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Abr 07 2013

3º Domingo de Cuaresma, la veneración de la Cruz

Cruz

RECTIFICADA TRADUCCIÓN 22/03/2025

DOMINGODE CUARESMA, LA VENERACIÓN DE LA CRUZ

παπα Γιώργης Δορμπαράκης padre Georgios Dorbarakis

 

El tercer Domingo de cuaresma, nuestra Iglesia proyecta a sus creyentes la Cruz del Señor. Según el santoral:

“Como con el ayuno de cuarenta días de alguna manera nos crucificamos, y con la mortificación de los πάθος pazos nos invade un sentimiento de amargura, un estado de tedio, acedia y agotamiento, entonces se presenta ante nosotros la honorable y vivificante Cruz como recreación y sostén nuestro, y como un recuerdo y consuelo de la Pasión de nuestro Señor Jesús Cristo. Si nuestro Dios fue crucificado por nosotros, ¿cuánto más debemos hacer nosotros por Su χάρις jaris? Nos aliviamos, pues, por los sufrimientos soberanos y con el recuerdo y la esperanza de la doxa (gloria, luz increada) que vino a través de la Cruz”. Y realmente es una oportunidad más que ofrece la Iglesia para que reflexionemos sobre el gran misterio del Sacrificio de nuestro Señor a través de la Cruz.

La Cruz de Cristo: un hecho histórico. 

En el Símbolo de Fe o Credo, cuando se refiere sobre la Cruz del Señor: «Crucificado también por nosotros bajo el poder de Poncio Pilato». El Cristo fue crucificado en Judea, bajo el gobierno de Poncio Pilato. Es decir, la crucifixión tiene coordenadas históricas. No es un mito, ni un «érase una vez», es decir, que no ocurrió nunca. Tampoco puede ser entendida como un autoengaño de algunos creyentes. Se trata de un hecho histórico que desafía a cualquiera, creyente o escéptico, a investigarlo y examinarlo con medios humanos y a situarlo dentro de un marco y contexto más amplio. Con otras palabras, la aceptación de la historicidad de Jesús Cristo y Sus pazos, padecimientos es indiscutible. Sólo pueden cuestionar lo evidente, los mal pensados de mala fe, faltos de cordura que provocan dudas y actúan o tienen un razonamiento deficiente. Pero la misma historia los refuta y los desmiente. «El Cristo padeció bajo el mandato del gobernador Poncio Pilato”.

Pero para los creyentes también existe una confirmación visionaria del hecho de la Crucifixión, dada a muchos santos. No son pocos los santos que con la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios han “visto” los acontecimientos de la Pasión. Recordemos, por ejemplo, el episodio del Gerontikón con san Poimén. Mientras se encontraba en estado de éxtasis, su rostro se transfiguró mientras lágrimas brotaban copiosamente de sus ojos. Y al ser presionado de sus discípulos confesó: «Estaba al pie de la Cruz del Señor con su Santísima Madre y san Juan. ¡Cuánto me gustaría estar llorando así con ellos! Una visión similar -y no sólo una vez- ha vivido también el gran Yérontas contemporáneo san Porfirios el Kafsokalivita. Durante la noche del Jueves Santo y en otras ocasiones, «vio» al Crucificado, y conmovido hasta lo más profundo, al punto de no poder continuar con la liturgia, experimentó momentos de la Santa Pasión.

La Cruz: un mega misterio

Pero si bien la historicidad de la Crucifixión del Señor no cabe ninguna duda, aquello que crea problema de aceptación es la naturaleza del martirio de Cristo en la Cruz. El martirio de Cristo no es algo exterior: padecimientos, castigos y dolor que se ven. Este tipo de sufrimientos de forma corporal sufrieron hombres antes y después de Cristo. El martirio de Cristo es cualitativo, es decir, tiene fondo que sólo por la fe se puede aproximar y abordar. Porque encima de la Cruz no sufre sólo un hombre, sino el mismo Hijo de Dios como hombre.

La aproximación a este misterio con fe -que es una muestra de la jaris (energía increada) de Dios- abre los ojos del corazón para que el hombre pueda ver la realidad: la quita o abolición del pecado del mundo por Cristo. El Cristo encima de la Cruz “quita el pecado del mundo”, hecho que significa que se anula para el hombre “el cuerpo del pecado”, ya no está condenado a pecar inevitablemente, sino que ahora puede reconciliarse con Dios. Así con la Cruz de Cristo se abrió la puerta cerrada de la Realeza increada de los Cielos. El Cielo se ha vuelto amigable nuevamente para el hombre. Lo que había perdido por la desobediencia de los primeros en ser creados, lo ha recuperado y ganado con creces gracias a la obediencia de Cristo, el Nuevo Adán, hasta la muerte. “Porque si, siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por medio de la muerte cruciforme de su Hijo, mucho más, una vez reconciliados, seremos salvados por medio de la vida de nuestro Jesús Cristo sacerdote y mediador, quien vive eternamente cerca de Dios… Porque, así como por la desobediencia de un solo hombre fueron constituidos pecadores muchos, así también por la obediencia perfecta que hizo el uno, el Cristo al Padre, se convertirán y se harán justos muchos” (Rom 5.10,19). “19. Así que ya no sois extranjeros como antes ni ciudadanos provisionales de la Iglesia de Cristo, sino conciudadanos de los santos, cristianos y miembros de la familia de Dios” (Ef 2,19).

