
Traducción repasada 08/11/2025
La Άσκησις (áskisis) Ascesis en la Ortodoxia
Por bienaventurado Yérontas Georgios Kapsanis
De su libro “Temas de Eglesiología y Pastoral”. Editado por Santo Monasterio de Grigoriu, Athos
Índice
1. La Áskisis según la Santa Escritura
2. Condiciones de la Áskisis Ortodoxa
1. La áskisis no es un fin, no constituye la finalidad en sí misma, sino el medio.
2. La áskisis activa la sinergia cooperación.
3. La áskisis es obra de todos los cristianos
4. La agapi (amor divino) y la áskisis
5. Carácter eclesiástico de la áskisis
6. La áskisis no desprecia el cuerpo
7. La áskisis tiene carácter escatológico
3. La modernización de la áskisis
[[De nuestro Miniléxico filocálico: https://www.logosortodoxo.com/filocalia/minilexico-filocalico/: 7. Ἄσκησις áskisis ascesis, práctica, ejercicio espiritual, físico, conceptual o matemático.
En la terminología Ortodoxa se llama así la lucha y práctica continua del hombre para aplicar y cumplir los mandamientos divinos y el método que usa para corresponder a la llamada de Cristo para entrar en Su realeza increada, (Mc 8, 34 Mt 11, 12). Son tres las etapas, la catarsis del corazón, la iluminación del nus y la zéosispor la energía increada, Jaris. La áskisis es una tarea de toda la vida, pero se consuma con el descanso de la απάθεια apázia (impasibilidad, sin pazos)
«En occidente la ascesis o (práctica espiritual) se relaciona con alguien que vive apartado del mundo y vive con lo mínimo en algún sitio apartado. Pero en la palabra ascesis en griego, su significado principal, se relaciona con todo el cuerpo de la Iglesia y jerarquías, patriarcas, obispos, sacerdotes, monjes anacoretas-hisijastas y fieles, que sin apartarse del mundo físicamente, sólo lo hacen espiritualmente, es decir, sin dejarse arrastrar por las pasiones (pazos) y las cosas mundanas que te arrastran a hacer lo malo, y esto es posible con la ayuda de Dios, que es quien siempre nos da la victoria. En el fondo sólo se trata de obedecer y aplicar cada día lo que Cristo como Cabeza de su Cuerpo (que es la Iglesia) dirija por el Espíritu Santo en nosotros (2Co 3:4-6; Mt 10:19; Mt 6:34 «no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán.»; Hec 5:32).»]
La Άσκησις (áskisis) Ascesis en la Ortodoxia
“Κύριε Ιησοῦ Χριστέ, ἐλεισόν με”
“Kyrie-Señor Jesús Cristo, compadécete de mí”
1. La Áskisis según la Santa Escritura
La Αγάπη (Agapi: amor incondicional, energía increada de la emoción del amor) atemporal de Dios hacia el hombre, que se manifestó magnánimamente después de la creación de Adán en el tiempo, constituye una continua invitación del Creador hacia la criatura para que esta responda a esa divina Agapi con su propia agapi (amor).
Es sabido que Adán fue creado άκακος ákakos (sin maldad) e inocente, y que, en el Paraíso, disfrutando de los bienes materiales y espirituales, ya estaba en comunión y conexión con Dios. Sin embargo, Adán dependía de sí mismo el sumergirse cada día más profundamente en el océano de la divina Agapi, cultivando una disposición agapítica (amorosa), que el Creador había implantado en su corazón. Así, el hombre podía desarrollarse cada vez más en Agapi (amor) y divino Έρως (Eros: amor ferviente, ardiente) – un amor cualitativamente superior- hasta llegar a la perfecta y bienaventurada unión con la Toda-Santa Trinidad. A través de la Χάρις (Jaris: gracia, energía increada), Adán se habría transformado en θεάνθρωπος (zeántropos: dios-hombre).
El Señor plantó en el Paraíso el árbol del conocimiento (gnosis) del bien y del mal, y le pidió a Adán que no comiera de su fruto. Si el hombre hubiera obedecido la voluntad divina y practicado la áskisis, haciendo buen uso de su libertad, habría ganado el camino de la zéosis (divinización, glorificación, deificación). La sinergia cooperación con la divina jaris increada, era esencial, incluso dentro del Paraíso. La áskisis de Adán, que consistía en obedecer fielmente la voluntad de Dios, era el medio para alinear completamente su voluntad con la voluntad del Padre Celestial, de modo que correspondiera plenamente a la Agapi divina.
Todos sabemos dónde habría concluido si Adán hubiera cumplido con el canon de la obediencia a través de la áskisis. Metamorfoseándose de belleza en belleza, de δύναμις (dínamis: potencia y energía) en dínamis, de doxa (gloria) en doxa, habría llegado a la zéosis, con el resultado de la impecabilidad y la inmortalidad.
Hoy lloramos y lamentamos por el pecado de Adán, cuyas consecuencias nos afectan a todos. Su desobediencia anuló la zéosis que habría alcanzado a través de la áskisis. El apóstata, el hombre desertor, rompió los lazos con la primera Iglesia, es decir, con la comunión del Dios Trino, los ángeles y los primeros en ser creados. Al apartarse de esta comunión, Dios lo separó de ella y comenzó a saborear los amargos frutos del árbol de la desobediencia.
No obstante, la oscuridad de su exilio no lo hizo impermeable al reflejo de la Agapi (amor) de su Padre, quien no cesó de llamarlo e invitarlo de innumerables formas y maneras para su regreso. El Padre Celeste, como buen pedagogo, utilizó todos los medios (promesas, amenazas, la ley mosaica, los profetas) para el retorno de Su pueblo, y a través de él, al mundo entero.
Sin embargo, ¡cuán difícil es para el hombre, después de la caída, negar su propia voluntad y adoptar la voluntad de Dios! El hombre, como imagen de Dios, se ha oscurecido. Su φύσις (fisis: naturaleza) se ha enfermado, el νούς (nus: ojo de la psique, espíritu y corazón como esencia) se ha oscurecido, y su voluntad se ha vuelto débil e indecisa, inclinándose más hacia el mal que hacia el bien.
