
«Lucha por la mentalidad, conducta y actitud ortodoxa»
Domingo de los Santos Padres del IV Sínodo Ecuménico – Atanasio Mitilineos
Los discípulos son la sal y la luz, Mt 5:13-16.
13 Vosotros sois la sal de la tierra, porque con vuestro ejemplo y enseñanza tenéis la capacidad de dar sabor a la vida de los hombres y prevenirlos de la basura ética. Pero si la sal pierde su cualidad de salar, se desvirtúa, ¿con qué será salada, para volver a retomar su esencia y fuerza de salar? Ya no tiene valor, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres.
14 Vosotros con vuestro ejemplo y los logos del Evangelio sois la luz (espiritual) del mundo. Igual que una ciudad construida sobre un monte no puede ser escondida, así también vuestra vida será percibida en los hombres.
15 Tampoco encienden una lámpara y la ponen debajo del almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa.
16 Así la luz que habéis recibido de mi y ahora es vuestra luz, alumbre y brille delante de los hombres, de forma que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos, por tener este tipo de hijos virtuosos.
Cristo, la ley y los profetas, 5:17-20.
17 No penséis que vine a abrogar la ley de Moisés o la enseñanza de los profetas; no vine a abrogarla, sino a aplicarla, cumplirla, y completarla en una ley perfecta.
18 Porque de cierto os digo: Hasta que pase el cielo y la tierra, de ningún modo pasará una iota (ι, i letra del alfabeto griego), ni una coma, ni una tilde de la letra de la ley, hasta que todo esto se haya cumplido en mi vida y obra.
19 Por tanto, aquel que suprima uno solo de estos mandamientos-logos que parecen pequeños e insignificantes, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reinado de la realeza increada de los cielos; pero aquel que practique y aplique todos los mandamientos-logos y enseñe también a los hombres, éste será proclamado grande en el reinado de la realeza increada de los cielos.
20 Porque os digo que si vuestra justicia no supera la virtud típica y superficial de los fariseos y de los Γραμματεῖς Gramatís, maestros, (escribas, teólogos intelectuales sin práctica, solo teoría), de ningún modo entraréis en el reinado de la realeza increada de los cielos.
«Lucha por la mentalidad, conducta y actitud ortodoxa»
Atanasio Mitilineos
“Por tanto, aquel que suprima uno solo de estos mandamientos-logos que parecen pequeños e insignificantes, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reinado de la realeza increada de los cielos; pero aquel que practique y aplique todos los mandamientos-logos y enseñe también a los hombres, éste será proclamado grande en el reinado de la Realeza increada de los Cielos” (Mt 5,19)
Mis queridos hermanos, existe en el ser humano una tendencia, precisamente por su estado caído, a alterar continuamente la verdad. Existe la tendencia a introducir su propio sujeto dentro del objeto, lo cual produce una distorsión, una corrupción. Naturalmente, esto es resultado del egoísmo humano, el cual constituye el núcleo mismo del pecado que reside en todo hombre, descendiente de Adán, quien está caído. Está de más decir que esto también se encuentra en el diablo. El diablo, siendo por excelencia orgulloso, jamás quiso aceptar la verdad de Dios tal como se le ofrecía, sino que intentó imponer su propio sujeto, distorsionando así la verdad divina.
De este modo, como comprenderán, la integridad del logos de Dios es un capítulo de suma importancia que todo creyente debe cuidar si realmente desea redimirse, psicoterapiarse y salvarse. El Señor, siendo plenamente consciente de que lo escuchaban hombres -no sólo caídos, sino también profundamente pervertidos- como eran los dirigentes del pueblo, los sacerdotes, el clero, los fariseos, gramaticales-escribas y doctores de la ley, es decir, quienes guiaban al pueblo, hombres cargados de enorme orgullo, que siempre buscaban distorsionar el logos de Dios…
Basta, queridos míos -basta- con que uno considere esa producción rabínica que se llama Talmud, la cual contiene seis mil mandamientos, sólo con esto es suficiente para que comprendan… Muchos de esos mandamientos son una perversión de la verdad. Esto basta para entender el tipo de mentalidad, conducta y actitud que poseían y se movían.
