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Feb 24 2026

Unidad 65: Apocalipsis 21,1, Génesis y παλιγγενεσία palingenesía renacimiento

Unidad 65: Apocalipsis 21,1, Génesis y παλιγγενεσία palingenesía renacimiento (regeneración)
Apocalipsis 21,1. La renovación del universo. Lo rectilíneo de la trayectoria histórica.

Yérontas Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo

Repasada traducción 24/02/2026

Homilía 85. Entramos en el capítulo 21º del libro del Apocalipsis y, después de la resurrección de los muertos, que hemos analizado, y de la transformación del universo de la corrupción a la incorrupción, el divino Evangelista ve al mundo antiguo -cielo y tierra- renovado, nuevo.

«Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no estaba más» (Ap 21,1).

Después de la renovación de todo el universo, el Evangelista sagrado ve, a continuación, en el capítulo, el alojamiento de la nueva Jerusalén, es decir, la Iglesia, que baja del cielo y que habita en este nuevo espacio renovado.

Toda esta renovación del universo y de los hombres piadosos que resucitarán con sus nuevos cuerpos incorruptos se llama por el Señor παλιγγενεσία (palingenesia: regeneración, recreación). Es decir, todo esto que hemos visto y de lo que hablaremos hoy se llama por nuestro Señor en los Evangelios, en una palabra, παλιγγενεσία*.

[*παλιγγενεσία palingenesía, Significado básico: Renacimiento, regeneración o nuevo nacimiento.

???? Etimología, se compone de: πάλιν (pálin) = de nuevo, otra vez, y de γένεσις (génesis) = nacimiento, origen Literalmente: “nacer otra vez”.

???? Usos principales

  1. Filosófico / religioso: a) Renacimiento espiritual o regeneración del alma. b) En el cristianismo puede referirse a la renovación espiritual.
  2. Histórico / político: Se usa para hablar del “renacimiento” de un pueblo o nación. Por ejemplo, en la historia de Grecia, la independencia del siglo XIX fue considerada una παλιγγενεσία nacional.
  3. Biológico (uso antiguo): Idea de regeneración o repetición de un ciclo vital.

Uso en el Nuevo Testamento

La palabra aparece explícitamente en dos pasajes: Evangelio de Mateo 19:28 Jesús habla de la παλιγγενεσία como la renovación final del mundo, cuando el Hijo del Hombre se siente en su gloria. → Aquí tiene un sentido escatológico (renovación cósmica al final de los tiempos).

Epístola a Tito 3:5 Se menciona el “lavamiento de la regeneración (παλιγγενεσία)”. → Se interpreta como la renovación interior del creyente, asociada al bautismo.

Significado teológico. En la teología cristiana, παλιγγενεσία implica: a) Nuevo nacimiento espiritual b) Transformación interior por la energía increada gracia de Dios c) Paso de una vida de pecado a una vida nueva en Cristo. D) Renovación obrada por el Espíritu Santo. Se relaciona estrechamente con la idea de “nacer de nuevo” (cf. Juan 3).

Dos niveles de significado: a) Personal → regeneración del individuo (bautismo, conversión) y b) Universal → renovación final de toda la creación.]

Además, también en nuestros tiempos, cuando festejamos el 25 de marzo, decimos que es la fiesta de nuestra palingenesía, regeneración, renacimiento nacional. Estábamos esclavizados por los turcos, no existía Estado; nos hemos liberado y hemos vuelto a ser Estado, renacimos. Esto se llama «palingenesía: regeneración, renacimiento nacional». Acordémonos de esta palabra.

Esta palingenesía la prometió el Señor a sus Discípulos y, a través de sus Discípulos, a los creyentes de todos los siglos. Escuchadla en Mateo 19,28-29: «Y Jesús les dijo: de cierto os digo y os aseguro que en la παλιγγενεσία palingenesía regeneración o renacimiento, cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su doxa-gloria (luz increada), vosotros, los que me habéis seguido, también os sentaréis sobre doce tronos gloriosos, para juzgar a las doce tribus de Israel; y todo aquel que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos, o tierras, por mi nombre, en la παλιγγενεσία, regeneración, recibirá cien veces más, y, lo más importante, heredará la vida eterna».

¡Lo asegura la boca de Cristo! El que prefiera dejar todas estas cosas y Le siga tomará recompensa cien veces más. ¡No se trata del número cien, sino que quiere decir multiplicado, porque no hay comparación! Y, junto con los bienes de la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada de Dios), de la palingenesía regeneración, heredará también la vida eterna.

Además, esta palingenesía regeneración, queridos míos, es el propósito y objetivo final del cristianismo; es el objetivo de todas las luchas, esfuerzos y sudores de nuestros intentos. Para esta παλιγγενεσία, regeneración luchamos, para que seamos los habitantes de este nuevo mundo. Si se corta esta realidad esjatológica, es decir, si decimos que no existe esta regeneración, entonces se sustrae todo el significado y sentido del mensaje del Evangelio.

Porque debo deciros, aunque lo he repetido muchas veces en mis homilías, que el cristianismo no es un sistema social para solucionar los problemas sociales o el problema social. ¡No pueden estar diciendo que el Cristianismo está imposibilitado, debilitado y que no puede solucionar el problema social y, por lo tanto, que está fracasado y pasado…! ¡Esto es un error grave de punto de partida, cien por cien! El comienzo para interpretar las cosas es equivocado desde su punto de partida. Simplemente sería un error trágico decir que el cristianismo es un sistema social; así lo subestimamos y lo hacemos totalmente humano. El Cristianismo es salvación ontológica (realidad existencial).

Si uno estudia el Evangelio, aunque sea elementalmente, encuentra aquellos párrafos célebres que componen la columna vertebral del Cristianismo en el espacio espiritual y ético; es decir: «Bienaventurados y felices serán los pobres del espíritu porque de ellos es y será el reinado de la realeza increada de los cielos; (bienaventurados y felices son y serán aquellos que están pobres de males y pecados en el espíritu de su corazón de la psique e humildemente sienten su pobreza espiritual y su dependencia integra con fe y humildad a Dios, porque de ellos es y será la realeza increada de los cielos)» (Mt 5,3; Lc 6,20).

Si por su voluntad son pobres, entonces ¿qué sistema social alguna vez bendeciría, bienaventuraría o felicitaría la pobreza? O sea, mientras puedes ser rico, mientras puedes vivir, comer y beber con todas tus comodidades materiales para ser feliz, y después que te diga que serías feliz si voluntariamente negases los bienes materiales. ¿Pregunto? ¿Qué sistema social te dice esto? Ninguno.

Muchas veces lo he dicho: si yo quisiera ser diputado y saliera al balcón a decir: «Votadme y os obligaré a todos a que seáis pobres», ¿quién me votaría, ¿quién? Pues, estas realidades, nos dice el Evangelio.

¿Cómo es posible que el cristianismo pueda resolver el problema social? Simplemente porque no es un sistema social. Es religión apocalíptica-reveladora de Dios (Dios ha religado lo increado de Él con lo creado mediante la energía increada jaris y se revela mediante ella a los hombres tríadicamente). ¿Por qué no piden al budismo o al islamismo resolver el problema social? Simplemente porque son «religiones» creadas por hombres mortales. El Cristianismo no tiene ninguna relación con el sistema social. Y, en concreto, el Cristianismo es verdadera religión, verdadera fe, basada sobre los acontecimientos; y es salvación ontológica, resurrección de los muertos.