La áskisis es ahora más necesaria que nunca para vencer esas debilidades, para la Katarsis de los πάθος (pasiones, vicios, adicciones, padecimientos) para fortalecer la voluntad hacia el bien, para adquirir las virtudes y aplicar la voluntad divina. Antes de la caída, la áskisis era un esfuerzo para cultivar una tierra fértil. Ahora, tras la caída, la áskisis se parece al esfuerzo para cultivar una tierra árida, desértica, llena de espinas y cizañas. Pero cuanto más difícil y dura es la áskisis, tanto más necesaria es. No es un simple esfuerzo físico, sino un esfuerzo integral del νούς nus, corazón y voluntad.
En el Antiguo Testamento, Dios llama a Su pueblo a lα μετάνοια (metania: arrepentimiento, giro del nus con la mente hacia su interior, arrepentimiento, introspección, conversión y confesión, cambio de mentalidad). Él les da la Ley, pero la metania y el cumplimiento de la Ley requieren de áskisis. La áskisis no consiste solo en cumplir los mandamientos (como el Decálogo), sino en seguir muchos otros rituales, ayunos, festividades y catarsis variadas. A través de todos estos medios, el propósito es uno solo: que la áskisis del hombre consista en hacer la voluntad de Dios tanto en los grandes como en los pequeños asuntos de su vida diaria.
Cuando los ayunos se reducen a una mera práctica exterior, sin una renovación interior y sin metania, los profetas no dudan en censurar la hipocresía y la injusticia de aquellos que se muestran devotos y hacen ayuno de forma ostentosa. Isaías nos recuerda que el ayuno verdadero no consiste solo en abstenerse de alimentos, sino en disolver la injusticia, liberar a los oprimidos, perdonar a los pecadores y ayudar a los necesitados. “No he elegido ni establecido yo tal ayuno, dice el Señor, sino que desata todo lazo y vínculo con la injusticia. Anula y rompe los acuerdos perversos que, por violencia y coacción, has hecho con los demás. Envía libres a los que están quebrantados por el dolor y la desgracia, y rompe todo contrato de trato injusto. Corta tu pan y compártelo con el pobre. Recibe en tu casa a los sin techo; si ves a alguien desnudo, vístelo, y no muestres indiferencia ni desprecio hacia los de tu propia casa. Si cumples estas cosas, entonces brillará como el amanecer la alegre luz de tu paz y de tu gozo. Pronto surgirá la curación de tus heridas y se restaurará tu salud. Tu virtud irá delante de ti, y la doxa-gloria increada de Dios te rodeará siempre” (Is 58:6-8).
San Juan el Bautista, el eslabón que une el Antiguo y el Nuevo Testamento, es un modelo perfecto de ασκητής (askitís: asceta, practicante). Lo mismo ocurre con la profetisa Ana, que “no abandonaba el templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones, de noche y de día” (Lucas 2:37). Ambos fueron dignos de recibir el Espíritu Santo y de reconocer al Mesías.
¿Qué significan los cuarenta días de ayuno del Salvador en el desierto? ¿Acaso no es un acto de extrema filantropía y humildad por parte del Señor, quien quiso dejarnos un ejemplo a seguir?
«Así pues, por el placer del primer hombre, Adán, el Señor ayunó cuarenta días, obedeció a Dios para cumplir el ayuno que no realizó el primer Adán. Los Santos Apóstoles establecieron que la Cuaresma, antes de la Pascua, tuviera una duración de cuarenta días en honor al Señor, que ayunó cuarenta días en el desierto. Este ayuno no lo cumplió Adán y, por ello, perdió la incorruptibilidad. Nosotros, en cambio, conservamos y disfrutaremos de esa incorruptibilidad mediante el ayuno», (Del Sinaxario del Domingo del Queso)
El mismo Señor nos hablará de la puerta estrecha, del camino difícil, del verdadero ayuno, y de la necesidad de que el creyente se esfuerce a sí mismo por alcanzar la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios, así como de la importancia de la lucha constante. Todo esto constituye la quintaesencia de la áskisis, sin la cual nuestra naturaleza caída (fisis) no puede transformarse ni metamorfosearse por la energía increada de la Jaris (Gracia).
Además, el Señor, con toda Su vida —Su perfecto Agapi (amor), pobreza, ayuno, contención, oración y obediencia— nos mostró el modelo del nuevo hombre: el hombre ascético (practicante, ejercitante).
El ejemplo ascético del Señor fue seguido por los Santos Apóstoles, y de modo particular por el asceta por excelencia, San Pablo, quien no solo se retiró al desierto de Arabia para practicar la Áskisis, sino que sintió durante toda su vida una profunda necesidad de ejercitarla. Se esforzaba constantemente y sometió su cuerpo al dominio de su psique-alma, para que, habiendo predicado a otros, él mismo no quedara descalificado (1 Corintios 9:27).
2. Condiciones de la Áskisis Ortodoxa
Ya hemos hablado sobre la necesidad de la áskisis en relación con la identificación de la voluntad humana con la santa voluntad de Dios. Sin embargo, a pesar de ello, la naturaleza (fisis) enferma del hombre puede llegar a tergiversar e incluso pervertir esta necesaria, sanadora, psicoterapéutica y salvadora áskisis, utilizándola como medio de perdición para aquel que la practica.
Por eso es necesario examinar las condiciones de la verdadera y auténtica áskisis, tal como la enseña la Santa Parádosis Tradición Ortodoxa, a fin de evitar el peligro de falsificación y engaño espiritual.
1. La áskisis no es un fin, no constituye la finalidad en sí misma, sino el medio.
El propósito y meta de la áskisis es siempre la unión del creyente askitís (asceta, practicante) con la Santa Trinidad en Cristo, y, por consiguiente, dentro del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia Ortodoxa. La áskisis es el camino hacia la unión θεανρώπινη (zeanzrópini: divino-humana).
