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Oct 19 2025

a) Las lágrimas y, b) El duelo o luto A. Mitilineos

a) Las lágrimas y, b) El duelo o luto

A. Mitilineos-Domingo III de Lucas [7, 11-16]

Resurrección del hijo de la viuda de Naín, 7:11-17.

11 Un poco después, aconteció que fue a una ciudad llamada Naín. E iban con Él sus discípulos y mucha gente.

12 Y cuando se acercó a la puerta de la ciudad, he aquí estaban sacando a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, siendo ella misma viuda; y una gran multitud de la ciudad estaba con ella acompañándola en el entierro.

13 Viéndola el Señor se compadeció de ella, y le dijo: «No llores».

14 Y acercándose, agarró el féretro, de manera que los que lo llevaban se detuvieron; y dijo: «Joven, a ti te digo: ¡Levántate!»

15 Y el muerto inmediatamente se levantó, se sentó y comenzó a hablar. Y Jesús lo entregó a su madre.

16 Y un gran temor los sobrecogió a todos, y glorificaban a Dios, diciendo: ¡Un gran profeta ha surgido entre nosotros, Dios bondadoso ha visitado a su pueblo!

 

a) “Las lágrimas”

Mitilineos-Domingo III de Lucas [7, 11-16]

 

Queridísimos míos, el pasaje evangélico de hoy nos conmueve profundamente. El Señor, como escuchamos, se dirigía hacia una pequeña ciudad llamada Naín —que significa “bella”. Pero, por una coincidencia providencial, mientras una gran multitud de discípulos lo seguía, al llegar a la puerta de aquella pequeña ciudad se encontraron con un cortejo fúnebre.
Era otra multitud que acompañaba la procesión que salía de la ciudad hacia el cementerio. Era el entierro de un joven, hijo único de una madre viuda. El Señor, al verla llorar, se compadeció de ella y le dijo: «No llores». Y se acercó al féretro. Los que lo llevaban se detuvieron. Entonces el Señor, con una orden llena de autoridad, dijo al muerto: «Joven, a ti te digo: ¡Levántate!»
Y el joven, queridos míos, volvió a la vida, se sentó en el féretro y comenzó a hablar; lo que demostraba que no se trataba de una ilusión, sino de una realidad. Había centenares de testigos, tanto de la multitud que seguía al Señor como de la que acompañaba el entierro de aquel joven. Y el Señor lo entregó de nuevo a su madre.

El milagro fue extraordinario, indiscutible. Las gentes se llenaron de temor y glorificaban a Dios. Todos decían que había aparecido un gran profeta entre ellos, y que Dios había visitado a Su pueblo.

En verdad, cuántos temas y asuntos podrían surgir para ser examinados en este pasaje. Pero permitidme que nos detengamos sólo en una frase: en ese «No llores» que el Señor dijo a la madre del joven muerto.
«No llores», dijo. A primera vista, podríamos pensar que fue un consejo inhumano. ¡Cuánto dolor tenía aquella mujer! Viuda, con su único hijo, y además tan joven… ¿Y que alguien le diga: “No llores”? ¿No parece cruel? ¿No suena duro?

Pero cuando el Señor pronunció esas palabras, no pretendía privar a la madre del derecho de llorar por su hijo. Se lo dijo porque, en unos instantes, tendría de nuevo a su hijo vivo. Por eso exactamente le dijo:
«No llores; dentro de pocos segundos yo devolveré la vida a tu hijo, le devolveré su psique-alma y te lo entregaré».

De este modo, a través de todo este episodio, podemos comprender cuál debe ser nuestra actitud frente al duelo. ¿Podemos llorar? ¿Está permitido el llanto?
El Señor, o mejor dicho, el Espíritu de Dios ha dejado escrito en la Sagrada Escritura que llegará el momento en que el llanto será abolido, las lágrimas desaparecerán, toda forma de lágrima, porque ya no habrá motivo para llorar.

Dice, por ejemplo, en el libro del Apocalipsis, capítulo 7, entre muchas otras descripciones —negativas y positivas— acerca de la vida después de la resurrección de los muertos: «Y Dios enjugará, eliminará toda lágrima». Y cuando dice «toda lágrima», se refiere a toda clase de lágrimas.

Pero mientras permanezcamos en este mundo, ¿podemos decir que no debemos llorar? Surge entonces la pregunta: ¿Las lágrimas están permitidas o no? ¿Habéis notado que ningún animal llora? Ninguno. Solo el ser humano tiene lágrimas. Los animales sienten tristeza; pueden expresarla de otras formas. Si observáis a una madre pájaro cuando le quitan sus polluelos, o a una gata separada de sus gatitos, o a una perra de sus cachorros, veréis que protestan, se inquietan. Pero ningún animal llora. Solo el ser humano llora. Es un privilegio del hombre. ¿Un privilegio? Hasta cierto punto, sí lo es. Este por qué lo veremos.

Podemos formular otra pregunta: ¿Cómo ve Dios las lágrimas? Porque fue Él quien creó al hombre capaz de llorar. Entonces, ¿cómo las contempla Dios?

