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Oct 24 2025

Sobre la curación del endemoniado de los gerasenos, San Gregorio Palamás

San Gregorio Palamás

Domingo VI de Lucas [Lc 8,27-39]
Sobre la curación del endemoniado de los gerasenos (gadarenos)

 

Terapia del endemoniado de los gerasenos, 8:26-40.

26 Y navegaron hacia la región de los gerasenos (gadarenos), que está frente de Galilea.

27 Y al llegar a tierra, salió al encuentro un hombre de la ciudad que tenía demonios, y desde hacía mucho tiempo andaba desnudo, no se vestía ni vivía en casas, sino entre los sepulcros.

28 Al ver a Jesús, se puso a gritar y se postró ante Él, gritando a gran voz: ¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego, ¡no me atormentes y no me encierres desde ahora al terrible Hades!

29 Porque Jesús mandó al espíritu inmundo salir del hombre, porque durante mucho tiempo se había apoderado de él, y aunque atado con cadenas y grillos para ser custodiado, rompía las cadenas y era conducido por el demonio a lugares desiertos.

30 Jesús le preguntó: ¿Cómo te llamas? Y él dijo: “Legión”, porque habían entrado muchos demonios en este hombre.

31 Y los demonios le rogaban que no les mandara ir al abismo, a las profundidades del Hades.

32 Y había allí una piara de muchos cerdos paciendo en el monte; y le rogaron que los dejara entrar en ellos; y los dejó. (En realidad deberían ser castigados los dueños de los cerdos, con la pérdida de los cerdos, porque los apacentaban y los alimentaban, a pesar de la prohibición por la ley de Moisés).

33 Saliendo entonces del hombre, los demonios entraron en los cerdos, y la piara se precipitó por el despeñadero al lago, y se ahogó.

34 Al ver lo sucedido los pastores de los cerdos, huyeron y lo contaron en la ciudad y en los caseríos.

35 Salieron entonces a ver lo sucedido, y fueron adonde Jesús, y encontraron al hombre de quien habían salido los demonios sentado a los pies de Jesús, vestido y en su sano juicio; y se llenaron de miedo.

36 Y los que lo vieron, les contaron cómo el endemoniado había sido liberado.

37 Y toda la multitud de alrededor de los gerasenos le rogó que se alejara de ellos, porque estaban sobrecogidos de un gran miedo. Como se sentían culpables tenían miedo a más castigos. Y Jesús entrando en una barca, regresó.

38 Y el hombre de quien habían salido los demonios le rogaba estar con Él; pero le mandó a su casa en paz, diciendo:

39 Vuelve a tu casa, y cuenta lo que ha hecho Dios contigo. Y él fue proclamando por toda la ciudad cuán grandes cosas le había hecho Jesús con él.

 

SAN GREGORIO PALAMAS
Sobre la curación del endemoniado de los gerasenos (gadarenos)

 

«El que es de Dios o el que es siempre de Dios, escucha y acepta los logos de Dios», (Jn 8,47); aquél que proviene de Dios y ha adquirido, mediante el ejercicio de la virtud, una verdadera relación de parentesco con Dios, escucha con atención e interés los logos y palabras de Dios y las acoge dentro de sí, dice el Señor. Es decir, obedece los mandamientos de Dios y transforma sus logos en obras, vive, se gobierna y se conduce conforme a Cristo, cumple la voluntad del Padre celestial, y se convierte en “heredero de Dios, coheredero de Cristo”. Si somos hijos, somos también herederos, herederos de Dios, coherederos de Cristo, si es que sufrimos con Él, para que también seamos glorificados con Él” (Rom 8,17) [Por lo tanto, dado que somos hijos, es natural que seamos también herederos de Dios como nuestro Padre y coherederos de Cristo como nuestro hermano. Y llegamos a ser coherederos de Cristo si, ciertamente, sufrimos con Él, para que también seamos glorificados juntamente con Él].

