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Jun 01 2025

Sobre monasterios y monaquismo ortodoxo

Sobre monasterios y monaquismo ortodoxo C 13

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.

Índice

  1. ¿Qué ideales salvaguardan los monasterios cenobíticos?
  2. Hay quienes sostienen que el monaquismo tiene sus raíces en un período de recesión espiritual.

1. ¿Qué ideales salvaguardan los monasterios cenobíticos?

Los monasterios cenobíticos (de vida común) no salvaguardan ningún ideal. Simplemente expresan e interpretan ortodoxamente, correctamente, el Evangelio. Eso es todo.

La palabra «ideal» y las «ideas» las utilizamos en nuestro lenguaje, pero, si se quiere, no es una formulación correcta, como tampoco lo es decir «metafísica». Estos términos no son adecuados en el contexto del cristianismo, ya que provienen de la filosofía y, desde una perspectiva cristiana, están desaprobados. Lo mismo ocurre con términos como «bioteoría», «cosmoteoría», y otros similares: todos provienen del campo filosófico. Del mismo modo, los conceptos de «ideas», «ideales», etc., también pertenecen a esa esfera, y el cristianismo no los adopta.

¿Por qué? Porque si tuviésemos que definir qué son las ideas y los ideales, veríamos que el cristianismo no tiene ideas, sino αποκάλυψις apocalipsis, revelación de Dios. Y las αποκαλύψεις revelaciοnes de Dios no son ideas.

Por consiguiente, los monasterios no salvaguardan ideales, sino que expresan el Evangelio.

¿Qué quiere decir esto?
Es cierto que, en cada época, han existido los monasterios junto a la figura de la parroquia. No obstante, el monasterio ha sido siempre una forma más auténtica , más ortodoxa de expresar la vida cristiana.
Un monasterio, en el contexto de la expresión y praxis del cristianismo, representa cómo debería vivir siempre un cristiano, en relación con el mundo exterior.

Pero voy a decir algo triste: no se trata simplemente de comparar un monasterio del siglo pasado con uno del siglo X, VI o V. Porque, si tuviéramos que juzgar un monasterio actual comparándolo con uno del siglo V, tendríamos que rendirnos y marcharnos.
Sí, y para que no penséis que esto lo digo solo yo, me remito a san Simeón el Nuevo Teólogo. ¿Sabéis lo que significa ese título? Nuestra Iglesia ha llamado a muchos padres “teólogos”, pero sólo ha dado el título de “Teólogo” a tres: san Juan el Teólogo, san Gregorio el Teólogo y san Simeón el Nuevo Teólogo. Una personalidad muy importante, que decía lo siguiente a sus monjes: “Está bien que no nos asemejamos en nada a los ascetas y monjes del siglo V, de la época de san Antonio el Grande, pero al menos que tengamos un poco de agapi (amor desinteresado)”.

Dijo esto en un contexto de gran crisis, incluso con amenazas de muerte. ¡Fue algo terrible! El asunto llegó a tal punto que tuvo que intervenir el propio emperador.
Y fijaos lo que dijo: “Por lo menos que tengamos un poco de agapi, ya que no alcanzamos la talla de los ascetas de la época de san Antonio el Grande.”

Entonces, si esto lo decía san Simeón en el siglo X, ¿qué podríamos decir nosotros en el siglo XX?

Estamos, pues, ante una degradación continua y constante. Ahora bien, por qué ocurre esto, cómo ocurre y qué resultará de todo ello, no es el momento para analizarlo.
Solo os digo que un monasterio debe ser juzgado por cómo vive en relación con el mundo, por cuánto refleja ortodoxamente la vida cristiana, y por su capacidad de invitar al mundo a imitar ese modo de vida. Es decir, el monasterio es como una vitrina, un escaparate.

Aún más: el monasterio es también el vigilante del dogma ortodoxo. Es bien sabido que, históricamente, fueron principalmente los monasterios quienes descubrieron y señalaron las herejías.
Por lo tanto, veis que los monasterios son los guardianes de la vida y de la fe ortodoxa, correcta, son los castillos invencibles decía el santo Padre.

  1. Hay quienes sostienen que el monaquismo tiene sus raíces en un período de recesión espiritual.

    Algunos afirman que el monaquismo surge como una respuesta a una época de decadencia espiritual. Incluso, dentro del segundo centenario bizantino, se han puesto en duda ciertos criterios que, supuestamente, conducen al monaquismo. ¿Podría decirnos algo sobre sus raíces y estos incentivos?

La pregunta es muy importante, y respondo no por otro motivo sino porque el tema del monaquismo no concierne solamente a los monjes, sino a todos los fieles. Si se tiene en cuenta que el monaquismo es un elemento constitutivo de la misma Iglesia, entonces no puede simplemente despreciarse, aunque históricamente haya sido atacado o menospreciado.

