
Sobre la Santa y Vivificadora Cruz
Por san Gregorio Palamás
La Cruz de Cristo fue anunciada y prefigurada mística y secretamente por generaciones antiguas, y nunca nadie se reconcilió con Dios sin la fuerza de la Cruz. En efecto, después de aquella trasgresión de nuestros primeros padres en el paraíso de Dios por medio del árbol, el pecado se multiplicó y nosotros morimos, habiendo padecido ya antes de la muerte corporal, la muerte de la psique-alma, como se manifiesta en la separación de Dios. Mientras vivíamos después de la trasgresión, vivíamos en el pecado y en la vida carnal; y el pecado «no se somete a la ley de Dios, ni tampoco puede; los que viven según la carne no pueden agradar a Dios» (Rom 8, 7-8), «(:No se somete a la ley de Dios, porque tampoco tiene la fuerza para someterse. Por lo tanto, aquellos que están entregados a una vida carnal y mundana no pueden agradar a Dios)».
Pues bien, como dice el apóstol: «La carne desea contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisierais» (Gál 5,17), «(:nuestra naturaleza inferior, que sirve a los deseos de la carne, desea contra nuestra naturaleza superior y espiritual, que se inspira en el Espíritu Santo. Pero también esta naturaleza superior desea contra nuestra naturaleza inferior. Y ambas, es decir, la carne y el espíritu, se enfrentan mutuamente, de modo que no podáis hacer sin resistencia aquello que deseáis. Ni el mal, es decir, sin resistencia, porque entonces se levanta dentro de vosotros la voz de la conciencia; ni el bien, porque muchas veces debéis imponer fuerza sobre vosotros mismos para hacerlo. Cuando, pues, domine dentro de vosotros el espíritu, la carne con sus deseos se someterá, y nunca realizaréis ningún deseo de la carne)». Y siendo Dios espíritu y bondad por esencia y virtud, y habiendo sido creado nuestro espíritu a imagen y semejanza de Él, el cual quedó desvirtuado a causa del pecado, ¿cómo podría renovarse y reconciliarse alguien con Dios en el espíritu, sin que antes se anule el pecado y la vida según la carne? Pues esto es precisamente la Cruz del Señor: la abolición del pecado. Por eso, uno de nuestros padres teoforos portadores de Dios, cuando fue preguntado por un incrédulo si creía en el Crucificado, respondió: «Sí, en Aquel que crucificó el pecado».
Y muchos amigos de Dios fueron revelados por Él mismo, tanto antes de la ley mosaica como después de ella, aun sin haberse manifestado todavía la Cruz. El rey y profeta David, seguro de que entonces existían ciertamente amigos de Dios, dice: «¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus amigos!» (Sal 138,17). ¿Cómo, pues, hubo hombres que llegaron a ser amigos de Dios antes del sacrificio de Cristo en la Cruz? Yo os lo mostraré, si me ofrecéis vuestros oídos atentos y amantes de Dios.
Así como antes de que venga el hombre de la iniquidad, el hijo de perdición, el Anticristo, el teólogo amado de Cristo dice: «Ya han surgido muchos anticristos» (1 Jn 2,18), de igual modo también la Cruz estaba presente en los antiguos antes de realizarse, antes de consumarse el sacrificio del Θεάνθρωπος (zeánzropos) Dios-Hombre en ella. En verdad, el gran Pablo, enseñándonos claramente que el Anticristo está entre nosotros aun sin haber venido todavía, dice: «Ya está obrando el misterio de la iniquidad» (2 Tes 2,7) «(:Pero aún no ha llegado el tiempo señalado; porque ahora está en acción la fuerza secreta del mal y de la iniquidad, la cual en gran medida permanece oculta y aún no se ha manifestado completamente)». Así también la Cruz de Cristo estaba entre los patriarcas antes de ser realizada, porque su misterio obraba en ellos.
Y para dejar ahora a Abel, Set, Enós, Henoc, Noé y todos los que agradaron a Dios hasta Noé y sus contemporáneos, comenzaré desde Abrahán, que se hizo padre de muchas naciones: de los judíos según la carne, y de nosotros según la fe. Si, pues, comienzo por este nuestro padre según el espíritu, ¿cuál fue el primer logos que le dirigió Dios? «Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, y vete a la tierra que yo te mostraré» (Gén 12,1), «(sal, vete y aléjate de tu tierra, de tus parientes y de la casa de tu padre; deja todos tus bienes inmuebles y ve a un país que no conoces y que no te revelo; viaja a un lugar que te señalaré)».
Este logos contiene en sí el misterio de la Cruz, pues es exactamente lo que Pablo dice cuando se gloría en la Cruz: «El mundo está crucificado para mí» (Gál 6,14) , («con la fe en Su muerte, aquel ha sido crucificado y ha perdido su poder el mundo sobre mí»). En efecto, para quien salió de su patria —es decir, del mundo— sin retorno, la patria según la carne y el mundo quedaron muertos y abolidos; y esto es la Cruz.
Pero a Abrahán, antes incluso de que saliera de la convivencia con los impíos, le dice: «Sal de tu tierra y ven a la tierra», no «que te daré», sino «que te mostraré», en el sentido de que a través de aquella se señala otra tierra, espiritual. Y a Moisés, cuando salió de Egipto y subió al monte, ¿qué le dice el primer logos de Dios? «Quítate las sandalias de tus pies, porque el lugar donde tú estás es tierra santa y pura» (Ex 3,5).
