni profetizar ni interpretar profecías.

Dice el Apóstol Pedro que ninguna profecía fue interpretada por voluntad humana, sino por hombres que portaban el Espíritu Santo. Para escribir profecía, el Espíritu Santo debe poner los logos y las palabras en tu boca. Para interpretarla, el Espíritu debe darte también esa capacidad.

Así pues, repito: el diablo no tiene el Espíritu Santo. Puede hacer milagros. Pero profecía, no.

Por eso, la certeza de la verdad de la fe, del mensaje de Dios y de la Persona de Jesús Cristo, no está en el milagro. Los milagros complementan, pero no son el punto central. El punto central es la profecía.

Lo digo porque a lo largo de la historia, muchos han hecho milagros -inspirados por demonios, claro. Por ejemplo, Apolonio de Tiana, un mago de la antigüedad, podía ver a distancia y hacía milagros impresionantes. Pero nunca hizo una profecía verdadera. Y menos aún profecías que se cumplieran 500, 1000 o 2000 años después, desde la época de Adán y Eva. ¡Nadie, absolutamente nadie!

Así, todas las profecías del Antiguo Testamento, aunque estaban disponibles -¿a quién?- al diablo, pero le estaban selladas. No podía interpretarlas. No las comprendía, aunque las sabía al dedillo, las leía, como también lo hacen los herejes. Pero si no tienes el Espíritu de Dios, no entiendes nada. No basta conocer la letra; necesitas el Espíritu. Para entender el espíritu del Evangelio, debes tener el Espíritu Santo.

¿Acaso las profecías no decían quién era Jesús? ¿No oyó el diablo la voz del cielo: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco», en el Bautismo? El diablo lo oyó todo. Además, basándose en esto último, ¿no vino a tentar al Señor? «Si eres Hijo de Dios», le dice allí en el desierto, «di a estas piedras que se conviertan en panes» (Mt 4:1-11 y Luc 4:1-13) con esa triple tentación.

Finalmente, el diablo duda de quién es Jesús. ¿Por qué? Porque -lo repetiré una vez más- no tenía el Espíritu Santo.

Y entonces, crucificó al Señor. Sí, el diablo crucificó al Señor. Porque los gobernantes del pueblo fueron sus instrumentos, y lo fueron porque se parecían a él: tenían envidia. El diablo también tiene envidia y los usó como instrumentos suyos.

Así se da cuenta uno, queridos, de que finalmente la profecía no puede ser comprendida fuera del ámbito del Espíritu Santo. Solo cuando el diablo tuvo experiencia de la bajada de Cristo al Hades, entonces comprendió con Quién tenía que ver. Pero para él ya era demasiado tarde. Ya había sido vencido. El Señor ya lo había derrotado.

¿Pero quiénes son los destinatarios de una profecía?

En aquel entonces, en el Antiguo Testamento, era todo el pueblo de Dios. Ahora lo son los Apóstoles y la Iglesia. Solo dentro de la Iglesia existe la auténtica profecía. Si hay personas fuera de la Iglesia que profetizan y… -presten atención- se cumple su profecía, aun así, están fuera de la Iglesia. Es conocido, como menciona el Antiguo Testamento, que Dios lo permite para que aquellos que crean en ellos reciban el espíritu del engaño. Ese es su castigo. Y eso es lo terrible. Si vas a que la adivina, la que lee el café, la pitonisa o el médium te diga tu futuro —lo cual puede parecer una profecía por un momento— y se cumple…, sepan que el diablo no sabe nada, ¿eh? Si se cumple, es porque Dios lo permitió. Y cuando tú dices: “Pero a mí se me cumplió”, sí, significa… ay de ti, Dios permitió que viniera sobre ti el espíritu del engaño. Y eso es terrible. Es, diría, el castigo más extremo que puede dar Dios al hombre orgulloso.

En cualquier caso, los incrédulos no pueden recibir y aceptar la profecía. Porque —repito— no tienen el Espíritu Santo y la rechazan. Y no la comprenden y la rechazan. Por eso escribe el Apóstol Pablo: “La profecía”, dice, “no es para los incrédulos, sino para los que creen, es una señal, un milagro, una prueba” (1Corintios 14:22). ¿Para quiénes? Para los que creen.

