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May 14 2025

ÉTICA CRISTIANA Y ÉTICA FILOSÓFICA, A. Mitilineos

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

 

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.

 

ÉTICA CRISTIANA Y ÉTICA FILOSÓFICA, capítulo 6 

 

  1. ¿Qué relación existe entre la ética cristiana y la filosófica?
  2. ¿Dónde se encuentra el verdadero contenido y valor de la praxis ética?
  3. “Un maestro de filosofía sostiene que el cristianismo es una filosofía. ¿Qué argumentos podría uno utilizar para refutar esta teoría?”
  4. ¿Puede uno ser ético sin creer en Dios, o ser religioso sin practicar una vida ética?
  5. ¿Qué es la ética evangélica?
  6. ¿Es necesario creer en algún Dios? ¿No basta con ser honestos, éticos, verdaderos, etc., sin esperar una recompensa?
  7. ¿Por qué, para ir al paraíso, debemos amar a Dios? ¿No basta con ser buenas personas?
  8. ¿Quizá el paraíso nos vuelve codiciosos e interesados en hacer la voluntad de Dios, no porque lo deseamos sinceramente, sino únicamente para obtenerlo?
  9. ¿Hoy el hombre está de acuerdo con lo de “a semejanza” según la Santa Escritura? Si no, ¿por qué?

 

  1. ¿Qué relación existe entre la ética cristiana y la filosófica?

(Hay que tener en cuenta que el Padre está hablando a estudiantes de bachillerato 16-18 años).

La ηθική (izikí) ética, este tema es muy importante. Si preguntáis si esta ética, con el título de «ética cristiana» que tenéis en los libros, es realmente ética cristiana, os contestaría: no. Puede ser que tenga ese título, pero en realidad se trata de ética filosófica. Y si esto lo entendéis bien a tiempo, podréis salir fácilmente de la confusión que os puede causar esta llamada ética filosófica. Porque podríais pensar que algo es ético y, si un día tomáis el Evangelio y entendéis algo distinto, entonces veréis la ética evangélica como algo curioso, incluso asfixiante o sofocante.

En cambio, la ética filosófica, al tener el “crisma” o la bendición de ser supuestamente cristiana, os ofrece una forma cómoda de practicar la ética, como si fuera una ascesis sin demasiadas exigencias.

En principio, ¿qué quiere decir «ética»?

[Añadido por el traductor: La ηθική ética es una rama de la filosofía que se ocupa principalmente de la siguiente pregunta: ¿qué acciones humanas son aceptables y correctas, y cuáles son inapropiadas y erróneas? Sin embargo, en cuestiones éticas rara vez existe un consenso general, e incluso la determinación de cuál es el tema central o fundamental que constituye motivo de desacuerdo. Las teorías éticas consecuenciales y deontológicas plantean como cuestión central los criterios para determinar si las acciones son correctas o incorrectas, aunque difieren en cuanto a cuáles son esos criterios, mientras que las éticas virtuosas consideran como cuestión principal los elementos que definen el ήθος (izos: carácter, contextura moral, costumbre), las virtudes morales del carácter o el modo de vida que debe seguirse. https://el.wikipedia.org.]
Ética ηθική es el modo mediante el cual aprendemos cómo vivir -no necesariamente una ciencia en sí misma. Cada sistema filosófico tiene su propia ética. Si creo en un sistema filosófico materialista, tendré una ética análoga, es decir, una ética y un ήθος (izos: carácter, contextura moral, costumbre) materialista. Si es idealista, tendré una ética e izos idealista, etc.

¿Qué quiere decir esto? Significa que la ética procede o emana de las conclusiones derivadas de las tesis del sistema filosófico en el que creo. Así pues, tanto si se formula expresamente como ética como si no, esa ética existe esencialmente en relación con el sistema filosófico correspondiente.

El materialista de nuestra época -como el de cualquier época- vive según la ética del materialismo. ¿Y qué es esa ética? Pues bien: «comamos y bebamos, porque mañana moriremos». Esta frase también la recoge el apóstol Pablo. Cierto que no era suya, sino una expresión del materialismo de su época. Por ejemplo, de los epicúreos, que decían: “comamos y bebamos, porque mañana moriremos”.

Si leéis el segundo o tercer capítulo -no recuerdo con exactitud- del libro de la Sabiduría de Salomón, encontraréis una excelente descripción de esta forma materialista de pensar y vivir. ¿Cómo puedo vivir según mis conclusiones? Dice la Sabiduría de Salomón:

“¿Qué es nuestra vida? Es como una nubecilla; hoy estamos, mañana no.” Pues bien, come y bebe, vive tu vida, disfrútala, porque no hay otra cosa; solo esto vale la pena.

Por lo tanto, formo una ética, es decir, un modo de vida basado en mis datos filosóficos. Diríamos que esta ética está de acuerdo con mi orientación cosmoteórica. Y es muy natural que esto ocurra.

Cuando, pues, decimos «ética», damos a entender esto. Así que, como cada sistema filosófico tiene su ética, está claro que el cristianismo también tiene la suya.

Cierto es que, como ya os he dicho en otra ocasión, la ética del cristianismo -es decir, la práctica del cristianismo- nunca se separa de los dogmas. Y son precisamente los dogmas los que determinan el camino, la manera de vivir.

Por eso, aquellos que dicen: “no necesitamos los dogmas”, es como si dijeran: “no necesitamos los indicadores del camino” o “no necesitamos las condiciones para seguir este camino ético, este camino de vida práctica”. Es una tontería estar en contra de los dogmas; es inconcebible. Los dogmas definen e indican el camino.

Y, sobre todo, si queréis, los dos grandes dogmas fundamentales: el dogma de la Santa Trinidad y el dogma de la Economía de Dios, es decir, la encarnación, humanización del Logos de Dios.

(ver: https://www.logosortodoxo.com/teologia-ortodoxa/dogma-y-conducta-moral/

Os comentaré algo de manera indicativa. Cuando decimos que Dios es una sola esencia, pero tres personas -tres hipostasis (bases subsistenciales)-, no queremos decir otra cosa que de este misterio surge también una forma de comportamiento humano. Porque también nosotros, los hombres, somos una sola esencia, pero multipersonales, como la Santa Trinidad, que es una en esencia y tres en personas.

Entonces, cuando hablamos de lo ομοούσιο omoúsio (consubstancial, es decir, de la misma esencia) y de lo multipersonal, ¿de dónde procede esto? Esto procede, emana, del dogma de la Santa Trinidad.

Entonces, ¿cómo podemos, los hombres, hablar de la relación entre nosotros? Pues, tomando como modelo la relación que existe entre las tres Personas de la Santa Trinidad. ¿Qué tipo de relación es esa? Es una relación agapítica, es decir, una relación de agapi (amor incondicional).

Así que, ¿cómo puedo yo considerarte a ti como enemigo, como contrario, como alguien extraño o ajeno, cuando tú eres de la misma esencia que yo?

Sobre este tema ya os hablé el año pasado, y os conté un ejemplo muy característico -y puede parecer infantil, pero no lo es tanto. Os lo repito: una vez, iba sentado en el asiento trasero de un autobús. Delante de mí había otro hombre y descubrí que él también tenía orejas, iguales que las mías. Parece una tontería, pero no lo es: descubrí que el viajero que tenía delante era como yo, y me conmoví. Pensé: “Así que este hombre es lo que yo soy”.

Si alguna vez llegamos a descubrir esto de manera vivencial, por experiencia -no sólo con palabras-, realmente nos conmoveremos.

¿Y de dónde emana esto? Procede del dogma de la Santa Trinidad.