Esto es otro misterio de la Cruz, que sigue naturalmente al anterior. Pues dice: «Y aunque saliste de Egipto y abandonaste el servicio al Faraón, y despreciaste el honor de ser llamado hijo de la hija del Faraón, y en cuanto dependía de ti aquel mundo de malvado servicio quedó deshecho y abolido, sin embargo, es necesario que añadas algo más. ¿Qué es eso? Quitar el calzado de tus pies, es decir, despojarte de las túnicas de piel con las que se te vistió y dentro de las cuales obra el pecado, apartándote de la tierra santa. Quita, pues, ese calzado de tus pies, es decir, deja de vivir según la carne y en el pecado; que se destruya y muera la vida contraria a Dios, el querer de la carne y la ley en los miembros, que se oponen a la ley del νούς (espíritu de la psique) y me hacen cautivo bajo la ley del pecado» (cf. Rom 7,23), «(sin embargo, veo que domina otra ley y otro poder en mis miembros, la ley y el poder del pecado. Y esta ley se opone a lo que mi nus y mi conciencia reconocen como ley correcta, y me hace esclavo cautivo de la ley del pecado que reina en mis miembros)». Que no prevalezca ya ni actúe más, siendo muerto por la fuerza de la visión de Dios. ¿No es esto, acaso, la Cruz? Pues la Cruz es también, según el divino Pablo, crucificar la carne «con los pazos y los deseos» (Gál 5,24).
«Quítate, pues», dice, «el calzado de tus pies, porque la tierra donde estás es santa». Así, Su logos significaba la santificación que habría de cumplirse sobre la tierra por medio de la Cruz, después de la manifestación de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesús Cristo, al contemplar aquel gran espectáculo: la zarza que ardía en fuego sin consumirse. De manera que también la contemplación en Dios de la Cruz es un misterio, mayor aún que el anterior. Tanto el gran Pablo como nuestros divinos padres insinúan que son dos: el primero, no solo diciendo que «para mí el mundo está crucificado», sino añadiendo: «y yo para el mundo»; y los padres, mandándonos que no nos apresuremos a subir al madero antes del madero, dando a entender que los misterios de la Cruz son dos.
Según el primer misterio de la Cruz, que es la huida del mundo y la separación de los parientes según la carne —si en verdad obstaculizan la piedad y la vida piadosa—, así como el ejercicio corporal, que, según Pablo, es de poca utilidad (cf. 1 Tim 4,8), «(:y te recomiendo este ejercicio, porque el ejercicio físico y el entrenamiento corporal son útiles en un grado limitado, ya que se dirigen solo al cuerpo, que es perecedero; pero la piedad es útil para todo, tanto para el cuerpo como para el alma, porque promete bienes y recompensas tanto para esta vida como para la futura)», en esto se crucifican para nosotros el mundo y el pecado, cuando nosotros salimos del mundo.
Según el segundo misterio de la Cruz, somos nosotros los que nos crucificamos para el mundo y para las pasiones (pazos), que se alejan de nosotros. Porque ciertamente no es posible que estas se aparten completamente de nosotros, que no obren ya ni en los pensamientos, si no llegamos a la contemplación de Dios. Cuando, en efecto, por la práctica alcanzamos la contemplación y cultivamos y hacemos la catarsis al hombre interior, buscando el tesoro divino escondido en nosotros y escudriñando la βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Dios que está dentro de nosotros, entonces nos crucificamos para el mundo y para los pazos. Pues por este ejercicio se enciende en el corazón un cierto fuego que sofoca los malos pensamientos como moscas, infunde en el alma paz espiritual y consuelo, y concede al cuerpo la santificación, según el salmista que dijo: «Se encendió mi corazón dentro de mí, y en mi meditación se inflamará fuego» (Sal 38,4). Y esto es lo que uno de nuestros padres teoforos portadores de Dios nos enseñó al decir: «Procura de todas las maneras que tu obra interior sea según la voluntad de Dios, y vencerá a los pazos exteriores» (cf. Apotegmas, Nistero, 3).
Además de esto, el gran Pablo, exhortándonos, dice: «Digo, pues: andad en el Espíritu, y no cumpláis el deseo de la carne» (Gál 5,16), «(:Y con lo que les digo, quiero decir que deben comportarse de acuerdo con las inspiraciones del Espíritu Santo, y entonces no cumplirán los deseos de la carne, y por lo tanto no se harán daño unos a otros, ni habrá odio entre ustedes)». Y en otro lugar manda: «Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad» (Ef 6,14), «(:Pónganse, por lo tanto, en la formación de la lucha. Ciñan la verdad como un cinturón, para que la iluminación de la verdad les dé fuerza espiritual y agilidad)», ya que lo contemplativo fortalece y ayuda a la parte apetitiva y aparta los deseos carnales. Pues el gran Pedro nos indica más claramente cuáles son estos «lomos» y cuál es la «verdad»: «Por eso, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, estaos en nipsis (sed sobrios), y poned toda vuestra esperanza en la jaris (gracia, energía) increada que os será traída en la manifestación de Jesús Cristo» (1 Pe 1,13), «(:Por eso, reúnan», dice, «vuestro nus-espíritu y la mente de la dispersión y concentren vuestros pensamientos, liberando el alma de todo lo que le impide servir a Dios. Y practicando la templanza en todo, esperen sin la más mínima duda que recibirán la gracia de la salvación que le trae Jesús Cristo el día de Su segunda y majestuosa apocálipsis/revelación y manifestación)»
Ya que no es posible que se alejen completamente de nosotros las pasiones (pazos) malignas y el mundo del pecado, ni que dejen de obrar en nosotros de modo racional, si no llegamos a la contemplación de Dios, por eso también la contemplación de este género, que crucifica para el mundo a quienes son dignos de ella, es un misterio de Dios. Así también aquella visión de Moisés, de la zarza que ardía sin consumirse, era un misterio de la Cruz, más grande y perfecto que aquel misterio en tiempos de Abrahán. ¿Acaso, pues, Moisés fue iniciado en el misterio más perfecto de la Cruz, y Abrahán no? ¿Qué lógica tendría esto? Más bien, en el momento mismo de su vocación Abrahán aún no había sido iniciado; pero después de la llamada lo fue, una vez, dos veces y muchas más, aunque no es ahora el momento de hablar de todas ellas.
