
a) «La benignidad, bondad», y b) Sed misericordiosos» Lucas 6,31-36
Atanasio Mitilineos
Lucas 6:31 Comportaos y tratad a los hombres como queréis que ellos se comporten y os traten a vosotros.
32 Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué clase de gracia es la vuestra y la recompensa que merecéis? Porque los pecadores también aman a quienes los aman.
33 Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué clase de gracia es la vuestra y qué recompensa tendréis de Dios? También los pecadores hacen lo mismo.
34 Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué clase de gracia es la vuestra y qué recompensa tendréis de Dios? También los pecadores dan prestado a los pecadores para recuperar lo mismo.
35 Más bien, amad a vuestros enemigos, y haced bien, y dad prestado no esperando nada, y vuestro salario será grande, y seréis hijos del Altísimo en la realeza increada de los cielos, porque Él es bondadoso incluso hacia los ingratos y malvados.
36 Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso hacia todos.
a) «La χρηστότης (jristotis) benignidad, bondad» Lucas 6,31-36
Atanasio Mitilineos
Hoy, amados míos, escuchamos en el pasaje evangélico —que es un fragmento de la homilía de nuestro Señor en la montaña— la regla de oro de la conducta hacia el prójimo.
Dijo el Señor: «Comportaos y tratad a los hombres como queréis que ellos se comporten y os traten a vosotros».
¿Cómo quieres que se comporten contigo? Del mismo modo compórtate tú con los demás. Y como lo interpreta Teofilacto: «Lo que tú quieres que suceda contigo, eso mismo muéstralo también a los otros». Y añade el mismo Padre: «¿Ves una ley innata escrita en nuestros corazones?».
¿Por qué? Porque el criterio de cómo situarte frente a los demás es tu propio ser. No quiero que me hagan esto: pues yo tampoco lo haré. Quiero que me hagan aquello: que me amen; yo también amaré. No quiero que me calumnien; yo tampoco calumniaré. Vemos aquí una consecuencia lógica y natural, una consecuencia moral. En otras palabras, el criterio es uno mismo.
Lo mismo vemos en el llamado segundo mandamiento, que junto con el primero —«Amarás al Señor tu Dios», etc.— dice: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». También aquí tenemos como criterio al propio ser. ¿Qué dice? Amarás a tu prójimo como te amas a ti mismo. De modo que, si no te amas a ti mismo, no puedes amar al otro. Si amas a tu propio ser de manera enferma, de manera enferma amarás también al otro. Si te amas de manera recta y sana, como corresponde, entonces amarás como corresponde también a tu hermano y a tu prójimo.
En otras palabras, comprendéis que el caso extremo, el caso más alto y culminante, es que yo quiera salvarme, alcanzar la salvación. Entonces, ¿qué significa «amar al prójimo»? Significa que, como yo deseo salvarme, también debo amar al otro deseando su salvación. Así, aquí tenemos como criterio nuestro propio ser. Por eso es necesario que nuestro ser esté en buen estado, para constituir un criterio correcto.
Sin embargo, diríamos además que para el cristiano existe una superación de este mandamiento, del cual habló el mismo Señor inmediatamente después. Porque cuando el otro no responde, aunque tú quieras mostrar lo que debes mostrar —pues así corresponde—, si el otro no responde, ¿qué harás tú? ¿Cuál debe ser tu comportamiento?
El Señor dijo a continuación: «Si amas a los que te aman, ¿qué mérito tienes? ¿Qué gracia hay en ello?». Si haces el bien a los que te hacen el bien, o prestas a aquellos de quienes esperas recuperar algo, ya sea con interés o con algún beneficio, ¿dónde está la gracia?
Por eso, ¿qué nos dijo el Señor? Algo que es una superación de nosotros mismos: «Amad a vuestros enemigos». Haced el bien sin esperar recompensa cuando prestéis. En otras palabras, esto ya no es sino una superación de nuestro propio yo. No me interesa cómo el otro se comporte conmigo; me interesa cómo yo me comporto con él. Y esto es la superación de mi ego.
El Señor nos llama incluso a ser misericordiosos, lo cual encierra todo lo dicho: amar a los enemigos, hacer el bien, etc., según la medida del Padre celestial. Así, la medida ya no es nuestro propio ser, sino el Padre celestial. ¿Por qué? «Porque Él es bondadoso con los ingratos, los viles, los perversos y los malos».