Pero quien desobedece a Dios comete pecado y se entrega a él de manera impenitente. Es esclavo del pecado y no pertenece a Dios, sino al Maligno, porque con su mala voluntad transforma la naturaleza que recibió de Dios y la asemeja a la naturaleza del padre de la perdición. Por eso, el Señor decía a los judíos: «Vosotros tenéis como padre al diablo, y queréis hacer los deseos, las codicias, y las ambiciones de vuestro padre. Él era homicida desde el principio de la creación humana y no se mantuvo en la verdad, ni está en su interior el deseo por ella. Cuando inventa y habla la mentira, habla según su propia naturaleza, porque es mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44).

[Vosotros, que os jactáis de ser hijos de Dios, tenéis por padre al diablo. De él procedéis, y su carácter y sus inclinaciones habéis heredado. Y todo lo que desea vuestro padre —sus obras pecaminosas y homicidas— eso mismo queréis hacer y estáis decididos a realizar. Él fue homicida desde el principio de la creación del hombre, y con su mentira arrastró al ser humano al pecado y a la muerte. No puede mantenerse en la verdad, porque no hay en él ningún deseo de la verdad ni disposición alguna para decirla. Cuando habla mentira, lo hace de lo que es propio de él, porque es mentiroso y padre de la mentira: el primer inventor y principal instigador de ella].

Este tipo de personas son claramente más miserables aún que los endemoniados, aunque pasen inadvertidas a los ojos de muchos. En efecto, mientras los endemoniados desgarran sus cuerpos y, en ocasiones, dañan físicamente a quienes se encuentran, aquellos que, mediante sus malos πάθος (pazos: pasiones, vicios, adicciones, patologías) se han asimilado al enemigo primordial y maligno, corrompen sus propias psiques-almas y las de quienes tratan con ellos sin precaución. Y mientras los primeros, en el momento de la muerte, se liberan junto con el cuerpo de la influencia de los demonios, los segundos, al pecar sin μετάνοια metania, sin arrepentimiento y confesión, conservan un daño inmortal y permanente.

Además, al que está visiblemente atormentado en su cuerpo por el demonio, todos lo compadecemos cuando lo vemos; pero al homicida, al avaro, al soberbio, al desvergonzado, al rebelde y a todos los semejantes a ellos, no solo no los compadecemos, sino que los aborrecemos. Porque el primero cae en su padecimiento de manera involuntaria, mientras que quien ama el pecado atrae libremente sobre sí el mal, ocultando a veces incluso la perversidad y la malignidad de su enfermedad.

Pero como la mayoría de los hombres no puede percibir el furor del diablo contra nosotros, manifestado en sus ataques contra la psique-alma y su cooperación con nosotros en el pecado, Dios permitió que existieran también endemoniados corporalmente, para que todos aprendiéramos, por medio de ellos, cuán terrible es el estado del alma que ha hecho de él su morador mediante las obras malignas.

Cuando, pues, el Hijo unigénito de Dios, movido por un océano inconmensurable de filantropía, “inclinó los cielos y descendió a la tierra” [cf. Sal 143(144),5] «Señor, inclina los cielos y desciende; toca las montañas, y humeen». Pero Tú, Señor, que eres tan condescendiente con nosotros, los humildes y frágiles hombres, inclina los cielos y desciende; toca con tus manos las montañas, y se encenderán y se llenarán de humo, para liberar nuestras almas de la tiranía del diablo, expulsaba también los demonios de los que estaban visiblemente poseídos en sus cuerpos. Hacía esto para mostrar y confirmar, mediante una liberación y curación visibles, la liberación y terapia. “psicoterapia” invisibles que se obraban en las psiques-almas.

En efecto, cuando concedió la sanación, “psicoterapia” a la psique-alma del paralítico, no solo no fue alabado por quienes veían únicamente las apariencias, sino que incluso fue blasfemado. Por eso curó también la parálisis de su cuerpo, para que aprendieran, como Él mismo decía a los presentes, que «el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados» (Mt 9,6). Que el Hijo del hombre —el Mesías, el representante de toda la humanidad y glorioso Juez de ella en Su Segunda Venida— tiene autoridad para perdonar en la tierra los pecados de los hombres.