Yo también os recordaré la aún más admirable visión de Dios que tuvo Abrahán, cuando vio claramente al único Dios en tres hipostasis (bases substanciales), aunque todavía no se proclamaba así: «Se apareció a él Dios junto a la encina de Mambré, mientras estaba sentado a la puerta de su tienda en el calor del día. Alzó sus ojos y miró, y he aquí tres varones estaban de pie ante él; y al verlos, corrió desde la puerta de su tienda a su encuentro y se postró en tierra» (Gén 18,1-2), «(: el Dios se apareció a Abraham, mientras el Patriarca estaba junto a la encina de Mambré y sentado frente a la puerta de su tienda al mediodía. Así que Abraham levantó la vista y de repente vio a tres hombres de pie un poco más allá frente a él; apenas los vio, sin esperar a que se acercaran, corrió desde la puerta de su tienda para recibirlos. Y cuando llegó cerca de ellos, se postró hasta el suelo y los adoró humildemente, con respeto)». He aquí que veía al único Dios manifestado como tres. Pues dice: «Se le apareció Dios»; y he aquí tres varones. Y habiendo corrido hacia los tres, habla de nuevo como a uno solo, diciendo: «Señor, si he hallado jaris-gracia ante tus ojos, no pases de largo junto a tu siervo» (Gén 18,3). Y ellos, siendo tres, conversan con él como si fueran uno.
La Escritura dice que dijo a Abrham: «¿Dónde está Sara, tu mujer? Volviendo vendré a ti al tiempo señalado, y Sara, tu mujer, tendrá un hijo». Y Sara escuchaba en la puerta de la tienda, que estaba detrás de él (Gén 18,9-10). Más adelante, añade el texto sagrado: «Y dijo el Señor a Abrahán: ¿Por qué se rió Sara dentro de sí, diciendo: “¿Será cierto que daré a luz, siendo ya vieja?”» (Gén 18,13). He aquí que el único Dios es tres hipostasis, y estas tres son un solo Señor; pues dice: «Y dijo el Señor».
Así, pues, se realizaba en Abrahán el misterio de la Cruz. Y también Isaac era en sí mismo figura de Aquel que fue clavado en ella, pues obedeció a su padre hasta la muerte, como Cristo. Y el carnero que se le dio como sustituto prefiguraba al Cordero de Dios, entregado al sacrificio por nosotros. Y la planta en la que el carnero estaba atado contenía el misterio del tipo de la Cruz; por eso se llamaba en hebreo «sabek», es decir, «planta de remisión», así como la Cruz era llamada «madera de salvación».
El misterio y la figura de la Cruz actuaban también en Jacob, hijo de Isaac, pues multiplicó sus rebaños con maderas y agua. La madera, en efecto, prefiguraba la madera de la Cruz, mientras que el agua prefiguraba el divino bautismo que encierra en sí el misterio de la Cruz. «¿O ignoráis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?» (Rom 6,3), «(:¿Acaso no saben que los que fuimos bautizados con fe en Jesús Cristo, uniendo nuestra existencia con Él, participamos mediante el bautismo de Su muerte en la cruz, y nuestro viejo hombre de pecado fue crucificado y murió, así como Cristo murió en la cruz?)», dice el apóstol. Y Cristo también multiplicó en la tierra Sus rebaños lógicos por medio de la madera y del agua.
Jacob, tanto cuando se postró apoyado en la punta de su bastón (cf. Gén 47,31), «dijo: ‘Júrame’. Y él le juró. Entonces Israel, confiando en que Dios ayudaría para que su cuerpo fuese trasladado a Canaán y enterrado allí, se inclinó y adoró a Dios, apoyando su cabeza en el extremo de su vara, sobre la cual se apoyaba debido a la debilidad de la vejez. Con este acto de adoración expresaba su gratitud hacia Dios»] y cuando bendecía a sus nietos [Gén.48,9-20], señalaba aún más claramente la figura de la Cruz.
Y además, siendo obediente a sus padres hasta el fin, y por ello amado y bendecido, pero odiado por Esaú a causa de esto, soportando así toda tentación, en toda su vida obraba en él el misterio de la Cruz. Por eso Dios decía: «A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí» (Rom 9,13), (:amé a Jacob y a los israelitas que descienden de él. En cambio, desaprobé a Esaú y a sus descendientes, los edomitas)»
Lo mismo sucede también con nosotros, hermanos. Pues aquel que obedece tanto a los padres según el espíritu como a los padres según la carne, conforme al mandamiento apostólico: «Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque esto es justo» (Ef 6,1), este, al asemejarse en ello al Hijo amado de Dios, es amado también por Dios; mientras que el que desobedece, como ajeno a la semejanza con el Amado, es aborrecido también por Dios. El sabio Salomón, mostrando que esto no ocurrió solo con Jacob y Esaú, sino que sucede siempre y con todos, dice: «El hijo inteligente y sabio obedece al padre, pero el hijo desobediente y necio va a la ruina» (Prov 13,1).
¿Acaso el hijo de la obediencia, Jacob, no alcanzó también el mayor misterio de la Cruz, el de la visión de Dios, mediante la cual el hombre se crucifica y muere más perfectamente al pecado y vive para la virtud? Él mismo da testimonio de sí y de esta contemplación y testimonio, pues dice: «He visto a Dios cara a cara, y mi alma fue salvada» (Gén 32,30), (:Entonces Jacob comprendió Quién era Aquel con quien había luchado, y lleno de gratitud glorifica y da gracias a Dios. Por esta razón llamó a aquel lugar: “Aparición de Dios” – Teofanía, en hebreo Fanuel –, porque dijo: “He visto a Dios cara a cara y, sin embargo, no he muerto, sino que continúo viviendo. ¡Grande es la condescendencia de Dios”)
¿Dónde están ahora los que todavía se alinean con las abominables charlatanerías de los herejes aparecidos en nuestros tiempos? Que escuchen que Jacob vio el rostro de Dios, y no solo no perdió la vida, sino que, como él mismo dice, fue salvado; aunque Dios dice: «Ningún hombre podrá ver mi rostro y vivir» (Éx 33,20).
