
La Ascensión del Señor [Hechos 1,1-12], A. Mitilineos
Hechos – Πράξεις – praxis 1:1-12
1:1. Querido Teófilo: En mi primer libro, es decir, al Evangelio, traté de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio
- hasta el día en que ascendió al cielo después de haber dado mandamientos e instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que él mismo había elegido.
- Después de su pazos-pasión se presentó a ellos, dándoles muchas pruebas evidentes de que realmente estaba vivo: se apareció durante cuarenta días y les hablaba y les enseñaba verdades sobre realeza increada de Dios.
- Y mientras que estaba comiendo y relacionándose con ellos les mandó: «no salir y alejarse de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, que muchas veces de mí oísteis hablar, es decir, el envío del Espíritu Santo.
- porque Juan bautizó sólo con agua, sin poder transmitir el renacimiento y vida espiritual, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días».
La Ascensión, 1:6-14.
- Los que estaban con él le preguntaron: “Señor, ¿vas a restablecer ya de nuevo el reinado de la realeza gloriosa de Israel?”.
- Les respondió: «No os toca a vosotros conocer los tiempos y las circunstancias que el Padre ha fijado con su propia autoridad y omnisciencia;
- pero recibiréis la dinamis potencia y energía increada del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, entonces os convertiréis en mis testigos y seréis los que enseñaréis en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra».
- Y habiendo dicho esto, mientras ellos le veían, se elevó hacia arriba y una nube luminosa lo llevó hasta que lo ocultó de sus ojos.
- Ellos se quedaron mirando fijamente al cielo mientras él se iba, cuando se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que eran ángeles del cielo,
- que les dijeron: “Hombres Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este Jesús que ha sido arrebatado entre vosotros al cielo, volverá tal como lo habéis visto irse al cielo encima en una nube gloriosa”.
- Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte de los Olivos, que está cerca de Jerusalén, es decir, un kilómetro, lo que se permitía a los israelitas andar en sábado.
Tema: Sobre la Ascensión de Cristo: «Dios se manifestó en la carne… fue elevado en gloria»
(Transcripción de una homilía del venerable padre Atanasio Mitilineos)
La Iglesia, queridos míos, queda deslumbrada ante el hecho de la Ascensión al cielo de su Fundador y Señor. Vivió la Encarnación del Logos increado de Dios, lo vio predicar como “quien tiene autoridad”, lo contempló en la Cruz, comprobó Su Resurrección y ahora lo contempla con asombro ascender corporalmente al cielo.
Este ciclo -o si lo prefieren, este descenso del Logos de Dios en su creación y su resurgimiento desde ella-, después de haberse convertido en “el que despoja o el saqueador, desvalijador”, el conquistador de sus propias criaturas que el diablo había usurpado, dejó a los hombres maravillados.
Toda esta historia -del Dios que está fuera del tiempo, ciertamente- es expresada de manera concisa y poética por el apóstol Pablo en su primera carta a Timoteo. Escribe:
«Y sin discusión, grande es el misterio de la piedad:
Dios fue manifestado en cuerpo-carne,
justificado en el Espíritu,
visto por los ángeles,
predicado entre las naciones,
creído en el mundo,
ascendió en doxa-gloria».
Esto se encuentra en el capítulo tercero de la primera carta a Timoteo. Este pasaje es un resumen brevísimo del Cristianismo. Y, de hecho, para subrayar su importancia, comienza con la Encarnación y concluye con la Ascensión.
Veamos ahora este texto sagrado del apóstol Pablo, para analizarlo, para acercarnos a él: «Y, sin discusión, grande es el misterio de la piedad».
Aquí, el término «piedad» (εὐσέβεια, efsevia) designa al Cristianismo. El Cristianismo se llama «εὐσέβεια, efsevia», porque manifiesta -como dice Ecumenio- la actitud del hombre hacia Dios según Su beneplácito.
En verdad, es un misterio, porque el hombre, al revelársele (apokaliptársele) este misterio, quedó, queda y quedará siempre asombrado.
Se llama «misterio», además, porque es algo que estaba oculto y ahora se ha manifestado. Por eso dice el apóstol Pablo en su epístola a los Colosenses: «es decir, predicar el plan secreto de Dios, escondido desde los siglos y desde las generaciones y ahora manifestado a los creyentes por el kerigma del Evangelio a los santos de Dios, a los Cristianos, a quienes Dios quiso descubrir cuál es la riqueza sublime de este secreto de la salvación de los hombres entre los paganos de las naciones, que es Cristo entre vosotros, por el cual todos tenemos la esperanza de adquirir la doxa-gloria luz increada eterna» (Col 1:26-27).