Así, la fe en la Iglesia precede, y la profecía le sigue, siempre dentro de la Iglesia. Crees en Cristo, y después ves cuán tremendamente convincente es la profecía que se refiere a la persona divina y humana de Cristo. Pero primero debes creer. Y después, mediante la profecía, verás Quién es Jesús Cristo. Así tenemos, queridos míos, siempre dentro de la Iglesia —para los de afuera no tiene ninguna importancia— las profecías cristológicas, es decir, aquellas que se refieren a la persona de Cristo, y que literalmente sostienen la fe. Si tú has creído, hermano mío, en Cristo y ahora te ocupas de las profecías, sinceramente adquirirás la fe más segura en la persona divina y humana de Cristo. Y el propósito de esta profecía cristológica es siempre confirmar, tanto en la Iglesia como en cada creyente, la identidad de Jesús Cristo. Por esta razón escriben los santos evangelistas, toman y usan profecías del Antiguo Testamento para confirmar la identidad de Jesús Cristo.

Pero también existe la profecía que se refiere a la Iglesia, además de las cristológicas. Dice Teofilacto:
“¿Por qué razón el Señor anuncia con anticipación a sus discípulos lo que le va a suceder? Para preparar sus mentes, de modo que, al haberlo escuchado de antemano, lo soporten mejor y no se queden sorprendidos por lo repentino del hecho”.

Así que la profecía que se refiere a la Iglesia prepara a cada creyente, y también a la Iglesia misma, con una preparación psicológica. Según aquello de: “Me preparé por eso no me perturbé”.

Además, la profecía prepara ante la posibilidad del martirio. Así, la Iglesia y el creyente saben a quién pertenecen. Para que se mantengan fieles a su bautismo. Que no digan: “Pero no lo sabía”.

También, la profecía prepara al creyente para la aparición de tiempos de decadencia espiritual. Para que permanezca firme y no se deje arrastrar. Que no diga: “Todos hacen lo mismo”. No. El Espíritu Santo da aviso. Dice el Apóstol Pablo a Timoteo:

«Pero debes saber esto: que en los últimos días vendrán tiempos difíciles. Porque los hombres serán egoístas, avaros, jactanciosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres (piensen en el tema de los hijos que se rebelan y abandonan sus hogares…), ingratos (por más dinero que les des, quieren más… El germen de la ingratitud ha penetrado. Nadie llega a decir: “Ya es suficiente, estoy satisfecho”. ¡Terrible!), impíos, insensibles, sin afecto natural, implacables, calumniadores, incontinentes, crueles, aborrecedores del bien, traidores, impetuosos, envanecidos, amantes de los placeres más que de Dios -característico del siglo XX es la φιληδονία (filidonía: amor al placer, hedonismo); ess su sello distintivo-, teniendo apariencia de piedad, pero negando su poder; tienen, claro, una forma de piedad. Es decir, se trata de cristianos. No de personas no cristianas. Pero el poder, la energía increada y potencia de la fe, la fuerza y poder de la vida espiritual no lo tienen».

Además, la profecía también prepara para la aparición de herejes y herejías en el entorno. Dice el Apóstol Pablo a los presbíteros de Mileto: Esto sé y esto les digo; profecía: «Yo sé que después de mi partida se introducirán entre vosotros lobos crueles y heréticos (los lobos feroces son los herejes), que nos les importará nada sobre las ovejas lógicas de Cristo, sino que intentarán a arrastrarlas en sus engaños y destruirlas psíquicamente y espiritualmente; y que de entre vosotros mismos surgirán hombres egópatas y ególatras que enseñarán doctrinas falsas y perversas alejando los discípulos del camino ortodoxo de sotiría salvación con el fin de arrastrarlo en pos de sí como seguidores suyos. Por lo cual, ¡estad en alerta y vigilancia, manténganse despiertos! (Hechos 20: 29-31-para ganar discípulos, para arrancarlos de Cristo y hacerlos suyos. Manténganse alerta)».

Por tanto, el propósito de la profecía es que yo permanezca despierto, que sepa lo que vendrá. Que no me sorprenda —como les dije— un acontecimiento inesperado.

La Iglesia también profetiza sobre el Anticristo. Y los Padres incluso analizan este tema para ayudar a los fieles. Sin embargo, el propósito de la profecía del Anticristo no es asustar ni alarmar a los creyentes. Quiero subrayar esto. El propósito es que se armen espiritualmente y esperen, no pasivamente, sino activamente.

¿Visteis últimamente cuánto alboroto se ha causado en torno a este asunto? Algunos padres han llegado a decir a profesores y sacerdotes: “Nuestros hijos, nuestros familiares, no pueden dormir por las noches”. ¿Por qué? Lo veremos más adelante. Por eso, se necesita una actitud combativa, pero alegre, podríamos decir. Algo así como decir: “¡Vamos, te estamos esperando! ¡Vamos a luchar!”.

