
Χριστός ἀνέστη! amigos en CristoDios estoy repasando las traducciones en preguntas y respuestas e iré poniendo cada tema por separado aquí en esta categoría…Χάρις!!!
Preguntas y respuestas
Yérontas A. Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo
Prólogo
[Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes.]
Quisiera deciros que el propósito de este diálogo de preguntas y respuestas es contribuir a la formación y al crecimiento en la vida espiritual. Porque principalmente las preguntas dudosas se refieren a temas espirituales y generalmente de carácter espiritual, es decir, cómo podremos encontrar nuestro camino y el modo adecuado de vivir nuestra vida espiritual en Espíritu Santo, es decir, adquirir el Espíritu Santo con su energía increada Χάρις Jaris Gracia.
Vida espiritual no significa ni se refiere a la vida del espíritu humano, sino la vida del Espíritu Santo en el ser humano. Es decir, vivo espiritualmente significa que vivo la presencia y comunión continua del Espíritu Santo con Su increada Χάρις Jaris Gracia. Esa es la verdadera vida espiritual. Esto es el todo.
El Dios nos ha dado la apocálipsis, revelación y nos ha dado también la ciencia, es decir, la gnosis/conocimiento natural. Por eso, ¿pueden confundirse o mezclarse alguna vez estos dos caminos? ¿Es posible? La respuesta es no. Si llegaran a mezclarse, significaría que algo no está bien en el funcionamiento de nuestra mente.
Apocálipsis significa revelación, y no depende del logos humano para encontrar la verdad, sino el Logos divino e increado, es decir, es el Dios mismo quien me apocalipta-revela la verdad, al νούς (nus: espíritu de la psique-alma) es decir, en el corazón el centro espiritual del ser humano.
Total 114 preguntas.
- ΑΓΑΠΗ AGAPI Amor increado, incondicional y desinteresado
- La doble dimensión de la agapi. San Pablo en Atenas (Hechos 17,26)
- ¿Cómo se manifiesta la agapi al prójimo y cómo cuando el otro no es tan creyente como nosotros?
- El cristiano ama al cosmos-mundo, pero, ¿en qué exigencias del mundo debe decir los grandes no?
- Agapi y libertad en Cristo
“Ὁ θεός ἀγάπη ἐστίν (O zeós agápi estín), Dios es agapi-amor (1Jn 4,8)”
[ΑΓΑΠΗ AGAPI Amor increado y desinteresado: Según nuestro léxico heleno-ortodoxo, la Agapi es la forma más elevada del amor: un amor increado y desinteresado, que no nace del hombre, sino que tiene como única fuente a Dios. Es, de hecho, la emoción de la energía increada superior de la Χάρις Jaris (Gracia). Como afirma la Escritura: “Porque la Agapi proviene de Dios” (1 Jn 4,7). Dicen los Santos Padres Ortodoxos: Nadie puede conocer la increada agapi como energía increada de Dios si no es por medio de la energía increada Jaris del Espíritu Santo. El propósito de la “psicoterapia” de la Iglesia Ortodoxa consiste en transformar, mediante la continua μετανοια metanía y la confesión, la φιλαυτία (filaftía: egolatría) -amor creado, mezquino y enfermizo dirigido al propio yo- en la divina y desinteresada agapi de Dios. Esta comprende tres estadios: catarsis, iluminación y θέωσις (zéosis: divinización, glorificación).
Dios creó al cosmos (mundo y adorno, ornamento) de la nada, libremente sin ninguna necesidad y por agapi. No sólo creó al cosmos, mundo, sino que lo mantiene con Sus energías increadas. Para nosotros los Ortodoxos Dios es el gran Presente y para los occidentales es el gran ausente, ya que ignoran la existencia de las energías increadas, “la mayor de ellas la agapi” (Cor. 12,13). Es preciso aclarar que en el helénico-griego “agapi” no designa ni los ágapes festivos (banquetes) ni la “caridad” puesto que, en helénico, caridad es φιλανθρωπία (filanzropía) o ευσπλαχνία (efsplajnía).]

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Pregunta ¿Qué es αγάπη agapi-amor?
(4,1´) En principio el hombre no es fuente de la Agapi, como tampoco es fuente de otras cosas. Atención, quizás algunos puntos os pueden clarificar lo que es la agapi, porque los occidentales malinterpretan mucho este tema y lo confunden con la praxis de la caridad. El hombre no tiene luz propia como la luna que recibe su luz del sol. De igual modo, el hombre recibe únicamente de Dios todas estas cualidades importantes y estas, como veremos más abajo, se llaman energías increadas de Dios. La fuente, pues, de la agapi es el Dios.
San Isaac el Sirio, en su Logos 33, dice: “La agapi tiene como causa a Dios, es una fuente que siempre emana y fluye y jamás sus corrientes cesan, ni se cortan, porque Dios es la única fuente de Agapi, y Él mismo es su energía y esencia inagotable.”