Después está el dogma de la humanización, encarnación: que Dios se hace hombre y que yo tengo comunión, conexión y unión con Dios mediante la naturaleza teantrópina (divino-humana) de Cristo y con Dios. ¿Esto es una cosa pequeña o algo enorme?

Pues veis que la ética cristiana emana de los dogmas, de las grandes verdades del Evangelio.

Ahora, en cuanto a la pregunta: ¿qué relación existe entre la ética cristiana y la filosófica?

Cuando hablamos de filosofía, no entendemos otra cosa que este intento humano de construir respuestas a las grandes preguntas de la vida. Pero es un intento de invención humana, es decir, basado en lo que piensa la mente del hombre.

Entonces, ¿dónde se sostiene la filosofía y cualquier tipo de filosofía?
Se sostiene en el logos humano, es decir, en la lógica o razón humana.

¿Y dónde se sostiene el cristianismo?
Se sostiene en el divino Logos increado, el Logos en-hipostasiado (personificado), que se hizo hombre.

Entonces, ¿puede haber relación entre la filosofía y el cristianismo? No. Porque el logos humano debe retirarse para que se reciba al divino Logos increado.

¡Y el divino Logos increado se apocalipta, es decir, se revela, no se inventa!
¡Se apokalipta-revela, no se inventa! Lo repito para que quede claro.

En cambio, el logos humano no se revela, sino que se inventa, se idea.
Puesto que uno -el cristianismo- se apocalipta-revela y concierne a Dios, y el otro -la filosofía- se inventa y concierne al hombre
, decidme: ¿qué relación puede haber entre uno y otro?

Puesto que el cristianismo no tiene relación con la filosofía por esta razón que os he explicado, ¿cómo sería posible que existiera una verdadera relación entre la ética de cualquier filosofía -sea materialista, idealista u otra- y el cristianismo? No puede haber relación. Si existe alguna especie de parentesco en ciertos aspectos, es solo aparente o parcial. ¿Por qué?
Porque el hombre ha sido creado “como imagen, icona de Dios”, y aunque ha perdido su resplandor original, aún conserva elementos de la antigua doxa (gloria increada) y de ese antiguo resplandor.

Así que, basándose en esto, el ser humano puede encontrar algunas “cositas”, algunas intuiciones éticas, pero estas están ocultas y cubiertas de mucho óxido.

Por eso necesitamos la αποκάλυψις (apocálipsis) revelación, de la ética cristiana. La necesitamos, porque la ética cristiana es resultado de la αποκάλυψις (apocálipsis) revelación, no lo olvidéis.

Cristo mismo dijo: “Os he dicho cosas terrenales y no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas celestiales?”

Incluso para las cosas terrenales, ¿hace falta fe? Pues sí.

Le decimos a alguien: “Hijo mío, no consumas drogas, porque te destruirás”. Y aunque ve a muchos destruirse con las drogas, él también se acerca a ellas y se destruye.

¿Qué significa esto? Significa que le faltaba fe.

Anotad esto: en la ética cristiana, el acercamiento se hace por la fe.

En cambio, en la ética filosófica, el acercamiento no se hace por la fe, sino por el llamado ορθός λόγος (orzós lógos: razón recta o racionalismo), es decir, se piensa: “con mi razón lo entenderé y lo haré”.

Le decimos a alguien: “El tabaco te hace daño, ¿por qué lo fumas?”. Y lo sigue haciendo.

¿Por qué?
Porque la razón no basta. El logos humano -la lógica o razón- es insuficiente, hace falta la fe.

Esto es lo que diría sobre este tema.

Además, quiero añadir que la llamada “ética cristiana” -esta que circula y que os enseñan en el colegio- no es verdadera ética cristiana, sino ética filosófica con elementos cristianos. Es un invento, algo así como un objeto bañado en oro: por fuera parece valioso, pero por dentro no lo es.

¿Sabéis dónde aprenderéis la verdadera ética cristiana? Dentro del Evangelio.

Y, como ya os he dicho, la ética cristiana es fruto de αποκάλυψις (apocálipsis) revelación, y por eso muchas veces se considera irracional desde el punto de vista humano.

Un pequeño ejemplo: Decimos que, puesto que sentimos ciertas situaciones interiores -impulsos, deseos, emociones-, según una ética filosófica, podemos utilizarlos y disfrutarlos.

Viene el cristianismo y te dice: la indecencia, la lujuria, la prostitución son pecado (es decir, son una enfermedad de la psique-alma).

Y uno se pregunta: “¿Pero por qué es pecado, si yo lo entiendo de otra manera?”

Me acuerdo ahora de un soldado, graduado en la universidad politécnica, que hablaba sobre esto cuando estaba en el ejército. Preguntaba: “¿Por qué dice la Sagrada Escritura ‘ilumina nuestros corazones para pisotear y vencer nuestros deseos’? ¿Por qué dice ‘pisotear’, ‘vencer’ nuestros deseos carnales, si lo que queremos es provocarlos y estimularlos, no pisotearlos?”

Este hombre vivía con una ética filosófica, y sacaba sus conclusiones desde una lógica puramente racional.

Pero la ética cristiana, en muchas de sus partes, es irracional —o más exactamente, es anti-orthologística, antiracional, es decir, contraria a las invenciones y razonamientos humanos. Y te dice: “No. Tienes que bloquear, combatir y dominar los deseos carnales.”

¿Y por qué?
Porque el cristianismo tiene otra perspectiva sobre el ser humano.

No ve al hombre simplemente como un ser encerrado dentro de un marco físico o natural. El ser humano, en realidad, es una existencia teológica, es decir, tiene una lógica divina, sublime, trascendente.

El hombre no se agota ni se explica completamente dentro de los límites biológicos, físicos o naturales.

Pero para entender esto, se necesita la αποκάλυψις (apocálipsis) revelación.

Espero que con estas pocas cosas que os he dicho hayáis comprendido un poco mejor.

  1. ¿Dónde se encuentra el verdadero contenido y valor de la praxis ética?

Esto es muy importante. Hago una praxis (acción), ¿dónde está el valor de esta praxis? ¿Dónde se encuentra? Es importante señalar que los motivos de una praxis, digamos, una praxis ética o una praxis buena, pueden ser varios. Uno de los motivos principales puede ser la vanagloria. Por ejemplo, puedo hacer una donación para que mi nombre sea escuchado y halagado, para que lo escriban en una placa de mármol, para que se publique en el periódico y el mundo hable sobre la obra que he realizado. ¿Qué es esto? Es vanagloria. ¿Cuál fue el motivo de esta praxis ética mía? Fue algo pecaminoso o enfermo. ¿Es posible que haya un motivo pecador en una praxis ética, buena y bondadosa? Sí, el ejemplo que acabo de mencionar lo demuestra.

Entonces, ¿qué es lo que le da el verdadero contenido correcto a una praxis ética?

Atención, vamos a ver. En principio, diríamos que una praxis ética, ¿a qué debe aspirar? ¿Somos cristianos? Sin duda que sí. Entonces, no vamos a desarrollar el tema más allá, porque hablamos para cristianos.

¿Dónde quiero que se mantenga mi praxis ética?

Pues, en los ojos de Dios. Quiero que sea aprobada por Dios y que resista a la eternidad. El Cristo dijo: “El que recibe a un profeta por el nombre de profeta, recibirá recompensa de profeta, y el que recibe a un justo por el nombre de justo, recibirá recompensa de justo. Y cualquiera que dé a beber tan sólo un vaso de agua fría a uno de estos pequeños e insignificantes discípulos míos, de cierto os digo que de ningún modo perderá su recompensa de Dios” (Mt 10: 41-42). Esto quiere decir que si alguien toca mi puerta y me dice: “Por favor, soy misionero o discípulo de Cristo, trabajo para Cristo, dame un vaso de agua», y no me pide específicamente agua fría, yo voy y le traigo agua fría para dejarle contento. Mi recompensa será la misma que la de un discípulo o profeta, porque, aunque el acto sea pequeño, lo he hecho en nombre de Cristo.

