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May 09 2026

Ortodoxia y Helenismo en el mundo actual

 

ΟΡΘΟΔΟΞΙΑ ΚΑΙ ΕΛΛΗΝΙΣΜΟΣ ΣΤΟΝ ΣΥΓΧΡΟΝΟ ΚΟΣΜΟ Ομιλία του π. Γεωργίου Μεταλληνού την 10.02. 2002

Repasada traducción 09/05/2026

Ortodoxia y Helenismo en el mundo contemporáneo
Homilía por el protopresbítero Georgios Metalinós,

(Profesor emérito de la Facultad de Teología de la Universidad de Atenas, 10-2-2002)

 

Hablando uno sobre del Helenismo y la Ortodoxia, o de la Ortodoxia y el Helenismo, se aborda un misterio, literalmente un milagro que fue realizado en la Historia. Porque la unión histórica de estas dos dimensiones ecuménicas produjo una cosmogonía. Se creó un mundo nuevo, una auténtica “nueva era” (new age). Hablando teológicamente, recreó y reconvirtió por completo el mundo entero. Y la unión de estas dos magnitudes, como fuente inagotable de vida, riega y camina continuamente hacia la comunión, unión universal. Pero, en nuestra época, se plantea de forma hostil y decisiva la interrupción de este lazo que tanto ha beneficiado al mundo. Intentaré describir estas dos dimensiones, definiendo históricamente el momento de su encuentro y unión, así como la forma de interconexión de estas, subrayando a la vez las principales amenazas para la continuidad de esta unión en estos tiempos difíciles.

1 ¿Qué es el Helenismo?

El Helenismo es lo más elevado y sagrado que produjo el mundo en su trayectoria histórica y representa los límites o fines de su búsqueda redentora, de su resurrección y elevación hacia sus principios ontológicos (existenciales). Es la mayor creación en el mundo; es realmente la luz de la Οικουμένη (Icumeni: toda la tierra habitada o de toda la Orbe). No es racismo ni nacionalismo hablar así del Helenismo, porque lo que antes he dicho son conclusiones de congresos internacionales sobre la ciencia, conclusiones de la ciencia de la Historia.

¿Cuál es la esencia del Helenismo, de la Helenicidad?
a) La primera cualidad o propiedad esencial de la Helenicidad es la teocentricidad (diocentridad, Dios como centro). En nuestra historia helénica no ha existido nunca el ateísmo. El ateísmo, en su forma actual, es una creación de los europeos de los últimos siglos. Para determinar el valor o la desvalorización del hombre heleno de la Antigüedad, se hace referencia a su relación con lo divino, sea como sea que esto se entienda, con Dios.

Ἔνθεος (énzeos: “con el dios dentro o poseído de lo divino, “endiosado”) es el verdadero hombre en la tradición helénica. Ἐνθουσιασμός (enzusiasmós), “entusiasmo”, es la presencia de lo divino —de Dios— en el interior del hombre, y esto continúa hasta nuestros tiempos.

Θέωσις (zéosis; divinización, glorificación, deificación) ortodoxa, es la inhabitación (habitar) de Dios en el interior del hombre, el santo. Y hoy, para calificar a uno negativamente, se le dice ateófobo (no teme a Dios), el que “no tiene a Dios en su interior”. (“Eres ateófobo” o “no tienes a Dios en tu interior” es una frase muy característica en el habla diaria, que se refiere a una persona insaciable, iracunda y conflictiva).

Cuando el Apóstol Pablo calificaba a los helenos atenienses de su época como “muy piadosos, respetuosos con lo divino” (Hechos 17:22-34), decía la verdad.

b) Otra cualidad o propiedad constitutiva de la conciencia helénica es el humanismo; es decir, la valorización, el reconocimiento del hombre y de sus derechos humanos éticos. El humanismo helénico comienza con la conocida expresión del “hombre bueno y bondadoso” y culmina en el logos de Menandro (siglo IV a. C.): «¡Qué bello es el hombre cuando verdaderamente es hombre!».

Se trata de una catáfasis (afirmación positiva) del hombre y de su reconocimiento dentro de los límites del helenismo o identidad helénica, en armonía con la unidad de la vida humana, sin ninguna fragmentación de las áreas de la vida y de la acción del hombre. Un ejemplo clásico de esta afirmación y unificación es el espacio sagrado de Delfos.  El monumento de todos los siglos está estructurado en tres niveles. El primero corresponde al altar divino, es decir, a lo sagrado, «¡comenzar desde Θεός (zeós) Dios!»; el segundo es θέατρο (zeatro, palabra con la misma raíz que zeós-dios) teatro, entendido como escuela de la psique (alma), la “universidad” laica de la Antigüedad helénica; y el tercero es el gimnasio, lugar destinado al cultivo del cuerpo.

El hombre entero es acogido como psique-alma y cuerpo, exactamente igual que en la Ortodoxia, porque el hombre entero está creado «a imagen de Dios», conforme a su arquetipo el Θεάνθρωπος (Zeánzropos), Dios-Hombre, Cristo, y tiene como destino la «semejanza», es decir, la unión con lo Divino, la Θέωσις (Zéosis: divinización, glorificación, deificación).