Obviamente, no haremos aquí un estudio exhaustivo, pero sí podemos aportar algunos elementos fundamentales para responder a la pregunta.

El monaquismo no es otra cosa que lo más selecto y noble que existe dentro de la Iglesia. No está al margen de ella, sino que representa su esencia más elevada. Podríamos decir que es la “crema”, la élite, la aristocracia espiritual de la vida eclesial. Porque es, simplemente, la forma en que un creyente dentro de la Iglesia elige dedicarse plenamente a Dios.

Y esta dedicación no tiene solo un carácter pasivo, como si uno se limitara a dar sin esperar nada. Más bien se trata de un intercambio, una relación viva: me entrego a Dios con el fin de alcanzar la gnosis, el conocimiento de Dios. Es, en cierto modo, una transacción espiritual entre el monje y Dios.

Recordemos a san Antonio el Grande, quien al escuchar en la Iglesia lοs λόγος logos del Señor dirigidas al joven rico: “Ve, vende todo lo que tienes, repártelo entre los pobres y luego ven y sígueme…” (Mat 19:21, Luc 18:22m Marc 10:21)

El Señor le dijo: ven conmigo, es decir, una dedicación plena. Ese joven, aunque era rico, ético y buscaba algo más elevado, no pudo responder a la llamada, porque no quiso desprenderse de sus posesiones, y se marchó entristecido. En cambio, san Antonio hizo lo contrario: vendió todo lo que tenía, lo repartió entre los pobres y se retiró al desierto para seguir al Señor. Así nace su vocación monástica: una dedicación total. En esa entrega hay también una gnosis, un conocimiento profundo de Dios. Esta es la retribución, el «salario» espiritual que recibe quien se entrega totalmente a Dios. Porque cuando doy, también recibo.

En el libro del Apocalipsis se dice que el Señor -Cristo- salió “teniendo su salario en su mano”. ¿Qué significa esto? No se refiere al salario que Él da, sino al que recibe: Su salario somos nosotros, los creyentes. Es decir, Cristo se hizo hombre, se entregó y se sacrificó para obtener Su retribución: la psique-alma del creyente. Ese es su “sueldo”.

A su vez, el salario del creyente es Cristo mismo. Nuestra recompensa es haber ganado a Cristo. Así que, en términos espirituales, el salario de Cristo es el creyente, y el salario del creyente es Cristo.

Esto es muy característico y revelador, porque se trata de una relación recíproca. Y en el monaquismo esta reciprocidad se vive de forma mucho más intensa.

Pero vamos a abordar las cosas desde una perspectiva más histórica. Hemos visto que el monaquismo es lo mejor que ha ofrecido la Iglesia. Las raíces del monaquismo se encuentran ya en el mismo Antiguo Testamento. Evidentemente, cuando hablamos de raíces del monaquismo cristiano, no nos referimos a las formas externas, ya que estas cambian con el paso del tiempo. No importa si se construye un monasterio o no, o si tiene tal o cual estructura; esas cosas varían de una época a otra.

Sin embargo, es importante señalar que, en el Antiguo Testamento, el profeta Elías vivía en celibato. Fue el único profeta de liderazgo que era célibe, mientras que otros como Moisés, Aarón y muchos más estaban casados. El profeta Elías fue célibe, puro, pobre y vivía en obediencia a Dios. Estas tres virtudes -pureza, pobreza y obediencia- son precisamente las que caracterizan la vida monástica.

Cuando Elías llamó a Eliseo, este tenía bienes: tierras, animales, y trabajaba en el campo. Dice la Escritura que, mientras araba con sus bueyes, Elías lo llamó. Eliseo, también célibe, rompió los arados -instrumentos de madera-, sacrificó los bueyes, hirvió la carne, la repartió entre los pobres y siguió a Elías, convirtiéndose en su sucesor.

Ambos, Elías y Eliseo, fundaron las llamadas «escuelas proféticas». Cuando Elías fue llevado al cielo, no sólo Eliseo fue testigo de su ascensión, sino también entre doscientas y trescientas personas que pertenecían a estas escuelas. La Escritura los llama «hijos de los profetas», y puedes encontrarlos con ese nombre en el Segundo Libro de los Reyes, capítulo cuatro.

Estos “hijos de los profetas” vivían en pobreza, predicaban al pueblo y también conservaban la memoria histórica del mismo. A ellos se les atribuye la escritura de algunos libros del Antiguo Testamento.

Sólo os contaré un acontecimiento. En una ocasión, le dijeron al profeta Eliseo que fueran él y sus discípulos a habitar en un bosque al otro lado del río Jordán. Eliseo les dio su aprobación. ¿Qué harían allí? Cortarían madera y construirían cabañas para quedarse a vivir.