¿Acaso, entonces, existen dos dioses, uno cuyo rostro es visible a los santos y otro cuyo rostro está por encima de toda visión? ¡Es la peor blasfemia! El rostro (persona) de Dios que puede ser visto es la energía increada y gracia de Dios manifestada a los dignos; pero el mismo «rostro, persona» que nunca se ve, se refiere a la naturaleza divina que está por encima de toda manifestación y visión. Pues nadie ha permanecido en la hipóstasis y esencia del Señor, según lo escrito: «¿Quién se mantuvo en la intimidad del Señor y contempló su logos? ¿Quién escuchó y prestó oído?» (Jer 23,18), (:Pero, ¿quién de esos falsos profetas se acercó y se mantuvo con santo temor y sinceridad ante el Señor Juez, esperando la acción divina, y fue digno de recibir iluminación y conocer Su logos? ¿Quién de ellos prestó oído, prestó atención y escuchó el logos de Dios? Ninguno) o que vio y describió la naturaleza de Dios.
Así también la contemplación según Dios y el divino misterio de la Cruz no solo expulsa de la psique-alma las pasiones (pazos) malignas y a sus artífices, los demonios, sino también las falsas opiniones, y cubre a sus defensores y los aleja del recinto de la santa Iglesia de Cristo. Dentro de esta Iglesia nos ha sido concedido ahora celebrar y proclamar la gracia increada y energía divina de la Cruz, presente ya entre los patriarcas antes de la Cruz.
Así como en Abrahán obraba el misterio de la Cruz, e Isaac, su hijo, era figura de Aquel que después sería crucificado, de la misma manera en toda la vida de Jacob actuaba el misterio de la Cruz; y José, el hijo de Jacob, era figura y misterio del Θεάνθρωπος Dios-Hombre, el Logos, que más tarde había de ser crucificado. Pues también él, por envidia, fue llevado a la muerte, y precisamente por sus propios parientes según la carne, para cuyo bien mismo había sido enviado por su padre, al igual que Cristo después. Y si José no fue degollado, sino vendido, no es de extrañarse; tampoco Isaac fue sacrificado, pues ellos no eran la verdad, sino la figura o tipo de la futura verdad.
Y si es necesario reconocer también en ellos el doble misterio del Jesús, doble según la naturaleza, la conducción a la matanza prefiguraba la pasión según la carne del Θεάνθρωπος Dios-Hombre, mientras que la evitación de la pasión prefiguraba la impasibilidad de la divinidad. Lo mismo puede verse en Jacob y en Abrahán: aunque fueron probados, salieron victoriosos, y esto mismo está escrito también de Cristo. De los cuatro grandes hombres antes de la Ley, dos —Abrahán y Jacob— tenían el misterio de la Cruz obrando en sus vidas; los otros dos —Isaac y José— anunciaron de manera admirable el misterio de la Cruz.
¿Y qué diremos del primero que recibió la Ley de Dios y la transmitió a los demás, Moisés? ¿No fue salvado él mismo antes de la Ley por medio de la madera y el agua, cuando fue expuesto en las aguas del Nilo dentro de una cesta (Éx 2,3ss)? Y con madera y agua salvó al pueblo de Israel (Éx 14,15ss), prefigurando con la madera la Cruz y con el agua el divino Bautismo, como Pablo, el contemplador de los misterios, declara claramente: «Y todos fueron bautizados en Moisés, en la nube y en el mar» (1 Cor 10,2), «(:Y todos, con confianza, siguieron a Moisés y se unieron a él, al ser bautizados en la nube y en el mar)»; él que aun antes del paso por el mar y de la vara que utilizó allí, da testimonio de que soportó voluntariamente la Cruz de Cristo; pues dice: «Consideró el oprobio de Cristo como mayor riqueza que los tesoros de Egipto; porque miraba hacia la recompensa» (Heb 11,26), «(:Consideró mayor riqueza que los tesoros y bienes de Egipto los desprecios que se asemejaban al oprobio y desprecio que más tarde sufriría Cristo. Y todo esto porque tenía fijos los ojos en las recompensas celestiales)». El «oprobio de Cristo» para los insensatos es, en efecto, la Cruz, como el mismo Pablo dice de Cristo, que «soportó la cruz, despreciando la vergüenza» (Heb 12,2), «(:Y en ninguna otra parte dirijamos nuestra mirada y atención sino únicamente a Jesús, que es el autor y consumador de nuestra fe y quien nos perfecciona en ella. Él, por la alegría que tenía delante de sí y que experimentaría al salvar a muchos con su pasión, soportó la muerte en la cruz y despreció la vergüenza y la deshonra de esa muerte. Por eso ahora está sentado a la derecha del trono de Dios)».
Avanzando aún más, Moisés mostró de la manera más clara tanto la figura como la forma misma de la Cruz, y la salvación que proviene de esa figura. Pues, habiendo erigido verticalmente la vara, extendió sus manos sobre ella y, al configurarse él mismo en forma de cruz sobre la vara, derrotó de inmediato a Amalec con aquel espectáculo; y así los israelitas vencían a los amalecitas (Éx 17,8ss). Asimismo, al colocar la serpiente de bronce sobre una asta, y así levantar libremente la figura de la Cruz, ordenó a los israelitas mordidos por las serpientes que miraran hacia ella, y de este modo sanaba las mordeduras de las serpientes (Núm 21,8ss).
