
4º DOMINGO DEL CUARESMA, EVANGELIO MARCOS 9:14-31
Terapia del niño endemoniado, 9:14-31.
14 Cuando llegó a donde estaban los otros nueve discípulos, vio una gran multitud alrededor de ellos, y escribas-gramatís que disputaban intensamente con ellos.
15 Y en seguida toda la gente, viéndole, se asombró, y corriendo a él, le saludaban.
16 Y preguntó a los gramatís-escribas: ¿De qué discutís entre vosotros?
17 Y respondiendo uno de la multitud, dijo: Maestro, traje a ti mi hijo, que está poseído de un espíritu maligno que le ha quitado el habla dejándole mudo,
18 el cual, dondequiera que le toma, le sacude; y echa espumarajos, y cruje los dientes, y se queda seco y tieso; y dije a tus discípulos que lo echasen fuera, y no pudieron.
19 Jesús respondiendo, les dijo: «¡Oh generación incrédula! Que permaneces aún sin creer, a pesar de los milagros que has visto; ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar y tolerar? Traédmelo». Y se lo trajeron;
20 y cuando el espíritu maligno vio a Jesús, sacudió con violencia al muchacho, quien cayendo en tierra, se revolcaba y echaba espumarajos.
21 Jesús preguntó al padre: «¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto?» Y el padre respondió: Desde niño.
22 Y muchas veces le echó en el fuego y en el agua, para matarle; pero si tú puedes hacer algo, ten misericordia/compasión de nosotros, y ayúdanos.
23 Jesús le dijo: «Si puedes creer, al que cree todo le es posible».
24 E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: “Sí creo, Señor, ayúdame a librarme de mi incredulidad y adquirir fe viva.
25 Y cuando Jesús vio que la multitud se agolpaba, reprendió al espíritu inmundo, diciéndole: «Espíritu mudo y sordo, yo te lo ordeno, sal del muchacho y nunca más entres en él».
26 Entonces el espíritu, clamando y sacudiéndole con violencia, salió; y el joven quedó como muerto, de modo que muchos decían: Está muerto.
27 Pero Jesús, tomándole de la mano, le enderezó; y se levantó en pie.
28 Cuando el Señor entró en casa, sus discípulos le preguntaron aparte: ¿Por qué nosotros no pudimos echarle fuera este espíritu impuro?
29 Y les dijo: «Este género de demonios con nada puede salir, sino con oración y ayuno».
30 Habiendo salido de allí, caminaban por Galilea en lugares apartados; y no quería que nadie supiera que pasaba por allí.
31 Porque enseñaba particularmente a sus discípulos, y los informaba que: «El hijo del hombre será entregado en manos de hombres malvados, y le matarán; pero después de muerto, resucitará al tercer día».
LA TERAPIA DEL JOVEN EPILÉPTICO
“Ο ΣΩΤΗΡ” El Salvador
- Los niños a Cristo
Un padre dolorido lleva a su hijo enfermo, quien estaba poseído por un espíritu demoníaco. El joven, que sufría por un demonio mudo, no estaba en condiciones de pedir él mismo la curación al Señor Jesús. En su lugar, es el padre quien se dirige a Cristo. Y Él responde: «Traedlo hacia mí». Y lo trajeron cerca de Él.
Hoy el Cristo pide de nosotros conducir cerca de Él cada niño y cada joven. En un mundo donde el diablo, el asesino de los hombres, usa todos los medios para arrastrar y destruir las almas infantiles y juveniles, las palabras del Señor nos señalan el camino salvador: «Traedlo hacia mí».
Por lo tanto, debemos guiar a los niños hacia el Salvador Cristo Dios. Padres y educadores, debemos intentar protegerlos y armarlos desde una edad temprana con el temor de Dios. Debemos enseñarles ir a la Iglesia y a participar en los santos Misterios. Debemos sembrar en sus psiques-alma las palabras de Dios y alentarlos a luchar conforme a Su voluntad. Incluso, si algunos jóvenes se desvían del camino, debemos intentar señalarles el camino correcto con agapi-amor y discernimiento, y sobre todo, con nuestro buen ejemplo. Al mismo tiempo, debemos elevar por ellos fervientes oraciones, para que se liberen de las garras del diablo y regresen al Redentor, la fuente de la verdadera felicidad.
