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Sep 21 2025

«María, el nombre que lo encierra todo en la Madre de Dios», A. Mitilineos

«María, el nombre que lo encierra todo en la Madre de Dios»

Atanasio Mitilineos, homilía en la Natividad de la Madre de Dios

 

Hoy, mis queridos, nuestra Iglesia celebra la Natividad de la Madre de Dios. Es sabido que “día natalicio” no es el día en que uno nace, sino el día en que uno renace. Por eso podríamos decir que el verdadero día natalicio de cada hombre es el día de su bautismo; porque allí, en la pila bautismal, fue regenerado. Y la consumación de este día natalicio, considerando la vida entera como un solo día, es el día en que el hombre sale de esta vida presente.

Por eso, el día natalicio de todos los santos no se considera ni el día en que nacieron —mucho menos— ni el día de su bautismo, sino el día de su partida de esta vida, es decir, cuando se marchan de este mundo. Ese día se llama “día natalicio”, porque en realidad el hombre renace entonces para la vida verdadera, que es la vida eterna.

Naturalmente, el día del bautismo y el día de la muerte de una persona, que es su consumación, es decir, su plenitud, hasta donde haya llegado, coinciden. Tenemos una confluencia de estos dos límites. De ninguna manera, sin embargo, el día natalicio es el día en que el hombre nace biológicamente. Por eso el mundo antiguo celebraba siempre el cumpleaños, es decir, el día en que uno había nacido biológicamente. En el mundo cristiano, en cambio, no está permitido —es un error— celebrar, dicho sencillamente, los cumpleaños. Y, sin embargo, tiende a establecerse esta costumbre —cosa extranjera, ajena a nuestra tradición— de celebrar los cumpleaños. Es algo foráneo y anticristiano.

No ocurre lo mismo, sin embargo, con la Santísima Θεοτόκος (Zeotokos: la que da a luz a Dios, Madre de Dios). Y esto porque la Santísima Madre de Dios ya era santa desde sus ancestros. Y, sobre todo, la misma Madre de Dios fue profetizada y preparada por Dios mismo, sin que esto signifique, por supuesto, que Dios forzara su voluntad de tal manera que Ella fuera toda santa por un modo preestablecido. ¡Jamás! La Santísima Madre de Dios trabajó en sí misma para llegar a ser la Παν-αγία Panaghía (Toda Santa). Pero Dios preparó a la Santísima Madre de Dios desde sus antepasados, desde el ámbito en el que habría de ser concebida, gestada y nacida.

¿Y de dónde comienzan estos antepasados? Más de mil años antes. Por eso se dice de la Madre de Dios que es la flor que “brotó de la raíz de Jesé”. Ahora bien, Jesé era el padre de David, quien vivió más de mil años antes de que naciera la Madre de Dios. Y la Madre de Dios pertenece a la estirpe real de David. Y sus padres eran justos, y justos más que cualquier otro justo del Antiguo Testamento.

La Santísima Madre de Dios, queridos míos, es aquella de la que dice el libro de los Proverbios, en el capítulo 9: “La Sabiduría se edificó una casa”. ¿Quién es esa Sabiduría? Es la Sabiduría hipostática (base substancial): el Logos de Dios, antes de encarnarse. La Sabiduría hipostática, el Logos de Dios, la segunda persona de la Santa Trinidad, dice que “se construyó una casa” para Sí Mismo. ¿Y cuál es esa casa? Esa casa que el Logos de Dios edificó para habitar es la Θεοτόκος Madre de Dios. Porque en esa casa, en esa naturaleza humana, vino y puso su morada el Logos de Dios. Y esa es la Santísima Madre de Dios.

Por lo tanto, puesto que Ella, la Señora Madre de Dios, iba a traer al Logos de Dios al mundo, su nacimiento, su nacimiento biológico, era motivo de alegría y de gran bendición para todo el universo. Por eso, Ella es la única persona —si quieren más exactitud, también san Juan el Bautista, pero no tengo tiempo ahora para hablarles de él—, son las únicas personas cuya natividad biológica se celebra. Son las únicas.