Precisamente en estos temas, Dios-hombre, se observa la mayor convergencia entre Helenismo y Ortodoxia. Cristo es quien dijo que «el sábado fue hecho para el hombre y no el hombre para el sábado» (Marcos 2, 27). Este logos debería constituir el fundamento de todas las instituciones humanitarias y sociales del mundo. Porque significa que todas las instituciones están al servicio del hombre, sirven al hombre. A todo hombre.

Porque todo hombre es, como criatura de Dios, superior a todo el mundo. «¿Qué dará el hombre a cambio de su psique-alma?» (Mateo 16, 26). El humanismo Helénico se valida y culmina en el Evangelio de Cristo.

c) Otro elemento de la helenicidad o identidad helénica es la αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado, altruista) a la verdad, creada por el ateniense Clemente de Alejandría (b 215), como “búsqueda de la verdad”. Esto es la filosofía helénica. Los helenos no hablamos sobre sabiduría-sofía sino de filosofía, es decir, amor, amistad a la sabiduría-sofía, que es un movimiento dinámico hacia la Sabiduría-Sofía que finalmente es el Dios. Sofía-Sabiduría de Dios era para nuestros antepasados la “diosa” Atenea. Para los helenos Ortodoxos sabiduría-sofía de Dios es el Cristo.

Este movimiento del Helenismo hacia la verdadera Sabiduría-Sofía, existencial, es reconocida en un logos del Apóstol Pablo hacia los Corintios: “Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría” (1Cor 1,22). El Judío exige, solicita, mendiga. Espera pasivamente lo esperado, igual que los Testigos de Jehová esperan el Armagedón, la gran Guerra de Dios, para que ellos también tomen las armas (sólo entonces…) para someter a todas las naciones de la tierra y así vivan una vida majestuosa, principesca­mente durante mil años en el paraíso milenarista. Los helenos no mendigamos, buscamos para encontrar. Y “el que busca, encuentra”, como dice Cristo (Mt 7,8).

Clemente de Alejandría, al decir que la Filosofía Helénica “es búsqueda de la verdad”, insinúa también cuál es esta verdad. Y esto lo ha interpretado y determinado San Cipriano de Caledonia (†258). La verdad, dice, es Aquel, es decir, Persona, que fue el único que se atrevió en la Historia a decir: «YoSoY la Verdad» (Juan 14, 6), es decir, Jesús Cristo.

A Él, en definitiva, buscaban en sus elevaciones espirituales los antiguos helenos-griegos en todos los ámbitos: la ciencia, el arte, el derecho, como verdad, belleza, justicia. Las diversas manifestaciones y aspectos de la única verdad indivisible e íntegra se concentran en el Helenismo en una Persona, no en esquemas ideológicos abstractos. Era el “Dios desconocido y anónimo” que buscaban los Atenienses. Por eso yo acostumbro a decir, que el Apóstol Pablo en el Areópago ateniense no destruyó, ni distorsionó, ni alteró la búsqueda helénica. Simplemente la giró y la dirigió hacia el Cristo diciendo: «Hombres Atenienses, por todo lo que veo, os considero muy piadosos. Al recorrer vuestra ciudad y contemplar vuestros monumentos sagrados, me he encontrado incluso un altar con esta inscripción: “Al Dios desconocido”. Pues bien, lo que vosotros respetáis y veneráis sin conocerlo, eso es lo que yo os vengo a anunciar” (Hechos 17:22-23). Es decir: Aquel a quien buscáis en vuestra ignorancia, ese os proclamo, os revelo/ apocalipto; o sea, a Jesús Cristo, buscado por el Helenismo.

d) Una virtud helénica es también el reconocimiento de los límites o fronteras del logos (razón o lógica). El helenismo nunca conoció un racionalismo de tipo europeo occidental, tal como lo expresa san Agustín con aquella célebre frase «credo ut intelligam» (creo para entender). En este enfoque, la διάνοια (diania: mente, cerebro, intelecto, inteligencia) se convierte en el receptor final y en el último misterio.

Este planteamiento, llevado más lejos, llega hasta Descartes, quien decía: «cogito ergo sum» (pienso, luego existo). El proceso intelectual como fundamento de la existencia.

Sin embargo, en el helenismo, tanto antiguo como cristiano-ortodoxo, es desconocida la absolutización del logos recto o razón correcta” (racionalismo occidental), algo que tomó forma concreta en la Revolución Francesa, bajo Robespierre, cuando la «diosa ratio razón» fue adorada en la persona de una prostituta desnuda dentro de Notre Dame de París. Para los helenos, la transgresión de los límites del logos (razón) se considera ὕβρις hibris (como en la tragedia antigua).

 (Hibris: Para los antiguos griegos era, injuria contra la voluntad divina y el orden natural.)

e) Importante en el Helenismo es también la concepción social de la verdad. “Decir o estar en la verdad es participar en comunión”. Ya Heráclito en un fragmento dice que cuando compartimos (comulgamos) de algo entonces estamos o tenemos la verdad, pero cuando usurpamos algo entonces vivimos en la mentira. Κοινωνία (kinonía: conexión, participación, comunión o sociedad), significa precisamente compartir los bienes, no usurparlos, apropiarlos indebidamente. Por eso la Divina Ευχαριστία Efjaristía se llama también Θεία Κοινωνία (zía kinonía) Divina Comunión. El Cristo «se reparte sin dividirse (sin fragmentarse) entre los que participan»; se comparte sin fragmentarse en nosotros que somos personas separadas.