Es un hecho que el mismo Señor Jesús —como menciona la Carta a los Hebreos— durante los días de su vida terrenal, lloró muchas veces.
Dice el capítulo quinto: «Él, Jesús Cristo, en los días de su humanización y su vida terrenal, ofreció oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas a Dios y Padre, el cual podría salvarlo del terrorífico martirio de agonía y muerte en la cruz, y fue escuchado gracias a su obediencia y piedad de beber pacientemente el cáliz de su muerte en la cruz» (Hebreos 5:7).

El Señor, pues, oraba con lágrimas. Y además, el mismo Señor, cuando desde el monte de los Olivos vio la ciudad asesina de profetas —y que pronto sería asesina de Cristo—, Jerusalén, el evangelista Lucas dice :«Y al ver la ciudad, lloró sobre ella» (Lucas 19:41). Lloró. Lloró.

También el apóstol Pablo, como muestra de gran nobleza y delicadeza espiritual, escribe a su muy amado Timoteo en su segunda carta lo siguiente: «Recordando tus lágrimas, deseo profundamente verte, para llenarme de alegría» (2 Tim 1,4).
Y sabéis, hermanos, que Pablo era un hombre de carácter fuerte. Si quisiéramos citar mil episodios de su vida —tal como se registran en los Hechos de los Apóstoles y en sus epístolas—, veríamos que era un hombre duro, severo. Pero, al mismo tiempo, era extremadamente tierno. Y eso es lo admirable: saber ser firme cuando es necesario, y tierno cuando también lo requiere la ocasión.

El mismo Señor, en sus bienaventuranzas, dice: «Bienaventurados y dichosos  sois los que ahora lloráis por vuestros pecados y por otras tribulaciones que estáis padeciendo, porque reiréis y os alegraréis» (Lc 6,21). Es decir: «Vosotros reiréis; seréis los últimos en reír. Mientras el mundo ríe, vosotros lloráis y os lamentáis por el estado del mundo. Pero sois bienaventurados porque lloráis y os entristecéis: en verdad, vosotros reiréis al final, porque Dios os justificará. Mientras los otros, que ríen insensiblemente, serán condenados».

Y nuevamente el apóstol Pablo, como una regla —digámoslo así— de vida social y espiritual, escribe en la carta a los Romanos: «Llorad con los que lloran» (Rom 12,15). No puedes ir a un funeral y ponerte a reír; llorarás, compartirás el dolor del otro. Llorarás con él. Esa es una bellísima expresión de comunión humana: «Llorar con los que lloran».

Entonces, ¿qué podríamos decir? ¿Debemos llorar o no?

San Juan Clímaco, en su séptimo logos de La Escala Divina, escribe: «El logos, tratado sobre las lágrimas enseña que éstas nacen de muchas y diversas causas». Es decir, que las lágrimas tienen distintos orígenes, diferentes motivos. El santo padre enumera:

De la naturaleza: hay personas que por temperamento tienen las lágrimas siempre a flor de piel.
De Dios. De la aflicción o de situaciones adversas.
Del elogio: incluso cuando alguien es alabado, puede conmoverse hasta las lágrimas.
De la vanagloria.
De la lujuria.
Del amor.
Del arrepentimiento.
Del recuerdo de la muerte.
Y de muchas otras causas, dice san Juan Clímaco.

De todas estas, ¿cuáles lágrimas son aceptables ante Dios? ¿Cuáles son dignas de elogio y realmente útiles?

Son, queridos míos, las lágrimas de la μετανοία metania y del arrepentimiento, las lágrimas del recuerdo de la muerte y las lágrimas de la αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado, altruista). Sólo esas tres.
El santo Crisóstomo sólo aprueba esas tres. En cambio, las lágrimas que provienen de las desgracias, de las dificultades o del duelo las llama «lágrimas de cobardía», y las rechaza. Porque demuestran que el hombre no tiene un espíritu valiente.

Pensadlo: ser mártir, ir al martirio, y ponerse a llorar…
Leed, por favor, todo el martirologio de nuestra Iglesia: ¿qué mártir fue al sacrificio llorando?
¡Ninguno! Todos iban con gozo, con alegría espiritual. Por eso, san Juan Crisóstomo condena las lágrimas nacidas de la cobardía.
En cambio, las lágrimas de la metania y del arrepentimiento, las del recuerdo de la muerte y las del amor a Dios convienen a todo ser humano; no destruyen la virilidad —en el hombre—, ni menoscaban la dignidad humana.

Por tanto, las lágrimas son el adorno más precioso y más delicado del ser humano. De otro modo, el hombre se vuelve como de piedra, sin corazón, sin sentimientos. Y el hombre sin corazón, el hombre de piedra, resulta aborrecible y antipático tanto a Dios como a los hombres.