No me alcanzaría el tiempo si quisiera relatar acerca de Josué, hijo de Nun, y de los jueces y profetas que vinieron después de él, de David y de los que lo siguieron, quienes, obrando mediante el misterio de la Cruz, detuvieron ríos, hicieron parar al sol, derribaron ciudades de impíos, fueron victoriosos en la guerra, destruyeron campamentos enemigos, escaparon del filo de la espada, apagaron la fuerza del fuego, cerraron bocas de leones, reprendieron a reyes, redujeron a cenizas a capitanes, resucitaron muertos, cerraron el cielo con el logos y nuevamente lo abrieron, haciendo estériles y fecundas las nubes según convenía. Porque si Pablo dice que estas cosas se realizaron por la fe (Heb 11,32-40), y la fe es poder para la salvación, y «todo es posible para el que cree» (Mc 9,23), así también es, sin duda, la Cruz de Cristo para los que creen: «El logos de la cruz» —como dice Pablo— «es necedad para los que se pierden, pero para nosotros, los que nos salvamos, es poder y fuerza de Dios» (1 Cor 1,18), «(:En verdad, pues, la difusión de esta predicación se debe a su poder divino. Porque la predicación de la cruz), para hablar con las palabras de Pablo, «para los que se pierden es necedad, pero para nosotros, los que nos salvamos, es poder de Dios (:para aquellos que caminan en el camino de la perdición parece locura y tontería; pero para nosotros, que estamos en el camino de la salvación, es poder y fuerza de Dios que salva)».
Y dejando a un lado a todos los que vivieron antes de la Ley mosaica y a los que estuvieron bajo ella, el mismo Señor, por Quien y para Quien todo fue hecho, ¿no dijo acaso antes de la Cruz: «Y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí» (Mt 10,38), «Y el que no toma la decisión de someterse a la muerte en la cruz y no me sigue con esa resolución, no imita por completo mi ejemplo; no es digno de mí.» ¿Ven cómo, aun antes de ser levantada, la Cruz era lo que salvaba? Y cuando el Señor anunciaba claramente a Sus discípulos Su pasión y muerte en la Cruz, y Pedro —al no soportar escucharlo, sabiendo que Él tenía poder para evitarlo— lo tomó aparte y le rogó: «¡Dios no lo quiera, Señor! No te sucederá tal cosa» (Mt 16,22), el Señor lo reprendió porque pensaba en esto de manera humana y no divina.
Luego, llamando a la multitud junto con Sus discípulos, les dijo: «El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por causa de mí, la encontrará» (Mt 16,25), «Porque quien quiera salvar su vida la perderá —la vida espiritual y bienaventurada eterna—; pero quien pierda su vida por causa de su testimonio y obediencia a mí, la encontrará en el siglo venidero y obtendrá la vida eterna».
En efecto, convoca también a la multitud junto con los discípulos y entonces proclama y manda estos pensamientos grandes y sobrehumanos, verdaderamente no humanos sino divinos, para mostrar que no exige tales esfuerzos solo a los discípulos escogidos, sino también a todo aquel que cree en Él.
Seguir a Cristo significa vivir según Su Evangelio, practicando toda virtud y piedad. Negarse a sí mismo y tomar su cruz significa no tener compasión de sí mismo cuando el tiempo lo requiera, sino estar dispuesto a una muerte ignominiosa por causa de la virtud y de la verdad de los dogmas (verdades inalterables) divinos. Y esto, negarse a sí mismo y entregarse a la más extrema deshonra y a la muerte, aunque es grande y sobrehumano, no es irracional. Pues los reyes de la tierra no aceptarían jamás, cuando parten a la guerra, ser seguidos por hombres que no estén dispuestos a morir por ellos. ¿Dónde, pues, está lo admirable si también el Rey de los cielos, habiendo descendido a la tierra según Su promesa, busca tales seguidores para enfrentar al enemigo común del género humano?
Pero los reyes de la tierra no pueden devolver la vida a quienes mueren en la guerra, ni recompensar adecuadamente a quienes se distinguen entre ellos; ¿qué podría recibir, en efecto, un hombre que ya no vive? Mas para los que mueren en el Señor hay esperanza; así el Señor recompensa con la vida eterna a quienes se destacan en seguirLo.
Los reyes de la tierra piden a sus seguidores que estén dispuestos a morir por ellos; en cambio, el Señor entregó a la muerte a Sí Mismo por nosotros, y a nosotros nos manda estar dispuestos a la muerte, no por Él, sino por nosotros mismos. Y mostrando esto —que la muerte es en favor nuestro— añade: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará» (Mc 8,35), «(:Que nadie dude en hacer esos sacrificios; quien quiera conservar su vida la perderá —la vida espiritual, feliz y eterna—. En cambio, quien pierda y sacrifique su vida por causa de mi testimonio, confesión y obediencia al Evangelio, ese salvará su alma para la vida futura y obtendrá la felicidad eterna. Esa salvación lo es todo: ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si al final pierde su alma? La psique-alma, siendo espiritual y eterna, no se puede comparar con los bienes materiales del mundo perecedero)».
¿Qué significa aquello de: «El que quiera salvar su vida la perderá, y el que la pierda la salvará»? El hombre es doble: el exterior, es decir, el cuerpo; y el interior, es decir, la psique-alma. Cuando, pues, el hombre exterior se entrega a la muerte, pierde su alma, que se separa de él. Quien así pierde su alma por Cristo y por el evangelio, verdaderamente la salvará y la ganará, procurándole vida celestial y eterna, y recibiéndola en tal condición en la resurrección; y por medio de ella aparecerá él mismo celestial y eterno, incluso en su cuerpo.
Pero el que prefiere esta vida temporal y no está dispuesto a perderla, porque ama esta lucha pasajera y las cosas de este siglo, dañará su alma, privándola de la vida verdadera, y la perderá, entregándola —¡ay!— con él al infierno eterno. A éste, en cierto modo llorando, el misericordioso Señor, y mostrando la magnitud del infortunio, dice: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar el hombre a cambio de su alma?» (Mc 8,36-37), «¿Pues de qué aprovechará al hombre, si gana todo este mundo material y al final pierde su alma? Porque su alma, que es espiritual y eterna, no se compara con ninguno de los bienes materiales del mundo corruptible. O, si un hombre pierde su alma, ¿qué puede dar como intercambio para rescatarla de la perdición eterna?»