La κοινωνία kinonía, la relación fraterna, es la verdad. Es decir, para nosotros los helenos la verdad es una experiencia y no una seca hipótesis y proceso intelectual. Por eso el Simposio (banquete) es a lo largo del tiempo, diacrónicamente el epicentro de la existencia helénica. Pero el simposio fraternal –comida, cena- presupone “corazón bueno”, y eso es lo que siempre deseamos los helenos-griegos al alzar las copas. Es la “pureza de corazón” de nuestra Fe, “con corazón puro te glorificamos Señor”, cantamos en la Pascua.

g) El heleno-griego cuando es auténtico y genuino, respeta y reconoce la otredad. Acepta al otro y lo otro. La célebre frase tan citada por algunos “todo el que no es heleno es bárbaro”, no tiene una connotación racista. Significa la diferencia de civilizaciones. Sabéis que, desde los tiempos de Tucídides, incluso también los helenos de las regiones occidentales eran llamados “bárbaros”, porque estaban en niveles culturales más bajos y hablaban de modo ininteligible difícil de comprender. Por eso Sócrates en “Fedro” observa que, para ocuparnos de importantes problemas existenciales, debemos examinar qué dicen los sabios Helenos y también “los sabios de los barbaros”. Ellos también tienen sabios.

La catáfasis (afirmación positiva) de la otredad se ve desde la más remota antigüedad en nuestras colonias. Nunca tomaban forma de guetos, sino que iluminaban a todos los pueblos vecinos y los instruían en nuestra cultura. Las colonias de Europa occidental que condujeron a los países en repúblicas bananeras desde el siglo XV y después, son desconocidos en el oriente heleno-ortodoxo.

 

2 ¿Cuál y qué es la Ortodoxia?

1. Todo esto creo que es suficiente para definir indicativamente la Helenicidad o identidad helénica. ¿Pero cuál y qué y es la Ortodoxia? El otro elemento multidimensional de nuestra Identidad. Diciendo Ortodoxia damos a entender el Cristianismo en su expresión auténtica, en las personas y la experiencia de nuestros Santos. Una dimensión teantrópina (divino-humana) como es la Ortodoxia, no se puede definir, es decir, no puede encerrarse en una definición. Sólo convencionalmente me atrevería a decir que la Ortodoxia es la conciencia de la presencia del Dios Increado dentro de la Historia y la posibilidad del hombre creado llegue a convertirse y hacerse dios “por jaris, gracia, energía increada”. “El Dios se ha manifestado en carne y hueso” (1Tim 3,16), históricamente se hizo Θεάνθρωπος (zeánzropos), Dios-Hombre, para divinizar, deificar al hombre y santificar el mundo. Esta es nuestra Fe.

Ό Θεός Λόγος (o zeós logos) el Dios Logos, Jesús Cristo está en el mundo incluso antes de su encarnación, desde el principio de la creación. El Cristo como segunda persona de la Santa Trinidad crea el mundo. Dios-Padre no se manifiesta nunca en mundo. El Yahvé-Jehová del Antiguo Testamento es el Cristo (el Logos increado) “no encarnado”, que opera sin Su naturaleza humana en el Antiguo Testamento y “encarnado” en el Nuevo Testamento.

La Ortodoxia es el Cristo, Su Logos increado, Su energía increada y Su vida increada. Sin Cristo no hay teognosía (conocimiento de Dios). Por eso la Ortodoxia no se identifica con ninguna religión, es decir, con ningún intento de tender un puente hacia Dios. Antes de que nosotros amemos a Dios, Él nos ama; “Él nos amó primero” (Jn 4,10). Qué vamos a ofrecer nosotros a Dios, ¡puesto qué Él es “el que ofrece, el ofrecido y el transmitido”! (Divina Liturgia).

La Epístola a los Hebreos, el primer libro litúrgico de la Iglesia, manifiesta que con nuestra Fe los sacrificios helénicos y judaicos fueron superados y abolidos. El Dios crea y mantiene el mundo y lo sana y salva por agapi (amor, emoción de energía increada). “16 Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo aquel que en él cree no perezca, sino que tenga vida eterna. 16. Porque de tal manera Dios amó a los hombres del mundo hundido al pecado, hasta el punto de entregar, por muerte en la cruz, a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree tenga vida eterna y no sea autocondenado a la perdición eterna (Jn 3,16).

A Dios-Padre le conocemos “en Cristo”, en la persona de Jesús Cristo. No hay otra posibilidad de teognosía que la gnosis empírica de Dios en Cristo. Recordando a Heráclito, mediante la participación al Θεάνθρωπο (zeánzropo) Dios-Hombre, Χριστός (jristós) Cristo. Con la Divina Comunión o Efjaristía participamos en Cristo, en Su Cuerpo y Sangre. Así participamos de la energía increada común de la Santa Trinidad, y si hay pureza e ilustración en el corazón llegamos a la iluminación y a la Zéosis (divinización, glorificación, deificación). Por eso sólo en Cristo hay sanación y salvación: “Y no hay salvación en ninguna otra persona y de ningún otro modo, porque no se nos ha dado por Dios a los hombres ningún otro nombre debajo del cielo para salvarnos todos” (Hec 4,12). No hay nadie más que pueda sanarnos y salvarnos sino sólo Jesús Cristo. El Cristo es la única posibilidad de salvación, es decir, de Zéosis. Por eso el Cristianismo Ortodoxo no es una simple religión o religiosidad (creada por los hombres), sino apocalíptica, revelación de Dios. Sin Cristo no hay Cristianismo, no hay sanación ni salvación. Si perdemos o suspendemos a Cristo y nos quedamos con una forma de religión abstracta, entonces practicamos una religión, pero no somos cristianos Ortodoxos. Ortodoxia significa capacidad y posibilidad de Zéosis-salvación. En este punto encontramos el criterio para todos los diálogos interreligiosos de nuestra época.