Además, Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios no es comida ni bebida, lo dice claramente san Pablo; y cuando resucitemos en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios no comeremos, ni beberemos, ni nos casaremos; tampoco desarrollaremos cultura, nada de todo esto. Todo esto es totalmente ajeno, extranjero; es terrenal, es de la secularización y de las pretensiones que existen en el mundo terrenal; son cosas totalmente extranjeras. ¿Por qué, pues, debemos decir que el Cristianismo deberá servir situaciones mundanas materialistas? ¿Por qué?

Por un lado -y esta interpretación no es mía-, si decimos que el Cristianismo debe resolver el problema social, es herejía a nivel social, tal y como decimos que tenemos herejías a nivel teológico o ético. Igual que cuando decimos que la lujuria, la fornicación o la prostitución no es nada, es herejía a nivel ético. Si decimos que Dios no es trinitario, es herejía a nivel teológico. Si decimos que el Paraíso está aquí, en la tierra, y que aquí tengo que formalizar mi vida, comer y beber disfrutando materialmente, es herejía a nivel sociológico. De todas formas, es herejía. Y cada herejía subestima el Cristianismo.

Haciendo un intermedio sobre el tema, os digo esto porque últimamente muchas cosas se oyen, perturban y remueven a muchos, y tienen la sensación de que el cristianismo ha fracasado. ¿Por qué ha fracasado? Cristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos. ¿Sabéis cuándo diremos que el Cristianismo fracasó? Solo podemos decirlo cuando no se haya realizado la resurrección de los muertos y cuando el universo no se haya regenerado. Solo entonces podemos decir que tenemos fracaso del Cristianismo. Pero estas cosas y realidades no ocurren; no existe eso.

¡De todos modos, tal y como os he explicado -y lo repito-, si se corta esta realidad esjatológica, es decir, que no tenemos παλιγγενεσία (palingenesia: regeneración, recreación), entonces se extrae del cristianismo todo el sentido y significado; el Evangelio ya no tiene ningún significado, ¡nada de nada!

No olvidéis que estas tesis, queridos míos, son del Anticristo. Repito: del anticristo. ¡No os remováis ni os perturbéis! ¡Tened cuidado! Cada uno puede votar lo que quiera, es su derecho; pero no puede decir que el Cristianismo ha fracasado o que el Cristianismo servirá a las cosas del César, no puede estar diciendo esto nadie. El Señor lo dijo claro: «Lo que es del César, para el César; y lo que pertenece a Dios, para Dios» (Mateo 22:21). Lo que pertenece al César se lo darás: tu impuesto, tu voto, es tu derecho. Pero lo que pertenece a Dios se lo atribuirás a Dios. No las mezcles, hermano mío, estas cosas. El Señor lo dijo muy claro.

Por tanto, es relevante que el primer libro de la Santa Escritura, el Génesis, empieza con la creación del cosmos-mundo y el último, el Apocalipsis, termina con la regeneración del cosmos-mundo.

Leemos, por ejemplo, en el Génesis, primer libro: «En el (o junto con) principio creó Dios el cielo y la tierra». ¡Qué majestuosidad! En el último libro del Apocalipsis, penúltimo capítulo, también leemos: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no estaba más» (Ap 21,1). ¡Majestuosidad! ¿Y quién es el creador tanto del primero como del segundo cielo y de la tierra? ¿Quién otro puede ser, queridos míos, sino Él mismo, el santo Dios trinitario? Es el Padre que crea por el Hijo en Espíritu Santo.

Escuchad cómo el Evangelista Juan escribe esto en el prólogo de su Evangelio: Ἐν ἀρχῇ ἦν Λόγος… (en arjí in o logos) Junto con el principio era y siempre es el Logos; y el Logos existía con Dios y está en Dios; y el Dios era y es siempre Logos. [«En el principio junto con y en el espíritu infinito e increado de la creación espiritual y material existía siempre el Logos increado, como Hijo y Logos de Dios nace siempre de-el Padre como Logos vivo, increado e infinito de Nus perfecto y sabio. El Logos como segunda hipóstasis o persona de la Santa Trinidad existía y está siempre inseparable de Dios; y el Logos era y es siempre Dios, increado, perfecto e infinito, tal como el Padre y el Espíritu Santo; (un Dios tres hipostasis/bases subsistenciales o substanciales y una usía-esencia/sustancia y una energía increadas)».]  2Él existía y está siempre desde el principio de la creación unido con Dios. 3Todo fue hecho por él y sin él no se hizo nada de todo lo creado» (Juan 1:1-3)

En la segunda creación, la παλιγγενεσία regeneración o renovación, leemos: «Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas» (Apocalipsis 21,5). Es el mismo: la primera vez como Dios Logos y la segunda como encarnado, humanizado Dios Logos. ¡Qué grandeza, qué majestuosidad! ¡Qué profundidad! ¡Y nosotros nos ahogamos, queridos míos, en una cuchara de agua, si comeremos bien o no comeremos bien…! ¡Pobreza… pobreza… qué miserables somos! Pues, si sintiésemos así las cosas en nuestro interior, entonces percibiríamos esta majestuosidad de Dios, de manera que pudiésemos decir cuánto podrían amar los hombres al humanizado/ encarnado Dios Logos por su potencia, su energía, su sofía-sabiduría, su agapi-amor… (increadas)

Pero, otra vez, debo recordaros, por vuestra agapi, lo que decíamos en el penúltimo tema: que el mundo antiguo que se va y toma su lugar el nuevo no desaparece del todo, no se anula al cero, no se desmaterializa, sino que se renueva. Es lo que dice san Andrés de Cesarea: «Se hace metástasis (traspaso) de la corrupción a la incorrupción». El mismo cosmos-mundo pasa de la corrupción a la incorrupción. Cambia, pero permanece en su sitio; y nada se va, sino que cambia de la corrupción a la incorrupción.

Atención: esto es dogma de fe, es un punto de partida. Porque, para el tema de la resurrección de los muertos, tenemos el cuerpo que se hace nuevo; en este caso no tenemos una situación o estado espiritual. Por eso os leeré el 11º canon del 5º Sínodo Ecuménico, que consolida y asegura esta cuestión. Repito: es de suma importancia. Dice el canon 11:

«Aquel que sostiene y dice que el juicio futuro significa anulación total de los cuerpos, es decir, que no existirán, y que el propósito del tema referido es que llegaremos a la materia inmaterial, es decir, a una naturaleza en la que no habrá materia; o sea, que el mundo habrá perdido su hipóstasis material (base substancial), y que, en lo referente a la materia, en el futuro no habrá nada, sino que habrá nus o espíritu desnudo y no materia; si alguien dice y sostiene estas cosas, que sea anatematizado, separado de la Iglesia».

Esto es lo que dice la Iglesia.

Anatema quiere decir separado; es decir, no pertenece a la Iglesia, es herético. ¿Lo habéis oído? ¡Realmente es de una importancia fundamental! De este punto de partida empezamos, tanto para el cuerpo de Cristo como para nuestra salvación ontológica; es decir, se salvará el cuerpo; esperamos la salvación del cuerpo, etcétera.

Por tanto, si esta tesis no la asimilamos, no la digerimos bien y no la creemos, entonces no hacemos nada. Y si permanecemos en nuestra opinión, habéis oído lo que dice el canon: «sea anatematizado»; seremos heréticos. ¿Habéis visto lo que dice el canon? Estará separado de la Iglesia; es herético aquel que no acepta esta tesis o posición.

