
Archimandrita Georgios Capsanis († 2014)
Hegúmeno del Santo Monasterio de San Gregorio, Monte Athos
La tradición de la Iglesia, tal como se expresa en los santos Cánones, siempre ha comprendido la herejía y el cisma como medios terribles y abominables mediante los cuales el enemigo de la salvación intenta “dividir el Cuerpo de Cristo” para frustrar la salvación del hombre. [1]: (San Atanasio el Grande, carta al obispo Rufiniano, 12 Teófilo, 7θ Cartago, 28 Cartago, 29 Cartago). [01]. “El malvado, sembrando la siembra de cizaña de los herejes en la Iglesia de Cristo, al verlas cortadas de raíz por la espada del Espíritu, siguió otro camino de astucia, intentando con la furia de los cismáticos dividir el cuerpo de Cristo…” (13 AB).
Los Padres de la Iglesia, siguiendo la enseñanza del Nuevo Testamento, y especialmente la de san Pablo Apóstol y san Juan Evangelista, que condenan con gran severidad la herejía, no aceptaron jamás reconciliación ni convivencia con ella, rechazando considerarla bajo el prisma del relativismo o del escepticismo, como si fuera un intento equivocado pero noble y legítimo de interpretar la verdad cristiana.
Así, los que persisten en la herejía son considerados por los santos Padres como “impuros, sucios”, “adversarios de Cristo”, “sacrílegos y pecadores”, “enemigos y anticristos”, “a quienes el Señor llama enemigos y adversarios en los Evangelios” (Canon de Cartago), “muertos” (San Atanasio, Epístola festal 39), “enemigos de la verdad” (Canon 1º del VI Sínodo).
La herejía es además caracterizada como “engaño” y “depravación” que trae consigo la perdición (Canon 57 de Cartago); como “torcimiento” (Canon de Cartago); como “lamentable error” en el cual “han quedado atrapados” los herejes (Canon 66 de Cartago); como “comunión contaminada” (Canon 69 de Cartago); como “raíz de amargura que brota arriba”, la cual “se ha convertido en mancha para la Iglesia ortodoxa católica o universal: la herejía de los calumniadores de los cristianos” (Canon 16 del VII Sínodo).
La herejía, que abandona directa o indirectamente a nuestro Señor Jesús Cristo, Hijo de Dios, se convierte en idolatría encubierta (Canon 35 de Laodicea) y en ateísmo (“han caído desde la impiedad en el abismo de la perdición y de la impiedad misma”), por lo cual el que los sigue “sea expulsado y excluido del registro de los cristianos, como ajeno” (Canon 1 del VI Sínodo).
En efecto, quien sigue la herejía no tiene posibilidad de alcanzar el perfeccionamiento y la salvación en Cristo, puesto que, “separado de la unión eclesiástica” (Canon 69 de Cartago), o “por una discordia que perturba la unión del Cuerpo del Señor” (Canon 66 de Cartago), se aparta para ir allí donde la Iglesia no existe (Canon de Cartago), al “sínodo (concilio) de la apostasía”.
Los herejes se hallan “expulsados de toda comunión eclesiástica y desprovistos de toda energía increada espiritual” (Canon 1 del III Sínodo), estando bajo el dominio del diablo: “Dios les concederá μετάνοια metania y arrepentimiento para conocer la verdad y escapar de los lazos del diablo, en los cuales fueron capturados para hacer su voluntad” (Canon 66 de Cartago). [02]: De igual modo enseña San Gregorio de Nisa que mediante la herejía “se produce un traslado desde la Jerusalén celestial, es decir, desde la Iglesia de Dios, hacia esta confusión de dogmas” (según Eunomio, P.G., 45, 836 A).
Esta actitud severa de los santos Padres es consecuencia de su Eclesiología. Dado que solo existe una Iglesia (así como un solo Cuerpo corresponde a una sola Cabeza), es natural que quienes se separan de la Una Iglesia por la herejía o el cisma dejen de ser miembros del Cuerpo de Cristo y de poseer el Espíritu Santo. Su “casa queda desierta” y degeneran en una “iglesia de los que obran iniquidad y mala astucia” (Nicéforo el Confesor, Epístola III).