Para no teorizar más y no cansaros con enseñanzas teóricas, cuando alguien quiera vivir de cerca la Ortodoxia, que visite en las Islas Jónicas a nuestros santos Esperidón, Teodora, Gerásimo y Dionisio, donde se conservan sus reliquias incorruptas y milagrosas, y allí comprenderá qué es la Ortodoxia. Cristo se ha encarnado para con Su Jaris (gracia energía increada) convertirnos y hacernos “dioses por la jaris (gracia, energía increada)”; es decir, lo que Él es por Su naturaleza. Y esto se adquiere dentro de la Iglesia, en el Cuerpo de Cristo, en la comunión en Cristo, cuando uno vive plenamente dentro de la Iglesia. Por eso psalmodiamos: «A nosotros mismos, los unos a los otros y toda nuestra vida, encomendémosla a Cristo nuestro Dios». Entreguemos toda nuestra vida a nuestro Cristo Dios.

2. Y a continuación surge la relación especial entre Helenismo y Ortodoxia, y también la superación del Helenismo dentro de la Ortodoxia. La mayor institución de la helenicidad o identidad helénica, tanto en Atenas como en Esparta, era la Iglesia, es decir, la congregación Municipal o Ayuntamiento y el Laós-Pueblo. La asamblea del Laós (pueblo) era el poder supremo, no los gobernantes, ni sus axiomas. Los gobernantes y funcionarios eran siervos-diáconos de todo el cuerpo del laós-pueblo. Por eso políticamente hablamos de ministros, es decir, siervos, y eclesiásticamente hablamos de diáconos, también siervos. Si quieren saber, la palabra hebrea qahal (de Yahvé), proviene del griego y significa sinagoga, congregación. Iglesia es la reunión, la asamblea del cuerpo, del pueblo. Y de la Iglesia (asamblea) del Municipio (o Ayuntamiento) hemos pasado a la Iglesia de Cristo. El término fue plenamente aceptado, porque la Iglesia de Cristo nació y se organizó en el ambiente helenístico. En el mismo espíritu se mueven ambas realidades. De la Εκκλησία του Δήμος (eklisía tu dimos) Asamblea del pueblo (municipio o ayuntamiento), donde el papel decisivo lo tenía la mayoría o el quórum legal en la toma de decisiones, pasamos de manera natural y sin dificultad a la Iglesia (asamblea) del Cuerpo de Cristo, que tiene validez solo con la presencia (espiritual) de Cristo, es decir, espiritualmente y no jurídicamente. Donde está Cristo, allí también está la Iglesia (Mt 18, 20). La Divina Ευχαριστία Efjaristía es la culminación de la presencia de Cristo en Su Iglesia, y por eso la Divina Liturgia es el centro absoluto de la vida de la Iglesia.

3. El encuentro entre Helenismo y Cristianismo comienza en Palestina en el siglo I d.C. Palestina estaba completamente helenizada, y sobre todo su parte norte, la «Galilea de los gentiles», era claramente helénica-griega, con muchas ciudades helénicas.

En el año 33 d.C., después de Pentecostés, es perceptible la presencia del elemento heleno-griego en la vida de la Iglesia. Los nombres de los «Siete», que luego fueron llamados «diáconos» (Hechos 6), son griegos (Esteban, Timón, Parmenás, Nicolás, etc.), porque pertenecían a los judíos «helenistas», (o de matrimonios mixtos helenos con hebreas y viceversa). El Apóstol Pablo fue el mayor helenista del siglo I.

Cristo, por otra parte, al igual que sus discípulos, hablaba también helénico-griego. Y esto se ve en el capítulo XII del Evangelio de San Juan, en el encuentro de Cristo con los Helenos, que querían verle. Entonces el Cristo dijo aquella frase famosa y asombrosa: «Ha llegado la hora en que va a ser glorificado el Hijo del hombre. [Ha llegado la hora definida por Dios, para que sea glorificado el Hijo del hombre y con su crucifixión y su ascensión será reconocido como Mesías y Redentor también de los helenos que en este momento representan también todo el mundo de las naciones»]. Es decir, ha llegado el momento de que se revele se apocalipte el Θεάνθρωπος Dios-Hombre, (es decir, hombre, como caracteriza al Mesías el profeta Daniel). Porque esta manifestación-apocálipsis de la Deidad de Cristo, no es la Resurrección (hecho natural para el Dios-Hombre), sino la Cruz, el padecimiento o pasión y muerte. ¿Pero cómo muere cuando es Dios? ¿Cómo se mortifica la autovida y la fuente de la vida? “¿O cómo muere la vida y habita en la tumba?”. Estos «cómo» encierran el Misterio del Θεάνθρωπος (Zeánzropos) Dios-Hombre.

