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Oct 30 2025

La incredulidad y sus causas, el racionalismo – P. Atanasio Mitilineos

La incredulidad y sus causas, el racionalismo

P. Atanasio Mitilineos

Terapia del lunático, Décima semana de Mateo 17:14-23.

14 Y cuando llegaron donde estaba la gente, se le acercó un hombre arrodillándose con devoción ante Él, y diciendo:

15 Señor, ten compasión o misericordia Κύριε, ἐλέησόν (Kirie eléison) de mi hijo, pues es lunático, y padece muchísimo, porque muchas veces cae en el fuego y muchas veces en el agua;

16 y lo traje a tus discípulos, pero ellos no pudieron proporcionarle la terapia y sanarlo.

17 Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa por el mal! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os soportaré? ¡Traédmelo acá!

18 Y Jesús reprendió el demonio y salió del joven, y el muchacho quedó sano, psicoterapiado desde aquella hora.

19 Entonces los discípulos se acercaron a Jesús aparte, y dijeron: ¿Por qué no pudimos echarlo nosotros? (Esto lo dijeron porque en otras ocasiones habían expulsado los demonios).

20 Y Jesús les dice: Por vuestra poca fe; porque os aseguro que si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este monte: ¡Pásate de aquí allá!, y se pasaría, y nada os sería imposible.

21 Esta clase de demonios no se expulsa con nada más que con oración y ayuno.

Segundo anuncio de la pasión 17:22-23

22 Reunidos en Galilea, les dijo Jesús: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de hombres malvados,

23 y lo matarán, pero al tercer día resucitará. Y ellos se entristecieron mucho.

 

La incredulidad y sus causas – P. Atanasio Mitilineos

Cuando, queridos míos, el Señor regresó del monte Tabor con sus tres discípulos —Jacobo, Juan y Pedro— llegó al lugar donde estaban los otros nueve discípulos, quienes se hallaban rodeados por una gran multitud, fariseos y también un padre desgraciado que había traído a su hijo ante los discípulos del Señor para que lo sanaran, pues estaba endemoniado, pero no pudieron hacerlo. Entonces aquel padre se acerca al Señor y le dice: «Señor, te ruego, cura a mi hijo, porque lo traje a tus discípulos y no pudieron sanarlo».
El Señor suspiró y dijo: «Oh generación incrédula torcida, incrédula y perversa ¿hasta cuándo estaré con vosotros, hasta cuándo os soportaré, que habéis visto tantos milagros y aún permanecéis en vuestra incredulidad?» Entonces pidió que le trajeran al niño, expulsó el demonio y lo liberó.

Cuando quedó a solas con sus discípulos, los nueve le preguntaron:
«¿Por qué nosotros no pudimos expulsar el demonio?»
Y el Señor les respondió: «Por vuestra incredulidad». Es decir: «A causa de vuestra falta de fe no pudisteis expulsarlo».

Y aquí surge la pregunta: ¿Es posible que, siendo bautizados cristianos, como los discípulos que seguían al Señor, viviendo cerca de Cristo y recibiendo Sus bendiciones, podamos al mismo tiempo ser incrédulos? ¿Es posible que aquellos que fueron enviados a predicar el Evangelio de la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada), a hacer milagros y expulsar demonios, se hallen de pronto incrédulos? ¿Puede existir incredulidad en el núcleo mismo de la fe?
Así parece, queridos míos. Los hechos así lo muestran. Y podríamos decir que la incredulidad puede esconderse bajo una apariencia de fe, e incluso a veces de una fe ferviente.

¿Qué es aquello que puede engendrar la incredulidad?
Y aun respecto a nuestra fe, no podemos estar absolutamente seguros… no podemos.
¿Qué hizo que el apóstol Pedro, por un lado, confesara que el Señor es el Hijo del Dios viviente, y por otro lado lo negara?
Oh santo Pedro de Dios, santo apóstol del Señor, ¿Aquel a quien confesaste como el Hijo del Dios viviente, por qué ahora temes confesarlo ante dos o tres personas sin importancia? ¿Por qué? ¿Será que realmente, en el núcleo —lo repito, en el núcleo— de la fe se anida la incredulidad? Así parece, vuelvo a decir. ¿Qué es lo que puede crear, albergar o mantener esta incredulidad? Creo que nos interesa a todos, porque todos quisiéramos ser creyentes.

