
20. Alegorías, símbolos, metáforas, historia y hermenéutica en las Sagradas Escrituras
El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.
Índice
- Muchos teólogos contemporáneos dicen que los acontecimientos del Antiguo Testamento pueden usarse como reales y también como metáforas.
- ¿El hecho que se describe en el Génesis, según el cual los primeros en ser creados comen del fruto, es exactamente así o simboliza algo distinto?
- La importancia del simbolismo en la Divina Liturgia y Espíritu Santo.
Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.
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Muchos teólogos contemporáneos dicen que los acontecimientos del Antiguo Testamento pueden usarse como reales y también como metáforas.
Por ejemplo, se considera que la creación del hombre es una metáfora: que el hombre no fue creado en un solo día, sino que primero transcurrió un tiempo, y luego fue creado. Incluso se dice que la presencia de la serpiente en el Paraíso no fue real, sino una forma simbólica de expresar que los primeros seres humanos entraron en un pensamiento de duda -representado por la serpiente-, y que eso los llevó a perder el Paraíso. ¿Son ciertos estos hechos? ¿Cómo debemos interpretar la Santa Escritura?
Pues bien, hijos míos, ¡atención! Este es un tema hermenéutico, es decir, interpretativo, y es muy amplio y profundo. Pero intentaré responder con pocas palabras, de manera clara.
Existen pasajes en la Santa Escritura que deben interpretarse de forma alegórica, otros de forma simbólica, otros tipológicamente y otros, históricamente. Es decir, no todo se interpreta de la misma manera. Y si no conocemos bien tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, y no sabemos qué método aplicar en cada caso, corremos el riesgo de caer en errores graves.
Por ejemplo, el Señor dice: “Si tu ojo derecho te escandaliza, sácatelo”. ¿Acaso habéis visto alguna vez a alguien que se saque el ojo por haberse escandalizado? Obviamente no. Por tanto, ese pasaje no debe interpretarse literalmente. El Señor quiere decir algo más profundo: que si algo -tan valioso para ti como tu ojo derecho- te lleva al pecado o te escandaliza, debes prescindir de ello. Puede ser la riqueza, o incluso un amigo del que obtienes beneficios pero que, espiritualmente, te arruina. Aunque tengas muchos intereses con esa persona, si te lleva a la perdición, debes alejarte: “sácate el ojo”, para que no termines en la condenación eterna.
Otro ejemplo: la creación del mundo y del hombre. Se dice que el hombre fue creado en un solo día, y que la creación entera ocurrió en seis días. ¿Sabéis que existe también la idea de que la creación fue realizada en un solo momento? Sin embargo, a partir de la misma Santa Escritura, comprendemos y aceptamos que se trata de períodos de tiempo más amplios.
Por ejemplo, Moisés relata que Dios creó una cosa en el primer día, otra en el segundo, otra en el tercero, y así sucesivamente. Pero al finalizar la creación, dice: “En un día Dios creó el cielo y la tierra” (Génesis 2,4). Es decir, recapitula toda la obra de la creación dentro de un solo “día”. Esto nos indica claramente que no se trata de un día literal, compuesto de día y noche, como lo entendemos hoy.
Además, hay que notar que cuando se menciona el “día uno”, en el que se crea la luz, el sol todavía no había sido creado; el sol aparece recién en el cuarto día. Y como bien sabéis, el sol es precisamente lo que permite medir el tiempo —el día y la noche de veinticuatro horas.
Por lo tanto, al no estar aún presente el sol, no puede hablarse de días cronológicos en el sentido moderno. Así que, en realidad, esos “días” de la creación no deben entenderse como días de veinticuatro horas, sino como grandes períodos de tiempo indefinido, cuya duración exacta solo Dios conoce.
Ahora bien, en cuanto a la serpiente, la tentación, etc… ¿fueron realidades interiores o exteriores? Fue exterior. En la pregunta se plantea que la tentación fue interior: que los primeros humanos tuvieron simplemente un pensamiento que los hizo dudar. Pero eso no es lo que enseña la Santa Escritura. Fue una tentación exterior.
