
Búsquedas juveniles
Atanasio de Mitileneos, el Nuevo Crisóstomo
Domingo XII de Mateo, 19,16-26 El joven rico
El joven rico, 19:16-30.
16 Y he aquí, acercándose uno, le dijo: Maestro bueno, ¿qué cosa buena tengo que hacer yo para tener vida eterna?
17 Entonces Él le dijo: ¿Por qué me dices bueno, ya que crees que soy un hombre simple? Nadie es absolutamente bueno sino sólo el Dios; pero si quieres entrar en la vida eterna, guarda y aplica los mandamientos-logos de Dios.
18 Le dice: ¿Cuáles? Y Jesús dijo: los conocidos, es decir, no matarás, no cometerás adulterio, no hurtarás, no dirás falso testimonio,
19 honra y respeta al padre y a la madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo.
20 Le dice el joven: todas estas cosas las he conocido y cumplido desde joven, ¿qué más me falta para ser digno del reinado de la realeza increada de los cielos?
21 Jesús le dijo: Ya que quieres ser perfecto, anda, vende tus posesiones y repártelas a los pobres, y adquirirás un tesoro en los cielos, después ven y sígueme.
22 Pero al oír el joven este logos, se fue entristecido, porque tenía muchas posesiones y bienes y su corazón estaba apegado en estos bienes materiales.
23 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: de verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reinado de la realeza increada de los cielos.
24 Otra vez os digo: Es más fácil pasar una cuerda gorda de las que atan el camello o el barco por un ojo de aguja, que un rico entrar en el reinado de la realeza increada de Dios (o kámilon se llamaban y eran las cuerdas gordas que los helenos-griegos ataban los barcos en el puerto).
25 Y oyéndolo los discípulos, se asombraban en gran manera, diciendo: Entonces, ¿quién puede salvarse?
26 Y mirándolos Jesús, les dijo: para con los hombres es imposible, pero para con Dios, todas las cosas son posibles, (por tanto, es posible la salvación también de todos aquellos que de alguna manera se enredan con dineros y posesiones; basta que tengan buena disposición y voluntad de abnegación y sacrificio).
27 Interviniendo entonces Pedro, le dijo: he aquí, nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué, pues, tendremos o cuál será nuestra recompensa?
28 Y Jesús les dijo: de cierto os digo y os aseguro que en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su doxa-gloria (luz increada), vosotros, los que me habéis seguido, también os sentaréis sobre doce tronos gloriosos, para juzgar a las doce tribus de Israel.
29 Y todo el que dejó casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá aquí en la tierra cien veces más, y, lo más importante, heredará la vida eterna.
30 Pero muchos que en este mundo a causa de los axiomas que tienen y no por su virtud, son considerados primeros, ellos serán los últimos, y muchos que en este mundo son considerados los últimos serán los primeros en reinado de la realeza increada de Dios.
Búsquedas juveniles, por P. Atanasio de Mitileneos
Domingo XII de Mateo, 19,16-26
Es conmovedor, queridos míos, cuando vemos a los jóvenes buscar el bien, lo perfecto, para conocerlo y vivirlo. Una situación ejemplar, con un aspecto positivo y otro negativo, nos presenta hoy el evangelista Mateo. Nos relata que un joven rico, de buen corazón y buena disposición, se acercó al Señor y le preguntó:
«Maestro bueno, ¿qué bien he de hacer para tener vida eterna?»
Y el Señor le respondió: «Si quieres entrar en la vida, aplica y guarda los mandamientos». Es decir: «Si quieres alcanzar la vida eterna, si deseas entrar en ella, cumple los mandamientos».
Aquel joven, sorprendido —pues quizá esperaba otra cosa— preguntó: «¿Cuáles son?». Y el Señor le contestó que se trataba de los mandamientos bien conocidos del Decálogo: el primero, el segundo, el décimo.
El joven, sin embargo, observó que esos mandamientos los había guardado desde niño, por lo cual quedó desconcertado. Aquí se manifiesta —permítaseme decirlo— lo que llamaríamos la “cotidianidad” o “llaneza” de los mandamientos. Decimos: «Bueno, los mandamientos…». Y no sabemos apreciar su peso. Los hombres buscan siempre algo nuevo, algo diferente. Y cuando se encuentran ante un maestro sorprendente, entonces esperan precisamente ese “algo distinto”. Pero el Señor remite al Decálogo: el conocido, el eterno, el inmutable Decálogo de la ley de Dios.