Veamos primero las lágrimas de la metania, del arrepentimiento.
¿Qué escribe el santo Crisóstomo? «¿Qué son las lágrimas? —dice— Son la gran esponja que viene a borrar los pecados». Y añade: «Te diré cuán grande es la fuerza de las lágrimas. ¿Cuánto poder tienen? Los mártires derraman su sangre; los pecadores, sus lágrimas. Para que sepas cuánta fuerza tienen las lágrimas, considera a aquella mujer pecadora —dice— que lloraba y con sus lágrimas lavaba los pies del Señor, y con el perfume y con sus cabellos los secaba. ¿Ves? Fue justificada. No derramó sangre, sino lágrimas».

Y prosigue: «No derramó más que una fuente de lágrimas, y con ellas borró sus pecados».

«¿Acaso Pedro no negó al Cristo? ¿Acaso derramó sangre?
No: derramó fuentes de lágrimas, y lloró, y Cristo mismo vino y borró su negación».

Y añade sobre este tema san Juan Clímaco: «Después del bautismo, el mayor bautismo son las lágrimas». Por eso se las llama también “segundo bautismo”, el bautismo de la metania, del arrepentimiento, que se realiza con lágrimas, «aunque sea algo atrevido decirlo así», comenta el santo. Sin embargo, es verdad. Y esta verdad se fundamenta en la misma Sagrada Escritura.

En una ocasión, el piadoso rey Ezequías, cuando el profeta Isaías le anunció: «Prepara tu testamento, porque vas a morir; ordena tu casa»,
Ezequías se volvió hacia la pared y comenzó a llorar. Entonces el Señor dijo a Isaías, que todavía se hallaba en el patio del palacio: «¿Ves? El rey llora. Ve y dile que no morirá, sino que vivirá quince años más» (cf. Is 38,1-5).
¡Qué grande es, en verdad, la fuerza de las lágrimas!

Y continúa san Juan Clímaco diciendo: «Aquel (el bautismo) es catártico, el purificador de los males pasados; éste (las lágrimas) limpia los pecados posteriores. Y como todos recibimos el bautismo en la niñez, hemos manchado la túnica bautismal; si Dios, por su amor al hombre, no nos hubiese concedido este segundo bautismo de las lágrimas, realmente serían muy pocos y raros los que pudieran salvarse».

Aún existen, queridos míos, las lágrimas del duelo o luto según Dios.
Atención: no del duelo en general, sino del duelo conforme a Dios. Llorar por tu pobreza espiritual, por tus pecados. Hombre, llora por tu pequeñez. Llora porque el mundo va mal, porque se aproxima la destrucción, porque muchos desertan, abandonan el campamento del Señor y se pasan al campo del enemigo, al ejército del Anticristo, al campamento del diablo. Llora y sufre por eso. Ese es el duelo o luto según Dios.

Dice san Atanasio el Grande: «No todos poseen el don de las lágrimas, sino sólo aquellos cuyo pensamiento está en lo alto, los que se olvidan de las cosas terrenas, los que no se preocupan de la carne, los que ignoran completamente qué es el mundo, los que han muerto a los miembros que están sobre la tierra». Es decir: los que han despreciado lo terreno y tienen su mente en el cielo, éstos son los que poseen el duelo según Dios. «A ellos solos —dice— se les concede el don de las lágrimas». ¡Ah, “se les concede”! Así que las lágrimas son un regalo. Y esto lo veremos más adelante.

Existen también, queridos míos, las lágrimas de la αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado, altruista). Aquí se encuentra toda la grandeza y la plaza de oro de la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios, tal como la contempla el evangelista Juan en el libro del Apocalipsis. Ya que «Dios es agapi-amor», la energía increada de ese amor divino hiere el corazón con la herida del amor. Y esa herida es terrible —la herida del amor de Dios.
Por eso exclama el alma humana —la Esposa del Cantar de los Cantares,
que es la Iglesia, la persona, la misma psique-alma—: «Porque estoy herida de agapi-amor» (Ct 2,5). ¡Grande es la herida de la agapi-amor!, especialmente del amor divino.

Escribe san Isaac el Sirio: «¿Qué es un corazón misericordioso?», se le preguntó. Y respondió: «Es el corazón que arde por toda la creación». Atended a la palabra καῦσις (kafsis: arde, ardor, quema, combustión). Recordad lo que dijeron los dos discípulos de Emaús: «¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba en el camino?» (Lc 24,32). Quien siente ese ardor debe saber que es un regalo de Dios, un privilegio divino.

Es, pues, el corazón inflamado por toda la creación —por todos los hombres, por las aves, por los animales e incluso por los demonios—. El hombre que ama a Dios dice: «¡Pobres seres, oh demonios, miserables criaturas que ni podéis arrepentiros ni amar! ¡Desdichadas existencias!», y llora por ellos. Así lo enseña san Isaac el Sirio. Llora por toda criatura, dice el santo. Y al recordar o contemplar la creación —cuando ve los pajarillos caer en la nieve, los árboles abatidos, la fragilidad de la vida—, sus ojos se llenan de lágrimas. Ese es el hombre que ama; es el que tiene las lágrimas fáciles, prontas.