Ante la pregunta: ¿qué precede, la regeneración de los cuerpos humanos o la regeneración de la creación?, responde san Nicodemo el Hagiorita, que, como sabéis, no está muy alejado de nosotros, hace unos doscientos años, de la siguiente manera:

«Lo normal es que sean renovados primero los hombres y se hagan incorruptos por la resurrección, y después renovarse y hacerse incorruptibles todos los elementos y la creación. Por lo tanto, primero los hombres y después la creación. Como primero se corrompió el hombre en el paraíso, cuando infringió el mandamiento de Dios, y después, por el hombre, se corrompió la creación, así también primero debe hacerse incorrupto el hombre y después, por el hombre, hacerse incorrupta la creación. Es decir, con el mismo orden de entonces, ahora la renovación. Primero se corrompió el hombre; primero debe renovarse, regenerarse. Siguió la corrupción de la creación; también ahora seguirá la incorrupción de la creación».

Por tanto, primero se regeneran, se renuevan los hombres y después la creación. Y continúa:

«Esto se ve por aquello que dice a los tesalonicenses, capítulo 4º, el mismo Pablo; es decir, “que en el tiempo de la resurrección aún habrá hombres vivos, los cuales, en ráfaga de tiempo, cambiarán y se harán incorruptibles». No sería posible que quedasen vivos los hombres si primero se renovara la creación -esto lo explicaremos un poquito más abajo. ¿Por qué? Porque, por el fuego de aquella energía súper drástica y súper cáustica (o ardiente), serían destruidos y disueltos» (san Nicodemo, interpretación a la 2ª Pedro, pág. 194). Porque el universo sufrirá pirosis, un calentamiento terrible. Entonces no podrían permanecer en pie los hombres.

Por tanto, primero es la renovación de los hombres y después la παλιγγενεσία palingenesia recreación de la creación.

Sí, pero ¿dónde estarán los hombres que se renovarán?

Lo dice el Apóstol Pablo en la primera epístola a los Tesalonicenses: «Después nosotros, los vivos, los que estemos hasta la venida del Señor, seremos arrebatados juntamente con ellos entre nubes al encuentro del Señor en los espacios celestes.» (1 Tes 4,17). El encuentro de Cristo y los fieles no se hará encima de la tierra o en el universo, sino en alguna parte… el Dios sabe dónde y cómo. Está en el siguiente versículo, cuando el Evangelista Juan ve que está bajando al nuevo sitio la Nueva Jerusalén: «Y vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, [la Iglesia triunfante y gloriosa] que descendía del cielo, de Dios, preparada y dispuesta como una novia adornada para su marido [el Cristo]» (Ap 21,2); entonces bajarán los fieles a habitar el renovado cosmos-mundo. ¡Son cosas asombrosas, maravillosas!

Pero, si queréis, no os sorprendáis tanto ni lleguéis incluso hasta la incredulidad, puesto que tenéis delante de vosotros un acontecimiento maravilloso, que es la primera creación. Nosotros, todos los hombres, estamos entre dos milagros: uno que se ha hecho y otro que se va a hacer. ¡El primer milagro es la creación del mundo, ante la cual uno queda sorprendido y asombrado de cómo se ha hecho desde la nada esta creación, este universo! ¡Es un milagro! Por tanto, este es un gran milagro que precedió; lo vemos, lo vivimos, lo conocemos. El segundo milagro es el de la παλιγγενεσία palingenesia regeneración o recreación.

También surge la siguiente pregunta: si se hará incorruptible esta creación viva irracional, los animales y las plantas, ¿estos se harán incorruptibles?, ¿los animales se harán nuevos? O sea, ¿en este mundo nuevo habrá plantas y animales? ¿Cómo será este nuevo mundo?

Responde el mismo san Nicodemo el Hagiorita: «¿Acaso también los animales se harán incorruptos? No; nos lo dicen los hermenéuticos o intérpretes Teofilacto, Mitrófanes y Ecumenio. Ni los animales ni las plantas se harán incorruptibles, según estos intérpretes. ¿Acaso el mar y los ríos se renovarán y se harán incorruptos? No, contestan los mismos intérpretes. Porque en aquel siglo incorruptible no hará falta que el hombre haga ningún uso de estos» (san Nicodemo, interpretación a la 2ª Pedro, pág. 194).

Así que, simplemente, en el nuevo mundo no habrá ni predominarán las leyes biológicas, como os he dicho en otra homilía. Os decía que quedarán abolidas y se anularán las leyes físicas y la ley de la gravedad; quedará abolido, anulado, el plano, la forma y el esquema de este mundo, esta forma esférica, y también las leyes biológicas que predominan en los entes vivos, es decir, en las plantas, en los animales y en los hombres, precisamente porque el Señor lo dijo claramente: «que en la Βασιλεία Realeza increada de Dios, en la resurrección, ni se casarán ni se darán en casamiento, sino que serán como los ángeles de Dios en el cielo» (Mt 22,30; Mc 12,25; Lc 20,35).

Clarísimamente lo dice el Apóstol Pablo: «Los manjares para el vientre y el vientre para los manjares, pero Dios los destruirá…» (1 Cor 6,13). Por lo tanto, ¡será un mundo real y verdaderamente nuevo!

Ahora vamos a ver de qué manera se hará esta παλιγγενεσία palingenesia recreación o renovación del universo.

La manera en relación con la παλιγγενεσία palingenesia renovación, renacimiento del universo nos la describe analíticamente el Apóstol Pedro. También diríamos que la manera de renovación nos la describe analíticamente el profeta Isaías, este profeta tan rico, a quien el Espíritu de Dios le ha apocaliptado/ revelado tantos temas preciosos.

Vamos a ver, pues, qué dice Pedro en su 2ª epístola, capítulo 3º, versículos 5-13. Primero lo leeré y después haremos un análisis, porque vale mucho:

«5Que los cielos estaban desde el tiempo antiguo y la tierra que provino, salió del agua y por el agua subsiste y está asentada, y fueron hechos y asentados por el Logos de Dios; 6por lo cual el mundo de entonces pereció anegado por el agua; 7pero los cielos y la tierra que existen ahora llevan atesorado dentro de ellos fuego que ha sido dado, atesorado por el Logos, y está guardado para el día del juicio y la perdición de los hombres impíos… 10Pero el día del Señor vendrá como ladrón, y en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos, abrasados, serán disueltos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas… 12Esperando nueva tierra y acelerando la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán. 13Pero nosotros esperamos, según nos lo tiene prometido Dios, otros cielos y otra tierra nueva, en los que habita la justicia» (2 Pe 3,5-13).

Esto nos dice el Apóstol Pedro.

Como habéis visto, es un pasaje muy importante, muy apocalíptico (revelador), y vale la pena verlo y tratarlo más minuciosamente.

El motivo por el que aquí se refiere el Apóstol Pedro lo dan los que ponen en duda la interpretación rectilínea de la Historia y de la creación; vamos a decirlo con una expresión contemporánea. Existe la interpretación o hermenéutica rectilínea y también la cíclica. Según la forma cíclica del universo, el universo no hace otra cosa que repetir las mismas cosas, mientras que, en su forma rectilínea, ha empezado desde un principio y llegará a un fin.

Me gustaría detenerme un poco sobre el tema de la interpretación rectilínea y la cíclica, tanto de la Historia como de la creación, porque vale la pena, puesto que sobre esta percepción se sostiene la fe cristiana en la Segunda Parusía-Presencia de Cristo; o, por el contrario, la percepción materialista de que nada pasará al fin del mundo porque no hay fin. Esto es de una importancia fundamental.