Todo el misterio es Jesús Cristo. Y quiso el Dios Padre revelarnos (apokaliptarnos) este misterio, precisamente a nosotros, a las naciones, a los pueblos, para mostrarnos la medida de Su αγάπη (agapi: amor incondicional). Y es único en valor. Por eso es tan grande este misterio. Y, al desglosarlo, continúa: «Dios se manifestó en cuerpo-carne».
¿Qué sugiere aquí el término «se manifestó»?
Sugiere la revelación (apokálipsis) de la existencia eterna previa del Logos increado. Que el Logos increado de Dios existía desde siempre.
Permítanme hacer una distinción -que muchas veces he hecho- entre lo eterno (αἰώνιο) y lo perpetuo (ἀΐδιο aídio). «Eterno» significa algo que tiene un comienzo, pero no tiene fin. Nosotros, por ejemplo, una vez que nacemos, que entramos en la existencia, ya sea que nos encontremos en la Βασιλεία (Vasilía: Realezza increada) de Dios o en el Hades (Infierno), no tendremos fin. Así, el ser humano es eterno.
Pero Dios es perpetuo o sempiterno (ἀΐδιος aídios), lo cual significa que no tiene ni principio ni fin. Esa es la diferencia entre eterno y perpetuo o sempiterno.
«Siendo Dios e Hijo de Dios», dice Teodoreto, «y teniendo una naturaleza invisible, se hizo manifiesto a todos por haberse encarnado». Se hizo visible para todos –«δῆλος dílos», evidente, manifiesto-, para todos los hombres. La sabiduría y la agapi-amor de Dios hicieron visible al Dios invisible, a través del cuerpo-carne. Dios es invisible; incluso para los santos ángeles. Lo diré más adelante con más detalle: incluso para los santos ángeles. Solo era conocido plenamente por Sí mismo: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esa κοινωνία (kinonía: conexión, unión y comunión de las tres Personas de la Santa Trinidad constituye también la Iglesia (increada). La Iglesia es -y la encontramos así- perpetua o sempiterna (ἀΐδιος aídios); porque encontramos a la Iglesia como la κοινωνία comunión de las tres Personas de la Trinidad. Y dado que Dios siempre existió, siempre existió también esta comunión de las Personas, y por tanto, siempre existió también la Iglesia. Así, la Iglesia es perpetua o sempiterna (ἀΐδιος aídios).
Pero quiso Dios, por Su agapi-amor, hacer una manifestación exterior de esta κοινωνία kinonía comunión. Es decir, quiso transmitir y extender esa comunión que Él tenía, hacia los santos ángeles y hacia el hombre, hacia los hombres. Y así, entonces, la Iglesia procede desde Dios, y al haber sido también comunicada a los santos ángeles, ahora se extiende también a los hombres.
Ésta es la Iglesia. Esa que tanto despreciamos. Porque no es otra cosa que la κοινωνία kinonía comunión de las Personas.
Así pues, la sabiduría y la agapi-amor de Dios hicieron visible al Dios invisible a través del cuerpo-carne. Es lo que señala el evangelista Juan, el Teólogo, el auténtico Teólogo: «El Logos se hizo sarx carne» (Ὁ Λόγος σὰρξ ἐγένετο).
Muchas veces lo he dicho -pero no importa repetirnos-, puede que me hayan escuchado decir lo mismo una y otra vez en ciertos puntos, porque el propósito de nuestras homilías no es otro que el de una enseñanza. Para aprender y afianzar esta lección, si tradujéramos esta frase «Ὁ Λόγος σὰρξ ἐγένετο» literalmente, ¿saben cómo sería?
«El Logos se hizo carne» o incluso, más literalmente aún: «El Logos se hizo carne cruda» (carne viva, como carne animal). Una expresión dura. Dura, lo repito.
Pero ¿por qué el evangelista Juan utiliza la palabra «sárx» (carne)? ¿Por qué no dice: «el Logos se hizo hombre»? ¿Por qué no dice: «el Logos se hizo cuerpo»? Sino que dice: «se hizo carne», algo tosco, algo que a primera vista puede parecer repulsivo.