Los “Siete” de los Hechos encarnan también otra coincidencia entre Helenismo-Cristianismo: la noción de servicio (diakonía). En la vida pública, ya los antiguos atenienses hablaban de «liturgias» como la forma más alta de servicio al conjunto social. En la lengua eclesiástica cada obra que se refiere al conjunto del pueblo se llama diaconía (servicio).

Primer diácono de nuestra Fe es nuestro Señor Jesús Cristo. Pero también en nuestra vida política, aquel que sirve al λαός (pueblo) se llama “υπουργός” (ipurgós), es decir, ministro (de ὑπό + ἔργον: “bajo la obra” o “al servicio de”), o sea, servidor del pueblo, no alguien superior, sino alguien que sirve. Nosotros, los helenos ortodoxos, no tenemos señores ni feudales, ni en la vida política ni en la eclesiástica, sino ministros y diáconos, es decir, servidores del pueblo.

Decía una vez a una alta personalidad de nuestro Estado, que me había honrado invitándome a un diálogo público: que un domingo, por ejemplo, antes de la Divina Liturgia, el Presidente del Estado y el Arzobispo deberían limpiar y embellecer la Catedral para que celebren el clero y el laós-pueblo. Esta exageración muestra la esencia del asunto.

Pero hablando en el lenguaje de Makrigianis (héroe ortodoxo heleno del 1821), nosotros elegimos a menudo servidores para que se conviertan en nuestros señores y tiranos. Es significativo, sin embargo, que en la toma de posesión de las autoridades locales (ministros, alcaldes, etc.), la oración de bendición dice sobre ellos: «que sirvan y no sean servidos». Han sido elegidos para servir, no para ser servidos. Esta es la Heleno-Ortodoxia. Todo lo demás que vivimos y se hace son cosas de papistas y francos…

Literalmente, sin embargo, el elemento heleno-griego predomina en la Iglesia de Cristo después del año 70 d.C., tras la destrucción de Jerusalén por el emperador Tito de Roma y la dispersión de su población. El Helenismo prevalece ininterrumpidamente sin resistencia con su lengua, su cultura, su celo. Es reconocido como el cuerpo histórico, la naturaleza humana de la Unión Teándrica (divino-humana) de la Iglesia.

El elemento divino es el Cristo, la Ortodoxia encarnada y personal. El elemento humano es la helenicidad o identidad helénica, liberada de los elementos temporales pasajeros y míseros. Todos los elementos permanentes o diacrónicos del Helenismo, como ya vimos, se incorporan en la Iglesia a través de sus santos Padres. El Helenismo fue conducido al “nuevo” hombre y a la “nueva creación”, la en Cristo κοινωνία (kinonía: comunión, conexión, unión, participación y sociedad). Ningún individualismo, ninguna oligarquía, ningún absolutismo de cualquier tipo puede llamarse heleno-ortodoxia nunca. De la democracia de los helenos nos hemos conducido a la igualdad, fraternidad y mismo valor de todos en el cuerpo de Cristo.

Las congregaciones del laós-pueblo de la Iglesia (fiestas, ferias, celebraciones) testimonian esta verdad, y principalmente la auténtica ortodoxia de nuestro monaquismo cenobitico (vida común), que conserva y salvaguarda “la en Cristo democracia”, que en la praxis o práctica se convierte en Cristocracia. Porque a donde reina el Cristo, allí co-reinan también los hombres renacidos en Cristo, convirtiéndose, incluso en este mundo, en ciudadanos de Su Realeza celestial e increada.

4. La unidad de los fieles del Cuerpo de Cristo tiene una cosa paradójica. Es internacional, supranacional e interracial, pero sin destruir y suspender la agapi (amor) hacia la patria. Las Potencias de este mundo nos empujan constantemente del nacionalismo a la desnacionalización, o al contrario. La síntesis entre nacionalidad y supranacionalidad es el misterio de la Ortodoxia. Cuando celebramos la liturgia alrededor de la santa mesa, ortodoxos de distintas nacionalidades, vivimos nuestra unidad interracial, internacional en Cristo más allá de razas y pueblos. Cada uno conserva su amor a la patria, pero todos vivimos en Cristo orientados hacia la patria celestial.

El Ortodoxo jerarquiza la nacionalidad a la internacionalidad y la patria terrena a la celestial, la patria eterna.

El gran Sócrates en su diálogo con Kritón dice: «La patria es más digna de honor que la madre, el padre y todos los demás antepasados; y es más venerable y más sagrada ante los dioses y los hombres que tienen entendimiento». San Gregorio el Teólogo, nuestro Padre más helenista y el nuevo Sócrates de la sabiduría, afirma en el siglo IV: «Es sagrado honrar a la madre. Cada uno tiene su propia madre, pero la patria es la madre común de todos», (epístola 37). Por lo tanto, el amor a la patria queda legitimado y reconocido tanto helénicamente como cristianamente. Además, la patria para nosotros los heleno-ortodoxos es un concepto religioso-teológico. Porque el Dios estableció las fronteras o límites de las naciones, dentro de los cuales podemos realizarnos todos los hombres, cada uno en su nación y en su patria (Hechos 17, 26).