El Señor dijo claramente, refiriéndose a estos casos, que todos esos inventos son preceptos humanos. Tan pesados resultaban, que ni siquiera quienes los imponían podían soportarlos, ni moverlos con el dedo meñique. Es decir, ni lo más mínimo podían cumplir. Y aun así, estos hombres exigían que tales cosas fueran impuestas sobre el pueblo.
La Sagrada Escritura, y en particular el Nuevo Testamento, menciona varios ejemplos. Por ejemplo, si no se lavaban las manos -que al final de cuentas es una cuestión de higiene, no de religión-, se consideraba pecado. Porque si alguien comía con las manos sucias, se volvía pecador… Y muchos otros ejemplos así.
Teniendo pues frente a Él una multitud que podía fácilmente tergiversar la verdad o mostrar selectividad frente al logos de Dios, el Señor pronunció esa declaración tan significativa: “Por tanto, aquel que suprima uno solo de estos mandamientos-logos que parecen pequeños e insignificantes, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reinado de la Realeza increada de los Cielos”.
¿Por qué el Señor llama a estos mandamientos “los más pequeños”? ¿A cuáles se refiere? A “éstos”. ¿Cuáles “éstos”? A aquellos que el Señor enseñaba. ¿Y por qué los llama “pequeños”? Porque eran considerados así por los hombres, quienes hacían una selección diciendo: “Este mandamiento es importante, aquel no lo es, al cesto de los desechos, no nos interesa”.
Tomen nota de que esto ocurre constantemente dentro de la Iglesia. Los fieles lo hacemos todo el tiempo. Miren, -¿qué decir?- el entorno. No, queridos míos, mirémonos a nosotros mismos. Veremos que también nosotros seleccionamos el logos de Dios. Cuando leemos la Escritura o escuchamos un kerigma (discurso, sermón), conservamos aquello que no es doloroso de aplicar, lo que es indoloro. Lo que duele, lo dejamos de lado. Decimos: “Eso es para otros”. Así, despreciamos el logos de Dios y hacemos una distinción entre mandamientos importantes y no importantes.
Frente precisamente a este fenómeno, el Señor, casi con ironía, dice:
“¿Consideráis pequeños estos mandamientos? Pues os digo: si quebrantáis, es decir, si desobedecéis, si no aplicáis, si despreciáis, uno solo de estos mandamientos que vosotros consideráis pequeños, seréis considerados los más pequeños en la Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de los Cielos.” O sea, insignificantes. Es decir: no entraréis en Realeza increada de Dios.
Como pueden ver, queridos míos, el tema de la aplicación y cumplimiento de los mandamientos-logos de Dios es sumamente importante, y debemos mirar con precisión el logos de Dios y no recortarlo ni seleccionarlo a nuestro antojo, sino aplicarlo en su totalidad. ¿Por qué? Porque, hermano mío, no te salvas si cumples toda la ley, pero fallas en un solo punto. ¿No es eso lo que nos dice Santiago el hermano del Señor? Si fallas en un solo mandamiento, si no cumples uno, entonces te conviertes en transgresor de toda la ley.
Para entender esto, piensa que puedes ser un buen ciudadano, pero si violas una sola ley, vas a la cárcel. ¿Puedes alegar ante el tribunal que eres un buen ciudadano? El tribunal no lo pone en duda, pero ve ante sí una ley violada. Y por eso te encarcela. Eso es precisamente lo que quiere decir el logos de Dios.