La quita del pecado del mundo no tiene relación solo a ciertas épocas. El Cristo “quita el pecado” de todo el mundo universalmente: de quienes vivieron antes de Él, de los que vivieron en su tiempo y de los que vendrían después. Así que no hay nadie que no esté integrado al movimiento de Su αγάπη (agapi: amor incondicional, emoción de la energía increada), y precisamente por ello, no hay pecado que no pueda ser perdonado. Quien, después de la Crucifixión del Señor, se justifique alegando la gravedad de sus pecados para mantenerse alejado de Dios, en realidad está blasfemando contra la Cruz de Cristo. De lo anterior es obvio que cualquier intento lógico de comprender el martirio de Cristo deforma también Su pazos-pasión. Porque lo reduce a algo meramente natural y humano.  La Cruz de Cristo, que culmina con todo el padecimiento-pasión de Su vida, es un gran misterio. Solo puede ser contemplado por los fieles que, en la medida de su fe, experimentan la jaris (gracia, energía increada) de Dios en su corazón.

La Cruz: manifestación de la agapi-amor, de Dios

La aceptación de la Cruz del Señor como acontecimiento mistiríaco nos permite evitar la trampa de las «interpretaciones y análisis racionales». Estas interpretaciones relativizan el misterio de la Cruz y lo rebajan, como hemos dicho, al nivel de la razón humana. Desgraciadamente en esta trampa han caído en el pasado los de la teología Occidental y todos de los ortodoxos que han hecho y hacen teología con criterios occidentales. Por ejemplo, no olvidamos el intento de Anselmo de Canterbury, quien se preguntaba: “¿Por qué el Dios se hizo hombre y por qué padeció?” Y la respuesta que daba revelaba una comprensión jurídica mundana sobre la sanación y salvación del hombre por el Dios: que la pasión del Hijo era necesaria para aplacar la ira de Dios”.

La Iglesia Ortodoxa evitó la tentación de especulaciones abstractas y centró su reflexión en la afirmación «ἔδει παθεῖν τὸν Χριστόν» (era necesario que Cristo padeciera), lo que significaba principalmente dos cosas:

  1. La magnitud del pecado del hombre, la enseñanza y los milagros de Cristo no eran suficientes para la salvación; debería sacrificarse para eliminar la gran brecha creada por el pecado entre el ser humano y Dios.
  2. La agapi infinita (incondicional e increada) de Dios, que no duda sacrificar también a Su Hijo unigénito para salvar al mundo. «Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo aquel que en él cree no perezca, sino que tenga vida eterna. [Porque de tal manera amó Dios a los hombres del mundo hundido al pecado, de modo que entregó, por muerte en la cruz, hasta su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, tenga vida eterna y no sea autocondenado a la perdición eterna»] (Jn 3,16).

En la reflexión problemática sobre la agapi-amor de Dios planteaba para la Iglesia Ortodoxa también el tema de Su justicia. La justicia de Dios se manifestó en la Cruz como αγάπη (agapi: amor desinteresado, lo que, desde la perspectiva humana, podía parecer injusto. Y esto porque con el pensamiento humano no puede ser entendida la condena de un inocente, -del Cristo que padece y sufre para el mundo pecador – y la justificación de los culpables, es decir, los hombres que son absueltos y liberados de la condena. La justicia humana requiere lo contrario: la condena del culpable y la absolución del inocente. Así que, con la Cruz, particularmente de Cristo, se comprobó que la justicia divina no funciona ni opera según medidas y criterios humanos. Si el género humano funcionara así, debería a causa de su pecado haber desaparecido. Menos mal que para nosotros la medida de la justicia de Dios es Su agapi infinita, incondicional e increada.

La tradición patrística ortodoxa destacó y recalcó esta verdad; por ejemplo, san Isaac el Sirio la expresa así: “No llames a Dios justo. Porque la justicia de Dios no se reconoce en tus obras… ¿Cómo puedes llamar a Dios justo, cuando lees al evangelio sobre el salario de los jornaleros? Amigo, no te hago ninguna injusticia… Quiero dar a este último lo mismo que a ti’ (Mt. 20, 13-14). Si tu ojo es mal astuto y maligno, yo soy bondadoso. ¿Cómo puedes llamarlo justo cuando lees sobre el hijo pródigo, derrochó la riqueza paternal en borracheras y rameras, y cuando volvió en sí mismo y solo mostró arrepentimiento, su padre corrió hacia él, lo abrazó y le concedió el poder sobre toda su riqueza…? ¿Dónde está la justicia de Dios? Porque éramos pecadores, y Cristo murió por nosotros”.