San Cosme de Etolia, este “nuevo Pablo” del Helenismo, codifica toda la enseñanza en relación y resulta: “Mi patria es terrenal y vana, (es decir, pasajera), está en los lugares de san Artis, del pueblo Apócuron de Euritania… Mi patria eterna está en los cielos”. Esto no es un logos antinacionalista y antipatriótico, sino que se jerarquiza la patria terrenal y temporal, puesto que “esperanzamos la resurrección de los muertos y la vida del siglo futuro” en la patria celestial y eterna. Así que en la patria terrena aprendemos a vivir una continua elevación y movimiento hacia lo alto: “Hacia lo alto levantemos nuestros corazones, ¡hacia la patria eterna!”

5. Todo esto lo vivimos con la continuación de la παιδεία (pedía) pedagogía, educación helénica dentro de nuestra Iglesia. Παιδεία (pedía) educación para el Helenismo, antiguo y cristiano, es educación del hombre, instrucción, configuración y formación integral del hombre completo en un verdadero hombre, es decir, en hombre divinizado, el Santo. No es simple transmisión de conocimientos, sino cultivo interior, para poder incorporarse en la κοινωνία (kinonía: conexión, participación, comunión, y sociedad) en Cristo, viviendo fraternalmente con todos nuestros semejantes. Y esto se logra cuando la sociabilidad vence al individualismo. Ahora ya no vivimos en el YO sino en el NOSOTROS, acostumbraba decir Makriyanis. Mientras que el estadounidense aprende a decir «his problem», el griego ortodoxo aprende a decir: «Su problema es también mío».

Este es el fruto de la verdadera educación heleno-ortodoxa, que no es sólo tarea de la escuela (colegio), sino también de la familia y de la sociedad. Heleno-ortodoxo es aquel que no puede comer cuando su prójimo pasa hambre. Este es el verdadero heleno-griego ortodoxo, el “Ρωμιός Romiós”.

El término “romiós” no es nuestro nombre nacional —que es “heleno”—, sino que significa el ciudadano ortodoxo de la Nueva Roma, Constantinopla. Por eso algunos se definen como “romiós”, es decir, heleno-griego ortodoxo. Ningún cristiano occidental puede llamarse “romiós”, y por eso este nombre es combatido.

La educación del heleno-ortodoxo, como dice san Basilio el Grande en su obra clásica “A los jóvenes”, conduce a la preparación de otra vida distinta, que es la vida en Cristo. Todos los demás aspectos o dimensiones de nuestra vida (matrimonio, carrera, etc.) se subordinan y cooperan con este objetivo.

La eternidad empieza ya en este mundo y hacia ella conduce la educación de nuestros jóvenes, cuando está de acuerdo y conforme con nuestra tradición heleno-ortodoxa. Nuestros santos son orgullosos de su origen y de su educación helénica. San Basilio el Grande se jactaba frente a los “arqueólatras, adoradores de la antigüedad” de que su madre Emelia descendía de Heráclides, de los Dorios. ¿Quién de nosotros puede presumir hoy de algo semejante?

Nuestros grandes Padres son sucesores de los antiguos grandes filósofos helenos. San Gregorio el Teólogo, san Gregorio de Nisa son entre los más helenistas de nuestros Padres también en educación, formación. San Focio el Magno, el gran Patriarca. San Efstacio de Tesalónica el gran Confesor. San Gregorio Palamás el Megadidáskalos (Megamaestro), y tantos otros.

Puede que algunos, por razones de ascetismo extremo, desprecien la educación helena-griega, pero son corregidos por otros Padres.

San Gregorio el Teólogo (siglo IV) controlando y refutando estas tendencias extremistas, afirma: «No debemos despreciar la educación, formación porque así lo crean algunos». ¿Y quiénes son estos? Los “excesivamente ortodoxos”, los fanáticos, que dejan de ser verdaderamente ortodoxos cuando caen en el fanatismo.

Así fue reconocida y dignificada la educación helénica -las letras helénicas- en nuestra tradición sagrada y patrística. Cuando el imperador Juliano el Apóstata (361-363) prohibió a los cristianos estudiar a colegios helénicos, los jerarcas como san Gregorio el Teólogo, Nonos de Panopolis etc., empezaron a escribir poemas en el antiguo heleno para que pudieran aprender los hijos de los helenos cristianos. Así ofrecían la oportunidad de aprender la lengua de sus antepasados.

El mismo san Gregorio el Teólogo cuando fue provocado por un tal Staguirio, quien era arqueólatra (adorador antiguo culto pagano), que presumía de su educación clásica, le respondió: «¿Eres ático en tu educación? También nosotros somos áticos». Es decir, también nosotros poseemos educación helena-griega.

La educación heleno-ortodoxa libremente se convierte en kerigma (predicación) en nuestros templos. Nuestro culto todo está escrito en esta lengua. Por eso no se debe cambiar el lenguaje de nuestro culto, (que se hagan traducciones, sí, pero para ayudarnos). Quienes insisten en cambiar la lengua de nuestra liturgia o culto actúan de manera anti-nacional, porque conducen a perder la posibilidad permanente de preservar nuestra lengua griega, la lengua histórica de nuestro pueblo.

Nuestro culto es el arca permanente de nuestra lengua. Esto se ve especialmente hoy en día. Y se logró mediante una decisión histórica del Patriarcado Ecuménico en el siglo XVI. En aquella época, cuando las propagandas religiosas occidentales utilizaban la “lengua demótica” (popular) para ejercer su propaganda, la Etnarquía decidió: que la lengua de la Divina Liturgia permaneciera intacta, pero que la predicación se hiciera en la lengua popular del pueblo. Así se salvó la lengua helena-griega en todas sus formas a través del tiempo.