Pero lo más importante no es solo eso. Lo más crucial, queridos míos, es que, si pervertimos la verdad del Evangelio, entonces ya no tenemos Ortodoxia. Ya no tenemos esa fe ortodoxa completa que Dios nos ha ofrecido íntegra. Eso significa «Ortodoxia«: creer en el logos de Dios tal como se ofrece, sin añadidos ni recortes. Y aún más importante: de la Ortodoxia surge la ortopraxía (acción correcta). Es decir, si tengo una percepción y comprensión correcta del logos de Dios, entonces debo aplicarlo correctamente. Si he pervertido la verdad, ¿acaso no estarán pervertidas también mi vida, mis experiencias, y mi actitud y conducta? Por supuesto que sí. Como pueden entender, es un asunto sumamente serio al que debemos prestar mucha atención.
Veamos ahora qué debemos hacer. Primero, debemos conocer el contenido de nuestra fe, tal como es interpretado por la Iglesia y dentro de la Iglesia. No olvidemos que las herejías nacieron del intento de interpretar el logos de Dios según el propio criterio, según lo que cada quien pensaba o quería. La Iglesia es la que interpreta el Evangelio, y es la depositaria de su correcta interpretación.
Cuando surgieron las herejías -como hoy celebramos la memoria de los 630 santos Padres del IV Sínodo Ecuménico, que se reunió en Calcedonia para consolidar el dogma de las dos naturalezas de Cristo-, en esencia el objetivo era combatir el monofisismo. Afirmaron que Jesús Cristo es Dios perfecto y hombre perfecto. Porque en el tema del arrianismo, lo que se atacaba era la divinidad de Cristo, y el Primer Sínodo Ecuménico subrayó la perfección de la naturaleza divina de Jesús. El Cuarto Sínodo Ecuménico -cristológico el primero, cristológico también el cuarto- vino a consolidar la perfecta naturaleza humana de Cristo. Es decir, lo exactamente contrario de lo que decía Arrio, lo afirmaban ahora nuevos herejes como Eutiques, Dióscoro, etc.
Así que, como pueden entender, todo esto ya estaba depositado en la Iglesia. Muchos piensan que con motivo de los Sínodos la Iglesia adquirió nuevos dogmas. No hay error más grande. Queridos míos, esos dogmas ya estaban depositados en la Iglesia. Siempre la Iglesia ha creído, por ejemplo, que Jesús Cristo es hombre perfecto y Dios perfecto, es decir, el perfecto Θεάνθρωπος zeánzropos Dios-Hombre.
Cuando surgió una cuestión, entonces la Iglesia se vio obligada, en sínodo (concilio), a ratificar esa verdad. Esa verdad, esa fe, no es nueva, no aparece con la presencia de un sínodo. Simplemente ya existe y está depositada en la Iglesia. Es la fe de la Iglesia. Y ahora un sínodo viene a cercar y garantizar aquello que la Iglesia ha creído desde siempre. Por tanto, no se trata de cosas nuevas.
¡Qué equivocados están quienes dicen: «¡Los dogmas, los dogmas, y los sínodos…!», y los rechazan en bloque! ¡Qué terrible cosa es esa! Y creen que se trata de cosas estáticas. Son estáticas porque la verdad es inmutable. Incluso los filósofos, queridos míos, creen eso: que la verdad es inmutable, inalterable. No puede cambiar.
Entonces, ¿cómo es que tú quieres que la verdad no cambie, pero consideras los dogmas -hermano mío- como cosas oxidadas, pasadas de moda, inútiles? ¿Y aún como obstáculos supuestos para una expansión de tu vida y fe cristiana en el mundo contemporáneo?
Pero, queridos míos, debo decirles que dos cosas dieron origen a la herejía: la ignorancia y el egoísmo. Y si alguien es egoísta con un egoísmo demoníaco, se convertirá en hereje y persistirá en su herejía. Sin embargo, la mayoría de la gente no actúa así. La mayoría, muchísimos fieles, actúan por ignorancia. No conocen el contenido de su fe.
