
MIEDOS Y COMPLEJOS, C. 9
El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.
Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.
Índice
- Cómo luchar contra nuestro miedo: el temor a la muerte.
- ¿Por qué existe el miedo, generalmente, en los hombres?
- ¿Por qué a veces nos sentimos tan vacíos y con tanta soledad?
- ¿Por qué algunas personas sienten que su vida no tiene sentido? ¿Cómo pueden superar este sentimiento?
- ¿Cómo puedo afrontar y detener situaciones psíquicas en las que pierdo el interés y las ganas de vivir y lo veo todo negro?
- ¿Cómo puedo anular los complejos de inferioridad que tengo y que me crean problemas de comunicación en mis relaciones diarias? ¿A qué se debe que me siento diferente de los demás, rara, aislada y pierdo mi naturalidad en la comunicación o conexión con los demás?
- ¿Qué sentido positivo puede tener el “fracaso” en la vida del cristiano?
- Muchos temen a Dios, otros lo insultan en momentos difíciles y algunos se acuerdan de Él sólo cuando tienen problemas. Si Dios es nuestro Padre, ¿cuál es la mejor actitud hacia Él?
- ¿Dios castiga, prueba o instruye?
- ¿Es pecado cuando deseo ver en mi sueño a una persona querida?
1. Cómo luchar contra nuestro miedo: el temor a la muerte.
Es cierto que el fenómeno del miedo a la muerte es universal y profundamente humano. Además -si quieren- si no existiera el miedo a la muerte, el hombre no filosofaría. Como decíamos en otras clases, el hombre busca la verdad, y en el fondo lo hace precisamente porque existe la muerte.
¿Me diréis que el hombre podría filosofar (reflexionar) aunque no existiera la muerte? Os digo que, en el fondo, todo parte del fenómeno de la muerte. ¿Qué hay más allá? ¿Viviré eternamente o acabaré en la tumba? Esta pregunta dio origen a la filosofía.
Por eso afirmamos que se trata de un fenómeno universal. Y, como el hombre no puede encontrar la verdad de manera plena, precisamente por eso siente miedo y temor. Tal vez algún sistema filosófico pueda tranquilizarme ante la muerte, pero el hombre se pregunta: ¿Es verdad esto que se me dice? ¿Es una realidad dada o simplemente una construcción filosófica o un dato filosófico?
Vosotros sabéis que, en los tiempos de Jesús Cristo, es decir, en los años del Nuevo Testamento, todos los sistemas filosóficos habían caducado y todas las religiones se encontraban en deuda y en duda.
Aún quedaba algo por decir respecto a la filosofía estoica, la cual, como sabéis, sirvió de base al emperador Marco Aurelio. Marco Aurelio fue filósofo y escribió un libro titulado “A mí mismo” (Meditaciones). Pero lo curioso -y trágico, para él- es que, siendo filósofo y autor, fue también perseguidor de los cristianos. La Santa Paraskeva, cuyo nombre lleva este templo en el que nos encontramos, fue martirizada en tiempos de Marco Aurelio. Estas son las cosas curiosas y contradictorias. Si realmente fueras filósofo, dejarías libre el campo para que el otro busque, filosofe, encuentre y tenga fe. ¿Por qué, entonces, sometes a martirio terrible a los cristianos, Marco Aurelio? Es, verdaderamente, curioso.
Pero este miedo proviene de la ignorancia respecto a lo que existe más allá de esta vida. Dentro del judaísmo, poseemos una gnosis, un conocimiento, sobre lo que existe en el más allá; sin embargo, el miedo permanece, no se va ni huye. ¿Sabéis por qué? Porque el hebreo conoce, por αποκάλυψις apokálipsis revelación, lo que existe después de la muerte. ¿Y qué aprende? Aprende que existe el oscuro Hades. Por eso, David, en uno de sus salmos, dice: “Señor, antes de que me lleves de esta vida, déjame un poco para alegrarme aún en esta vida. Además, ¿quién te alabará en el Hades?, ya que nuestro cuerpo, con sus órganos fonéticos, se disolverá en el sepulcro.” Por esta razón, la larga vida era considerada uno de los mayores regalos naturales de Dios. Acordaos de que el primer mandamiento con promesa dice:
“Honra a tu padre y a tu madre”, para que vivas largo tiempo en la buena tierra.
¿Por qué vivir en la tierra buena y durante muchos años? Exactamente porque el lugar de las almas -el Hades- era terrible. Sobre el Hades hablaron también los antiguos helenos (griegos), pero no podían asegurarlo: ¿existe?, ¿no existe?, ¿y cómo existe? En cambio, en la αποκάλυψις apokálipsis revelación cristiana sabemos que el Hades existe, y que es terrible, oscuro y lúgubre para las psiques-almas.
Por lo tanto, para el creyente, vivir muchos años sobre la tierra es un regalo, porque cuanto más tarde llegue al Hades, mejor. Y entonces viene Cristo, quien descendió al tétrico Hades. Y una parte del Hades -donde estaban los justos- se convirtió en paraíso. Cuando dijo al ladrón: “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”,
¿a dónde fue el ladrón? Fue al Hades. Cristo fue un poco antes, porque el Señor murió en la cruz a las tres de la tarde. Los ladrones murieron después, pues les rompieron las piernas para acelerar su muerte. Así que el ladrón llegó poco después. Pero el buen ladrón no encontró el Hades: encontró el Paraíso.
Esto ocurrió en sentido estricto, pues así lo dijo Cristo: “Hoy estarás conmigo en el paraíso.”
¿Y cuándo es “hoy”? Antes de que se ponga el sol, según el calendario hebreo. El buen ladrón que estaba en la cruz no fue al Hades, sino al paraíso.
Así, cuando Cristo murió y descendió al Hades, una parte de éste -la de los justos- fue transformada en Paraíso. Porque aquellos que no creyeron y permanecieron como almas pecadoras, congeladas en su incredulidad, no aceptaron a Cristo ni siquiera allí. No os parezca extraño esto, pues están a la espera del juicio final para entrar en el infierno. Pero las psiques-almas de los justos aceptaron a Cristo, y Él se las llevó, transformando parte del Hades en Paraíso.
El paraíso, entonces, es luminoso. Lo único que le falta es la plenitud del cuerpo: allí sólo están las almas, y están en bienaventuranza, en la divina δόξα doxa gloria increada. Estas almas están divinizadas, glorificadas. Todos los santos están allí, pero todavía esperan -como os dije- recuperar el cuerpo perdido por la muerte o el martirio. Cuando se realice la resurrección de los muertos, ellos pasarán del paraíso a la βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Dios. En la realeza increada de Dios vivirán con sus cuerpos. En el paraíso están sólo como psiques-almas; y en el Hades, también los pecadores están sólo como almas. Pero en el infierno estarán con sus cuerpos.
Por consiguiente, aquel que sabe que la muerte fue vencida por Cristo, y si parte de esta vida amando a Cristo y cumpliendo Sus mandamientos, ¿acaso tiene aún miedo a la muerte? Por supuesto que no. Por eso existe el fenómeno de los mártires.
Como sabéis, en el Antiguo Testamento no encontramos mártires, con excepción de una familia: la familia de los Macabeos. Ellos poseen todas las características del martirio cristiano, aunque se trata de un caso de religiosidad nacional.