Por esta razón, principalmente, expulsa el Señor a los demonios de los endemoniados: para que aprendamos que Él es quien los expulsa también de nuestras psiques-almas y nos regala la libertad eterna.

«Y cuando salió a tierra…» —según la lectura evangélica de hoy—, «le salió al encuentro un hombre de la ciudad, que tenía demonios desde hacía mucho tiempo. No vestía ropa alguna ni habitaba en casa, sino que vivía entre los sepulcros» (Lc 8,27).

Dice “cuando salió”, no “cuando llegó a tierra”, para mostrar que vino en barco, ya que previamente había calmado la tempestad del viento y apaciguado el mar con Su reprensión. Porque, cuando embarcó con Sus discípulos en Galilea, les dijo —como refiere antes el evangelista: «Pasemos al otro lado del lago» (Lc 8,22). De esto se ve que había previsto el acontecimiento y, movido por su compasión, vino voluntariamente en auxilio de aquel que tanto tiempo y tan terriblemente había sido atormentado por los demonios.

Lucas dice, pues, que era un hombre que tenía muchos demonios; Marcos también habla de uno “poseído por un espíritu inmundo”, mientras que Mateo afirma que eran dos los que estaban poseídos y atormentados por muchos demonios. La razón por la cual unos evangelistas mencionan a uno y otros a varios —tanto en lo que respecta a los poseídos como a los demonios mismos— la revelan tanto Lucas como Marcos; en efecto, aquel a quien Marcos llama “espíritu inmundo”, interrogado luego por el Señor, responde: «Mi nombre es Legión, porque somos muchos» (Mc 5,9).

La “legión” significa una multitud o un conjunto numeroso de ángeles o de hombres que están organizados, se mueven juntos y actúan con un mismo propósito y fin. Por eso también aquellos endemoniados, que se movían impulsados y dominados de manera semejante, convivían inseparablemente entre los sepulcros y los montes; de ahí que unas veces se hable de ellos en singular y otras en plural, tanto en lo que respecta a los poseídos como a los espíritus malignos que los atormentaban.

Asimismo, no fue solo que la Legión de espíritus malignos encontrara y reconociera a Jesús a través de aquel hombre, sino que también, «al ver a Jesús, lanzó un gran grito, cayó ante Él y con voz fuerte dijo: “¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes” ni me impongas desde ahora el castigo de ser encerrado en las tinieblas del Hades», (Lc 8,28).

«Porque [Jesús] mandó», dice el Evangelio, «al espíritu inmundo que saliera y se alejara de aquel hombre» (Lc 8,29).

El Señor, habiendo llegado por compasión a aquella orilla donde vivía el endemoniado, dio la orden a la legión de demonios de salir del hombre, pero no les dijo adónde debían ir. Por eso, aquella inmunda multitud de espíritus malignos se llenó de confusión y de temor, no fuera que el Señor los entregase desde entonces al castigo futuro, al infierno del fuego preparado para ellos, donde serían entregados a una completa inmovilidad, al quedar abolida toda su actividad.

Por ello, se vieron obligados a acercarse y postrarse, usando palabras más humildes y verdaderas ante el Señor, las cuales testificaban que Él era el Hijo del Altísimo. Pero, en su malicia, pensaban que, con tal testimonio, como con una especie de adulación, podrían persuadir y manipular al Señor de todo.

Y el Señor toleró el testimonio de los demonios, para instrucción de los que se encontraban con Él en la barca; porque, poco antes, cuando los que estaban con Él vieron sus grandes milagros sobre el mar, se decían con asombro unos a otros: «¿Quién es este, que incluso manda a los vientos y al agua, y le obedecen?» (Lc 8,25).