Porque ni su gloria descenderá con él, ni nada de lo que parece valioso y agradable en esta vida temporal, que él prefirió al salvador morir. ¿Y qué de entre estas cosas podría hallarse como equivalente a la psique-alma lógica, la cual vale más que todo este mundo?
Si, pues, aun cuando un hombre pudiera ganar el mundo entero, esto no le reportaría ningún provecho si perdiera su alma, ¡cuánto peor será si cada uno, que apenas puede adquirir una pequeñísima parte de este mundo, con el esfuerzo por lo mínimo pierde su alma, al no querer llevar la figura y el logos de la Cruz, ni seguir al dador de la vida! Porque cruz es tanto la venerable figura como el logos acerca de esta figura.
Y puesto que hemos hablado antes del logos y el misterio de esta figura, expliquémoslo ahora con más claridad a vuestra agapi-amor. Más bien, ya antes lo explicó también Pablo: el mismo Pablo que se gloría en la Cruz, que estima no saber nada sino a Cristo, y a Éste crucificado. ¿Qué dice, entonces? «Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones (pazos) y deseos» (Gál 5,24).
¿Pensáis que lo dijo solo respecto de la glotonería, la sensualidad y los bajos instintos? ¿Cómo, entonces, escribe a los corintios: «Mientras haya entre vosotros envidia, contiendas y divisiones, ¿no sois carnales y no camináis según lo humano?» (1 Cor 3,3). Así, también el que ama la gloria o el dinero, o simplemente quiere imponer su voluntad y procura vencer de este modo, es carnal y camina según la carne. Precisamente de aquí surgen las contiendas, como dice también Santiago, el hermano del Señor: «¿De dónde proceden las guerras y pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones que combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis, ardéis de envidia, y no podéis obtener; combatís y guerreáis, y no tenéis, porque no pedís» (Sant 4,1-2), «(:Después de haberos hablado acerca de la desorganización, la confusión y la turbación, os planteo ahora la siguiente pregunta: ¿De dónde provienen entre vosotros las contiendas y los conflictos? ¿Acaso no provienen de esta causa, es decir, del esfuerzo que hacéis por satisfacer vuestros deseos pecaminosos, que levantan expediciones y guerras teniendo ya como fortaleza y cuartel general a vuestros miembros? Deseáis algo. Y no tenéis aquello que satisface vuestro deseo. Y en vuestro intento por conseguirlo, llegáis incluso al asesinato. Deseáis con intensidad, y no podéis alcanzar aquello que deseáis. Por eso surgís en contiendas y disputas. Y no lo tenéis, porque no lo pedís a Dios mediante la oración. Habéis puesto como meta el placer, el hedonismo y os habéis separado de Dios)».
Esto, pues, es crucificar la carne junto con los pazos y los deseos: que el hombre quede inactivo frente a todo lo que no agrada a Dios. Y si incluso el cuerpo lo fatiga y lo atormenta, cada uno debe, con esfuerzo, elevarlo hasta la altura de la Cruz. ¿Qué quiero decir con esto? El Señor, cuando vino a la tierra, vivió una vida sin posesiones, y no solo vivió así, sino que también lo predicó, diciendo: «Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo» (Lc. 14,33), «(:Así pues, cada uno de vosotros que no hace de antemano su cálculo y no renuncia a todo, a todos sus bienes, es decir, también a sus vínculos naturales, a sus riquezas, a sus placeres y a su propia vida, no puede ser mi discípulo».
Pero nadie, os ruego, hermanos, debe molestarse cuando escucha que proclamamos sin adulteración la voluntad de Dios —la buena, agradable y perfecta—, ni entristecerse pensando que los mandamientos son difíciles de cumplir. Primero debe comprender que la Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de los Cielos se conquista con esfuerzo duro y violencia, y que quienes se esfuerzan con celo y violencia contra sí mismos la arrebatan con prontitud. Y debe escuchar al primero de los apóstoles de Cristo, Pedro, cuando dice: «Porque para esto fuisteis llamados: ya que también Cristo padeció por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas» (1 Pe. 2,21), «(:Porque por eso os llamó Dios: para que hagáis el bien y seáis benefactores, incluso cuando se os ignore o sufráis injustamente; porque Cristo también padeció por vosotros, sin haber cometido falta alguna, y os dejó un ejemplo perfecto para imitar, para que sigáis exactamente sus pasos)».
Después, debes reflexionar también esto: que cada uno, una vez que comprenda de verdad cuánto le debe a su Señor, si no puede devolverle todo, ofrezca una parte con humildad, en la medida en que pueda y lo desee; y en cuanto a lo que falta, que se humille ante Él, y atrayendo Su compasión mediante esta clase de humildad, complete así su carencia. Si, pues, alguien ve que su pensamiento desea riquezas y muchas posesiones, debe saber que este pensamiento es carnal, y por eso se mueve de esa manera; en cambio, quien está fijado en la Cruz no puede inclinarse hacia tales cosas. Por eso es necesario elevar el pensamiento hasta la altura de la Cruz, para que no caiga por sí mismo abajo y se separe de Cristo, que fue crucificado en ella.
¿Y cómo empezará a elevarlo hasta la altura de la Cruz? Confiando en Cristo, el dador y sustentador del universo, debe abstenerse de todo ingreso proveniente de la injusticia; y lo que tenga de ganancia justa, sin apegarse demasiado ni siquiera a ello, debe usarlo bien, compartiéndolo en la medida de lo posible con los pobres. El mandamiento ordena negar el cuerpo y cargar con la cruz; los amigos de Dios poseen ciertamente el cuerpo y viven conforme a Dios, pero como no están demasiado apegados a él, lo usan como colaborador en lo necesario, y si llega el momento, están dispuestos incluso a entregarlo. Lo mismo sucede con los bienes y posesiones materiales; quien obra de esta manera, si no puede hacer algo mayor, actúa bien y de manera agradable a Dios.