Es fácil, sin embargo, que el practicante olvide el motivo por el cual realiza la áskisis y confunda el medio con el fin. En tal caso, su psicoterapia, sanación y salvación ya no dependerán de la energía increada de la Jaris (Gracia) de Dios, sino de sus propias obras.
El resultado será la autojusticia (autoabsolución, creerse justo por sí mismo) o el eticismo (moralismo legalista), es decir, la reducción de la vida espiritual a un sistema moral o jurídico humano, que finalmente conduce al fariseísmo —un cristianismo burgués o “a la carta”.
Además, ¿de qué serviría que el hombre conociera principios morales o incluso llegara a la catarsis de sus pazos si no se llena plenamente del Espíritu Santo? Sería como un recipiente bonito y limpio, pero vacío de la preciosa mirra del Espíritu Santo. Esto es lo que ocurre con todos los moralistas, los estoicos y aquellos que practican el ayuno, la contención o la áskisis sin Cristo, o que utilizan el nombre de Cristo solo para aparentar que son virtuosos.
El Señor trató este asunto con claridad desde el comienzo de Su kerigma (predicación, discurso), especialmente en la sexta bienaventuranza: “Bienaventurados los sanados, puros y limpios del corazón, o los que han hecho la catarsis, la purgación, limpieza y sanación de su corazón de cada mancha del pecado, porque ellos contemplarán y verán la doxa-gloria luz increada de Dios” (Mateo 5, 8). Es decir, bienaventurados aquellos que, mediante la áskisis, han hecho la catarsis en su corazón de los pazos.
A través de la áskisis, el hombre va haciendo la catarsis, se purga y se limpia para ser capaz de ver, conectarse, comunicarse, comulgar y finalmente unirse con Dios.
Desde entonces, todos los santos didáscalos (maestros) de la Iglesia han fundamentado su vida espiritual y su obra pastoral en esta misma enseñanza y línea.
Es característica la enseñanza de San Diádoco de Fótica, quien dice: “El ayuno, en efecto, es motivo para la jactancia, pero no frente a Dios. Es una herramienta que puede ayudar a los que quieren adquirir humildad, sobriedad y templanza. Por tanto, los luchadores de la piedad no deben tener una gran idea de ello, sino sólo esperar en la fe en Dios el cumplimiento de nuestro objetivo. Los artesanos nunca se jactan de las herramientas de su oficio, sino que cada uno espera el resultado de su esfuerzo para mostrar así con exactitud su arte”. (Filocalía, tomo I, Logos ascético 47, https://www.logosortodoxo.com/filocalia/tomo-i/filocalia-tomo-1-san-diadoco-de-fotica-100-capitulos-gnosticos-10-condiciones-para-la-zeosis/).
En la misma línea nos enseña San Simeón el Nuevo Teólogo, quien insiste en que toda práctica ascética fuera de la jaris-gracia increada conduce a la vanagloria y al orgullo.
Esta enseñanza fue también transmitida por el stárets San Serafín de Sarov en el siglo XIX. A la pregunta de su discípulo Motovílov sobre cuál es la finalidad de la vida cristiana, San Serafín respondió que el propósito de la vida en Cristo es que el creyente reciba y adquiera el Espíritu Santo. Y en efecto, tras la oración del Santo, ambos fueron dignos de experimentar la presencia del Espíritu Santo, siendo metamorfoseados en la increada luz de Dios. Según San Serafín, las buenas obras, los ayunos, las vigilias, la oración y toda forma de áskisis son medios para alcanzar la adquisición del Espíritu Santo, que es la finalidad suprema de la vida cristiana.
En este acontecimiento vemos que aquellos que se ejercitan y practican la áskisis en Cristo llegan a ser dignos, ya en esta vida, de recibir una experiencia inmediata y personal de Dios, según su grado de καθαρότης (kazarótis), es decir, de pureza, claridad y limpieza interior. Esta experiencia, sin embargo, no es una conquista humana, sino un regalo, una donación gratuita de Cristo, una jaris-gracia increada que Él concede al corazón limpio. Dios no permanece en ellos como algo exterior, ajeno o distante, sino que se hace accesible, comunicativo y participativo.
La medida de la acción y energía puesta en la áskisis determina también la medida de la acción y energía con que se experimenta a Dios. La χαρά (jará: alegría) interior, los sentimientos de inefable agapi-amor hacia Dios, las lágrimas de recogimiento, el sosiego del alma, los momentos de iluminación del nus y la visión de la luz increada son diversas formas de experiencia divina, tal como se testimonia en las vidas de los Santos.
San Gregorio Palamás, sintetizando la teología de todos los Santos Padres anteriores, nos enseña que es posible, incluso en esta vida, que quienes practican la áskisis en Cristo reciban una experiencia personal de Dios y contemplen con los ojos espirituales —el nus y la dianía— la luz increada, la misma que los discípulos vieron durante la Divina Metamorfosis en el Monte Tabor. Porque, aunque Dios en Su οὐσία (usía: esencia, sustancia) es in-participable, imperceptible e invisible al hombre, Sus energías increadas, que emanan de Su divina esencia, son participables, perceptibles y comunicables. Por medio de estas energías increadas, el hombre creado puede unirse verdaderamente con Dios. En el interior del hombre que contempla a Dios —aquel que ha alcanzado la zéosis (divinización, deificación)— se realiza la unión entre lo creado y lo increado, restableciéndose así en la doxa-gloria y la bienaventuranza del Paraíso.
El fruto maduro de la áskisis es la obediencia plena del hombre a Dios y, como consecuencia, la perfecta obediencia de los irracionales y animales pazos al logos humano, que así el logos se convierte en su hegemón soberano y señor. Cuando el hombre se resigna y se somete a Dios, y somete sus pazos al logos, entonces puede también dominar su áloga (animal, ilógica, irracional) naturaleza, como rey de ella. Por eso los santos obran milagros sobre la naturaleza, como Cristo, o conviven pacíficamente con los animales salvajes, que les obedecen y les sirven. De este modo se cumple la profecía mesiánica de Isaías: “Los lobos y los corderos pacerán juntos, y los leones comerán paja con los bueyes” (Isaías 65, 25).