Cuando san Juan el Evangelista escribe: “El Dios es agapi” (1Jn 5,8). Está claro que no se refiere a la esencia de Dios (en el sentido que se nos apocalipte-revele la esencia de Dios, que permanece inaccesible e inefable para el ser humano), sino que la agapi es una energía increada de Dios. Por tanto, la fuente de la agapi es el Dios. Ahora bien, las energías divinas —emanaciones de Su esencia— son también increadas al igual que lo es la esencia misma. Atención a este punto, pues es fundamental. Cada energía de Dios es increada, así como Su esencia es increada, el Dios es increado, por decirlo de una manera simple, Dios no fue hecho ni creado por nadie, es autoexistente, increado, no nacido. Su esencia, pues, es eterna, perpetua, sin principio ni fin, algo inconcebible, imposible de captar, percibir o comprender. Cuando más profundiza y medita uno sobre esto más vértigo le da. Así también sus energías son increadas, no creadas. Atención a este punto, los heterodoxos occidentales y los herejes sobre esto tienen mucha confusión, no distinguen entre lo increado y lo creado.
Para entenderlo de alguna manera, os daré un ejemplo. Como el sol es una masa candente —esa masa sería la analogía de la esencia de Dios—, a la vez emite luz y calor que se difunden en el ambiente: esto sería la analogía de las energías de Dios. Esta luz que llega a la tierra comienza y proviene desde sol, está claro, y es de la misma esencia del sol. Por lo tanto, lo que está en el sol también está, por analogía, en Dios. Las energías de Dios comienzan, proceden de la esencia de Dios y como la esencia es increada, las energías también son increadas.
Una de las energías de Dios es la agapi-amor. Tenemos muchas energías, la creativa, la cohesiva, la crecedera, la sapiencial, la catártica o sanadora, la iluminadora, etc. Ahora bien, la energía increada de Dios, como la radiación del sol, se derrama por todas partes, también sobre los corazones humanos. ¿Y qué ocurre entonces? Cuando la energía increada del rayo de la agapi de Dios cae en un corazón, entonces este -desde su misma creación- posee una facultad o cualidad en su constitución semejante a un espejo. Igual que un rayo del sol cae y se refleja, vuelve otra vez hacia su origen; de igual modo cuando la agapi divina toca mi corazón, entonces yo correspondo y empiezo a amar a Dios. Así que, yo no soy la fuente de la agapi, la fuente de la agapi es el Dios, y yo sólo correspondo. Pero me diréis, ¿por qué existen hombres que aman a Dios y otros no? Sencillamente —como dice san Teófilo de Antioquía—, depende del estado del espejo del corazón. Si el espejo de tu corazón está cubierto de suciedad, virus u óxido, ¿entonces cómo este espejo podrá reflejar la luz? Es imposible. Ese «óxido o virus » del corazón son los pazos (pasiones, vicios) y los pecados. Cuando, pues, yo entro en la región de los pazos, del egoísmo, del interés propio, de mi vanagloria, etc., entonces mi corazón ya no está en situación de reflejar la energía increada de Dios, que es Su agapi-amor increada. ¿Y qué sucede? Que no amo. Para amar, ¿qué debo hacer? Empezar a limpiar, hacer la catarsis y sanar mi corazón. Por eso los santos Padres cuando hablan de un “corazón sano y puro”, se refieren a la agapi que es fruto de la catarsis. 8´
Cuando los Padres dicen: “corazón sano, puro”, se refieren a la agapi-amor. Desde el momento que hago la catarsis del corazón inmediatamente empiezo a amar. Porque no olviden que hay formas de agapis-amores enfermizas y también pecaminosas.
Cuando, por ejemplo, un joven exige de su madre una agapi que se exprese en constantes besos, caricias y abrazos, esto es una agapi enfermiza. Si, por otro lado, busco la agapi en los pecados carnales, no se trata de una agapi enferma, sino pecaminosa. Por lo tanto, tengo que distinguir, saber y reconocer cuál es la agapi-amor pura, limpia y sana. Esto solo puede lograrse cuando el corazón haya hecho la catarsis, ha sido purgado, limpiado y sanado. El criterio de la auténtica agapi —pura, verdadera, sanadora y salvadora— es precisamente la catarsis del corazón. No lo olvidemos.
Por eso tenemos que practicar ascesis, (ejercicio espiritual ortodoxo) para purgar, limpiar y sanar nuestro corazón. Por ejemplo, si vuestro guía espiritual os dice: “No veas televisión”, ¿por qué lo hace? Porque de lo contrario, no harás catarsis, no purgarás ni sanarás el corazón. O si te dice: “No escuches palabras sucias”, es por la misma razón, no sanarás nunca tu corazón. Algunos replican: “Sí, pero no cometo praxis, actos pecaminosos”. Pero llegará el día en que los cometerás. Si no limpias ni purificas ni sanas el corazón, ¿de qué sirve no cometer actos pecaminosos? No hay ningún beneficio con decir que no hago praxis pecaminosas. El beneficio no está solo en evitar actos, sino en alcanzar la pureza interior. Debo tener pureza del corazón. Que lo entendamos bien esto.
La pureza del corazón tiene un aspecto positivo (lo que debo hacer) y otro negativo (lo que debo evitar). Pero este es un tema amplio, propio de largas homilías.