San Juan Crisóstomo dice: «La ignorancia de las Escrituras ha traído la corrupción de las herejías, la vida depravada, y ha trastocado todo el orden.» Lo ha volcado todo al revés. ¿Por qué? Porque existe ignorancia de las Escrituras. No estudiamos suficientemente el logos de Dios. No conocemos el contenido de nuestra fe. Es trágico. Es trágico llamarse cristiano y no conocer el contenido de la propia fe.
Quisiera darles un ejemplo. Díganme, por favor: hoy en día, incluso las profesiones más sencillas, podríamos decir, se adquieren como formación a través de escuelas, más o menos. Incluso los oficios más pequeños y fáciles se enseñan en escuelas. ¿Y acaso no aprendemos también, en algún momento, la historia de nuestra profesión? ¿O no tendríamos la curiosidad de conocer la historia de nuestro oficio? La historia de la ciencia se enseña siempre en la universidad. La historia de cada ciencia: la historia de la medicina, la historia de la física, etc.
¿Y tú, hermano mío, no tienes la curiosidad de aprender la historia del Cristianismo? Hoy, nadie puede vivir y ser un buen profesional, tener ingresos y prestigio, si no conoce bien su oficio, si no renueva constantemente su conocimiento, porque en cada profesión el saber se vuelve continuamente nuevo.
¿Y tú, hermano mío, no tienes curiosidad de conocer el contenido de tu fe? ¿Nunca te preguntaste, hermano mío, de dónde vengo y adónde voy? ¿Quién soy? ¿Qué significa ser humano? ¿Por qué existo? ¿Adónde voy? ¿Cuál es mi destino? ¿Cuál es mi propósito? ¿Casarme? ¿Tener hijos? ¿Y luego morir? ¿Y después mis hijos también tendrán hijos y luego morirán?
Pero eso ya no concierne a mi persona; concierne a la especie o género. No se trata de mí, sino de la generación. Pero yo, como persona, ¿qué seré? ¿Terminaré? ¿O sea, me acabo, y estoy seguro de que me acabo? Entonces, ¿no tengo la curiosidad de saberlo?
La Escritura me ayudará. El estudio del logos de Dios. Los Padres son la clave; porque ellos son la interpretación de la Sagrada Escritura dentro de la Iglesia y con la Iglesia. Porque si no tengo esta clave para estudiar la Escritura, y empiezo a estudiar y comprender como yo quiero, entonces, queridos míos, entiendan que pronto me volveré hereje, me desviaré, me corromperé.
Pero, ¿qué decir? ¿Dar algún ejemplo? Digamos que vamos a un funeral, vemos a una persona que ha muerto, un familiar o un amigo, nos lamentamos, nos vamos, y decimos: “Bueno, así es la vida. Todos vamos a morir. La tumba es nuestra última morada”.
¿Hermano mío, la tumba es tu última morada? ¿De verdad, todos vamos a morir? ¿De verdad ese es nuestro destino, morir?
¿Nunca resonaron en tus oídos, hermano mío, las palabras: “¡Cristo ha resucitado… y a los que estaban en los sepulcros les regaló vida!”? ¿Nunca escuchaste eso? ¿Cómo escuchas la Divina Liturgia? ¿Cómo escuchas los servicios y las fiestas del año? ¿Cómo lees la Escritura?
El Señor dice: “Mirad y atended a cómo escucháis”. Y, si quieren, este conocimiento es precisamente la piedra de toque frente a toda herejía.
No es necesario que estudiemos las herejías. Es innecesario. Permítanme decírselo: es innecesario. ¿Conoces la verdad? Entonces, cuando algo falso o adulterado venga, lo probarás frente a la verdad que posees y dirás: “Esto es falso”.
¿Aprendiste a reconocer el oro? ¿El verdadero oro? Si te traen bronce mezclado con oro, dirás: “Esto no es oro”. Así, queridos, el conocimiento de la Escritura es también la piedra de toque de la verdad.
Pero no basta con conocer la verdad; debemos también conocer su contenido, debemos vivir el contenido de la verdad. De lo contrario, creamos personas intelectuales. No olvidemos que hay personas que se ocupan del conocimiento elevado de la Escritura, pero no viven lo que deberían vivir.