Sin embargo, ya que el joven afirmó haber cumplido la Ley desde su niñez, el Señor lo invita a una etapa más alta de la vida espiritual. Y le dice: «Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme». Es decir: «Si deseas la perfección» —una superación de los mandamientos, no porque éstos no conduzcan a la perfección, sino porque aquí se trata de un paso más allá— «vende tus bienes, repártelos entre los pobres y tendrás tu tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme».
Pero el joven rico, porque poseía muchos bienes y era amante del dinero, se entristeció ante esta respuesta del Señor y se alejó sin querer buscar nada más.
Podemos notar en la actitud de este joven aspectos muy interesantes, y justamente en ellos, queridos míos, conviene que prestemos atención.
Ante todo, se acerca al Señor no solo por la fama que tenía, sino también por Su autoridad. El Señor tenía autoridad. Su enseñanza era verdaderamente auténtica. Por eso el evangelista Mateo señala en el capítulo 7, después del célebre Sermón de la Montaña: «Y sucedió que, cuando Jesús terminó estas palabras, las multitudes estaban maravilladas de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los γραμματείς gramatís, gramaticales, escribas». Es decir, era auténtico.
Así, una condición fundamental para la búsqueda de un maestro es su autoridad. Presten atención, por favor, a este punto: la autoridad.
Pero nuestra época —si miramos nuestra época— ha derribado toda autoridad: tanto la del hombre como la de Dios.
Entonces, ¿a quién podrá acudir un joven que busca aprender, si nadie puede darle una respuesta auténtica?
¿A los padres?… Los padres, queridos míos, han dejado de ser autoridad. ¿A los maestros? Por desgracia, han perdido toda autoridad. Diría que el joven ya no se convence, diga lo que se le diga, sobre todo cuando se le proponen enseñanzas meramente humanistas. Ya no se convence.
Es más, los propios educadores se apresuraron a despojarse de toda autoridad, porque consideran que la autoridad es un mito. Es decir, ellos mismos se han desmitificado. Y eso es tremendo.
¿El Estado? ¿Los gobernantes, los líderes? También ellos, por su parte, han rechazado toda autoridad frente a sus ciudadanos. La autoridad, en realidad, ha desaparecido. Políticos, militares, jueces, ya no inspiran ninguna autoridad en el ciudadano.
Nos hemos empeñado, con las diez manos y con las diez uñas de nuestros dedos, en cavar y enterrar la autoridad. La hemos ridiculizado, la hemos ironizado. Hemos dicho: «¡Bah! ¿Autoridad? ¿Qué significa la autoridad de los padres, de los maestros, de los educadores, del Estado? ¡Pamplinas!». —Perdónenme la expresión.
Lo mismo sucedió también en el ámbito eclesiástico. Las sociedades modernas han quitado incluso la autoridad a Dios. Y, por extensión, también al clero que sirve a Dios y al pueblo. Así, la autoridad ya no existe. O, más exactamente, la autoridad se ha convertido en cada individuo: «¿Por qué tú eres autoridad y yo no? Yo soy, pues, autoridad. Y no tengo que reconocer a nadie más fuera de mí mismo».
De esta manera surge un fenómeno, el fenómeno del llamado protestantismo social.
Es sabido que el protestantismo no reconoce como autoridad al Papa —por eso precisamente se separó de la Iglesia de Occidente, la Iglesia católica romana—, porque ya no aceptaba la autoridad de la sede papal. ¿Y qué dijo el protestantismo? «La autoridad, cristiano, eres tú, cada uno. No tienes que mirar a nadie más que a ti mismo. Estudia la Sagrada Escritura y ella te dirá lo que tenga que decirte, tal como tú la entiendas».
Nosotros decimos: «Tenemos la autoridad de los Padres en la interpretación de la Sagrada Escritura». Pero el protestantismo responde: «No, la autoridad eres tú. Y lo que tú entiendas, eso es lo correcto». Es decir, se trata de una condición puramente subjetiva.
Por eso les dije que hoy tenemos una especie de protestantismo social en lo referente al problema de la autoridad. Tenemos, en nuestra época, lo mismo que ocurrió en tiempos de Sócrates: el fenómeno de la enseñanza de los sofistas. Con sus doctrinas —Protágoras, Pródico de Ceos, y otros— corrompieron a los ciudadanos de Atenas y, en general, de toda Grecia. Y Grecia decayó religiosamente, porque ellos predicaban que Dios o los dioses no existían. Grecia se corrompió religiosamente, culturalmente, políticamente: en sus leyes, en sus costumbres y en sus instituciones.