Sobre la auténtica agapi os emplazo y sugiero que leáis el “logos 81” de san Isaac el Sirio. Considero que es uno de los más hermosos dentro de su obra.
Os diré en resumen las características de la auténtica y verdadera agapi:
La cima de la agapi es asemejarnos a la agapi de Dios. Por eso tengamos cuidado, no busquemos la agapi en cosas bajas o sucias impuras, vayamos directamente a lo alto, a la cima, sabiendo que debemos “psicoterapiar”, limpiar y sanar nuestro corazón para amar correctamente y corresponder a la fuente de la agapi, que es el Dios. Muchas veces vemos, sobre todo en mujeres, que dicen: “Quiero que me amen y que me lo demuestren”. ¿Por qué deseas que te amen? ¿No ves que eso te convierte en egocéntrica? Por lo tanto, no es solo desear que te amen, sino también que te lo manifiesten y demuestren, y eso es egoísmo. Esfuérzate tú en amar, y entonces comprenderás qué es la agapi, sabrás cómo entenderla correctamente, cómo posicionarte y evitar caer en formas enfermizas
Además, la agapi tiene que corresponder a la comprensión, a la emoción y a la voluntad. Cuidado, la agapi no es un fruto del corazón, es un fruto del hombre entero. Acordaos el primer mandamiento qué dice: “Amarás al Señor tu Dios con toda tu psique, con tu diania (mente, cerebro) entera, con todo tu corazón y con toda la fuerza de tu voluntad”.
Esto quiere decir que debo amar a Dios con mi mente, mi entendimiento, saber por qué lo amo- con mi corazón-, es decir, con mi afectividad mi emoción; y también con mi voluntad, es decir actuar y corresponder adecuadamente a la agapi de Dios.
La agapi con la diania (mente, intelecto) significa saber por qué amo: sé que Dios me ha dado la existencia, que creó el universo por mí, que se hizo hombre por mí, que me regala su energía increada y me deifica. es cuando sé porque amo, sé que Dios me ha traído en la existencia, sé que Dios hizo el universo para mí, sé que Dios se hizo hombre para mí, sé que Dios me regala una realeza (energía increada) y me diviniza, glorifica o deifica, etc. Si entiendo esto, entonces le amo con toda mi diania (mente sin lugar para la duda), no debe de haber ni una esquinita en la mente que tenga opinión contraria, sino que sepa que tiene que amar a Dios totalmente.
Después con mi emoción o corazón entero no en trocitos; y con toda la fuerza de mi voluntad, porque cuando amo correspondo; es la voluntad la que me lleva a corresponder a la agapi de Dios.
Así se alcanza la agapi correcta, la que hace feliz al ser humano y, sobre todo, la agapi que “psicoterapia” sana y salva. Esta es la agapi increada y evangélica.
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La doble dimensión de la agapi. San Pablo en Atenas (Hechos 17,26)
“Dios hizo, de una sola sangre, a los hombres de todas las naciones que habitan sobre la tierra, determinando los tiempos y las fronteras de sus casas y patrias” (Hec 17,26). Es decir, de una sola pareja humana, para que habiten toda la tierra.
Todos los hombres, de todas las épocas, somos hermanos. Esta verdad, que la filosofía aún no ha descubierto ni asumido plenamente, necesita sernos revelada-apocaliptada constantemente. Desgraciadamente los hombres no hemos podido ni sabido acercarnos a esta verdad.
Ya dijimos la otra vez que los seres humanos proceden y existen de una misma sangre y aquí se manifiesta una doble dimensión de hermandad: una en Adán y otra en Cristo Jesús. Por un lado, está la dimensión biológica, que nos une por nuestra naturaleza común, heredada de Adán y por eso somos hermanos, descendientes todos de una sola pareja. Por otro lado, está la dimensión espiritual, que se da en nuestra unión con la persona teantrópina (divino-humana) de nuestro Señor Jesús Cristo, quien nos une por Su Cuerpo y Sangre.
Ahora somos miembros del cuerpo del Cristo; Él nos ha incorporado a su Cuerpo. Atención: nos ha incorporado Él, no nosotros a Él. El Cristo no se hace cuerpo nuestro, sino que nos hacemos Cuerpo Suyo. Esto tiene mucha importancia. Por lo tanto, todos nos encontramos como miembros orgánicos de un mismo cuerpo: el Cuerpo de Cristo. Por consiguiente, aquí tenemos una hermandad, es nuestra segunda hermandad en Cristo. Y el parentesco biológico es obligatorio. No puede un humano venir de un animal, sin duda tiene que nacer de humanos. Forzosamente, pues, somos hermanos, descendientes de Adán y Eva.
Pero el otro parentesco en Cristo Jesús es fruto de nuestra libre voluntad, predisposición y de la fe. La fe nos introduce en la familia de Dios. Si creemos, pues, como Dios manda en Cristo todos, y participamos del Cuerpo y la Sangre del Señor, entonces entramos en una nueva hermandad, espiritual. Así pues, vemos que aquí tenemos una doble dimensión de hermandad, y, en consecuencia, una doble dimensión de agapi (amor). Y la agapi naturalmente tiene esta doble dimensión. Porque, ¿qué es la agapi? Es el vínculo o elemento que responde y corresponde a una unidad existente, a una relación de hermandad. Por eso, existe una agapi natural, que proviene de nuestra dimensión biológica; y una agapi espiritual, que nace de nuestra incorporación al Cuerpo de Cristo.