Queridos míos, lo primero es nuestro racionalismo.
¿Qué es el racionalismo?
Es aquello que el Señor dice en otra ocasión: «Si creéis, no dudéis» (cf. Sant. 1,6). «Dudar» significa tener una incredulidad que se apoya en mi razonamiento, en mi λογισμός (loyismós, pensamiento simple o mezclado con la fantasía, idea,). Esto, dicho en términos actuales, es lo que llamaríamos «racionalismo».
¿Y qué es exactamente el racionalismo? Es querer interpretar las cosas únicamente con mi propia lógica. El Señor dijo más adelante, en el mismo pasaje: «Si tenéis fe como un grano de mostaza» —es decir, una fe pequeña, pero ardiente— «podréis decir a este monte: “Muévete de aquí allá” y se moverá, y nada os será imposible».

¿Y qué hace el racionalismo?
Dice: «¿Cómo es posible que una montaña se mueva de su lugar y vaya a caer al mar? ¿Será posible eso alguna vez?».

¿Queréis todavía algo más? ¿Tenemos algún precedente histórico?
Si tuviéramos un precedente histórico, podríamos intentar hacerlo.
Pero si no existe precedente, entonces, ¿por qué?
Eso, precisamente, es el racionalismo: no poner por delante la confianza en del logos de Dios, sino poner mi propio razonamiento, mi propio esquema lógico, para interpretar los fenómenos. Esto se llama racionalismo.
En otras palabras, es una enfermedad de la misma lógica (razón).

Porque la lógica es creación de Dios. Pero la lógica (razón) misma, como creación de Dios, debería decirse a sí misma: «Tengo mis límites». La propia lógica (razón) debería dictar al hombre: «Como tengo límites, más allá de esos límites has de confiar en el amor, en el poder y en la sabiduría de Dios». Pero la lógica (razón) no lo hace, porque está enferma. Y al estar enferma, produce razonamientos enfermos. Por eso, el racionalismo es un estado patológico. Es el estado enfermo del hombre caído, del hombre degradado. Es este racionalismo en el que se apoya, del que se alimenta, vive y crece el hombre en general, y en particular el hombre occidental.
El hombre de Occidente se nutre de este racionalismo. Y aunque Occidente es cristiano (era, ahora no sabe ni lo qué es, atea y degenerada totalmente), este racionalismo anida en el corazón del hombre occidental, engendrando incredulidad, y por eso tenemos tantos fenómenos de incredulidad en él.

Pero hay otra causa que puede generar la incredulidad: la vida corrompida.
Es decir, cuando alguien cree en Dios y, al mismo tiempo, vive una vida corrompida y depravada, una vida pecaminosa. Una vida de pecado que, sin embargo, la ama. No lo confiesa, claro está. Porque, ¿quién no es pecador? Si dijéramos entonces: «Ya que todos somos pecadores, todos cojeamos en la fe», indudablemente no sería así.
No es la pecaminosidad que reconozco y por la cual me arrepiento y admito. Es la pecaminosidad que no reconozco; la que quiero conservar para mí, mantener en mi vida, e incluso justificar —trágicamente para el hombre— con el mismo Evangelio. Pretender que el Evangelio me justifique mi vida corrupta… ¡Es terrible! ¡Terrible!

En estos casos, queridos míos, podríamos decir que se cumple lo que dice el logos de Dios, como lo expresa san Juan: «La luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz»; y añade: «porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas».

He aquí la psicología del asunto, he aquí la interpretación: «Todo el que obra lo malo, odia la luz».
¿Por qué?
La odia porque, mientras persista y quiera persistir en obrar el mal, es natural que, si se acerca a la luz —que es el Cristo—, su vida sea expuesta y desenmascarada.
Y entonces, si por un lado insiste en vivir así y por otro se encuentra cerca de la luz, ¿qué ocurre?
Se siente atacado, despreciado, y para evitar ese desprecio, ¿qué hace?
No se acerca a la luz. Y no solo no se acerca a la luz, sino que la odia.
Ataca a la luz, quiere crucificarla, hacerla desaparecer, para que no haya un elemento que le confronte la conciencia.

Es terrible la psicología del hombre que quiere permanecer en el pecado sin volver a la metania, sin convertirse ni arrepentirse. Esto le lleva, finalmente, a la incredulidad.
Cuando se le dice a alguien: «No caigas en la inmoralidad», —esa inmoralidad que ama— responderá:
«¿Y dónde está escrito eso?».
—«Lo dijo Cristo».
—«Lo pongo en duda».
—«¿Crees en Cristo?».
—«¡Por supuesto!».
—«¿Y cómo puedes decir que crees en Cristo si pones en duda Sus logos, mandamientos?».

