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Sep 24 2025

Comienzo de la Indicción – El Año Aceptable del Señor [Lucas 4,16-30] π. Atanasios Mitileneos

 

Comienzo de la Indicción – El Año Aceptable del Señor [Lucas 4,16-30]

π. Atanasios Mitileneos

La homilía en Nazaret, 4:14-30.

14 Jesús regresó a Galilea pleno en dinamis (potencia y energía increada) del Espíritu, y se extendió su fama por toda la comarca por los milagros que hacía;

15 y él enseñaba en las sinagogas de los Judíos, siendo admirado y elogiado por todos.

16 Y llegó a Nazaret, donde había sido criado, y en el día sábado entró en la sinagoga, y conforme a su costumbre se levantó a leer un pasaje de la Biblia.

17 Y le fue entregado el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, encontró el lugar donde estaba escrito lo siguiente:

18 El Espíritu del Señor está sobre mí, porque con este me crismó-ungió como hombre y me ha enviado a predicar, a los hombres pobres y desnudos de fe, el mensaje alegre de la redención, y sanar-psicoterapiar a los que el corazón se les ha quebrantado y oprimido por el peso del pecado,

19 a proclamar a los esclavos del pecado el perdón y la liberación, y a restaurar la vista a los ciegos físicamente y espiritualmente, es decir, regalar la iluminación a los que tienen el nus/espíritu ciego y oscurecido por los pazos del pecado; me ha mandado a proclamar a los hombres el principio de la nueva era o época que será aceptada y agradable a Dios y a los hombres.

20 Y habiendo envuelto el libro, lo devolvió al asistente, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él.

21 Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta escritura en vuestros oídos.

22 Y todos daban testimonio de Él, y se maravillaban de las palabras de jaris-gracia que salían de su boca, pero decían: ¿No es éste el hijo de nuestro José, el carpintero?

23 Entonces les dijo: Sin duda me diréis este proverbio: Médico, cúrate a ti mismo. Cuantas cosas oímos que se han hecho en Capernaum, hazlas también aquí en tu tierra.

24 Y añadió: En verdad os digo que ningún profeta ha sido bien recibido con su debido honor en su tierra;

25 y os recuerdo también esta verdad, que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, mientras hubo una gran hambre en toda la tierra de Palestina;

26 pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda desconocida e insignificante en Sarepta de Sidón.

27 Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue limpiado, sino sólo Neemán el sirio.

28 Oyendo estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira incontrolable; porque creyeron que el Señor los pone en posición inferior que a los idólatras;

29 y levantándose, lo sacaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual había sido edificada la ciudad de ellos, para despeñarlo;

30 pero él, atravesando por medio de ellos de una forma admirable, se fue.

 

Comienzo de la Indicción – El Año Aceptable del Señor [Lucas 4,16-30]

π. Atanasios Mitileneos

 

Hoy, queridos míos, nuestra Iglesia celebra su Año Nuevo. Es decir, el inicio del año para una obra importante. Y cada Año Nuevo puede, por supuesto, ser convencional, por acuerdo, pero la voluntad de Dios se encuentra en la medición del tiempo. Y esta medición del tiempo es necesaria tanto para las obras del hombre como para su salvación. Por eso Moisés escribe en el primer capítulo del Génesis: «Y dijo Dios: ‘Haya lumbreras en el firmamento de los cielos’ —es decir, el sol y la luna— ‘para iluminar la tierra, para separar el día de la noche, y sean por señales, para estaciones, días y años’.»

Aquí vemos la división del tiempo. Y dentro de esta noción del tiempo se expresa aquello inspirado por Dios: “Todo tiene su tiempo”, que dice el Eclesiastés.

El tiempo, queridos míos, es creación de Dios junto con el espacio. Así, hoy, 1 de septiembre, es el primer día del año eclesiástico. “Comienzo de la Indicción” dice el Horologion. Y mientras que para los pueblos se establecieron años nuevos convencionales, para los hijos de Dios se establecieron algunos años nuevos muy grandes y universales. Los judíos celebraban la Fiesta de las Trompetas el 1 de septiembre. El mes de Nisán, que va del 15 de marzo al 15 de abril, es designado por Dios como el primer mes del año, porque en ese mes los judíos cruzaron el Mar Rojo al salir de Egipto. Por eso Dios dijo: “Este será el primer mes del año. Contadlo como primero.” De ahí la Pascua. Pascua significa “paso”, el paso por el Mar Rojo. Así también el Señor sufrió en el mes de Nisán. Es decir, Su Resurrección coincide con la Pascua judía, que, como dije, era en el mes de Nisán, entre marzo y abril.