San Basilio el Grande, en su obra «Exahímeron, Sobre los seis días», dice lo siguiente: “Conocemos muy bien el método de la alegoría. Pero aquí interpretaremos históricamente. Lo que dice el Logos de Dios es exacto.” Es decir, san Basilio -aunque sabía bien cómo usar la alegoría- deja claro que en los relatos de la creación y de los primeros eventos humanos, debemos tomar los hechos tal como se narran: como historia real, no como mito o simbolismo. (La respuesta continúa, pero se acaba la cinta).
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¿El hecho que se describe en el Génesis, según el cual los primeros en ser creados comen del fruto, es exactamente así o simboliza algo distinto?
Realmente, esta pregunta es muy importante y os ruego que prestéis especial atención, pues os será necesaria en muchas ocasiones, y veréis por qué.
Es decir, cuando leemos la Sagrada Escritura -en general- y, más en particular, los pasajes que describen la creación del cosmos (del mundo) y la creación del hombre, debemos preguntarnos: ¿todo lo que nos dice la Escritura debe entenderse en sentido literal, o hay cosas que se escriben con una intención simbólica o alegórica?
Aquí se introduce la cuestión del llamado “mito filosófico”. Todos los sistemas filosóficos -tomemos por ejemplo los de la antigua Grecia-, para sostener ciertas tesis o interpretar los fenómenos del mundo, creaban lo que se conoce como un mito filosófico. Platón, por ejemplo, tiene su mito filosófico, y lo mismo ocurre con otros filósofos.
Se trata de principios aceptados de forma previa, algo así como una dogmática: acepto un fundamento para poder construir, desde ahí, una interpretación de los fenómenos. Es el cimiento sobre el cual se construye una visión del mundo.
Pensemos, por ejemplo, en las matemáticas, que también tienen sus fundamentos, los cuales se aceptan sin necesidad de demostración. Por ejemplo, ¿qué es un número?, ¿qué es una línea en geometría?, ¿qué dimensiones tiene una superficie? Aceptamos ciertos conceptos como base -línea, superficie, punto, etc.- y, sobre ellos, edificamos todo el lenguaje matemático. Porque las matemáticas son una lengua, un lenguaje que expresa los fenómenos naturales, o aquello que queremos decir sobre ellos. Pero como veis, esa lengua parte de cimientos no demostrables, aceptados como punto de partida.
Un pequeño ejemplo: en la geometría euclidiana se afirma que desde un punto exterior a una recta sólo puede trazarse una paralela. Este postulado se acepta como base, no se demuestra, pero hay otras geometrías, como la hiperbólica o la elíptica. En una de ellas, atribuida a un matemático ruso, se afirma que desde ese mismo punto exterior pueden trazarse infinitas paralelas. Lo que quiero mostraros es que, en toda ciencia o sistema, hay principios fundamentales que no se demuestran, pero se aceptan como base.
Así que vuelvo a la pregunta y la amplío: ¿podría ser que el escritor sagrado -Moisés, quien escribió sobre el Génesis, la creación del mundo y del hombre- se haya basado en un mito filosófico? Es decir, ¿escribió ciertas cosas con una intención más profunda, simbólica o alegórica? ¿Quizás haya elementos que no deban entenderse literalmente, sino que esconden otro sentido?
Ahora bien, si aceptamos que en esos pasajes hay una alegoría, entonces tendríamos que admitir que muchos otros temas en la Sagrada Escritura podrían también interpretarse alegóricamente. Especialmente el relato de la creación del mundo y del hombre, que es tan fundamental, se convertiría en el cimiento para aceptar o rechazar todas las demás tesis contenidas en la Escritura. Y ¿sabéis hasta qué punto puede llegar esto? Hasta el punto de poner en duda si la encarnación de Dios es un hecho real o solo una idea.