- Señor ayuda mi incredulidad
El Padre del joven demonizado tenía su fe incompleta; sin embargo, no sabía a dónde más podría tener esperanza. Así que se dirige hacia al Señor y, con palabras que revelan su desesperación e incredulidad, Le dice: “si puedes hacer algo, compadécete de nosotros y ayúdanos”.
Pero la cuestión no es si el Señor Jesús podría hacer el milagro. Es absolutamente cierto que el Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre) tenía la fuerza de ayudar y sanar al joven atormentado.
El obstáculo realmente es la poca fe o incredulidad del padre. Por eso, antes de sanar al niño, el divino Maestro ayuda al padre a sentir y a reconocer su debilidad y confesar con lágrimas: “Creo, Señor, ayuda mi incredulidad”.
El Señor es παντοδύναμος (pantodínamos: todopoderoso, omnipotente). No hay nada que sea imposible para Él. Lo que «limita» Su fuerza es nuestra poca fe e incredulidad. Esta no le permite obrar milagros en nuestras vidas. Recordemos lo que sucedió con los compatriotas del Señor, los de Nazaret. Aunque Él estaba tan cerca de ellos, no creyeron en Él. Por su incredulidad, Nazaret se privó de Sus milagros y obras admirables.
Oremos, pues, al filántropo Señor para que fortalezca nuestra fe. La fe pasa por diversas etapas hasta llegar a su perfección. Debemos decir nosotros también como los Apóstoles: “Señor, aumenta nuestra fe” (Lc 17,5).
Y si alguna vez enfrentamos dificultades y tenemos la sensación de que el Señor no escucha nuestras oraciones, debemos tener paciencia y aprovechar cada prueba para fortalecer y hacer crecer nuestra fe y nuestra dependencia del Todopoderoso Dios.
- Por encima de cualquier otra fuerza
El Señor se volvió hacia el joven que yacía en el suelo, y habló severamente al espíritu sucio, impuro: “Espíritu astuto, mudo y sordo, yo te mando, sal de él, y no entres más en él…”. Te lo ordeno Yo el Hijo y Logos de Dios.
Y el espíritu maligno, después de gritar fuerte y sacudir al niño, salió de él y se fue lejos. Esta es la sorprendente y asombrosa potencia y energía increada de Cristo. Su logos como “una espada aguda” (Apoc 19,15), destruye a los demonios y sus obras astutas y malvadas. El diablo aunque se presenta “como un león rugiente” (1Ped 5,8), no puede parar frente a Cristo. En el nombre del Señor Jesús Cristo se someten todas las fuerzas “de las que están en los cielos, en la tierra y en los abismos debajo de la tierra” (Fil 2,10). El cristiano que invoca el nombre del Señor Jesús con fe y vive unido a Él, no tiene miedo a hechizos, ni el mal de ojo, ni magias, ni la maldición, ni la brujería, ni ninguna otra influencia demoníaca. Lucha con firmeza contra los ataques del maligno y los rechaza con seguridad y certeza, porque cree al Señor Jesús Cristo, παντοδύναμο todopoderoso Dios y Vencedor eterno del diablo y de la muerte.
“Ο ΣΩΤΗΡ” El Salvador Fuente: https://aktines.blogspot.com/
IIII Domingo del Cuaresma: El Cristo, la única terapia y metamorfosis del hombre (Mrc 9,17-31)
Miguel Julis, Teólogo
El Cristo, metamorfoseado en el monte Tabor, dejó que se manifestara y se viera la luz increada de Su doxa-gloria increada, y que los discípulos la percibieran «según podían soportarlo». Así mostró que Él es Dios sobre la tierra y que, porque lo quiere—no por debilidad—, será conducido a la cruz y a la muerte, para favor de la vida del mundo.