Uno de ellos, mientras cortaba un árbol, dejó caer su hacha al río. Comenzó a gritar: “¡Ay, lo que me ha pasado! ¡Se me ha caído el hacha al río, y ni siquiera era mía!”. El profeta Eliseo estaba cerca. Es decir, vemos aquí un κοινόβιο kinobio (un monasterio de vida en común), donde nadie tiene posesiones personales, sino que todo es compartido. Así pues, se evidencia dónde están las raíces del monaquismo.

Por otro lado, el último gran monje, santo y perfecto del Antiguo Testamento, ya con una forma profundamente santificada, es San Juan el Precursor. No es casual que los Evangelios describan qué comía, cómo vestía y cómo vivía. ¿Quién podría ofender a San Juan? Sin embargo, como lamentablemente los hombres muchas veces no comprenden, terminan insultando o despreciando incluso lo sagrado.

Ya en la época de Cristo y de Juan, esto lo confirma el mismo Jesús cuando dice: “Vino el Hijo del Hombre comiendo y bebiendo” -porque el Señor llevaba una vida social, no vivía en el desierto. Así debía ser, y cuando lo invitaban a una comida o a una cena, comía y bebía normalmente. Y vosotros decís: “¿Este es el Mesías? ¡Es un comilón y un bebedor!”. Vino Juan, haciendo ascesis y ayuno, y decís: “Tiene un demonio”. ¿Por qué dijeron que tenía un demonio? Porque no podían comprender una vida que excedía las dimensiones naturales.

Tomemos un solo caso que va más allá de lo natural: ¿Por qué no te casas?, preguntan muchos. “Es natural”, dicen, “¿acaso Dios no bendijo el matrimonio?”. ¡Atención! Sí, Dios bendijo el matrimonio, pero fue una concesión, no Su voluntad original. El matrimonio no existiría si los primeros en ser creados no hubiesen pecado, para morir luego. La prueba es que, en Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios -como dice claramente el Señor- no se casan. Allí, el matrimonio no existe.

El matrimonio, entonces, no es la voluntad de Dios por complacencia, sino por condescendencia. En cambio, el celibato representa la voluntad original, la voluntad plena de Dios. ¿Qué hace aquel que permanece célibe? Pues, sencillamente, anticipa la realidad de la Βασιλεία Vasilía de Dios, aún antes de su manifestación plena, la cual ciertamente se revelará con el regreso del Señor. Por lo tanto, el celibato no es antinatural.

Si lo vemos desde esta perspectiva, podríamos preguntarnos: ¿Quién es más natural, el hombre que vive sobre la tierra en su condición actual, o el hombre nuevo que habitará en la Βασιλεία Vasilía de Dios? Sin duda, el segundo.

Así que os digo esto porque muchos acusan y dicen: “Mirad, éste lleva una vida no natural, anormal.” Pero no es así. No es una vida antinatural o anormal. En realidad, es tu propia vida la que es antinatural, si la observamos desde el prisma de la dogmática, es decir, desde la verdad de nuestra fe. Por tanto, no es antinatural.

Quisiera añadir una cosa más. Repito, no agotaremos el tema, porque es inmenso. El monaquismo apareció poco antes del cese de las persecuciones, hacia mediados del siglo III, quizá un poco antes. En ese tiempo, los cristianos perseguidos huían al desierto. Si alguien me preguntara por qué no surgió el monaquismo antes, respondería: porque los cristianos ya vivían en un estado de martirio debido a las persecuciones.

¿Sabéis por qué? No os extrañe: porque el cristianismo, en esencia, es un martirio. Pero no me extenderé más en esto.

Así que, mientras existía el martirio, ¿para qué añadir otro tipo de martirio? Pero cuando la Iglesia se pacificó, y lo que es peor, cuando muchos hombres paganos, por interés, especialmente los que ocupaban cargos importantes, empezaron a hacerse cristianos, la calidad espiritual de la Iglesia comenzó a deteriorarse. El fervor se fue enfriando. Entonces, algunos comenzaron a retirarse al desierto para mantener vivo ese fervor evangélico.

Del mismo modo, esto sucedió también en Rusia, cuando millones se bautizaron sin la catequesis adecuada. Recordad que, en la Iglesia primitiva, los catecúmenos pasaban por un período de preparación que duraba uno, dos o incluso tres años. Sólo cuando eran considerados aptos, se les bautizaba y crismaba. Luego, esta práctica se perdió, y con ello, surgieron los signos del enfriamiento espiritual, y si se quiere, del comienzo del declive.

En ese contexto surge el monaquismo, no como una señal de decadencia, sino como una respuesta salvadora. Por lo tanto, el monaquismo es un signo de esplendor. Es exactamente lo contrario de lo que muchos piensan. El monaquismo no es señal de decadencia, sino un punto culminante en la vida de la Iglesia.