Es decir, si realizo esta praxis ética en nombre de Cristo, para esta persona enviada por Cristo, recibiré el salario de Dios, de Cristo. Aquí vemos claramente que una obra nunca puede estar desconectada de lo que Dios desea. La virtud, el bien ético, no puede ser autónomo; debe depender de Dios, y por ello tiene su verdadero valor.

Ahora bien, os voy a dar una definición bellísima y característica de la virtud que nos da San Juan Clímaco: “Pregunta qué es virtud, y responde: en Dios, por voluntad, predisposición o preferencia.”
Tres palabras: έργον (ergon: obra, labor, trabajo) hacia Dios por libre voluntad o preferencia. (De la palabra ergon proviene la palabra energía en griego, en-ergon).

Esto significa que aquello que voy a hacer debe tener estos tres elementos:

  1. έργον (ergon: obra, labor, trabajo). Debe implicar esfuerzo, cansancio y ser una verdadera acción.
  2. Hacia Dios: Todo lo que hago debe estar dirigido hacia Dios.
  3. Por voluntad o preferencia: Es decir, debe ser algo que elijo hacer libremente, por amor y devoción a Dios.

Es importante destacar este punto: hay muchas cosas que parecen teoría, pero en realidad son praxis. Por ejemplo, la oración es érgon, es praxis, no es simplemente teórica. El ayuno, el arrodillarse, son érgon; son trabajo, esfuerzo, cansancio. Estas cosas no son solo teorías, son acciones concretas que deben ser realizadas con este enfoque.

Entonces, este έργον (ergon: obra, labor, trabajo) debe ser realizado hacia Dios. ¿Qué quiere decir esto? Lo que dice el apóstol Pablo: “Todo es de Él, con Él y por Él.”
Lo que hago, cualquier praxis, debe ser de Dios, con Dios y para Dios. Esto es muy fundamental.

Apuntad esto: cualquier cosa que haga, si no proviene de la fe en Dios, caerá al vacío. San Pablo dice: “Todo lo que no proviene de la fe es pecado.” Cualquier praxis que no tenga el sello de la fe no solo es insulsa e indiferente, sino que también es pecaminosa.

En relación con la pregunta que se planteó sobre la masonería: puede que una persona sea masón, pero si realiza obras buenas y filantrópicas, su obra, por muy buena que sea, no será aprobada si no lleva el sello de la fe ortodoxa. Y no solo eso, sino que también será considerada pecaminosa.

¿Lo entendéis? Aquellos que dicen: “Este es muy bueno”, deben saber que, si su obra no tiene el sello de la fe, no es buena. Si tiene el sello de la fe, entonces es buena; si no lo tiene, está desaprobada.

Pues bien, cada ergon (obra) o praxis que se haga debe ser “de Dios, con Dios y para Dios”, es decir, debe ser aceptada por Dios.

Un último elemento importante es la libre voluntad, predisposición o preferencia, lo que significa que yo lo quiera hacer, sin que haya presión externa, y que haya verdadera libertad. Lo quiero, lo pongo en energía, en acción (sinergia con Dios, que es la energía de la voluntad humana unida con la energía increada de la voluntad divina), y así esta praxis comienza de Dios, con Dios y para Dios. Solo entonces puedo hablar de virtud.

Por ejemplo, supongamos que hago ayuno. Si ayuno para adelgazar y tener un cuerpo bello, esta praxis no tiene valor. Pero si ayuno porque yo lo quiero, sin que nadie me lo imponga, y lo hago porque Dios lo quiere, lo hago con la ayuda de Dios y lo ofrezco a Dios, entonces mi ayuno tiene el sello de la virtud. Esto sobre esta pregunta. (24, 20′)

 

  1. “Un maestro de filosofía sostiene que el cristianismo es una filosofía. ¿Qué argumentos podría uno utilizar para refutar esta teoría?”

Hijos míos, no es solo ese maestro de bachillerato quien sostiene tal cosa, sino también catedráticos y, en general, hombres del pensamiento intelectual, que tienen la impresión de que el cristianismo es una filosofía.

Sin embargo, si afirmamos que el cristianismo es una filosofía, lo subestimamos, lo rebajamos, lo degradamos en incontables niveles. El cristianismo no es una filosofía, si entendemos por filosofía aquello que tradicionalmente define esta disciplina. Más adelante veremos que el término “filosofía” puede usarse dentro del cristianismo, pero solo bajo ciertas condiciones y con presuposiciones concretas. Aun así, en su contenido esencial, según la definición clásica de filosofía, el cristianismo no es filosofía.

Y os repito: considerarlo como tal es rebajarlo en grado sumo, porque el cristianismo es αποκάλυψις (apocálipsis) revelación.

Es bien sabido que la filosofía no es otra cosa que una investigación noble y elevada, pero realizada mediante un instrumento llamado logos humano, es decir, la razón o lógica humana. Este es el órgano propio de la filosofía. Tampoco puede confundirse con el experimento o la ciencia.

Aprovecho para aclarar que επιστήμη (epistimi: ciencia) se basa en la observación y el experimento. No podemos incluir la filosofía dentro de la ciencia ni convertirla en ciencia. Ahora bien, la filosofía es fundamental para la ciencia, ya que abre caminos, despierta la inquietud intelectual, estimula la exploración de nuevos campos del conocimiento-gnosis. En este sentido, es una herramienta valiosa para extender el espíritu humano hacia nuevas investigaciones.

La filosofía puede decir: “esto o aquello podría ser así”, y entonces la ciencia interviene con observación y experimentación, los cuales son atributos exclusivos de la ciencia.

Por tanto, la ciencia se basa en la observación, el experimento, la lógica y la medición. No olviden: si no hay medición, no hay ciencia. La medición es lo que permite capturar, conquistar el objeto de estudio. Es un elemento absolutamente esencial.

Estos son, entonces, los elementos que definen a la ciencia, y también los límites que nos permiten ver claramente que el cristianismo, como αποκάλυψις (apocálipsis) revelación divina, no puede reducirse a una filosofía ni a una ciencia.

La filosofía es un pensamiento libre que se extiende hacia espacios desconocidos, utilizando como órgano la lógica, el logos humano. No se basa en el experimento y, en muchos casos, ni siquiera en la observación.

A menudo, la filosofía y la ciencia -cuyas relaciones ya hemos mencionado- colaboran, y esta colaboración es hermosa; nadie lo duda, ni la acusa ni la subestima. De hecho, no solo abre caminos para que la ciencia explore nuevos campos, sino que incluso la propia filosofía reconoce: “yo soy filosofía, pero esto no es ciencia”.

Podríamos decir, en líneas generales, que la filosofía permanece en el ámbito de la teoría, en aquello que aún no ha sido demostrado. Sin embargo, no solo abre caminos hacia lo desconocido, sino que también puede volver atrás para interpretar cuestiones que la ciencia, por sí sola, no logra traducir. Esto también es valioso, y nadie lo niega.

Ahora bien, el cristianismo no es ni ciencia ni filosofía. ¿Qué es, entonces? ¡Es αποκάλυψις (apocálipsis), es decir, revelación divina!

¿Qué significa αποκάλυψις apocálipsis? Que no se utiliza el logos humano para alcanzar la verdad, sino que se emplea el Logos divino, es decir, es el mismo Dios quien me apocalipta, quien me revela la verdad.