Uno de los siete hijos de Salomé la mártir, y también su maestro Eleazar, ¿sabéis lo que dijo Salomé al tirano Antíoco, un griego descendiente de Alejandro Magno?: “Tirano, si ahora destruyes nuestra vida y nos cortas los miembros de nuestros cuerpos, te digo esto: Dios nos resucitará y nos devolverá los miembros perdidos de nuestros cuerpos.”
He ahí por qué os dije que el martirio de los Macabeos es un precursor del martirio cristiano.
Si en el ámbito del Antiguo Testamento, aun con la revelación del Dios verdadero, encontramos como mártires solamente a estas almas, echad ahora una ojeada al Nuevo Testamento: tenemos millones de mártires. ¿Por qué? Porque el Hades ya no es tétrico. El cristiano ya no teme a la muerte.
Solo debo deciros algo más: el tema no es simplemente no tener miedo a la muerte. La verdadera cuestión es: ¿Fui fiel? ¿Fui cumplidor de los mandamientos de Dios? ¿Fui verdaderamente obediente? Quizás no lo fui. Entonces puedo sentir miedo. Un miedo no por la muerte en sí, sino por el juicio: ¿seré absuelto? ¿Me perdonará Dios?
Esto lo vemos incluso en la vida de muchos santos, que sentían cierto temor. Es también un elemento natural -permitidme decirlo así-, aunque los cristianos se encaminen hacia el martirio con valentía.
¿Por qué ese pequeño temor? Porque la separación del alma y el cuerpo es algo antinatural. Es el precio que pagamos por nuestra caída, por el pecado. Por eso, siempre queda un poco de miedo. Pero ese miedo es mínimo, casi nulo, o incluso inexistente.
El hombre de fe, el que ama a Jesús Cristo, no teme la muerte, siempre que tenga la certeza interior de que Cristo habita en él. Y, naturalmente, que la muerte ha sido vencida por Cristo. El fiel queda entonces incorporado en Cristo, y por eso comulgamos Su Cuerpo y Su Sangre. Como dice el apóstol Pablo: “Cuando aparezca Cristo, durante la Segunda Παρουσία Parusía, es decir, el Cristo que es nuestra vida, entonces también vosotros apareceréis con Él en δοχα doxa gloria.”
¿Por qué? Porque Él vive, y nosotros también viviremos en Él. Estamos injertados, incorporados en Cristo. Por eso vivimos la vida mistiríaca, participando en los Misterios (sacramentos), y se nos llama a vivir esta vida correctamente, precisamente para ser resucitados, como dice el Señor, en el día ésjato, el último día. Así sea.
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¿Por qué existe el miedo, generalmente, en los hombres?
Por ejemplo, si en este momento explotara una bomba, todos saltaríamos de nuestras sillas. ¿Por qué existe el miedo? Porque existe la culpabilidad.
Hijos míos, el miedo tiene una dimensión metafísica. Adán le dijo a Dios: “He escuchado tu voz y me asusté.” Adán, ¿por qué antes, cuando escuchabas la voz de Dios, no te asustabas y ahora sí tienes miedo? Porque eres culpable.
Hijos míos, nuestro subconsciente es culpable. No hay ser humano con el subconsciente totalmente limpio, y por eso tenemos miedo. ¿Qué debemos hacer? Luchar para limpiar, purgar, psicoterapiar y sanar la conciencia y el subconsciente. Luchar para permanecer bajo la χάρις jaris gracia, la energía increada de Dios, bajo Su bendición.
Por eso, san Juan el Evangelista dice: “La agapi-amor perfecta echa fuera el miedo.” Cuando habla de “miedo” o “temor”, no se refiere al miedo de perder las cosas que hemos conquistado. Por ejemplo: si llevo joyas de incalculable valor en los bolsillos y salgo a la ciudad, y alguien se da cuenta, estoy en peligro. Entonces, cerraría bien los bolsillos con imperdibles y otras precauciones. ¿Por qué? Porque tengo miedo de perder lo que poseo.
Este es el tipo de miedo al que se refiere el apóstol Pablo cuando dice:
“Con temor y temblor guardad vuestra salvación”, es decir, tened cuidado de no perderla. Es un miedo, temor que vigila y protege lo sagrado.
Pero cuando san Juan habla del temor a Dios y dice que “el amor perfecto lo expulsa”, se refiere a un temor servil, el miedo que proviene de la culpa y la separación de Dios. Y si alguien dijera: “Yo tengo amor perfecto (agapi perfecta)”, le respondería: Vete, que aún tienes mucho trabajo por delante. Esa αγαπη agapi perfecta aún está muy lejos de ti. (2.29)
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¿Por qué a veces nos sentimos tan vacíos y con tanta soledad?
Es una buena pregunta. Se trata de un estado psicológico que experimenta el ser humano, pero especialmente, lo vive con mayor intensidad el joven. Muchos fenómenos de este tipo ocurren en la juventud, y, ciertamente, muchas veces sus causas permanecen inexploradas. Es decir, uno no puede fácilmente identificar la razón por la cual se siente así. Por eso también surge la pregunta.
Veamos, entonces, qué podemos decir al respecto.
En primer lugar, esa soledad, ese vacío interior de nuestra ψυχή (psijí: psique, alma, ánima, la que anima vivifica el cuerpo) se debe a la ausencia del Espíritu Santo. Cuando el Espíritu Santo se ausenta, el ser humano se siente así. El hombre contemporáneo, sin duda, es un hombre que no posee el Espíritu de Dios, por eso se siente vacío. Esto lo subrayo con énfasis, y debemos comprenderlo profundamente. Porque aquello que desde siempre necesita el ser humano, y más aún el hombre actual, es la presencia viva del Espíritu Santo. Y si lo desean, la vida cristiana consiste precisamente en obtener el Espíritu Santo.
Cristo vino al mundo para que viniera el Espíritu Santo, para hacernos portadores del Espíritu, para espiritualizarnos, para llenarnos del Espíritu Santo a nosotros, los cristianos, de modo que el Pentecostés se repita constantemente en nuestras psiques-almas.
Es innecesario decir que hoy ignoramos esta realidad, y eso constituye una desviación grave en la manera en que vivimos la vida espiritual. Porque, además, cuando decimos “vida espiritual”, no nos referimos a una simple religiosidad exterior, sino a la vida en el Espíritu Santo.
Así que, cuando no vivo esa vida en el Espíritu Santo, cuando me falta Su presencia, es totalmente natural que me sienta vacío y solo. Esa es la raíz profunda de esa experiencia interior de vacío y soledad.
Pero ¿cuándo se va el Espíritu de Dios? Porque podríais decir: cuando fuimos bautizados, recibimos el Espíritu de Dios y cuando fuimos crismados, recibimos los dones (la χάρις jaris gracia increada) del Espíritu Santo. Sí, esto es verdad. Sin embargo, estos dones pueden quedar inactivos cuando el ser humano peca. Es decir, cuando no desarrolla ni aprovecha la presencia del Espíritu Santo, lo aísla. Y así, finalmente, se siente tal como os he dicho: vacío, seco, sin la χάρις jaris, lejos de Dios.
Entonces, cuando pecamos y nos vanagloriamos, sentimos ese vacío interior. No os podéis imaginar cuán profundo es el vacío que experimenta la psique-alma cuando se llena de vanagloria. Si queréis, aquí se forma un círculo vicioso, y os lo explicaré para que lo entendáis. Este círculo debemos romperlo, para que esta historia termine en nosotros.