Por eso, una Iglesia que no tiene monasterios corre el riesgo de perderse, de secularizarse o de mundificarse por completo.

Por ejemplo, en el mundo protestante: ellos no tenían monasterios y con el tiempo observaron que su ausencia era una carencia. Se dieron cuenta de que los hombres, viviendo en el mundo, se iban mundanizando día tras día, año tras año, siglo tras siglo. Por eso, en los últimos años -aunque parezca extraño- algunos protestantes han comenzado a fundar monasterios. Obviamente, lo hacen según su propio entendimiento e invención, pero, en cualquier caso, han comenzado a formar monasterios.

¿Qué significa esto? Significa que el monasterio y el monaquismo no son señales de decadencia, sino de esplendor. Especialmente en aquellos lugares donde florecieron en número, como ocurrió en los desiertos de Egipto, donde llegaron a haber miles de monjes y monjas, se desarrolló una forma de vida y una cultura espiritual única.

De allí provienen los Gerónticos, esos libros que recogen la vida de los ascetas, santos y padres. Son obras que no morirán jamás y que seguirán escribiéndose con nuevas hazañas hasta el fin de la historia.

¿Y qué más puedo deciros? Solo esto: los monjes eran quienes percibían las herejías que surgían en las ciudades. Entonces, descendían de los desiertos y advertían al pueblo: “Esto es herético.”

También contribuyeron los monasterios en temas de enfermedades, hambrunas, etc. Acordaos de san Antonio el Grande, que vivía en el desierto: dos veces bajó a Alejandría a causa de situaciones graves. Una vez para luchar contra la herejía de los arrianos, y otra vez porque había una epidemia, y fue a ayudar.

Os diré más: los monasterios son la mayor fuente (la fábrica) de santos, de defensa de la fe dogmática y de producción himnográfica. Casi toda la himnografía -el noventa y nueve por ciento- pertenece a los monjes y monjas. Esta música que llamamos bizantina es suya. Así que cualquiera puede constatar que tenemos una gran producción espiritual, tan grande que no sabría por dónde empezar.

En Europa, los museos están llenos de manuscritos que fueron preservados gracias a los monjes. Los libros de la Santa Escritura se conservaron porque ellos los copiaron. La cultura helénica antigua, los escritos de los filósofos -incluso Homero- se salvaron por obra de los monasterios. ¿Sabéis cómo se salvaron? Porque en la ησυχία (hisijía: serenidad mental y paz cordial) del monasterio, los monjes se sentaban a copiar a mano libros originales, raros y difíciles de encontrar. Todo lo que se ha conservado del mundo helénico antiguo, en gran parte, es obra de ellos. Solo por eso, el mundo debería mirar con respeto al monaquismo.

Y también, como os dije antes, en el desierto se desarrolló una auténtica cultura espiritual, una cultura que ofrecía a los hombres modelos concretos para vivir incluso en medio de las ciudades. Era una cultura basada en la αγάπηel amor desinteresado e incondicional- y en la pureza del corazón y del cuerpo.

Os daré un pequeño ejemplo que muestra la lucha contra la φιλαυτία (filaftía: egolatría, excesivo amor a sí mismo y al cuerpo). Porque dentro de este mundo nuestros cristianos son ególatras, materialistas y en grado grande.

Una vez, a un asceta le ofrecieron un racimo de uvas por la mañana. Él pensó: “¿Por qué debo comerlo yo? Mejor se lo doy a aquel otro asceta, que tal vez lo necesite más.” Lo envió. Pero ese otro asceta, al recibirlo, hizo el mismo pensamiento y lo envió a otro hermano. Así fue pasando de uno a otro, hasta que por la tarde volvió, sin que nadie lo planeara, al primero que lo había recibido. Cuando lo vio, se admiró y dio gracias a Dios, porque así se le reveló que entre los hermanos había un verdadero amor desinteresado, una comunión de agapi, amor incondicional. Entonces se santificó… y lo comió.

Decidme, ¿puede suceder esto en la sociedad actual, que es como una jungla? He aquí por qué digo que en el desierto se desarrolló una cultura de la psique-alma profunda.

¿Qué más puedo deciros? Terminaré aquí porque el tema es inmenso. Solo os insisto en esto: el monaquismo no es, en absoluto, una señal de decadencia. Al contrario, es un signo de esplendor de la Iglesia. Y os lo he demostrado. Obviamente, esto depende de una condición: que los monjes tengan conciencia de su vocación y respondan a ella como deben, para que la Iglesia se glorifique y se mantenga firme.

Estas son solo unas pocas cosas, mencionadas de forma indicativa, sobre este tema tan grande, para responder a vuestra pregunta. (40:29-30)
Yérontas Mitilineos

Fuente: https://arnion.gr/ y https://athanasiosmytilinaios.blogspot.com/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com/

 

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