Mientras que en el Tabor los discípulos participaban, en la medida de sus posibilidades, paralelamente Sus discípulos en el valle de lágrimas, en los pies de la llana y dura cotidianidad, no pudieron, sin la presencia de Cristo, obrar el milagro y expulsar la influencia satánica del desgraciado niño epiléptico. Allí donde es ausente el Cristo, la fuerza humana por sí sola es débil e impotente. Esto significan las palabras de Cristo: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Y Él mismo continúa: «Si permanecéis unidos en mí, las enseñanzas de mis logos permanecen como tesoro en vuestros corazones, pedid todo lo que queráis, mediante la oración en mi nombre, y os será concedido. En esto será glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto de virtud y así os convertiréis y os haréis dignos discípulos míos» (Jn 15,7-8). Sin la psicoterapéutica, sanadora y universal Jaris (gracia, energía increada) divina, es demostrado que las fuerzas humanas son insuficientes o incluso llenas de arrogancia. Los hombres sin la fuerza de lo alto, no pueden hacer otra cosa que discutir con los discípulos de Cristo, tal y como lo hacían los judíos gramaticales y pasionales de la ley, y ocuparse principalmente en el aspecto intelectual de la fe. Pero la fe viva obra milagros. El Cristo asegura que si tenemos fe del tamaño de un grano de mostaza (muy pequeño, pero que crece hasta convertirse en un árbol), podremos mover montañas (es decir, cualquier dificultad se disipa con la fuerza y energía increada de Dios). No obstante, la duda y la vacilación se consideran fe débil e incompleta, o incluso peor, una «generación incrédula y perversa» que no da frutos (Mateo 17,17).
La enseñanza y los milagros de Jesús son una clara respuesta a sus discípulos, quienes se sintieron seguros y personalmente redimidos en el monte Tabor, creyendo que eso les bastaba: “Maestro, está bien que nos quedemos aquí” (Mr 9,5), dice Pedro a Jesús, puesto que siente que está envuelto del calor cordial de la divina Presencia. Es como si los tres Apóstoles le dijeran: «No necesitamos más el ruido, la ansiedad, la angustia del mundo, pues te tenemos a Ti». Pero el Cristo desciende pronto de Tabor y continúa Su obra de bondad, ofrecimiento, sacrificio y servicio hacia los hombres, porque nadie se sana y se salva sin ofrecerse y servir a su prójimo, saliendo de su egoísmo. Así el Cristo les muestra que es necesario que el mundo cambie carismáticamente y se metamorfosee en βασιλεία (vasilía) realeza increada de Dios. Este es el trabajo de la Iglesia y de los cristianos: la prolongación de la Metamorfosis en la sociedad y en la historia.
El padre del joven epiléptico informa al Θεάνθρωπο (Zeánzropo: Dios y hombre) que su hijo sufre, padece “desde la infancia”. Desde su origen y nacimiento, la naturaleza y el hombre son débiles e imperfectos, y solo la fuerza y energía divina puede ayudarlos y fortalecerlos. La humanidad, sin Dios, es como un niño sin Padre, desierta, abandonada y desorientada. O se encamina hacia Su doxa-gloria increada o se pierde en un camino de confusión, insensatez y absurdo. No existen términos medios ni mundos embellecidos artificialmente. Desgraciadamente muchos hombres utilizan adornos y alteraciones exteriores para olvidarse de su muerte que les viene, o cuidan sus jaulas para que no les recuerde que están en prisión. Sólo la Iglesia es hospital espiritual, donde nos introducimos heridos, como niños en la virtud, y nuestra psicoterapia, sanación y salvación es que salgamos como creyentes psicoterapiados, sanados y carismáticos a través del Espíritu Santo, es decir, sanos, santos y portadores de la divina Jaris, energía increada.
Los discípulos del Señor no pudieron obrar el milagro. Se encontraron en un callejón sin salida. Preguntaban a Cristo: ¿Por qué no pudimos lograrlo nosotros?”. Pero, el milagro solo se realiza a través de Cristo, y además, este no fuerza ni chantajea la voluntad humana. La fe del padre del niño era casi inexistente: “Si puedes hacer algo eléisón nos compadécete o ten misericordia de nosotros”, le dice a Jesús (Marcos 9,22). El Cristo, a continuación, valoró el esfuerzo del padre en creer y ponerse del lado de Dios, más que su fe en sí misma, que era imperfecta y muy débil. El milagro ocurrió. Todo es posible para el Dios. Si la voluntad se dirige hacia el Cielo, el Dios en la mayoría de las veces responde. Los milagros, especialmente por intercesión de la Θεοτόκος (Zeotokos: Madre de Dios) y sus santos, son incontables.
El Cristo recalca a los apóstoles la necesidad de la “oración y ayuno” (Mrc 9,29), para que el creyente pueda avanzar espiritualmente y hacer posible el milagro. La destrucción del orgullo, la llamada personal a Dios, el cambio de rumbo, la catarsis (psicoterapia y sanación) interior y la verdadera agapi-amor desinteresado, solamente se logran mediante la oración y el ayuno. Sobre todo, a través del ayuno, esta virtud olvidada por muchos, son limpiadas, purgadas y expulsadas las fuerzas de miras altaneras, llenas de soberbia y el hombre se ejercita, es decir, domestica su yo enfermo, alineando cada vez más su voluntad con la del Señor Jesús. Así, el caído hombre anterior se encamina hacia la vida santa en el Espíritu Santo y «hacia la perfección, cuya medida es Cristo» (Ef 4,13).