El materialismo se sostiene sobre la percepción cíclica, y es la percepción helénica. Todos los sistemas filosóficos antiguos helénicos tenían esta percepción cíclica sobre la historia y la creación; son dos cosas distintas, pero co-caminantes, marchan juntas a la par, como veremos un poquito más abajo. Y nos habla sobre esto también san Nicodemo el Hagiorita, es decir, que el cosmos vuelve al mismo punto de donde empezó. Cierto que esto aparentemente así parece y se ve.

O sea, vemos que ahora es otoño; se hará invierno, primavera, verano y otra vez otoño. Juzgan, además, por el intercambio de las estaciones o por el regreso de las estrellas al mismo punto; o sea, por la luna que se mueve y cada veintisiete días vuelve al mismo punto; el sol se mueve y en cada trescientos sesenta y cinco días regresa al mismo punto. Las estrellas vuelven al mismo punto. Por lo tanto, dicen que el universo es cíclico.

Por consiguiente, dicen que el universo no tiene principio ni fin; por lo tanto, era sin principio y eterno. Pero sabemos que sin principio y eterno es solo el Dios. Pero, si el universo es sin principio y eterno, o sea, interminable, entonces no se destruirá ni acabará nunca; por lo tanto, nunca vendrá Cristo.

Así que aquel que acepta la interpretación cíclica de la historia o de la creación no acepta la Segunda Parusía-Presencia de Cristo; en cambio, la Santa Escritura nos dice que el mundo tuvo principio, comienzo: «En el (junto con) principio creó Dios el cielo y la tierra», y tendrá fin. El mundo terminará.

Por lo tanto, como el mundo tiene principio, tendrá también final; entonces la presencia de la creación no gira como una peonza, sino que tiene un camino recto: empieza y termina. En consecuencia, ya que acabará, el Dios, el Cristo, vendrá al mundo.

Y así se hizo también la creación: fue creada por Dios; porque, ya que tenía principio, entonces, ¿quién la hizo? No existía por sí misma. Todos los antiguos filósofos -Platón, Aristóteles, los presocráticos, etc.- aceptan el movimiento cíclico del todo. Aquellos que expresaron más este movimiento cíclico fueron los filósofos estoicos; os hablaré más abajo sobre esto.

Así pues, los que dudan que Cristo volverá al mundo y permanecen en esta opinión y punto de vista, en el enfoque de que Cristo no volverá al mundo, escuchad cómo lo dice el mismo Apóstol Pedro: «¿Dónde está la promesa de su presencia? Porque desde el día en que los padres durmieron —moriremos también nosotros— todas las cosas así se hacen desde el principio de la creación» (2 Pe 3:4). Vendrán otros y otros, y ellos morirán también; lo que ha sucedido en la generación pasada, en las anteriores generaciones… siempre pasaba y seguirá pasando. Veis cómo, con simples palabras, lo formula el Apóstol Pedro, teniendo delante de él cristianos que dudaban sobre la Segunda Parusía-Presencia de Cristo; por eso dijo el pasaje anterior.

Por tanto, todo el tema es de la siguiente manera: puesto que el cielo y la tierra se hicieron del agua y por el agua, y el agua fue la materia, el instrumento, podríamos decir, por el que Dios castigó entonces al mundo pecaminoso en tiempos de Noé, así también ahora Dios ha atesorado, ha sobreescondido y ha almacenado fuego dentro de la materia de la que se constituyen el cielo y la tierra; y con ese fuego otra vez inundará la creación para hacer desaparecer el mal y a los impíos.

Este es el argumento y la razón del Apóstol Pedro. Es decir, tenemos un acontecimiento anterior, que es el cataclismo de Noé. También tendremos un acontecimiento posterior: el cataclismo, no de agua, sino de fuego. Y como entonces hubo un acontecimiento, así también posteriormente tendremos un acontecimiento que es la catástrofe del todo por el fuego.

¡Estas son las cosas que nos dice el Apóstol Pedro! Pero permitidme tomar el texto detalladamente, porque contiene mucha riqueza.

Es notable la frase: «…ὅτι οὐρανοὶ ἦσαν ἔκπαλαι καὶ γῆ ἐξ ὕδατος καὶ δι᾿ ὕδατος συνεστῶσα τῷ τοῦ Θεοῦ Λόγῳ…», es decir: «que los cielos estaban desde el tiempo antiguo y la tierra que provino, salió del agua y por el agua subsiste y está asentada, y fueron hechos y asentados por el agua y por el Logos de Dios» (2 Pe 3,5).

Existe la siguiente interpretación de Ecumenio: «La tierra era de agua; el agua fue como la causa material de la que se hizo la tierra; el agua es lo que contiene, cohesiona y conjunta la tierra».

¿O sea?

Tal y como ahora interpreta Trémpelas: por el agua y el Logos se ha co-realizado y creado la creación de la tierra. Agua y Dios Logos hicieron la tierra.

¿Lo imagináis, queridos míos, qué verdad maravillosa existe en este punto? Observad:

Hace algún tiempo, en otro tema sobre el Génesis, decíamos que Dios hizo el cosmos-mundo por la luz. «Y dijo Dios: hágase la luz; y se hizo la luz» (Gen 1,3). Y decíamos que el principio del mundo se hizo por la energía; la luz es energía. Y hoy sabemos muy bien -porque lo hacemos también en los laboratorios- que de la energía se puede hacer materia y de la materia se puede hacer energía. Esto lo conocemos y tenemos también fórmula matemática y experimental del rendimiento, productividad y demostración.

Pero aquí, cuando el θεόπνευστος (zeópnefstos: inspirado de Dios) escritor dice que Dios creó la tierra por el agua, esto significa que el primer elemento de la materia que se hizo de la luz era el hidrógeno. Pero en su época el hidrógeno no era conocido, ni siquiera como nombre, porque no sabían que el agua se compone de dos gases, el oxígeno y el hidrógeno.

Y el agua es tan abundante dentro de la creación que diríamos que el hidrógeno, como material, es lo más abundante dentro de la creación, porque tenemos dos partes de hidrógeno y una de oxígeno para hacer el agua. Por tanto, cuando dice que la tierra se hizo «por y de agua», hoy en día, en el lenguaje actual, diríamos que los elementos materiales se hicieron por el hidrógeno que está contenido en el agua; y «de o por el agua» es una manera o forma de expresión. Los elementos materiales se hicieron del hidrógeno.

Pero el hidrógeno es el primer elemento que tenemos después del paso o traspaso de energía a materia, porque el hidrógeno es el cuerpo material más simple, que está constituido de un protón y un electrón. Es el más simple. Cuando, pues, dice «por el agua», significa que la creación, la ya creada creación material, así se hizo.

Decidme, ¿es o no es maravilloso esto?

Y, si queréis, en concreto os puedo decir también algo más. Un físico inglés llamado Prout dice literalmente: «Todos los elementos, es decir, los 92 elementos que existen dentro de la creación, son distintas condensaciones del hidrógeno». O sea, que son partes múltiples del hidrógeno. Esta teoría debe ser, de alguna manera, matizada, porque también intervienen otros factores. Pero no es el momento para desarrollar eso; no hace falta. Solo os digo que existe esta tesis.

Realmente, en el catálogo que hemos hecho nosotros, los hombres, sobre los elementos de la creación -que son 92-, el orden en serie en el que los hemos puesto es el orden del número específico, es decir, de cuántos protones contiene en su núcleo cada materia.

