
Sábado Santo
†Yérontas Georgios, Monasterio Gregorio, Monte Athos.
El Señor nos ha dignado celebrar la sepultura de Su Santidad durante tres días y anticipar Su Santa Resurrección. Nuestro Señor no solo se hizo hombre por nuestra salvación, no solo soportó bofetadas, escupitajos, golpes y la horrenda muerte en la cruz, sino que también se humilló y soportó incluso Su propia sepultura.
La sepultura del Señor es el último punto de Su kenosis vaciamiento, de Su humillación. ¡Este Señor de la vida y de la muerte yace muerto en la tumba! «Contado entre los muertos», como dice nuestra Iglesia. Y así, mientras Él mismo fue contado entre los muertos desde siempre, como muerto Él mismo venció la muerte, resucitó de entre los muertos y resucitó con Él a Adán y a todo el género humano.
El Señor no quiso salvarnos externamente, como un dios deus ex machin que interviene desde fuera mecánicamente, como en las tragedias antiguas. Nos salvó entrando dentro de nuestra propia tragedia, dentro de nuestro propio callejón sin salida, dentro de nuestra muerte, y hasta dentro de nuestra tumba. Y cuando realizó la mayor obra de Su filantropía, entrar incluso en nuestra tumba, en ese momento venció la muerte, Él mismo resucitó y nos resucitó a nosotros también.
No quiso resucitarnos sin que Él mismo fuera contado entre los muertos que yacen en los sepulcros. Así sabemos que el Dios en quien creemos es un Dios que realmente compartió todo nuestro dolor y sufrimiento. Y no hay punto de desgracia e infelicidad humana que Él no haya compartido, que no haya hecho Suyo. Hizo Suyos todos nuestros sufrimientos y πάθος pazos, salvo el pecado, para curarnos de ellos. Si no hubiera hecho Suya también nuestra muerte, no nos habría resucitado ni hubiera sanado nuestra muerte.
Por eso hoy, con profunda gratitud, con la conciencia que podamos tener debido a nuestra insensibilidad espiritual, adoramos mental y espiritualmente al Señor puesto en la tumba, lo agradecemos y lo reconocemos como el único verdadero benefactor de nuestras vidas, porque es el único que venció nuestra muerte. Y al mismo tiempo le pedimos que nos ayude a adquirir la virtud cristiana, es decir, el carácter de Cristo, un carácter ético semejante al suyo, el cual el santo Ignacio el Teóforo llama «semejanza con Dios», es decir, un carácter con ética semejante al de Dios.
Este carácter de Cristo se muestra hoy y se mostró también ayer, en el Viernes Santo. Es el carácter de la profunda humildad, es el carácter del sacrificio, es el carácter de la entrega, es el carácter de darlo todo por aquellos a quienes amas, incluso si son tus enemigos. Y si nosotros, los cristianos, no luchamos, superando nuestro egoísmo y φιλαυτία (filaftía: egolatría, egocentrismo, excesivo amor a sí mismo y al cuerpo), por tener el carácter humilde de Cristo, no somos dignos de ser Sus discípulos.
Con estos pensamientos nos preparamos para recibir esta noche el alegre mensaje de Su Santa Resurrección, de la manera tan hermosa en que nuestra Iglesia lo vive litúrgicamente en esta noche tan gloriosa y tan luminosa.
Deseo que todos los que están aquí, hermanos, el Señor nos digne a celebrar esta noche con una sensación espiritual, con los ojos de nuestra psique-alma, que podamos ver al Señor Resucitado, hacerlo nuestro y hacer de Su Resurrección nuestra propia resurrección.
(Monasterio San Gregorio, Monte Athos, 1981).
El descenso del Señor al Hades
Como nos enseñan los santos Padres de nuestra Iglesia, el Señor, durante el intervalo de Su sepultura de tres días, la cual hoy celebramos, debía completar Su obra. Debía anunciar la salvación y liberar a aquellos que estaban cautivos por el diablo, incluso aquellos que estaban en el Hades.
Y por eso, Su santísima psique-alma inmaculada descendió al Hades y «a los espíritus encarcelados, fue a predicarles» (1Pedro 3:19), como dice el santo Apóstol Pedro. Y allí, lo esperaban. Así como los vivos lo esperaban para liberarlos del diablo y de la muerte, así también los muertos, aquellos que habían partido desde tiempos inmemoriales, lo esperaban para ser liberados.