Así pues, amados míos, nuestro Padre celestial es la medida. Hacia Él debemos mirar. Porque, ¿quién me asegura que tengo una percepción sana de mí mismo? ¿Acaso quien fuma y destruye su propio ser puede tener una buena percepción de sí mismo y amarse verdaderamente? Dice un versículo del salterio: «El que critica y calumnia no ama su propia alma». Hemos perdido la medida.
La medida, entonces, ahora se coloca en Dios. Nuestro Padre es χρηστός bondadoso, indulgente, generoso. ¿Qué significa «bondad»? ¿Qué significa «χρηστότης» (jrestótis)? Significa beneficencia, utilidad, provecho, honestidad. Por consiguiente, Dios es bondadoso, (del término «χρήσιμος», “útil, provechoso”, y no de «χρισμένος», ungido, que proviene del adjetivo «Χριστός Jristós», Jesús Cristo. No: aquí es con la η (ita), «χρη jri»). Dios es el benefactor, el útil, el provechoso. En verdad, amados míos, Dios es quien nos beneficia, quien es útil y provechoso para nosotros.
Aquí nos vamos a detener, en el tema de la χρηστότης (jristotis). Muchas veces decimos: «ese hombre es άχρηστος ájristos inútil», lo cual significa lo contrario de «útil». ¿Comprendéis qué significa “hombre άχρηστος ájristos inútil”? Para entender lo que significa «χρήσιμος jrísimos hombre útil»: en la antigüedad daban a los esclavos el nombre «Χρήστος, Jristos con η).
Erróneamente algunos escriben hoy el nombre «Χρίστος Jristos», con ι, pero esto es incorrecto. La forma correcta es con η (Χρήστος), que significa «útil». Y se daba este nombre a los esclavos para expresar que ese siervo era útil. De modo semejante se daba también el nombre «Onísimos» (Ὀνήσιμος), que significa «provechoso, útil».
Esto lo vemos en la carta del apóstol Pablo a Filemón, donde el Apóstol hace un juego de palabras con el nombre. Escribe a Filemón: «Onésimo, el que antes te fue inútil, ahora es útil para ti y para mí». Esto porque Onésimo había robado a su amo, huyó de Asia Menor —donde vivía su amo— y llegó a Roma, donde Pablo estaba preso. En un momento dado se arrepintió, reflexionó mejor y fue a buscar a Pablo en la cárcel. Pablo lo vio, lo instruyó, lo hizo cristiano —pues no lo era— y luego lo envió de vuelta a su amo, Filemón. Y le dice: «Te ruego que recibas a Onésimo (Onésimo significa útil, provechoso), el que antes te fue inútil, pero ahora es útil tanto para ti como para mí». Así juega con el nombre Onésimo.
Entonces, ¿quién es el hombre “χρηστός jristós” (bondadoso, útil, provechoso)? Siempre repito: con η. Es aquel bendito hombre en cuyas manos todo prospera. Es útil. Recordad a José: cuando sus hermanos lo vendieron en Egipto, mostró toda su bondad en la casa de Putifar. Y con ello atrajo la bendición de Dios sobre aquella casa, hasta que Putifar —idólatra como era— le dijo: «Hijo mío, desde que llegaste a mi casa, tu Dios ha bendecido todos mis bienes, ha bendecido mi hogar».
Asimismo, “χρηστός jristós” es el hombre que beneficia de cualquier modo, sea rico o pobre. ¿Tienes dinero? Haces el bien. Pero no se trata solo del dinero. También siendo pobre puedes beneficiar: diciendo una buena palabra, un buen consejo, una orientación, una ayuda, un servicio. De este modo eres para tu prójimo un hombre útil, un hombre hermoso un hombre “χρηστός jristós”.
La χρηστότης (jristotis) bondad, generosidad amados míos, es un fruto del Espíritu Santo. El apóstol Pablo escribe a los Gálatas: «El fruto del Espíritu es —un solo fruto, no dividido—: amor, alegría o gozo, paz, paciencia, bondad, benignidad, fe, mansedumbre, templanza». Ved que entre los nueve aspectos del fruto del Espíritu Santo se encuentra la χρηστότης. Es algo que uno adquiere cuando recibe el Espíritu de Dios, que viene a ofrecer ese racimo, esa uva entera, que es el fruto del Espíritu Santo, cuyas uvas son las virtudes y dones o carismas particulares.
Además, la χρηστότης es una virtud social, que da un alivio al ambiente. Cuando existe un hombre así en un entorno, descansa a quienes están alrededor. P or eso, el hombre “χρηστός jristós” bondadoso es digno de amor, es simpático.