El hidrógeno tiene un protón; el helio tiene dos protones; el litio tiene tres protones; el berilio tiene cuatro protones; el boro cinco protones; el carbono seis protones; el nitrógeno siete protones; el oxígeno ocho protones; el flúor nueve; el neón diez, etcétera. Esto quiere decir que tantos protones tiene cada uno en su interior.

Esto significa que, si en un átomo de hidrógeno añadimos un protón, hemos creado el helio; si añadimos otro, hemos creado el litio. Por lo tanto, tenemos repetición del hidrógeno. ¡Es sorprendente y admirable!

Una cosa más, si queréis. Así se hace hoy en distintos laboratorios, cuando hacemos disoluciones químicas y las llamamos reacciones nucleares, etc. Solo una cosa os digo, muy a grosso modo, porque era y es muy conocido este sueño de la Edad Media, el sueño de los alquimistas: es decir, cómo haremos de los metales viles metales nobles, cómo haremos oro a partir del hierro. ¡Sueño! Y mezclaban ciencia y magia.

Hoy en día, pues, sabemos que el hierro tiene como número específico el veintiséis, es decir, tiene veintiséis protones en su núcleo. Sabemos también que el oro tiene en su núcleo setenta y nueve protones. ¡Si conseguimos introducir protones dentro del núcleo del hierro y completar hasta llegar al número setenta y nueve protones -cosa muy difícil-, entonces el hierro se convertirá en oro! ¡Pero esto es dificilísimo; hace falta más dinero del que haría falta para comprar el oro!

Así que diríamos que el mundo se ha hecho por la repetición del hidrógeno, a grosso modo, aunque no es una expresión del todo exacta. ¿Y el hidrógeno de dónde? De la luz. ¿Y la luz? «Dijo Dios: hágase la luz; y se hizo la luz» (Gen 1,3).

He aquí cómo se ha hecho la creación; he aquí cómo «los cielos y la tierra se han hecho por el agua». He aquí está el «por el agua», porque el agua contiene el hidrógeno, que no podía el Evangelio escribir «hidrógeno» -lo repito-, porque el hidrógeno entonces no era conocido.

Pero dice una cosa más: no dice solo «del agua», dice también «por el agua». ¿Qué quiere decir «por el agua»? «Del agua» quiere decir que empieza del hidrógeno; y «por el agua» quiere decir que multiplico el hidrógeno y hago los elementos que existen, que son nuestros conocidos noventa y dos elementos que componen nuestro conocido mundo material.

¿No os impresiona esto, amados míos? Volveré a poneros la frase del Apóstol Pedro: «…ὅτι οὐρανοὶ ἦσαν ἔκπαλαι καὶ γῆ ἐξ ὕδατος καὶ δι᾿ ὕδατος συνεστῶσα τῷ τοῦ Θεοῦ Λόγῳ…», es decir: «que los cielos estaban desde el tiempo antiguo y la tierra que provino salió del agua y por el agua subsiste y está asentada, y fueron hechos por el Logos de Dios» (2 Pe 3,5). Aquí dice: ἐξ ὕδατος καὶ δι᾿ ὕδατος, del agua y por el agua. ¿Qué significado tiene esta expresión?

Pero aquí pone también un tercer factor: «…συνεστῶσα τῷ τοῦ Θεοῦ Λόγῳ…», fueron hechos o constituidos por el Logos de Dios. Sí, porque estas cosas no se hacen al azar. ¡Se han hecho por el Logos de Dios! ¡Νούς Nus, Genio sabio, ha hecho todas estas cosas, ¡y este Nus es Dios! Porque dentro de esta sabiduría, sin duda, no podemos hablar de suerte.

Ahora, amados míos, escuchad y elogiad:

«οἱ δὲ νῦν οὐρανοὶ καὶ ἡ γῆ τῷ αὐτοῦ Λόγῳ τεθησαυρισμένοι εἰσὶ πυρὶ τηρούμενοι εἰς ἡμέραν κρίσεως καὶ ἀπωλείας τῶν ἀσεβῶν ἀνθρώπων». Es decir: «Pero los cielos y la tierra que existen ahora llevan atesorado dentro de ellos fuego que ha sido dado, atesorado por el Logos, y está guardado para el día del juicio y la perdición de los hombres impíos» (2 Pe 3,7).

Cuando dice «cielos», no son cielos espirituales; no es el espacio en el que está Dios o los ángeles. Aquí «cielos», para el Apóstol Pedro, son los cuerpos materiales celestes: son las estrellas, las galaxias, son las incontables estrellas del cielo; por eso pone en plural «los cielos», y significa el universo. Así que los cielos también tienen materia. Claro, esto hoy ya lo sabemos.

Cuando fuimos a la luna, hemos tomado un poco de tierra de ella y la hemos traído aquí, a la tierra. Ya lo sabemos: todo el universo es material. Dice, pues, que los cielos y la tierra, por el Logos de Dios, han sido atesorados; es decir, han almacenado en sí mismos “fuego”. Es decir, que la materia esconde en su interior fuego.

Cierto que esto no es difícil que lo veáis. En principio, ¿no sacamos el fuego de la materia? Todas las plantas, ¿no contienen en su interior el sol? Sí, contienen el sol. ¿Por qué las maderas se queman? Porque, cuando la planta crecía, tomaba energía. Hacía fotosíntesis; tomaba la energía, el rayo solar, la luz, y la hacía materia. ¡Terrible y admirable! La planta tomaba la radiación solar, la luz, la energía, y la utilizaba para crear materia orgánica, la madera. Y nosotros, después, tomaremos la madera -¡sabiduría-sofía de Dios!- y la pondremos en nuestra chimenea para sacar aquello que ha tomado del sol. Es decir, que ha tomado fuego, luz, energía.

Tomad un hierro y golpeadlo con otro: sacará chispa. Pero no es esta la chispa, cuidado. Que la materia del universo contiene fuego, hoy lo sabemos. No es simplemente este fuego visible, sino que es la energía nuclear, la cual es cierto que no se libera fácilmente; es difícil que nosotros podamos hacer esto. Esto es obra de Dios. Pero, sobre todo, lo que tiene importancia es que el mundo material, es decir, la materia, tiene en su interior la llamada energía nuclear.

Este pasaje, escuchad cómo lo interpreta Trémpelas: «Los cielos y la tierra traen, llevan tesoros de fuego; se ha almacenado fuego en los cielos y la tierra». Veis que insisto: no utilizo interpretaciones mías, sino de intérpretes reconocidos, porque uno puede decir que interpreto equivocadamente.

Por tanto, el Apóstol Pedro, ni más ni menos, nos quiere decir que el universo se inflamará entero por la energía nuclear. ¿Lo captáis, lo entendéis esto?

Sobre esto vamos a ver lo que escribe Isaías 34,4:

«Se fundirán todas las dinamis (fuerzas, energías, potencias) de los cielos, y el cielo se enrollará y se doblará como un libro, y caerán todas las estrellas, como caen las hojas de la parra y como caen las hojas de la higuera».

San Nicodemo el Hagiorita tiene el siguiente ejemplo: «Igual que cuando tomas una hoja de papel y la quemas, entonces se contrae y hace ruido —lo veremos sobre el ruido— y también cambia de forma, esto es lo que sufrirá el cielo; y dice que se doblará como libro y todas las estrellas caerán como en otoño las hojas de los árboles».