Ahora, sin embargo, aprendieron que Él es el Hijo del Dios Altísimo. Porque siempre —incluso el mismo diablo— coopera, aunque sin quererlo, con los designios y la voluntad de Dios; no porque lo desee ni porque lo tenga como propósito. Por eso uno de los padres teoforos portadores de Dios dice que «el mal coopera con el bien, pero no por buena intención» (cf. san Juan Crisóstomo, A Estagirio; san Basilio el Grande, Que Dios no es causa de los males).

El Señor, pues, queriendo mostrar a los presentes que el demonio que tanto temblaba ante Él no era uno solo, sino muchos, le preguntó:
«¿Cuál es tu nombre?». Y él respondió: «Legión; porque muchos demonios han entrado en él», por eso tenía este nombre.

Algunos dicen que una legión está compuesta de unos seis mil [espíritus].

Y continúa el Evangelio: «Y le rogaban (los demonios) que no les mandara ir al abismo (es decir, que no los enviara a las profundidades del Hades)».

¿Ves que fue el miedo, como dijimos antes, lo que los obligó a acercarse, a postrarse y a usar palabras verdaderas y humildes?
Observa también la omnipotente autoridad del Señor, Dios y Salvador nuestro, Jesús Cristo. En efecto, el demonio, aun contra su voluntad, lo reconoció como Señor incluso del abismo.
¿Y quién es Aquel que domina los abismos sino el que está sentado en los cielos, el que todo lo abarca y gobierna?

Mira además que el ejército de los demonios no puede permanecer en ningún lugar sin haber recibido de Él permiso o concesión. Por eso, cuando fue mandado por el Señor a salir, pero no recibió orden sobre adónde debía ir, fue dominado por gran angustia, y encontró como refugio a los cerdos que pastaban en el monte, buscando huir por medio de ellos.

Pero ni siquiera sobre los cerdos tenía poder por sí mismo, y con mucha mayor razón no lo tiene sobre los hombres. Porque dice la Escritura: «Había allí un hato numeroso de cerdos que pastaban en el monte; y los demonios le rogaron que les permitiera entrar en ellos, y Él se lo permitió. Y salidos los demonios del hombre, entraron en los cerdos, y el hato se precipitó por el despeñadero al lago y se ahogó»; es decir, cerca de allí había un rebaño numeroso de cerdos que pastaban en la montaña; y los demonios rogaron al Señor que les permitiera entrar en esos cerdos. Y el Señor se lo permitió, porque quienes criaban los cerdos lo hacían infringiendo la Ley mosaica, que prohibía el consumo de carne de cerdo por considerarla impura. De este modo, el Señor castigó su transgresión. Y cuando los demonios salieron del hombre, entraron en los cerdos. Entonces, el hato se lanzó con furia irresistible por el precipicio, cayendo al lago y ahogándose.

Los demonios, pues, buscando supuestamente un pretexto para huir y con mala intención, pidieron permiso para entrar en los cerdos, porque el Salvador los expulsaba de los hombres. Se dieron cuenta de que en aquel momento no estaban siendo expulsados por uno o dos, sino por el Único de todos los hombres. Y el Señor se lo permitió, para que nosotros comprendamos, por lo que les sucedió a los cerdos, que ni siquiera habrían tenido compasión de aquel hombre, sino que lo habrían destruido por completo, si no hubiesen sido detenidos de antemano, de modo invisible, por el poder de Aquel (Cristo).

«Cuando los pastores vieron lo que había sucedido», dice el Evangelio, «huyeron y lo contaron a la ciudad y a los campos», es decir: apenas vieron lo sucedido, los que cuidaban los cerdos huyeron y anunciaron la destrucción de los cerdos a los habitantes de la ciudad y a los que estaban en los campos, (Lc 8,34).