¿Por qué?
Porque el evangelista Juan quería subrayar que verdaderamente el Logos de Dios se hizo lo que no era. Es decir, asumió la naturaleza humana, pero de una manera que no podemos comprender. Y aunque esta forma de encarnación se nos ha revelado (apokaliptado), es decir, se hizo hombre, no podemos entender nada más allá de eso.
Y lo hizo así el Logos, desplegando o declinando los cielos y descendiendo. Abajó los cielos y descendió a la tierra. Es una expresión que procede del Salmo 17, que muestra cómo Dios baja, desciende. Podríamos decirlo con una sola palabra: condescendió. Esta es la condescendencia de Dios al nivel de la naturaleza humana.
Y continuamos con este análisis del apóstol Pablo -ya les he dicho que es de gran importancia y valor: «fue justificado en el Espíritu» (ἐδικαιώθη ἐν Πνεύματι).
Que «el Logos se hizo carne» y que «Dios se manifestó en carne, fue justificado en el Espíritu».
¿Qué significa «fue justificado en el Espíritu»? ¿Quién daría testimonio de que el hombre Jesús es, en verdad, el Logos de Dios encarnado? Solo el Espíritu Santo. Y este testimonio se da constantemente…
Recuerdo y les traigo a la memoria aquel momento del Bautismo, cuando descendió el Espíritu Santo y se escuchó aquella voz:
«Este es mi Hijo amado, en quien se complace mi corazón». Pero también, el mismo Señor -lo señala el Evangelio según san Lucas- decía que los milagros que realizaba en este mundo eran hechos
«con el dedo de Dios» (ἐν δακτύλῳ Θεοῦ). ¿Y quién es ese «dedo de Dios»? Es el Espíritu Santo.
Así como el Espíritu Santo, en forma de paloma, dio testimonio sobre Jesús Cristo -¿qué era la paloma en el Bautismo? Era el dedo del Padre. Así, entonces, el Espíritu Santo es el dedo del Padre.
«Y el Paráclito», como dice el mismo Cristo, «dará testimonio de mí». «Él será mi testigo». Especialmente en el día de Pentecostés. Porque, así como los judíos decían que Jesús era un engañador, un usurpador de atributos divinos -decía, afirmaba, cometía, como ellos decían, un «crimen de sacrilegio»- que era el Hijo de Dios. Entonces, decían: «Es reo de muerte». ¿Por qué? Decían a Pilato: «Se hizo igual a Dios». Y Pilato se asustó… «¿Igual a Dios? ¿Quién es este Jesús?»
¡Presten atención! Si Jesús fuera realmente un impostor, un usurpador de atributos divinos, entonces al morir no solo no debería haber resucitado, sino que debería haber permanecido en el Hades. Pero lo vemos ascendiendo al cielo. ¿Cómo puede entonces ser un usurpador? Por tanto, Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios, ομοούσιος omoúsios consustancial con el Padre.
Y no solo es Pentecostés el momento en que vemos que el Hijo asciende y el Espíritu Santo desciende, sino que además el Espíritu Santo permanece en la Iglesia y da continuamente Su testimonio sobre la persona de Jesús Cristo.
Por eso dijo el apóstol Pablo: «Nadie puede llamar a Jesús “Señor” sino por el Espíritu Santo». No puedes confesar que Jesús Cristo es Dios, que es el Señor, a menos que tengas el Espíritu Santo.
Así que, lo contrario también es verdad: Si no confiesas que Jesús es el Hijo de Dios, que es Dios, entonces no tienes el Espíritu Santo.
¿Quieren, entonces, hacer una prueba? ¿Una autoevaluación? Una pregunta: «¿Tengo yo el Espíritu Santo?» ¿Creo que Jesús Cristo es Dios? Si respondo: «¡Sí!», entonces tengo el Espíritu Santo. Si no lo digo, entonces no tengo el Espíritu Santo.
Claro, esto podríamos decir que es una primera etapa. Porque hay muchas otras señales más adelante que también revelan la presencia del Espíritu Santo.
Así, pues, vemos que el testimonio del que aquí escribe el apóstol Pablo, «fue justificado en el Espíritu», significa que fue justificado como Dios encarnado por el Espíritu Santo. Esto se ve con absoluta claridad.