Así que agapi natural es la que existe entre una madre y su hijo, como descendientes de Adán. Y la otra agapi la espiritual tiene su origen en Cristo: así como amo mi mano o mi pie por ser parte de mí, así debo amar al otro cristiano como a mí mismo, porque es miembro del mismo Cuerpo de Cristo.
Permítanme hacer aquí un breve paréntesis. El Señor nos llamó a trascender nuestra dimensión natural y encontrarnos en la sobrenatural. Dijo lo siguiente: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10,37); esta es una agapi natural. Para amar verdaderamente a Cristo, debemos superar incluso la agapi biológica. Si uno no llega ni siquiera a este nivel, está por debajo de los animales, que sí tienen amor natural hacia sus crías. Todos los animales hembra aman a sus hijos, ¿qué animal hembra no ama a sus hijos? No digo los masculinos, porque muchas veces, Dios así lo hizo para dar una variedad de imagen de sociabilidad. Incluso hay animales machos que cuidan sus hijitos, por ejemplo, las golondrinas, las aves, y otros muchos. Pero hay unos animales que los machos no aman a los hijos, como son los gatos o los conejos machos, estrangulan a sus hijos, porque no quieren ser sustituidos por ellos. Pero así lo hizo Dios, los animales no cometen ningún crimen, simplemente Dios de distintas maneras nos enseña cuál debe ser nuestra dimensión social, en principio la biológica y después la espiritual. Y cierro este paréntesis.
Quería decir, pues, que, para amar verdaderamente a mi padre y a mi madre, debo superar, trascender, la agapi biológica; solo entonces los amaré de verdad. Si no me quedo en el plano superficial del “me amas, te amo” o “te amo, me amas”, sino que procuro sinceramente la salvación de mi padre y de mi madre, entonces, sin duda, habré superado la agapi biológica y me habré adentrado en el espacio de la agapi en Cristo. Entonces, no solo se ama, sino que se procura la salvación del otro, lo cual es signo de una agapi auténtica y elevada.
Sin embargo, independientemente de esta diferencia, seguimos siendo hermanos. Es algo que todavía no hemos descubierto plenamente, y hay personas que aún lo ignoran. Los atenienses, por ejemplo, no lo conocían. En la Atenas de aquella época, se creía que los dioses de cada lugar o ciudad eran los creadores de los hombres. Incluso hoy en día, esta percepción persiste en muchos.
Pero ahora sabemos que todos los hombres somos hermanos, y esto se evidencia en nuestras características humanas comunes. En cualquier parte de la tierra que vayamos, reconocemos al otro como humano, igual que nosotros. Desde esta doble hermandad —en Adán y en Cristo—, ¿cómo se puede justificar la guerra entre los hombres? Es algo insensato y aberrante, una barbarie, una cosa incomprensible y paranoica. Realmente, la guerra es una locura; no se justifica por ningún motivo. Otra cosa, sin embargo, es cuando, como pueblo, debo defenderme de otros hombres que vienen a atacarnos: en ese caso, no me rendiré, y si el agresor tiene malas intenciones contra mi gente, no le diré: “Haz conmigo lo que quieras”.
(11,30) Caín al matar a su hermano Abel, cometió el acto más absurdo posible dentro de la creación, tanto física como espiritualmente. Así también, la muerte misma es el fenómeno más paradójico del mundo creado: es como un disparo en medio de un concierto. ¿Por qué? Porque la muerte es la gran caricatura dentro de la creación.
Sin embargo, cuando comprendemos que la muerte no fue hecha por Dios, sino que fue introducida como consecuencia de una mala elección del ser humano, entonces queda claro que el hombre -y no Dios- es el responsable de la muerte. De modo similar, la guerra es una caricatura dentro de la sociedad humana: es el acto más absurdo y paradójico. No es Dios quien hace la guerra, sino los hombres entre sí.
La afirmación de Pablo de que “todos somos de una sola sangre” cobra pleno sentido cuando los atenienses, al convertirse posteriormente en cristianos, pueden también comprender la segunda dimensión de esta verdad. Si se llega a entender esta tesis de Pablo, adquiere una importancia inmensa y fundamental para el mantenimiento de la paz entre los hombres y las naciones. Incluso la enemistad entre vecinos resulta algo absurdo, insensato y antinatural.
Es una verdad que descendemos todos de una sola pareja, una verdad que nos revela el Antiguo Testamento y que se renueva en el Nuevo, adquiriendo así una nueva dimensión: la hermandad en Cristo. El Antiguo Testamento nos enseña que todos los hombres descienden de una pareja humana, Adán y Eva. Lo más sorprendente es que Eva no fue creada de la misma manera que Adán. Es decir, mientras que Adán fue formado del χούν (tierra especial), con elementos especialmente dispuestos por Dios, Eva no fue creada directamente de la tierra, sino que procede de Adán. Solo Adán proviene de la tierra. Incluso si Eva también hubiese sido formada de la tierra, compartirían un punto de referencia común, el símbolo de su origen terrenal. Sin embargo, el hecho de que Eva provenga de Adán establece un parentesco tan estrecho, tan profundo, que puede entenderse más allá del parentesco mismo: se trata de una identidad. Adán es igual a Eva, y Eva es igual a Adán.
