
«Fuentes de la fe»
Atanasio Mitilineos
Parábola del rico y Lázaro, [Domingo V de Lucas [16, 19-31]
La parábola del rico y del pobre Lázaro, Luc 16:19-31.
19 Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía espléndidamente cada día banquetes muy costosos.
20 Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta del rico, lleno de llagas,
21 y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; hasta los perros venían y le lamían las llagas de su cuerpo.
22 Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles en el seno de Abraham, es decir, al paraíso donde Abraham junto con los justos deleitan y reposan; y murió también el rico, y fue sepultado con pompa y grandeza, pero su psique-alma bajó al Hades, al infierno.
23 Y estando en tormentos en el Hades alzó sus ojos y vio de lejos a Abraham y a Lázaro en su seno o golfos/bahías.
24 Entonces él, que había mostrado tanta dureza e indiferencia cuando vivía en la tierra, ahora gritando, dijo: Padre Abraham, ἐλέησόν με eleisónme ten misericordia/compasión de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado terriblemente en esta llama del Hades.
25 Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste, disfrutaste y deleitaste continuamente a lo máximo tus bienes en tu vida, y Lázaro, por el contrario, los males, la pobreza y la enfermedad; pero ahora éste, por su paciencia en el tiempo de su tribulación, es consolado disfrutando y deleitando aquí, y tú eres atormentado allí continuamente a causa de la egolatría, de la crueldad y de la dureza de tu corazón.
26 Y no es sólo esto, entre nosotros y vosotros hay un gran abismo, de tal manera que los que quisieren pasar de aquí para allá a vosotros no pueden, ni los de allá pueden pasar aquí a nosotros
27 Entonces el rico le dijo: Te ruego, pues, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre,
28 porque tengo cinco hermanos, para que les testifique lo que aquí ocurre, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento.
29 Y Abraham le dijo: A Moisés y a los profetas tienen; ¡que los escuchen!
30 Él entonces dijo: No, padre Abraham; que si alguno de entre los muertos va a verlos, volverán a la metania y se arrepentirán.
31 Abraham contestó: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, aunque alguno resucitara de los muertos. (Cuando falta la buena voluntad y predisposición, ni siquiera el mayor milagro puede conducir a la fe y a la metania.)
Ver también sobre esta Parábola aquí: https://www.logosortodoxo.com/category/esjatologia/
«Fuentes de la fe»-
Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo
Todos conocemos, queridos míos, la maravillosa parábola del rico y Lázaro. Cada frase, cada palabra, es una apocálipsis-revelación teológica. Y es una apocálipsis-revelación, porque el mismo Señor la enseñó. En medio de todo lo que se dijo en el diálogo entre el rico y Abraham, se encuentran estas palabras. Les leo: «Entonces le pido, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, para que no vengan también ellos a este lugar de tormento». Abraham le dijo: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen». Y él dijo: «No, padre Abraham, pero si alguien de entre los muertos va a ellos, volverán a la metania y se arrepentirán». Abraham le respondió: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque alguien resucite de entre los muertos».
Aquí tenemos un diálogo que trasciende el mundo físico. Abraham ya está en el Paraíso, el rico en el Hades; y ahí se establece un diálogo. Dije «se economiza, se establece», porque como bien se ha dicho, «hay un gran abismo entre nosotros y ustedes». Porque el rico pidió que Abraham enviara a Lázaro para que mojara la punta de su dedo, debido al intenso sufrimiento en el fuego, y mencionó que «gran abismo hay entre nosotros y ustedes, etc…» Así, este diálogo se establece, porque en realidad no sería posible abrir este diálogo en el mundo físico.
Sin embargo, aquí el rico le pide a Abraham que envíe a Lázaro a la casa de su padre, «porque», dice, «tengo cinco hermanos», para que les avise y no vengan también a este lugar de tormento. Y Abraham le responde: «Tienen a Moisés y a los profetas. Que los escuchen sobre la otra vida». «No», dice él, «padre Abraham, si alguien resucita de entre los muertos, entonces volverán a la metania y se arrepentirán». «Oh, hijo mío, si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque alguien resucite de entre los muertos».