Pero cuidado: este fuego, entonces, es creado, no increado. Es el que está contenido dentro de la materia; por lo tanto, fuego creado, luz creada, energía creada. Ahora bien, este fuego que está dentro de las estrellas, en la tierra, esto lo sabemos ahora por la ciencia; y san Nicodemo el Hagiorita lo dice, doscientos cincuenta años atrás, de la siguiente manera:

«La naturaleza del fuego y la energía que se encuentra atesorada, almacenada en el cielo o en el éter del cielo, y la que se encuentra en los senos de la tierra, tendrá que reunificarse, concentrarse toda en un lugar por la pantocrática, todopoderosa y omnipotente voluntad de Dios. De esta recolección se ha de hacer aquel río legendario del cual dijo Daniel: “Un río de fuego salía delante del trono del Juez-Cristo”. Todo este cosmos-mundo material, y todo el mega, enorme volumen y masa del todo, difícil de imaginar, se ha de hacer como un horno candente… un horno candente miríadas y millares de veces ardiendo…, dentro del cual han de estar quemándose cielos, elementos, plantas, animales irracionales y hombres pecadores, todos quemándose».

Es decir, esto que ahora tememos -un enfrentamiento nuclear que se puede producir sobre la tierra, si chocan las llamadas «Grandes Potencias mundiales»-, sí, eso pasará alguna vez. Pero se hará no por guerra de los hombres entre ellos, sino que se hará dentro de la creación, cuando Cristo vuelva.

Provoca admiración y sorpresa, amados míos, la opinión de san Gregorio Palamás. Naturalmente, san Nicodemo el Aghiorita, al escribir estas cosas, no sé si tenía plena conciencia e información, tanta como la que podemos tener nosotros hoy en día con los datos de la ciencia. Por eso me sorprendió mucho la opinión de san Gregorio Palamás a la que se refiere san Nicodemo (porque se refiere a los cuatro elementos de la creación, que un poquito más abajo os diré), que nuestro fuego conocido -este fuego que tenemos- será consumido por aquel fuego fino, que no es más que la energía nuclear del universo, tal como la llamamos hoy en día.

Y comenta el siguiente ejemplo: «¡Tal como este fuego come, consume las maderas, y este fuego conocido nuestro, el que quemamos, es muy fino en relación con las maderas; así también el fuego aquel que saldrá de dentro de la materia consumirá, ¡comerá también este fuego que utilizamos! Y es tan grueso este fuego en relación con el fuego que está en la materia, como si fueran maderas gruesas».

¡Esto es asombroso, maravilloso! Porque uno ve que la energía nuclear realmente es incomparablemente superior al fuego que nosotros producimos poniendo maderas a quemar, carbón, etc., para cocinar nuestra comida. ¡Es asombroso! Yo esto lo considero muy importante de la manera que lo formula san Gregorio Palamás.

Aún más, el Apóstol Pedro dice que: «…los cielos pasarán con gran estruendo, ruido…» (2 Pe 3,10). Pues, pasarán de la corrupción a la incorrupción por y con un estruendo fuerte.

¿Qué será este ruido? ¡Es difícil para uno observar y captar estas cosas! Sabemos y decimos que las explosiones del sol son terribles; se hacen y se seguirán haciendo mientras exista el sol. Pero estas explosiones no llegan aquí a la tierra, porque no hay un medio que transporte y transmita el sonido, ya que no existe atmósfera suficiente. La atmósfera está solo a unos cuantos kilómetros por encima de nosotros, más o menos 500 km, pero después se va afinando y afinando, quedando muy fina, y naturalmente no puede hacer portadora del sonido. Por eso no oímos al sol cuando tiene sus explosiones.

¡Pero aquí dice que los cielos producirán este cambio suyo con y por estruendo, con terrible ruido! Aquí otra vez nos vemos obligados a recordar la explosión nuclear. ¿Cuándo cae una bomba nuclear, qué explosión y ruido hace?

Y continúa el Apóstol Pedro: «…y los elementos ardiendo serán desechos, disueltos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas» (2 Pe 3,10). ¿Cuáles son estos elementos que serán quemados?

Según san Nicodemo el Aghiorita, son los cuatro elementos conocidos que componen el cosmos-mundo: el agua, el fuego, el aire y la tierra. Pero según otra opinión más posible, son los cuerpos celestes, es decir, el sol, la luna y las estrellas. Esta apreciación está sostenida y seguida inmediatamente por el texto que dice: «…elementos y tierra…». Por consiguiente, la tierra no es «los elementos», sino «elementos y tierra».

Y realmente, escribe Isaías: «y se disolverán todas las dinamis (fuerzas, potencias y energías)) de los cielos». Y Cristo, ¿qué dice? «…se removerán todas las dinamis de los cielos».

Las δυνάμεις dinamis no son los ángeles, sino los cuerpos celestes. Es decir, significa que no son los cuatro elementos que os he dicho, sino que es el universo que realmente se inflamará, se encenderá. O sea, que todas las estrellas se encenderán, todo se encenderá.

Es digno de destacar que se utilizó el verbo «λυθήσονται (lizísonte)», se disolverán, se desatarán. Todos los elementos se quemarán, se disolverán y se desatarán.

Homilía 85. Pero esto, lo «λυθήσονται (lizísonte) disolverán, desatarán», concierne a los cuerpos celestes o a estos elementos que existen aquí encima de la tierra, nuestros conocidos noventa y dos elementos, no aquellos elementos efímeros y fugaces de laboratorio. Parece ser que serán abrasados, es decir, cambiarán de composición y se harán otra cosa.

Y qué más es esto, no lo conocemos. El Apóstol Pablo dice que las cosas que Dios ha preparado: «cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Cor 2,9). Es decir, estos no fueron objetos de deseo, porque exactamente no han podido permanecer y pasar dentro de la percepción del hombre, ya que son secretos increados, inexplicables, inefables e indecibles, y como tales no es posible que sean captados y comprendidos. «Oí, logos (dichos) secretos indecibles e inexplicables», dice el Apóstol Pablo. Pero todas estas «son las cosas que Dios ha preparado para aquellos que le aman» (1 Cor 2,9).

Pero la frase de que todas aquellas cosas que están sobre la tierra se quemarán podría entenderse como referida a las obras de la phýsis (naturaleza), de la ciencia, del arte, de la tecnología y, en general, de la civilización y de la cultura. Todas estas serán quemadas.

¿De verdad hemos pensado alguna vez que lo que existe sobre la faz de la tierra pasará, se irá, se quemará y no quedará nada?

Sin duda es admirable el esfuerzo del hombre que, con su ciencia, busca descubrir tantas cosas sobre la tierra. Por ejemplo, tomad el tema de la arqueología o de la paleontología. En las profundidades de la tierra encontramos el pasado, sea como naturaleza -plantas y animales que vivieron alguna vez- o como civilización. Excavamos y lo descubrimos. La ciencia paleontológica y el azadón arqueológico traen estas cosas a la luz pública.

No sé si alguna vez habéis ido a algún museo para ver los hallazgos de la paleontología, o para contemplar la admirable riqueza mineral de la tierra, o incluso las primeras obras de la civilización humana, como las cuevas de España y de Francia, donde encontramos pinturas realizadas por los primeros hombres primitivos.

Todas estas cosas son admirables y no son vanas. Por la ciencia podemos conocer nuestra historia y prehistoria, y podríamos acercarnos más a Dios. Si la investigación realmente nos ayuda a hacernos personas más espirituales -en el sentido fino y profundo de la palabra, es decir, a poseer el Espíritu Santo— entonces no es vana la ciencia, ni el arte, ni la cultura.

Pero si estas cosas alejan al hombre de Dios, entonces pueden convertirse en un argumento, tentativa o un instrumento para pisotear y apedrear a Dios.