Otro fruto esencial de la áskisis es la vestidura del creyente con la prenda de la humilde modestia, la misma con que Cristo se revistió al hacerse hombre. Según san Isaac el Sirio: “Por eso, cuando la naturaleza terrenal ve a un santo revestido con esta prenda de humildad, reconoce en él la humildad misma de Cristo. El humilde se acerca a las fieras perecederas y, apenas lo ven, son domadas de su ferocidad; se acercan a él como a su soberano, inclinando sus cabezas y besando sus manos y pies, porque perciben en él aquella fragancia que exhalaba Adán antes de la desobediencia, y que entonces perdimos;
Cristo, con Su venida, nos la devolvió, perfumando nuevamente a la humanidad…, pero también los demonios, con toda su violencia, impetuosidad, amargura y soberbia megalómana, cuando se acercan al humilde y sencillo, se debilitan hasta volverse como polvo; su malicia se marchita, y todas sus maquinaciones y astucias se disuelven, quedando sin fuerza ni energía. (Ascéticos logos de San Isaac el Sirio, Atenas, 1871, pp. 95–96)
Finalmente, debe señalarse que, a través de la áskisis, el hombre disgregado se unifica interiormente. El nus, la voluntad y el corazón dejan de estar en conflicto entre sí. El practicante o asceta en Cristo, con su libre voluntad, quiere a Cristo; con su nus con la mente, piensa en Cristo; y con su corazón, ama a Cristo. Todo su ser se cristifica, convirtiéndose en un nuevo hombre armonioso, cuya paz interior se extiende también a su fisis áloga, es decir, a la parte animal e irracional de su naturaleza.
- La áskisis activa la sinergia cooperación.
La sinergia, es decir, la cooperación divino-humana (zeantrópica) para la psicoterapia, sanación y salvación del hombre, no puede concebirse sin la áskisis. Dios psicoterapia, sana y salva a quienes desean ser psicoterapiados, sanados y salvados. Y querer sanarse y salvarse significa luchar por ello.
Quienes ignoran, desprecian o confunden el valor y el sentido de la lucha y de la áskisis para la psicoterapia, la sanación y la salvación, lo hacen porque no alcanzan a comprender la profundidad de la corrupción y la pérdida de la belleza de la imagen de Dios en el hombre; o bien, porque desprecian al hombre considerándolo incapaz de cooperar libremente con Dios en la obra de su propia sotiría sanación, redención y salvación.
Los Santos Padres nos enseñan que el camino de la áskisis es arduo y difícil, y que el hombre debe esforzarse y cooperar activamente con Dios para alcanzar su sotiría sanación, redención y salvación.
El cristiano combate no solo contra sus propios pazos, sino también contra el diablo, “que anda como león rugiente, buscando a quién devorar” (1 Pedro 5:8). Por ello, el cristiano debe renegar de Satanás, de su voluntad perversa y destructora, odiarlo, escupirlo y rechazarlo, para así acoger y adoptar la voluntad bondadosa de Dios, adhiriéndose plenamente a Cristo.
La lucha contra el Diablo es ardua, porque es astuto, engañoso y seductor del hombre. El Diablo se metamorfosea en ángel de luz, utilizando “fantasmas” y “figuras”, es decir, visiones engañosas de rostros o espectros. El Diablo presenta el mal como bien, lo feo como bello, lo vano como interesante y lo inútil como útil; reviste lo destructivo con apariencia de plenitud y sentido, ocultando su verdadero rostro: catastrófico, vacío y sin significado. Después de estos engaños, la misma naturaleza del hombre se debilita y reacciona con acedia, desolación, negligencia, descuido, pereza y pesadez espiritual del corazón.
Por eso, el cristiano debe permanecer en áskisis continuamente, hasta su último suspiro. Las tentaciones y la posibilidad de caída están siempre presentes, incluso para los cristianos perfectos y los yérontas (guías espirituales). Lo único que cambia con el tiempo son las formas y clases de tentación.
Finalmente, el contenido de la áskisis no es solo negativo, es decir, la catarsis de los pazos y la lucha contra el Diablo, sino también positivo: es el combate por la semejanza con Cristo, la adquisición de las santas virtudes, la plenitud del Espíritu Santo y la continua comunión con Dios mediante la oración espiritual del corazón (noerá o de Jesús). En esto se consuma, se mejora, se perfecciona y se dignifica la áskisis.
- La áskisis es obra de todos los cristianos
La áskisis es obra (tarea, trabajo) de todos los cristianos: clérigos y laicos, monjes y seglares. Cierto es que existen diversos modos y grados de áskisis, como enseñan los Santos Padres. San Juan Crisóstomo, por ejemplo, “no consideraba la vida monástica como una vía superior, reservada a los escogidos, sino como una regla general evangélica para todos los cristianos”. Este punto —dice Florovsky— concuerda con la tradición principal de la antigua Iglesia, desde San Basilio y San Agustín hasta Teodoro el Estudita y los siglos posteriores (Florovsky, San Juan Crisóstomo, el profeta del amor, En Rayos, tomo 18, 1959, p. 9).
El mismo oficio del Santo Bautismo nos recuerda que todos los cristianos están llamados a la áskisis, tanto en su aspecto negativo como en el positivo.
El catecúmeno, antes de ser bautizado, renuncia a Satanás y se unge con aceite en la cabeza, como los antiguos combatientes, para estar preparado para la guerra espiritual y capaz de resistir al enemigo. El recién nuevo-iluminado es llamado “soldado de Cristo”, y la Iglesia ora y bendice para que sea “invicto luchador contra aquellos que vanamente son sus enemigos”. Las oraciones del Pequeño y del Gran Hábito Monacal confirman que el “don monástico” no es otra cosa que la dedicación perfecta, continua y sin distracciones a la vida ascética (ejercitante), que el cristiano inicia ya en el Bautismo.