La Helenicidad o identidad helénica co-camina con la Ortodoxia y se preserva y se salva dentro de ella. Esto lo confiesan los Grandes hombres de nuestra Etnia. “Cuando tomamos las armas, dijimos primero por la fe y después por la patria”, decía el gran héroe Kolokotronis. “Patria y Fe”, quería salvar también Ioannis Makriyannis.

Y el filósofo, intelectual francés Jacques Lacarrière decía en 1998: «El heleno-griego, en la Ortodoxia, se siente en su casa». Lo que para otros es evidente, para algunos de los nuestros no lo es…

6. Sin embargo, el mundo actual crea dos grandes peligros, amenazas, para la continuidad de la unidad entre Helenismo y Ortodoxia.

La primera amenaza proviene del pasado: es el neopaganismo o neoidolatría. Como constatamos —y lo digo como investigador especializado—, la mayoría de estos movimientos y grupos están impulsados por centros situados fuera de Grecia. Los grupos neopaganos, que hacen todo lo posible por restablecer como religión oficial de nuestro país el Dodecateón (los doce dioses del Olimpo), impregnado además de ocultismo, apocrifismo occidental, no proceden de un movimiento nostálgico de los griegos modernos hacia la antigua religión de nuestros antepasados, sino de esfuerzos organizados en Suecia, Francia, Italia, etc., para descomponernos y disolver la cohesión de nuestra Etnia, nación.

Paralelamente, operan en nuestro país unas 450 organizaciones pararreligiosas o, más correctamente, «cultos catastróficos, destructivos», como se denominan en Europa. Son sectas hinduistas y budistas, pero en esencia grupos ocultistas, procedentes de los Estados Unidos, que campan y hacen y deshacen a su antojo descontroladamente por Europa y Grecia. Así desgraciadamente nuestro país se ha convertido en un campo sin control, sin vallas. Se mueven y actúan completamente sin supervisión, ya que los servicios secretos correspondientes hace algunos años casi están disueltos y nadie controla ni vigila estos grupos desastrosos, para detectar sus actividades anti-helénicas.

Los movimientos neopaganos quieren hacernos retroceder al año 146 antes de Cristo, como si no hubiéramos continuado nuestra presencia histórica. Y sin embargo, en 1821 demostramos que vivimos todos esos siglos y que florecimos en el Bizancio Heleno (Romanía, o Romea) y en el período postbizantino, en el seno de la Iglesia Etnarca (Patriarca, guía espiritual) que guiaba a la nación. (Εθνάρχης Etnarca se llama el Patriarca que solamente dirige espiritualmente la nación o etnia cuando está esclavizada o dominada por un enemigo exterior, puesto que no se pueden ejercer los poderes políticos). Todo lo valioso que poseía el Helenismo se conservó dentro de la Iglesia.

Lo más precioso que tenía el Helenismo ha sido salvado en la Iglesia.

El vivificante logos helénico, la forma más viva de la lengua helena-griega, incluso hoy, se encuentra en la lengua de nuestro culto, en los himnos de la Iglesia, donde se conserva intacta la lengua helena a lo largo del tiempo, diacrónicamente, desde Homero hasta hoy en día. Mientras exista la Ortodoxia, se preservarán nuestro tesoro lingüístico y nuestra cultura. Fuera de la Ortodoxia, estas dimensiones o realidades se pierden.

El segundo peligro está relacionado con el futuro. Es la Nueva Era (New Age), que apareció en el plano político-militar como Nuevo Orden con la caída del llamado socialismo real y la Guerra del Golfo, o «el golfo-engaño del golfo», como la denomino.

La Nueva Era impone la globalización. No se trata de universalidad —es otra cosa— sino de globalización, es decir, la imposición de un esquema mundial (de la sociedad planetaria y del hombre planetario), que no se mueve solo en el ámbito de la economía, sino también de la cultura, porque estas cosas van juntas.

Como Ρωμιοί – Έλληνες romeos -helenos-griegos (es decir, griegos ortodoxos)— nos hemos acostumbrado a vivir en composiciones sociales multiculturales (diversas religiones, lenguas, culturas). Pero todo esto no es un fluir natural y espontáneo de la historia sin forzarla y del camino de la sociedad; mientras que ahora nos integramos en marcos construidos e impuestos desde un centro mundial, nuestra «metrópolis universal», como diría el difunto historiador Kostis Moskov.

No se trata de una ecumenidad o una universalidad de Alejandro Magno o de Apóstol Pablo, sino de una invención y creación de los arquitectos (masones) históricos de la Nueva Era. Y Cristo declaró: “Y será un rebaño y un pastor” (Jn 10,16), dando a entender la Iglesia como Cuerpo Suyo. Pero la pregunta es: ¿Un rebaño, sí, pero bajo quién Pastor?

La globalización cultural y la sociedad multicultural son, en esencia como hacer un puré, una homogeneización, pisoteando los pueblos y las culturas, para disolvernos a todos en el voraz crisol de la superpotencia mundial, que todos sabemos por quiénes es dirigida. Esto se hace con el holismo u holística de la Nueva Era.