Y si alguno ve dentro de sí que se agita con más fuerza el pensamiento de la lujuria, sepa que aún no ha crucificado su ser. ¿Cómo, pues, lo crucificará? Evitando las miradas curiosas hacia las mujeres, así como los tratos inapropiados con ellas y las conversaciones fuera de lugar; reduciendo los alimentos que alimentan la pasión; absteniéndose de la embriaguez, la gula y el exceso de sueño. Que mezcle la humildad con esta abstinencia de las pasiones, invocando a Dios con corazón contrito contra la tentación. Entonces podrá decir también él: «Vi al impío enaltecido y elevado como los cedros del Líbano; pero pasé, y he aquí, ya no estaba; lo busqué, y no se halló ni su lugar» (Sal. 36,35-36), «(:Vi al impío prosperar, elevarse con poder y extender su influencia como los cedros del Líbano. Y cuando apenas pasé por allí, he aquí que en ese instante había desaparecido. Y volví a pasar y lo busqué, y no se encontró no solo a él, sino tampoco el lugar donde antes estaba erguido y altivo. Todo rastro suyo había desaparecido)».
¿Otra vez te molesta el pensamiento de la ambición, amor a la gloria vana? En el senado o en la asamblea recuerda para ello el consejo del Señor en los evangelios: en tus conversaciones no busques sobresalir por encima de los demás; las virtudes, si las posees, practícalas solo en lo secreto, mirando únicamente a Dios y siendo visto solo por Él. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público (cf. Mt. 6,6).
Y si incluso después de cortar toda pasión (pazos) todavía te molesta el pensamiento interior, no temas; porque esto se convierte en causa de coronas para ti, ya que con sus molestias no te persuade ni actúa, sino que es un movimiento muerto, vencido por tu lucha según Dios.
Tal es, pues, el logos de la Cruz, y como tal no solo antes de cumplirse fue misterio grande y verdaderamente divino para los profetas, sino también ahora, después de realizado, sigue siendo misterio. ¿Cómo? Porque aparentemente, el que se rebaja a sí mismo y se humilla en todo se procura deshonra; el que huye de los placeres corporales se procura dolor y sufrimiento; y el que entrega sus bienes se hace causa de pobreza para sí mismo. Pero por el poder y fuerza de Dios, esa pobreza, ese sufrimiento y esa deshonra engendran doxa-gloria eterna, gozo inefable y riqueza inagotable, tanto en este mundo como en el venidero. En cambio, a los que no creen en Él y no muestran su fe con obras, Pablo los coloca junto a los que son destruidos o Pablo los sitúa al lado de los que perecen, e incluso entre los idólatras.
Pues dice: «Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos —a causa de su incredulidad en la pasión salvadora—, y locura para los griegos —pues por su desconfianza en las promesas divinas prefieren solo lo pasajero—; mas para los llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es fuerza, poder y sabiduría de Dios» (1 Cor. 1,23-24), «(:Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado. Y el Cristo crucificado, para los judíos que esperan al Mesías como rey terrenal, es un escándalo, un tropiezo sobre el cual tropiezan y no creen. Para los griegos, en cambio, el Dios crucificado que no venció a sus enemigos se presenta como una idea necia e insensata; pero a aquellos que Dios ha hallado dignos de llamar a la salvación, ya sean judíos o griegos, les predicamos a Cristo, quien es la fuerza de Dios que da vida y santifica, y la sabiduría de Dios que ilumina a todo creyente)».
Esto, pues, es la sabiduría, la fuerza y el poder de Dios: vencer mediante la debilidad, ser exaltado a través de la humildad, enriquecerse mediante la pobreza. Y no solo el logos y el misterio de la Cruz son santos y dignos de veneración, sino también su forma misma: porque es un sello sagrado, salvador y venerable, santificador y consumador de los bienes sobrenaturales y secretos que Dios obró en el género humano; destruye la maldición y la condena, derriba la corrupción y la muerte, otorga vida eterna y bendición, es la madera de salvación, el cetro real, el trofeo divino contra los enemigos visibles e invisibles, aunque los seguidores de las herejías, extraviados, se irriten contra él. Estos últimos no alcanzaron la jaris-gracia apostólica para poder comprender, junto con todos los santos, cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad: que la Cruz del Señor representa toda la economía de la Encarnación y encierra todo el misterio de ella; se extiende hasta los confines del universo y lo abarca todo: lo de arriba, lo de abajo, lo de alrededor y lo intermedio. Y ellos, en lugar de unirse a nosotros para venerar el símbolo del Rey de la Doxa-Gloria increada—cosa que deberían hacer si tuvieran juicio—, lo desprecian, aunque el mismo Señor lo llama claramente Su exaltación y Su doxa-gloria cuando estaba a punto de subir a él; y en su futura venida anuncia de antemano que aparecerá esta señal del Hijo del Hombre con gran fuerza, poder y doxa-gloria.
Pero dicen: «En él murió clavado Cristo, y por eso no soportamos ver la figura ni la madera en la que fue ejecutado». ¿Y acaso el documento de nuestra deuda —escrito a causa de nuestra desobediencia a la madera, cuando el primer padre extendió la mano—, en qué fue clavado y con qué fue borrado y destruido, de modo que volvimos a recibir la bendición de Dios? ¿Y con qué Cristo despojó y eliminó totalmente a los principados y potestades de los espíritus de la maldad —que se habían impuesto a nuestra naturaleza por el árbol de la desobediencia—, y los avergonzó triunfando sobre ellos, para que nosotros recuperásemos la libertad? ¿Con qué fue derribada la pared divisoria, abolida y muerta nuestra enemistad con Dios, y mediante qué fuimos reconciliados con Él y aprendimos la paz que viene de Él? ¿No fue acaso en la Cruz y por la Cruz?