La Cruz: llamada para participar

Los dones o donaciones que emanan de la Cruz de Cristo -la anulación, eliminación del pecado, la reconciliación con el Dios y la reintegración en la Realeza increada de Dios- es sabido que requieren también la aceptación del hombre. Si el hombre nο cree en Cristo y no se convierte en miembro de Su Cuerpo místico, la Iglesia, estos regalos permanecen inactivos y vacíos de contenido para él. Porque para la sanación y salvación del hombre no se requiere sólo la χάρις (jaris: gracia, energía increada) sino también la voluntad del hombre. ¿Cómo, pues, uno participa más concretamente en Cristo, es decir, cómo se hace partícipe de Su sacrificio cruciforme?

Primero por el bautismo. El bautismo es una participación a la muerte y la Resurrección del Señor. Cuando el hombre es sumergido y elevado tres veces de la santa pila bautismal, el “vientre” de la Iglesia, participa también a la muerte y la Resurrección de Cristo. De este modo, con esta participación se hace la catarsis, se limpia, se purga y “muere” de cada inclinación pecaminosa obligatoria y sale renacido como un ser nuevo, resucitado. Cristo nace en su interior y lo hace miembro de su Cuerpo. Realmente nuestro bautismo significa que participamos en la muerte, entierro y resurrección de Él. «Fuimos co-sepultados con Cristo por el bautismo y nos hemos hecho partícipes a su muerte, morimos, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la doxa-gloria luz increada del Padre, también nosotros resucitaremos en la nueva vida y viviremos de acuerdo con la voluntad de Él.

Pues si hemos llegado a ser congénitos, como dos árboles, unidos a una misma cosa con Cristo por el bautismo, que es una muerte cruciforme y semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección parecida y nos haremos uno con Él en lógica y naturaleza, es decir, seremos glorificados como Él» (Rom 6, 4-5).

Segundo por la Santa Comunión o Efjaristía. La participación del hombre en la Cruz no se detiene con el bautismo y por supuesto con el Misterio de la Crismación que lo sigue. Continúa constantemente con la participación en μετάνοια metania (introspección, arrepentimiento y confesión) del creyente al misterio de la Divina Comunión o Efjaristía. Porque la Santa Efjaristía ofrece la conservación y el aumento de la jaris energía increada de Dios, que entró lo más profundo del alma a través del bautismo. Así, sin el Cuerpo y la Sangre de Cristo, el creyente se debilita y se marchita espiritualmente, lo que significa que las donaciones de la Cruz mediante la Divina Efjaristía se renuevan y se multiplican.

San Juan el Crisóstomo hablando sobre la Divina Efjaristía recalca el carácter crucifico-resucitador de ella: «Cuando te acercas al temible cáliz, acércate como si estuvieras bebiendo del mismo costado del Salvador».

Tercero con la lucha por la vida espiritual. El cristiano no se convierte en espiritual, es decir, en partícipe de las donaciones del espíritu de Dios, sólo con su participación en los misterios. Una consideración de este tipo indicaría que la sanación y salvación sería solamente resultado de la jaris de Dios sin la sinergia, cooperación del hombre. Sin embargo, también se logra a través del esfuerzo por cumplir los mandamientos de Cristo. El cumplimiento de los mandamientos, principalmente la fe en Cristo y la agapi (amor incondicional, desinteresado) a nuestro semejante, hace que el creyente esté «abierto» a la jaris increada de Dios y le crea las condiciones adecuadas para participar correctamente en los misterios (sacramentos). No obstante, este cumplimiento no es fácil. Se requiere lucha ardua contra los πάθος pazos y los pecados, e incluso contra al jefe original del mal, el diablo, que nos tienta mediante los pazos. Así que la vida espiritual es literalmente lo “sangrado” de la psique-alma, dación de sangre, según el lema “dad sangre y recibid espíritu”, en resumen, se entiende como una crucifixión junto con Cristo. Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame (Lc 9,23).

La Cruz de Cristo es nuestra sanación y salvación. Él es la belleza de la Iglesia y la cátedra de la teología ortodoxa.  Según el himnógrafo: «La Cruz es el vigilante y guardián de toda la tierra, la Cruz es la belleza de la Iglesia, la Cruz es el poder de los reyes y el sostén de los fieles, la Cruz es la doxa-gloria de los ángeles, y trauma, herida de los demonios”. No tenemos más que vivir a Cristo diariamente, tal y como dijimos. Nuestra constatación diaria será nuestra continua metamorfosis, transformación, no en cuanto a nuestra naturaleza, por supuesto, sino en cuanto a nuestro modo de vida. De esta manera, también nosotros perteneceremos a aquellos que, con alegría, esperarán la «señal» del Hijo del Hombre, la Cruz, cuando esta aparezca como su símbolo en Su Segunda Παρουσία (Parusía: Presencia, Venida). Amín.

ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ    παπα Γιώργης Δορμπαράκης padre Georgios Dorbarakis

Traducido por: χΧ jJ    https://www.logosortodoxo.com/

Ver también https://www.logosortodoxo.com/la-cruz-de-cristo-y-su-importancia-en-nuestra-vida/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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