Y en otro diálogo, le preguntaron a san Isaac el Sirio: «¿Cuál es la perfección de los múltiples frutos del Espíritu?» Y él respondió: «Cuando uno es hallado digno de la perfecta caridad de Dios».

¿Y cómo se reconoce que alguien ha llegado a esa caridad perfecta?, le preguntaron.

Y contestó: «Cuando el recuerdo de Dios se mueve en su mente, inmediatamente el corazón se enciende en el amor divino, y los ojos se llenan de abundantes lágrimas. Porque es propio del amor —por el recuerdo de los amados— producir lágrimas. Y cuando alguien posee siempre ese amor, jamás carece de lágrimas» (Logos 85).

Pero, queridos míos, las lágrimas no deben convertirse en un fin en sí mismas. No son un fin, sino un medio: un medio rico, hermoso, noble, pero siempre un medio. No deben transformarse en una búsqueda de satisfacción emocional ni en una forma de narcisismo espiritual.
Algunos hacen la limosna —sabéis— para sentir una alegría interior: «Haz una buena acción y verás qué bien te sentirás». Y así, tanto la buena obra como las lágrimas se convierten en un fin.
¡Nunca debe ser así!

Las lágrimas son sólo un medio para acercarnos más a Dios, para calentar el corazón, para encender el amor divino.

Por eso dice san Nilo del Sinaí: «Usa las lágrimas para alcanzar cualquier petición; porque el Señor se alegra mucho cuando recibe tu oración acompañada de lágrimas. Pero no conviertas en pasión aquello que fue dado para librarte de las pasiones, para no irritar a Aquel que te concedió la jaris-gracia de las lágrimas».

Las pasiones (pazos), queridos míos, y la insensibilidad del corazón impiden las lágrimas. Lo mismo sucede con la glotonería, las conversaciones vanas, la excesiva charla, y también con una vida espiritual superficial, ocasional, descuidada. Todo esto obstaculiza las lágrimas. En cambio, la práctica de los mandamientos de Dios conduce a la κατάνυξη (katánixi: compunción, dilatación del corazón) y a las lágrimas. Las lágrimas pueden nacer durante la oración, en la lectura y reflexión del logos Dios, al contemplar la creación, viendo la belleza del mundo, en la comunión espiritual y el diálogo con hermanos creyentes, durante la Divina Liturgia, en la reflexión interior, en el viaje, en el camino, en el autobús, en el tren… en cualquier lugar, en cualquier momento. Todo depende del estado del corazón: si ha hecho la catarsis y si mantiene viva la memoria de Dios.

Concluyamos, sin embargo, con una hermosísima oración de san Efrén el Sirio, que se refiere precisamente a la oración con lágrimas.
Dice así: «Señor, Tú solo sabes que nuestra psique-alma tiene sed de Ti, como la tierra árida que ansía el agua. Derrama en nuestro corazón una gota de Tu divina χάρις (jaris: gracia, energía increada) y enciende en él la llama de Tu agapi-amor. Toca nuestra lira de diez cuerdas con melodías de κατάνυξη (katánixi: compunción, dilatación del corazón) y alegría. Tú que abriste los ojos del ciego, abre también los ojos de nuestra psique-alma, para que contemple la belleza de Tu doxa-gloria (luz increada). Tú que diste agua en el desierto a un pueblo rebelde y contencioso, concédenos κατάνυξη katánixi y lágrimas en los ojos, para que podamos llorar cada día de nuestra vida con humildad, con amor y con corazón puro. Que nuestra súplica se acerque a Tu amor y nos conceda la santa semilla de Tu verdad, para que podamos ofrecerte manojos llenos de κατάνυξη katánixi y alabanza. Escucha, Señor, la oración de Tus siervos, por la intercesión de Tu Santísima Madre, la Θεοτόκος Zeotokos, y de todos Tus santos, Tú, bendito sobre todos, por los siglos de los siglos. Amén

A la gloria del Dios Trino y Santo,
Homilía realizada en el Santo Monasterio Komnineo, Larisa, 6 de octubre de 1991, con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el venerable y bendito Padre Atanasios Mitilineos,

FUENTES: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/omiliai-kyriakvn

Transcripción digitalización y edición de la homilía: Sr. Atanasios K. y Eleni Linardaki, filóloga.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/

 

b) El duelo o luto – A. Mitilineos

Domingo III de Lucas [L7, 11-16]

Queridos míos, la lectura evangélica de hoy nos conmueve profundamente. El Señor se dirigía a una pequeña ciudad llamada Naín, cuyo nombre significa “hermosa”. Pero, por coincidencia, mientras una gran multitud de discípulos lo seguía, al llegar a la puerta de esa pequeña ciudad se encontraron con un cortejo fúnebre. Otra multitud salía acompañando el entierro. Era el funeral de un joven, hijo único de una mujer viuda.