Decía un filósofo contemporáneo, concretamente Engels: “No me interesa si realmente Dios se hizo hombre o no; me basta con tener la idea de la encarnación o humanización de Dios o la divinización, deificación del hombre. Con eso me es suficiente”. ¿Qué hace Engels aquí? Rechaza la historia y la sustituye por una idea, una alegoría. Pero si el mundo fuese solo una alegoría, entonces también lo sería la caída del hombre; el pecado sería solo un símbolo; y la salvación, una mera idea.
Pero nosotros preguntamos: ¿la salvación es una idea o un acontecimiento? ¿De dónde emana nuestra salvación? ¿No proviene de la Cruz de Cristo y, en general, de la encarnación del Hijo de Dios?
Si, por tanto, consideramos que la creación del mundo y del hombre, la caída y el pecado original son meras alegorías, automáticamente anulamos la Persona de Jesús Cristo, Su sacrificio y Su Crucifixión. Todo esto quedaría al margen, como si fuera irrelevante.
Veis, pues, cuán importante y fundamental es este tema.
Pues dice: “En el principio, Dios creó el cielo y la tierra…”, y después dijo: “Hágase la luz”, y luego el sol, la luna, las plantas, los animales… y, finalmente, el hombre. Así creó Dios toda Su creación.
Después puso a los primeros en ser creados (Adán y Eva) una prueba: que no comieran del fruto del árbol. De allí vino la caída. Sin embargo, Dios ya había preparado y trabajado el Misterio de la Encarnación para la salvación del hombre antes incluso de que el mundo existiera. Por eso, en el libro del Apocalipsis, el Hijo de Dios aparece como un cordero. Cuando se presenta al Cordero, esto significa dos cosas: una es la Encarnación y la otra, el Sacrificio, ya que los corderos eran ofrecidos como sacrificio.
Dice el evangelista Juan que “vio al Cordero degollado y de pie”; esto significa la Encarnación, el Sacrificio y la Resurrección, todo antes de la creación del mundo, antes incluso de que fueran puestos los cimientos de la creación.
No fue, pues, que Dios quisiera probar a los primeros en ser creados para ver qué iban a hacer. Él conocía perfectamente lo que harían. Pero era necesario cimentar la virtud y la santidad de los primeros en ser creados sobre la base de la libre voluntad y preferencia. De modo que el hombre fuese realmente “como una imagen (εἰκών ikón icona) de Dios”, libre en su voluntad, preferencia y elección.
Por lo tanto, Dios dijo: “No comeréis del fruto de este árbol”. Y cuando dijo “el fruto de este árbol”, no se refería a otra cosa que a lo que relata la historia. No se trata de un mito filosófico, sino de historia. Y no de historia alegórica, sino de historia verdadera, de un hecho, de un acontecimiento real. Existía un árbol, existía su fruto, y Dios dijo: “De este árbol no comeréis”. Fue exactamente como se describe en la Sagrada Escritura.
Ahora bien, ¿cómo se llama este método de interpretación? Se llama método histórico, porque se parte del hecho de que tenemos una historia, y lo único que debemos hacer es sacar conclusiones a partir de esa historia. Pero lo que no podemos hacer es evaporar la historia, disolverla y convirtiéndola en alegoría.
¿Sabéis quién fue el que tradujo el Antiguo Testamento en términos puramente alegóricos, haciendo desaparecer la historia por completo? Fue el filósofo platónico y judío Filón de Alejandría. Podríamos decir que Filón fue el introductor de este tipo de interpretación alegórica.
Veamos ahora qué dicen los Santos Padres sobre este tema, sobre la manera en que debemos interpretar la Sagrada Escritura: si debemos hacerlo alegórica o históricamente.