Escribe el apóstol Pablo en su segunda carta a los Corintios: «…No dando en nada motivo de tropiezo, para que nuestro ministerio no sea desacreditado, sino en todo recomendándonos como servidores de Dios, en bondad (ἐν χρηστότητι)».
Es decir: procuramos no dar en ninguna parte motivo para que el Evangelio sea criticado, sino que en todo nos presentamos como siervos de Dios y servimos a su obra en bondad; es decir, siendo beneficiosos.
Podríamos decir, amados míos, que los santos Apóstoles son los más grandes en la χρηστότης, porque ellos fueron los portadores que, con su esfuerzo, llevaron el Evangelio y, en consecuencia, la salvación hasta los confines de la tierra. ¿Hubo jamás en la Historia hombres más beneficiosos que los Apóstoles? Seguramente no.
Y también en cosas prácticas. Quiero recordaros algo. La Sagrada Escritura no suele detenerse en detalles cotidianos, pero hay un ejemplo muy característico que se refiere al apóstol Pablo. Preso, encadenado, viajaba hacia Roma con otros prisioneros. El barco estaba lleno de pasajeros y también cargado de trigo. Se levantó una terrible tempestad. Pablo ya había dicho su parecer: que no debían zarpar de Creta, sino pasar allí el invierno e ir en primavera a Roma. Pues iba a ser juzgado por el César. El capitán no le escuchó, se puso de acuerdo con el centurión que custodiaba a los prisioneros y partieron.
Por el camino, ¿qué sucedió? «Catorce días», dice, «sin ver estrella ni sol. Nubarrones, tempestad terrible». Durante catorce días no habían comido nada, estaban en ayuno. Entonces se apareció un ángel del Señor a Pablo y le dijo: «Por tu causa no se perderá ninguna vida en el barco». Por la mañana Pablo dijo a todos: «Escuchadme, hermanos: el Señor, a quien sirvo, me reveló que ninguno perecerá. No os entristezcáis, no temáis. Y os ruego: catorce días lleváis sin probar bocado. Debéis comer».
¿Quién se atrevía a comer en aquella situación? Entonces Pablo oró, dio gracias y, delante de todos, comenzó a comer. Escuchad lo que dijo: «¡Y ahora, hermanos, tened ánimo!». ¿En medio de aquella espantosa situación alguien decía que estuvieran alegres? ¿No fue esto beneficioso? Y les explicó: «¿Cómo podremos salir nadando del barco —pues el barco se hundirá— si estamos debilitados por el ayuno y no podemos nadar?».
Más tarde, al llegar a Melite, a Malta, no se quejó diciendo: «¡Qué frío!». Habían caído al mar, estaban empapados y era invierno. ¿Qué hizo el bendito Apóstol? Los pusieron bajo un cobertizo y él mismo fue a recoger leña para encender fuego y secarse. No esperó a que otros encendieran la hoguera. Fue él quien recogió los leños para que todos se secaran. ¡Ved cuán beneficioso, cuán hermoso, cuán provechoso era! Y allí una víbora se le prendió en la mano, etc. Leedlo en los últimos capítulos de los Hechos de los Apóstoles. Eso significa ser un hombre que hace el bien.
Así, un educador, cuando tiene el Espíritu de Dios, puede llegar a ser un hombre χρηστός jristós. Un sacerdote, en su labor pastoral, si ama a su rebaño, puede ser un hombre χρηστός jristós. Una enfermera, un médico, cualquier persona con una tarea social puede ser un hombre χρηστός jristós. Cada uno puede orar por los demás y así hacerse un hombre χρηστός jristós, es decir, un hombre útil. Todos debemos ser εύχρηστοι ἐν Κυρίῳ éfjristi en Kyrío, bien útiles, instrumentos útiles en las manos de Dios, beneficiando a los demás. Nadie debe ser inútil. Y si alguien es sensible y esforzado, debe sentirlo así: que nunca sea άχρηστος ájristos inútil.
Notad, amados míos, lo que refiere san Isaac el Sirio sobre san Antonio: «Nunca juzgaba hacer algo para su propio provecho, sino más bien para el del prójimo, porque tenía la convicción de que el beneficio del prójimo era para él la mejor ganancia». ¿Cómo, dice, puedo tener provecho si miro solo a mí mismo? Cuando miro también al otro, entonces eso es beneficio para mí, porque adquiero la virtud de la χρηστότης jristotis.