No olvidéis que el fin último, tanto de la ciencia como de la filosofía -y también del cristianismo- es el conocimiento (gnosis) de la verdad. Siempre tendemos hacia la verdad; deseamos conocer lo realmente verdadero, no solo lo fenoménico.

Así, pues, el cristianismo ortodoxo no es filosofía, porque utiliza el Logos divino, y el hombre no tiene que investigar algo, sino que lo dado ya existe, y es sobre eso que el cristiano excava, profundiza y ahonda. Es importante destacar esto. En la filosofía y la ciencia, no existe lo dado; el material es desconocido. En cambio, en el cristianismo, sobre el material dado, es decir, sobre la verdad apocaliptada-revelada, el hombre, el cristiano, excava para profundizar en esa verdad. Para ilustrarlo de alguna manera, tomo la Santa Escritura, la estudio, y empiezo a preguntarme qué significa una palabra, por qué se eligió esa palabra y no otra, cuál es el fondo de esa palabra y su concepto, y qué relación tiene con otros pasajes de la Escritura. Con este sentido y significado, puedo decir que estoy filosofando dentro del espacio del cristianismo, pero partiendo siempre de la verdad apocaliptada-revelada.

En resumen, la filosofía se mueve en regiones desconocidas, teniendo como órgano el logos humano para la obtención de la verdad. El cristianismo ortodoxo, en cambio, utiliza el divino Logos increado, es decir, la αποκάλυψις (apocálipsis) revelación divina. Se trata de una verdad ya dada, apocaliptada-revelada por Dios, y es sobre esta materia dada que el cristiano investiga y profundiza. En este sentido específico puede utilizarse el término “filosofía” dentro del cristianismo, aunque con condiciones muy claras.

De hecho, en los primeros siglos, el cristianismo fue denominado «filosofía», pero con la aclaración que acabo de exponer, y no con el concepto que el término tiene dentro de la filosofía secular. Así, por ejemplo, el monaquismo también era llamado filosofía. El uso del término no era fraudulento, sino preciso dentro de este contexto. Los Padres decían: “camino sobre el filosofar”, es decir, emprendo la vida monástica. San Basilio expresó una idea admirable sobre el monaquismo y la vida social: “Ni lo filosófico insociable, ni lo social afilosófico”. Una frase verdaderamente hermosa. En este contexto, lo “filosófico” hace referencia a la vida monástica.

Si quisiéramos expresarlo con lenguaje contemporáneo: ni el monaquismo debe ser asocial, ni la vida social debería privarse de los principios monásticos, es decir, no debe ser “afilósofa”. Así vemos que el término “filosofía” se emplea dentro del cristianismo ortodoxo (y los helenos-griegos), pero siempre bajo ciertas condiciones muy específicas.

Debo añadir que, hoy en día, existe un abuso considerable del lenguaje, y es necesario aclarar este punto también. En el ámbito de la filosofía y la ciencia se utilizan los términos cosmoteoría y bioteoría. Cosmoteoría significa la consideración sobre el cosmos-mundo, es decir, la percepción que uno tiene del universo, ya sea desde el campo filosófico o científico: qué es el mundo, cómo lo entiendo, qué imagen tengo de él.

Cuando se trata de la vida del ser humano (βίος vios), hablamos de bioteoría, es decir, qué visión o consideración tenemos sobre la vida humana: cómo debe vivir el hombre.

Ambos términos –cosmoteoría y bioteoría– pertenecen al campo de la ciencia y de la filosofía, pero no pertenecen al ámbito del cristianismo. Lamentablemente, es cada vez más común encontrar que incluso teólogos, académicos y articulistas cristianos recurren a estos términos en sus escritos, lo cual no es correcto.

¿Por qué? Porque en el cristianismo no tenemos teoría sobre el cosmos, sino αποκάλυψις (apocálipsis) revelación divina sobre el cosmos. No hay cosmoteoría en el cristianismo; hay apocálipsis.

La bioteoría, también, es apocálipsis, revelación; es la espiritualidad evangélica. No tenemos una consideración o estimación sobre la vida, ni una teoría de cómo debemos vivir. Esto está definido, y apocaliptado, revelado: nos dice el Espíritu de Dios cómo debemos vivir.

Por tanto, los términos cosmoteoría y bioteoría resultan inapropiados en el lenguaje teológico cristiano. El cristianismo no opera con teorías humanas sobre el mundo o la vida, sino con verdades apocaliptadas-reveladas por Dios.

Esto en cuanto a esta pregunta, que verdaderamente era importante. Me alegra que me hagan preguntas difíciles, porque así me motivan a profundizar más. (24:29)

  1. ¿Puede uno ser ético sin creer en Dios, o ser religioso sin practicar una vida ética?

Es cierto que he respondido a esta pregunta muchas veces, de una forma u otra, pero sigue siendo una cuestión importante, y me gustaría decir algo más al respecto.

Como pueden ver, en esta pregunta se plantea una separación entre ética y fe. Es decir: ¿puede alguien practicar la fe, la religiosidad sin ética, o vivir éticamente sin tener fe o religiosidad?

Como sabrán, en todas las religiones idolátricas antiguas -por ejemplo, en el caso de los helenos- el tema de la ética era totalmente independiente del culto. Con excepción de algunos pecados graves, como el homicidio, muchas prácticas claramente pecaminosas, que serían inadmisibles en la ética y espiritualidad cristianas, eran permitidas al adorador de los ídolos. El idólatra no necesitaba más que cumplir con ciertos cultos y sacrificios para estar en regla con sus dioses.

Pero esto no ocurre en el cristianismo ortodoxo. En el cristianismo, la ética no puede autonomizarse ni separarse de la fe, porque el modo de vida depende directamente del modo en que uno cree. La ética cristiana no se sostiene sin una fe viva.

Es más, la fe misma es lo que agrada a Dios. La Escritura dice: “Todo lo que no proviene de la fe es pecado”. Esto es muy significativo. Los primeros en ser creados, Adán y Eva, pecaron precisamente porque no creyeron a Dios. Ahora yo, el hombre posterior a la caída, si creo en Dios, en su Logos, en lo que Él dice, me hago agradable y gustado a Dios. Nunca puedo hacerme agradable o ser gustado por Dios sin fe, aunque tenga el coloso de la ética, aunque practique una ética admirable, no soy agradable y gustado a Dios.

Por eso, si alguien me dice: “Conozco a un masón que es muy bueno, muy ético, filántropo, que hace muchas obras de caridad”, yo respondo: todo eso, desde la perspectiva de Dios, no tiene valor. No solo no tiene valor, sino que -como dice la Escritura- es pecado y maldición. Es duro, sí, pero es claro: Todo lo que no proviene de la fe es pecado”. Es una afirmación tremenda.

Por tanto, no podemos separar la ética y la vida espiritual de la fe. Es la fe la que determina la ética. Podríamos decir que la fe pone los signos y límites que configuran la vida espiritual. Por eso los Padres luchaban en los Sínodos por la preservación de la Ortodoxia. La Ortodoxia no es un adorno o una etiqueta (decir que somos ortodoxos). En primer lugar, no podemos agradar a Dios si no tenemos fe ortodoxa. Y en segundo lugar, una fe no ortodoxa produce una vida espiritual desviada e incorrecta.

Así pues, fe y vida espiritual, religiosidad y ética, están íntimamente unidas y no pueden separarse. San Cirilo de Jerusalén, en su cuarta catequesis, párrafo segundo, dice: “Dios no acepta ni los dogmas sin obras ni las obras sin dogmas”. Son realidades unidas de forma indisoluble. No se puede ser un buen cristiano si uno dice: “Creo”, pero su vida no es coherente. Tampoco se puede ser buen cristiano simplemente porque uno demuestra agapi (amor desinteresado) y filantropía, si ha fracasado en la fe. (24:42)

 

  1. ¿Qué es la ética evangélica?

