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Jun 21 2025

Domingo II de Mateo, Dependencia y dependencias, Yérontas Atanasio Mitilineos

Domingo II de Mateo (4,18-23).

«Dependencia y dependencias», Yérontas Atanasio Mitilineos

(Muy importante sobre la plaga actual de las drogas, sobre todo los jóvenes, dependencia de CristoDios para ser independiente y libre de las drogas y el rey de la primera droga creada el alcohol)

Llamada de los cuatro primeros discípulos, 4:18-25.18 Andando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos: Simón, más tarde llamado Pedro por el mismo Cristo, y su hermano Andrés, que echaban la red en el mar, porque eran pescadores.

19 Les dice: Venid conmigo y os haré capaces de pescar y atraer hombres en el reinado de la realeza increada de los cielos por vuestra red del kerigma.

20 Y ellos, dejando al instante las redes, lo siguieron.

21 Y pasando de allí adelante, vio a otros dos hermanos: Jacobo, el de Zebedeo, y Juan su hermano, que remendaban sus redes en la barca con su padre Zebedeo; y los llamó.

22 Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, lo siguieron.

23 Y recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando la alegre noticia, el evangelio del reinado de la realeza increada, y sanando toda enfermedad física, psíquica y espiritual y toda dolencia del pueblo.

24 Y su fama se difundió por toda Siria, y le trajeron a todos los que padecían males, afligidos por diversas enfermedades incurables y tormentos, psíquicas, físicas y espirituales, endemoniados, lunáticos, y paralíticos; y él los sanó todos.

25 Y grandes multitudes lo siguieron desde Galilea y desde Decápolis, las diez ciudades helénicas-griegas, y desde Jerusalén y Judea, y desde más allá del Jordán.

 

«Dependencia y dependencias»

Yérontas Atanasio Mitilineos

A medida que, queridos míos, se abre el período litúrgico del evangelista Mateo, nuestra Santa Iglesia presenta aquella hermosa imagen en la que el Señor busca a Sus primeros discípulos junto al lago de Tiberíades. Allí encontró los dos primeros pares de hermanos, a quienes llamó para que lo siguieran. Eran Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Fue una hermosa mañana en la orilla del lago. Allí, en las aguas tranquilas del lago, vio al primer par de hermanos “echando una red en el mar, porque eran pescadores”. Echaban su red al mar, pues ese era su oficio. “Les dice: Venid conmigo y os haré capaces de pescar y atraer hombres en el reinado de la realeza increada de los cielos por vuestra red del kerigma (predicación)(Mat 4:19). Y ellos “inmediatamente dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron”.
Ellos, sin tardanza, dejaron sus redes y lo siguieron.
Y cuando el Señor avanzó un poco más, vio al segundo par de hermanos: Santiago y Juan. También a ellos les dijo que lo siguieran.
Y “ellos, dejando al instante la barca y a su padre, lo siguieron”.

Los primeros dejaron sus redes y Le siguen. Los segundos dejaron barca y padre, y siguieron a Jesús.
Permanecemos, queridos míos, asombrados de que tanto los unos como los otros dejaron inmediatamente todo lo que los ataba y siguieron a Cristo. Los caracteriza ese “inmediatamente”, los define una liberación de aquello con lo que estaban ligados: personas y cosas. Es algo admirable. Y permanecen en la dependencia de Jesús, sin condiciones ni acuerdos.

De esta renuncia a las dependencias y de esta transición a una nueva dependencia, queridos míos, hablaremos hoy.

Los discípulos, siendo pescadores de profesión –“porque eran pescadores”-, para que no se piense que simplemente estaban practicando su afición o que eran aficionados, fueron al lago para pescar. Eran profesionales. Vivían de eso. Ese era su trabajo.

Los discípulos, pues, como pescadores profesionales y como personas, tenían sus propias familias; como Pedro, que tenía suegra, nos señala el Evangelio en otro pasaje. O bien eran aún solteros, como Santiago y Juan, que vivían en la casa paterna con su padre, su madre y probablemente otros hermanos. En todo caso, se encontraban en el ámbito de las dependencias legales y naturales.

En verdad, todo ser humano que viene al mundo, desde el momento en que comienza a tomar forma dentro del seno materno, entra en dependencia del espacio y del tiempo. El ser humano, por necesidad, está sujeto al espacio y al tiempo. Son dos ataduras que se imponen inmediatamente a toda existencia, y de las cuales, espacio y tiempo, es imposible que se libere cualquier ser, naturalmente también el ser humano.