Los monjes —monajós, es decir, “solos con Dios”— representan la cumbre de la áskisis. Toda la Iglesia practica, combate y se alista junto a ellos, pues los monjes constituyen la primera línea del ejército espiritual. El monje es el modelo, el ideal del cristiano: una existencia de continua áskisis, que renuncia a todo lo que no pertenece a Dios ni a Su voluntad, para alcanzar relación y la total comunión con Él. Este desprendimiento total del mundo y dedicación a Dios se expresa en las promesas monásticas de obediencia continua, integridad y pobreza (indigencia) voluntaria. ¿No debe también el cristiano que vive en el mundo —aunque esté casado— ejercitarse en la misma áskisis interior, viviendo en obediencia a los mandamientos de Dios, en pureza de vida y en libre desapego de los bienes materiales?
Así, cada fiel, permaneciendo en su propio estado de vida, puede recorrer el mismo camino ascético que conduce a la unión con Cristo y a la adquisición del Espíritu Santo, finalidad común de todos los miembros del Cuerpo de la Iglesia.
El hecho de que el monacato no fuera algo ajeno a la Iglesia, sino expresión del ideal de la áskisis para todo el cuerpo de los creyentes, se demuestra por el aprecio y el respeto que el pueblo fiel siempre ha tenido hacia los ascetas. Los más grandes Didáscalos (maestros) y Padres de la Iglesia provinieron de las filas de los monjes. Las costumbres monásticas en el Culto, el ayuno y el orden eclesiástico se introdujeron muy pronto en la vida de la Iglesia que vive en el mundo, y no solo en los monasterios, influyendo profundamente en su vida, su espíritu y su praxis (acción, práctica).
Cristianos con estudios y con cargos elevados en la sociedad renunciaban muchas veces a la gloria y al poder mundanos para revestirse del hábito monástico. Los monjes sustituyeron, en la conciencia de la Iglesia, a los mártires y a los carismáticos de las primeras generaciones. Por eso no es correcto interpretar el monacato como resultado de influencias ajenas —de otras religiones— ni como mera protesta frente a la secularización (mundanización) de la Iglesia.
El monacato constituye, más bien, el fruto natural del ideal ascético de toda la Iglesia. Cuando este ideal se debilita, también el monaquismo entra en crisis, Tal vez ahí deba buscarse la raíz de la crisis que atraviesa el monacato en nuestros días; (así ocurría hacia la década de los setenta; pero, gracias a la enseñanza de este y de otros libros, y sobre todo por la acción de numerosos yérontas iluminados —como el padre Georgios, José de Vatopedi, Theóklitos el Dionisiatita, los hoy santos Paísios, Porfirio, José el Hesicasta, Jacobo Tsalikis, y muchos otros padres iluminados e inspirados del Monte Athos y de otros monasterios—, el mundo monástico experimentó y sigue experimentando un admirable crecimiento y resurgimiento espiritual.)
- La agapi (amor divino) y la áskisis
La agapi y la áskisis están íntimamente unidas, entretejidas y complementarias entre sí.
Vivimos en la época de la Jaris —la energía increada gracia—, por la cual la plenitud de la ley y la condición de la verdadera sanación, redención y salvación es la agapi. Pero esta agapi solo puede alcanzarse mediante la áskisis.
San Isaac el Sirio enseña: “Aquellos que aman este mundo no pueden adquirir la agapi por los hombres” (Askíticos salvados, Logos 81).
Cada áskisis, en su profundidad, es preparación para la agapi.
¿Cómo podrá uno compartir su pan con el hambriento si no ha vencido antes la gula o glotonería por el ayuno?
¿Cómo mirará al otro sexo como persona creada a imagen de Dios, y no como objeto (REM), si no ha sofocado la voluptuosidad o hedonismo y la sarcolatría (culto a la carne) mediante la continencia, el autodominio y la templanza?
La agapi en Dios es, pues, el estímulo y a la vez el fruto de la verdadera áskisis, como se manifiesta en las admirables vidas de los santos.
Esta perfecta agapi se expresa en los siguientes logos del mismo San Isaac el Sirio: “Corazón caritativo y misericordioso es aquel que arde de compasión por toda criatura: por los hombres, los pájaros, los animales, los demonios incluso y toda la creación. De ese recuerdo y contemplación brotan lágrimas de sus ojos. De tanta simpatía y amor, el corazón del compasivo se empequeñece y no puede soportar ver o escuchar ningún mal o tristeza en la creación. Por eso ora incluso por los animales, por los enemigos de la verdad y por los que le hacen daño, rogando a Dios que los proteja y les conceda la misma misericordia y caridad. También ruega por los reptiles, movido por la abundancia de caridad y ternura que rebosa en su corazón sin medida” (Logos 81, p. 381).
¿Y cómo podrá el cristiano alcanzar este corazón misericordioso sin una dura lucha contra las conductas pasionales de su carne?
En concreto, cuando los eremitas y anacoretas llegan a adquirir esta agapi y sienten hacia el cosmos lo mismo que siente Dios, pueden entonces dejar la áskisis solitaria del desierto y volver al mundo para asumir el ministerio de padres espirituales y guías.
- Carácter eclesiástico de la áskisis
La áskisis tiene un carácter eclesiástico y no individualista. El regulador de la áskisis no es la diania (mente, intelecto) enferma o morbosa del hombre, sino la voluntad de Dios, expresada en los santos cánones de la Iglesia y en los consejos del padre espiritual o Yérontas. Así, por ejemplo, el ayuno no se establece según la voluntad personal, sino según la disciplina de la Iglesia.