Es muy natural que me hagan esta pregunta, especialmente porque en ocasiones anteriores señalamos que los manuales escolares tienden a mezclar la ética cristiana con la ética filosófica.

Podría responder con una sola frase muy breve: la ética evangélica es lo que apocalipta, es decir, lo que revela Cristo. Esta es la esencia de la respuesta, pero haré un pequeño análisis.

Lamentablemente, debo decir que muchos cristianos -y no pocos- no conocen lo que realmente es la ética evangélica. Esto ocurre, ya sea porque en las escuelas estudiaron manuales que ofrecían una falsa ética bajo el nombre de “ética cristiana”, ya sea porque, sin darnos cuenta, estamos rodeados por una ética de tipo filosófico que se presenta como cristiana.

La auténtica ética cristiana, que hoy también se denomina con más propiedad espiritualidad ortodoxa (ya que, de forma muy desacertada, el término “ética ortodoxa” ha caído en desuso), consiste precisamente en eso: en lo que tomo de los Evangelios, inspirado por el Espíritu Santo, con el fin de que yo mismo llegue a tener al Espíritu Santo.

Atención a este punto: estoy haciendo un análisis de lo que es la ética evangélica.

Cuando leo el Evangelio, comprendo que esas enseñanzas están escritas por el Espíritu Santo. Y cuando las leo, deseo ponerlas en práctica. Ahora bien, ¿cuál es el fin o propósito de aplicarlas?

En la ética filosófica, el propósito no es simplemente comportarse correctamente: no robar, no matar, etc. Sabéis cuántos vienen a confesarse y me dicen: “No he robado, no he matado”, y se creen a sí mismos éticos. Si en una reunión preguntas a alguien cómo ha vivido su vida, te responderá: “La he vivido bien, plenamente”; y con ello da por supuesto que ha vivido conforme a la ética evangélica. Grave error.

El fin de la ética evangélica no es simplemente ser una buena persona según criterios humanos. El propósito de la ética evangélica es la adquisición del Espíritu Santo. Es decir, vivir de un modo tal que me convierta en un campo adecuado, en una tierra preparada para el “aterrizaje” del Espíritu Santo, para que el Espíritu de Dios venga a habitar en mí.

Por eso, no puedo mentir ni actuar de modo contrario a esta verdad. Dice el apóstol Pablo: “No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención” (Ef 4,30). No lo entristezcáis, porque sois morada del Espíritu Santo.

El fin, entonces, de esta vida ética -es decir, del cumplimiento de los mandamientos- es recibir y conservar al Espíritu Santo.

Desde una interpretación que ofrece san Serafín de Sarov sobre la parábola de las diez vírgenes, el aceite representa precisamente eso: el Espíritu Santo. Aquellas vírgenes tenían buenas obras, sí, pero no tenían al Espíritu Santo.

Es trágico para un cristiano vivir una vida aparentemente virtuosa, cumplir con los mandamientos, y sin embargo, estar fuera de la presencia del Espíritu Santo sin siquiera sospecharlo.

Por eso, si deseamos una renovación, una revitalización, un auténtico despertar en el pueblo de Cristo, debemos volver a esta conciencia esencial: que la vida cristiana tiene como meta la obtención y experiencia del Espíritu Santo.

Además, ¿qué significa vida espiritual?
Es la vida que se inspira en el Espíritu de Dios y que contiene al Espíritu de Dios. No solo es inspirada por Él, sino que lo alberga en su interior. ¡No creáis que esto es algo pequeño! ¡Es algo profundamente importante!

Y en cuanto a los mandamientos, ¿sabéis cuánto se diferencian de cualquier sistema ético filosófico, ya sea idealista o materialista?
Permitidme hacer un inciso: el idealismo no tiene ninguna relación con el cristianismo, aunque, lamentablemente, muchos hoy creen que el cristianismo es una forma de idealismo. Dicen: “Soy idealista, por lo tanto, soy un buen cristiano”. ¡Gravísimo error!

La Iglesia rechazó el idealismo de raíz. El idealismo, que también puede llamarse platonismo, fue combatido y corregido por la Iglesia, especialmente en el caso de Orígenes, condenado en sínodos por sus enseñanzas influenciadas por el pensamiento platónico. Bien, dicho esto como paréntesis, volvamos al tema principal.

Escuchad ahora algo muy característico. Tomemos un solo mandamiento: “amad a vuestros enemigos”.

Leía en un periódico -de esos que promueven el regreso de la idolatría a Grecia- una crítica sobre este mandamiento, en especial sobre lo que significa la agapi (amor) al enemigo. El autor decía: “¿Qué quiere decir eso de amar al enemigo? Es algo incomprensible”. Y tiene razón: los antiguos helenos nunca hablaron de amar al enemigo, porque el amor al enemigo es una revelación, una apocálipsis.

Porque la agapi-amor al enemigo es apokálipsis, es decir, revelación. Y aún así, puedo decir: “Amaré a mi enemigo, aunque al final él me destruya”.

Esa es una postura filosófica, es la ética de la filosofía: pienso racionalmente y me digo a mí mismo, ¿cómo voy a amar a mi enemigo, si corro peligro por su causa? Y no solo amarlo, sino también ayudarlo desinteresadamente.

El cristianismo, sin embargo, dice: “Amad a vuestros enemigos”. Esto permanece incomprensible para la lógica humana. Y sigue: “¿Cómo voy a amar a mi enemigo y encima permitir que me destruya?” Este razonamiento, tesis es típicamente filosófico: se analiza racionalmente el riesgo y se llega a la conclusión de que no tiene sentido ayudar a quien puede hacerme daño. Y mirad, esto es solo un mandamiento.

Otro ejemplo: “Bienaventurados y felices serán los pobres del espíritu porque de ellos es y será el reinado de la realeza increada de los cielos; (bienaventurados y felices son y serán aquellos que están pobres de males y pecados en el espíritu de su corazón de la psique e humildemente sienten su pobreza espiritual y su dependencia integra con fe y humildad a Dios, porque de ellos es y será la realeza increada de los cielos) (Mt 5,3).

Es decir, bienaventurados los pobres por su propia libre voluntad y preferencia del espíritu, porque de ellos es la Realeza de Dios. Aquí se trata de la pobreza voluntaria. Es pobre quien así lo desea, no por ser perezoso, incapaz o ingenuo para obtener riqueza u otras cosas, sino porque así lo quiere. Y ese “así lo quiero” se basa en que lo quiere Cristo. Dijimos que hay dependencia, y por eso permanezco sin bienes no por un capricho filosófico, sino porque Cristo lo quiere, y yo lo quiero porque Él lo quiere. Esto es lo que tiene valor.

Pero esta pobreza, en este sentido… ¿entienden lo que significa? Os daré un ejemplo extremo para que se vea con claridad.

Una vez, un asceta tenía un ejemplar de la Santa Escritura. En aquella época, las Escrituras estaban escritas a mano y eran muy costosas. Leyó en ella que uno debe ayudar a los demás. Un día fue al mercado y vio que vendían esclavos. Se conmovió tanto que pensó: “Yo tengo un libro muy valioso”. Vendió el libro y con ese dinero liberó a un esclavo. Este hombre había cumplido el Evangelio.