Creer en Cristo significa creer en sus logos y palabras.
Aquí hay una incoherencia.
¿Cómo puedes decir «creo» y, al mismo tiempo, dudar de lo que Él dice?

Ved aquí al hombre que quiere permanecer en el pecado… En cambio, el pecador que tiene arrepentimiento y metania dirá: «No lo sabía. Si lo dice Cristo, cambiaré de vida». Esta es una situación normal y sana.

Recordad lo que dice el versículo del salmo: «Dijo el necio en su corazón: “No hay Dios”».
¿Quién es ese necio?
Es el hombre pecador que dice: «No existe Dios».

De modo que hoy, si suponemos que alguien dice —y lo dice— que no existe Dios, ¿qué significa?
Significa dos cosas. La palabra «necio» (ἄφρων áfron) tiene dos sentidos: En primer lugar, literalmente, significa «el que no tiene juicio», el insensato, el hombre que no tiene entendimiento. Decir que no hay Dios, entonces, ¿es fruto de la insensatez? Esto no necesita mucha filosofía para comprenderse.

En segundo lugar, «necio» aquí significa también «pecador». Así pues: «Dijo el necio en su corazón…».
¿Dónde lo dijo?
«En su corazón».
¿Por qué «en su corazón»?
Porque el corazón, según el Señor, es la sede de los pensamientos, de los deseos y de todo aquello que después el corazón exteriorizará en actos. Dice el Señor: «Del corazón salen adulterios, fornicaciones, robos…».

Muy bien lo dice san Agustín: «Nadie niega a Dios sino aquellos a quienes les conviene que Él no exista».

Pero hay también un testimonio muy notable, el de san Teófilo de Antioquía, del siglo II, quien en su primera carta a Autólico —un amigo suyo o quizá un personaje ficticio, no lo sabemos con certeza—, presenta el siguiente diálogo.
Este amigo pagano, según lo cuenta Teófilo, duda de la existencia de Dios. Y Teófilo le dice: «Si tú me dices: “Muéstrame a tu Dios”, yo te responderé: “Muéstrame a tu hombre, y yo te mostraré a mi Dios”».

Esta frase es clásica, escuchadla bien, es muy importante. «Si me dices: “Muéstrame a tu Dios del que tanto hablas diciendo ‘mi Dios, mi Dios’”, te lo mostraré, si tú me muestras quién eres tú». «Muéstrame a tu hombre». Muéstrame quién eres, cómo es tu vida. Porque Dios se deja ver a quienes pueden verlo. «Muéstrate tú también a ti mismo, si no eres adúltero, ladrón, iracundo, envidioso, arrogante, violento, avaro». Si no eres nada de esto, entonces no tienes razones para decir que no hay Dios. Pero si eres todo esto y quieres seguir siéndolo, entonces sí tienes razones para decir: «¿Dónde está Dios?».

Y algo más, muy importante, que no es un simple ejemplo, sino una realidad —lamento no poder desarrollarlo más—, es lo siguiente: La psique-alma humana se asemeja a un espejo. Si la superficie del espejo está oxidada, no puede reflejar la luz. Todos los dones, todas las energías divinas llegan al hombre desde Dios. El amor no es sino una energía (increada) de Dios que viene al hombre. El hombre no puede amar si Dios no le envía esa energía Suya, esa energía increada.

Y lo mismo ocurre con la fe. La Sagrada Escritura lo muestra en muchos pasajes. Recordad, hablando de la fe, lo que dice Cristo: «Si el Padre no os atrae hacia mí, no podéis venir a mí».
¿Qué significa «si no os atrae»?
Significa que debe enviar Su energía divina increada que actúa en la atracción hacia la fe. De otro modo, no es posible. «Pero entonces» —podría decir alguien— «si yo no creo, es porque no fui atraído».
No es así. Ya que hablo de atracción, permitidme usar la imagen de la propiedad magnética. Hermano mío, si eres hierro, serás atraído; si eres bronce, no serás atraído; si eres aluminio, tampoco. El imán sigue ejerciendo su fuerza de atracción, pero tú no eres atraído porque eres de otra naturaleza.