No olvidemos que el logos de Dios no viene a satisfacer la mente o intelecto, sino que viene a psicoterapiar, redimir y salvar al ser humano entero. A convertirse en nuestra sangre, en nuestro cuerpo. Ese es el logos de Dios. Debe alimentarnos el logos de Dios. Y debemos vivirlo. Pero no simplemente cumplir los mandamientos de Dios de una manera moralista. No. Debemos hacer otra cosa. Debemos lograr lo que dice el Apóstol Pablo: metamorfosearnos, transformarnos. “Y no os acomodéis al mundo de este siglo; al contrario, metamorfoseaos, transformaos y renovad vuestro interior continuamente para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios y ofrenda viva, santa y grata” (Rom 12,2).
Y en otra parte dice: “Pero nosotros poseemos el espíritu, los pensamientos y los sentimientos de Cristo Dios-Hombre , y conocemos las intenciones de Satanás” (1Cor 2,16).
¿Qué es ese “espíritu de Cristo”? Es llegar a ser un pequeño Cristo. Pensar como piensa Cristo.
¿Alguna vez les han dicho, queridos míos, que piensan como tal persona, que se parecen mucho en su forma de pensar? ¿Se los han dicho alguna vez? Si se los han dicho, eso es lo mismo que decimos ahora: que otro reconozca que yo pienso como piensa Cristo. Eso es tener la “mente y espíritu (nus) de Cristo”. No pienso distinto. Actúo como actuaría Cristo. No son cosas lejanas. No digamos: “¿Yo compararme con Cristo? ¿Yo, compararme con Cristo?”
Queridos míos, no se trata de una cuestión de comparación. Se trata de imitar, de llegar a ser como Cristo. Tanto como pueda, tanto como alcance. Constantemente, sin cesar.
¿Por qué creen ustedes que el Logos de Dios se hizo hombre? Permítanme decir esta sencilla frase: ¿“por unos lindos ojos”? ¿Para ser visto? ¿Por capricho? El Hijo de Dios se encarnó por dos razones. Primero, para que veamos Su vida y la imitemos. Para traer el Evangelio a la tierra; lo que significa traer el modo de vida del cielo a la tierra, y mostrar que es posible aplicar el Evangelio aquí en la tierra. La segunda razón es ontológica: con su encarnación, salvar toda nuestra existencia de la muerte y la corrupción, para que podamos resucitar y encontrarnos en la Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de Dios y en su bienaventuranza y felicidad. Esa es la razón.
¿Qué dicen, entonces? ¿Debemos quedarnos solo con el conocimiento superficial? ¿Con un conocimiento vacío? ¿Simplemente satisfacer nuestra mente y espíritu? ¿Decir simplemente que estudiamos, pero no aplicar lo que el logos de Dios nos manda?
Y algo más. Les dije antes que hoy nuestra Iglesia celebra la memoria de los 630 Santos Padres que participaron en el IV Sínodo Ecuménico en Calcedonia, frente a Asia Menor, frente a Constantinopla. Sepan, por favor, que los Padres no solo tenían una correcta creencia, no solo vivían correctamente, sino que también proclamaban correctamente la fe. Y la proclamaban. Es decir, ahora debemos exponer a los demás el contenido de nuestra fe. Porque constantemente vienen nuevas personas al mundo. Y no solo los nuevos, es decir, sus hijos, deben aprender la verdad, sino que también debemos corregir a aquellos que no recibieron un buen conocimiento del contenido de nuestra fe. Y por lo tanto, debemos convertirnos constantemente en misioneros. Decir en todas partes la verdad.