«Todo es posible para el que cree» (Mrc 9,23). Además, el Cristo lo demostró: (a) con sus milagros únicos, con los cuales llamaba y sigue llamando a la comunión con Dios, (b) con su mano sanadora, que ofreció y sigue ofreciendo a todos, como hizo con el niño poseído por un espíritu maligno, al que «tomó de la mano, lo levantó y este se puso en pie» (Mrc 9,27). En pie, derechos y protegidos de las trampas de la vida, de los peligros y de todo mal físico, psíquico y espiritual, podemos permanecer, si extendemos la mano en la ya expuesta mano de ayuda del Dios Triádico, (c) con sus repetidas predicciones a sus discípulos sobre Su inminente muerte martirial y Su resurrección, que fue una puñalada profunda a las entrañas del poderoso hades devorador y la muerte; Su resurrección no solo es precursora que anuncia la victoria temporal sobre el mal, el dolor, los callejones sin salida, los conflictos y las injusticias, sino sobre todo el preludio de nuestra resurrección integral, cuerpo y alma, y de nuestra unión, por la Χάρις (Jaris: gracia, energía increada), con Él, tanto ahora como en la perfección infinita del Paraíso. Amín
Μιχαήλ Χούλη, Θεολόγου Miguel Julis, Teólogo.
4º DOMINGO DEL CUARESMA, EVANGELIO MARC 9,17-31
(†) Obispo Agustino (un loco de Cristo)
El niño, el problema más importante.
Cristo preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Y él dijo: Παιδιόθεν (pediozen) desde niño, desde la infancia (Marc 9,21).
Nuestra tierra, queridos míos, es pobre, los recursos escasos. ¿Cómo vamos a vivir, cómo progresaremos? Los expertos se rompen las cabezas y proponen distintos planes; uno sugiere una cosa, otro sugiere otra, cada uno sugiere lo suyo. Y puede que todo lo que proponen se haga realidad, pero ¿será entonces feliz nuestra patria? Porque la felicidad no está en las carreteras, las plazas, las fábricas, la industria, etc.
La felicidad reside en otra parte. Nuestro problema es otro. El secreto de la felicidad está escondido dentro en el Evangelio que hemos escuchado hoy. Está en una palabra, que si la entendiéramos y la adoptáramos como lema nacional, nuestra patria se convertiría en el país más feliz. ¿Cuál es esta palabra, el “botón” que si lo presionamos veremos el cambio verdadero? Es la palabra: «Παιδιόθεν (pediozen) desde niño», (Mr 9,21). Porque con una palabra del Evangelio basta para sanarnos y salvarnos.
«Παιδιόθεν (pediozen) desde niño», es decir, desde la infancia, desde la cuna. Esta palabra, que el Señor obligó al padre del joven desgraciado a decir, es una advertencia e inspección para todos los adultos. Este «Παιδιόθεν (pediozen) desde niño» significa que, de todos los problemas que tiene una nación, el más importante es el niño, la infancia, la educación de la nueva generación.
El niño de la lectura evangélica de hoy, desde muy temprana edad fue poseído por la influencia demoníaca. Unas veces caía al agua, otras al fuego, espumaba por la boca y rechinaba los dientes. Corrían detrás de él, lo sujetaban, pero la situación seguía igual. El niño se estaba torturando, sufría, pero más se torturaba y sufría el padre. El Evangelio no nos dice cuál era la situación económica del padre. Puede ser que tuviera casas y fortuna, que fuera rico; pero seguramente daría todo lo que tenía para que su hijo sanara. Por lo tanto, la felicidad en su hogar no dependía de sus bienes materiales, sino principalmente de la salud física, psíquica y espiritual de su hijo.