Por ejemplo, cuando constantemente se susurra en nuestras escuelas contemporáneas la teoría del desarrollo o de la evolución, presentada de tal manera que los alumnos se alejan de la enseñanza del Evangelio -que afirma que el hombre es creación de Dios- y aceptan que el hombre es obra del azar o de un simple proceso evolutivo o del mono que el mono demonio ha metido en la mente de algunos, ¿no creéis que esto dificulta al hombre el encuentro con Dios?

De todos modos, sea lo que sea, todas estas cosas un día se quemarán, se disolverán; no quedará nada. Constituyen una forma, un esquema de este mundo. Podemos alabar a un artista o a un científico porque ha alcanzado altas cumbres del conocimiento y ha ofrecido grandes servicios; pero eso también es una forma pasajera. Solo permanecerán su fe y su amor (agapi). Solo eso quedará.

Si yo, o cualquiera, como investigador, por ejemplo microbiólogo, ha descubierto un microbio y ha contribuido a combatir una enfermedad, y lo ha hecho para la gloria de Dios y por amor al prójimo, eso permanecerá. Es exactamente lo que dice el Señor en el Evangelio según Marcos: «Os aseguro que un vaso de agua dado en mi nombre, no está perdida, tendréis vuestro salario, o recompensa» (Mc 9,41).

Es decir, si la ciencia, el arte y la cultura se unen a Cristo, se dignifican. Si no se unen a Cristo, se desdignifican. Repito: como son formas del siglo presente, no suframos ni nos aflijamos, amados míos, si no hemos conseguido algo.

Permitidme deciros, por amor; no presionéis exageradamente a vuestros hijos si alguna vez no han conseguido entrar en una escuela superior. No se acaba el mundo por eso. No pasarán hambre. No viven solo los que terminan grandes universidades. Hemos convertido en ídolos la ciencia y el arte -en general, las llamadas “bellas artes”- y creemos que solo así nuestros hijos progresarán; que solo así se realizarán, tendrán valor y podrán vivir, si conseguimos que alcancen esas cimas. Eso es arrogancia.

Os lo ruego mucho: tened cuidado con esto.

¿Sabéis cuál puede ser el resultado de presionar a vuestros hijos para que consigan, como sea, aquello que quizá vosotros no conseguisteis, o aquello que, por orgullo, queréis que logren a toda costa? Puede ser que vuestro hijo enferme. Puede ser que se rompa por dentro. Puede ser que su sistema nervioso se derrumbe. Y entonces, ¿qué hacemos?

Seamos sencillos. El valor de estos temas es orientarnos espiritualmente: saber quiénes somos, dónde vivimos, qué será de nosotros y qué será de todas estas cosas que nos rodean. Entonces comprenderemos que todo lo que vivimos aquí tiene un valor relativo. Valor absoluto solo tiene el hombre, porque está llamado a permanecer en la eternidad. Todo lo demás cambiará de forma, de estructura, de “esquema”. Cambiarán las civilizaciones, las culturas, las ciencias, los sistemas políticos, las tecnologías. Cambiará incluso la configuración del universo. Pero el hombre —como persona— no será sustituido por otra cosa ni disuelto en la nada. Permanecerá y será el mismo.

Escribe san Nicodemo el Aghiorita que san Teofilacto de Bulgaria decía que no solo los cristianos creen en la corrupción o corrosión de todo por el fuego, sino también algunos filósofos helenos.

Cierto que sabemos que la ciencia contemporánea cree en la llamada muerte térmica del universo, a pesar de que no se trata de una catástrofe por fuego, sino de la caída de toda energía superior a energía térmica, como sabéis, hasta alcanzar un mismo nivel. Por lo tanto, tendríamos una “inmovilidad” del universo, es decir, una muerte del universo, la llamada “muerte térmica del universo”.

Por supuesto, no se trata de una agitación o perturbación del universo en el sentido de que este fuego saldrá, como energía, de dentro de la materia y cambiará el universo; no es lo mismo esto. Pero podemos decir que también nuestra ciencia nos habla de un cambio de las cosas. Nos habla de una muerte del universo en ese sentido, no con el significado de regeneración o renovación.

Pero quizá esto que decían los antiguos helenos fuese el fuego de los filósofos estoicos, que tenían la concepción de una catástrofe periódica y un renacimiento del universo; es decir, en una eternidad cíclica, diríamos. Decían que el universo, en algún momento, arde, se renueva y empieza otra vez la vida y las obras de los hombres, etcétera; pero, después de algún tiempo, vuelve a arder, y entonces tenemos un envejecimiento y una renovación.

Quizá esto quería decir san Nicodemo cuando se refiere a Teofilacto, que decía que los helenos, además de la Santa Escritura, se referían a una renovación del universo por fuego.

¿En qué tiempo se hará esta combustión del universo y cuál será su duración? ¿Cuánto tiempo durará?

Sobre el tiempo de la combustión, contestaríamos que el Señor lo conoce; nosotros no sabemos nada. Pero lo que sí conocemos es que la Santa Escritura nos informa que esta catástrofe y recreación o renovación del universo coincide con la Segunda Parusía-Presencia de Cristo, la cual será de repente, «como el ladrón en la noche» (1 Tes 5,2). Esto, en particular y repetidamente, se recalca en la Santa Escritura. Es decir, en otras palabras: la recreación del universo, la destrucción del universo por el fuego y su renovación no coincide con las previsiones científicas.

Para que tengáis una imagen muy sencilla, os digo lo siguiente: el sol, según las mediciones, puede vivir todavía algunos miles de millones de años. Nuestro sol, este que alimenta su sistema planetario, entre cuyos planetas estamos también nosotros, la tierra, después empezará a perder energía en tal grado que no podrá retener los planetas que giran a su alrededor. La edad de nuestro sol se calcula en casi cinco mil millones de años, y por lo tanto tendría que vivir otros tantos años más o menos. Esto como previsión científica.

No quiere decir que esta destrucción y renovación del universo vaya a suceder, digamos, en nuestro barrio cósmico, por causa de nuestro sol, dentro de cinco mil millones de años. Quiero que entendáis que las cosas que estamos diciendo no tienen ninguna relación con las previsiones y los cálculos científicos.

Todas estas cosas acontecerán con la Segunda Parusía-Presencia de Cristo, la cual no está delimitada por previsiones científicas.

¿Pero qué valor tiene una previsión?

La previsión tiene el siguiente valor: que el universo, igual que nuestro sistema solar, puede potencialmente morir; y no podemos hablar de una eternidad de la materia y de la energía en la forma en que las conocemos.

Y así, el materialismo -aunque no solo en este punto, pues son muchísimas las cosas que podrían decirse-, el materialismo en su base está superado, es obsoleto. El materialismo que en el siglo pasado (la homilía es de 1982) estaba en su cenit, ahora solo conserva algunos reflejos. Hoy en día está en bancarrota.

La verdadera ciencia no se apoya en el materialismo. Otra cosa es si la ciencia sirve a propósitos, finalidades e intenciones políticas. Si sirve a intencionalidades ideológicas es otra cuestión; pero la verdadera ciencia no puede permanecer en el materialismo, lo repito una vez más, porque el materialismo está ya caducado.

El Apóstol Pablo, en la primera epístola a los Corintios, nos dice: « He aquí, os revelo un misterio nuevo y desconocido: “No todos dormiremos o moriremos, pero todos seremos transformados, cambiados y en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, (al final del último toque de trompeta); porque se tocará la trompeta (por el ángel), y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos metamorfoseados, transformados (es decir, todos muertos resucitados y vivos transformados tendremos el mismo cuerpo espiritual incorruptible)» (1 Cor 15,51-52).