De ahí que los misterios de los herejes sean considerados nulos, puesto que carecen del Espíritu Santo. Entre los herejes no existe ni siquiera un verdadero bautismo ni crismación: “Sostenemos con certeza que nadie puede ser bautizado fuera de la Iglesia universal, la católica Ortodoxa, puesto que hay un solo bautismo y este existe solo dentro de la Iglesia Ortodoxa católica; por lo tanto, no puede haber en modo alguno crismación entre los herejes.”
La razón es evidente: “Entre los herejes, donde no hay Iglesia, es imposible recibir remisión de los pecados. Pues si en parte pudiese prevalecer, quien tuviera poder de bautizar tendría también poder de dar el Espíritu Santo; pero si no puede, por hallarse fuera (de la Iglesia), y no teniendo Espíritu Santo, no puede bautizar al que viene a él. Ya que hay un solo bautismo, un solo Espíritu Santo y una sola Iglesia fundada por Cristo nuestro Señor, sobre Pedro el Apóstol desde el principio, por eso todo lo que ellos hacen, siendo falso y vacío, es enteramente inválido.” (Canon de Cartago).[3] Véase también el canon 65 de los Apóstoles.
Este canon no constituye ninguna novedad en la Iglesia, sino que refleja la eclesiología del Apóstol Pablo: “Hay un solo cuerpo y un solo y el mismo Espíritu que os vivifica, como una es también la esperanza a la que habéis sido llamados todos. Hay un solo Señor, una sola fe de todos los Cristianos, un solo bautismo que han recibido” (Efesios 4, 4–5). Toda otra consideración de las herejías derrumbaría y destruiría este fundamento eclesiológico.
Con los Padres de Cartago concuerdan también los cánones 46 y 47 de los Santos Apóstoles: «Mandamos que sea depuesto todo obispo o presbítero que reciba el bautismo o el sacrificio de los herejes. Pues, ¿qué concordia hay entre Cristo y Beliar? ¿O qué parte tiene el fiel con el infiel?» (canon 47). «Si un obispo o presbítero… no bautiza al contaminado, es decir, al bautizado por los impíos, sea depuesto, porque se burla de la cruz y de la muerte del Señor, y no distingue entre sacerdotes y falsos sacerdotes». [04]: (Véase el canon 18 de los Apóstoles.)
Según el canon 57 de Cartago, los misterios (sacramentos) de los herejes contribuyen incluso a su condenación: «En la única Iglesia ortodoxa se incluyen todos los santos dones —salvíficos, eternos y vivificantes—, los cuales, para aquellos que persisten en la herejía, se convierten en causa de una gran condenación; para que aquello que en la verdad era para ellos un camino luminoso hacia la vida eterna, en el error se torne más oscuro y más condenado. Algunos, sin embargo, escaparon de esto, y al reconocer con rectitud a la santa Iglesia católica ortodoxa como su madre, creyeron y recibieron con amor de la verdad todos aquellos santos misterios.»
El hecho de que el bautismo de ciertos herejes y cismáticos sea considerado válido al convertirse a la Ortodoxia (cf. cánones 95 del VI Concilio y 7 del II Concilio Ecuménico) no significa que en sí mismos el bautismo o los misterios de los herejes sean válidos, ni según la exactitud o precisión (ακρίβεια akríbia) ni siquiera según la economía (οικονομία ikonomía). [6] (Según Jerónimo Kotsónis: “Dado que no existe una orden o mandato alguno, ni siquiera “por economía”, que reconozca el bautismo de los herejes por sí mismo como válido, significa que, incluso “por economía”, éste se rechaza como inválido” (“Bautismo de los herejes”, en Θ.Η.Ε., vol. 1, p. 1092).