Recuerden lo que Sócrates dijo a Hipócrates, el joven Hipócrates, que quería hacerse discípulo de Protágoras: «¿Y qué vas a aprender allí?», le dijo. «¿Qué vas a aprender allí, que has venido tan temprano a pedirme que te lleve a ser discípulo del sofista? ¿Qué vas a aprender allí?».
Son realmente muy valiosas aquellas palabras de Sócrates al joven Hipócrates.
Si queremos, queridos míos, una restauración, una verdadera reforma, debemos devolver el peso y la autoridad a todo aquello que, por naturaleza, debe tener peso y autoridad.
El joven rico, a continuación, pregunta al Señor: «¿Qué bien he de hacer para tener vida eterna?»
Aquí vemos en él la búsqueda del bien: «¿Qué bien debo hacer?», como medio para alcanzar la vida eterna.
Pero, en verdad, ¿qué es el bien? La respuesta debería ser obvia, porque el bien es algo comprensible para todo ser humano. Sin embargo, el bien no es evidente, queridos míos. Porque la caída de Adán lo fragmentó y lo convirtió en algo subjetivo.
¿Qué es el bien? «Lo que yo creo que es bueno. Eso es el bien». Así, el bien deja de ser objetivo y se vuelve subjetivo.
La respuesta depende, entonces, de la cosmovisión de cada persona. Cada uno tiene una respuesta distinta sobre qué es el bien: una da el materialista, otra el idealista, otra el cristiano. Lo mismo sucede con la verdad.
Recuerden lo que dijo Pilato: «¿Qué es la verdad?».
Pero no lo dijo como una pregunta auténtica, sino en tono de desdén: «¡Bah! ¿Qué es la verdad? Tú vienes a dar testimonio de la verdad, ¿y qué es la verdad?». Y enseguida —nos dice el Evangelio— salió fuera, al pretorio. Es decir: «¡Bah! Muchos hablan de la verdad. Y tú eres uno más, entre tantos que dicen tener la verdad. ¿Qué es, pues, ¿la verdad?». (Le eterna pregunta del filósofo o de cualquier hombre: ¿qué es la verdad?, para el cristiano la Verdad es Persona es Cristo quién dijo YoSoY la verdad y la vida…”, no una idea abstracta)
Así también aquí: «¿Qué es el bien? ¡Bah! ¿Qué es el bien?».
Del mismo modo que la verdad requiere apocálipsis/revelación, queridos míos, también el bien requiere apocálipsis/revelación. Debe ser Dios mismo quien nos lo apocalipte/revele. Por eso el joven rico hizo bien en preguntar al Señor.
Pero hoy, ¿cómo entiende nuestra generación el bien? ¿Qué es para nuestra generación el bien?
En primer lugar, es una libertad mal entendida. O, si se quiere, una mala copia de la libertad. Este es el primer “bien”. Hablamos de libertad. Pero hoy nuestra generación ha abusado terriblemente de esa libertad.
Además, para algunos el bien es la anarquía. O la liberación de todos los tabúes. Es el hedonismo. Es la diversión entendida como “δια-σκέδασις di-a-skédasis diversión”: del verbo diaskedánnymi, que significa dispersar, esparcir. Y así, lo mismo que dice el Señor en la parábola del hijo pródigo, que «dispersó los bienes de su padre» —y los bienes del Padre son el ser a imagen de Dios—, del mismo modo el hombre moderno dispersa, derrocha esa imagen. Se divierte, pero en realidad esparce y dilapida la imagen de Dios en sí mismo.
Hoy, cuando el hombre va a divertirse, en realidad se desfigura. Desfigura la imagen de Dios que lleva dentro.
El pansexualismo es considerado un bien. O el freudismo. El dinero. La aergía (no la anergía). El áergos es el que no quiere trabajar, mientras que ánargos es aquel que no encuentra trabajo. Así vemos que muchos jóvenes hoy salen por la mañana de casa, regresan al mediodía a comer, y luego se van a las cafeterías… No quieren trabajar. ¡Algo incomprensible!
Antes, la gente iba a los cafés, jóvenes y mayores, pero por la noche. Ir a un café en horas de la mañana era inconcebible; solo iban los jubilados. Hoy, en cambio, las cafeterías están repletas de jóvenes en pleno horario matutino. Esta es la aergía.