En estos cinco pasajes del diálogo, queridos míos, el Señor quiere destacar dos fuentes de fe. Dos fuentes de fe. Son los milagros, como la resurrección de Lázaro, y las enseñanzas que podemos obtener al estudiar las Sagradas Escrituras. Y por supuesto, el Señor acepta ambas fuentes de fe sin duda, pero da prioridad y seguridad a la fuente de fe que es la Sagrada Escritura. Allí irás a obtener la información. No te quedarás solo con el milagro. Ahí buscarás la información. Simplemente, el milagro confirma la Sagrada Escritura. Este es un tema de gran importancia, y les ruego que lo tengamos en cuenta y lo recordemos. Siempre es relevante, porque la gente, en todas las épocas, incluso en la nuestra, no sabe distinguir entre estas dos fuentes de fe: el milagro, repito, de obtener información del milagro y la Sagrada Escritura. Por supuesto, desprecian la fuente de fe que es la Sagrada Escritura. No le dan mucha importancia. Y buscan la fuente de fe en el milagro.
Si, con un ejemplo muy simple, dijera, anunciara, publicara que habrá una charla sobre la resurrección de los muertos, ¿cuántos vendrían para escucharla? Pocos, de nuestra ciudad. En cambio, si se oyera que alguien ha resucitado, ¡todos correrían! ¿Han visto los casos cuando, dicen, «en algún lugar apareció Cristo», «en algún lugar la Virgen María», «el icono de la Virgen María llora, el de Cristo», vieron cuánta gente va? Allí buscan, en la fuente del milagro, alguna información. Es algo característico. Diríamos que el Señor, después de la respuesta que da a los fariseos, porque fue para ellos que contó la parábola, les está diciendo que hay vida después de la muerte. «Atención, atención, fariseos, hay vida después de la muerte. Y hoy están aquí y quieren ser los primeros, pero cuando cambien las circunstancias, ya no serán los primeros. Ténganlo en cuenta».
Así, el tema principal aquí es que la fuente de información más importante es la Sagrada Escritura. Los milagros, y el Señor hizo milagros, ejecutó milagros, pero el énfasis lo ponía en la Sagrada Escritura. De allí es de donde sacarás la fe. De la enseñanza de Cristo. ¿Comprendemos estas dos fuentes, queridos míos? Son claras. Espero haber podido hacer que lo comprendan. Muchos dicen que quieren ver un milagro para creer. ¿Cuántas veces hemos escuchado esto? Y no se dan cuenta de que están pidiendo algo contradictorio. ¿Por qué? Si se quedan en el milagro, entonces con ese conocimiento destruyo la fe. Y el milagro no existe para destruir la fe, sino para confirmar la fe. Si lo prefieren, el milagro es principalmente para los creyentes, no para los incrédulos. Muchas veces pensamos que el milagro es útil para los incrédulos. No. Es para los creyentes.
Recuerden a Tomás, para que vean la contradicción. «Si no veo la marca de los clavos —decía—, si no pongo mi dedo en el agujero que dejaron los clavos con los que fue crucificado el Maestro, no creeré».
Pero, querido Tomás, si ves, entonces la fe deja de existir. ¿Qué significa fe? «Aceptar cosas que no se ven», como dice el apóstol Pablo en la carta a los Hebreos: “La fe es la convicción firme y garantía de las cosas que se esperan, la prueba de aquellas que no se ven por los ojos físicos” (Hebreos 11:1). Por lo tanto, si ves, has abolido la fe.
Un ejemplo que suelo dar con frecuencia: si les digo que en mi bolsillo tengo cierta cantidad de dinero, y luego se los muestro, ya no se trata de fe, sino de conocimiento. Entonces, cuando alguien pide ver para poder creer, es decir, conocer de antemano por medio de los cinco sentidos, ¿no está anulando la fe? ¿Y no es eso una contradicción? Indudablemente.
Así pues, ¿qué le dijo el Señor a Tomás? «Porque me has visto, has creído; bienaventurados los que no vieron y creyeron» (Juan 20:29).
«Porque me has visto, por eso creíste», si eso puede llamarse fe… no, no lo es. Por lo tanto, bienaventurados y felices aquellos que aceptaron, que creyeron, sin haber visto.
Tomemos ahora el texto sagrado en su orden. Observamos que el rico de la parábola conservaba ciertos sentimientos de amor natural. «Que no vengan mis hermanos también aquí, decía. Tengo cinco hermanos. Yo sufro; al menos que ellos se salven». Eso, por supuesto, es una forma de amor natural, porque eran sus hermanos. Sin embargo, ese amor natural no fue suficiente para acercarse al pobre Lázaro, a quien veía desde las ventanas de su casa, allí enfrente, «junto al portal» del rico. Compadecerse de él, mostrarle amor, ayudarlo, atenderlo, alimentarlo. No. ¿Veis? Ese amor natural se limitaba solo a los suyos. No iba más allá.