No solo los herejes, sino también los cismáticos carecen de la Χάρις (jaris: gracia, energía increada) del Espíritu Santo: «Porque el comienzo de la separación de los apóstatas se produce por el cisma; y los que se apartaron de la Iglesia ya no tienen la Χάρις increada del Espíritu Santo sobre ellos, pues cesó la transmisión al interrumpirse la sucesión. Los primeros que se separaron de los Padres tuvieron la ordenación, y por la imposición de manos tenían el don, carisma espiritual; pero los que se desgarraron de ellos, al hacerse laicos, ya no tenían poder ni de bautizar ni de ordenar, ni podían transmitir a otros la Χάρις gracia increada del Espíritu Santo, de la cual ellos mismos habían caído. Por eso, a los que son bautizados por ellos, la Iglesia los manda ser purificados mediante el verdadero bautismo de la Iglesia» (San Basilio el Grande, canon 1). [7]: («Según la misma regla de San Basilio el Grande, los antiguos llamaron “herejías” a aquellos movimientos que estaban completamente separados de la Iglesia y cuyos seguidores se habían alienado, caído de la verdadera fe; y “cismas” a las disputas que surgían por algún motivo eclesiástico, y que podían resolverse mediante terapia, sanación, es decir, con reconciliación entre las partes. Finalmente, “para-sinagogas” llamaron a las asambleas organizadas por presbíteros o obispos desobedientes y por pueblos no instruidos…»)
A pesar de la distinción entre herejía y cisma, en la conciencia de la Iglesia ambos se consideran como separaciones del Cuerpo de Cristo. [8]:Véase también el canon 19 de Cartago: “Acerca de predicar la paz y la unidad, sin la cual la salvación de los cristianos no puede lograrse”. La enseñanza de los santos Padres es unánime, según San Ireneo: “Examina a aquellos que causan cismas, estando vacíos del amor de Dios, y buscando lo que es beneficioso para sí mismos, pero no la unión de la Iglesia; y por las causas menores y mayores dividen el gran y glorioso cuerpo de Cristo, y tanto como dependen de ellos”; por ello, entre los cismáticos “no puede lograrse nada de esta magnitud; tal es el daño del cisma” (Refutación de conocimientos falsos, IV, 33,7, BEPES, t.5, 155).
«Según San Juan Crisóstomo, aquellos que guardan la virginidad entre los herejes y los cismáticos no sólo no recibirán recompensa alguna, sino que se han hecho culpables del mismo castigo que los que fornican o cometen adulterio.» (Homilía sobre Efesios 11, §5. Véase también Filipenses 2, §3.) Según San Ignacio de Antioquía: “Quien sigue a quien divide, no heredará la βασιλεία (vasilía: el reinado de realeza increada) de Dios” (Epístola a Filadelfia III,3, BEPES t.2,277), y “Hijos de la luz de la verdad, huid del cisma y de las malas enseñanzas” (Epístola a Filadelfia II,1). Véase también el Pedalion, p.26.
«Llamamos herejes no solo a los que antiguamente fueron rechazados de la Iglesia, ni solo a los que después fueron anatematizados por nosotros, sino también a aquellos que, aparentando confesar la sana fe, se separan y se congregan aparte contra nuestros obispos canónicos» (canon 6 del II Sínodo (Concilio) Ecuménico). Quien se atreve a “apartarse” se considera «extraño y ajeno a la Iglesia, porque no solo acumula pecado sobre sí mismo, sino que se convierte en causa de corrupción y ruina para muchos» (canon 1 de Antioquía).
La causa de los cismas es el orgullo y la vanidad, que conducen a la ruptura de la unidad de la Iglesia y a la celebración de los santos misterios “por separado”, en altares extraños «contra la fe ortodoxa y el orden eclesiástico».[09]: Canones 10 y 11 de Cartago. Según N. Milas (p. 698): “El cisma se divide en dos categorías: cisma de fe y cisma de Iglesia. El cisma de fe es la separación de la Iglesia universal debido a diferentes interpretaciones o percepciones de ciertos elementos de la enseñanza eclesiástica, menos importantes o fácilmente solucionables. El cisma de Iglesia es la negación de la obediencia y sumisión a la autoridad eclesiástica legítima”.
Y puesto que el hereje carece de χάρις (jaris: gracia, energía increada) no puede conservar la condición de miembro de la Iglesia. El anatema no lo separa de la Iglesia, pues él mismo ya se ha separado al caer de la fe verdadera ortodoxa, sino que simplemente proclama ante el pueblo de Dios su autoexclusión, para salvaguardar la fe y la salvación tanto de él mismo como de los demás fieles.