Esta tesis se confirma claramente en el parentesco que se da en el matrimonio. Nos preguntamos: ¿cuál es el parentesco entre los hijos y los padres? Decimos que es de primer grado. Si el padre tiene con su hijo un parentesco de primer grado, lo mismo ocurre con la madre. Pero, ¿cuál es el parentesco entre el hombre y la mujer, es decir, entre los cónyuges? No hay un parentesco como tal, hay algo más profundo: hay identidad. La misma palabra “parentesco” indica cercanía, afinidad de origen o especie. En este caso no se trata de un grado de parentesco, sino de lo que podríamos llamar un “parentesco cero”; no en el sentido de ausencia de vínculo, sino en el sentido de una identificación plena. Si digo “el hombre”, también digo “la mujer”; y si digo “la mujer”, digo también “el hombre”. “Y serán los dos una sola σάρξ (sarx: carne-cuerpo)” (Gén 2,24). Si el hombre y la mujer llegan a ser una sola sarx, ¿podéis decirme qué parentesco tiene mi mano derecha con la izquierda? Ninguno. No hay parentesco, hay identidad, porque ambas manos forman parte del mismo cuerpo, del mismo organismo. Del mismo modo, el hombre y la mujer forman juntos un solo organismo; no son dos seres separados. ¿Dónde se ve esto claramente? En el hijo. El hijo no es únicamente del padre, ni solamente de la madre, sino de ambos. La presencia del hijo revela de forma tangible esta unión profunda entre el hombre y la mujer. Esto es algo verdaderamente muy importante, asombroso.
Perdonadme por extenderme un poco en el tema; no importa, es para que aprendáis algunas cosas más. Ahora pensad en otra cuestión: antes hablábamos de la guerra, y cuando esta guerra se da entre los cónyuges y desemboca en divorcio, se trata de algo inconcebible, incomprensible. Pues sí, así de incomprensible es. ¿Acaso puedes cortarte a ti mismo y colocar una parte aquí y otra allá? Eso es lo que ocurre con el matrimonio. El matrimonio no se puede separar, la unión conyugal no se puede romper. No se debe hacer. Y más aún, porque se trata de un Misterio, de un Sacramento. San Pablo dice: “Es un gran misterio la boda”. Por eso, aunque exista una dimensión física o natural, sobre todo existe una dimensión espiritual. Porque el matrimonio es un misterio, una “imagen” o “ícono” del misterio de Cristo y la Iglesia. ¿Qué es la Iglesia? El cuerpo de Cristo. ¿Y puede Cristo, que ha asumido la naturaleza humana y se ha unido a la Iglesia, separarse de su naturaleza divina? Nunca, jamás. La naturaleza divina no se separa de la humana por los siglos de los siglos. ¿Cómo, entonces, aquello que representa este gran misterio del matrimonio puede acabar en divorcio? Ni lo penséis. Los cónyuges deben tener paciencia cuando las cosas no van bien. Pero, ¿por qué no puede haber comprensión suficiente como para que el egoísmo se aparte? ¿Por qué? Me diréis: porque no llevan una vida cristiana, porque no están cerca de la Iglesia. Y por eso falta esa comprensión y ese sentido común.
Eso fue un largo paréntesis. Retomo lo principal: Adán y Eva, y todos los hombres que descendemos de ellos, somos hermanos.
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¿Cómo se manifiesta la agapi al prójimo y cómo cuando el otro no es tan creyente como nosotros?
(30, 25´) Esta cuestión no se juzga según si el otro es creyente o no. Porque existen dos condiciones fundamentales.
La primera condición es que el otro ser humano -sea quien sea, de cualquier color, en cualquier situación moral, creyente o no, niño o adulto, sano o enfermo, incluso un recién nacido- es icona/imagen de Dios en dinami (en potencia y en energía), tal como Dios creó a Adán en el principio. Por lo tanto, el otro humano es icona/imagen de Dios, al igual que yo también lo soy. Además, soy ομοούσιος (homoúsios), es decir, de la misma esencia que él.
La segunda condición es que Cristo murió también por ese hombre. Por eso tengo dos fundamentos que me llevan a una relación profunda y cercana con cualquier otro ser humano.
El primero, de dimensión natural, es que el otro es icona/imagen de Dios. El segundo, sobre todo cuando el otro es cristiano en dinami (potencia y energía), es que compartimos una misma sangre, la sangre de Cristo. Digo “misma sangre” porque tanto él como yo comulgamos del mismo Cuerpo y Sangre de Cristo.
Y si aún no es creyente, como Cristo también murió por él, entonces ese hombre tiene la posibilidad de acercarse a Dios y salvarse.
Estas dos condiciones fundamentales son las que me obligan a valorar y amar al otro hombre.