Y aún más impresionante: que alguien vaya y se venda a sí mismo como esclavo para liberar a otro. Esto lo hacían algunos ascetas, con el fin de convertir a sus amos al cristianismo. ¿Puede esto sostenerse en la ética filosófica? Por supuesto que no. La ética evangélica no nace de la lógica ni de la experiencia humana, sino de la αποκάλυψις apokálipsis revelación del Espíritu Santo.

Gracias por vuestra pregunta, fue muy buena. (24:48)

 

  1. ¿Es necesario creer en algún Dios? ¿No basta con ser honestos, éticos, verdaderos, etc., sin esperar una recompensa?

Como veis, el tema es muy importante, y me gustaría responder de la siguiente manera.

La fe y la virtud, ciertamente, no implican necesariamente una recompensa. Sin embargo, la fe en Dios hace que la virtud sea dependiente de Él. ¿Qué significa creer en Dios? Significa tener una relación de dependencia con Dios. Si practico la virtud como fruto de la fe, entonces esa virtud está indudablemente ligada y dependiente de Dios. Pero esta dependencia no implica que yo actúe esperando una recompensa. Simplemente actúo así porque, de otro modo, estaríamos repitiendo continuamente el pecado ancestral u original. Este no es otra cosa que la autonomía, incluso la autonomía de la virtud. No solo autonomía de opinión, sino de la virtud misma.

Por ejemplo, decir: “Quiero ser así, quiero ser filántropo, caritativo y amar a los hombres porque me gusta, porque me conviene, no porque lo dice Dios”. Esto es algo muy grave. ¡Veis cuántas reediciones del pecado original existen en nuestra época!

No obstante, nuestra relación con Dios, queridos míos, no es simplemente una relación de fe. Porque la fe es apenas la primera aproximación. Nuestra relación con Dios es una relación de αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado). El Dios no es simplemente una persona con la que tengamos una relación de reconocimiento o de respeto formal. La fe implica reconocer que Él es Dios, pero también el obrero reconoce a su jefe como superior, aunque entre ellos no haya necesariamente una buena relación.

El cristianismo no se conforma con una relación basada solo en la fe, entendida como reconocimiento. Lo que Dios desea de nosotros es una relación de αγάπη agapi. Esta relación se manifiesta cuando hacemos lo que Él quiere no por interés o por esperar una recompensa, sino simplemente porque Le amamos.

Para entender mejor esto, os pondré un ejemplo;
¿Por qué amáis a vuestros padres, hijos míos? ¿Porque os alimentan, os cuidan y os ayudan a crecer? Llegará un día en que ya no podrán alimentaros, más bien seréis vosotros quienes los alimentaréis y cuidaréis. Decidme entonces: ¿si la relación con vuestros padres fuera solo una relación de reconocimiento -sé que eres mi padre porque nací de ti-, tendría sentido seguir amándolos cuando ya no pueden daros nada? ¿Debéis abandonarlos si no pueden daros una herencia o ayuda? Por supuesto que no. Los amáis porque son vuestros padres, no por lo que puedan ofreceros. Ese amor es auténtico.
De la misma manera, nuestra relación con Dios debe ser una relación de amor, no de interés. Si practico la virtud, no debe ser porque espero una recompensa, sino porque amo a Dios, amo a Cristo.

Una vida sin Dios es una vida sin medida. Sin Él, perdemos la medida Porque una vida sin Dios es una vida sin medida en nuestras relaciones con nosotros mismos, con los demás seres humanos y con la creación a-loga (ilógica). No olvidéis esto. Decir: “haré lo que quiero, ejerceré la virtud sin Dios”, es perder la medida.

La medida, entonces, es esta: cuando guardo la medida de la fe y de la agapi-amor hacia Dios -es decir, una medida de dependencia sin esperar recompensa-, entonces tendré el criterio con el que podré regular mis relaciones conmigo mismo, con los demás y con toda la creación.

Hoy, el hombre contemporáneo se ha emancipado de la voluntad de Dios, y esto es una gran desgracia, pues como consecuencia sufre precisamente porque ha abandonado a Dios. En otras palabras, el hombre contemporáneo se expresa en la misma actitud que plantea la pregunta.

¿Es indispensable y necesario tener una relación con Dios? ¿No puedo ejercer las virtudes -eso que llamamos humanismo- sin Dios? ¿Es realmente indispensable?

La respuesta se verá en la praxis. Y la praxis muestra que el ser humano contemporáneo, al haberse emancipado de Dios, finalmente no practica la virtud. Ha terminado convirtiéndose en un lobo, incluso para sí mismo, y también para los demás. Se autodestruye. Por eso vemos hoy que las relaciones humanas no son las que Dios quiere, porque hemos construido una ética autónoma. Hemos apartado a Dios, lo hemos dejado al margen y pretendemos vivir sin Él.

Les agradezco mucho por sus preguntas, han sido muy buenas. Que la jaris (gracia) increada, la energía de Dios, los bendiga. (25:20)

  1. ¿Por qué, para ir al paraíso, debemos amar a Dios? ¿No basta con ser buenas personas?

Esta pregunta es muy importante, no es simple, y me gustaría que le prestaran especial atención.

Es sabido que muchas personas hoy en día dicen: “Yo quiero ser una buena persona sin necesidad de amar a Dios”. Por ejemplo, en un matrimonio, la mujer asiste a la Iglesia y el marido no. Y el marido, como pretexto ante la insistencia de su esposa, le dice: “Yo soy mejor persona que tú, que vas a la Iglesia”. Y muchas veces, la propia mujer puede llegar a decir: “Realmente, mi esposo es un muy buen hombre, lo único es que no va a la Iglesia”. Esto incluso puede tranquilizarla o hacerla despreocuparse, ya que él “es buena persona”, aunque no tenga relación con la Iglesia. Es decir, no tiene una relación con Dios a través del culto, no participa en la Divina Liturgia, lo cual implica que no ama a Dios desde la experiencia del culto eclesial, a la divina Liturgia.

¿Es correcto esto? Es inútil que intentemos decir que sí. No es correcto.

Atención: una vez, el Señor fue preguntado por un abogado o legislador: “¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?”. Y el Señor le respondió: “Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma, con todo tu corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Lc 10,28).

¿Qué significa eso de «amarás al Señor tu Dios»? Significa que no puedes decir que amas a tus padres o a tu prójimo si no amas a Dios. ¿Cómo es posible que ocurra algo así? ¿Cómo puedes decir que crees en Dios, pero no lo amas?

Porque el dogma de que Dios es Trino, de que es nuestro Padre, de que es Providente, etc., todo eso constituye lo que llamamos dogma. Es decir, verdades que han sido apocaliptadas-reveladas y que están contenidas y garantizadas dentro del Logos de Dios. Esto es lo que significa “dogma”. (ver también: https://www.logosortodoxo.com/teologia-ortodoxa/dogma-y-conducta-moral/)

Atención: el término “dogma” ha sido tergiversado por algunos, quienes lo entienden como abuso de poder o despotismo. Dicen: “Este dogmatiza”, como si fuera arbitrario o autoritario. Pero no se trata de eso. Repito: los dogmas son verdades apokaliptadas-reveladas, como por ejemplo que Dios es uno en esencia y tres en personas -Padre, Hijo y Espíritu Santo-, que Dios es bueno, providente, etc. Estas verdades no son invenciones humanas, sino que nos han sido apokaliptadas-reveladas.

Por tanto, cuando hablamos de dogmas, nos referimos a verdades depositadas en el Logos de Dios, en la Sagrada Escritura, de las cuales nosotros nos informamos y que nos conducen a una fe ortodoxa, correcta. Esta fe ortodoxa, a su vez, nos conduce a la agapi-amor hacia Dios.