Por tanto, este «Παιδιόθεν (pediozen) desde niño», que hemos escuchado hoy tiene un gran significado también para nosotros. Este joven, que lo torturaban y atormentaban los demonios, es la fotografía, imagen también de la juventud contemporánea, el modelo representativo de los jóvenes y los niños de hoy, cómo viven, cómo se comportan, cuál es su conducta general. Echad un vistazo a vuestro alrededor. Uno insulta, otro es malhablado, otro peor aún blasfema lo divino, otro sale por la noche molesta y asusta las chicas, ninguna chica se atreve a pasar cerca de él, otro levanta la mano y pega a sus padres, otro fuma, se droga, y otro… En general, nuestros jóvenes hoy hacen una vida que provoca gran inquietud. No tienen vergüenza y hacen cosas feas e indecentes por la calle, como los perros rabiosos y los caballos desenfrenados. Crímenes sobre crímenes, cometidos en su mayoría por jóvenes de entre 15 y 30 años.
Muchos se extrañan y se preguntan, cómo se ha degradado así la juventud helena-griega (y la española), cómo se ha demonizado así, peor de lo que hemos escuchado hoy en el evangelio. ¿Se sorprenden? Yo no me sorprendo. Me sorprende y me asombra otra cosa: cómo algunos niños aún logran creer en Dios, ir a la Iglesia y amar a sus padres. Eso es lo que me sorprende. Porque, – debemos admitirlo – todos nosotros somos causantes y responsables de esta decadencia, todos hemos corrompido a la juventud; unos directamente y otros indirectamente. El niño, desde el momento que salga de su casa hasta el momento que regresa, está rodeado de tentaciones. ¿Y qué he dicho? Me he equivocado. Dije «desde que sale de casa», pero no, incluso dentro de casa está en peligro.!
Está en peligro por los malos ejemplos que ve. Además, con solo presionar un botón, todos los demonios del mundo han entrado en su hogar. Está en peligro dentro de casa. Pero cuando sale, está en aún más peligro. Porque afuera lo esperan los grandes demonios; dentro están los pequeños, afuera están los grandes demonios. Y afuera de casa, ¿quién es el primero que lo espera?
El mal amigo. Él tendrá la primera palabra. Y la primera palabra es que no debe escuchar a su madre y a su padre, que no debe prestar atención a las palabras de sus padres. Así comienza la cuesta abajo, la caída…
Después del mal amigo, el joven es esperado por “las mujeres corruptas”. Tenemos los centros más corruptos. El país está lleno de ellos. ¡Esto que lo escuchen los padres!
Otro demonio que espera al joven fuera de casa es la revista vulgar, asquerosa y los anuncios obscenos.
Pero las grandes “escuelas” de corrupción, escuelas con… diplomas, son los espectáculos, el cine y la televisión.
El mal lo completan los campos de fútbol, los distintos juegos de azar, los botellones, las cartas, las loterías, los casinos, los bingos, las tragaperras, toda la basura y la corrupción en general.
Mil diablos, demonios empujan al joven a caer. No solo estos niños, sino incluso si San Antonio el Grande viviera hoy, sería tentado en esta sociedad. Mientras todos empujan al niño al mal, luego se preguntan cómo ha llegado la juventud a este estado degradado. Por eso les digo que yo me extraño cómo existen aún jóvenes que mantienen alta su fe y su honor. Es un milagro de Dios. Sólo la mano de Dios los sostiene.
-Pero el Estado» -dirán- «¿no hace nada? ¿No ve hacia dónde va la juventud?»… Deja al estado. Estado somos todos, y todos somos culpables como dijimos antes. Tiene la culpa también el sacerdote, el maestro, el obispo, pero la mayor responsabilidad es de la tienen los padres. ¿Por qué? porque el padre y la madre están cerca del niño. Porque padre y madre no se llaman así simplemente por haber dado a luz. “Dar a luz es fácil”, dice san Juan el Crisóstomo. También los animales dan a luz hijos, es la ley biológica dentro de la creación. Así que dar a luz es lo fácil. ¿Qué es pues lo difícil? ¡Oh, Dios mío! Lo difícil es tomar este trozo de “carne” que caerá del vientre de su madre, criarlo, educarlo, convertirlo en un ser humano con altos ideales. No solo dar a luz, sino criar correctamente, eso es lo que te hace padre y madre.
¡Qué gran responsabilidad tienen los padres! Pero ¿qué pueden hacer los pobres padres? Llevan a su hijo a la catequesis, lo llevan a confesar… Pero ¿qué puede hacer la catequesis, ¿qué puede hacer la predicación? ¿Qué puede hacer sólo el kerigma? Díganme, si yo construyo y otro destruye, ¿puede construirse una casa? Pues, eso es lo que pasa aquí hoy.