Del mismo modo ocurre cuando alguien ama a su hijo, a su esposa, a su esposo, a su madre o a su padre: eso es amor natural. Pero no es suficiente. Por supuesto, debemos amar a quienes son cercanos y familiares, pero ese amor no basta; debe extenderse también a los demás seres humanos.
Y ahora, este hombre de la parábola, el rico, pide no solo que alguien regrese de entre los muertos a la tierra, sino que sea Lázaro quien vuelva. ¿Por qué? Porque Lázaro era conocido por los hermanos del rico. Y por lo tanto, se convencerían de que existe otra vida. De algún modo traería también un mensaje del rico, hermano de ellos, que estaba en el Hades. Pero incluso esta petición del rico se vuelve contra él mismo. Es como si se le dijera: «¿Así que conocías a Lázaro? Ah, lo conocías, veías su miseria… ¿por qué no lo ayudaste entonces?». Por lo tanto, queda claro que sí lo conocía.
El pasaje también revela que el tormento del Hades, aunque es un juicio antes del Juicio Final —un juicio temporal—, comienza inmediatamente después de la muerte del hombre pecador.
Presten atención a esto. No se espera el juicio final: tenemos lo que se llama el “juicio parcial”. La parábola lo revela con absoluta claridad.
Pero cuando, con la resurrección, recuperemos nuestros cuerpos, entonces vendrá el Juicio Final. Y seremos juzgados como personas completas: no solo como psiques-almas, sino como seres humanos plenos. Esto dice mucho, y debemos prestarlo atención…
Abraham, en su respuesta, no se detiene en la posibilidad de que Lázaro resucite y vaya a hablar con los hermanos del rico para contarles lo que sucede después de la tumba. Eso no es lo importante.
Sino que responde así: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen».
¿Qué significa «tienen a Moisés»? Significa que tienen los libros que Moisés escribió, el Pentateuco. Los cinco primeros libros del Antiguo Testamento fueron escritos por Moisés. Por lo tanto, tienen la Sagrada Escritura: los cinco primeros libros. Y en ellos pueden ver si hay vida más allá de la tumba.
¿Y después?
Tienen también a los profetas, los libros proféticos. Que abran y estudien la Sagrada Escritura, y allí verán cómo habla sobre la otra vida. Moisés es mencionado como representante, sobre todo, de la ley moral, ya que él entregó el Decálogo de la ley moral. Así puede comprenderse qué es el pecado…
Me llamó una persona desde algún lugar de Grecia. Había escuchado una grabación mía, emitida por una emisora de radio, en la que hablaba sobre los pecados carnales —fornicaciones, adulterios, etc.—.
Y me dijo: «¡No sabía que eso era pecado!». Un desconocido para mí… «No sabía, usted me iluminó».
¿No sabías que eso es pecado?
Pues abre la Sagrada Escritura, y encontrarás el Decálogo: «No fornicarás, no cometerás adulterio». Y allí obtendrás la información que necesitas para corregir tu conducta moral.
¿Y los profetas?
Los profetas, porque ellos prefiguran el rostro (persona) θεανθρώπινο divino y humano de Cristo, y así puedes llegar a creer en Jesús Cristo.
Dos temas, entonces. Dos categorías: la moral, y la fe en la persona divinohumana θεανθρώπινο de Cristo.
¿Y quién presenta estos dos temas?
La Sagrada Escritura. Toma y estudia la Sagrada Escritura, y allí encontrarás todo esto.
Sin embargo, el rico tiene una objeción. Insiste en que la fuente de la fe debe ser el milagro. Dice: «No, padre Abraham, pero si alguien de entre los muertos va a ellos, se volverán a la metania»,—piensa él—, cuando alguien resucite y vaya a contarles lo que ocurre».
¿Pero por qué el rico no acepta la propuesta de Abraham? Todo esto ocurre —recordemos— en la otra vida. Porque las Escrituras no tienen nada espectacular, mientras que el milagro, sobre todo el de una resurrección, tiene algo extremadamente impresionante.