¿Y qué significa «me vanaglorio»? Quiere decir que busco y deseo una gloria vana, es decir, vacía y sin contenido real. Por ejemplo: cuando quiero que me digan que soy bello, moderno; que tengo joyas costosas o un coche de lujo; que visto con ropa cara y de última moda; que soy culto, sabio, el más brillante, el más destacado. Todo esto es gloria vana, porque simplemente el tiempo pasa, y todas estas cosas pasan. Y lo peor es que puedo perderlas en cualquier momento, con un solo giro del destino.
Si alguna vez habéis visto a un hombre enfermo, sabéis de qué hablo. Pues yo lo he visto. Hace poco fui a visitar a un conocido mío en el hospital. Tiene 35 años y está casado. Este hombre tiene cáncer de hígado. Cuando lo vi, me quedé sorprendido: era imposible reconocerlo. Sólo tenía piel y huesos, y lo único que resaltaba eran sus orejas… era completamente irreconocible. Fue terrible verlo así. Me quedé anonadado, sin palabras, igual que los tres amigos de Job. Dice la Escritura que durante tres días aquellos jóvenes no podían hablar, por el shock de ver la miseria en la que se encontraba su amigo Job.
¡Ay, hombre! ¡Y te jactas de ser guapo! Todas estas cosas las pierdes rápidamente. Te jactas de ser inteligente… Resbalas por la calle, te das en la cabeza, sufres una lesión cerebral y te conviertes en un clásico idiota. ¡Atención, esto es importante! En unos segundos se puede perder todo. Hijos míos, ¡qué terrible es esto!
¿Qué pasa con la vanagloria?
Prestad mucha atención. El hombre empieza a proyectarse a sí mismo. Pero cuando se proyecta a sí mismo ante los demás, en su ambiente, entonces el Espíritu Santo se aleja. Porque dice la Escritura: “Dios resiste a los soberbios”. Y la vanagloria es el principio del orgullo. Entonces la χάρις (jaris: gracia, la energía increada de Dios) se retira. No puedes sentir en tu interior la presencia del Espíritu Santo. Y por lo tanto, el vacío interior se hace aún mayor. Empiezas a comprobar que realmente hay un vacío en tu psique-alma. En las psiques-almas de los vanagloriosos hay vacío.
Y ¿qué hace entonces el vanaglorioso? Se proyecta aún más. Se muestra más, se expone más, con la esperanza de llenar ese vacío interior. Pero como está más lejos de Dios, siente aún más el vacío. Así se forma un círculo vicioso.
¿Y sabéis cómo se rompe ese círculo?
Con humildad. El hombre debe hacerse humilde, y entonces regresa el Espíritu de Dios. Y cuando regresa, uno siente que su interior se ha llenado. ¡Esto es todo! Pero el hombre no lo entiende. Y hace como aquel que quiere calmar su sed bebiendo agua salada: cuanto más bebe, más sed tiene (o como la dipsomanía, sed maniática del alcohólico).
Aún más, ese vacío interior también lo sentimos cuando tenemos una ilimitada extroversión. Este punto es muy importante. ¿Cómo se manifiesta esta extroversión?
Cuando hablamos mucho, cuando charlamos sin cesar, cuando reímos descontroladamente, cuando decimos bromas, cuando estamos todo el tiempo en encuentros, relaciones, visitas, charlatanerías con la gente… todo esto, al final, vacía la psique-alma.
Una persona que se observe a sí misma, verá que después de muchas risas, de muchos chistes, de conversaciones vanas -especialmente si ha acusado a otros o ha dicho bromas o chistes sucios-, si tiene, aunque sea un poco de conciencia en su alma, si tiene un mínimo de autoconocimiento, sentirá que se ha vaciado por dentro. Es eso que a veces decimos entre nosotros: “Sentí que la χάρις jaris, la energía increada gracia de Dios, se fue”. Y es cierto: se va.
Claro que es algo temporal. En ese momento se va. Pero cuando uno vuelve en sí, cuando vuelve a su sano juicio, entonces la χάρις jaris de Dios regresa.
Por consiguiente, para que nuestra psique-alma se sienta siempre nueva, viva y plena, y para que no experimentemos ese vacío interior, debemos permanecer con Jesús Cristo, mantener la θεωρία (zeoría: contemplación) de Jesús Cristo.
¿Sabéis qué significa zeoría? Significa tener a Jesús Cristo continuamente en el corazón (en contacto consciente con la oración) y pensar en Él en todo momento y en todo lugar.
Quizás os parezca extraño lo que digo: ¿cómo puedo estar pensando en Jesús Cristo en todo lugar y todo momento?
Cuando uno se ha ejercitado y educado en pensar en Cristo, llega a tenerlo presente siempre, en todas partes. Cristo está dentro de toda la creación; mejor dicho, el Cristo, el Logos de Dios, está dentro de los λόγος* (logos: causas, razones profundas, principios) de los seres. (*124 Logos Λόγος y logos de los seres : https://www.logosortodoxo.com/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/)
Cuando el hombre ve la creación, encuentra en ella el sello del Logos divino, de Su sabiduría personificada (enhipostasiada), y entonces se alegra hasta contemplando una flor o una estrella.
Aún dentro de la ciencia -cuando contempla los seres y las relaciones entre ellos-, el hombre espiritual percibe los λόγος de los seres, y dentro de ellos encuentra al Logos de los logos, es decir, la causa primera y verdadera de todo lo creado. ¡Y se regocija con esto!
Después, encuentra a Dios también dentro de la historia: observa cómo se mueven los hombres, las guerras, las catástrofes, las situaciones difíciles tanto en personas como en pueblos, y discierne cómo Dios actúa dentro de todo ello. Y esto lo contempla, lo estudia.
También ve a Jesús Cristo en el libro Apocalipsis, en todo el Evangelio. Vive en una zeoría contemplación continua de Cristo, ve y escucha espiritualmente. Puede incluso encontrar al Logos de Dios en el estudio, en la oración.
Aún más, si el corazón no ha hecho ni ha sufrido la catarsis (la purgación, la sanación), nos sentimos vacíos.
¿Queremos sentirnos llenos, plenos? Entonces, nuestro corazón debe de hacer y sufrir la catarsis.
Algunos dicen: “No he cometido pecados, no he ido donde no debía, he hecho lo que debía hacer”. Sí, pero eso no es suficiente. El corazón debe ser catartizado, purgado y purificado. No debe albergar ni siquiera un deseo de mal, ni por un instante.
La catarsis del corazón -sanación, purgación, psicoterapia terapia espiritual- es una labor ardua, no es fácil. Es un esfuerzo continuo del hombre, una ascesis, un ejercicio o práctica constante. Lo dice Cristo: “8 Bienaventurados los sanados, puros y limpios del corazón, o los que han hecho la catarsis, la purgación, sanación y limpieza de su corazón de cada mancha del pecado, porque ellos contemplarán y verán la doxa-gloria luz increada de Dios”. Y lo verán ya en esta vida presente.
Es más, san Simeón el Nuevo Teólogo llega a decir: “Si no has visto a Dios en esta vida, tampoco lo verás en la otra”. Y eso sólo se alcanza a través de la catarsis del corazón.
Pero atención: ni siquiera la catarsis es suficiente. La catarsis es el medio, pero el corazón debe también llenarse. Puede estar limpio, sí, pero tiene que estar lleno. ¿Y lleno de qué? Del Espíritu de Dios (es decir de la χάρις jaris, la divina energía increada, de Su presencia.
Veis cuánto trabajo espiritual tenemos por delante.