Unos construyen y otros destruyen. La Iglesia construye con las catequesis, la madre, el padre, el maestro construyen…, pero llega el diablo, da una patada y pone todo patas arriba. ¿Cómo pueden ser culpables entonces los padres?
-Pero existen asociaciones de padres» -dirán- ¿Cómo aceptan y toleran ver este desastre?
¡Padres y madres! Les diré ahora cuál es la llave de todo esto.
¿Cuántas manifestaciones ha visto nuestro país? En nuestra época ha habido muchas: manifestaciones por cuestiones importantes, pero también por cosas pequeñas e insignificantes. Pero una cosa no ha visto. Si realmente queremos que este país sobreviva, debe hacerse la manifestación más grande de todas. Las mujeres deben dejar la cocina, los hombres deben dejar las fábricas y las oficinas, todos deben reunirse y gritar. Para qué. No por los alquileres, no por los puentes, no por las plazas, no por nada de eso. Que vayan al ministerio de educación, al obispado, al primer ministro del país, llevando una pancarta grande que tenga escritas las palabras de Cristo, las palabras del Evangelio: «Παιδιόθεν (pediozen) desde niño»
Y si desde una ventana alguno de los que nos gobiernan pregunta:
—»¿Qué les pasa? ¿Qué quieren?»
Debemos responderles:
—«Παιδιόθεν (pediozen) de niño»,
Y si preguntan:
—»¿Qué significa «Παιδιόθεν (pediozen) de niño»?»
Debemos explicarles:
—«Παιδιόθεν (pediozen) de niño», significa la protección de la nueva generación.
Exigimos, primero, que se controle y se prohíban todos los espectáculos inmorales; es una vergüenza que se presenten aquí semejantes «basuras».
Segundo, que en una sola noche la policía arreste y limite a todas las mujeres corruptas, que con su actividad pervierten y arruinan a cualquier persona.
Tercero…, cuarto…, quinto…, sexto…
Padres, ¿lo harán?
¡Oh, qué alegría! Entonces podrán dormir tranquilos.
Si se toman medidas drásticas, en pocos años—vengan y firmemos un contrato— nuestro país se convertirá en el más feliz del mundo.
De lo contrario, el «Παιδιόθεν (pediozen) desde niño», será un juicio y una maldición para nosotros.
Amín
(†) ἐπίσκοπος Αὐγουστῖνος– (†)Obispo Agustino (un loco de Cristo)
Homilía grabada en el templo de San Eleuterio (Libertario), Atenas, 19 de marzo de 1961.
Domingo 4 del Cuaresma: “Si puedes creer, todo es posible para el que cree”.
Metropolis de Pafos Chipre
Queridos hermanos, el vínculo de unión entre los hombres es una condición necesaria para la existencia de las sociedades y la preservación de la estructura social, es la confianza mutua. Sobre la confianza se edifican las relaciones, se forjan las amistades y se sustentan familias. Muchas veces, con compromisos menores o mayores, aceptamos afirmaciones, garantías y promesas de amigos o colaboradores, incluso de nuestro círculo más cercano, nuestra familia. Desgraciadamente, este es el destino de las relaciones humanas. Desde el principio hasta el final siempre permanece también la duda. Y solo nos aliviamos cuando hay un resultado positivo. Pero muchas veces ocurre que nos decepcionamos cuando comprobamos qué superficial, frívolo e infundado era el fundamento y el trato que hemos acordado, confiados en afirmaciones, garantías y promesas fáciles y falsas.
Esto ocurre en las relaciones humanas. Porque existe una otra dimensión y un nivel distinto de relaciones: nuestra relación con el Dios.
Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible.
Esta es la afirmación y la garantía de Jesús. Es la afirmación válida y absoluta hacia al atormentado, entristecido y castigado padre de la parábola del milagro en la lectura evangélica de hoy. También es una observación represiva a Sus discípulos que mostraron poca fe y no lograron sanar al epiléptico. Pero también es un anuncio esperanzador de nuestro Señor hacia todos nosotros que escuchamos esta afirmación y promesa Suya. Nos permite tener todas las esperanzas que provienen del mismo Dios. Mientras que nuestras relaciones con los seres humanos y sus afirmaciones y promesas dependen de numerosos factores y circunstancias impredecibles —su carácter, sus relaciones con otras personas e intereses, las de la vida— en cambio la promesa y la garantía de Jesús permanecen firmes, inalterables e inmutables por los siglos.