El cristiano, obedeciendo a la Iglesia, practica la humildad y actúa como verdaderamente católico (no en el sentido que entienden los romanocatólicos, sino en el sentido ortodoxo del término; la palabra καθολικός (kazolikós) católico proviene del griego καθόλου (kazólu), que significa pleno, íntegro o según el todo). Es decir, el cristiano es aquel que lleva en su interior la conciencia de la Iglesia y de Dios mismo, y cuya conciencia personal se ha consagrado y armonizado con la conciencia íntegra (católica, universal) de la Iglesia. De este modo, el cristiano vive y obra sinódicamente, eclesiásticamente, en comunión y unidad con sus hermanos en Cristo, con los cuales constituye un solo Cuerpo.
El cumplimiento, sobre todo, de las abstinencias (ayunos), las oraciones y las costumbres eclesiásticas contribuye al fortalecimiento del vínculo del asceta con la Iglesia Católica Ortodoxa, que se extiende en lo ancho y largo del tiempo.
El cumplimiento de los cánones fruto de la propia voluntad —y no de la voluntad del guía espiritual o de Dios—, así como las reglas individualistas en la áskisis y, especialmente, en el ayuno, constituyen una forma de arrogancia espiritual y, por ello, son severamente condenadas.
Dice el Canon 19 del Santo Sínodo de Gangra: “Si alguno de los ascetas, sin necesidad corporal, se enorgullece y desprecia las normas sobre el ayuno establecidas por los santos Padres —determinadas para todos los cristianos y custodiadas por la Iglesia—, y con ello interrumpe su práctica común, aquel que se considera perfecto anula los santos cánones; sea anatema por tal acto.” (De este espíritu nacieron los Cátaros.)
La obediencia al yérontas es condición indispensable para la verdadera áskisis. El desprendimiento de la propia voluntad conduce a la aceptación plena de la voluntad de Dios, expresada por medio del Yérontas (guía espiritual). Obedecer al yérontas significa obedecer a Dios.
Por esta vía se logra la identificación de la voluntad humana con la divina, alcanzando así la sotiría sanación, redención y salvación del hombre. Es característica la enseñanza de San Simeón el Nuevo Teólogo (Filocalía IV, c.19): “Quien ha adquirido una fe pura y firme en su padre guía según Dios, viéndolo a él considera que ve al mismo Cristo. Y cuando se encuentra junto con él o lo sigue, cree firmemente que se encuentra junto con Cristo y que a Él sigue. Este discípulo obediente nunca deseará relacionarse con algún otro, ni preferirá alguna de las cosas del mundo por encima del recuerdo y la αγάπη agapi (amor incondicional, desinteresado, altruista) de su padre espiritual. Porque ¿qué hay más grande y beneficioso, tanto en la vida presente como en la futura, que estar junto con Cristo? ¿Y qué es más bello y más dulce que ver, contemplar a Cristo? Y si además se le concede hablar, conversar con Él, sin duda de ello absorberá y obtendrá vida eterna”; (https://www.logosortodoxo.com/filocalia/tomo-iv/filocalia-4-san-simeon-el-nuevo-teologo-154-capitulos-practicos-y-teologicos/)
La obediencia al yérontas protege al asceta o practicante cristiano de toda exageración o exceso, y de las ilusiones y engaños espirituales que pueden tener consecuencias desastrosas en su vida espiritual.
- La áskisis no desprecia el cuerpo
La verdadera áskisis no tiene ninguna relación con el desprecio platónico o maniqueo de la materia o del cuerpo; no somos matacuerpos sino matapazos, dicen los Padres de la Filocalía.
Los ascetas no practican porque desprecien el cuerpo, sino porque desean hacerlo instrumento obediente a la psique-alma. En los casos en que surgieron desviaciones de esta regla —por influencias heréticas—, la Iglesia las condenó con claridad.
Así lo enseña el Canon 51 de los Santos Apóstoles: “Si algún obispo, presbítero, diácono o cualquiera del orden jerárquico se abstiene del matrimonio, de la carne o del vino, no por áskisis, sino por desprecio de ellos, olvidando que Dios creó el mundo perfecto y al hombre masculino y femenino, y así acusa e insulta al Creador, acúsese a sí mismo de impiedad. Si no corrige su actitud, sea excomulgado y expulsado de la Iglesia; lo mismo vale para el laico.”
De igual manera, el Canon 47 de San Basilio el Grande establece:
“Los que detestan el matrimonio y afirman que las creaciones de Dios son impuras, no pueden ser admitidos en la Iglesia sin recibir el santo Bautismo. Y que no aleguen haber sido bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, pues, al considerar a Dios como creador del mal, se hacen heréticos, semejantes a Marción y a los demás herejes.”
Y el Canon 53 de los Santos Apóstoles ordena: “Repréndase severamente a los que se mutilan o castran a sí mismos para adquirir la εγράτεια (engratia: continencia, autocontrol, templanza). A los autocastrados no se les permite ejercer ningún ministerio sacerdotal;
si ya lo tienen, deben ser depuestos.”
Característico del espíritu de la Iglesia Occidental es el Canon 13 del VI Sínodo Ecuménico, el cual condena la práctica de la Iglesia de Roma que obliga a los futuros diáconos o presbíteros a separarse de sus esposas. El canon establece: “Si alguien se atreve a ir contra las Reglas Apostólicas y priva o separa de su legítima esposa a algún diácono, subdiácono, presbítero o a cualquiera que tenga ministerio en la Iglesia, sea destronado o destituido. Igualmente, si el presbítero o diácono se separa de su mujer bajo pretexto de piedad, sea excomulgado.” La misma regla prescribe, sin embargo, que los clérigos casados observen los días establecidos por la Iglesia para la contención, la abstinencia y la oración, “especialmente durante el tiempo de los oficios sagrados”.
