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Jun 07 2024

Filocalía, tomo 1 San Casiano el Romano Sobre los ocho pensamientos y conceptos de la maldad y sobre el discernimiento.

 

Φιλοκαλία των Ιερών Νηπτικών, Τόμος Α΄ 

 Άγιος Κασσιανός ο Ρωμαίος 

Προς τον επίσκοπο Κάστορα, περί των οκτώ λογισμών της κακίας

Λόγος προς τον ηγούμενο Λεόντιο, για τους αγίους Πατέρες της Σκήτης και για την διάκριση

Filocalía de los Padres Nípticos, tomo 1

San Casiano el Romano

a) Hacia Obispo Castor, sobre los ocho pensamientos y conceptos de la maldad

b) Logos sobre el abad Leontio, sobre los santos Padres de la Skiti Asceterio 

c) Sobre el discernimiento.

 

Habiendo previamente redactado el logos escrito «Sobre la formación de los Monasterios», con la confianza en tus oraciones, intentamos nuevamente escribir sobre los ocho pensamientos y conceptos de la maldad: la glotonería, la lujuria, la avaricia, la ira, la tristeza, la acedia, la vanagloria y el orgullo.

a) Hacia Obispo Castor, sobre los ocho pensamientos y conceptos de la maldad

  1. Sobre la continencia del vientre

Primero hablaré sobre la εγκράτεια engratia (continencia, autodominio, templanza) en las comidas, que es lo opuesto a la glotonería o gula, y sobre el modo de ayunar y la cantidad de alimentos. Y esto, no de mi propio conocimiento, sino según lo que hemos recibido de los santos Padres. Ellos, pues, no han entregado una única regla de ayuno, ni un único modo de alimentación, ni la misma medida, porque no todos tienen la misma fuerza, ya sea por edad, enfermedad o mejor condición física. Sin embargo, han dado a todos un único propósito: evitar la abundancia y rechazar la saciedad del vientre. Han observado en la práctica que es más beneficioso y ayuda a la pureza comer una vez al día en lugar de comer cada tres, cuatro o siete días. Porque dicen, aquel que se extiende excesivamente en el ayuno, después come excesivamente. Y debido a esto, a veces por la excesiva abstinencia de alimentos el cuerpo se debilita y se vuelve más reacio a las labores espirituales, y otras veces cuando se llena por el peso de las comidas, provoca negligencia y debilitamiento de la psique-alma. Asimismo, los santos Padres han probado y visto que no es para todos adecuada la alimentación con hierbas, ni con legumbres, ni todos pueden alimentarse solo con una rebanada de pan tostado. Y como dijeron, uno puede comer dos libras de pan y aún tener hambre, mientras que otro come una libra o seis onzas y se siente satisfecho. Por tanto, como dije, han entregado a todos una única regla de continencia: no dejarse engañar por la saciedad del vientre (Prov 24, 15), ni dejarse llevar por el placer del paladar. Porque no solo es la diferencia en la calidad de los alimentos, sino también la cantidad la que enciende los dardos ardientes (Efe 6, 16) de la lujuria y fornicación. Porque con cualquier alimento cuando el vientre se llena, genera la semilla de la corrupción. Y nuevamente, no solo la crápula del vino trae la embriaguez, borrachera y el mareo a la mente, sino también la abundancia de agua y el uso excesivo de cualquier alimento la aturden y la llevan al sueño. La causa de la destrucción de los sodomitas no fue la embriaguez del vino y los diversos alimentos, sino la abundancia de pan, según el profeta (Ezequiel 16, 49).

La enfermedad del cuerpo no es contraria a la pureza del corazón, cuando damos al cuerpo lo que requiere la enfermedad, no lo que desea el placer hedonista. Usamos los alimentos para vivir, no para esclavizarnos a los impulsos del deseo hedonista. La alimentación moderada y dentro de límites razonables ayuda a la salud del cuerpo, no quita la santidad. La regla precisa de la continencia, como la entregaron los Padres, es detenernos de comer antes de saciarnos. Y el Apóstol que dijo: «No os preocupéis de la carne para satisfacer sus deseos» (Rom 13, 14), no impidió el gobierno necesario de la vida, sino que prohibió la preocupación placentera hedonista.

Además, para la pureza perfecta de la psique-alma, no basta solo la continencia en los alimentos, si no concurren también las demás virtudes. Por tanto, la humildad con la obediencia y la mortificación del cuerpo benefician mucho. La abstinencia de la avaricia, no solo el no tener dinero, sino también el no desearlo, conduce a la pureza de la psique-alma. La abstinencia de la ira, de la tristeza, de la vanagloria, del orgullo, todo esto produce la pureza general de la psique-alma. La pureza parcial de la psique-alma, a través de la sobriedad, la logran especialmente el ayuno y la continencia. Porque es imposible que aquel que tiene el vientre lleno, haga una guerra mental y espiritual con el νούς nus (espíritu de la psique) contra el espíritu de la lujuria y fornicación. Así que, nuestro primer esfuerzo y lucha debe ser contener nuestro vientre y someter el cuerpo. No solo con el ayuno, sino también con la vigilia, el trabajo y las lecturas espirituales y con el recogimiento del corazón en el temor del infierno y el deseo del reinado de la Realeza increada de los Cielos.