También tiene otra característica aún más importante: es absoluta y general. «Todo es posible». No hay limitaciones. Todo se puede hacer. Naturalmente, hay una condición simple, lógica y coherente que es “para el creyente». Todo, sin excepción alguna, es posible y realizable para quien cree sin dudas ni vacilaciones, ni reservas; es condición necesaria e imprescindible si queremos que se cumplan nuestros deseos. El asunto, queridos míos, es fundamental: «¿Puedes creer, tener fe?» ¿Cuánta confianza tenemos en Dios?
Como seres humanos que somos, queridos hermanos míos, buscamos y pedimos cosas que vemos, que podemos percibir con nuestros sentidos, principalmente con nuestros ojos y manos. En ellas, que hoy las tenemos y mañana las perdemos, depositamos nuestra confianza. Sin embargo, conocemos que son temporales, pasajeras y perecederas. Tal como son temporales y perecederas nuestras relaciones con los demás, por muy amistosos y cariñosos que sean hacia nosotros. En cambio, creemos que lo Divino está lejos de nosotros. Cerramos los ojos de nuestra psique-alma y no tenemos en cuenta la constante y absoluta presencia de Dios en nuestra vida diaria, a través de las donaciones y bendiciones habituales y sencillas de Dios.
También con nuestras oraciones, con nuestros pensamientos y deseos más íntimos oramos y pedimos a Dios. Algunas veces estas peticiones y demandas son paradójicas, tontas o incluso ya las tenemos sin darnos cuenta. Esperamos correspondencia inmediata de Dios. Pero debe llegar en el momento adecuado. Y solo Dios sabe cuál es ese momento.
¿Cuánto habría luchado aquel pobre padre por su hijo desgraciado y atormentado? De cuántos más habría pedido ayuda antes. Cuántas veces habría rogado a Dios sanar a su hijo. Sin embargo, el momento adecuado para su sanación llegó más tarde. Primero recurrió a los discípulos, quienes no valoraron ni creyeron en el poder que el Señor les había dado. «Generación incrédula», fueron calificados por el Jesús. El momento adecuado para el hijo enfermo y para el atormentado padre, llegó cuando se acercó a Jesús. Sintió la fe en su psique-alma. Por eso se acercó a Cristo. Pero consideraba muy grande y exagerada su petición. Por lo que él sabía, nadie jamás había sido curado antes. Mantenía cierta duda. «Creo Señor, ayuda mi incredulidad o falta de fe».
Llanto de agonía y angustia del padre. Con gran humildad, confesó la debilidad de su fe, pero pidió a Jesús que la fortaleciera. Por un momento, olvidó su petición por su hijo y en su lugar pidió al Señor que le ayudara a superar su falta de fe. ¡Y el milagro ocurrió!
Para Jesús, conocedor de todos los corazones, esa súplica de ayuda fue suficiente. Dio a entender que el milagro lo realizó el padre con la declaración de su fe. Para los discípulos fue una lección grande y esencial. Por eso para la multitud que presenciaba al Maestro y fue informada sobre el acontecimiento, fue una oportunidad de alabar y glorificar a Dios.
Me detendré, queridos míos, en un punto último. «Todo es posible para el que cree». Se sobreentiende que esto se refiere a quien cree en Dios y ora a Él. Hemos visto que tenemos mucha experiencia de la desafortunada confianza en los hombres. Pero aquel que cree en Dios, ¡puede hacer cualquier cosa, todo! Tal como lo presenta aquí el Señor, el poder de obrar milagros se atribuye a quien lo desea y tiene una fe firme e inquebrantable, sin dudas. Por lo tanto, cualquiera de nosotros, con oración y ayuno que catartizan, purgan, psicoterapian y sanan el νούς (nus: espíritu de la psique-alma) y la mente, puede hacer milagros cuando se apoya en Dios con agapi-amor incondicional y fe inquebrantable. Él nos escucha, nos ve y sabe cuándo debe concedernos lo que deseamos y pedimos con fe.
Queridos hermanos, ¡creedme, el Dios está a nuestro lado y nos escucha porque nos ama! Amín.
Metropolis de Pafos Chipre. Fuente: https://aktines.blogspot.com/
Traducido por Jristos Jrisulas Χρῆστος Χρυσούλας www.logosortodoxo.com