Así, la noción de Año Nuevo tiene importancia para el inicio de un nuevo período temporal. Por ejemplo, para la Pascua, nosotros —saben el Evangelio, el gran Evangelio que contiene las lecturas— comenzamos la primera lectura del Evangelio desde el Domingo de Pascua. Esto, por supuesto, es una medición eclesiástica con inicio en la Pascua. Sin embargo, el Año Nuevo más antiguo, el primero y el más alegre del mundo, fue el 27 de noviembre del seiscientos uno, primer año de la vida de Noé. Cuando Noé salió del Arca, toda la humanidad se había ahogado —el pecado había inundado la tierra y la había corrompido, todo estaba cubierto por las aguas—. Cuando Noé salió del Arca, tenía seiscientos un año. Esto sucedió porque permaneció aproximadamente un año dentro del Arca, hasta que las aguas se calmaron —fueron aguas terribles…. Esto ocurrió el 27 de noviembre. Así, el mundo antiguo terminó con el Diluvio y surgió un mundo nuevo con muchas esperanzas.

Pero también este mundo envejeció, y era necesario establecer un nuevo y verdadero Año Nuevo. Este nuevo Año Nuevo lo inaugura ahora Dios con la Encarnación de Su Hijo. Pero antes de inaugurarla, Dios lo anuncia proféticamente a través de Isaías.

Veamos los acontecimientos en su orden. El Señor se encontraba en Nazaret, “donde había sido criado”, como nos dice el evangelista Lucas, allí donde creció. Y según Su costumbre, un sábado entró en la Sinagoga, se levantó para leer, como era la costumbre entonces, la lectura de las Escrituras. Quien podía, leía y explicaba lo que leía, es decir, como hoy tenemos el pasaje evangélico y su explicación, el sermón sobre la pasaje. Así, el Señor se levantó para leer la lectura de aquel sábado. Se le dio el libro de Isaías, lo abrió y eligió esta sección —Lucas nos la menciona— de Isaías, repito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para evangelizar a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a proclamar libertad a los cautivos y vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año aceptable del Señor.»

Vemos al Señor Jesús, en este pasaje, siendo Él mismo profetizado. Y ahora viene a interpretar la profecía Él mismo. El profetizado interpreta la profecía acerca de sí mismo. Es la forma más perfecta de profecía: que quien interpreta la profecía sea precisamente aquel a quien la profecía concierne. Así vemos que el Señor comienza a referirse a Su propia persona, no solo en esta ocasión en la sinagoga de Nazaret, sino también en otros casos, comenzando desde los profetas lo que dijeron sobre Él.

Vemos, por ejemplo, cómo los hechos se combinan con la profecía de manera asombrosa. El apóstol Pedro escribe:

«Tenemos más seguro el logos profético, al cual hacéis bien en atender, como a una lámpara que alumbra en lugar oscuro.»

La profecía es superior al hecho, pero se verifica mediante el hecho, y el hecho confirma la profecía. Y no olvidemos esto: aquí, al encontrar la profecía en el Antiguo Testamento, vemos el valor del Antiguo Testamento, sin el cual el Nuevo Testamento, subrayo, queda suspendido. No sabríamos quién es Jesús Cristo sin el Antiguo Testamento, que tantos menosprecian. ¡Error! El Antiguo y el Nuevo Testamento son la Sagrada Escritura. Ni el Antiguo es superior ni inferior al Nuevo, son la Sagrada Escritura. Allí encontramos las profecías, la identidad de Jesús Cristo.

¿Qué tenemos en el Antiguo Testamento? Las profecías.

¿Qué tenemos en el Nuevo Testamento? Los hechos. La persona de Jesús Cristo.

No olvidemos esto, porque el conocimiento de las profecías es el principio y la base de la fe consciente. ¿Quieres creer conscientemente, sin vacilaciones en tu fe? Ve a las profecías. Ve al Antiguo Testamento.

La profecía verdadera, por sí misma, está herméticamente cerrada. Herméticamente cerrada. Recuerden al etíope que leía Isaías. Leía en voz alta, era costumbre entonces. Dios envió a Felipe, quien se acercó al carro de este eunuco —importante, no era judío, era africano— y le pregunta: “¿Entiendes lo que lees?” El etíope responde: “¿Cómo podría entenderlo si no tengo a alguien que me lo explique?”

Y yo te pregunto: ¿de quién habla aquí el profeta? ¿De sí mismo o de otro? No entiende nada. La profecía está herméticamente cerrada. El apóstol Pedro escribe: «Primero debéis saber esto: que ninguna profecía de la Escritura se interpreta por sí misma.»

No puede nadie explicar la profecía si no tiene algo. ¿Qué? Se necesita un profeta. Un profeta escribió la profecía, un profeta debe explicarla. El profeta formula y el profeta interpreta. Esto es muy importante.