Se cuenta también del abad Agathón, que decía: «¡Cuánto desearía encontrar un leproso para darle mi cuerpo sano y recibir yo su lepra!». ¿Quién de nosotros podría decir eso? San Isaac añade además que el abad Agathón siempre quería dar descanso al hermano, ser siempre útil. En una ocasión entró un monje en su celda y vio un buril. «¡Qué hermoso y útil es!», dijo. «Llévatelo», le respondió Agathón. «¿Cómo voy a llevármelo, si es tuyo?». «Tómalo», insistió. Eso significa ser verdaderamente un hombre beneficioso.
Pero aún más: la χρηστότης es una energía increada de Dios, una propiedad de Dios. Por eso el mismo Señor nos dice que el modelo es el Padre celestial: «Porque Él es bondadoso con los ingratos y los malos». «Hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos e injustos». ¿Lo veis? Es útil, beneficioso para todos.
Y esta χρηστότης de Dios es especialmente cercana a los recién iluminados, a quienes recién se acercan al Señor. El apóstol Pedro lo dice de manera muy tierna: «Deponiendo, pues, toda malicia, como niños recién nacidos, deseemos la leche espiritual y sin engaño, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado que el Señor es χρηστός jristós». Si es que habéis experimentado que el Señor es bondadoso, útil, bueno, hermoso, entonces puedes acercarte a Él.
Además, Dios muestra Su χρηστότης también para conducir a los hombres a la μετάνοια metania y el arrepentimiento. Dice el apóstol Pablo a los Romanos: «¿O desprecias la riqueza de su bondad, ignorando que la bondad de Dios te conduce a la metania y el arrepentimiento?». Así, la χρηστότης de Dios adquiere también el sentido de paciencia, de magnanimidad. Es como decimos: «A veces me hago un poco el payaso delante de alguien que está enojado o difícil, para aliviarlo, para calmarlo». Eso también es una χρηστότης jristotis.
La Escritura nos muestra, de un lado, la χρηστότης de Dios, y del otro, la falta de χρηστότης del hombre. Dice san Pablo: «No hay quien haga el bien, ni uno solo». Nosotros, άχρηστοι ájristi inútiles somos. Dios es χρηστός. Entonces, ¿qué debemos hacer? Debemos imitarle. Dice el Señor: «Seréis hijos del Altísimo, porque Él es χρηστός bondadoso con los ingratos y los malos». Debemos también nosotros ser χρηστός bondadosos con los ingratos y los malos, imitando a nuestro Padre celestial.
Amados, la χρηστότης jristotis es una virtud. Es una virtud que adorna otras virtudes, que embellece al hombre y lo muestra como hombre espiritual. Porque tener este fruto del Espíritu Santo es poseer el mismo Espíritu Santo. Tanto debe reflejarse esta χρηστότης en todas nuestras acciones, que el apóstol Pablo llega a compararla con una vestidura. ¿Qué dice a los Colosenses? «Revestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de χρηστότης». Es decir: «Vestíos de bondad».
¿Salimos desnudos a la calle? No, siempre vamos vestidos. Así también, siempre debéis llevar puesta la χρηστότης, en todo lugar y en todo tiempo. Tanto, que llegue a ser como vuestra ropa, como vuestra camisa, como vuestras células mismas: que siempre y en todas partes seáis hombres útiles, provechosos, que benefician a todos.
Y aún ruega san Pablo a los Efesios y les dice: «Sed χρηστοί jristí bondadosos los unos con los otros». Los exhorta: «Entre vosotros, sed útiles». Sed los hombres de los que nunca se pueda decir una palabra de chisme, porque no chismorreáis; de insulto, porque no insultáis; de reproche, porque no acusáis. Sed los que corréis a ayudar en todo momento. ¿Escucháis en vuestro vecindario de alguien enfermo, quizá una mujer anciana sin familia? Corred a ayudarla, a limpiar, a curar, a llamar a un médico. Corred a servir de cualquier manera, a decir una buena palabra al joven, al muchacho, a la muchacha, en todas partes, porque aún no tienen la experiencia de la vida. Eso significa que entre vosotros debéis ser hombres beneficiosos, hombres χρηστοί jristí.
Si cumplimos este último mandato, amados míos, que nos da el mismo Señor, entonces comprenderéis que formamos una sociedad maravillosa que nos hace verdaderamente semejantes de Dios en la tierra. Realizamos aquel «según la semejanza de Dios» y transformamos este mundo en un hermoso Paraíso. Recuperamos el Paraíso aquí, en esta tierra, cuando tenemos χρηστότης jristotis, cuando somos bondadosos.
Repetiremos, pues, con el apóstol Pablo: «Amados, sed χρηστοί jristí bondadosos los unos con los otros».
Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario, Amín.
Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 1-10-19898.
b) «Γίνεσθε οἰκτίρμονες» – “Sed misericordiosos” (Domingo II de Lucas 6,31-36).
La enseñanza evangélica sobre la vida espiritual, queridos míos, es insospechadamente superior a cualquier otra enseñanza humana, sobre todo a la enseñanza filosófica, que intenta corregir la vida espiritual del hombre.
Así, Cristo, nuestro Señor, para recordarnos el «según la imagen» y restaurar el «según la semejanza», nos dio también la enseñanza ética, moral. Es decir, distinguimos tanto la enseñanza dogmática como la enseñanza moral. Porque precisamente esta última constituye el fin de la existencia humana: la enseñanza moral. Es el camino. No es la meta, sino el camino que nos conducirá a recibir aquello que Dios ha preparado para nosotros. Y sobre todo: la θέωσις (zéosis). (ver en: https://www.logosortodoxo.com/la-zeosis/)
De este modo, el Señor introduce la idea de la filantropía, en el sentido literal de la palabra (amigo del hombre), y nos exhorta: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bondadoso (χρηστός jristós) con los ingratos y malvados. Sed, pues, misericordiosos».
Esto hemos escuchado en la lectura evangélica de hoy, amados míos. Sin importar el nivel moral del otro, sea quien sea, tú debes amarlo y cuidarlo de todas las maneras posibles. Estas posiciones morales eran desconocidas en el mundo antiguo, que en el fondo era despiadado y duro. No existía ninguna institución filantrópica en la antigüedad. Lo que hoy llamamos asilo de ancianos, orfanato, hospital… nada de eso existía. Todo esto es fruto del cristianismo. Basta con que miréis cualquier ciudad antigua —antes de Cristo— ya sea griega y llamada «civilizada», o bárbara, y no encontraréis ninguna de estas instituciones. La asistencia social era totalmente inexistente. La filantropía era desconocida. Y lo importante es que esta vida espiritual no tiene un origen ni una dependencia filosófica. Aunque, antes de Cristo, los filósofos —con buena voluntad y justificadamente— formulaban reglas éticas, morales para mejorar la calidad de vida de los hombres. Pero como dice un autor extranjero: Sócrates no consiguió corregir ni siquiera a los hombres de su propio vecindario.
Ciertamente, era valioso lo que decían, pero todo eso no tenía como medida a Dios, ni dependía de Dios. En consecuencia, era —digámoslo así— una filosofía humanista, que partía del hombre para volver al hombre, y de ese modo no había referencia a Dios, de manera que el hombre mismo se convertía en autoridad sobre el modo de su vida. Pero Dios es, por supuesto, la Autoridad verdadera; Él tiene el poder.
Así pues, el Señor dijo como conclusión de todo lo mencionado anteriormente: «Prestad sin esperar nada» (μηδέν ἀπελπίζοντες). Esto ya se encuentra también en el Antiguo Testamento.
La palabra «ἀπελπίζω» no significa «desesperar», como en la acepción moderna, sino literalmente «esperar de». Es decir, no pondréis vuestra esperanza en recibir más de lo prestado. No deberéis esperar intereses, ni un beneficio mayor que el capital prestado.
Y cuando decimos «prestar», el verbo presupone que uno tomará de vuelta el capital. Sin embargo, quien presta, debe estar dispuesto a que quizá no se le devuelva ni siquiera el capital. Debemos estar preparados para ello. Aun así, daremos dinero, lo que otro necesite. Y si no puede devolverlo, no importa.
Por supuesto, no daremos una fortuna entera. Y además —me detengo aquí en lo de «prestar»— no prestaremos para que otro monte industrias o empresas. No, no. Que busque dinero por otros medios, si quiere enriquecerse y aumentar sus bienes. Nosotros prestaremos a quien realmente tiene necesidad, quizá al que no puede siquiera comprar su pan. Eso significa «μηδέν ἀπελπίζοντες midén apelpizontes»: sin esperar nada a cambio.
Además, dice el Antiguo Testamento lo siguiente: «Si alguien te deja como aval su manto» —es decir, su ropa exterior, que servía también de abrigo por la noche a los pobres— «ten cuidado: podrás guardarlo como prenda durante el día, pero por la noche debes devolvérselo. Porque si no tiene con qué cubrirse y clama contra ti, ¿no será esto contado contra ti?». ¿Veis qué filantropía? Siempre de parte de Dios.
Sin embargo, la conclusión de todo lo que dijo —amar a los enemigos, hacer esto o aquello— es la siguiente: «Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36).