Por eso, el Señor, con gran misericordia y amor, descendió al oscuro Hades, y allí brilló la luz de Su rostro, iluminando y consolando a aquellos que, injustamente, estaban cautivos por el diablo.
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Así, una vez más, vemos el gran amor del Hijo de Dios y nuestro Dios, quien no dejó a nadie sin beneficiar con Su Muerte en la cruz y con Su Santa Resurrección. Pero también vemos Su extrema humildad, porque Él, siendo Dios eterno, no solo se hizo hombre, no solo sufrió las terribles Pasiones que hemos vivido durante estos días santos, y soportó la Muerte en la cruz como si fuera el último de los malhechores, sino que aceptó aún esta humillación: entrar muerto en el sepulcro.
Es verdad que esta sepultura del Señor de tres días, durante la cual Su Cuerpo fue colocado en el sepulcro como el de cualquier hombre común, muestra cuánta humildad se nos entregó Dios.
Sabía que nosotros lo maltrataríamos, pero como nos amaba, aceptó ser maltratado, aceptó ser condenado a muerte, aceptó ser colocado en la tumba. Creo que no hay mayor humildad que la que Dios pudo aceptar que la que hoy celebramos: Su sepultura completa de tres días.
Es una humillación aún mayor que Su Muerte en la cruz, porque en la cruz Él aún tenía Sus sentidos y podía controlar la situación, pero allí, en la tumba, muerto, el Señor se entregó y fue sepultado, y la piedra del sepulcro lo cubrió.
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Así, con esta gran humildad, que no tiene mayor igual, corrigió nuestro gran egoísmo. Porque lo que separó al hombre de Dios y al hombre del hombre fue el egoísmo.
El Señor, para curar nuestro gran egoísmo, que llegó a tal extremo que el hombre llegó a traicionar incluso a Dios, al Padre Celestial, debía, como contrapeso, llegar al otro extremo, a la mayor humildad que un ser humano pudiera alcanzar. Y esa humildad fue la que alcanzó el Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre), nuestro Señor).
Y así, con la mayor humildad, con Su suprema humildad que mostró el Señor, corrigió nuestro supremo egoísmo y ahora también nos ayuda a no ser personas del egoísmo, sino personas de la humildad.
Por eso, hermanos míos, si queremos resucitar a una nueva vida como Cristianos, una vida de fe, amor y oración, debemos entrar también en una tumba. Esta tumba es la tumba de la humildad. Allí debemos enterrar nuestro egoísmo, para resucitar con Cristo a una nueva vida.
Ojalá que el día de hoy sea para nosotros también un día en el que tomemos la decisión de amar a Cristo, luchar contra nuestro egoísmo y nuestros πάθος pazos, y pedirle al Señor que, con nuestro esfuerzo diario, nos conceda esa nueva vida que da a todos Sus hijos fieles y humildes.
†Archimandrita Georgios, Monasterio Gregorio, Monte Athos, 1990.
Santo Sábado
Padre Jorge Dorbarakis
“Este es el Sábado altamente bendito, durante el cual el Cristo mientras durmió el sueño de la muerte, resucitará en tres días”.
῾Τοῦτό ἐστι τό ὑπερευλογημένον Σάββατον, ἐν ᾧ Χριστός ἀφυπνώσας, ἀναστήσεται τριήμερος᾽
El día de hoy es totalmente distinto. No sólo es Grande sino también supra-bendecida. La razón de esta bendición es el hecho que el Señor Jesús Cristo, mientras pasó de la Cruz, encima de la que fue realizada principalmente la sanación y salvación del género humano mediante la abolición, eliminación del cuerpo del pecado, cesó de Sus obras y fue sepultado como un mortal común; con esto, Su psique-alma descendió al reino de la muerte. El Señor, como apunta el conocido tropario, está “en la tumba físicamente, en el Hades con psique-alma como Dios, en el Paraíso con el ladrón y en el trono con el Padre y el Espíritu, cubriéndolo todo como omnipotente”. Los troparios (tipo de himnos) del Sábado Santo son maravillosos, empleando conceptos de percepción poética inigualable.