Considerad ahora, por favor, al hijo pródigo del Evangelio, que fue salvado al alejarse de los cerdos, para entender quiénes eran aquellos que cuidaban los cerdos, o mejor dicho, quiénes se asemejan a ellos. En efecto, la vida porcina, debido a su inmundicia, simboliza todo πάθος pazos (pasión, vicio, adicción) maligno. Y por cerdos se entienden principalmente aquellos que llevan el manto manchado por la carne. Sus jefes, un tipo de pastores, son aquellos que los superan en placer o hedonismo y cuidado de la carne y de la alimentación, de manera que cumplen sus deseos.

A nosotros, sin embargo, el tiempo no nos permite, ni el bullicio de la multitud, ocuparnos con detalle de la continuación: es decir, de cuál es la desnudez que provoca en la psique-alma el pecado —la cual indicaba aquel endemoniado—, y cuál es la vida en los montes, porque dice: «no vestía ropa ni habitaba en casa, sino que vivía entre los sepulcros» y cuáles las cadenas, grilletes y ataduras que rompía y de las que escapaba perseguido.

Pero debemos también evitar, nosotros, sobre todo los monjes, la compañía y convivencia con los cerdos. Porque según la enseñanza de Pablo: «No os engañéis; las malas compañías corrompen las buenas costumbres» (es decir, no os dejéis engañar con falsedades, ni os asociéis con los viejos amigos que teníais cuando erais idólatras; recordad que las malas compañías corrompen las buenas costumbres) (1 Cor 15,33). Y, por lo general, cada uno llega a ser semejante a sus compañeros.

¿Cuál es el provecho de retirarse completamente del mundo y refugiarse en los lugares dedicados a Dios, si luego sales diariamente de ellos y te mezclas de nuevo con el mundo? ¿Cómo, dime, vagando por los mercados, evitarás los impulsos de las pasiones que provocan la muerte de la psique-alma, separándola de Dios? Esta es la muerte «que entra en nosotros a través de las ventanas», es decir, de los sentidos. Precisamente por estas se alejaron de la inmortalidad los primeros en ser creados.

Por eso, alejémonos todos nosotros de la convivencia con lo malo, aunque nos parezca que superamos a muchos en linaje, gloria, fuerza corporal y riqueza material; y alejémonos también de la semejanza a los cerdos, teniendo en mente aquella laguna de fuego calcinante, en la cual, ¡ay!, caerán los que, sin metania impenitentes sirven las injurias de los demonios. Y al ver el abismo en que son precipitados al morir, los que hasta el final de sus vidas imitan la conducta de los cerdos, alejémonos sin retorno del verdaderamente hediondo modo de vida del pecado, y acerquémonos así, de manera buena y justa, a la fuente de los perfumes que Dios nos ha dado, que brota del arca del venerable mártir cristiano de nuestra tierra (Tesalónica), san Demetrio.

Y una vez que por su uso nos santifiquemos y fortalezcamos, proclamemos también en los campos y en las ciudades, dondequiera que estemos, el poder y la energía divina e increada de aquel santo perfume. No me refiero con la lengua o con palabras —porque ¿quién no ha oído con sus propios oídos la multitud de milagros que se realizan aquí?—, sino con la transformación de nuestra vida hacia lo mejor, de modo que, viéndonos, todos digan: «Esta transformación de nuestra condición es obra de la diestra del Altísimo» (Sal 76,11), con cuya diestra ha sido consagrado el gran Demetrio, y mediante la cual transforma a quienes se le acercan hacia lo más divino, de modo que también en el cielo tenga por conciudadanos a aquellos que tuvieron la dicha de ser en la tierra sus compañeros de morada.

Esto así sea por las oraciones de aquel santo (Demetrio) y que todos logremos las prometidas moradas celestiales y la convivencia allí con los santos, por la jaris-gracia y filantropía de nuestro Señor Jesús Cristo, a quien sea la doxa-gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Edición y revisión: Eleni Linardaki, filóloga FUENTES: San Gregorio Palamás, Obras completas. Homilías (43–63), Homilía 50, Ediciones patrísticas “Gregorio el Palamás” (EPE), editorial “To Byzantion”, Tesalónica 1986, tomo 11, pp. 197–211.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/

 

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