Os leeré lo que dice san Basilio el Grande en su obra Sobre los seis días (Hexaemeron), es decir, en los discursos sobre la creación del mundo y del hombre. En su noveno discurso dice: “Conozco las leyes de la alegoría -aunque no las descubrí yo-, pero las conocí cuando leí los escritos de otros. Por ejemplo, Filón el judío. Estos, que no aceptan los significados comunes del texto -‘no aceptan’ lo explicaré más adelante-, dicen que el agua no es agua, sino otra naturaleza. Que la planta o el pez significan otra cosa, y los interpretan como quieren, según sus fantasías. Lo mismo hacen con la creación de reptiles y bestias, girando en torno a sus propias ensoñaciones, como los intérpretes de sueños que adaptan lo soñado a sus propios intereses”.
Aquí, san Basilio se refiere a los intérpretes de sueños, no a los libros que abren algunos hoy para leer significados de un sueño, sino a los magos de la antigüedad que interpretaban sueños y se hacían llamar intérpretes de sueños.
Y continúa san Basilio el Grande diciendo: “Pero yo, cuando escucho ‘planta’, entiendo planta; y el pez, la bestia y todo lo demás, lo entiendo tal como se dice en la Sagrada Escritura. Y no me avergüenzo de presentar el Evangelio como historia y no como alegoría”.
Desde el punto de vista hermenéutico, estas palabras de san Basilio son muy importantes, reveladoras. En este caso, él acepta el método histórico: Dios creó el mundo. ¿Qué significa “creó el mundo”? Exactamente lo que dice la expresión: que hizo esta creación, que creó al hombre, las plantas, los peces, los pájaros, etc. ¿Qué significan estas frases? Justamente lo que dicen las palabras.
Ahora bien, sobre aquellos que “no aceptan los conceptos acostumbrados del texto”, os dije que lo explicaría. Uno de ellos -aunque no fue Padre de la Iglesia, sí fue un gran maestro, pero se equivocó gravemente- fue Orígenes. Él interpretó alegóricamente gran parte de la Sagrada Escritura.
Os doy un ejemplo: en su comentario al Evangelio de Lucas, cuando el Señor alimentó a los cinco mil y luego les pidió que fueran al otro lado del lago, prometiendo encontrarlos allí. Orígenes comenta: “Dejemos la historia para los simples, y busquemos nosotros los significados más profundos”.
¡Así que la historia es para los simples! ¡Qué gravísimo error! Una cosa es sacar conclusiones a partir de la historia, y otra muy distinta es despreciarla y dejarla para quienes “no entienden”.
Dice Orígenes: “Busquemos los conceptos profundos”. Es decir, va más allá de la historia, la ignora, la relega. Pero, hijos míos, este método existe aún hoy y existirá siempre. En su mayoría, es un método demoníaco, salvo algunas excepciones. Porque, como ya os dije, borra la historia. Y si borramos la historia, entonces llegamos a decir que Cristo no existió.
Como dicen algunos alegoristas, sobre todo contemporáneos -por ejemplo, Depiau, un francés-, quien refutó las tesis de un materialista y alegorista que sostenía que Jesús Cristo no existió, sino que era una personificación del sol. Este afirmaba que los doce apóstoles representaban los doce signos del zodíaco que giran en torno al sol, y cosas por el estilo.
Pues bien, dice Depiau: “Esperad, ahora también yo os diré qué pasa aquí. Os digo, entonces, que Napoleón fue una figura mítica. ¡Todavía escuchamos los cañones de Waterloo desde el siglo pasado! Y mirad: se oyen, ¿los escucháis? Apenas han pasado unas cuantas décadas desde entonces, y aun así algunos afirman que Napoleón es un personaje mítico.
¿Y qué responden? Que sí, que es mítico, y que, sobre todo, es la personificación del sol.
¿Y cómo es que Napoleón sería una personificación del sol?