Es sabido que el nombre se daba a los niños, especialmente a los varones, el día de la circuncisión, al octavo día. A la Madre de Dios se le dio el nombre de María. Este nombre, María, tiene mucho que decir. Dejando de lado la etimología de la palabra —en la que no me detendré— quisiera decirles únicamente que los Padres de nuestra Iglesia toman el nombre griego «Μαρία» y aíslan sus letras, es decir, hacen lo que hoy llamaríamos un acróstico. ¿Qué significa acróstico? Se toma el nombre en forma vertical, y de cada letra se extrae un contenido. Así, María. Estas cinco letras expresan cinco nombres femeninos importantes en el Antiguo Testamento, cuyas virtudes y dones se reúnen en la persona de la Madre de Dios; y, por consiguiente, el nombre de María es un nombre que abarca todos aquellos nombres femeninos del Antiguo Testamento, junto con las gracias y donaciones que habían recibido de Dios.

María.

La M recuerda a Maríam, la hermana de Moisés y de Aarón.

La A —siguiendo el acróstico, letra por letra— corresponde a Abigaíl, esposa de David.

La R es Raquel, esposa de Jacob.

La I es Ιουδήθ (Iudiz, Judith).

Y la última A es Ana, la madre de Samuel, esposa de Elcaná.

Veamos ahora estas cinco mujeres.

¿Qué rasgo característico tenía la hermana de Moisés y de Aarón, Maríam? Cuando Maríam escuchó a su hermano componer aquel cántico después del paso del Mar Rojo, en el que Dios era glorificado, reunió a todas las mujeres, encabezó un coro y, en forma de antífona, entonó también ella el cántico que habían cantado los hombres bajo la dirección de su hermano Moisés, en acción de gracias por la salvación frente a los egipcios y el paso a través del Mar Rojo. Mariam era profetisa.

Atención: aquellos cánticos de Moisés eran proféticos. Y lo que hizo Mariam no fue sino repetir la profecía de su hermano. Para que lo comprendan mejor, les recuerdo al anciano Simeón el Teóforo cuando dijo: «Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz». Es decir: «Ahora, Señor, puedo morir, porque mis ojos han visto tu salvación, han visto al Salvador del mundo; que es luz para revelación de las naciones». En ese mismo momento, una mujer, Ana, dijo: «Sí, sí, sí, ¡es Él!». Y la Sagrada Escritura la llama «profetisa». Pues bien, esto mismo hizo Mariam: confirmó la profecía de su hermano. Es profetisa. Y aquel cántico de Moisés es de principio a fin totalmente profético. Además, Mariam era virgen. Dos rasgos, entonces: profetisa y virgen.

La Madre de Dios también fue profetisa. Observen su cántico: «Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada». Y la admirable Isabel, madre de Juan, ¿qué dijo? «Bienaventurada —hablando en tercera persona— la que creyó en todo lo que le fue dicho de parte del Señor». Feliz, porque creyó. ¿En qué? En lo que le anunció Dios por medio del ángel, y la Madre de Dios, basándose en eso, proclama y dice: «De ahora en adelante todas las generaciones me proclamarán bienaventurada, porque he traído al Mesías al mundo»; porque creyó en lo que le había sido dicho por Dios a través del ángel. La Santísima Madre de Dios es, pues, eminentemente profetisa. Y virgen. Así, posee los dos rasgos de la antigua Maríam, la hermana de Moisés.

¿Quién era Abigaíl? Abigaíl era una mujer admirable, cuya historia es muy grande, y lamento no poder contársela en detalle. Aunque estaba casada, y su esposo —un hombre extraño, egoísta y mezquino— se negó a dar pan y víveres a David cuando combatía en los montes, Abigaíl creyó en David y en su obra. Y esto porque era una mujer muy humilde. Su esposo murió de repente, y Abigaíl llegó a ser esposa de David. Una mujer admirable. Su historia es muy rica, y lamento no tener ahora el tiempo ni la posibilidad de contárselas en detalle. Pero tenía un rasgo fundamental: era humilde. Y la Madre de Dios poseía en grado superlativo la humildad.