Y dónde están aquellos que dicen: “Como me dijo mi guía espiritual, no fui a tal sitio, no hice tal cosa…” Pero si aún deseas esas cosas, si las anhelas -la moda, las diversiones, los placeres-, entonces tu corazón no está en el camino de la catarsis. El corazón debe purgarse, limpiarse… y debe llenarse.
Finalmente, en ocasiones el hombre espiritual se siente solo. Percibe una soledad profunda y siente su corazón como vacío. Puede descubrir que alguna forma de vanagloria se ha infiltrado en su interior, sí, pero no siempre es esa la causa. Muchas veces esta sensación es permitida por Dios con fines pedagógicos.
Dios parece ausentarse, no para castigar, sino para que la psique vuelva a buscarlo con mayor fervor. Así se despierta en la psique-alma una necesidad renovada de llamarlo, y con ello, se genera en el hombre una ocasión para alcanzar una mayor madurez espiritual.
No olvidemos que los escalones de la madurez espiritual se suben a través de las correspondientes ausencias de Dios. Es decir, en un momento sentimos la plenitud de Su presencia, y en otro, sentimos que algo nos falta, que esa plenitud ha disminuido, que nos falta Dios.
Y realmente, Dios se ha retirado, pero no para castigarnos, sino por razones de pedagogía espiritual, para que maduremos.
¿Qué hacer entonces?
Clamar con sinceridad: “Dios mío, ¿dónde estás? ¡Te busca mi alma!”.
Tal como expresa san Simeón el Nuevo Teólogo en sus poesías, este clamor sincero vuelve a atraer la jaris (gracia, energía increada) de Dios.
Entonces, dentro de la psique-alma, tras haber experimentado la ausencia, entra en una nueva experiencia de Su presencia.
Y así, a través de estas ausencias sucesivas, se generan experiencias sucesivas de madurez en la vida espiritual.
Si tenemos cuidado, vigilancia y atención (nipsis) a esto, os aseguro con verdad: esta es una auténtica vía de progreso espiritual. Por eso me he detenido tanto en responder a esta muy buena pregunta que me habéis planteado: para explicaros por qué muchas veces sentimos ese vacío interior. (5,1)
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¿Por qué algunas personas sienten que su vida no tiene sentido? ¿Cómo pueden superar este sentimiento?
Este es un sentimiento que experimentan muchas personas, especialmente en nuestra época.
Diría, epigramáticamente, que es porque han perdido su camino. Pero esto merece una explicación más profunda.
En tiempos antiguos, cuando los hombres tenían ocupaciones sencillas y cotidianas -por ejemplo, quienes vivían en pueblos y trabajaban en el campo- rara vez experimentaban este sentimiento de que la vida carece de sentido o significado.
Una prueba de ello es que no había suicidios, salvo en casos excepcionales de pasiones enfermizas, como ciertos amores eróticos frustrados. Sí, alguno podía suicidarse por un fracaso amoroso, pero nadie se quitaba la vida por sentir que su existencia no tenía sentido.
Otra prueba más: antiguamente, el hombre hacía lo imposible por seguir viviendo. Cada dificultad intentaba superarla con esfuerzo, porque tenía un impulso vital fuerte: quería vivir. Por tanto, encontraba un significado en su existencia, aunque fuese básico.
Y ¿qué es lo que le daba ese sentido? El tener una ocupación. Incluso una tarea sencilla da significado a la vida. El hombre que no trabaja o no tiene una finalidad concreta, difícilmente encuentra sentido en su existencia.
Recuerdo el caso de un joven en Estados Unidos, hijo de un millonario, que se suicidó a los diecisiete años. Dejó una nota en la que decía: “He probado todo en la vida, y no encuentro sentido a nada. Por eso me suicido”. Era evidente que, al ser rico, no trabajaba, no luchaba por nada. Y sin lucha, sin esfuerzo, sin propósito, no hay sentido.
En cambio, mirad a los pájaros del cielo, a las hormigas, a los mosquitos: todos quieren vivir. ¿Por qué?
Porque encuentran sentido en su lucha por alimentarse y sobrevivir.
Todos los seres, de algún modo, encuentran significado en su existencia.
Claro que también hay tristeza, frustración, decepciones y momentos en que la fe tambalea. Pero quiero ir más allá. No se trata solo de factores puntuales. El problema más profundo es cuando el hombre pierde el camino que lo conduce a Dios. El trabajo puede distraerlo, puede evitar que se detenga a pensar. Pero la clave última del sentido de la vida es llegar a Dios. Cuando el hombre se aleja de Dios, pierde el verdadero significado de su existencia.
Si, pues, el hombre pierde el camino y no encuentra a Dios, entonces su νούς (nus: espíritu del corazón) se vuelve filósofo y comienza a preguntarse: -“Cada día voy a trabajar, cada año siembro y cosecho mi campo… ¿pero qué sentido tienen todas estas cosas? He tenido hijos, mis hijos tendrán a los suyos, y los hijos de mis hijos también… ¿y qué resulta de todo esto?”
Cuando el νούς nus comienza a reflexionar y se torna verdaderamente filosófico, se enfrenta a esta pregunta fundamental.
Y la respuesta es esta: Dios nos ha creado para Sí mismo, y este mundo, este cosmos actual, es una especie de casa de pruebas. Es decir, aquí pasamos exámenes, aquí se nos prueba. Y al final, si pasamos estas pruebas, nos encontraremos de nuevo cerca de Dios.
¿Por qué sucede esto?
Porque una vez nos alejamos de Dios. Y como seres humanos debemos conocer nuestra historia espiritual. Si estuviésemos ya cerca de Dios, no tendríamos estas dudas ni estas preguntas existenciales. Porque nuestra existencia tendría un sentido pleno: vivir en la bienaventuranza, en la felicidad divina del paraíso. Pero como hemos perdido ese paraíso, ahora estamos en el mundo de los padecimientos, sufrimientos y angustias de esta vida presente.
Sin embargo, hay esperanza: podemos reencontrar el camino que lleva de nuevo hacia Dios.
Por eso, el hombre que no pierde ese camino hacia Dios jamás podrá decir que su vida no tiene sentido o significado. Porque Dios es el verdadero sentido de la vida. Solo en Él la existencia encuentra plenitud. (28:19)
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¿Cómo puedo afrontar y detener situaciones psíquicas en las que pierdo el interés y las ganas de vivir y lo veo todo negro?
Esta es una situación bastante común, especialmente entre los jóvenes, aunque también se presenta en adultos. Por la forma en que está escrita la pregunta, parece que la haya formulado una chica, aunque no es algo exclusivo de un género.
Diría lo siguiente: si te pones gafas oscuras, no ves la luz del sol; si te pones gafas verdes, lo verás todo verde; si te pones gafas rojas, todo se tiñe de rojo.
Del mismo modo, si en tu interior y a tu alrededor lo ves todo negro, es porque tus «gafas», es decir, tu visión interior, no es la correcta.
No tienes los ojos del alma en buen estado, no ves la realidad tal como es.
Entonces, ¿qué ocurre realmente aquí?
Hijos míos, lo que falta es Cristo. Y cuando falta Cristo, falta también el sentido y el significado profundo de la vida.
¿Y qué quiere decir esto de encontrar el significado de la vida “en Cristo”?
Es cierto que alguien podría intentar buscarle sentido a la vida incluso fuera de Cristo. Pero, finalmente, no encontrará ni verdadero sentido ni significado duradero.