«¡Ah! ¡Alguien ha resucitado! ¡Vamos a preguntarle qué vio, qué sabe!»
Además, como dice el Teófilacto: «¿Quién conoce lo que hay en el Hades? ¿Quién ha venido de allí para anunciarnos qué existe?».
Y como señala Zigavinós: «Desconfían de las Escrituras, porque, dicen, fueron escritas por hombres vivos que aún no habían visto las realidades del siglo venidero. Pero si alguien resucita de entre los muertos, le creerán, porque él ha visto esas cosas en la otra vida».
Estas son, queridos míos, las mismas posturas que siempre adoptan quienes no tienen disposición de creer. No quieren creer, y así, quieran o no, justifican su incredulidad.
Y, sin embargo, Dios insiste. Insiste en salvarnos a través de las Sagradas Escrituras. De allí debemos obtener la instrucción.
¿Eres tú, hombre, más sabio que Dios?
Dios quiere salvarnos, y ha encontrado el modo de hacerlo mediante el estudio de las Sagradas Escrituras. Pero tú dices: «No, debo ver un milagro para creer». Así, el rico usa incluso la palabra —presten atención— «volverán a la metania, se arrepentirán». El milagro, en algunos casos, puede provocar metania y arrepentimiento. Es verdad. Pero debemos decir que este tipo de arrepentimiento o no tiene raíces para mantenerse, o muy pronto se desvanece, y las personas vuelven a vivir como antes.
¿Ven, queridos míos, cómo los hombres se aferran a lo espectacular?
¡Cuántos —lo sabemos bien—, porque murió repentinamente un amigo, porque tuvieron un sueño, o porque presenciaron un milagro, de pronto se conmueven! Pero muy pronto, ese arrepentimiento superficial, sin raíces, desaparece. Muy rápido se va.
¿Por qué?
Porque hay una especie de coacción, ¿lo comprenden? Lo quiera o no, el milagro me obliga a aceptar. Es como una apisonadora que lo aplana todo. Así es un milagro: quieras o no, te fuerza a admitirlo.
¿Y qué lugar queda entonces para la libre voluntad? La libertad interior no está presente para discernir las cosas. Por eso, un arrepentimiento nacido de esa manera se desvanece muy rápidamente. Y no tiene valor. No da fruto.
Y la respuesta de Abraham es perfecta: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas —y puesto que él le llamó “padre Abraham”, podríamos parafrasearlo así—, hijo mío, si no escuchan a Moisés y a los profetas, es decir, si no se dejan convencer por la Sagrada Escritura, tampoco se convencerán, aunque alguien resucite de entre los muertos». Una respuesta absolutamente correcta.
Es bien sabido que en esta parábola —la del rico y Lázaro— es la única vez que el Señor utiliza un nombre propio. En ninguna otra parábola ocurre esto. Por ejemplo, ¿cómo se llamaba el padre del hijo pródigo? El Señor no dice su nombre. ¿Y el hijo pródigo? Tampoco. Solo aquí se da un nombre: Lázaro. ¿No les llama la atención? No es casualidad. En absoluto. El Señor hace aquí una concesión. Como si dijera: «¿Quieren que Lázaro vuelva y les hable? ¡Oh, escribas, fariseos y saduceos inefables!». ¿Saben que los saduceos no creían en nada de esto? Y, sin embargo, ¡eran los que ocupaban el cargo de sumo sacerdote! ¿Lo oyen? El sumo sacerdote, en tiempos de Cristo, era saduceo. Y no creía en nada. «¿Lo escuchan? -parece decir el Señor-: les traeré a Lázaro de nuevo».
Y efectivamente, es el Lázaro de Betania, el de los cuatro días en el sepulcro, al que Cristo resucitó. ¿Acaso fueron a preguntarle: “Lázaro, ven aquí, tú que fuiste resucitado por Jesús, ¿qué viste en la otra vida?” ¿Hicieron eso? No.
Escuchen lo que hicieron. Cuando se difundió la noticia de la resurrección de Lázaro, convocaron un consejo y dijeron: «Debemos matar también a Jesús, que realiza tales milagros, pero también a Lázaro, que es la prueba viviente de ese milagro».
¿Oyeron? ¡Querían matar también a Lázaro!
¿Y saben qué más? Esa decisión no fue improvisada. Ni Mateo, ni Marcos, ni Lucas mencionan el milagro de la resurrección de Lázaro.