Exactamente lo que hicieron los 300 de Leónidas esperando a los persas en el desfiladero de las Termópilas. Cuando los persas enviaron espías para ver qué hacían los 300, regresaron diciendo: “¡Se están peinando, bailando y ejercitándose!”. Es decir, un afrontamiento alegre, una lucha alegre.

Así eran, queridos míos, también los mártires de nuestra Iglesia: valientes y alegres. No lloraban cuando iban al martirio. ¡Iban con gozo, tenían alegría! Entonces, ¿por qué debemos alarmarnos cuando oímos hablar de la profecía del Anticristo? ¿Quizás nos falta algo? Sí. ¿Quizás no tenemos el Espíritu de Dios? Me temo que…

Con todo esto, se nos prepara para contemplar los últimos tiempos.
«No tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la futura».
Además, estos sufrimientos de la Iglesia no son interminables. El Señor dice: «Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguid y levantad vuestras cabezas hacia el cielo, porque se acerca vuestra redención». Así pues, existe el gozo de que todas las pruebas pasarán y nos encontraremos en la Βασιλεία (vasilía, realeza increada)de Dios.

También tenemos profecías, queridos míos, que se refieren a personas específicas o a Iglesias locales, como cuando el Señor profetiza sobre el apóstol Pablo, o el Espíritu Santo sobre el apóstol Pedro, o sobre las siete Iglesias de Asia Menor en el libro del Apocalipsis, etc.

Pero también hay profecías que no se refieren solo al futuro, sino también al presente y al pasado. Prestad atención a este punto.
En el Apocalipsis, el Señor dice a Juan:
«Escribe, pues, lo que has visto, lo que es y lo que ha de suceder después de estas cosas».
Es decir: el presente y el futuro.

La profecía del presente es la revelación de lo oculto en el ahora.
Esto lo vemos en la vida de los santos, en innumerables casos, profetizando el presente.

Pero también existe la profecía del pasado, queridos míos. Prestad atención a esto también.
Gracias a esta profecía del pasado, el profeta Moisés escribió sobre la creación del mundo y la creación del hombre.
Como dice un padre de nuestra Iglesia:
«Todo el género profético se divide en tres: el futuro, el presente y el pasado».

¿Dónde está el valor de esto?
En que, para los creyentes, el conocimiento del pasado es correcto y verdadero, y no permite que el creyente se deje arrastrar por las teorías de cada época que intentan definir el pasado. Así tenemos,
por ejemplo, la teoría de la eternidad de la materia, es decir, el materialismo; la teoría de la generación espontánea de la vida (“la vida surgió por sí sola”); tenemos la teoría de Darwin sobre el origen de las especies…

El creyente dirá: «Tengo la profecía. Y la profecía me dice: Dios hizo el mundo y al hombre». ¡He aquí, ahí está el valor!
¿Veis cuál es el valor de la profecía dentro de la Iglesia?

Queridos míos,

El valor de la profecía para la Iglesia es enorme.
Y también en nuestros días existe el carisma, don profético, el cual nunca faltará hasta el fin de la historia.

Solo debemos tener cuidado con algunos que tienen una psique-alma orgullosa, un carácter curioso, y que usurpan los dones del Espíritu Santo, fingiendo profetizar para obtener gloria personal.
Estos no son pocos en cada época. Y parece que en nuestra época son bastantes. Mucho cuidado.

El Antiguo Testamento dice: «¡Ay de aquel que profetiza sin que Dios haya puesto Su logos y palabra en su boca! Ese es un falso profeta». El genuino don profético siempre protesta, advierte, de que vienen días difíciles para la Iglesia. Y debemos saberlo. No para desanimarnos, sino para armarnos de alegría. Y esa alegría es la alegría de Cristo que iba a Jerusalén para ser crucificado y anunciaba Su pazos (pasión, padecimiento). Es la alegría de Pablo, la alegría de los santos mártires. Solo nos queda tener el Espíritu Santo para posicionarnos correctamente ante la profecía, y entonces descubriremos el valor que tiene dentro de la Iglesia.

PARA LA GLORIA DEL SANTO DIOS TRINITARIO Y (

(Transcripción de la grabación y edición del texto electrónico: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komninéo, Larisa, el 27-3-1988] P. Atanasios Mitilineos

Traducido por: χΧ jJ  https://www.logosortodoxo.com/

 

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