Puede ser un joven que empieza a filosofar, o una persona mayor que, mirando atrás, dice: -“He vivido muchos años, ¿pero qué sentido ha tenido todo? ¿Qué he ganado? Tengo títulos, conocimientos, he viajado por el mundo… ¿y qué? Voy a morir, ¿para qué sirvió todo esto?”
¿Sabéis qué es lo que crea realmente estos pensamientos oscuros? La muerte. Sí, la conciencia de la muerte es la que genera estas crisis existenciales. Porque, si de todas formas voy a morir, uno se pregunta:
—“¿Para qué vivir? ¿Para una vida llena de sufrimientos, pruebas, tormentos, enfermedades, traiciones, angustias?”
Y así, si uno busca el sentido de la vida sólo con la razón o la filosofía humana, llegará a la conclusión de que la vida es una vanidad, una frustración.
Pero entonces pregunto:
-¿Acaso cuando Dios crea, crea vanidades? ¿Es posible que Dios, siendo perfecto, cree algo sin propósito?
Aquí está la clave: La muerte entró en el mundo porque el hombre pecó. Y con la entrada de la muerte, el hombre perdió el sentido de su existencia. Pero ese sentido puede recuperarse cuando se vive “en Cristo”. Por eso os digo: el verdadero significado de la vida está “en Cristo”. Porque en Cristo fue vencida la muerte. ¿No decimos en el Símbolo de la Fe (Credo): “Espero la resurrección de los muertos…”? ¡Claro que sí! Porque si la muerte ha sido vencida, entonces la vida tiene un nuevo y eterno significado.
El hombre que vive sin Cristo cree que sólo se trata de “vivir el momento”, de disfrutar, de experimentar. Pero quien vive en Cristo comprende que esta vida no es el todo, sino una etapa previa a la vida verdadera, la eterna.
Por eso, si vemos la vida oscura, si todo nos parece sin sentido, es porque aún no hemos conocido verdaderamente a Cristo. Y sin Él, es imposible encontrar el sentido último de nuestra existencia.
Dice más abajo la pregunta:
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¿Cómo puedo anular los complejos de inferioridad que tengo y que me crean problemas de comunicación en mis relaciones diarias? ¿A qué se debe que me siento diferente de los demás, rara, aislada y pierdo mi naturalidad en la comunicación o conexión con los demás?
La ausencia de sencillez es, en realidad, presencia de egoísmo. En todos estos fenómenos -sentimientos de inferioridad, aislamiento, dificultad para comunicarse- se esconde el egoísmo, aunque a veces no lo parezca.
¿Sabéis lo que es el egoísmo?
Es como un pulpo, con muchas patas, que se enreda en todo nuestro interior. Es algo terrible. Y al final, hace que el hombre quede aislado, encerrado en sí mismo.
Sí, todos estos problemas que mencionas nacen de un “εγώ egó yo” enfermo.
Pero quiero decirte algo que quizá te consuele: no eres la única que tiene ese “yo” enfermo. Te aseguro que, en mayor o menor medida, todos lo tenemos. Nadie sobre la tierra tiene un egó-yo perfectamente sano, porque todos llevamos dentro al “viejo Adán”.
Entonces, ¿de dónde viene ese sentimiento de que no encajo, de que soy rara, diferente o inferior?
De nuestro propio egoísmo, sí, pero también de la falta de sencillez. He dicho muchas veces que la sencillez es la consecuencia y el fruto de todas las virtudes.
Una persona sencilla ve con claridad el mundo, la creación, los demás y a sí misma, sin complicaciones, sin comparaciones, sin necesidad de destacar o esconderse. La sencillez te libera. El egoísmo, aunque a veces se disfrace de timidez o retraimiento, te encierra y te aísla.
Por eso, para vencer estos complejos y bloqueos en la comunicación, hay que comenzar por la lucha contra el egoísmo y el cultivo de la sencillez.
Cuando una persona sencilla se expresa, lo hace con naturalidad, sin temor al juicio, sin pensar tanto en sí misma. Y cuando uno se olvida un poco de sí mismo, entonces se comunica verdaderamente. (https://www.logosortodoxo.com/psicoterapia-ortodoxa/la-sencillez-en-cristo-y-la-fantasia/)
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¿Qué sentido positivo puede tener el “fracaso” en la vida del cristiano?
Si suspendes todo un curso de tus estudios o una asignatura, entonces entenderás y sabrás qué sentido tiene el fracaso. Si fallas en algunos aspectos de tu vida y, ciertamente, eres un nus (espíritu) filosófico -es decir, si te sientas y reflexionas sobre cómo han sucedido las cosas en tu vida-, entonces seguramente entenderás el sentido y el significado que puede tener un fracaso.
Pues bien, hijos míos, atención: la manera en que vivimos en nuestra época es tal que intentamos quitarnos de encima el fracaso como si no fuera nuestra responsabilidad. Y esto es, precisamente, el peor enemigo. En primer lugar, hemos expulsado el concepto de fracaso del ámbito educativo. Y así hemos llegado al punto de que, cuando tenemos un fracaso evidente, este se oculta o se disfraza, y se convierte en una gran herida dentro de la persona. Uno mismo puede verlo con claridad.
Así que luchamos para no fracasar, y, al final, nos encontramos con múltiples fracasos. Lo mismo ocurre en nuestra vida: luchamos por evitar el fracaso y, sin embargo, terminamos enfrentándolo una y otra vez.
Recuerdo una vez a un chico muy bueno. Lo que voy a contar sucedió antes de 1960 -apuntaos que desde entonces han ocurrido muchas historias similares, pero esta la viví personalmente, y por eso os la cuento. Este chico sacaba siempre sobresalientes, con 20 como la máxima puntuación. En el colegio recibía muchos premios, alabanzas, etc. Pero, sin darse cuenta, desarrolló lo que llamamos el “complejo del éxito”, es decir, un miedo constante al fracaso.
Recuerdo que, antes de que yo me marchara de Atenas y viniera hacia aquí, el chico fue a examinarse para entrar en la universidad y estudiar Derecho. Era hijo de un periodista, bien posicionado, con grandes elogios sociales. Entró en la sala de exámenes y lo invadió un miedo terrible al pensar que no obtendría una nota sobresaliente. Se juzgó a sí mismo como no suficientemente preparado, y no se examinó; simplemente se fue.
Los demás le insistieron en que se quedara, que, aunque sacara la nota mínima, igual entraría a la universidad. Le dijeron que lo importante era ingresar, no la calificación. Pero él estaba acostumbrado -tanto él mismo como su entorno- a las notas altas, y ya era un esclavo de ese ambiente.
Por favor, prestad atención a estas cosas. Ahora este fenómeno se ha generalizado mucho. Entonces eran casos aislados, pero hoy día dependemos demasiado del enfermizo “¿qué dirán?”. Como os decía, él era esclavo de su entorno, dependía de las opiniones ajenas y tenía miedo de que disminuyeran las buenas impresiones que los demás tenían de él.
Al final, no se presentó al examen. Decidió prepararse para el año siguiente. Volvió a presentarse… pero, una vez más, entró en el aula y se marchó sin examinarse. Se repitió la misma historia.
Entonces decidió ir a Alemania a estudiar en una escuela, y acabó trabajando en obras de construcción. Diez años después, volvió a Grecia y vino a verme, aquí en la ciudad de Lárisa, donde estoy ahora. Me dijo: “Padre, voy a tomar el último tren de mi vida. He pedido un salario de diez mil dracmas, cuando el salario normal es de mil”.