De manera excelente se describe en principio el misterio mismo del entierro, que provoca la sorpresa no sólo de los hombres fieles, sino también de las potencias angelicales. Y esto sucede porque se enfrenta la mayor paradoja: ser enterrada la misma vida. “Cristo, Tú que eres la Vida, fuiste puesto en la tumba, y las legiones de los ángeles se sorprendían, gloriando Tu condescendencia”. A la vez se reafirma y se expande la fe de la Iglesia por lo que ha ocurrido este día desde el encuentro del Señor con el Hades, es decir, lo que la muerte ha sufrido por la deidad de Cristo unida a Su santa psique-alma humana: “Cuando descendiste a la muerte, Tú que eres inmortal, entonces has mortificado al Hades con el rayo de Tu deidad”. “El Hades fue herido justo en su pecho, puesto que ha recibido Aquel que fue herido con la espada en el pecho, y está gimiendo mientras arde en fuego”; “Los guardianes del Hades son horrorizados, viéndote vestido con la vestidura ensangrentada de la venganza”; “El enemigo Hades fue desnudado”.
Este desmantelamiento del reino del Hades, la muerte de la muerte significa también la liberación del hombre de estas cadenas mortales. «La Vida duerme, y el Hades tiembla, y Adán es liberado de sus cadenas». La vida está preparada para reinar nuevamente, porque precisamente para esto vino al mundo el Creador. “Venid a ver a Aquel que es nuestra vida, quien yace en las tumbas, con el propósito de dar vida a los que están en las tumbas”; Así como el león, medio dormido y preparado para levantarse, así Cristo, matando al Hades y a la muerte, está listo para resucitar. “Venid hoy, viendo dormido a Aquel que ha venido del linaje de Judas, a clamarle fuertemente con voz profética: Te has estirado y dormido como un león. ¿Quién te despertará, oh Rey? Pero con Tu voluntad, resucítate Tú que te has entregado a Ti mismo libremente con Tu voluntad para nuestra gracia”.
Pero el Señor incluso estando en el Hades, no viene violentamente hacia el hombre esclavizado. Realmente disuelve el reino de la muerte, pero llama a las psiques-almas allí presentes para que respondan a Su llamada. El Señor, incluso allí, predica la fe en Él, de modo que las psiques-almas sean salvadas libremente y resuciten junto con Él. Esto nos lo revela principalmente el apóstol Pedro, cuando nos dice que el Señor “predicó también a los espíritus encarcelados”, para que nadie diga que la salvación vino unilateralmente a los hombres, es decir, solamente para los hombres después de Cristo. Tanto los que vivieron antes de Cristo como los que vivieron después, todos fueron llamados y están llamados con sus responsabilidades personales a rendirse ante Él.
Volviendo al tema, el Sábado Santo puede compararse con la calma que precede a la tormenta. Hay una aparente calma: la vida está a punto de resurgir, la luz está por amanecer. La victoria está dada. Simplemente estamos esperando el momento que aparecerá. “Hoy el Hades grita gimiendo: desapareció mi fuerza, el Pastor fue crucificado y ha resucitado a Adán. He sido privado de aquellos sobre quienes dominaba, y a los que devoraba como fuerte que era, los he vomitado todos. El que fue crucificado ha vaciado las tumbas. Ya el estado y poder de la muerte no tiene fuerza”. El conocido icono de nuestra Ortodoxia de la bajada del Señor al Hades, presenta esta realidad de forma palpable. Es decir, el Señor disuelve el reino de la muerte y se resucita, resucitando simultáneamente también a los hombres, representados por Adán y Eva.
Nuestra Iglesia, con este amanecer de la luz (increada) de la Resurrección que testifica el día de hoy, empezando con la víspera del Viernes Santo, la proyecta triunfalmente ya con sus troparios, que están llenos de alegría y luz; dejamos atrás el luto de los días anteriores, pero también con las vestiduras brillantes del Altar y los ornamentos de los sacerdotes. Todo nos orienta hacia el nuevo día, «el primero de los Sábados, la fiesta de las fiestas y el festival de los festivales».
παπα Γιώργης Δορμπαράκης ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ Padre Jorge Dorbarakis
Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/