Así nace el hombre, y posteriormente entra en una compleja red de dependencias, de interdependencias. Entre personas, socialmente, tenemos una dependencia mutua, y entre el ser humano y su entorno, biológicamente. Respiramos aire -sin aire no podemos vivir- dependemos del aire, del oxígeno que contiene, también del agua, de los alimentos, del sol… En general, dependemos. Incluso de la gravedad que nos mantiene sobre la Tierra, etc. Y esta misma Tierra depende también de nuestro sol. ¿Cómo se mueve nuestra Tierra? Se mueve en torno al sol, dependiendo de él. Pero incluso nuestro sol pertenece a nuestra galaxia.

Si uno considera que, según lo que hemos observado hasta hoy, existen unos doscientos mil millones de galaxias, y cada galaxia tiene millones y miles de millones de soles, uno depende del otro. Y todas estas dependencias son completamente, completamente naturales, por diseño. Así quiso Dios hacer las cosas: que existiera una interdependencia.

No existe nada, absolutamente nada en este mundo que sea independiente. Ni siquiera un electrón. No digo ya un átomo de materia: ni siquiera un electrón, podríamos decir, es independiente. Todo depende de algo. Solo una cosa no depende de nada: Dios. Dios está fuera de todo esto. Dios es independiente.

En medio de estas laberínticas interdependencias, Dios desea que se realice la comunión de los seres, y que todos los seres juntos vivan en κοινωνία (kinonía: conexión, participación y comunión) con Dios, por medio de las manos del hombre.

¿Lo visteis antes en la Divina Liturgia? Levantamos el cáliz sagrado y el santo disco (patena) antes de la consagración del Misterio y le dijimos -vosotros le dijisteis a Dios, por boca del sacerdote: “De lo tuyo te ofrecemos lo tuyo.” Vosotros lo dijisteis, con las manos del sacerdote, y lo hicisteis. Porque vosotros hicisteis el vino y el pan litúrgico. Y el sacerdote, con sus manos -que en realidad son vuestras manos- ofrece al Creador la creación. Así se ve claramente que todos los seres, unidos, deben participar de una comunión con Dios a través de las manos del hombre.

El hombre ofrece, como sacerdote, la creación a Dios. Prestad atención a esto: todo ser humano. Es lo que dice tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento: que Dios hizo a su pueblo sacerdotes y reyes. El conocido “reino sacerdotal”.

No es el momento ahora para analizar lo que significa, para cada fiel bautizado, que es sacerdote de la Creación, y también sacerdote de sí mismo ante Dios. Ofrece a Dios.

Cuando el apóstol Pablo escribe en la carta a los Romanos y dice:
“Ofreced vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto lógico”, es decir, culto espiritual, ¿qué es esto? Es la pureza de vuestro ser. Es asombroso, queridos míos. Así vivía Adán en el Paraíso: ofreciendo la creación. Dependiente de la naturaleza -porque comía, bebía, respiraba-, y sin embargo ofrecía a Dios la creación como sacerdote de la Creación. Es grandioso. Así lo quiere Dios. Y vuelvo a decir: es verdaderamente grandioso.

Sin embargo, Adán, al aceptar lo que le propuso el diablo, pasó inmediatamente del ámbito de las dependencias divinas, naturales y legítimas, al ámbito de la dependencia demoníaca.
Y aquí comienza una aventura de interdependencias demoníacas. La creación cae bajo el dominio demoníaco con la caída de Adán, y el ser humano queda sometido a una creación demonizada.
Esto tiene mucha importancia. Aquí comienza la historia de los πάθος (pazos: pasiones, vicios, adicciones, padecimientos, malos hábitos, patologías, etc.) en el hombre. El ser humano empieza a cargarse de pazos, o más bien, a habituarse a ellos. Y los pazos no son otra cosa que la permanencia en el tiempo de pecados concretos. Si miento, y vuelvo a mentir, he cometido un pecado. Y si miento una y otra vez, ese pecado se convierte en pazos, se convierte en hábito malo. Y entonces tengo una inclinación, tendencia, sin que nadie me lo pida, a decir mentiras incluso donde no es necesario mentir.
¿Por qué? Porque eso se ha convertido en un pazos. Así, queridos míos, todo pecado, si se prolonga en el tiempo, se convierte en πάθος pazos. Y los pazos imponen entonces una dependencia sobre el hombre.