Esto, dice San Juan Crisóstomo, significa lo siguiente: «¿De qué modo podemos igualarnos con Dios? En esto: en tener misericordia y compasión.» No dijo: «Si ayunáis, seréis semejantes a vuestro Padre»;
no dijo: «Si guardáis la virginidad, seréis semejantes a vuestro Padre»;
ni tampoco: «Si oráis, seréis semejantes a vuestro Padre». ¿Y qué dijo? «Sed misericordiosos.» Lo que te hace semejante al Padre, en la cualidad de tu ser, es llegar a ser misericordioso.
Si nos volvemos compasivos con todos, sin hacer distinción alguna —como os dije al principio—, entonces de algún modo nos igualamos con Dios, porque Él es compasivo con todos los hombres, incluso con los ingratos.
Puede llover, Dios hace que llueva, y nosotros ni siquiera le decimos un “gracias”. Decimos simplemente: «Ah, llovió, qué bien, mi campo lo necesitaba.» ¡Hombre!, levanta la cabeza hacia el cielo y di a Dios un “gracias”. Porque, dice el Señor: «El Dios hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos» (Mt 5,45), es decir, sobre los que son agradecidos y sobre los ingratos también.
Pero, ¿qué significa “οικτίρμων iktírmon”?
Es aquel que tiene sentimientos de compasión, de simpatía, de misericordia, de piedad hacia su prójimo, repito por tercera vez, independientemente de cualquier interés personal hacia el otro ser humano. A este me cae simpático, lo compadezco y lo ayudo; a aquel no lo compadezco y no lo ayudo. Es decir, sin importar en qué estado moral o en qué calidad de vida se encuentre el otro hombre.
Así, “οικτίρμων iktírmon” —dice san Pablo— significa “entrañas de misericordia”. Porque se consideraba que, en las entrañas del hombre, allí donde está el corazón, donde están los órganos nobles, por decirlo así, dentro del hombre, es allí donde realmente se vuelven hacia el otro. Y allí anida el ser una persona misericordiosa.
De este modo, Dios es “οικτίρμων iktírmon” como misericordioso y lleno de compasión hacia Sus criaturas; y constituye para los hombres un arquetipo de imitación. Porque si decimos: “tal persona es para mí un arquetipo”, sigue siendo un hombre. Y en algo siempre faltará. Claro que puedo tomar ejemplos también de personas que tienen entrañas de misericordia. Pero principalmente debo tomarlos de Dios. Porque —repito— los hombres son hombres y en algún punto carecen; en cambio, Dios ciertamente no carece de nada.
Para que valoremos y tomemos conciencia de lo que significa que Dios sea“οικτίρμων iktírmon” (misericordioso, compasivo) y así lo imitemos según la exhortación de nuestro Señor: “Así como vuestro Padre es“οικτίρμων iktírmon”, analizaremos algunos versículos del Salmo 102, que muestra verdaderamente a Dios como ““οικτίρμων iktírmon””. Veamos este salmo, aunque tomaremos solo algunos pasajes.
“El Señor es μακρόθυμος (makrózinos: alarga, aplaza la ira, magnánimo, paciente, tolerante) y misericordioso, paciente, magnánimo y grande en misericordia”.
Es decir, el Señor es misericordioso, compasivo, se duele del hombre que sufre. Y también es tolerante y μακρόθυμος makrózimos magnánimo, es decir, alarga, aplaza su ira. Porque, claro, no debemos olvidar un principio fundamental, fundamental: Dios es agapi-amor, pero también es juez. Es justo. Tiene agapi-amor, pero también es justo. Y una cualidad Suya no anula a la otra. Pero aplaza el castigo para que los hombres tomen conciencia, vuelvan a la metania y se arrepientan. Eso significa “«μακρόθυμος makrózimos magnánimo, paciente»: “Aplazo el castigo sobre el hombre, quizá este hombre se arrepienta”. Y “rico en misericordia” quiere decir que posee en gran medida, en abundancia y en número, Su misericordia, la cual otorga a los hombres.
Así, el análisis de ““οικτίρμων iktírmon”” está en este versículo del Salmo 102. Y como os dije, los calificativos que aparecen, si los desglosamos, son: “misericordioso”, “paciente”, “magnánimo o tolerante”, “compasivo”, “rico en misericordia”. Estos son elementos concretos que desglosan lo que significa misericordia. Y todo esto está escrito en el Antiguo Testamento, recordadlo, que es pedagogo en Cristo.