Yo le respondí: Eso es demasiado dinero para empezar. Comienza con menos y, poco a poco, irás ascendiendo.
Él me contestó: Eso no puede ser.
Y entonces le dije: Aún no has cambiado.
La verdad es que, al final, no supe qué fue de aquel chico.
¿Habéis visto cómo pensaba? Porque, en su ambiente, tenía que decir siempre que era un hombre con éxito, que “tengo” y “tengo”, etc. En fin, falta la humildad. Esta forma de conducta la aprendemos desde nuestra juventud. Y, por desgracia, nos la enseñan, muchas veces de forma errónea, en nuestras propias casas. Son nuestros propios padres -que nos aman, sin duda- quienes nos inspiran este espíritu. Cierto es que no ocurre en todas las familias, pero sí en bastantes.
Confieso que hoy esto está muy de moda. También se da en el ámbito escolar, por cómo funciona el sistema. Vemos, sobre todo en las niñas, cómo compiten entre ellas y sufren angustia, llegando a destruirse emocionalmente cuando se acercan los exámenes, por el temor de no ser las mejores.
Recuerdo que una vez una maestra vino muy amargada a decirme que su hijo no había salido primero en los exámenes, sino segundo. Estaba profundamente disgustada. Su hijo, en cambio, le decía: -¿Madre, no te basta con que sea un buen estudiante? No pasa nada por ser el segundo, no se ha acabado el mundo.
Y yo le respondí: -Tu hijo es más sabio que tú.
Debo deciros que los jóvenes que piensan de esta manera están expuestos a enfermedades psíquicas. Se empieza con la angustia y el estrés, y no se sabe dónde puede terminar.
Pues bien, hijos míos, el fracaso tiene un sentido y un significado. Empezando por el colegio. Y no quiero decir con esto que seáis perezosos para justificar el fracaso, no. Pero si ocurre, no se acaba el mundo, no pasa nada. No podemos vivir obsesionados por lo que los demás piensan de nosotros. ¿Qué significa eso de “impresionar”? Eso no existe realmente. Lo que sí tiene valor es que seas trabajador, honesto, y que rindas en la medida de tus capacidades. Nada más. Y si alguna vez fracasas, no se termina el mundo. Al contrario: ese fracaso puede convertirse en motivo para luchar más.
Todo lo que estamos diciendo ahora sobre el colegio, también se aplica a la profesión, a la sociedad en que vivimos, y también a la vida espiritual.
¿Quién os ha dicho que no vamos a tener caídas en la vida espiritual? ¿Y si caemos, qué debemos hacer? ¿Dimitir de toda lucha? No. ¿Entonces qué hacemos?
El fracaso tiene su importancia y su sentido. Muchas veces, Dios permite un fracaso nuestro, por ejemplo, cuando somos egoístas, para que nos volvamos humildes. Así, a través del fracaso, podemos adquirir la virtud de la humildad, hacernos autocrítica, crecer espiritualmente.
Cuando el apóstol Pablo, en su epístola a los Corintios, dice: “Se me ha dado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás que me abofetea, para que no me engría o enorgullezca” (2Cor 12,7), san Juan Crisóstomo explica que no se trataba de una enfermedad física, sino de las tentaciones que le venían de su propio pueblo, los hebreos. Apenas comenzaba a hacer algo, los judíos aparecían para estropearle su trabajo.
Y dijo que le había sido dado este “parásito” para someter su carne, es decir, para que se convirtieran y creyeran en Cristo sus compatriotas -su “cuerpo-carne”, o sea, sus parientes o conciudadanos. Esto lo dice san Juan Crisóstomo, y es posible que esta sea la interpretación más acertada. Por lo tanto, sus compatriotas no lo dejaban tranquilo. Todos estos fracasos fortalecían aún más a Pablo.
¿Sabéis lo que decía?: “Cuando estoy enfermo, entonces soy fuerte”, es decir, cuando lo provocaban o le impedían avanzar -justamente en los temas donde podía progresar-, eso mismo lo fortalecía para que no se enorgulleciera. Por lo tanto, se ve claramente el sentido y la importancia que puede tener el fracaso.
Sabéis que el gran Moisés, que fue escogido por Dios para aquella gran misión y que se convirtió en una figura inmensa, tanto en la historia como en el cielo, tenía una voz débil y apenas se le oía, y además, su lengua era torpe al hablar. Le pidió al Señor que lo liberara de esa dificultad, de ese defecto que tenía. Pero Dios le respondió que no. Le dijo simplemente: “Irás”. Porque Dios quería manifestar a través de su debilidad lo que más tarde diría también san Pablo: “Mi fuerza se perfecciona en la debilidad”. Con mi fuerza -le dijo Dios- se completará tu debilidad. “¿Quién eres tú para no obedecerme?”
Así pues, no busquemos lo absoluto, lo perfecto, el éxito, el sobresaliente. También vendrá el fracaso y deberemos inclinar la cabeza y decirnos a nosotros mismos: “No pasa nada. Gracias y doxa-gloria a Dios”. Y a luchar otra vez, ya sea en el campo de los estudios, en el laboral o en el ámbito de la vida espiritual.
Debemos aprender a volver a empezar frente al fracaso. Repito: el fracaso tiene mucha importancia. No lo despreciemos, no lo echemos fuera, es útil.
Sobre el fracaso (continuación del anterior):
El día anterior hablamos sobre la pregunta: ¿Cómo y cuánto puede contribuir el fracaso en la vida del cristiano? Yo diría que no solo en el cristiano, sino en cualquier persona, el fracaso es un material importantísimo, que no sé por qué, en nuestra época, hemos rechazado y abandonado.
Creemos que nuestra vida es un camino lleno de rosas. Una vez había unas postales -quizás aún existan- que se enviaban a los recién casados y decían: “Os deseamos que vuestra vida se llene de rosas”, u otros deseos utópicos similares. Pero la vida es un camino de cruz, no de rosas. Esto es lo que quería deciros, para que no vivamos en utopías: no existe una vida humana sin fracasos. Y si el ser humano no sabe utilizar este material, que es el fracaso, entonces no sabe vivir. No conoce el secreto ni el arte de la vida. Esto es lo que decíamos, más o menos, anteriormente.
Pero quiero continuar con esta pregunta a raíz de una carta que he recibido. Me pareció de gran interés y pensé compartírosla. Es del 29 de mayo de 1987, hace aproximadamente un año. Me la envió un joven al que no conozco, ni él me conoce. Puede ser que sus padres hayan venido alguna vez al monasterio; parece algo así. Ciertamente, es un chico muy amable. Escuchad lo que escribe:
“Estimado Padre, el domingo a las diez de la mañana me examino en unas pruebas gimnásticas panhelénicas; si paso esta ronda, por la tarde estaré en las finales, donde competiré por el primer lugar. Por eso, le ruego que oréis al bondadoso Dios y a la Santísima Madre para que me ayuden en estas pruebas, para que sea el primero, pasando todas las eliminatorias. Que por la mañana quede primero y por la noche, en las finales, obtenga la máxima puntuación. Perdóneme por tantas cosas que le he escrito y por haberle molestado.”
Posteriormente añade: “Si salgo primero, la medalla y la mitad del premio -que es de veinticinco mil dracmas- los he prometido a la Santísima Madre.”
¿Habéis notado cuántas veces repite que quiere ser el primero, el sobresaliente? Y además, dona solo la mitad del dinero a la Madre de Dios. Escuchad: si uno tiene en su interior el deseo profundo de ser el primero, entonces dona todo el premio, no la mitad. Porque así también será el primero en generosidad. Y los periódicos, todos, dirán que “tal campeón ha donado su premio completo”.