Aquí es donde el ser humano se convierte en una figura trágica: una dependencia de los pazos contra natura y contraria a la ley. Es decir, tanto contra la naturaleza como contra la ley divina. Eso es lo que significa contra natura y fuera de la ley. El hombre se convierte en esclavo de los pazos. Y de este modo, no solo no vacila en transgredir los mandamientos de Dios -se vuelve ilegal-, sino también en violar las leyes naturales, y por ello se convierte en un “hombre contra natura”.

Debo explicar qué significa ser un hombre contra natura. Es algo terrible. En algún lugar el profeta Daniel, refiriéndose al Anticristo, dice que abolirá la ley y la naturaleza. Pero no es el momento para desarrollar esto ahora; solo hice una alusión.

Ahora bien, ¿qué hace el hombre después de su caída? Busca el placer (ηδονή hidoní). El placer en sentido amplio (hedonismo), de forma inmediata. Y ese mismo placer, a su vez, impone la dependencia del hombre respecto a él. El placer esclaviza al hombre.

La historia del placer comienza en el Paraíso, cuando Eva vio que el fruto era hermoso a la vista y agradable para comer, dice la Escritura.

¿Acaso no lo veía antes Eva al fruto? ¿Cómo es que ahora despierta otro tipo de deseo?

Como dice san Andrés de Creta en su Gran Canon: eso fue un “deseo irracional, y un comer irracional”.
¿Qué es eso, entonces?

Desde el momento en que el hombre prueba, pues, desde allí comienza la búsqueda del placer, del gozo, lo repito, en sentido amplio (hedonismo), viene el sufrimiento (οδύνη odini). Desde entonces, ηδονή hidoní placer y οδύνη odini sufrimiento irán siempre de la mano. Desde entonces, el ser humano busca el placer, aunque sepa del dolor que le sigue, y de ese modo ha creado el hedonismo, que es el enemigo número uno de la vida espiritual.

San Juan Crisóstomo dice que: “El hedonismo persigue sin que nadie lo persiga.” Es decir, el hedonismo no persigue como lo hacía Nerón o Diocleciano. En aquellos tiempos, los cristianos realmente se fortalecían y resistían, y se hacían mártires. Pero el hedonismo, la prosperidad material, paraliza al hombre, y este se entrega al espíritu del mundo. Por eso dice san Juan Crisóstomo, de forma profundamente psicológica y veraz, que toda esta historia del hedonismo es lo peor para el hombre.

Aún el ευδαιμονισμός efdemonismo (bienestar y placer) se busca en la riqueza. Es decir, en la abundancia de bienes, en todo aquello que excede nuestras necesidades. Ese exceso del que habla el Apóstol: «Teniendo alimento y abrigo, con eso estaremos contentos». De esta abundancia nacen la soberbia de la vida, es decir, la ostentación y la proyección de un ego supuesto, de un yo que se cree que existe y que sobresale: “¡Yo soy yo!”. Dentro del efdemonismo también se busca una cultura inflada, sobre todo técnica. También se busca la satisfacción del instinto sexual, con todo el repertorio de las perversiones. Llega un punto de saciedad, y entonces se buscan nuevas formas de satisfacción, lo que lleva al terreno de las desviaciones y perversiones. Esto mismo hicieron los sodomitas. «Se hartaron de pan», dice la Escritura. Es decir, se saciaron. Tenían muchos bienes. Y buscaban encontrar el placer por nuevos caminos.

El fumar el cigarrillo, sí, atención, el cigarrillo es hedonista, como también el alcohol, el más antiguo, el rey de las drogas. Por eso el hombre no puede dejarlos. Estimulan el sistema nervioso. Y dejan memoria sobre él. Y aunque, hermano mío, los hayas dejado alguna vez, existe una gran probabilidad de que los recuerdes de nuevo y recaigas. ¿Por qué? Porque, simplemente, son drogas. Y se le ha dado incluso la calificación de “aceptación común”. Drogas de aceptación común. Así es. Por tanto, el cigarrillo y el alcohol pueden considerarse el sello distintivo de nuestra cultura hedonista. No es exageración. Porque el cigarrillo y el alcohol abrieron el camino; el camino hacia las drogas, que constituyen ya la cúspide del problema. Nadie ha caído en las drogas sin antes haber bebido y aprendido a fumar. Son la entrada, el puente.