Raquel era la segunda esposa de Jacob, a la que Jacob amaba de manera extraordinaria. Tenía hermosura, belleza tanto espiritual como corporal. Su hermana, Lía, no era bella y tenía los ojos muy pequeños. Todo esto son figuras, por supuesto. No se trata de culpar a alguien por tener ojos bonitos o feos, etc. Son simplemente tipos. Atención: tipos. Y Jacob tenía siempre su corazón puesto en Raquel. Ella fue la que dio a luz a dos hijos únicamente, de los doce: a José y a Benjamín. Y precisamente en el parto de Benjamín murió la admirable Raquel. Jacob la lloró mucho.

Así también, la Madre de Dios posee estos dos dones de Raquel, pero en grado sumo: la belleza, la hermosura tanto del cuerpo como del espíritu. Sobre todo, la hermosura del alma.

¿Y Ιουδή iudiz Judit? ¿Quién era esta Judit? Era una mujer viuda. Hermosísima. De una belleza deslumbrante. Viuda, y verdaderamente viuda: guardaba luto por su marido. En cierta ocasión, el general de Babilonia, Holofernes, se apoderó de su ciudad amurallada. Estaban en peligro su ciudad, toda Judea y todo Israel. El campamento de Holofernes estaba un poco lejos de la ciudad, porque ésta se encontraba en altura y sus tropas no podían instalarse cerca. Entonces a Iudit le viene una inspiración. Se quita sus vestidos de luto, se pone sus mejores ropas, sus mejores perfumes, y dice a los jefes de la ciudad: «Abridme la puerta». Toma consigo a su criada, y se dirige al campamento de Holofernes. Cuando los guardias la vieron, quedaron maravillados de su hermosura. Pero ella elevó una ardentísima oración para que Dios la protegiera, no sólo de sufrir algún mal, sino de que no se mancillara su pureza, de que nada atentara contra su dignidad.

Para resumirles —porque también aquí la historia es admirable—: estuvo algunos días en el campamento, diciéndole a Holofernes que «por la noche me permitirás salir» —él creyó que iba a revelarle secretos— «porque quiero salir a orar». Pasados dos, tres o cuatro días, cuando quedó a solas con Holofernes en su tienda —él, dominado por la pasión hacia ella, y además embriagado de vino, pues Dios no permitió que la tocara—, I (J)udit tomó la espada que estaba colgada sobre su lecho y lo decapitó. Puso la cabeza en su cesta, con la que decía ir a recoger higos, y salió con su criada. Los guardias, sin sospechar nada, la dejaron pasar porque sabían que todas las noches salía a orar. Llegó a la puerta de la ciudad y clamó: «¡Abridme, abridme!». Le abrieron, entró en la ciudad, sacó la cabeza de la cesta y la mostró: «¡Aquí está Holofernes!». Quedaron atónitos. La proclamaron «jueza». La ciudad se salvó, y con ella toda la nación.

La Madre de Dios es la que exterminó al Holofernes espiritual: al diablo. ¡Lo aplastó literalmente!

Y la última es Ana, esposa de Elcaná, la segunda mujer de Elcaná. Estéril, pero admirable mujer. Oraba al Señor pidiéndole un hijo. Día y noche lloraba para que le concediera un hijo. Y Dios se lo concedió. Le dio un león, le dio al insigne profeta y último juez: Samuel.

Entonces la estéril Ana fue la que glorificó a Dios y elevó hacia Él un cántico. Es uno de los nueve cánticos de la Sagrada Escritura, y pertenece a esta admirable Ana.

¿Qué era Ana? Era estéril. ¿Da a luz una estéril? Evidentemente, no. Pero dio a luz. ¿Da a luz una virgen? Evidentemente, no. Pero la Madre de Dios, siendo virgen, dio a luz. Y la estéril recibió la gracia de Dios para concebir. Y la Virgen recibió la gracia de Dios para concebir. No ya un Samuel, sino al Redentor del mundo, al Salvador de todos: del cielo y de la tierra, de ángeles y de hombres.

Esto expresa, mis queridos, el nombre de la Santísima Madre de Dios, cuya Natividad celebramos hoy.

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 8-9-1987. Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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