El Señor, al verla llorar, se compadeció de ella y le dijo: «No llores». Luego se acercó al féretro; los que lo llevaban se detuvieron. Y entonces el Señor, con una orden llena de autoridad, dijo al joven muerto: «¡Joven, a ti te digo, levántate!». Y el joven se incorporó y comenzó a hablar. ¡Fue algo asombroso! Luego el Señor lo entregó a su madre. Era el consuelo más grande y más representativo que aquella viuda podía recibir.

Su duelo o luto, como era natural, se transformó en alegría. Pero detengámonos un poco en este duelo. ¿Qué es el duelo o luto?
La palabra griega «πένθος pénzos» proviene de la palabra «πάθος pazos (pasión)» y «πάσχω pasjo», que significan “padezco”, “sufro”, “soy afligido”, “soy presionado”. El duelo, por tanto, es una condición del hombre posterior a la caída. Dios no creó al hombre para que sufriera duelo. Es consecuencia de la caída de los primeros en ser creados.

En efecto, Adán, sentado frente al Paraíso, lloraba su pérdida. Y como dice el santo himnógrafo, poniendo en boca de Adán aquel monólogo fúnebre —el que se canta en el Οίκος ikos del Domingo de Quesos: «Entonces Adán se sentó y lloró frente a las delicias del Paraíso, golpeándose el rostro con las manos, y decía: “Oh Misericordioso, ten compasión, misericordia de mí que he caído; compadécete, oh Paraíso, de tu dueño empobrecido o ven, Paraíso, y compadece conmigo a aquel que te poseía por heredad y ahora ha empobrecido», etc.

Vemos, pues, que Adán está en duelo. Y la consecuencia de aquella caída de Adán fue la muerte del hijo de la viuda, es decir, la muerte de todo ser humano; pero ahora viene el Señor a reabrirnos el Paraíso.
Pérdida, entonces, del Paraíso y muerte: dos males. Desde entonces, esos dos males, esas dos calamidades, deprimen y afligen a la humanidad.

Pero, ¿cómo debe situarse el hombre frente al duelo? Porque el duelo existe, aunque el Señor lo haya vencido, como veremos enseguida.
La actitud del hombre no debe ser otra que la del gentío y de la madre del joven muerto frente a Cristo, es decir, mirar de frente a Cristo. Esa debe ser nuestra actitud ante el duelo. Cristo dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida» (Jn 11:25). El que cree en Jesús Cristo tiene en sí mismo la Resurrección y la Vida. Y esto no es una expresión literaria o poética, como si dijéramos que alguien es la luna, el sol o las estrellas del cielo… No. Cristo es realmente la Vida y la Resurrección; Él es Autovida, la Vida misma, Aquel que nos dio la resurrección real. Porque Él mismo resucitó y venció definitivamente a la muerte. Resucitó, por supuesto, según su naturaleza humana, pues como Dios es inmortal.

«Ahora bien, Cristo ha resucitado de entre los muertos —dice el apóstol Pablo— y se ha convertido en primicia de los que duermen». Dice de los que duermen, no de los muertos, para mostrar que desde ahora la muerte no es más que un episodio pasajero. Y repite las palabras del profeta Isaías: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde está, oh Hades, tu victoria?» Es decir: “Muerte, ¿dónde está tu aguijón, como otra avispa que venías a envenenar a todo hombre? Hades, ¿dónde está tu victoria, tú que los reunías a todos?”

Y con tono triunfal, el evangelista Juan escribe en su libro Apocalipsis:
«Y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos; y la muerte no existirá más» (Apocalipsis 21:4).

¿Se ha oído jamás semejante cosa en los siglos? “Y la muerte no existirá más.” No se trata de la muerte metafórica, sino de la que llamamos muerte biológica, ese “morir” que todos vemos. Puede decirse con toda realidad.

Así como Juan, para mostrar que el Hijo de Dios, el Logos divino, se hizo verdaderamente hombre, usó la expresión: «El Logos se hizo cuerpo-carne» (Jn 1:14) —no dijo “hombre”, sino “cuerpo-carne”, para subrayar con realismo lo que el Logos de Dios llegó a ser—, así también aquí no tenemos un sentido figurado. La muerte realmente dejará de existir.
¿Cuál muerte? Aquella que vemos a diario en nuestra vida. «Ni habrá ya clamor, ni dolor, porque las cosas primeras pasaron» (Apocalipsis 21:4)

Si se nos permite decirlo, podríamos afirmar que la humanidad ha pasado por tres etapas: La primera, dentro del Paraíso; la segunda, fuera del Paraíso; y la tercera, nuevamente dentro del Paraíso, en la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios.

Si quisiéramos subdividirlas, diríamos que el hombre, estando fuera del Paraíso —antes incluso de dejar la vida presente y antes de la resurrección de los muertos—, ya ha pasado de la muerte a la vida.
Así lo dice maravillosamente el Señor en el Evangelio según san Juan:
«¿Has creído en Cristo?», pregunta el evangelista. «Entonces has pasado de la muerte a la vida» (1Jn 5:24). Es decir, no se trata de pasar de la muerte biológica, como si dijera: “O, mejor aún, has pasado de la muerte espiritual a la vida eterna.” Ahora bien, si pasarás o no por la muerte biológica, es otro asunto. Porque puede suceder que no pases por la muerte biológica. ¿Cuándo? Cuando Cristo vuelva. Entonces, los que estén vivos no pasarán por la muerte biológica.