Solo Juan lo hace.
¿Y saben por qué?
Porque fue el último en escribir su Evangelio. Los demás lo hicieron antes, y temían que la vida de Marta, María y Lázaro corriera peligro.
Por eso no publicaron ese milagro, sino que solo lo hizo Juan, cuando ya todos habían muerto y no había riesgo. La furia de los líderes, sin embargo, permanecía: querían asesinar incluso al resucitado. ¿Creyeron? No. No creyeron. ¡Es terrible!
¿Y acaso aceptaron la resurrección de Cristo, muerto tres días?
No solo no la aceptaron, sino que pagaron a los soldados para que dijeran: «Mientras dormíamos, vinieron sus discípulos y robaron el cuerpo de Jesús» etc… Cuando el hombre no está dispuesto a creer en las Escrituras, -aunque Cristo mismo anunció Su resurrección, y también los profetas-, entonces, queridos míos, ni aunque un muerto resucite creerán. Al contrario, ¿saben qué dirán? «Ah, una ilusión, una catalepsia… parecía muerto». Y conocemos ese fenómeno. «Fue un suceso espiritista», o cualquier otra excusa.
El Teofílacto lo dice claramente: «Si no escuchamos las Escrituras, tampoco creeremos a quienes vuelvan del Hades».
¿Quieren otra prueba más?
La Sagrada Escritura nos narra algo asombroso: Que, durante el terremoto que siguió a la muerte de Cristo, se abrieron muchos sepulcros, y los cuerpos de muchos santos resucitaron. Y, con la resurrección del Señor, entraron en la ciudad santa, Jerusalén.
¿Recuerdan ese pasaje? Entraron en Jerusalén. ¿Acaso la gente fue a preguntarles qué ocurre en el más allá? ¡Ahí tienen testimonios!
¿Creyeron entonces? ¿El pueblo creyó en Cristo? Solo unos pocos. Y hasta hoy, dos mil años después, los hebreos siguen negándose a creer.
Queridos míos, las fuentes de la fe son, ante todo, el logos de Dios,
y como confirmación secundaria, el milagro, que, además, no siempre es necesario. Hubo ocasiones en que el Señor rehusó realizar un milagro cuando se lo exigían, incluso Herodes le dijo: «Haz un milagro», como si el Señor fuera un simple hacedor de prodigios. Pero si la salvación dependiera de los milagros, entonces, al negarse Cristo, habría sido culpable de nuestra perdición. Nada de eso. Multiplicó los panes y los peces, alimentó a cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. Todos vieron ese milagro. Pero cuando el Señor les habló del misterio de la Santa Efjaristía, le abandonaron diciendo: «¡Duro es este discurso! ¿Quién puede escucharlo?». «¿Comer su carne y beber su sangre? ¡Imposible!».
Queridos, debemos convencernos por las Escrituras, tanto acerca del destino eterno de los fieles como acerca de la conducta moral.
¿Sabes, hermano mío, qué gran pecado es la fornicación? ¿Sabes qué gran pecado es el adulterio? No te lo diré por sus consecuencias sociales, sino por la Santa Escritura: es un pecado gravísimo.
¿Dónde encontrarás esto? En la Sagrada Escritura.
Por tanto, no busquemos milagros. El gran milagro es el mismo Dios hecho hombre, el Logos encarnado, y todo lo que Él dijo y enseñó.
Eso nos basta. Porque eso, en esencia, es la fe: aceptar lo que está escrito sin exigir que se satisfagan los sentidos, ya que esa exigencia no es fe, sino una forma elegante de incredulidad.
Añadido de otra homilía realizada el 4-11-1995
También tenemos la psicografía del pobre Lázaro. De él, la parábola nos ofrece varios rasgos característicos. Era pobre. No sabemos si esa pobreza se debía al azar o a alguna circunstancia concreta; el texto no lo aclara. Sin embargo, no era pobre por causa de su desenfreno o mala conducta, pues poseía piedad y fe. Por tanto, no fue su miseria fruto de la disipación y derroche como el hijo pródigo. Así sucede muchas veces: la pobreza acompaña de forma permanente a muchas personas sin que ellas tengan culpa alguna.