¿Han subido alguna vez a un taxi? Seguramente sí. ¿Han visto junto a la cruz que el conductor cuelga en el parabrisas, también un amuleto con una cuenta azul? ¿Lo han visto? Eso es una fe torcida. Esa persona no sabe exactamente en qué cree. Cree que de la cruz emana una fuerza. Pero también de la cuenta azul y del amuleto sale alguna otra fuerza, bueno, si actúa una u otra, no importa, tengámoslas ambas, a ver cuál funciona… ¿Le han dicho alguna vez al conductor, al ver ese fenómeno, que lo que hace no es correcto? ¿Se lo han dicho? Y existen muchas otras cosas -no quiero extenderme- muchas cosas, que debemos corregir siempre.
Pero cuidado, no como fiscales, como si fuéramos jueces y acusadores públicos, diciendo: “Mira, esto y esto, ¡ay de ti…!”. No, queridos míos. Con mucho amor, con mucha hermandad corregiremos al otro sin ofenderlo. Para corregirlo. Incluso decirle que nos perdone por lo que vamos a decirle, que tal vez se le pasó por alto. Tal vez sabe muchas cosas, pero eso se le escapó. Y ahora venimos a decírselo para que también eso lo corrija. Cuando se lo decimos con amor, entonces, ¿qué creen?, un hermano corregirá al otro.
Y entonces tendremos una sociedad cristiana, es decir, la Iglesia de Cristo, que no solo creerá correctamente, sino que también vivirá correctamente. Y no tendremos ese terrible fenómeno dentro de la Iglesia, de que cada quien viva o crea como le parece. ¿No decimos en la Divina Liturgia que el Señor nos conceda “la unidad de la fe y la comunión del Espíritu Santo”? ¿Qué es eso? Justamente aquí, queridos míos, está toda la oferta de la Iglesia. La unidad de la fe significa que lo que yo creo, lo crean también los demás. La fe de la Iglesia. ¿Y cuál es la comunión del Espíritu Santo? Es nuestro objetivo final. Participar del Espíritu Santo. Adquirir el Espíritu Santo. Tener a Dios. Para vivir desde esta vida presente en la Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de Dios. Para hacer de la Βασιλεία de Dios, ante todo, un hecho de nuestra existencia. Encerrar dentro de nosotros la Realeza increada de Dios. Y cuando vayamos allí, a la Βασιλεία de Dios, entonces Ella nos encerrará dentro de sí.
Así que ven, queridos míos, que el día de hoy, en el que nuestra Iglesia presenta a los 630 Teoforos (portadores de Dios o de la luz increada) Padres, lo hace para que los imitemos. No es un hecho que simplemente pertenece al pasado. Anoche leía el decreto dogmático del IV Sínodo Ecuménico. No es muy extenso. Son apenas 5 o 6 páginas de un libro. Muy poco. Y allí está cristalizada toda la decisión sobre la persona de Jesús Cristo.
Si poco a poco llegamos a conocer todo esto… Pero creo que siempre debemos tener amor por el conocimiento, debemos leer, hacer preguntas, escuchar el logos de Dios, pan del logos de Dios; el cual nos llevará al nivel de la predicación, al nivel de la ofrenda, a todo lo que la Iglesia ha depositado. No hablemos solo diciendo -y me dirán que esto es asunto nuestro, sí- no digamos siempre: “Seamos buenas personas”. Debemos conocer el contenido de nuestra fe para conocer nuestro camino, conocer nuestro rumbo.
Así pues, la presentación de los 630 Santos Padres no es un recuerdo, una memoria que pertenece al pasado, un recuerdo de museo. Es una memoria viva. Los Padres de nuestra Iglesia existen y existirán siempre. Existen en la Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de Dios. Existen con sus predicaciones. Existen con sus disposiciones y con sus dogmas. Existen en nuestra vida, como guías en un camino difícil, en una época difícil, en la que todo se descompone, todo se derrumba, y debemos permanecer firmes. Los santos Padres, entonces, son los portadores de luz increada, son los pilares. Son el bastón sobre el que nos apoyaremos para confesar una fe correcta, una vida correcta, y para ver algún día el rostro o persona de Dios.
Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 19-7-1981. Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai.gr/
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com/