Del mismo modo, quien se separa de la Iglesia Católica ortodoxa (es decir, de la Iglesia Universal Ortodoxa) por cisma, al carecer de la divina jaris increada, si es clérigo, es depuesto; si es laico, es excomulgado. [10] (Véase Apóstoles 30, Cartago 10, 13, 14 y 15 de AB. Los cánones 6 de Gangra y 11 de Cartago imponen la pena de anatema.)
Los epitimios (penitencias) eclesiásticos, también en el caso del cismático, no son arbitrarios, sino que reconocen el estado en que él mismo, por su voluntad, se ha colocado al separarse.
El canon 5 de Antioquía lo expresa con claridad: «Si algún presbítero o diácono, despreciando a su propio obispo, se separa de la Iglesia y celebra aparte, y levanta un altar propio, y no obedece cuando el obispo lo llama una y otra vez, sea depuesto totalmente y no tenga ya posibilidad de recuperación ni de volver a su dignidad. Y si persiste perturbando y escandalizando a la Iglesia con ayuda del poder civil, sea tratado como sedicioso. insurrecto».
Este canon indica también el método pastoral para el retorno de los cismáticos. Precede la primera y segunda invitación del obispo y la amonestación en privado; sigue la imposición de la destitución, como algo inevitable, y después de ella, en caso de que continúa escandalizando, incluso la corrección del que peca mediante la autoridad civil, para frenar su daño espiritual. El recurso a la autoridad civil no es falta de amor, pues mediante él, el que escandaliza al pueblo de la Iglesia puede ser detenido y llevado a la corrección para su propio bien.
La actitud particular de los pastores de la Iglesia hacia los herejes debe ser tal que no atenúe, debilite, ni en las conciencias de los miembros de la Iglesia ni en las de los propios herejes, el sentido de lo que es la herejía, como algo completamente incompatible con la Verdad de la Iglesia ortodoxa y causa de perdición psíquica y espiritual.La herejía es absolutamente contraria a la Ortodoxia. Es significativo que los Padres empleen los términos “Ortodoxia” y “Ortodoxo” no pocas veces (cf. cánones 1 y 3 del III Sínodo, 7 del II, 95 del VI, 2 de Teófilo) en oposición a heterodoxia, kakodoxia-mala o falsa doctrina y herejía. No puede haber comunión entre Cristo y Belial, ni entre la mesa de Dios y la mesa de los ídolos. Esta severa postura se adopta por razones eclesiológicas (porque solo hay una Verdad, un Cristo y una Iglesia) y por razones pastorales y pedagógicas.
Si los pastores de la Iglesia adoptan una actitud sincretista* frente a la herejía, el rebaño perderá su sensibilidad confesional y fácilmente caerá en el error, mientras que los herejes formarán la impresión de que no están lejos de la Verdad y, por tanto, de que no necesitan arrepentirse; * (el término sincretista se aplica a creencias, cultos o personas que mezclan elementos de distintas religiones, filosofías o tradiciones espirituales.) De ahí que la severísima actitud que prescriben los Santos Cánones hacia los herejes sea, en su fondo, una actitud verdaderamente filantrópica; por un lado, porque protege al rebaño de la corrupción de la herejía; y, por otro, porque despierta la conciencia de los mismos herejes e insinúa en ellos el llamado al retorno.
Esta filantropía escondida bajo la severidad de los Padres se manifiesta también en la distinción que ellos hacen entre la herejía, a la que aborrecen, y el hereje, al que aman.
Característico es el canon 33 de los Apóstoles, que ordena que los clérigos forasteros no sean recibidos en comunión sin cartas de recomendación.
Cuando las presenten, debe examinarse si son predicadores de la piedad, es decir, ortodoxos; y si no lo son, se les debe proporcionar lo necesario para su sustento, pero no admitirlos en la comunión eclesiástica. Bajo esta luz deben entenderse todas las medidas estrictas que imponen los Cánones respecto a las relaciones con los herejes. Estas medidas se refieren tanto al ámbito litúrgico como a la vida social.
Así, se prohíbe orar conjuntamente con herejes o cismáticos (canon 33 de Laodicea), o en general con excomulgados, incluso en el hogar, bajo pena de excomunión (canon 10 de los Apóstoles). El obispo, presbítero o diácono que ore junto con herejes queda excomulgado, y si les permite realizar algo como clérigos, es depuesto (cánones 45, 46, 65 de los Apóstoles; canon 9 de Laodicea). [11]: (Véase también la carta 11 de Niceforo de Constantinopla, donde los clérigos que habían convivido con herejes y se arrepintieron no celebran liturgia, pero, en ausencia de sacerdote, pueden bautizar, distribuir los dones consagrados, bendecir agua teofánica y conferir el hábito monástico.)