Pero lo que realmente hace del pobre un personaje con identidad, es que tenía nombre. Se llamaba Lázaro. Y aquí conviene detenernos:
“Lázaro” significa “Dios es mi ayuda”. Me gustaría preguntar: Si Dios era su ayuda, ¿por qué no lo liberó de su pobreza? ¿Por qué no lo sanó de su enfermedad? ¿Por qué no lo libró de las llagas, de las cuales, dice el texto, estaba cubierto? ¿Por qué?
Lo he dicho muchas veces, y lo repetiré una vez más: Debemos cambiar nuestra idea de lo que significa la ayuda divina. La ayuda de Dios no consiste en que Él nos saque de la pobreza, ni en que nos cure de nuestras enfermedades, ni en que nos aparte de las circunstancias adversas. La verdadera ayuda de Dios consiste en darnos la fuerza de la χάρις (gracia, energía increada) para soportarlo todo, para que finalmente podamos contemplar Su rostro, el rostro de Dios. Esa es la verdadera ayuda, es decir, la salvarme. Y hay todavía mucho más que decir…
[…] Volviendo al pobre de la parábola, colocado a la puerta del rico, crea un vivo contraste con el acaudalado propietario. Sin embargo, no se queja. No reclama igualdad social. No insulta al rico ni a la sociedad en la que vive. Nunca levantó el puño, ese símbolo moderno de la venganza social. Jamás se sació de comida, y lo poco que comía provenía de las migas, de los desechos de la casa del rico.
¿Qué muestra esto?
Que poseía gran humildad. No era solo un simple pobre, sino también enfermo. Más aún: lleno de llagas. Eso lo hacía apartarse de los demás hombres, pues todos lo despreciaban. Cubierto de heridas, desarrolló también la virtud de la paciencia. Su única compañía eran los perros callejeros, los únicos que mostraban cierta amistad hacia él. Parece que la pobreza acerca al ser humano a la Creación, tal como esta se ofrece naturalmente. El niño pobre juega con la tierra, está más cerca de la creación. El niño rico, no sé con qué juguetes juega. El dinero, la riqueza pensadlo bien, aleja al hombre de la naturaleza; la pobreza, en cambio, lo hace más próximo a ella, lo convierte en un ser más natural. Sus alimentos son más sencillos, su modo de vida más auténtico. La riqueza, por el contrario, crea un mundo artificial, un mundo falso.
En el pobre Lázaro encontramos además una virtud digna de admiración: la santa humildad del silencio. En ese santo silencio, que tanto tiene que decir, se esconde el misterio de la personalidad humana. Encontramos a Jesús, que también guardaba silencio.
«¿No me respondes?», le dijo Pilato. «Pero Jesús callaba».
Precisamente porque tenía mucho que decir, callaba. Solo calla quien tiene mucho que decir.
Finalmente, la presencia del pobre frente al rico era una provocación al poder del dinero; una provocación que debía causar impacto y vergüenza. El rico debería ocultar su rostro ante la miseria de Lázaro. Pero cuando falta la vergüenza, entonces aparece la arrogancia.
Queridos hermanos, el Señor hoy nos presenta, en la parábola del rico y Lázaro, dos figuras, dos posiciones en la vida, dos actitudes frente a Dios y frente al prójimo. En ellas cada uno de nosotros debe mirarse como en un espejo.
Ni la riqueza en sí misma es mala, como dijimos, ni la pobreza en sí misma es buena. Son, simplemente, dos oportunidades que Dios concede al hombre para desarrollar su personalidad, tanto al pobre como al rico.
Son dos niveles distintos que crean una diferencia dinámica, de potencial, por así decirlo, donde se desarrolla el interés humano y el amor al prójimo. No es la diferencia social lo que destruye la vida, sino la aislación, la ruptura de la comunión. De ahí nacieron las revoluciones, la envidia, el odio y la guerra.
La parábola del rico y de Lázaro es, queridos míos, una miniatura de dos psiques-almas, dos psicografías espirituales que debemos estudiar siempre, para aprender cómo debemos situarnos ante Dios y ante los hombres.
A la gloria del Santo y Trino Dios.
Ver también aquí: https://www.logosortodoxo.com/category/esjatologia/
Homilía realizada en el Santo Monasterio Komnineo, Larisa, 2-11-19977, con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el venerable y bendito Padre Atanasios Mitilineos,
FUENTES: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/omiliai-kyriakvn
Transcripción digitalización y edición de la homilía: Sr. Atanasios K. y Eleni Linardaki, filóloga.
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/