Debemos, queridos míos, estudiar y aprender el misterio de la muerte. Debemos aprenderlo, debemos mirarlo de cerca. Familiarizarnos con él, pero no en el sentido en que el hombre moderno intenta familiarizarse con la muerte, embelleciéndola. La muerte es espantosa. Se hacen hermosos monumentos, se organizan funerales solemnes, se pronuncian elogios, se embellecen las cosas… No. La muerte es terrible. Pero nuestra aproximación a ella debe ser mirarla de cerca, comprender qué es realmente, y reconocer que Cristo ha vencido aquello que se llama “muerte”.

Por lo tanto, esas cosas dejarán de existir, porque, como dice el Apocalipsis: «Las cosas primeras pasaron». Y continúa: «Y el que estaba sentado en el trono dijo: “He aquí, hago nuevas todas las cosas.” Y me dijo: “Escribe, porque estos logos son fieles y verdaderos.” Y me dijo: “¡Hecho está!”» (Apocalipsis21:5). Podríamos decir que esta expresión “Hecho está” (Γέγονεν yégonen) es la forma griega del hebreo amén: “Amén”, es decir: se ha hecho, se hace, se hará.
Γέγονεν Gégonen: ya se ha hecho. Y está en tiempo pasado para mostrar la certeza de que todas estas cosas son verdaderas y se cumplirán.

Debemos, pues, situarnos ante Jesús Cristo, con la absoluta certeza de que Él es el único, el único, el único que ha vencido la muerte. No hay nadie más, ni en el cielo —entre los santos ángeles—, ni en la tierra, ni en el universo, ni en el Hades, que sea vencedor de la muerte. Solo, único, incomparable: Jesús Cristo. Y repito: ante Él, la muerte no es más que un incidente.

Ciertamente, nos causa tristeza. Pero no debe desesperarnos. El duelo debe afrontarse a la luz de la Resurrección, con la conciencia de que resucitaremos; de que la muerte es un suceso pasajero. Resucitaremos. El apóstol Pedro, en su primera predicación ante las multitudes después de Pentecostés, dice: «Dios Padre resucitó a Jesús, habiendo roto las angustias y dolores de la muerte». La muerte tiene “dolores” —no en el momento de morir, no—, sino después. El Hades tiene angustias y dolores.

Si el cristiano no se consuela, queridos míos, con todo lo que hemos dicho, se le imputa incredulidad. Un duelo y una tristeza sin consuelo constituyen pecado; incluso, si lo queréis, uno de los siete pecados capitales, que es la λύπη* (lipi: tristeza, sufrimiento, depresión). Del duelo pasa el hombre a la lipi tristeza. Y escribe el apóstol Pablo: «La tristeza del mundo produce muerte». (*https://www.logosortodoxo.com/preguntas-y-respuestas-mitilineos/sobre-los-siete-pecados-mortales-y-la-%ce%bb%cf%8d%cf%80%ce%b7-lipi-pena-depresion-tristeza-mitilineos/)
¿Veis? Porque se trata de una tristeza de dimensiones mundanas.

En cambio, existe la λύπη lipi tristeza según Dios, con dimensiones espirituales: “Lloro mis pecados.” Esa lipi tristeza la quiere Dios. No, desde luego, de modo desesperado o sin consuelo, sino porque he afligido al Señor con mis pecados. Pero me alegro, porque Él me los ha perdonado. Por tanto, tengo una pena-alegre, pena gozosa (χαρμολύπη jarmo-lipi): tristeza y alegría. Tristeza por lo que hice; alegría por lo que el Señor me dio. Pero, tengamos cuidado, queridos míos, porque esa tristeza con dimensiones mundanas trae depresión, mata tanto la psique-alma como el cuerpo. Mata la psique-alma con la muerte eterna —no en el sentido de disolución o desaparición o aniquilación, sino en el sentido de condenación eterna o infierno eterno—, y mata el cuerpo en el sentido que todos conocemos.

Así pues, la λύπη tristeza mata la psique-alma y el cuerpo. Por eso aconseja el sabio Sirácides (Eclesiástico), en el capítulo 38. Escuchad:

«Hijo mío, derrama lágrimas por el muerto y, como quien sufre mucho, comienza el lamento». —Pero atención, esto pertenece al Antiguo Testamento. Sin embargo, hay en esto una apreciación verdaderamente muy correcta; salvo algunos puntos que ahora han sido superados en el ámbito del Nuevo Testamento.—

«Envuelve su cuerpo según la costumbre” -significa amortajar-
“y no descuides su sepultura», es decir, según la costumbre establecida, ocúpate de él. (De hecho, la palabra “funeral” [en griego «κηδεία» kidía] viene del verbo «κήδομαι kídome», “me preocupo, cuido”; por eso «Κηδεμών kidemón tutor», significa “el que cuida de ti”. En consecuencia, “funeral” quiere decir “el cuidado del difunto”).