De hecho, estos días, ayer o anteayer, tuvimos el día contra las drogas. Que estas palabras que compartimos se consideren una pequeña, pero muy importante, aportación a esa lucha, con base teológica. Porque he observado que hablamos del problema, proponemos miles de métodos, excepto aquel tan importante, tan grande: inculcar en nuestros hijos el temor de Dios. Y que no busquen el placer, en ese sentido amplio.

Así, el cigarrillo, el alcohol y las drogas crean terribles dependencias en el hombre. Terribles. ¿Quieren que describa cómo? No lo haré. Puede que lo hayan visto con sus propios ojos: personas víctimas, especialmente jóvenes, atrapados en estas situaciones. ¿Saben que en Grecia, entre los estudiantes, hay 27.000 chicos y chicas que consumen drogas? ¿Lo oyeron bien? Veintisiete mil estudiantes. ¿No les preocupa eso? ¿No pueden pensar que un hijo suyo, un nieto, podría estar dentro de esa cifra? Y como ya dijimos sobre esta relación entre el placer y el dolor, por eso hoy vemos incontables víctimas que, comenzando por el placer y dependiendo de él, viven el más terrible dolor, el más trágico sufrimiento. ¡Hasta la muerte! Y estas dependencias crean la más cruel tiranía.

¿Y el hombre permanecerá siempre condenado a estas dependencias diabólicas, cómo decirlo de otro modo, diabólicas? ¿Quién creó las drogas? ¿Dios, queridos míos? ¿Es Dios responsable? ¡De ninguna manera! ¿Las uvas que hacen vino, quién las creó? Dios. ¿Si existen borrachos, es culpa de Dios? ¡Líbranos, qué blasfemia! Es la sugerencia del demonio: “Come esto” o bebe esto. Pero Dios no lo hizo para eso, para que lo comas o lo bebas así. No todas las cosas son para probarlas. Tienen múltiples propósitos. Aunque no tuvieran un propósito -que sí lo tienen-, aun sin propósito serían el árbol del conocimiento del bien y del mal, que Dios dice: “De esto no comerás”. Ven que en la historia continúa la presencia del árbol del bien y del mal.

¿Pero todo seguirá así? No, queridos míos. Por eso vino el Hijo de Dios. Para romper estas dependencias antinaturales y llevarnos de nuevo a la dependencia natural y divina. Cristo nos devolvió a la medida del uso de la creación. Sólo lo que es natural, se bendice. Lo que es antinatural, no se bendice. El matrimonio es bendecido; pero no la fornicación, o el adulterio. Comer es bendecido, porque así fuimos creados. Recuerden cuando resucitó a la hija de Jairo y dijo: “Dadla de comer”. ¿Acaso quien la resucitó no podría haberle dado fuerzas sin necesidad de comida? No. Así nos ha creado Dios. Sin embargo, la glotonería o gula no es bendecida. Nos dijo que amemos a nuestros padres, a nuestros hijos y a los demás hombres. Pero no más que a Dios. Puso una jerarquía. Nos dio una hermosa naturaleza que podemos aprovechar, pero no abusar, ni destruirla ni deificarla.

De este modo, el Señor nos sacó de la dependencia demoníaca e ilegal a una dependencia natural y legítima. Y no sólo Cristo nos liberó de la dependencia antinatural y demoníaca, sino algo aún mucho mayor, inconcebiblemente mayor. Vino a romper las cadenas del Prometeo encadenado al Cáucaso de la corrupción y la muerte. ¿Por qué? Porque tras la resurrección común, no existirá más corrupción. Corrupción significa cambio físico: comer, tener hambre, dormir, cansarse. Y dice Pablo que “Dios destruirá tanto el vientre como los alimentos” (escribe esto en su primera carta a los Corintios). ¿Por qué? Porque ya no habrá corrupción. Se anula también la muerte. Corrupción y muerte, ambas se eliminan. Por tanto, vientre y muerte son los dos enemigos invencibles que serán vencidos. Y de los cuales ahora somos completamente dependientes.