Así también aquí: Cuando llegan a ti los rayos divinos, las energías divinas increadas, y han de reflejarse en la psique-alma para retornar —porque todo lo que se refleja vuelve—, ¿qué significa «reflejar» aquí?
Reflejar significa que cuando Dios te envía Su energía para que creas, tú debes devolverla, es decir, corresponder. Él te envía Su energía y tú debes decir: «Creo, Señor».

¿Y cuándo se produce esta reflexión de los rayos divinos?
Cuando el espejo de tu alma está liso, limpio y puede reflejar.
¿Y cuándo se oxida?
Por los pecados voluntarios. Porque el pecador se salva, se arrepiente. Pero los pecados voluntarios —donde está presente el egoísmo, profundamente enraizado en el centro de la psique-alma— no dejan espacio para reflejar esa energía divina. Por eso el Señor dijo: «Bienaventurados los limpios de corazón (los que han hecho la catarsis), porque ellos verán a Dios».
¿Cómo?
Exactamente como os lo he estado diciendo todo este tiempo.

Pero aún hay algo más que, queridos míos, engendra la incredulidad.
Es decir, en el centro mismo de la fe se forma el germen de la incredulidad.
¿Qué es eso?
Es —permitidme que use una palabra moderna, que no me gusta como término, pero la diré porque es conocida— el esnobismo. O, dicho en griego puro, la imitación. Pero imitación de cosas lamentables, no de cosas nobles. Imitar lo bueno, imitar lo bello, eso no es esnobismo. La palabra —extranjera, como dije— se ha asentado en nuestro idioma para expresar la imitación de cosas absurdas, sin que la persona tenga criterio o juicio sano para discernir si eso es bueno o no lo es. Simplemente, porque lo hacen muchos, lo hago yo también.

Si alguien se viste como un payaso, yo también me visto como un payaso, no porque mi lógica o mi razón no me diga que eso… salgo con mi pijama, como hoy en día hacen algunas mujeres, que salen a la calle con pantalones que parecen pijamas; algo que antes les habría avergonzado incluso para salir del dormitorio al salón de su casa, y ahora lo llevan por la calle.
Si le dices: «Señora, ¿no le da vergüenza salir así?», si es sincera, te responderá: «Lo sé».
«¿Entonces por qué lo hace?».
«Porque todas salen así».

Entonces, ¿qué es el esnobismo?
Es la imitación de cosas en las que la lógica, la razón y el sano juicio han sido anulados y puestos a un lado. Es una desgracia cuando un hombre actúa de esta manera… un hombre que debería ser lógico.

Pues bien, queridos míos, hoy vemos que el fenómeno de la incredulidad y el ateísmo se presenta ampliamente en nuestro propio país, sin ir más lejos. Si preguntas a alguien: «¿No crees? Pero si hasta ahora eras creyente». Si es sincero, te dirá que sí cree. Entonces, ¿por qué habla como si fuera ateo?
Si sigue siendo sincero, te contestará: «Porque todos hablan así».

¿Pero no tienes personalidad, hombre? ¿No tienes criterio propio? ¿Eres tan servil que sigues ciegamente lo que dice la masa? ¿No tienes juicio propio? Eso es lo terrible.

En nuestra época, queridos míos, en nuestro país, este fenómeno, este misterio de la iniquidad, está en acción. Y competimos por aparecer como más incrédulos que el otro, más ateos que el otro. Pero esto ya es una degradación de esta tierra, que siempre fue cristiana.
Y si queréis, la fe existía incluso en nuestros antepasados paganos, porque si no la hubieran tenido, aunque fueran idólatras, no habrían construido Partenones y magníficos templos con obras de arte admiradas en todo el mundo.

¿Qué significa esto?
Significa que nos hemos marchitado, nos hemos deslucido. Y vemos que el ateísmo se proclama por todas partes del modo que os dije: por esnobismo.

¿En la familia?
Oh, en la familia… La fe en la familia empieza a debilitarse y a dar lugar a la incredulidad. Ya no se hace oración; los padres no enseñan a sus hijos desde pequeños a orar, a persignarse en la mesa, a comulgar, a confesarse, a ir a la Iglesia.

¿En la sociedad? ¿Qué se puede decir? ¿En nuestras escuelas? Que reflejan precisamente la formación de la nueva generación… Quitamos las iconas (representaciones) de Cristo, los maestros y profesores hablan contra Cristo; unos lo hacen con total desprecio, y otros, los algo más «educados» pero no menos venenosos, hablan solo de la naturaleza humana de Cristo.