Ahora bien, ¿quién profetiza aquí? Jesús Cristo. El profetizado que interpreta la profecía acerca de sí mismo. Cuando, el día de Su Resurrección, se adelantó a los dos discípulos de Emaús, “Comenzando desde Moisés y todos los profetas, les interpretaba en todas las Escrituras lo que de Él decían”, dice Lucas. Explicaba a los dos discípulos lo que concernía a Él mismo según los profetas. Desde todos los profetas. ¿Lo ven?

Pero los destinatarios de una profecía también deben tener el Espíritu Santo. Si no lo tienen, reaccionarán negativamente. Por eso los dos de Emaús aceptaron lo que Jesús les decía, aunque no Lo habían reconocido —sus ojos estaban velados. Y cuando, por un momento, Jesús desapareció ante ellos, allí en la mesa de la casa de uno de los dos, se dijeron entre sí: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos abría las Escrituras?”

¿Qué significa esto? Que los dos discípulos aceptaban lo que el Señor les decía, sin saber que era el Señor —Lo conocían desde antes, pero en otra forma. No es momento de profundizar más en esto.

Ahora, el Señor está en Nazaret, como vimos en el pasaje evangélico de hoy, y Él mismo interpreta la profecía de Isaías que se refería a Sí mismo. Pero Sus oyentes, aunque por un momento quedaron fascinados y pendientes de Sus labios, dijeron: “¿Cómo sabe este de letras sin haberlas aprendido?” —“Si no fue a la escuela, ¿cómo sabe tales letras…”. Sin embargo, cuando el Señor avanzó un poco más, dado que no se les había dado el Espíritu Santo —porque en el fondo no querían aceptar lo que el Señor les decía—, dijo el Señor estas palabras: “Ningún profeta es aceptado en su propia tierra”. No es aceptado; como dicen: “¿Tú nos vas a decir esto? ¿Quién eres tú?” ¿Lo escucharon? “¿Tú nos vas a decir esto? ¿Quién eres tú?”

¿Y qué hicieron? Escuchen: “Todos se llenaron de ira al oír estas cosas en la sinagoga, y levantándose, lo sacaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para precipitarlo”. Lo tomaron, lo sacaron afuera; Nazaret estaba en una región montañosa, y lo llevaron a un despeñadero para arrojarlo… No tenían el Espíritu Santo. Por lo tanto, no basta que un profeta escriba y que un profeta interprete; también el receptor, los receptores, deben tener el Espíritu Santo.

¿Y qué interpreta aquí el Señor? Que ha venido a establecer un Año Nuevo. Ese era Su propósito. Predicar, como dice al finalizar el pasaje: “el año aceptable del Señor”. “Año” significa tiempo. Un tiempo de 360 días. Es decir, un tiempo que sea aceptable para el Señor —desde el punto de vista de los hombres, se entiende—. Un inicio de tiempo que sea aceptado por Dios, a partir de las obras de los hombres. Los primeros padres comenzaron su vida en un momento; para ellos fue un Año Nuevo. Pero fracasaron. Su comienzo fue en el Paraíso. Luego, los descendientes de Noé, de quienes les hablé antes; también fracasaron. Y se hace un tercer intento —presten atención a esto que subrayo—, y último —verán más adelante por qué—, y último.

Este Año Nuevo, es decir, este inicio de un nuevo tiempo, de esta nueva era, tenía como contenido, según lo describe la profecía y lo explicó el Señor:

Primero: La evangelización de los pobres en conocimiento (gnosis) de Dios —no eran pobres porque no tuvieran qué comer, sino personas pobres en conocimiento de Dios. El Señor evangelizará a los pobres en el conocimiento de Dios, en el conocimiento de la divinidad. Apocaliptará-revelará quién es Dios.

Segundo: Procederá a sanar a los quebrantados de corazón. ¿Por qué? Por el pecado. El pecado destruye al hombre, queridos.

Tercero: Se anuncia la liberación de los cautivos. ¿De qué cautivos? ¿De una guerra, de un conflicto? No. De los lazos y la esclavitud del diablo, de la corrupción y la muerte. Estos tres: diablo, corrupción y muerte.

Cuarto: Ha venido a anunciar la apertura de los ojos de la psique-alma a nuevas perspectivas y dimensiones. Que puedan ver de manera diferente, bajo la perspectiva de la eternidad; que la muerte será vencida, la corrupción será superada, el diablo será sometido, y por lo tanto deben ver con otra perspectiva.

Quinto: El otorgamiento de la verdadera libertad. Como dijo Cristo: “Ha venido el Hijo del Hombre para liberarlos”. Y esto no lo entendieron los judíos en ese tiempo. Que nosotros sí podamos comprenderlo.