Porque la culminación de la misericordia de Dios es la Encarnación. Su gran misericordia, la suprema, es la Encarnación. Así lo dice y lo escribe el evangelista san Juan: “Porque de tal manera amó Dios al mundo —tanto, dice, amó Dios al mundo— que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Todo lo demás —que Dios haga llover, que saque Su sol, que te dé alimento— son cosas pequeñas y parciales de Su misericordia. Pero lo supremo, ¿cuál es? Que envió a Su Hijo para salvar al mundo.
¿Cuáles son los aspectos de la misericordia del Señor? Escuchad:
“El Señor no estará siempre airado, ni guardará rencor eternamente”.
¿Qué significa esto? Que Dios puede enojarse con nosotros. Y proceder también al castigo. Pero no lo mantendrá hasta el fin. Es decir, volverá siempre a lo que os dije antes: que será magnánimo, paciente, tolerante. Esperará, a ver si se convierte el pecador.
Y no nos conviene, queridos míos, poner a prueba, por así decir, la paciencia y magnanimidad de Dios. Es decir, no debemos abusar de la tolerancia de Dios. Debemos tener cuidado. No decir: “Ah, Dios es bueno, yo puedo pecar y siempre posponer mi conversión y rectificación”. ¡No!
“Ni guardará rencor eternamente”. ¿Qué quiere decir? Que no quedará con enojo, con resentimiento hasta el fin. No. El Señor es filántropo. Y tendrá compasión de nosotros. Así aplaza constantemente, diríamos, Su ira. Y como dice san Atanasio el Grande, envió a Su Hijo unigénito para abolir la corrupción. Cuando Cristo dice: “No he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo”, y sin embargo Él mismo dijo que “vendré a juzgar al mundo”. ¿Cuándo? Al final. Al final.
Atended a esto: el Señor μακροθυμεί makrizimí (alarga, aplaza su ira), es paciente, magnánimo. No guardará ira, rencor “eternamente”, es decir, en el presente siglo. Porque aquí es el escenario de toda nuestra prueba. No permanecerá con resentimiento contra nosotros, sino que nos perdona.
Recordemos solamente esto, queridos: sea lo que sea que hayamos cometido, cuando acudimos al confesor y pedimos perdón a Dios a través del Misterio (sacramento), ¿acaso Dios no nos perdona? Con tal de que tengamos verdadera μετάνοια metania. Con tal de que no nos escondamos, que no mintamos.
Me diréis: “¿Es posible mentir en la confesión?”. Muchas veces, para causar una buena impresión al confesor, podemos llegar a hacerlo. Pero el confesor es hombre. ¿Puede conocer tu interior? Solo Dios lo ve. Y si tienes sinceridad, jamás querrás justificarte ni mentir, ni siquiera en la confesión. ¡Ay de ti! Mejor sería no confesarte, que querer mentir a Dios.
“Dios, dice la Sagrada Escritura, no puede ser burlado”.
“Burlarse” significa engañar con desprecio. Entre los antiguos hebreos era un gesto de burla agarrarse las narices. Nuestros niños sacan la lengua y se burlan. Allí, en cambio, se tapaban la nariz, murmuraban, y hasta hacían sonar “fssu, fssu” con ella. Eso significa “burlarse”. “Dios no puede ser burlado, no puede ser engañado”. Hermano mío, tienes una concepción muy equivocada sobre Dios.
Y continúa el Salmo: “No nos ha tratado según nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados. Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, así engrandeció el Señor Su misericordia sobre los que le temen. Cuanto dista el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras iniquidades”.
Toma dos medidas, dos distancias. Dios, dice, es tan misericordioso, nos perdona tanto, como la distancia que hay entre oriente y occidente. Esa es una imagen. Segunda imagen: como la distancia entre la tierra y el cielo.
Es como ese gesto tan gracioso que hacemos con un niño pequeño: “¿Me quieres?” (a un niñito). “¿Me quieres?”. “Te quiero”. “¿Cuánto?”. Y abre los brazos y dice: “¡Así de grande es mi amor por ti!”. Pues bien, ese “así” en Dios es la distancia entre oriente y occidente, entre la tierra y el cielo.