«Llora con amargura y haz duelo, golpeando el pecho.»

(No olvidéis que también por Esteban, el protomártir, “hombres piadosos hicieron gran lamentación golpeando el pecho”. El «κοπετός kopetós» es el golpearse el pecho, arrancarse los cabellos. Estas cosas, sin embargo, se corrigen en el Nuevo Testamento.  En el Nuevo Testamento ya no existen los lamentos ni las lamentaciones de ese tipo. Pero, como os dije, conserva su sentido y su valor espiritual: “Haz duelo por él conforme a su valor; un día o dos, por causa de la murmuración, y consuélate luego de la tristeza” (Eclesiástico 38,17).

¿Veis cómo lo dice? “Por causa de la murmuración”, χάριν διαβολῆς, es decir, para que no te acusen de insensible, para que no te censuren de dureza de corazón. Mas después, ¿qué ordena? —“Después”, dice, “te consolarás.” He aquí el valor del precepto: “Porque de la tristeza brota la muerte, y la pena del corazón debilita las fuerzas” (Eclesiástico 38,18). Si te dejas abatir por un dolor prolongado, morirás; enfermarás. La tristeza del alma quebranta la fortaleza del cuerpo. ¿Sabéis acaso —pregunta el orador— que uno de los factores del cáncer es también la tristeza? Si lo sabéis… No es sólo cuestión de lo que comemos o respiramos, sino también del estado psicológico de nuestra psique-alma. Así, la lipi tristeza, pena, aflicción desmedida no sólo hiere el espíritu, sino que consume la carne y marchita la vida misma.

Y continúa diciendo el sabio Sirácides: «No entregues tu corazón a la lipi tristeza; aparta de ti la pena, recordando tu también morirás. No lo olvides, pues no hay retorno. ¿Por qué lloras ? ¿Acaso puede el hombre volver? No. No vuelve nadie. Tampoco podrás ayudar al difunto,
y a ti mismo te harás daño.»

«Recuerda su destino, porque será también el tuyo:
Ayer fue para mí; hoy será para ti.»

Es como si el muerto te dijera:
“Para mí, la muerte fue ayer; para ti será hoy.”
Es decir: hoy él, mañana yo.
Entonces, ¿por qué esa lipi tristeza ilimitada?

«Cuando el difunto haya sido sepultado, cesa el recuerdo de su dolorosa memoria; ¿Qué recuerdo? El triste recuerdo. Y no te entregues al llanto sin medida, ni dejes que, cada vez que te lo evoquen, tus ojos se inunden en lágrimas. No; sólo una dulce memoria puedes conservar, y consuélate en ella, pues su espíritu ha partido». Nada más. Y repito, por tercera vez: todo esto pertenece al ámbito del Antiguo Testamento.

¿Qué diremos, pues, en el ámbito del Nuevo Testamento, donde tenemos la Resurrección de Cristo y la resurrección de los muertos?
Una realidad que no era conocida en el Antiguo Testamento, o al menos era incierta y velada.

Así ocurre que el cristiano, cuando está de duelo, muchas veces no solo permanece inconsolable, sino que se vuelve contra Dios y lo acusa de injusto o maldo. “¿Por qué tuvo que llevarse a mi hijo?”, dicen algunos hombres irrespetuosamente, ¡qué palabras tan impías! ¿Veis cómo un exceso de λύπη lipi tristeza, pena puede conducir hasta la blasfemia contra Dios?

Y además, cuando el hombre permanece inconsolable, deja de ir a la Iglesia. Porque, consciente o inconscientemente, considera a Dios responsable de la muerte de su ser querido. Como si dijera: “Yo iba a la Iglesia porque Tú necesitabas de mí. ¿Me quitaste a mi hijo, a mi esposo, a mi esposa? Pues ahora ya no voy más a la Iglesia. No quiero honrarte. ¡No quiero!”

¿Veis qué relación de trueque —una especie de “comercio inconsciente”— se introduce entre el hombre y Dios en el culto? ¡Qué actitud tan equivocada! Posiciones malas y muy equivocadas.

O incluso —principalmente las mujeres—, no van a la Iglesia cuando muere su esposo, para que no las critiquen diciendo: «Mira, ¿eh?, apenas murió su marido —dicen, y añaden ese “¿eh?” tan vulgar—, ¡y ya anda arreglada!». ¡Por el amor de Dios! ¿Qué significa eso? ¿Acaso fui a bailar? ¿Fui a divertirme? ¿Qué es la Iglesia, entonces? ¿No es acaso el lugar de la consolación? Y sin embargo, esa es la mentalidad que existe.
Y cuando yo digo, lo he repetido miles de veces: «Te suspenderé la Sagrada Comunión, señora mía, si no vas a la Iglesia», ella prefiere que se la suspenda, pero no acude mientras está de duelo.