Mirad lo que dice: “Napoleón es una palabra griega -y además, los helenos reclamamos que es de origen griego, porque los corsos descienden de espartanos que emigraron del Peloponeso, concretamente de Esparta. ¿Qué significa Napoleón? ‘Ne’ significa ‘sí’; ‘apoleón’ o ‘apólon’ quiere decir ‘destructor’, del verbo griego ‘ἀπόλλυμι apólimi’, que significa destruir. Porque el sol con sus rayos, al mismo tiempo que crea, también destruye. Por lo tanto, ‘Napoleon’: ‘sí, destruyo’. Así pues, es el destructor”.
Y continúa: “¿Dónde nació Apolo? En Delos, una isla del mar Egeo, es decir, en Oriente. ¿Y dónde ‘muere’ el sol? En Occidente. ¿Dónde murió Napoleón? Exiliado en la isla de Santa Elena, en Occidente. Conclusión: Napoleón es una figura mítica”.
¿Habéis entendido ahora lo que significa una interpretación alegórica? ¿Y cómo este tipo de interpretación disuelve la historia? Este es el problema: el método alegórico, en la mayoría de los casos, esfuma la historia. Y este método, salvo contadas excepciones, es profundamente erróneo y demoníaco.
Por supuesto que hay aspectos o pasajes que se pueden interpretar alegóricamente. Pero no se puede alegorizar toda la historia. Esto es exactamente lo que quiere decir san Basilio el Magno cuando afirma: “Conozco muy bien las leyes de la alegoría, pero yo, cuando digo ‘pez’, entiendo ‘pez’; y si digo ‘planta’, entiendo ‘planta’”. Es decir, él permanece en el plano de la historia, y no lo abandona por fantasías.
Por eso, hijos míos, tengamos mucho cuidado. Existen maestros, incluso en nuestras propias escuelas, que, cuando abordan el tema de la creación, no son dignos de llamarse verdaderos maestros y creyentes. Como decía san Basilio el Grande, él no se avergüenza del Evangelio de Cristo y no lo reduce a una alegoría. Pero estos maestros no tienen la dignidad de presentar la creación como un hecho real, sino que la interpretan como un mito filosófico, utilizando ese enfoque para justificar su propio criterio o ideología. Quisiera concluir diciendo que esta pregunta -la de si los relatos del Génesis son históricos o alegóricos- es muy importante y requiere especial atención. Porque la alegoría, cuando se utiliza indiscriminadamente, puede llegar a borrar completamente la historia. Y por eso, hay que vigilarla con mucho cuidado. (23,29´30´´)
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La importancia del simbolismo en la Divina Liturgia y Espíritu Santo.
Este tema también es fundamental dentro de la Divina Liturgia.
Es bien sabido que, cuando tomamos el Cordero del Santo Disco y lo introducimos en el Santo Cáliz, después de la santificación, los mantenemos separados como expresión de la crucifixión y la muerte.
¿Por qué?
Porque una persona muere cuando se separan el cuerpo y la sangre.
Sin embargo, cuando realizamos la unión -es decir, cuando colocamos un trozo del Cordero dentro del Santo Cáliz-, esto simboliza la Resurrección. Este acto representa el retorno de la vida.
Quienes sirven en el altar están familiarizados con este profundo significado.
A continuación, utilizamos un pequeño recipiente con agua hervida.
Cuando vertemos esta agua dentro del Santo Cáliz, expresamos simbólicamente al Espíritu Santo, quien es representado a través de dos elementos: el agua y el fuego.
La Iglesia, con sabiduría, combina ambos símbolos al emplear agua hervida en el cáliz, mostrando así la presencia y acción del Espíritu Santo dentro de la Iglesia.
Conclusión
El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia y su guía constante. La vida cristiana no puede existir sin su presencia activa.
Esto nos recuerda que la fe no consiste únicamente en una adhesión a enseñanzas o prácticas externas, sino que es una vida vivida en comunión con el Espíritu Santo, quien regula, transforma y guía nuestra existencia hacia la psicoterapia, redención y salvación.
Sin el Espíritu Santo no hay Iglesia, ni vida cristiana ortodoxa auténtica.
Fuente: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com/