Que escuchen al apóstol, que a los Efesios escribe: «Él es nuestra paz, quien hizo a los dos en uno, y derribando el muro intermedio de separación, la enemistad, abolió en su carne la ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear de los dos un solo hombre nuevo, haciendo la paz, y reconciliar a ambos en un solo cuerpo con Dios mediante la cruz, matando en ella la enemistad» (Efesios 2,14-16), «(:Acérquense a Dios y a sus pactos mediante la sangre de Cristo, porque Él es nuestra paz. Él hizo de los dos mundos enfrentados, el judaísmo y el paganismo, uno solo. Derribó y abolió el muro que erigía la barrera de la ley entre los dos pueblos y los separaba. Es decir, abolió la enemistad entre los dos pueblos, al eliminar con su sangre la ley de los mandamientos, la cual, aunque contenía preceptos impuestos, no otorgaba la jaris-gracia para cumplirlos ni ponerlos en práctica. Y abolió la ley de manera que, uniendo a los dos pueblos Consigo mismo, creara un hombre nuevo, una nueva humanidad, y así trajera paz entre ellos; y con Su muerte en la cruz reconciliara a ambos pueblos con Dios, ahora unidos en un solo cuerpo, después de haber destruido previamente la enemistad con Su muerte)».
Y a los Colosenses escribe: «Y a vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándonos todos los delitos, borrando el acta de los decretos que había contra nosotros, y clavándola en la cruz, despojando a los principados y potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en ella» (Colosenses 2,13-15), «(:En verdad, el Dios Padre, junto con Cristo, dio vida también a ustedes, que estaban muertos a causa de los pecados y de su alejamiento de Dios, lo cual se evidenciaba en la falta de circuncisión corporal. Y así perdonó todos los delitos, tanto los suyos, de los gentiles, como los nuestros, de los judíos. Y borró por completo el documento de deuda que estaba en nuestra contra y que había sido creado por las disposiciones de la ley mosaica, las cuales era imposible cumplir, y por eso nos habíamos convertido en culpables y deudores ante Dios. Y aquel documento, que estaba en nuestra contra, el Señor lo quitó del medio y lo clavó en la cruz, donde con Su sangre lo borró. Allí, en la cruz, despojó a los principados y potestades malignas y los deshonró, los humilló públicamente delante de todo el mundo espiritual y arrastró a los demonios vencidos en un triunfal desfile. Y lo realizó todo esto con Su cruz, la cual se convirtió para Cristo en un carro triunfante del vencedor)».
¿Acaso no debemos nosotros también honrar y utilizar este sagrado trofeo de la libertad común del género humano, que con solo verlo ahuyenta, humilla y avergüenza al antiguo enemigo, proclamando su derrota y humillación, y glorifica y engrandece a Cristo, mostrando al mundo su victoria? Y sin embargo, si la Cruz se considera trivial porque en ella soportó la muerte Cristo, tampoco Su muerte debería ser respetada y salvadora; ¿cómo, entonces, según el apóstol, hemos sido bautizados en Su muerte? (Rom. 6,3: «¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?», «(:¿O no saben que los que hemos sido bautizados con fe en Jesús Cristo, al identificarnos nuestra existencia con Él, participamos mediante el bautismo de Su muerte en la cruz, y nuestro viejo hombre de pecado fue crucificado y murió, así como Cristo murió en la cruz?)». ¿Cómo no participaremos en Su Resurrección, si efectivamente hemos sido unidos a Él tras su muerte? (Rom. 6,5: «(:Si hemos sido plantados juntamente con Él en la semejanza de Su muerte, también lo seremos en la semejanza de Su resurrección», «(:Sí. Nosotros también hemos resucitado a una nueva vida santa; porque si, como los árboles que están plantados y nutridos juntos, nos hemos hecho uno con Cristo en el bautismo, que es símbolo de Su muerte, por consecuencia natural también seremos uno con Él en Su resurrección)».
Ciertamente, si alguien adorara una figura de cruz que no llevase inscrito el nombre del Señor, sería justo acusarlo de proceder indebidamente. Pero dado que «en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los celestiales, terrestres y subterráneos» (Filipenses 2,10), «(:Lo exaltó, de manera que en el nombre de Jesús se arrodillen humildemente y le rindan adoración tanto los ángeles en el cielo como los hombres en la tierra y las almas de los muertos en los inframundos; y también que esos seres demoníacos que están en los inframundos se inclinen con temor ante Su grandeza)», y este nombre venerable se impone por la Cruz, ¿cuán insensato sería no postrarnos ante la Cruz de Cristo?
Pero nosotros, inclinando rodillas y corazones, adoraremos junto con el salmista y profeta David (Salmo 131,7: «Entraremos en sus atrios, adoraremos en el lugar donde estuvieron sus pies»), en el lugar donde estuvieron Sus pies y se extendieron las manos que sostienen el universo, y donde se tendió Su Cuerpo vivificante por nosotros; y adorándole y besándole con fe, recibamos de allí abundante santificación y la conservemos. Así, en Su futura y excelsa venida del Señor, Dios y Salvador nuestro Jesús Cristo, viéndole adelantarse glorioso, nos regocijaremos y saltaremos de alegría, porque habremos alcanzado la posición junto a Su diestra y la bendita voz y bendición prometidas, en doxa-gloria del Hijo y Dios crucificado por nosotros en carne.
A Él sea la alabanza, junto con Su Padre sin principio y el Espíritu Santo, todo santo, bueno y vivificante, ahora, siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
San Gregorio Palamás.
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com/