Queridos míos, el verdadero humanismo cristiano comienza aquí.
Todos esos otros humanismos nacidos de sistemas filosóficos y corrientes ideológicas, etc., carecen de fundamento sólido. Son cosas inútiles si no parten de estas verdades.
Pero debo deciros que, cuando valoro y estimo al otro ser humano, entonces me preocuparé de sus necesidades materiales y, sobre todo, por sus necesidades espirituales. Solo os recuerdo la parábola del buen samaritano. ¿Qué hizo el buen samaritano? ¿Se preguntó o investigó quién era el enfermo? El Cristo puso intencionalmente a un samaritano como ejemplo, porque judíos y samaritanos no se toleraban entre sí, no se podían ni ver. Y la respuesta es bellísima. ¿Qué hizo el samaritano? Lo recogió, le curó las heridas sin hacerle discursos, lo subió a su montura, lo llevó a una hospedería y dejó dos denarios.
Como estamos interpretando la Escritura, esos dos denarios representan el Logos de Dios y los Misterios de la Iglesia, a través de los cuales puede sanar y recuperarse el herido y enfermo.
¿Lo veis? Curar heridas significa cubrir tanto las necesidades físicas como las espirituales.
La parábola del buen samaritano nos da la medida. Siempre si mantenemos siempre esta imagen ante nuestros ojos —es decir, que el otro es imagen de Dios y que por él también murió Cristo—, entonces, hijos míos, viviremos con el corazón bien dispuesto hacia el prójimo. Amín.
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El cristiano ama al cosmos-mundo, pero, ¿en qué exigencias del mundo debe decir los grandes no?
[En nuestro léxico heleno-ortodoxo. Κόσμος kosmos mundo: el verbo es κοσμώ (kosmó) adornar, ornamentar. Esto nos muestra que el mundo es, en su origen, un adorno, una belleza, una obra decorativa creada por Dios para sí mismo, como expresión de Su doxa-gloria. Sin embargo, en muchos pasajes del Nuevo Testamento, el término kosmos no se refiere ya al mundo como creación buena, sino a una realidad caída: a la conducta carnal, a los deseos maliciosos, y al comportamiento arrogante de los hombres sometidos al diablo (1 Jn 2,16). En este sentido, el kosmos representa una forma de vida dominada por los pazos parciales, un manojo de pazos y deseos desordenados. Kósmico, mundano, término contenido en las pasiones, pazos, el «sentido del cuerpo» deformado, la moral mundana, cósmica y «las cosas que pertenecen en este mundo vanidoso». Según san Máximo el Confesor: “Cosmos llama la Escritura a las cosas materiales de este mundo, y cósmicos, mundanos son los que se ocupan con el nus y la mente de estas”.]
- Es cierto que el cristiano ama al cosmos-mundo. Como también el Dios ama al cosmos. Dice en el Evangelio de san Juan: “3:16 Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo aquel que en él cree no perezca, sino que tenga vida eterna. [3:16. «Porque de tal manera amó Dios a los hombres del mundo hundido al pecado, de modo que entregó, por muerte en la cruz, hasta su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, tenga vida eterna y no sea autocondenado a la perdición eterna».]
Así, pues, ya que el Dios ama al mundo, también el cristiano está llamado a amarlo. Pero atención, el cristiano ama al mundo en un sentido ético y espiritual, no mundano. Ama a las personas —a los seres humanos como hipóstasis, como existencias únicas e irrepetibles—, porque cada uno es icona/imagen viva de Dios. Lo que no ama el cristiano son las obras y las prácticas del mundo caído.
Porque la misma Sagrada Escritura nos dice que no amemos las cosas del cosmos-mundo.
El mismo evangelista nos lo advierte en una de sus epístolas, no améis al mundo ni lo que hay en él, porque en el cosmos -en el mundo entendido como sistema alejado de Dios- reina la envidia, los pazos (pasiones desordenadas), la apostasía y el pecado en todas sus formas.
Entonces, ¿cómo se debe amar al cosmos-mundo?
Lo amaré viendo en los hombres la imagen de Dios, como hijos suyos, aunque aún no hayan conocido la salvación. Amaré a los hombres, me acercaré a ellos, y colaboraré con lo que me pidan, siempre que no contravenga la ley de Cristo, ni su conducta evangélica. Porque de otra manera, si yo obedezco al cosmos-mundo, entonces me convertiré yo mismo cosmos-mundo y me mundanizo o secularizo, es decir, no tener miedo decir a los hombres un no, aquí está la clave. Puede que uno te diga por favor necesito que me ayudes. Pues, con mucho gusto. Pero cuidado, todo debe hacerse con humildad, sin buscar reconocimiento y vanagloria.
San Diádoco de Fótica sobre las diez virtudes del camino hacia la zéosis, dice: Humildad auténtica es olvidarme inmediatamente de mis buenas obras”, https://www.logosortodoxo.com/filocalia/filocalia-tomo-1-san-diadoco-de-fotica-100-capitulos-gnosticos-10-condiciones-para-la-zeosis/ .