¡Veis lo que domina en nuestra época! Ser el primero, la primacía -como el papa de Roma. Ser el primero, el number one. Es decir, el fracaso no se considera valioso, es un material que debemos eliminar de nuestras vidas.
Pero si supierais, hijos míos… si rechazáis el fracaso en la juventud, ¡si supierais lo que os espera después en la vida! Cuando no podamos salir adelante, podríamos incluso llegar al suicidio. Por eso, es mejor que pasemos un poco de hambre -aunque sea simbólica, como el ayuno de una Cuaresma-, un poco de sed, no pasa nada. No tenerlo todo de inmediato. Y si se tiene dinero, tener un poco de autodominio, no comprar compulsivamente. Pensad: si viene una guerra, hambre, una catástrofe o cualquier desgracia que destruya todas estas facilidades… ¿entonces qué haremos?
Hijos míos, luchad y utilizad en vuestras vidas los elementos de vuestros fracasos. Que sean para vosotros una lucha constante de progreso, de ejercicio, de fortalecimiento. Decirse a uno mismo: ¿Tener miedo a la vida? ¿Por qué? Dios es nuestro ayudante. ¿Por qué no temer? Porque nos hemos formado con nuestros propios fracasos.
¿Has tenido una caída en las notas? No te sientas fracasado: estudia más y lo recuperarás. ¿Una enfermedad? No se termina el mundo: te curarás. ¿No te has recuperado del todo? Pues, doxa-gloria y gracias a Dios, así lo ha querido Él. ¿Vas a morir? ¿Y qué? Ya hemos dicho que nuestra verdadera patria es el cielo.
Entonces, no nos desesperemos. No nos sintamos fracasados al punto de desarrollar enfermedades psicológicas sin salida. Guardad esto muy bien: estas cosas no son mitos. Los mitos son todas las demás cosas, esas que aparentemente prometen éxito y felicidad, pero que en realidad conducen a una vida sin salida.
Y ahora continúo con otra pregunta.
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Muchos temen a Dios, otros lo insultan en momentos difíciles y algunos se acuerdan de Él sólo cuando tienen problemas. Si Dios es nuestro Padre, ¿cuál es la mejor actitud hacia Él?
Todos los casos mencionados en esta pregunta son negativos e interesados. Si insultas al Señor porque las cosas no te van bien, tu actitud es negativa. La culpa no es de Dios. Pero, por otro lado, enciendes tu vela y quieres que todo te salga bien, incluso tus pretensiones pecaminosas.
Sabed que existen personas que, para conseguir una relación ilícita -una relación que a Dios le repugna- no dudan en entrar en la Iglesia y encender velas. Incluso, a veces, dentro del ámbito ortodoxo, ocurre que tejen o cruzan dos o más velas: una para sí y otra para la persona que desean conquistar. Las encienden como parte de una práctica mágica.
¿Para conseguir qué? Algo que Dios prohíbe. ¿Lo veis? Repito: cuando lo que pedimos no es voluntad de Dios y pretendemos forzarlo para obtenerlo, eso se llama práctica, praxis mágica.
¿Y sabéis cuántos elementos de nuestra vida espiritual y cultos cristianos hemos convertido -sin darnos cuenta- en actos mágicos? Una infinidad.
Mirad ese icono que antes reverencié. Tiene una moneda encima. Muchas veces la moneda no está ahí como una ofrenda o donación sincera, sino porque existe la creencia de que, si el icono está en posición vertical y la moneda se queda pegada, entonces se cumplirá lo que pedimos. Esto, que puede comenzar como una expresión de fe, se transforma en superstición. Si la moneda no se pega, decimos que no se hará realidad nuestra petición. Entonces buscamos trucos: le ponemos un poco de cera a la moneda para que se quede pegada. En el fondo, nos decimos a nosotros mismos: “Lo quieras o no, Dios mío, me lo darás”. Así de lejos podemos llegar. Esto demuestra cuántos elementos mágicos y supersticiosos hemos introducido en nuestra vida de fe.
Pues bien, todas estas cosas, hijos míos, son actitudes negativas o utilitarias frente a Dios. Existe un dicho popular: “Nos acordamos de Dios cuando Santa Bárbara truena”. Es decir, nos importa sólo nuestro propio interés. Lo entendamos bien o mal, nos interesa nuestro beneficio.
Por eso, se ha dicho muy bien que nuestra relación con Dios se parece a un paraguas, cuando llueve, lo abrimos; cuando hace buen tiempo, lo cerramos. Así también, cuando tenemos necesidad de Dios, lo buscamos, le rezamos, lo invocamos; pero cuando no lo necesitamos, cuando todo va bien, lo olvidamos y lo dejamos a un lado.
Esto mismo lo dice un salmo: “Cuando la mano de Dios caía con fuerza sobre los hebreos en el desierto, por la mañana salían de sus tiendas a implorar, honrar y alabar a Dios; pero cuando pasaba el castigo, se olvidaban de Él.” Y también dice otro: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.”
Entonces, ¿cuál es la actitud correcta frente a Dios? La respuesta, hijos míos, es la agapi, el amor verdadero. Debemos amar a Dios.
Os diría incluso algo extremo: Si se supone que yo no fui correcto, y voy al infierno, entonces incluso allí seguiré amando a Cristo. Solo entonces hablamos de una relación correcta con Dios. Una relación que no busca utilidad egoísta ni provecho personal, donde todo interés desaparece, y queda solo el amor puro.
Un pequeño ejemplo natural: si os habéis fijado en niños muy pequeños, de entre 3 y 4 años, cuando hacen una travesura y su madre, por corregirlos, empieza a pegarles (suavemente o con firmeza), ¿qué hace el niño? Cuanto más le pega su madre, más se agarra y se apega a ella. Esto es una imagen muy significativa. Es la imagen del creyente verdadero: “Señor, castígame, haz de mí lo que quieras, lo merezco… pero yo te amo. Y cuanto más me golpees, más me aferro a ti, más te abrazo.”
¿Habéis visto a Job? Cuando cayó fuertemente la mano de Dios sobre él -y no porque fuera injusto, pues no tenía culpa-, no se olvidó de Dios. Conocéis ya la historia de Job, no es necesario repetirla.
Lo importante es esto: nuestras relaciones con Dios deben ser relaciones de agapi, de amor incondicional y desinteresado. Todo lo que hagamos -sea caridad o cualquier otra obra- debe hacerse porque amamos al Señor. Cada virtud que practiquemos, cada sacrificio, cada esfuerzo, cada acto, debe nacer del amor hacia el Señor. Todo lo que hagamos, lo haremos porque amamos al Señor. Amín. (39:15)
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¿Dios castiga, prueba o instruye?
Las tres cosas: castiga, prueba e instruye. Pero hay algo que debemos tener muy presente: hemos aprendido muchas ideas sobre Dios que, en realidad, son herejías, aunque no lo sepamos.
¿Cuántas cosas aceptamos o repetimos, incluso dentro de la Iglesia, y en realidad son contrarias al Evangelio?
Por ejemplo, si promovemos la inmoralidad o la indecencia, eso es una herejía en el campo ético y existencial del Evangelio.