¿Y cómo podría yo amar a Dios si no sé quién es Él? ¿Puedo amar a Dios si no sé que es mi Padre?

Si, por el contrario, hago el bien y soy una buena persona, pero no amo a Dios, entonces ese bien lo convierto en algo autónomo, desligado de Dios. Aquí radica el gran problema, y aquí también se engaña y pisa en falso incluso la filosofía. Por ejemplo, la filosofía kantiana se equivocó en este punto: propuso una ética autónoma que no necesita a Dios. Según esta perspectiva, basta con que cada uno sea una buena persona, y así se constituiría una universalidad del entendimiento humano, una suerte de armonía mundial (lo que hoy algunos llaman “globalización”).

Pero esto es un gran error. Esa autonomía no es otra cosa que una trampa demoníaca. Al diablo no le importa que seas buena persona. Es más: hasta puede ayudarte a serlo, con tal de que no tengas ninguna relación con Dios.

¿Y cómo tenemos relación con Dios? A través de la fe y de la agapi-amor, el amor verdadero. El diablo puede incluso decirte: “Sí, sé buena persona, pero no te unas a Dios”. Es decir, se promueve un bien autónomo, un bien separado de Dios.

Pero como Dios es la fuente de todo bien y de toda bondad, si cortamos el bien de su fuente -de Dios-, entonces ese supuesto “bien” se convierte en algo demoníaco. Y esto es precisamente lo que Dios rechaza y castiga.

¿Y qué fue lo que quisieron hacer los primeros creados, Adán y Eva? Quisieron deificarse. ¿Acaso no querían algo bueno? Sí, pero ¿de qué manera? De la forma en que se lo sugirió el diablo: sin Dios. Una zéosis (deificación) autónoma, separada de Dios. ¿Cuál fue el resultado? Que cayeron.

Ahora podéis entender cuál es la diferencia entre ser una “buena persona” y ser un “buen cristiano”. Es una diferencia enorme. El ser “buena persona” no salva; sólo se salva el buen cristiano.

Lo mismo escucharéis decir sobre los masones: “Sí, es masón, ¡pero es muy buena persona!”. ¿Y qué importancia tiene eso? ¿Le hace superior? “Sí, pero es un gran filántropo”. ¿Y qué importa eso? Absolutamente nada. Todo esto se invalida si ese bien está separado de la fe, de Dios.

Dice la Sagrada Escritura: “Todo lo que no proviene de la fe es pecado” (Rm 14,23). Es decir, todo lo que no proviene de la persona de Jesús Cristo, de la persona del santo Dios Trinitario y del Hijo de Dios humanado (hecho hombre), es pecado. Incluso el bien es pecado si está separado de la fe.

Por lo tanto, no podemos decir simplemente que nos haremos “buenas personas”; debemos convertirnos en buenos cristianos. Y volviendo a la pregunta: no podemos entrar en la βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Dios si no amamos a Dios. Y para llegar a amar a Dios, debemos ser fieles a Él.

  1. ¿Quizá el paraíso nos vuelve codiciosos e interesados en hacer la voluntad de Dios, no porque lo deseamos sinceramente, sino únicamente para obtenerlo?

Muy buena esta pregunta. Diríamos que es el móvil o motivo: ¿por qué quiero ser cristiano?, ¿por qué quiero cumplir los mandamientos de Dios? ¿Será acaso por un motivo egoísta, buscando un provecho personal?

La verdad es que algunos, como Kant u otros filósofos, nos acusan a los cristianos de actuar por interés, como si todo se tratara de ganar algo. Pero no tienen razón. Ciertamente, el tema es muy profundo, especialmente cuando hablamos del salario o recompensa, pero en realidad, no existe un salario en el sentido mercantil. Lo que existe es una recompensa recíproca. ¿Y saben cuál es?

Cristo tiene su propio salario, fruto de sus mismos padecimientos. Lo diré brevemente, porque es un tema muy amplio y profundamente teológico. Cristo mismo dice: “He aquí que vengo, y mi recompensa está conmigo”. No dice: “vuestra recompensa”, como lo diría un encargado a sus obreros: “su salario está conmigo, en mi bolso”. No. Dice: “mi recompensa”, es decir, el salario de Cristo.

¿Y cuál es ese salario? El salario de Cristo son los hombres que se han salvado. ¡Esto es algo verdaderamente majestuoso! Cuando hablamos de redención, hablamos también de esta paga: “habéis sido comprados por precio”, dice el apóstol Pablo. ¿Cuál fue ese precio? Nosotros somos el salario de Cristo.

¿Pero acaso yo no me he esforzado por vivir según los mandamientos de Cristo? Entonces, también yo recibo una recompensa. ¿Y cuál es? Lo contrario: ¡Cristo mismo!

Así pues, el Cristo me tiene como recompensa porque me ha salvado, y yo tengo a Cristo como recompensa porque he creído en Él y he vivido según sus mandamientos. Este es el verdadero salario.

¿Es esto reprochable? No. Sólo aquellos que desconocen la dimensión cristiana del salario dicen lo que dicen, y lo hacen con ignorancia.

Sin embargo, existen tres alicientes o motivos para aspirar a la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios. Pero debo decir que lo verdaderamente importante no es el Paraíso en sí, ni siquiera la Realeza de Dios como fin en abstracto. Lo más importante es ganar a Cristo. Porque si gano a Cristo -como ya os he dicho antes-, entonces tengo también el Paraíso, la Realeza increada de Dios, y todos los bienes que esta conlleva. No debemos ver la Realeza increada de Dios como algo separado o abstracto, sino mirar a Cristo mismo como el centro y el fin. No pongamos ante nosotros simplemente el Paraíso, sino a Cristo, directamente frente a nosotros.

Ahora bien, existen tres motivos legítimos por los que uno puede aspirar al Paraíso, tal como lo plantea esta pregunta. Estos tres motivos son aceptados por Dios, con la única diferencia de que se encuentran en distintos niveles espirituales: uno inferior, otro medio y otro superior.

El primer motivo es el temor: temo a Dios, temo Su juicio. ¿Qué cuentas le rendiré a Dios? Como ya os leí antes en el tropario del Domingo del Juicio, veréis que todos los himnos se mueven en este nivel del temor. Todos lo expresamos en nuestras oraciones: “Señor, ¿cómo me juzgarás? Soy un hombre pecador, te temo, Señor.” Esto es totalmente legítimo. De hecho, la Santa Escritura dice: “El principio de la sabiduría es el temor del Señor.” El temor, por tanto, es fecundo y fundamental: un motivo válido y aceptable.

El segundo motivo es el interés. ¿Qué clase de interés? Un interés bien entendido: no ya por miedo al Juicio o al infierno, sino por el deseo de alcanzar la Βασιλεία Realeza increada de Dios. Este deseo de adquirir el Realeza increada por interés -porque lo amo, porque me conviene espiritualmente- es también legítimo y, sin duda, más elevado que el temor. Podemos decir que el temor pertenece al hombre esclavo, mientras que el interés corresponde al hombre libre.

Y el tercer móvil o motivo es el del hijo: la agapi-amor desinteresado e incondicional. Es el nivel más alto, aquel en que uno puede decir:

“Cristo mío, si tú decides juzgarme y llevarme al infierno, y tu agapi así lo ha dispuesto, no es cuestión de tenerte miedo ni de buscar recompensa. Yo te amo, y si me llevas al infierno, allí mismo seguiré amándote”.