Podemos y debemos ayudar al prójimo, pero cuando sus propuestas o deseos son mundanos, ahí no debemos ceder. Debemos ser capaces de decir: “Te quiero, te ayudo… pero no puedo ir donde me llevas.” A este tipo de personas -aunque las amamos- debemos decirles los grandes NO. Nunca debemos caer en la trampa del “acuerdo aparente”, de pensar que un poco de agua al vino no pasa nada, como quien se dice: “Bueno… puedo ser un poco cristiano y un poco mundano”. No. O seré cristiano, o no lo seré. O seré sal con sabor, o me volveré insípido, y seré echado fuera y pisoteado por los hombres, como dijo el Señor. Estamos llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo. A vivir dentro del mundo, sí, pero iluminándolo. Por tanto, nunca conciliación con el mundo cuando éste nos aparta de Cristo. Amamos al mundo, pero no hacemos alianza con su pecado. Amín.
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Agapi y libertad en Cristo
Juan capítulo 8:31 Jesús decía a los judíos que habían creído en él: «Si permanecéis firmes en la enseñanza de mi logos practicándolo en vuestras vidas, entonces seréis verdaderos discípulos míos,
32 y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.
Por mi enseñanza y por vuestra experiencia personal, conoceréis la verdad y ella os hará libres de la tiranía y la muerte (espiritual) que trae el pecado.»
El que tiene la verdad está realmente libre. Es decir, verdad igual libertad. Pero sabemos que el Cristo dijo: “yoSoy la verdad” (Jn 14,6), entonces, Cristo igual a la verdad y la libertad.
Muchos en nuestra época y en cada época prometen libertad o hablan sobre libertad, pero todos estos engañan y se engañan, en realidad, son esclavitudes disfrazadas, sólo el Cristo es Libertad, la verdadera Libertad.
Como decía san Pedro: “Les prometen la libertad, mientras ellos son esclavos de los pazos y de la corrupción que conduce a la destrucción; porque de aquel pazos por el que uno ha sido vencido, en este pazos se ha esclavizado” (2Ped 2,19). Todos aquellos que promueven una supuesta libertad, entendida como la liberación de principios establecidos o de antiguas tesis y percepciones sobre la ética, afirman hoy que debemos desechar los tabúes para ser verdaderamente libres. Es decir, para ellos ser libres equivale a no tener vergüenza de nada. Actualmente, hemos convertido los conceptos de “libertad” y “desvergüenza” en sinónimos, los hemos identificado erróneamente. Pero llegará el momento en que comprenderán que quienes empujan a los hombres a actuar en nombre de esta falsa libertad son, en realidad, esclavos de la corrupción (o del demonio).
La posición de los Apóstoles Juan y Pedro durante el consejo fue clara: debemos obedecer a Dios antes que a los hombres: “Juzgad si es justo ante Dios obedeceros a vosotros antes que a Él; porque nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hechos 4, 29-30). Este pasaje nos ofrece una medida de comportamiento aplicable a situaciones semejantes.
Sobre esto, tened cuidado, como os he dicho muchas veces, nunca debe faltar la amabilidad. Cuando alguien aprende a valorar correctamente las cosas y sitúa siempre la voluntad de Dios por encima de cualquier otro criterio, entonces, cualquier circunstancia que enfrente puede juzgarla con sabiduría. Incluso si llega a convertirse en mártir, seguirá siendo libre.
¿Por qué?
Porque está dentro de la verdad. Aquel que está en la verdad mantiene su libertad. Es un “libre asediado”, como dice el gran poeta Solomós. Libre asediado: puede que me aten las manos y los pies, puede que me arrojen a una cárcel oscura y húmeda, sin poder ver los rayos del sol ni comunicarme con otros hombres, pero mientras diga la verdad, sigo siendo libre.
No se trata de una libertad entendida como la simple capacidad de mover manos y pies, como hacen los animales o las aves. La libertad no consiste en el movimiento físico, sino en la libertad de la conciencia. Y esta, la libertad de la conciencia, la libertad de la persona–hipóstasis, es algo grandioso.
Es cierto que hoy esta libertad de la persona–hipóstasis casi no existe. Libre es aquel que expresa la voluntad de Dios y no su propia voluntad. Atención a este punto, lo repito: libre es quien expresa la voluntad de Dios, no su propia voluntad.
Sé que alguno quizá me dirá: “Entonces, ¿no expresamos nuestra libertad, sino la de Dios, si hago y sigo aquello que Dios quiere?”
Os diré algo muy importante, que quizás es un punto crítico para entender la maltrecha y malinterpretada noción de la libertad. La libertad solo puede comprenderse dentro del espacio de la agapi. Una libertad fuera del espacio o ámbito de la agapi no es libertad, sino simplemente movimientos físicos de miembros, movimientos de un yo autonomizado o autónomo, que al final se conduce a una auto-catástrofe y autodestrucción.