Así vemos que, continuamente, en estos ámbitos —la familia, la escuela y la sociedad— florece el fenómeno del ateísmo y la incredulidad.
¿No es una lástima? ¿No es una lástima?

Los helenos-griegos no somos muchos. Somos diez millones.
Pero, queridos míos, si algunos logran escapar de este cerco —porque de un cerco se trata— que se llama «esnobismo» y se mantienen firmes y dicen: «Espera un momento, hermano; si tú eres incrédulo, yo no lo soy.
¿Dices que eres tradicional?
¿Y qué es la tradición?
¿El bouzouki? ¿Las fiestas culturales? ¿Los santouri (órganos musicales)?
Porque eso es lo que ponemos continuamente en la radio y en la televisión, y decimos… “tradición” y “tradición”. En los pueblos, las fiestas duran de uno a siete días, con santouri y bailes.
¿Eso es la Tradición? ¿Eso es la Tradición?
¡Pobres hombres!

La Tradición es conservar el alma de tu pueblo. Y el alma de tu pueblo es la fe: la fe en Cristo y el amor a tu patria. Si no conservas estas dos cosas, has perdido tu psique-alma.

Recordad lo que decía san Cosme de Etolia: «Que os hagan lo que quieran —que os despellejen, que os frían, que os hagan esto y aquello— pero no perdáis ni vuestra alma ni a Cristo». Esto es la Παράδοσις Parádosis Tradición. Esto es lo que Pablo dice a Timoteo: «Guarda el buen depósito, la parádosis (transmisión y entrega, tradición)». Eso significa depósito: significa tradición Παράδοσις. Es decir, lo que yo recibo, te lo entrego. Eso es un depósito: recibo y te entrego, y te digo “Guárdalo bien”.

¿Y qué dice Cristo en el Apocalipsis?
«Aférrate a lo que tienes, para que nadie te quite la corona», es decir, que no sueltes lo que guardas. Aférrate bien a lo que tienes.
¿Y qué es eso que tienes?
Es lo que os he dicho durante todo este tiempo: eso es la Παράδοσις Tradición. El que ha comprendido bien esto —que es el alma de nuestra alma— no se deja arrastrar por las corrientes de esta época, por este esnobismo necio, absurdísimo y, al mismo tiempo, profundamente demoníaco. Sino que se mantiene erguido, firme, diciendo: «Yo conservo la Παράδοσις parádosis tradición de mis antepasados; guardo lo que recibí de mi madre y mi padre, y ellos de sus padres, y estos de los Apóstoles, y los Apóstoles de Cristo.
Esta es la verdad, esta es la única fe, esta es la única Παράδοσις Tradición, por la que merece la pena morir».

Si, pues, nosotros los helenos-griegos somos diez millones, y algunos no ceden a estas tentaciones modernas «por un plato de lentejas» —para obtener ciertos bienes y comodidades—, entonces quizá Dios se apiade de nosotros y sobrevivamos. Pero si todos los helenos-griegos llegamos a esta situación de renunciar a todo, entonces… Helade-Grecia habrá terminado su vida en la Historia; habrá terminado.
No quisiera nunca ser profeta de desgracias, pero imitemos al menos a Abraham, que pidió: «Si hay algunas personas justas en Sodoma, que las ciudades se salven». Así también, si hay algunos helenos-griegos fieles, que permanezcan fieles a pesar de la corriente de la época, entonces Helade-Grecia vivirá.

¿Comprendéis, queridos míos, lo que recae sobre nuestros hombros?
¿Comprendéis lo que estamos asumiendo? Tanto nosotros, los clérigos, como vosotros, los laicos —nosotros, los creyentes—.
¿Comprendéis?
Tenemos una gran responsabilidad: he de cargar sobre mis hombros aquello que el otro no carga… y el de más allá, y el de más allá.
¿El peso? Pesadísimo. Pero debo cargarlo. Y Cristo me ayudará a cargarlo, a cargarlo entre todos. Y si cargamos, queridos míos, ese peso, entonces no solo nos salvaremos nosotros, sino que habremos expresado a nuestros compatriotas —helenos-griegos y cristianos— el amor más puro, el más limpio, el más importante: un amor cimentado en una fe profunda.

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, el 4 de septiembre de 1983.

Fuente:  http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com/

 

 

 

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