Nos informa que la resurrección de los muertos, el cambio de vivos y muertos de la corrupción a la incorrupción, la ascensión de los justos y, a continuación, la combustión del universo, será instantánea, en tiempo átomo-indivisible, en tiempo cero.

Para darnos una imagen de que estas cosas se harán en tiempo cero, utiliza una formulación teórica y una imagen visible, práctica, y dice que sucederán «ἐν ἀτόμῳ (en átomo)», es decir, en un instante indivisible. Así como hablamos de una parte pequeñísima de materia indivisible, así también podemos hablar de un espacio indivisible de tiempo. Y dice el Apóstol Pablo: «ἐν ἀτόμῳ en atomo», que es indivisible.

Es decir, que la metábole (alteración, transformación) se hará en un tiempo que no puede dividirse más. En este caso diríamos que un segundo sería un tiempo grande; incluso milésimas de milésimas de segundo serían grandes en comparación. El tiempo será ínfimo.

Para que pudiera comprenderse su expresión «ἐν ἀτόμῳ», tanto si hablase del tiempo como si hablase de la materia, añadió inmediatamente: «en un abrir y cerrar de ojos».

Sobre la materia habló el filósofo Demócrito. La palabra átomo, en lo que respecta a la fisis (naturaleza), pertenece a Demócrito. Diríamos que ni el mismo Demócrito podría captar qué es el átomo, cuán pequeño es, tal como hoy lo sabemos.

¿Cómo, pues, podía representarse eso con una imagen visible para que Pablo fuese entendido? Simplemente, después de la palabra «átomo», añade «en un abrir y cerrar de ojos».

Naturalmente, el abrir y cerrar de los ojos no es tan breve como parece. Sabéis que puede equivaler aproximadamente a una fracción del segundo; en relación con lo que se quiere expresar, es todavía un tiempo grande. Pero no tenía otra imagen más accesible, y por eso dijo «en un abrir y cerrar de ojos».

Es decir, tal como abrimos y cerramos los ojos y no perdemos la imagen que vemos. Mientras yo os hablo, sin duda abro y cierro los ojos, igual que vosotros; ni yo pierdo vuestra imagen ni vosotros la mía. El gesto es rapidísimo. Sin embargo, no es tan rápido como parece; es la impresión que tenemos.

Conclusión, amados míos: en tiempo cero se harán todas estas cosas. ¡Es asombroso, maravilloso!

Hay una opinión científica -no sé si la habéis leído- según la cual el universo surgió en tiempo cero: pasó del no ser al ser y estar en un instante, aunque su desarrollo y transformación se hayan extendido a lo largo de un largo tiempo. Si esto que dice la ciencia fuese verdad, entonces también su transformación final podría realizarse en tiempo cero.

Pero este cambio está depositado en la Santa Escritura no como teoría científica, sino como verdad apocalíptica, revelada por el mismo Cristo. Lo dijo el Apóstol Pablo: «en logos del Señor» (1 Tes 4,15). “Tengo que apocaliptarles-revelarles algo… pero es un misterio; en logos del Señor”, es decir, que esto lo dijo Cristo, es logos del Señor.

A continuación, el Evangelista Juan, en su visión de la desaparición del cielo y de la tierra y de la aparición del cielo nuevo y de la tierra nueva -es decir, el mismo universo que pasa de la corrupción a la incorrupción- señala y dice: «…y el mar ya no existía más» (Ap 21,1).

Es decir, el sagrado Evangelista no ve mar en la tierra nueva.

Ya hemos mencionado lo que escribe san Nicodemo el Aghiorita, comentando a Mitrofanes, a Teofilacto y a Ecumenio: que el mar ya no existirá porque no será necesario para el hombre ni para las condiciones de la nueva creación.

Pero el mar es también símbolo. Primero, apunta al estado caótico y desordenado de la creación; después, como símbolo, el mar significa las naciones de las cuales surge la Bestia, el Anticristo, creo que os recordáis cuando hablamos sobre esto que “la bestia resurgió, salió del mar” (Apoc 13,1), es decir, de las naciones.  El mar, pues, simboliza dos cosas: el desorden del universo, porque dice que el universo estaba desordenado, no formado; y el segundo es que tenemos un modo de resurgimiento del mal, de proyección del mal, el ámbito del que emerge el mal.

Ahora bien, siempre como símbolo -lo repito-, la desaparición del mar en la nueva creación significa también la desaparición del mal, del pecado, de la acción diabólica y del desorden. Todas estas cosas ya no existirán.

Es lo que escribe el Apóstol Pedro en el mismo pasaje que os he leído: «Pero nosotros esperamos, según su promesa, cielos nuevos y tierra nueva, en los que habita la justicia» (2 Pe 3,13). Ya no habrá miedo de resurgimiento del Anticristo, ni desorden ni caos en el cielo nuevo y en la tierra nueva. Allí estará el reinado de la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios.

Muchos, por la aparente lentitud con que se realizan estas cosas, piensan que no se harán. Tanto por la magnitud de las cosas que en nuestro cerebro no llega a caber, como también tardan, algunos piensan y creen que no se harán.

Pero este fenómeno no es nuevo; es antiguo. Por eso el Apóstol Pedro, en su segunda epístola, responde a quienes dicen que el Señor tarda. Les contesta:

Primero: «no se retrasa el Señor en el cumplimiento de su promesa, como algunos creen; porque usa la paciencia, la tolerancia y la magnanimidad para con vosotros, no queriendo que nadie perezca, sino que todos por la metania se conviertan» (cf. 2 Pe 3,9).

Segundo: porque quiere que se complete el número de los santos, de aquellos que participarán en la Βασιλεία Vasilía reinado de la Realeza increada de Dios.

Como sabéis, en la Divina Liturgia, cuando concluye la santificación de los divinos Dones, decimos: «En cumplimiento de tu Βασιλεία Vasilía, Señor, celebramos este Misterio». Es decir, cuando se complete la Βασιλεία Vasilía de Dios en los santos (cristianos), cuyo número solo Dios conoce, entonces vendrá Cristo y tendrá lugar Su Segunda Parusía-Presencia.

Cerrando, amados míos, el capítulo de la παλιγγενεσία palingenesia regeneración, recreación y renovación del universo, lo concluimos con aquellos admirables logos del Apóstol Pedro. Os los leo sin analizarlos:

«Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas y fundidas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando sin miedo y apresurándoos con esperanza y alegría para la venida/ presencia del día de Dios… Así que vosotros, oh amados míos, sabiéndolo de antemano, vivid en nipsis alerta y vigilancia, no sea que enseñados y arrastrados de falsos profetas y maestros caigáis de vuestra fe de la verdad cristiana. Antes bien, creced en gracia (increada) y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesús Cristo. A Él sea la gloria ahora y hasta el día de la eternidad» (2 Pe 3,11-18).

Es decir, como veis y entendéis, nuestro comportamiento debe cambiar, para que no seamos engañados pensando que no existe nada más allá, y no caigamos de nuestro fundamento o sostén, que es el Cristo. Debemos esperar todas estas cosas que el Señor nos ha anunciado. Amén.

Yérontas Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo

Copyright: Monasterio Komnineon de la «Dormición de la Theotokos» y «San Demetrio», 40007 Stomion, Larisa.
Teléfono y fax: 0030 24950 91220
Traducción: Χρῆστος Χρυσούλας (Jristos Jrisulas), 28/6/2020 www.logosortodoxo.com

 

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