Y continúa el apóstol Pablo: «Fue visto por los ángeles». Es la primera vez en la historia de la Creación visible e invisible que Dios se hace visible. La primera vez. Jamás los ángeles, los santos ángeles, habían visto a Dios. ¡Nunca, jamás, en absoluto! Ahora lo vieron en el rostro de Jesús Cristo. Pero, ¿cómo sabían que existía Dios? Por la fe. Porque la fe no es solo para los hombres, también es para los ángeles.
Sin embargo, dice Ekumenios: «Con nosotros vieron los ángeles a Cristo antes no lo veían. Porque la naturaleza invisible de la divinidad, ni siquiera ellos podían verla». Dice, entonces, que ni siquiera los santos ángeles podían contemplar la naturaleza invisible de Dios. Pero cuando se encarnó, lo vieron».
¿Sabían ustedes que la salvación a través de la encarnación del Logos de Dios no fue solo para los hombres? También fue para los santos ángeles. Y esa salvación se consolidó cuando creyeron. Ese niño en Belén es el Logos de Dios. El que sirvió este misterio, ¿quién fue? El arcángel Gabriel. La santidad de los ángeles se consolidó, se estabilizó, y ya no corren peligro de caer.
Tomen nota: algunos sí cayeron; esos son los demonios. Pero los santos ángeles fueron afianzados con la Encarnación del Logos de Dios. Y los santos ángeles son agradecidos al Logos de Dios, porque lo vieron y se afianzaron en la santidad.
Pero también son agradecidos a la Santísima Θεοτόκος (Zeotokos: la que da a luz a Dios), porque ella trajo al Hijo de Dios al mundo. No vino a través de los ángeles, sino a través del ser humano, de la Santísima Virgen María. Sé que esto que les digo es un poco difícil, perdónenme, pero es necesario que lo aprendamos.
Así, pues, el primero que vio la Encarnación del Logos fue el arcángel Gabriel.
¿Escucharon lo que dice el texto sagrado?
Bueno, no el texto sagrado exactamente, sino lo que decimos en los Saludos o Acatisto a la Virgen (Χαιρετισμοί, jeretismí saludos):
«Un ángel principal -es decir, un arcángel- fue enviado desde el cielo para decirle a la Zeotokos el “Χαῖρε jere Alégrate ” y con su voz incorpórea, al verte encarnarte, Señor, quedó maravillado». «Te vio encarnarte, Señor». Cuando decía a la Virgen: «¡Χαῖρε jere Alégrate!», al mismo tiempo veía -cuando la Virgen preguntó: «¿Cómo sucederá esto?», y él respondió: «Por el Espíritu Santo» -veía al Logos de Dios encarnarse, tomar la naturaleza humana. ¿Dónde? En el seno de la Virgen. «Estaba de pie y quedaba extasiado» -dice el texto poético-«permanecía firme y al mismo tiempo en éxtasis». Y durante toda la vida terrenal de Cristo, los ángeles veían su vida y la seguían. Sí. Y también a ellos, como les he dicho -lo repito-, se les dio la fe. Y al creer, los santos ángeles fueron salvados definitiva, inmutable e irrevocablemente.
Pasamos ahora al siguiente versículo del apóstol Pablo: «Fue predicado», dice, «entre las naciones». Sí. ¿A quiénes?, pregunta Zigavinós. «Fue predicado a aquellos que estaban alejados del conocimiento-gnosis de Dios». A los desesperados, a aquellos que habían sido acusados como si fueran rechazados por Dios, como si no fueran hijos suyos. A estos se les predicó Jesús Cristo. El Evangelio y la salvación siguieron el camino de la predicación, porque la fe tenía que ser conservada.
Dice el apóstol Pablo en su epístola a los Romanos:
«¿Cómo, pues, invocarán a Aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin que haya quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados?» (Rom 10:14-15)
Tal como dijo el Señor: «Id a todas las naciones…», etc., etc. Y continúa Pablo: «Así que la fe viene por el oír, y el oír por el logos de Dios». Esto lo dice, como les mencioné, en el capítulo 10 de la carta a los Romanos.
La fe viene del oír: escuchas y crees. No verás primero. Escucharás primero. Verás después. Y el oír viene por el logos de Dios.
¡Saben ustedes aquellos que sirven al logos de Dios -porque ahora veo aquí delante de mí algunas personas que sirven al Evangelio— si pudieran comprender lo que realmente significa lo que hacen, se asustarían! ¡Se espantarían! Porque por medio del logos de Dios llegan hasta los oídos de los demás, para que nazca dentro de ellos la fe, y esa fe es la que salva. Así sea.