Otro “bien” que se busca: el aventurerismo. Y también el “burguesismo”: un acomodo profesional, una comodidad técnica, una casa bonita, e incluso una buena salud. Leemos infinidad de recetas para conseguir, mantener y conservar una buena salud. Es decir, un vitalismo desenfrenado, un puro biologismo: aquello que caracteriza a los animales: «¡Vivir, vivir, vivir!». No una vida espiritual, sino una vida meramente animal.
Todo esto, queridos míos, es lo que responderán los hombres de hoy cuando se les pregunte qué es el bien. Y la razón es que la orientación ideológica de nuestro tiempo es materialista. Lo vemos claramente: vivimos el llamado “materialismo práctico”. Volveremos a decir, una y otra vez, que la noción del bien necesita apocálipsis/revelación. Ha de venir de una fuente auténtica. Y esa fuente es Dios.
El joven rico, además, dijo al Señor: «¿Qué bien debo hacer?». No busca una respuesta teórica, sino una respuesta práctica. Pero nuestra época busca sin querer esforzarse. El elemento del esfuerzo ascético resulta repulsivo. Porque el cristianismo es ascesis (práctica, ejercicio espiritual). Es más aún: es ascesis crucificada, ascesis de la cruz.
Y los antiguos decían: «Los bienes se adquieren con fatigas». Sin embargo, hoy el cristianismo, para agradar a las mayorías —presten atención a este punto—, ha sido adulterado hasta un grado excesivo. Y así, para atraer supuestamente a los jóvenes, que no quieren fatigarse y aborrecen todo lo que se llama ascesis en sentido amplio —siendo la más mínima de sus formas el ayuno—, el cristianismo ha sido transformado, ofrecido bajo la forma de sociologismo y humanismo.
Es decir, ha perdido todo el elemento del misterio de Dios. Se ha vuelto humano, antropocéntrico, no teocéntrico (centro Dios). Ya no cuenta lo que Dios dice, sino cómo lo entendemos nosotros los hombres. Y así, vivimos —aparentemente— ciertos aspectos del cristianismo, solo para llamarnos cristianos.
¿Ven ustedes? Haría falta mucho tiempo para explicar cómo, por desgracia, el cristianismo se transformó en sociologismo y en humanismo.
Todo esto, claro está, sin Dios. Autónomamente. Porque aquel que acepta un cristianismo reducido a sociologismo, fácilmente coloca a Dios tan lejos, que ni Él se interesa ya por el hombre ni el hombre por Dios. En esencia, es una condición autónoma. Por eso nuestros jóvenes, al final, terminan superficiales, sin teología, sin rumbo. No tienen profundidad. Carecen de hondura.
¿Y por qué? Porque la profundidad es Dios.
El joven dijo aún: «Para que tenga vida eterna». Es decir, veía el bien como un medio con un fin: la vida eterna. Pero, en sus búsquedas, los jóvenes de hoy —que tienen sed de vida eterna— en realidad no la buscan. Se asemejan a un enfermo que sufre deshidratación sin saberlo. Tiene sed, pero ya entró en el estado de deshidratación, y no sabe que lo que le falta es el agua. Así también, nuestra generación —y especialmente la juventud— tiene una sed latente, una sed oculta. Pero su mirada se limita únicamente a este siglo presente, a la vida actual. El joven moderno no quiere algo que esté en el futuro, algo que trascienda la vida presente. Y aquí se muestra, precisamente, su superficialidad y su miopía espiritual.
Claro que no todos los jóvenes son así. Debemos decirlo.
Pero en épocas de decadencia… ¿no se dan cuenta ustedes de que nuestra época es de decadencia? ¿De terrible decadencia? A pesar de la abundancia del progreso técnico y de la civilización material, vivimos una terrible decadencia. Y, en una época de decadencia, de desorientación y de sustitución de todo lo auténtico, debemos decir que también existen maravillosos jóvenes que, de manera muy concreta —no abstracta—, dentro del espacio de la Iglesia y del cristianismo, buscan la vida eterna. ¡La vida eterna!!!
La buscan como ausencia de la muerte y de los sufrimientos humanos; como incorruptibilidad, como juventud eterna, como bienaventuranza eterna. Así la desean, tal como la ofrece el logos de Dios. También la buscan como conocimiento y contemplación de Cristo.
Dice el Señor: «Y esta es la vida eterna…». ¿Cuál? «Que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesús Cristo, a quien has enviado» (Jn 17,3).
Queridos míos, la vida eterna es el mismo Jesús Cristo. No está Cristo aquí y la vida eterna allí. No está Cristo aquí y Su Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) allá. Cuando decimos “Βασιλεία”, cuando decimos “vida eterna”, no es otra cosa que Cristo mismo, Su presencia, el espacio que Él llena con Su ser.