Ολισμός καί ολιστικότητα, holismo (el todo es más que la suma de las partes) y holisticidad / carácter holístico / visión holística, significan: supresión de toda particularidad, nacional, religiosa, cultural, etc. y nivelación de todo, para reducirlo a ciertos principios puramente new age, que crearán la conciencia planetaria y hombres que voluntariamente se someterán a la degradante dominación del «Gran Hermano». La expansión de programas televisivos como Big Brother y Bar en muchos países sirve a este objetivo.

Tampoco puede considerarse inocente el movimiento para imponer legalmente el inglés como lengua oficial nacional, para que al final quede como única lengua, con nuestro consentimiento. Otra cosa es conocer bien muchas lenguas —también el inglés— y otra muy distinta despreciar y rebajar una lengua que es la raíz de la civilización europea y fundamento de la cultura mundial.

Esto decía en América, a científicos griegos y al pueblo: ¿por qué subestimar y sacrificar nuestra cultura, que durante miles de años ilumina al mundo y es acogida por los no griegos como salvación? Con nuestra cultura —antigua y greco-ortodoxa— nos mostramos como benefactores de la humanidad. Ese es nuestro papel histórico.

Porque es la cultura que salva los valores de la persona y de la sociedad mediante la integración armónica del hombre en la comunidad. Es el problema del «Parménides» de Platón: la relación entre lo uno y lo múltiple, que encontró su solución histórica en el Cuerpo de Cristo, la Iglesia.

El profesor de Harvard y consejero de presidentes de EE.UU., A. Etzioni, escribió hace años que, para superar los fracasados sistemas sociopolíticos, necesitamos el modo comunitario de existencia, la comunidad. Y me pregunto: cuando nuestros presidentes y primeros ministros visitan al presidente estadounidense, ¿han pensado alguna vez en decirle que lo que buscan sus asesores es la experiencia helena-griega de miles de años?

¿O no se ocupan de estas cosas y se sienten como parientes pobres ante el «líder del planeta»?

Decía san Basilio el Grande, el organizador del monacato cenobítico (vida común), que lo “común o las cosas comunes” de los Helenos continúan en la Ortodoxia; nuestras comunidades, que se están basando al monaquismo ortodoxo, son el eterno modelo heleno-ortodoxo social, sobre el cual se apoyó nuestro imperio Bizantino y al que debemos seguir su continuación histórica. Defensor de las comunidades fue el gran griego Ion Dragoumis, aunque no fuera un ortodoxo plenamente estricto.

La Nueva Era es caracterizada por sus «visionarios espirituales» como la era de Acuario. Esto significa que Acuario (el diablo) expulsa al Pez (Cristo). Vemos, pues, cuán profundamente llega esta cuestión. La era cristiana debe ceder ante Acuario, el Anticristo, que pretende el dominio del mundo entero.

7. Me preguntaréis: ¿Cuál es nuestra defensa, cuál es nuestra protección y armadura? Os contestaré no como sacerdote sino como un investigador historiador de cuarenta años.

El arca permanente de nuestra cultura y de todos sus componentes es nuestro cuerpo eclesiástico. Esto lo comprobamos en el espacio del Helenismo ecuménico (EE.UU, Australia, etc.), donde los ritmos de alteración son más rápidos. Allí el Helenismo se salva literalmente dentro de la Iglesia. Allí se preservan y se salvaguardan nuestra conciencia nacional y nuestra lengua.

Por eso combaten y guerrean tanto contra la Iglesia Ortodoxa. Aquí se encuentra también la raíz del problema de la no inscripción de nuestra religión ortodoxa en el carnet de identidad: para separar completamente el Helenismo de la Ortodoxia en todas las estructuras de nuestra vida nacional. Esa es la razón, y por eso resistiremos hasta la muerte.

La “Escuela Secreta” fue un cuidado informal de la Iglesia para enseñar la lengua y nuestra historia a los hijos de los helenos esclavizados por los turcos durante el imperio otomano. Y así nos hemos salvado con toda nuestra existencia histórica. Esto no pudo o no quiso comprenderlo el difunto profesor Alkis Angelou, y fue refutado de manera profundamente nacional y científica por el profesor Fanis Kakridis.

Si en nuestra larga esclavitud no hubiéramos tenido el arca de la Iglesia, habríamos terminado todos como «hanum» de los turcos o de los francos.

La Iglesia salvó nuestro modo de existencia, nuestra cultura, civilización y nuestro espíritu.

La Divina Liturgia es la fuente de nuestra cultura y civilización: «Levantemos los corazones» y «amémonos unos a otros». Esta «cruz» es nuestra cultura. Sin «corazón puro» no podemos acercarnos a Dios. Esto es lo que vivimos en nuestra Divina Liturgia; este es nuestro carácter ético y conducta que produce nuestra vida en la Iglesia Ortodoxa.

Dentro de esta arca, pues, salvaremos nuestra identidad. Por eso la cuestión de los documentos de identidad no es simplemente que se elimine un elemento de nuestra identidad nacional (pues después se eliminaría también la nacionalidad), sino el PORQUÉ se elimina —y eso ahora lo sabemos.

(El helenismo se cristianizó y no se helenizó el cristianismo como quieren decirnos algunos occidentales tergiversando la verdad de la historia).

Por el protopresbítero p. Georgios Metalinós, profesor emérito de la Facultad de Teología de la Universidad de Atenas).

Fuenta: https://www.impantokratoros.gr/metallhnos_orthodoxia_ellhnismos.el.aspx

Traducido por: Jristos Jrisoulas, www.logosortodoxo.com

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