¿Por qué? Porque teme ser criticada por los vecinos del pueblo.
He aquí el espíritu mundano. Si preguntáis qué es el espíritu del mundo, ¡ahí lo tenéis! ¿Queréis otro ejemplo? La búsqueda de la aprobación humana, que prevalece sobre la piedad. Y eso, queridos míos, es una desgracia.

¿Cómo debemos comportarnos frente a quienes están de duelo?

El Eclesiastés aconseja y dice: «Mejor es ir a la casa donde hay duelo que a la casa donde hay banquete». Es decir, mejor ir a consolar al que sufre que a un lugar de fiestas o banquetes. Eso, además, manifiesta una auténtica sociabilidad, porque ir donde hay bebida y jolgorio es una acción mundana, no social. En cambio, ir a una casa donde hay luto es una expresión de verdadera comunión humana.

El sabio Sirácides también dice (Eclesiástico 22,12): «El duelo por el difunto dura siete días.» Moisés, porque era una figura muy grande, fue llorado durante cuarenta días. Queridos míos, no más. Y nosotros, cargándonos de negro durante tres o siete años… Otra cosa es una mujer anciana que viste de negro hasta su muerte: eso es distinto, es propio de su edad y su disposición. Pero los niños protestan: «No podemos ver tanto negro», dicen. El color negro es psicológicamente negativo para ellos.

Además, cuando hacemos duelo —tanto durante el funeral como después—, no debemos adoptar costumbres paganas. No romperemos platos, vasos o cántaros. Tampoco colocaremos monedas o frutas en el ataúd del difunto. No va a cruzar ningún Aqueronte para pagarle. ¡Qué cosas son esas! ¡Pura idolatría! Ni pondremos botellas de agua o de vino para obtener el llamado “agua helada del alma” (fríxonéri) u otras supersticiones semejantes. No tengo tiempo ahora para analizarlas todas. Cuando encendemos una lámpara o una vela en la tumba o en casa, no significa que estemos iluminando el alma del difunto porque está en tinieblas. No. Honramos la imagen de Dios en quien ha dormido. Es solo un acto de honor, no de ser iluminado.

Tampoco pondremos comida sobre la tumba, como hacían los antiguos paganos antes de Cristo. Ni creeremos que el alma del difunto vaga alrededor de la casa o del cementerio o de cualquier otro lugar. San Juan Crisóstomo dice claramente sobre esto: «El alma fue a su propio lugar.» Es decir, al lugar que le corresponde. No anda errante de un sitio a otro. No debemos creer que el alma del difunto se convierte en un vampiro o que viene a vengarse, o que revela secretos, o que se aparece en sueños. Muchas veces, en sueños, vemos a un ser querido que ha fallecido. Tened cuidad, no le deis importancia. No es el difunto. No es su alma. Él ya ha ido «a su propio lugar. Cuando, después del funeral o en los memoriales, ponemos una mesa, no debe servirse carne si estamos en Gran Cuaresma o en cualquier otro período de ayuno.

Muchos dicen: «¡Pero nos van a malinterpretar!» ¡De nuevo la búsqueda de aprobación humana! ¡De nuevo el espíritu mundano!

Tampoco debemos ayunar cuarenta días por el difunto. ¡Atención! A menudo no guardamos los ayunos establecidos por la Iglesia, pero sí ayunamos “por el difunto”. Eso no está bien. Ni haremos funerales lujosos: solo el funeral digno y sobrio, el que corresponde a la imagen de Dios que es el hombre. Y no debemos dar dinero “en lugar de memorial”. A menudo lo vemos en los periódicos: «En lugar de memorial, donación a instituciones benéficas.»

¡No!
Eso es un error. Es pecado. El memorial no puede ser sustituido por nada. En cambio, sí puede hacerse “en lugar de coronas” o “en lugar de un funeral lujoso”: entonces sí, se pueden donar los fondos a un hospital o institución. Pero nunca “en lugar de memorial”.

Queridos míos,
cuando hacemos duelo, debemos hacerlo como cristianos, como personas que creen en la resurrección de los muertos
y en la resurrección de Cristo. Debemos tener un comportamiento sereno y dulce. No haremos lamentaciones, ni llantos, ni cantos fúnebres. La muerte de nuestro ser querido debe dejarnos solo un recuerdo bueno y dulce. En cada oración, pidamos por su descanso. En la Divina Liturgia, ofrezcamos con frecuencia un pan consagrado (prósforo) y un poco de vino, para que se haga la conmemoración de su nombre. Y con la esperanza puesta en Cristo, esperemos la resurrección común. Todos resucitaremos. Y diremos:

«Cristo ha resucitado, y los muertos se levantan.» Esa será nuestra mejor consolación. Amín.

A la gloria del Dios Trino y Santo,
Homilía realizada en el Santo Monasterio Komnineo, Larisa, 7 de octubre de 1990, con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el venerable y bendito Padre Atanasios Mitilineos,

FUENTES: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/omiliai-kyriakvn

Transcripción digitalización y edición de la homilía: Sr. Atanasios K. y Eleni Linardaki, filóloga.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/

 

 

 

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