Muchas veces los jóvenes buscan la vida eterna en el monacato. Es el mismo fenómeno que se observó después de la oficialización del cristianismo bajo Constantino el Grande. Muchos jóvenes vieron que, de manera imparable, entraba la mundanidad (secularización) en la Iglesia. Por eso abandonaron las ciudades y se retiraron al desierto. Hasta entonces, mientras había martirio en las ciudades, no había necesidad de marchar al desierto. Pero ahora que la Iglesia se mundanizaba, abandonaban las ciudades y buscaban el desierto. Por supuesto, una Iglesia viva ofrece siempre posibilidades de vida eterna, incluso dentro de la ciudad. Pero debe ser una Iglesia viva, que atraiga a los jóvenes ya sea en el desierto de las ciudades o en el desierto sin hombres. Una Iglesia viva y vibrante.
Por eso, queridos míos, diremos que a nuestra Iglesia hoy se le aplican las palabras que el Señor dirigió al ángel de la Iglesia en Sardes, en el Apocalipsis, capítulo 3: «Yo conozco bien tus obras, que tienes sólo nombre que manifiesta de que vives, pero estás muerto. Sé vigilante o estate despierto, en alerta continua, y apoya las otras personas que estuvieron a punto morir; porque no he hallado tus obras perfectas delante de Dios. Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído (por el kerigma del Evangelio); y guárdalo, aplícalo, y arrepiéntete, vuelve a la metania. Pues si no despiertas, no eres cuidadoso y no velas, vendré de repente como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré a ti (para por la muerte recogerte)».
Nuestra Iglesia Ortodoxa necesita vuelta a la metania, arrepentirse. Es decir, nosotros mismos debemos volver atrás, mirar a la Iglesia primitiva tal como la vieron los Padres, tal como ellos la sostuvieron e interpretaron el Logos de Dios —correctamente, de ahí el nombre “Ortodoxa”.
Los miembros de una Iglesia viva deben buscar siempre la vida eterna. Siempre. Si se detienen y buscan otras cosas, cosas mundanas, han errado el blanco. Siempre la vida eterna. «Aférrate a la vida eterna», dice el apóstol Pablo.
Y para épocas de terrible decadencia también están escritas las palabras del Salmista: «El Señor mira desde el cielo a los hijos de los hombres para ver si hay alguno que entienda, alguno que busque a Dios. Todos se desviaron, a una se corrompieron; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno» (Sal 13).
Queridos míos, el joven rico se marchó entristecido. También en nuestra época hay sed de vida eterna, pero cuando escuchan las condiciones para alcanzarla, protestan y dicen: «Duro es este logos o esta palabra, ¿quién puede escucharlos?». «Cosas terribles, ¿quién puede soportar lo que dice la Iglesia?».
Y el Señor, nos dice otro evangelista, miró al joven y «lo amó». Es decir, lo compadeció. Así como Dios compadece a cada joven que le da la espalda…
Queridos míos, el Señor es el portador de la vida eterna. Mejor dicho, como dije antes: Él es la apocalipsis/revelación del Logos de Dios hecho hombre entre nosotros, es la apocalipsis/revelación de la vida eterna, la cual ahora, por Jesús Cristo y en Jesús Cristo, podemos acercar y conquistar.
Hubo una vez un joven de veinte años, Antonio el Grande, que al escuchar este mismo pasaje evangélico de hoy se conmovió profundamente. Y dijo: «¿Y yo qué hago?». Vendió sus bienes y se fue al desierto. Lo que no hizo el joven rico en tiempos de Cristo, lo hizo san Antonio.
¿Se acuerdan acaso del nombre de aquel joven rico? No, no tenía nombre. Su nombre no quedó en la eternidad. Pero Antonio… Antonio quedó para siempre. ¿Y por qué? Porque buscó precisamente la eternidad.
Queridos míos, la búsqueda suprema debe ser la vida eterna. Especialmente para los jóvenes. De hecho, san Pablo le escribió a un joven, a Timoteo, en su primera carta: «Combate el buen combate de la fe, aférrate a la vida eterna».
“Aferrarse” significa sujetar con fuerza, tomar con decisión. «Aférrate a la vida eterna».
Queridos míos, esta vida eterna debemos también nosotros asirla, tomarla con firmeza y sostenerla, para poder vivir en ella.
PARA GLORIA DEL DIOS SANTO Y TRINITARIO
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, el 30-8-1992.
Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com