El “año del Señor”, el “año del Señor”, ¿cómo debemos entender este año del Señor? Es un año en el sentido amplio de la palabra. Es la época de Cristo en la tierra. Es el tiempo comprendido entre las dos parusías (presencias, venidas) de Cristo, entre Su primera y segunda parusía; ese tiempo es aceptable para el Señor. Porque todo lo que se pida se puede recibir dentro de ese período. Es el milenio del Apocalipsis, que los herejes milenaristas (testigos de jehová) interpretan erróneamente y dicen lo que dicen. ¿Qué es este reino milenario de Cristo? El tiempo comprendido entre las dos parusías, la primera y la segunda de Cristo.

Asimismo, el “año del Señor” es también el tiempo de la conversión. Para un pueblo, para un alma, para un grupo, para una persona. Es el tiempo del conocimiento (gnosis) del verdadero Dios. Ese es el “año del Señor”, el verdadero Año Nuevo aceptado por Dios.

Fíjense en algo. En nuestros días —como les dije— la tercera y última celebración de Año Nuevo no tiene reemplazo; en sentido amplio, es el inicio del aprovechamiento del tiempo. En nuestros días surgió un nuevo Año Nuevo. Podríamos llamarlo cuarto Año Nuevo… Es la llamada Nueva Era, New Age, como la llaman en Europa y América. La Nueva Era… Fíjense: la Nueva Era. Se convirtió en canciones, en música popular, en todo tipo de difusión con tal de propagarse por toda la tierra. Dicen que es el Año Nuevo de Acuario. “Pasó”, dicen, “la era de Piscis”. Tenemos los doce signos zodiacales. Uno de ellos se llama Piscis, dos peces, según los antiguos griegos. Otro signo se llama Acuario. Representado por un joven que sostiene un cántaro y derrama agua; eso es Acuario.

Y dicen estos —¿quiénes?—, los de la Nueva Era, que la era de Piscis, la era del cristianismo, ha pasado. Dicen: “Pasó. Se terminó”. Por coincidencia, ΙΧΘΥΣ —I-Χ-Θ-Υ-Σ— es un acróstico de las palabras: Iisús Jristós Zeú Yiós Sotir (Jesús Cristo Hijo de Dios Salvador). “Entonces la era del cristianismo ha pasado. Cristo se terminó. Todo lo que tenía que dar, lo dio, ya no tiene nada más que ofrecer. Ahora viene una Nueva Era, la era de Acuario”. Que es el Año Nuevo —¡sí, sí!—, el Año Nuevo del Anticristo. ¿Lo entendieron? Lo repito: el Año Nuevo del Anticristo. Este “mono o simio”, como dice San Agustín, del Cristo, imita a Cristo para engañar a los hombres y aparecer como si fuera Cristo. Y ¡ay de quien se deje engañar!

Queridos, tenemos también el Año Nuevo del llamado año político o económico. Decimos 1 de enero: año político, año económico. Pero el verdadero Año Nuevo aceptado es aquel que Cristo inauguró en la tierra. Y Su Encarnación constituye el punto de partida. Este Año Nuevo es el centro de la Historia. Por eso el apóstol Pablo nos advierte: “He aquí ahora el tiempo aceptable, he aquí ahora el día de la salvación”. ¡Ahora! ¡Ahora conviértete, vuelve en la metania! Ahora es el tiempo aceptable para Dios porque Cristo ha venido a predicar el “año aceptable del Señor”, perdón de los pecados, etc.

Presten atención —lo repito: este es el último Año Nuevo de la Historia, y también de cada persona.

Cualquier otro Año Nuevo, como el de la Nueva Era, es ilegítimo y engañoso. Quien comienza, cuando comienza, realiza un Año Nuevo del Señor. Y es el inicio de la fe, el inicio de la conversión, de la metania. Y conversión metania significa retorno a Dios, vuelta a Cristo. Por eso, pidamos al Creador de la Creación y de los siglos, del tiempo, que bendiga “la corona del año de Su bondad”, que sea un “año” de conversión, inicio de vida espiritual y bendición. Un “año” aceptado por el Señor. ¡Buen mes, buen año!

Añadido

”Indictio” indicción, se llamaba así cada período de 15 años que se pagaban los impuestos a los emperadores romanos. Según la tradición eclesiástica, el principio de la indicción fue introducida por Cesar Augusto (1-14), que ordenó el censo general de los habitantes del Imperio romano y la recaudación de los impuestos a partir del día 1 de septiembre.

Desde Constantino el Grande (313) se hizo oficialmente el uso de la Indicción como cronología. A partir de entonces la Iglesia de Constantinópolis hasta hoy celebra el día 1 de septiembre como inicio del año eclesiástico.

PARA LA GLORIA DEL SANTO DIOS TRINO

y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, el 1-9-1996. Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com/

 

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