Reveladoras también del espíritu evangélico de la Iglesia son las Reglas del Sínodo de Gangra, que, frente a los herejes eustatianos (Cánones 1º, 4º, 9º y 14º), condena a quienes desprecian el matrimonio, a los que se abstienen de la carne (Canon 2º), a quienes adoptan vestimentas pobres o extrañas por hipocresía y no según el uso común de su tiempo (Cánones 12º y 13º), a quienes abandonan padres e hijos bajo el pretexto de piedad o de servir a Dios (Cánones 15º y 16º), y también a los vírgenes que desprecian a los casados. “Si alguno de los castos o vírgenes por el Señor se burla o desprecia a los casados, sea anatema” (Canon 10º).
La áskisis, según el Sínodo, solo tiene valor cuando se realiza con humildad, modestia y espíritu eclesial: “Los Santos Padres enseñan que debemos alabar por igual la castidad si se practica con humildad y modestia; aceptar la abstinencia si se hace con decencia, piedad y santidad; apreciar el desprendimiento de las cosas mundanas cuando se vive con humildad; y del mismo modo honrar el matrimonio digno, así como respetar la riqueza adquirida con justicia y acompañada de buenas obras.” (Canon 21).
- La áskisis tiene carácter escatológico
La áskisis posee también un sentido esj(c)atológico, pues la εσχατολογία (esjatología: escatología) -aunque su plenitud aún no ha llegado- ha sido ya inaugurada desde la venida de Cristo y se vive sacramentalmente en los misterios de la Iglesia.
Nuestra Santa Iglesia Ortodoxa puede caracterizarse, entre otras cosas, como Iglesia de la áskisis. Lo testimonian los prolongados períodos de ayuno y abstinencia, las vigilias, los largos oficios en los que los fieles permanecen de pie (como en la antigua Iglesia, donde no había asientos cómodos), las severas amonestaciones a los pecadores, el respeto de los laicos hacia los monjes severos y ascetas y el cansancio en largas peregrinaciones hacia los santos lugares.
Resulta casi inconcebible para el cristiano occidental el permanecer en la Iglesia tres, cuatro o cinco horas durante los oficios sagrados, como hacen los fieles ortodoxos, especialmente en la Semana Santa. Por el contrario, entre los protestantes es costumbre comulgar incluso después de un abundante desayuno —como es habitual en los países del norte de Europa—, y no faltan quienes, con el estómago lleno, se acercan a recibir la Divina Comunión. Los romano-católicos en América, por su parte, han suprimido en los últimos tiempos incluso la “sombría” abstinencia del Viernes Santo.
Lo maravilloso y admirable es que el espíritu ascético (practicante) de nuestra Iglesia Ortodoxa se combina y se correlaciona con el espíritu escatológico de anticipar -de presaborear– la χαρά (jará: alegría) de la Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de Dios, de la Resurrección y de la agapi, amor divino.
La áskisis de los ortodoxos es una áskisis gozosa y gratificante, una áskisis que alegra y regocija, del mismo modo que el luto cristiano es un luto consolador, una pena alegre (χαρμολύπη, jarmolipí) (San Juan el Clímaco, logos 7.
El cristiano, mediante la áskisis, se desprende del mundo malicioso y corruptor para unirse a Cristo. Según San Isaac el Sirio: “El que desea encontrar la preciosa perla, se sumerge desnudo en el mar; y el monje o asceta (practicante) sensato, desnudo e insolvente, atraviesa la vida presente hasta encontrar en sí mismo la preciosa perla: Jesús Cristo” (Logos 73). Aquí radica el carácter escatológico de la áskisis: en la preparación de la psique-alma para el advenimiento de Cristo, el Esposo de la psique-alma, y en la transformación de todo en Βασιλεία (Vasilía: reinado de la realeza increada) de Dios. Por eso, la áskisis, como espera vigilante del Esposo, no debe degenerar en pesimismo, ni en aversión o desprecio hacia el mundo, sino mantenerse como expectativa gozosa de la Βασιλεία.
Tan intenso es el carácter ascético–escatológico de nuestra Iglesia Ortodoxa, que si, por desgracia, llegara a perderlo, se convertiría en algo distinto, irreconocible para nosotros mismos.
3. La modernización de la áskisis
¿Es posible modernizar la áskisis? El tratado sobre nuestro tema podría terminar aquí si nuestro interés no fuera pastoral, terapéutico y salvífico. Precisamente por ello, debemos examinar algunas cuestiones candentes relacionadas con la áskisis del cristiano contemporáneo.
1) ¿Debe la Iglesia, para atraer al hombre moderno —y especialmente a los jóvenes—, presentar un cristianismo fácil o “light”, despojado de su carácter práctico, ascético? En realidad, la áskisis resulta incomprensible para el hombre contemporáneo, cuya conciencia se ha vuelto mundanizada (secularizada) e influenciada por una cultura atea y hedonista. Los ideales de esta cultura son el éxito, el bienestar, el placer, la diversión, el sexo, el individualismo y la autosuficiencia, etc. El sentido del pecado casi ha desaparecido. Hoy, el pecado no se entiende como la transgresión, violación de la ley divina, sino como su no-transgresión, no-violación, es decir, como una represión de los deseos y apetitos. Según Freud, el mal consiste en impedir la satisfacción de los instintos reprimidos, y sobre esta base se edifican tanto el psicoanálisis freudiano como el estilo de vida derivado de él.
Pero si el pecado se considera un engaño, una ilusión de la que uno debe liberarse, ¿qué significado puede tener entonces la áskisis y la lucha contra el pecado?
Si el hombre ya no cree en Dios, fuente del sentido y legitimidad de la existencia humana, el mundo se vuelve absurdo y carente de propósito, como lo expresa la filosofía y el arte del absurdo, ilógico y disparatado nihilismo. En un mundo así, desprovisto de sentido y de trascendencia, ilógico, disparatado y nihilista, ¿qué lugar podría tener la áskisis?
Muchos teólogos occidentales han respondido que la Iglesia debe “vaciarse” y olvidarse de sí misma para ganarse al mundo. Así predicaron que “Dios ha muerto”, negaron la Resurrección de Cristo como hecho histórico y redujeron el Evangelio a una ética circunstancial.