Otra herejía común es eliminar la justicia de Dios y hablar solamente de Su amor (agapi). Esto es gravísimo: pretender ver sólo un Cristo dulce, misericordioso y amoroso, y no reconocer que también es juez justo, es deformar la fe. Por eso, muchos hablan de un «dulce Cristito» o «Jesusito», reduciendo su imagen a algo sentimental. Pero Cristo, aunque dulcísimo, también es infinitamente justo. No podemos separar una cosa de la otra.
Esto lo muestra claramente la iconografía ortodoxa, que a diferencia del arte occidental -que muchas veces suaviza en exceso la imagen de Cristo-, nos presenta su rostro completo, con amor y justicia.
Un ejemplo claro es el icono de Cristo Pantocrátor del monasterio de Dafni, en la cúpula. Si miras ese icono, incluso por un instante, te invade el temor y el respeto, porque ahí está representado el Señor Pantocrátor, Todopoderoso.
¿Por qué nos asustamos del trueno y el relámpago, pero no del Creador de ambos?
Haz la prueba: observa ese icono del Pantocrátor fijándote en cada mitad del rostro de Cristo, mirando un solo ojo por separado. Verás que un ojo transmite paz, serenidad y agapi-amor. Ahora, observa la otra mitad del rostro: ese ojo expresa justicia, autoridad y exigencia. En una sola imagen o icono, el arte ha logrado plasmar perfectamente tanto la misericordia como la justicia del Señor.
¿Y cuántas veces en el Evangelio se revela esa justicia?
No hablaré siquiera del Juicio Final, donde Cristo dice: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno”, sino simplemente de la parábola de las diez vírgenes. Cinco eran necias, no se prepararon, y aunque eran vírgenes -una gran virtud-, no hicieron nada con esa cualidad. Claman: “¡Señor, ábrenos!”, pero desde su Βασιλεία (reinado de la realeza increada) Él les responde: “No os conozco.” ¡Tremendo!
O en otro pasaje: “¿Acaso no comimos contigo, no predicaste en nuestras plazas?” Y Él responde: “Apartaos de mí, obradores de iniquidad, no os conozco.”
Decidme, ¿ ahí dónde está la agapi-amor) de Cristo? Si permanecemos únicamente en la agapi de Cristo y hemos extraviado la justicia de Dios, eso es herejía. Hijos míos, Cristo está lleno de agapi-amor, pero también de justicia. Por lo tanto, es cierto que Dios castiga, tanto en esta vida como en la otra. De lo contrario, ¿cómo se explica la existencia del infierno eterno? También aquí, en esta vida, Dios castiga. Y muchas veces, castiga severamente. Tal como ocurrió con Caín: fue castigado severamente, con un castigo condenatorio.
Es cierto, sin embargo, que también existe el castigo que no es condenatorio, sino pedagógico, como sucedió con Israel en el desierto. Allí, Dios castigó a su pueblo, ciertamente con dureza, pero no para condenarlo ni destruirlo, sino para que se volviera sobre sí mismo, regresara a Él y pudiera entrar en la Tierra Prometida.
Aun Dios también prueba. Me referiré solo a un caso, aunque existen muchos: el caso de Abraham. Dios puso a prueba a Abraham, probó su fe. Él dejó atrás sus posesiones materiales, atravesó innumerables peripecias, y aun así no llegó a instalarse plenamente en la Tierra Prometida. No tuvo en propiedad ni un solo acre de tierra, pero confió en las promesas de Dios. Eso es sorprendente. ¿Y por qué lo hizo? Es un tema grande y profundo. Pero solo os diré esto: cuando Dios le pidió al hijo de la promesa, a Isaac, para que lo ofreciera en sacrificio, Abraham no dudó. Cuando se dispuso a sacrificar a su hijo, Dios le detuvo y le dijo: “No sacrifiques a tu hijo; te he probado y he visto quién eres”. No porque Dios no supiera quién era Abraham, sino porque quería dejar un gran monumento de fe con esa prueba, inscrito para siempre en la historia.
Así que, en resumen: Dios castiga con condena, Dios castiga pedagógicamente, Dios prueba, y también, Dios instruye. (32:07)
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¿Es pecado cuando deseo ver en mi sueño a una persona querida?
Veis, aquí hay algo muy interesante. Prestad atención a lo que voy a deciros.
Desde el momento en que una persona rompe la comunicación viva con los demás seres humanos, a causa del egoísmo -como os dije antes-, empieza a buscar comunicación con los muertos. Desea ver, por ejemplo, a una persona querida que ya ha partido, y busca hacerlo incluso a través de los sueños.
Ahora bien, ¿es pecado esto?
En principio, sí, es un error ocuparse o dar demasiada importancia a los sueños, incluso cuando parecen piadosos o emotivos. Además, ¿quién te ha dicho que lo que ves en el sueño es realmente tu madre, tu padre, o esa persona querida?
La mayoría de las veces es simplemente una proyección de tu propia fantasía, como también lo dice la Santa Escritura. Y muchas veces, los sueños no son más que un contra-reflejo de nuestros deseos, ansiedades o recuerdos. No son revelaciones, ni auténticas presencias espirituales.
Esto que planteas es muy común, sobre todo en el mundo moderno y desarrollado, en sociedades como Europa o Estados Unidos.
Allí, vemos que muchas personas han perdido la verdadera comunicación con otros seres humanos. Dicen que se han desilusionado, se han cerrado. Y entonces, reemplazan esa falta de relación con animales: gatos, perros, loros…
Y lo que es aún más extremo y absurdo: algunos llegan a dejar millones de dólares de herencia a un perro o a un loro, cosas que leemos a menudo en las noticias.
¿No es esto una excentricidad?
Claro que podemos y debemos amar a los animales, son también creación de Dios, pero no podemos aislarnos amando sólo a ellos y no a los hombres. No tiene sentido gastar grandes sumas de dinero en alimentos caros para animales, mientras hay niños y personas muriendo de hambre.
Por tanto, el deseo de ver a un ser querido en sueños puede ser reflejo de una desviación emocional, una búsqueda enfermiza de consuelo, una salida emocional ante la falta de verdadera relación con los demás.
Incluso, si alguien dijera: “yo sólo quiero tener una comunicación íntima y especial con Dios”, esto también podría ser una trampa del egoísmo espiritual, es enfermiza.
¿Y los ascetas?, me dirás.
Sí, pero los verdaderos ascetas son los más filántropos (los que más aman a los hombres).
Tomad como ejemplo a San Antonio el Grande. Vivió 20 años sin ver a nadie ni ser visto por nadie. Sin embargo, no hubo hombre más filántropo que él, porque su comunión con Dios aumentó su amor por los hombres, no lo disminuyó.
En cambio, las otras formas de vivir la “espiritualidad”, aisladas de los demás, son enfermizas, son señales de un desequilibrio, de un egoísmo disfrazado de fe. Muchas veces escuchamos o incluso decimos: “Yo y mi Dios, no necesito a nadie más”. No es así. La respuesta a esta actitud la da claramente San Juan el Evangelista en sus epístolas: “Si dices que amas a Dios, a quien no ves, pero no amas a tu hermano, a quien sí ves, eres un mentiroso” (1Juan 4:20).
Porque, de esta manera, nos engañamos a nosotros mismos creyendo que tenemos una comunicación auténtica con Dios o que hemos encontrado una manera «especial» de relacionarnos con Él.
Pero no es así. Se trata, más bien, de situaciones espiritualmente enfermizas.
Fuente: https://arnion.gr/ y https://athanasiosmytilinaios.blogspot.com/
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com/