Eso es lo que nos trajo el Señor. Vino a romper las cadenas del mal y de las dependencias. Observamos que cuando el Señor llamó a las dos parejas de hermanos, Pedro, Jacobo, Juan y Andrés (los mencioné en otro orden), ellos dejaron ciertas dependencias naturales, legales y bendecidas. Eran pescadores. ¡Qué hermoso oficio! Tenían familias. Su padre, su madre… Pero dejaron también sus herramientas. Perdón: eran dependientes de todo eso. Pero aquí tenemos algo sorprendente con estos discípulos, estas dos parejas de discípulos: comenzaron un proceso de liberación progresiva incluso de esas dependencias naturales y bendecidas, para pasar a una única dependencia: Cristo. Lo dejaron todo. Las redes, el barco, al padre, el oficio, todo. El Señor les dijo: “Venid, y os haré pescadores de hombres”. Eso hicieron los discípulos. Es decir, se liberaron de las dependencias -lo repito una vez más- naturales, legales y bendecidas, para aceptar otra dependencia. Así, el Señor devuelve al ser humano a la primera, primigenia, paradisíaca dependencia.

Queridos, el evangelio de hoy, con una imagen tan simple y natural, nos mostró cómo debemos movernos. Y lo primero y más importante es que debemos romper toda dependencia demoníaca. Los pazos deben irse. Después debemos romper, en la medida en que sea posible, ya que vivimos en el mundo presente, toda dependencia natural de cosas y personas, que puedan impedirnos dar el siguiente paso.

¿Alguna vez han pensado que el ayuno es un ejercicio que intenta liberarnos, hacer que seamos más independientes del fenómeno que se llama vientre y glotonería o gula? La ξενιτεία* (xenitía: término teológico, exilio, expatriación), es decir, el hecho de decir: me encontraré lejos de mis seres queridos y de mi patria. En ocasiones puede ser tropical (agradable o placentero). Pero principalmente es local. Debe ser tanto tropical como local, si lo prefieren. ¿Qué es, por favor, la ξενιτεία xenitía? Un maravilloso ejercicio de desapego, «[desintoxicación» en el contexto de la dependencia. Está relacionada con el proceso de liberarse de una dependencia, ya sea de sustancias, adicciones o influencias externas.]

*[(Ξε­νι­τεία Xenitía, el término se podría traducir como «alejamiento, exilio, emigración, ir al extranjero” en general, pero en la vida monástica el término indica “alejamiento, exilio,” libre y voluntario.

Indica, como la hisijía (serenidad mental y paz cordial), tanto una actitud interior como una exterior. Es, antes que nada, una actitud interior de alejamiento, que tiende a mantenernos ajenos, peregrinos y exiliados (cf. 1 Pe 2:11), en camino hacia la Ciudad celeste, puesto que nuestra ciudadanía está en los cielos (Flp 3:20). En este sentido, la xenitía se manifiesta con humildad, rechazando toda curiosidad, no interfiriendo en lo que no nos concierne, dejando de lado todo juicio y evaluando cada cosa en continua referencia con la eternidad, la incertidumbre del mañana, la hora desconocida de nuestra muerte. Pero la xenitía ha sido también definida en un sentido amplio, dentro de la vida monástica, como una elección material de vida, en un país extranjero, para vivir a fondo, en la carne y en la cotidiana percepción, aun psicológica, ese desgarro que es antológicamente propio en todo cristiano, desde el momento en que el bautismo lo ha convertido en un extranjero en el mundo, un sin patria, tendiendo a esa Ciudad bien fundada que está en los Cielos (cf., Hb 11:10).]

Pero no nos detenemos aquí. Debemos avanzar hacia el máximo desapego posible de todo lo que no sea el Señor. El maná diario que caía en el desierto, ¿lo recuerdan? Eso es lo que quiere enseñarnos. El Señor no hacía caer el maná durante varios días. Cada día. Hoy. Quien recogía más, lo encontraba podrido al día siguiente, excepto el maná de viernes antes del sábado. Ese no se pudría. ¿Por qué? Porque eso quería enseñar el Señor. Que el hombre debe mantenerse independiente incluso de su comida natural. Él te la dará. Él te la dará. Porque allí debe estar tu dependencia.

¿Qué le dijo el Señor al diablo? Está escrito en el Deuteronomio: “No solo de pan vive el hombre”. Y todo este proceso no es otra cosa que un camino continuo hacia la libertad. Y la libertad, como la quiere el Evangelio. Después de todo, eso significa, queridos, liberación y salvación. Y por eso se le llama a Cristo Redentor y Salvador. Amín.

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mytilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, el 28 de junio de 1992.

Fuente: https://arnion.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com/

 

 

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