Igualmente, se prohíbe que los herejes impenitentes entren en el templo ortodoxo (canon 6 de Laodicea), o que asistan durante la celebración de la Divina Efjaristía (canon 9 de Timoteo de Alejandría). Los ortodoxos no deben entrar en los cementerios o santuarios de los herejes para orar (canon 9 de Laodicea), [12]: (Solo por necesidad se permite entrar en cementerios controlados por herejes para venerar reliquias de santos (Niceforo, Epístola 5: R.P.S., IV, 431 e).
También los que acuden a las tumbas de los falsos mártires herejes, pues quienes lo hacen son anatematizados (canon 34 de Laodicea). [13]: (También, en iglesias consagradas por herejes, los ortodoxos no deben entrar “en absoluto”, considerando esos lugares como “casas comunes” (carta de Niceforo, 3). Solo en caso de necesidad pueden entrar. La celebración de la Divina Liturgia solo se permite si el templo regresa a los ortodoxos y las puertas son consagradas por “obispo o sacerdote legítimo… con la oración correspondiente” (íd., 4).
Asimismo, los laicos ortodoxos no deben recibir bendiciones de los herejes, porque tales bendiciones son “irracionales” (canon 32 de Laodicea), ni celebrar festividades junto a ellos ni aceptar de ellos regalos festivos (canon 37 de Laodicea).
Los herejes no son considerados dignos de confianza por la Iglesia, y por eso no pueden ser admitidos como testigos en causas contra un obispo (canon 65 de los Apóstoles), ni como acusadores en juicios contra clérigos (canon 129 de Cartago).
Tampoco se permite que los ortodoxos formen lazos de parentesco con los herejes. Por tanto, se prohíbe el matrimonio con herejes, así como con los de otra religión (cánones 14 del IV Concilio, 72 del VI, 31 de Laodicea, 21 de Cartago).
Finalmente, es inadmisible que los obispos u otros clérigos, al redactar su testamento, dejen sus bienes a parientes herejes o les hagan donaciones en vida (canon 22 de Cartago). Y el obispo que deje parte de sus bienes a parientes herejes o paganos, es anatematizado incluso después de su muerte (canon 81 de Cartago).
Junto a estas medidas preventivas hacia los herejes y cismáticos, la Iglesia, a través de sus pastores, toma también medidas positivas para su retorno “a la ortodoxia y a la parte de los que se salvan” (canon 95 del VI Concilio Ecuménico). La Iglesia mantiene siempre abierta su puerta para el regreso de los herejes, con una condición: que haya una renuncia penitente de su error y una aceptación unánime de la Verdad.
Los herejes que se acercan a la Iglesia deben anathematizar “toda herejía que no piense como piensa la santa Iglesia católica y apostólica de Dios”, la Ortodoxa (canon 7 del II Concilio Ecuménico, canon 7 de Laodicea). La sinceridad de su deseo de unirse a la Iglesia se demuestra mediante una confesión escrita, en la que declaran que aceptan y deciden seguir en todo los dogmas de la Iglesia Católica Ortodoxa (canon 8 del I Concilio Ecuménico; San Atanasio el Grande, Carta al obispo Rufián “sobre los que tuvieron comunión con los herejes”). La catequesis de los herejes que regresan debe realizarse “con todo esmero” (canon 8 de Laodicea) antes de su admisión plena en la Iglesia.
Con el fin de facilitar el regreso de los herejes, la Iglesia Ortodoxa, en ciertos casos y bajo ciertas condiciones, acepta reconocer a los pastores que regresan desde la herejía su dignidad clerical (San Atanasio el Grande, carta al obispo Rufiniano, 12 Teófilo, 7θ Cartago, 28 Cartago, 29 Cartago).
Yérontas Georgios Capsanis († 2014)
(La Diaconía Pastoral según los Santos Cánones, ediciones Athos, 2003)
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/