Pero esto no es kénosis (vaciamiento en Cristo), sino caída y mundificación (secularización) de la Iglesia. Es conformarse con el mundo, no salvarlo.
Si la Iglesia dejara de ser askítica, practicante, traicionaría a su Señor, que la quiso así, y también traicionaría al hombre, pues sin la áskisis es imposible la zéosis —la divinización, deificación —, que es la finalidad de la vida humana por medio de la Χάρις Jaris, la energía increada del Espíritu Santo.
Es dudoso que con tales medios pudiera atraer siquiera a unos pocos hombres. Los que poseen auténticas inquietudes espirituales no se sacian con apariencias ni novedades: buscan la verdad, no la mentira; anhelan una respuesta esencial para su vida, no los espejismos del modernismo.
Si la Iglesia no ofrece a estos hombres el “pan consubstancial”, aunque resulte muy indigesto para sus estómagos espirituales, ellos acabarán buscándolo en otras fuentes de sanación, redención y salvación.
Por lo tanto, la respuesta a la primera pregunta es categóricamente negativa, tal como habría respondido el apóstol Pablo ante los atenienses o los corintios.
2) Cabe plantearse ahora una segunda cuestión: ¿Está permitida la modernización o adaptación de la áskisis a las necesidades, la situación psicosomática y la resistencia del hombre contemporáneo?
Es bien sabido que la capacidad del hombre moderno para soportar el dolor, la privación o la dureza se ha reducido notablemente. Ello se debe, en parte, al desarrollo de la medicina, al aumento de la longevidad por los fármacos y la comodidad. Las condiciones del modo de vida actual -el ruido constante de las grandes ciudades, la velocidad de los transportes, el ritmo acelerado, la inseguridad y el miedo- hacen del hombre un ser hipersensible, nervioso y agotado.
Ante este panorama, P. Evdokimov escribió palabras muy certeras:
“La mortificación hoy consistiría en liberarse de todo estimulante: la velocidad, el ruido, los excitantes, las bebidas alcohólicas de todo tipo. La áskisis sería más bien un descanso necesario, una disciplina de calma, serenidad y silencio, practicada con regularidad, en tiempos y espacios determinados, donde el hombre recobra la capacidad de detenerse, de orar, de reflexionar, incluso en medio del ruido del mundo, y, sobre todo, de sentir la presencia del prójimo.”
Los logos de discernimiento y de filantropía pastoral permiten -e incluso, en ciertos casos, imponen- una adaptación de la áskisis, con la condición de que ésta no se convierta en un simple tranquilizante, sino que conserve su carácter de privación, de desprendimiento de la propia voluntad, de lucha y de sacrificio.
Incluso cuando la Iglesia, por economía, permite a sus hijos una forma más atenuada de áskisis, lo hace temporalmente, hasta que la madurez espiritual o las condiciones de vida permitan asumir un ejercicio ascético más riguroso.
3) Surge finalmente una tercera cuestión: ¿De qué modo aprende el creyente a practicar, a ejercitarse? ¿Cómo se forma en la disciplina espiritual?
La mejor escuela e instrucción de la áskisis es la vida y el culto de la Iglesia Ortodoxa. La Iglesia instruye a sus hijos con sabiduría y ternura en la áskisis. Las abstinencias (ayunos) sabiamente distribuidas, los oficios recogidos, las Grandes Vigilias, los Salmos, los Saludarios, y las fiestas deleitosas y luminosas intercaladas entre los períodos de ayuno -como la Anunciación o la veneración de la Santa Cruz, inspiran, sostienen y acompañan al cristiano practicante en su esfuerzo ascético a lo largo del año litúrgico. El verdadero problema pastoral hoy es cómo transmitir y encauzar esta experiencia al pueblo fiel. En tiempos pasados, la familia ortodoxa era la escuela natural de la áskisis. Allí el niño aprendía el ayuno, la contención, la templanza y las buenas tradiciones eclesiásticas. Gracias a esa educación, al llegar a la edad de las pasiones podía controlarse y dominarse.
Hoy, cuando muchas familias han dejado de ser cristianas, la enseñanza sistemática de estas sagradas tradiciones debe darse en los colegios de catequesis, en los kerigmas (discursos, homilías) y en toda ocasión pastoral posible.
Vivimos una época de apostasía, relativismo, sincretismo religioso y confusión espiritual. En medio de este caos, la Iglesia proclama con modestia, humildad y fe el kérigma de la μετάνοια metania, el de la ἐγκράτεια (engráteia: templanza, contención, dominio de sí) y de la áskisis, para volver a nuestro Padre y Creador.
El resurgimiento del ideal askítico (ascético, practicante) en la Iglesia Ortodoxa será, al mismo tiempo, medio y fruto de su renovación en el Espíritu Santo. Dará un nuevo impulso y vitalidad a su obra pastoral y misionera, una tarea que solo pueden asumir psiques-almas altruistas, abnegadas y dispuestas al sacrificio.
Es significativo un himno de la Iglesia que provoca lágrimas de metania y resume toda la teología ortodoxa de la áskisis.
Se canta en las Vísperas del Domingo de los Quesos, último día antes de la Gran Cuaresma: «Comencemos con alegría el tiempo del ayuno, ejercitándonos en los ejercicios espirituales que nos conducen a la vida interior para nuestro bien. Haciendo la catarsis, psicoterapiemos, sanemos y purifiquemos nuestra psique-alma y nuestro cuerpo. Así como ayunamos de los alimentos, abstengámonos también de las pasiones (pazos), para poder gozar las virtudes del Espíritu Santo. Encontrándonos en medio de las virtudes, con el anhelo y el deseo de adquirirlas, ojalá que todos seamos dignos de contemplar la venerable Pasión de Cristo Dios y de celebrar con gozo espiritual la Santa Pascua.» Amén.
Yérontas Georgios Kapsanis (De su libro “Temas de Eglesiología y Pastoral”. Editado por Santo Monasterio de Grigoriu, Athos).
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