Así, el Señor no mide su misericordia según el peso de nuestros pecados, siempre que, claro está, nos arrepintamos. Porque —y os digo esto— ¿qué hacía el mundo antiguo para aplacar a sus falsos dioses? Hacía sacrificios. Incluso sacrificios humanos. Sí, sí. Recordad a Ifigenia: para que hubiera buen tiempo y pudieran viajar hacia Troya, etc. También hacían hecatombes. ¿Qué era una hecatombe? Cavaban un gran foso cuadrado, colocaban vigas encima y allí degollaban cien bueyes. ¡Cien bueyes! Una fortuna entera. Y el que quería aplacar a la divinidad estaba debajo de las vigas, mientras la sangre de los bueyes caía sobre su cabeza. ¿Oís? Pero san Pablo dice: “Ni la sangre de toros ni de machos cabríos aprovecha para nada” Hebreos 9:12). Todo eso era figura del sacrificio de Cristo. Muy sencillo: el Señor derramó su propia sangre. ¿Te arrepentiste? ¿Te confesaste? Irás a comulgar. ¡Qué hermoso! Sin hecatombes, sin sacrificios humanos, absolutamente sin nada de eso.
Notad que: cada vez que los judíos se desviaban a la idolatría, llegaban incluso a sacrificar a sus propios hijos. ¿Habéis oído? A sus hijos. ¿Qué era, por favor, Baal? Era una estatua metálica, de hierro, hueca, como un horno, con fuego encendido dentro, de cuya parte superior salía el humo. Tenía los brazos extendidos. Y allí echaban a los niños pequeños. Los niños, al darse cuenta de lo que pasaba, chillaban, literalmente chillaban… Y los arrojaban en los brazos de aquella estatua de hierro al rojo vivo para que se quemaran. ¿Os pide Dios semejantes cosas? ¿No es el mismo Dios quien condenó esas prácticas? Lo que pide es que te arrepientas, vuelvas a la metania y cambies tu vida. Eso es todo.
Dice además san Juan Crisóstomo: “Si tus pecados son muchos —y muchos vienen y dicen: ‘Tengo demasiados pecados’—, ¿sabes a qué se parece la misericordia de Dios? A un océano. ¿Y a qué se parecen tus pecados? A unas cuantas chispas de fuego. Dime, si caen las chispas en el océano, ¿no se apagarán?”. Y añade: “¿Qué digo, océano? El océano tiene límites”. Tomad, por ejemplo, el Atlántico, desde Europa. ¿Dónde termina? En Estados Unidos. “El océano —dice— tiene límites. La misericordia de Dios no tiene límites”. Esto nos enseña san Juan Crisóstomo, queridos. Por eso debemos tener mucho cuidado.
Dice otro versículo: “El que rescata y libera tu vida de la corrupción”. Sí. De la corrupción del cuerpo y de la corrupción del alma. Como en los accidentes, como en los pecados inesperados, como en las caídas graves, que realmente destruyen, consumen al hombre, tanto en alma como en cuerpo.
“El que te corona de misericordia y de compasión”. Ese es el premio de la Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de Dios, la corona. Porque antes, aquí en la tierra, te has “coronado” con tu buena voluntad y predisposición. Y llegará la hora en que Dios te dará Su Βασιλεία Vasilía. Y ¿qué puede compararse con la Βασιλεία Vasilía de Dios?
Finalmente, si puede decirse “finalmente”: “El que sacia con bienes tu deseo”. Es decir, Él que concede, satisface y llena de bienes lo que anhelas.
Y: “Tu juventud se renovará como la del águila”. ¡Qué hermoso lo dice David! “Serás renovado como el águila”. El águila, dice, se renueva, y así tu juventud será renovada, hecha nueva una y otra vez.
Y permitidme añadir esto: algunos, cuando son jóvenes, piensan que disfrutarán del mundo si lo aprovechan todo: “Ahora que soy joven. Cuando envejezca, ya no habrá tiempo…”. Pero ¿sabéis qué dice David? “El que alegra mi juventud”.
Muchacho, jovencita, no vayas a esos pantanos del mundo a buscar placer y alegría. El único que alegra tu juventud -seas adolescente, seas joven- es solo Dios. Nada más. Solo Dios. Todo lo demás es, en realidad, un engaño.
Queridos: “Compasivo y misericordioso es el Señor”. Por eso quiere que Sus verdaderos hijos sean también misericordiosos con sus semejantes. Que amen a los demás, sean como sean. El Señor nos dijo: “Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mat 5:48). Y esta perfección, por supuesto, es según la medida del hombre, en la medida de lo posible. La perfección de Dios es una cosa y la perfección del hombre es otra. Pero el hombre está obligado a imitar a Dios como a su Padre: ser perfecto y misericordioso.
¿Y qué es, entonces, la perfección a la que nos llama el Señor? ¿Qué es perfección? Ser misericordiosos. Es la αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado) que transforma y renueva toda nuestra vida. Amén.,
PARA GLORIA DEL DIOS TRINITARIO
(Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 1-10-20001 y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Fuente: https://arnion.gr/
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com/