Si, por ejemplo, amas, aunque debieras expresar libertad ajena, como en el caso de Dios o del prójimo, estás libre, pero ¿cuándo? Cuando amas. Cuando amo a alguien, entonces me convierto en servidor de sus deseos, libremente, porque así lo quiero. Yo quiero servir a Dios. ¿Qué desea Dios? Yo también lo deseo. Deseo aquello que Él desea. Por lo tanto, a mí mismo me esclavizo libremente a Dios. Pero esta libertad que sirve a la agapi tiene sentido y está posicionada correctamente. Por consiguiente, la libertad sirve a la agapi. La libertad debe estar incorporada dentro de la agapi y servirla. La agapi está por encima de la libertad.
Tomad como ejemplo a los mártires -un ejemplo grandioso-, millones de mártires en nombre de Cristo; solo entre los helenos (griegos), once millones en los tres primeros siglos del cristianismo. De ellos diríamos que tenían comprometida su libertad. Primero, por parte de los hombres, que los apresaban y los mataban. Luego, ellos mismos comprometían su libertad ante Dios. Y a pesar de todo, estaban libres. Porque amaban y se entregaban libremente a la agapi.
Yo os diré un ejemplo humano muy común. Tenéis un hijo pequeño, único, lo amáis mucho, y este hijo enferma. He dicho único para recalcar la intensidad del caso, no porque quiera insinuar que, si uno tiene diez hijos, no pueda amar al décimo. No, en absoluto. Como dice el dicho: “cualquier dedo que cortes duele”.
Tomamos, entonces, el caso de un hijo único y este hijo enferma, y vosotros entráis en inimaginables peripecias y sufrimientos. No solo que ya no podéis salir de fiesta ni de diversiones, quizás ni un paseo elemental, y muchas noches no podéis dormir. Inmovilizados, pues, en esta peripecia que se vuelve crónica por la enfermedad del niño, os pregunto: ¿alguien os ha inmovilizado alguien la libertad? ¿Alguien os ha restringido la libertad, no podéis salir a divertiros, hacer lo “normal”, como se dice? Estoy hablando desde la experiencia común, tal como viven los hombres. ¿No pueden salir a divertirse? Por supuesto que sí. ¿Qué se los impide? Pues, la agapi-amor. Pero todo esto que hacéis por vuestro hijo lo hacéis libremente, porque lo amáis.
Por eso os dije que no se puede entender la libertad sin la agapi. Esto no debemos olvidarlo jamás. Otra cosa es que algunas veces también la agapi puede estar al servicio de la libertad, no por otra razón, sino porque es, en sí misma, agapi.
Mirad como escribe estas cosas el Apóstol Pablo: “Siendo libre de todos y de todo, me hago esclavo de todos para ganarlos a todos o a los más que pueda”, (1Cor 9,19, leed hasta el final del pasaje). Esto san Pablo, lo creía hasta lo más profundo de sus entrañas: “que soy libre de todos, de personas y de cosas”, porque Pablo no tenía fortuna, no tenía nada. Una vez la tuvo y la donó a los pobres. Pablo no se había atado a sí mismo con ninguna persona, ni con nobles ni con gobernantes, ni con sumos sacerdotes, ni con los Pilatos; no se había ligado, atado con nadie, ni a nada. Estaba verdaderamente libre, libre de todo.
No sé quién podría decir esto hoy con sinceridad. A veces decimos: “Si tienes cosas, estás libre.” Leía en una revista que en una sucursal de la Caixa o de un banco alemán, había un cartel publicitario que decía: “Si tienes algo, eres algo.” Claro que, si tienes algo, los demás te tienen en cuenta, -diría uno- entonces estás libre y te mueves como quieres. Pero esto en el fondo es un engaño. Sé que muchos no lo entenderán, incluso me desmentirán. Pero tanto si lo entiendo como si no, os diría que, por medio de Pablo lo entiendo. Pablo lo decía y lo creía; estaba libre porque no estaba unido con nada.
Cuantas más cosas reunimos para “ser algo”, para “ser libres” y movernos como queremos, tanto más agrandamos la carga de la vida que nos ata, que de verdad nos ata. Es cierto que, a veces, uno puede estar atravesando un momento difícil, que le pesan y fastidien muchas cosas, teniendo quebraderos de cabeza por bienes, fortunas, herencias, trabajos, hacienda, robos etc., y podría ver a un hombre pobre en la calle pidiendo y sentir envidia. No miento, puede a veces que veamos un pájaro del cielo volando y decir, mira este pájaro vuela despreocupado, disfrutando del sol y del aire. En cambio, yo estoy atado con tantas cosas, tengo ataduras por todas partes.
Pablo estaba libre de todo, y sin embargo se hace esclavo de todos para ganar a la mayoría. Veis que está libre, en el sentido que os dije antes, pero ahora se esclaviza porque los ama. Veis que aquí la libertad viene a servir a la agapi, “Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número… todo lo hago por el evangelio para co-participar con todos de sus bienes y beneficios” (1Cor 9,19-23). ¡Cosa grandiosa, queridos míos, es sentir el verdadero significado de la agapi y de la libertad, y cómo la libertad debe estar incorporada en la agapi!
Dicen los Padres, ortodoxia es igual a ortopraxía. Debemos recalcarlo que el cristiano ortodoxo, el que practica su fe, es el hombre verdaderamente libre.
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Fuente: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/