Este es el último y más alto criterio, el más deseado de todos. Y este no corresponde ni al esclavo que actúa por miedo (catarsis), ni al libre, que actúa por interés (iluminación, sino al hijo, que actúa por amor (zéosis). El hijo ama. El esclavo teme. El libre busca su conveniencia. Pero el hijo simplemente ama. Este móvil de la agapi debe ir desarrollándose poco a poco dentro de nosotros. Quizá pasemos del primer móvil, el miedo (catarsis) al segundo el interés, (iluminación), y de este al tercero, la agapi- amor incondicional, (zéosis), pero es imprescindible que lleguemos a este punto.

Y diciendo la verdad, quien tiene como móvil o aliciente a Cristo, difícilmente lo pierde. No se deja arrastrar ni engañar; ni el pecado, ni el mundo, ni sus tentaciones logran desviarlo, porque todo eso tergiversa y arrastra, pero no al que ama verdaderamente.
El miedo a la atracción del mundo puede ser vencido. El interés -ya sea bien o mal entendido, incluso relacionado con el dinero u otros deseos- también puede superarse con ciertas presiones.
Pero la agapi el amor desinteresado, es poderoso como la muerte.
Si amas a Cristo, nunca -pero nunca- lo traicionarás, porque lo amas de manera auténtica, profunda y verdadera. Este es el nivel más alto, lo mejor, lo más perfecto, y os lo deseo con todo mi corazón.

 

  1. ¿Hoy el hombre está de acuerdo con lo de “a semejanza” según la Santa Escritura? Si no, ¿por qué?

Realmente, como recordaréis, el año pasado, al tratar la antropología en los tres primeros capítulos del Génesis, vimos que el hombre está hecho “a imagen de Dios”, con destino a llegar a ser “a semejanza”.
El “a imagen” es el don del hombre, lo que se le ha dado: son las condiciones iniciales. El “a semejanza” es el fin o propósito.

Antes dijimos que el cristianismo es esperanza, y que el sentido y significado de la existencia sólo se entienden a través del cristianismo.
¿Cuál es ese sentido? Precisamente pasar del “a imagen” al “a semejanza”; es decir, teniendo en potencia (en dynamis) el ser imagen, transformarnos y realizarnos “como a semejanza”. Por eso dice Cristo: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”; es decir, que lleguéis a realizar el “a semejanza”. Si no llegamos a realizar ese “a semejanza”, no podemos entrar en la βασιλεία realeza increada de Dios.

Pero no debemos desanimarnos. Quizá alguien se pregunte: ¿cómo podré lograrlo? Poco a poco, con la jaris (gracia, energía increada) de Dios, con Su ayuda.
Del mismo modo que un niño de primaria no debe desanimarse pensando cómo llegará a ser médico o abogado leyendo esos enormes libros, así también quien empieza el camino espiritual no debe desesperarse al ver lo largo del recorrido.

Ese es el objetivo: debemos llegar ahí.

Entonces, la pregunta es: ¿Hoy el hombre alcanza esa “semejanza”?
Y parece que quien hace la pregunta percibe que actualmente esto no se está logrando, y por eso pregunta: ¿por qué?

Hijos míos, hemos dicho cuál es nuestro fin o propósito. La historia, en relación con esta pregunta, puede ilustrarse de la siguiente manera:

Imaginemos que un día nos detenemos en un cruce de caminos y preguntamos cómo llegar al lugar al que deseamos ir. Entonces, alguien se nos acerca y nos dice: “Tomad este camino, y llegaréis allí de esta manera; encontraréis esto y aquello en el camino”, etc. Pero en lugar de comenzar a caminar hacia ese destino, nos quedamos simplemente curioseando en ese cruce de caminos. El hombre ya nos lo dijo: tomad ese camino y llegaréis.

Así es, aparentemente, nuestra época. Nuestra época no quiere recorrer el camino del “a semejanza”, sino que prefiere andar por el camino que ella misma se ha fabricado, el que le acomoda.

Además, no olvidemos que para recorrer el camino hacia el “a semejanza”, es necesario tener un prototipo, un modelo.
¿Qué significa “a semejanza”? Que debo tener algo o alguien con quien asemejarme, seguir su camino, imitar su ejemplo.

Pero hoy ese prototipo ha sido eliminado. Hoy decimos que cualquier cosa preestablecida no nos hace falta, que es anticuada.
Es una verdadera desgracia que hayamos reducido a Dios a algo preestablecido, como si fuera una idea vieja y obsoleta. Me sorprende que no hayamos hecho lo mismo con el sol, llamándolo también preestablecido o anticuado. Me extraña que no hayamos llamado anticuados también al agua y al pan, siendo cosas igualmente fundamentales.

Es decir, ¿por qué no se ha oído decir que el pan es algo preestablecido y anticuado, y por eso ya no deberíamos comerlo? ¿O que el sol es algo preestablecido y anticuado, y no queremos que salga más? Y como el sol tiene la “desfachatez” de salir cada mañana, nosotros nos esconderemos en agujeros como ratas para no verlo, para así no tener que juzgarlo como anticuado o preestablecido.

¿No creen que estas cosas son absurdas? Pues eso es justamente lo que hemos hecho con Dios: lo hemos convertido en una reliquia, en algo “preestablecido”, antiguo, innecesario.

Decimos que ya no nos hace falta, que ya ha reinado bastante sobre la humanidad, y que ha llegado el momento de derribar su “ídolo” y quitarlo de en medio.

Hemos echado a Dios, y ahora hablamos de ateísmo, de que no creemos en nada. No es simplemente que no creemos en Jesús Cristo, ¡es que no creemos en nada!

Decidme, por favor: si eliminamos el modelo, la muestra, ¿cómo es posible hablar de imitación alguna?
Porque lo de “a semejanza” no es otra cosa que imitación del prototipo. Yo soy la reproducción, la copia, y debo asemejarme al prototipo. Pero si ya no existe el prototipo, porque lo hemos descartado, ¿cómo podremos jamás hablar de “semejanza”?
Debemos regresar al prototipo, al modelo original, para poder realizar el “a semejanza”, para encontrar el sentido y significado de nuestra existencia, el propósito de nuestras vidas, y dignificar nuestra existencia para encontrarnos en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios. Esa es la razón por la cual hoy no se realiza el “a semejanza”.

Y si me preguntáis: ¿por qué hemos quitado a Dios? Porque nos hemos hartado de Él. Decidme: ¿Quién ha dicho que se ha hartado de comer pan o de respirar aire?
Pero, sí, hay personas que dicen estar hartas de comer. ¿Quiénes son?
Los enfermos. Llevad a un enfermo la mejor comida, y os dirá que no puede. Ve la mejor comida y se siente mal, pero no es por la comida, es porque está enfermo.

Entonces, ¿no pensáis que nuestra época está enferma?
Gravemente enferma, cuando llega a pensar y actuar así. Sí, hijos míos, nuestra época está enferma.

¿Me diréis que todos los hombres están enfermos?
No, no todos. Pero vosotros, que venís aquí a escuchar el logos de Dios, tenéis que tener mucho cuidado para no enfermar. Todos podemos enfermar, sí, todos, incluso yo, que os hablo, puedo enfermar.

¿A qué me refiero con enfermarme?
No me refiero a las enfermedades físicas comunes, sino a esta enfermedad espiritual: llegar a decir que Dios es algo preestablecido, anticuado, y tirarlo fuera de nuestras vidas.
Ojalá que esto no nos suceda. ¡Que Dios nos guarde!

Por eso, os exhorto: en medio de esta situación infecciosa y enferma del mundo, mantengamos la salud de la ψυχή (psijí: psique, alma, ánima, la que anima vivifica el cuerpo) para que podamos encontrar el sentido y significado de nuestra existencia, que es la realización del “a semejanza”.

Fuente: https://arnion.gr/ y https://athanasiosmytilinaios.blogspot.com/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/

 

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