Y continúa el Apóstol: «Fue creído en el mundo». El Logos de Dios fue creído en el mundo gracias a la predicación (kerigma). Y fue creído a pesar de los tremendos obstáculos del diablo, porque la salvación era auténtica. Por eso hubo obstáculos. El diablo hizo todo lo posible para frustrar la venida de Cristo.
¿Quieren una revisión muy rápida de la historia?
Lamentablemente no tenemos tiempo, pero muy brevemente: El diablo escuchó que sería aplastado por Aquel que nacería de Eva.
No dice «del linaje de Adán», sino «de la descendencia de Eva». Eva no tiene esperma, simiente. La mujer no tiene esperma. Esto lo oyó el diablo cuando fue condenado aquella tarde en el Paraíso. Presten atención ahora…
El diablo buscaba -como dicen los Padres de la Iglesia- a todas las vírgenes, tratando de averiguar cuál sería la que traería al mundo Aquel que le aplastaría la cabeza. Adán y Eva tuvieron hijos. El diablo notó que Abel era un niño dulce, apacible. Kaín, en cambio, tenía maldad. (No sé qué significará esa «k» de «Kaín»… en fin). Y entonces hizo que Kaín matara a Abel.
¿Saben por qué? Para frustrar la venida del Mesías.
¿La prueba? La prueba está en que, como sustituto de Abel, Adán y Eva tuvieron a Set (Seth). El nombre «Set» significa sustituto. Pero ¿por qué, habiendo tenido muchos otros hijos, se considera que Set sustituye a Abel?
Porque era el sustituto en la línea genealógica del Mesías.
¿Quieren prueba? Vayan a casa, abran el Evangelio según san Lucas, donde aparece la genealogía ascendente de Cristo, y allí dice que «Cristo es descendiente de Set, de Adán, de Dios». Entonces, ¿qué representaba Caín? Representaba al Anticristo. La historia del Anticristo comienza desde ahí. Pero… se nos acabó el tiempo.
Así, pues, fue creído en el mundo, a pesar de los terribles obstáculos del diablo, como les dije, porque el Espíritu Santo iluminó las buenas disposiciones del corazón, y creyeron todos aquellos cuyos nombres estaban escritos en el libro de la vida, pues tenían buena voluntad y disposición interior. La fe es siempre antigua y siempre nueva; es el camino eterno para acercarse a Dios y alcanzar la salvación. Por eso el Hijo de Dios asumió la naturaleza humana: para subrayar el valor de la fe.
«Ascendió en doxa-gloria», el último versículo. El Hijo de Dios entró en la creación sin traer nada material. Entró como Dios, desnudo de todo lo material. No trajo nada físico. Y se fue -como dice san Nicodemo el Aghiorita-, «enriquecido en bondad». Se llevó consigo la naturaleza humana. Vino pobre y se fue rico, llevándose con Él la humanidad. ¿Entienden? No desechó la naturaleza humana, porque justamente eso es lo que vino a salvar. Y se fue junto con ella. Ascendió sobre las nubes, como Señor, Todopoderoso, dice Zigavinós, servido por ángeles. Fue la salida natural del Logos de Dios, quien, con el gran misterio de la Encarnación, unió el cielo con la tierra, lo increado con lo creado. Él es el gran Recapitulador, porque recapitulación significa reunión, unión, fusión.
Queridos hermanos:
Hoy celebramos el acontecimiento de la Ascensión de nuestro Señor Jesús Cristo. Y Su Ascensión no significa abandono del mundo, sino salvación del mundo. Y todos nosotros vivimos estos acontecimientos,
porque nos han precedido. Y la Iglesia canta al gran autor de nuestra salvación diciendo:
«Ascendiste en doxa-gloria, oh Cristo Dios nuestro,
alegrando a tus discípulos con la promesa del Espíritu Santo,
habiéndoles confirmado por medio de la bendición,
que tú eres verdaderamente el Hijo de Dios,
el Redentor del mundo». Amén.
PARA GLORIA DEL DIOS TRIUNO
y con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, Transcripción y edición: Eleni Linardaki, filóloga
Traducido por: χΧ jJ https://www.logosortodoxo.com/