  1. Sobre el espíritu de la lujuria, fornicación y el deseo carnal

El segundo combate y lucha que debemos enfrentar es contra el espíritu de la lujuria y el deseo carnal, el cual deseo comienza a molestar al ser humano desde temprana edad. Esta lucha es grande y difícil y tiene dos frentes. Porque, mientras que otros defectos libran la batalla solo en la psique-alma, la guerra carnal es doble, tanto en la psique-alma como en el cuerpo. Y por eso debemos emprender una guerra doble. Porque no basta el ayuno corporal para alcanzar la perfecta sobriedad, la templanza y la verdadera castidad, si no se acompaña de la contrición del corazón, la oración continua a Dios, el estudio frecuente de las Escrituras, el esfuerzo y el trabajo manual, que pueden frenar los impulsos desordenados de la psique-alma y apartarla de las fantasías obscenas. Sobre todo, ayuda la humildad de la psique-alma, sin la cual nadie puede vencer ni la lujuria o fornicación ni ninguna otra pasión o pazos. Primero, entonces, debemos con todo cuidado guardar nuestro corazón (Prov 4, 23) de pensamientos y conceptos impuros. Porque del corazón salen, como dijo el Señor, pensamientos malos, homicidios, adulterios, fornicaciones y demás (Mateo 15, 19).

Y el ayuno no se ha instituido solo para el sufrimiento del cuerpo, sino también para la atención y sobriedad del νούς nus (espíritu de la psique) y la mente, para que el νούς nus con la mente no se oscurezca por la glotonería y se vuelva incapaz de vigilar los pensamientos. Por lo tanto, no debemos poner toda nuestra atención solo en el ayuno corporal, sino también en la vigilancia de los pensamientos y en el estudio espiritual, sin los cuales es imposible elevarnos a la altura de la verdadera castidad y pureza. Así, debemos limpiar primero, según el mandato del Señor, el interior del plato y del vaso, para que también su exterior quede limpio (Mateo 23, 26).

Por eso, si tenemos el propósito de luchar legítimamente y recibir la corona (2Tim 2, 5), después de vencer el espíritu impuro de la lujuria o fornicación, no debemos confiar en nuestra propia fuerza y ejercicio, sino en la ayuda de nuestro Señor y Dios. Porque el hombre no deja de ser combatido por este espíritu hasta que cree verdaderamente que no por su propio esfuerzo y trabajo, sino con la ayuda de Dios se libera de esta enfermedad y asciende a la altura de la castidad. Y esto es algo que está por encima de la naturaleza. De alguna manera, aquel que ha sometido las excitaciones de la carne y los placeres hedonistas se eleva por encima del cuerpo. Por eso, es imposible que el hombre (por decirlo así) con sus propias alas vuele hacia el alto y celestial premio de la santidad y se convierta en imitador de los ángeles, si la χάρις jaris (gracia, energía increada) de Dios no lo eleva de la tierra y del barro. Porque con ninguna otra virtud los hombres, con la carne que llevan, se asemejan más a los ángeles que con la virtud de la sobriedad. Con esta virtud, aunque están aún en la tierra, su ciudadanía y su forma de gobernarse en la tierra están en los cielos, según el Apóstol Pablo (Fil 3, 20).

La señal de que hemos alcanzado completamente esta virtud es que la psique-alma no se apegue en el sueño a ninguna imagen de fantasía obscena. Porque aunque no se considera pecado esta reacción en el sueño, es un signo de que la psique-alma está enferma y no se ha liberado del πάθος pazos (pasión, vicio) carnal. Por eso, las fantasías obscenas que nos vienen en el sueño, debemos creer que son una advertencia de nuestra negligencia anterior y de nuestra enfermedad, ya que la enfermedad oculta en lo más profundo de nuestra psique-alma se revela durante la polución (flujo) nocturna durante el descanso del sueño. Por eso, el Médico de nuestras psiques-almas ha puesto el remedio en lo más profundo de la psique-alma, donde sabía que también se encuentran las causas de la enfermedad, diciendo: «Todo el que mira a una mujer con deseo, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón» (Mateo 5, 28). No corrige tanto los ojos curiosos y lujuriosos, como la psique-alma que reside en nosotros, que usa mal los ojos que Dios ha dado para el bien del hombre. Por eso, el sabio Proverbio no dice: «De todas maneras cuida tus ojos», sino: «De todas maneras cuida tu corazón» (Prov 4, 23). Es decir, ha puesto el remedio de la atención en el corazón que utiliza los ojos para lo que desea y quiere.

Así pues, esta debe ser la guardia y protección de nuestro corazón: cuando venga a nuestra mente el recuerdo de una mujer, ya sea madre, hermana u otras mujeres piadosas, que haya surgido por obra de la astucia del diablo, debemos inmediatamente apartarlo de nuestro corazón, no vaya a ser que al persistir mucho en ese recuerdo, el engañador, el diablo, nos arrastre al mal y nos precipite en el abismo de pensamientos obscenos y perjudiciales. Asimismo, el mandato dado por Dios al primer hombre nos ordena aplastar la cabeza de la serpiente (Gén. 3, 15), es decir, el inicio de los pensamientos dañinos, a través de los cuales intenta infiltrarse en nuestras psiques-almas. De lo contrario, al aceptar la cabeza, que es el inicio del pensamiento, aceptaremos también el resto del cuerpo de la serpiente, que es el consentimiento al placer hedonista, y esto precipitará nuestra διάνοια diania (mente, intelecto) en la acción, praxis ilegal.

Según las Escrituras, cada mañana debemos exterminar a todos los pecadores de la tierra (Sal. 100, 8), es decir, con la luz de la gnosis (conocimiento espiritual) discernir y eliminar los pensamientos pecaminosos de la tierra, la cual (tierra) es nuestro corazón, conforme a la enseñanza del Señor. Y mientras los hijos de Babilonia, es decir, los pensamientos astutos malvados, aunque sean pequeños, debemos golpearlos contra la roca (Sal. 136, 9), la cual roca es el Cristo. Porque si los pensamientos infantiles crecen y se fortalecen debido a nuestro consentimiento en ellos, no serán derrotados sin gran gemido y esfuerzo.

Después de lo que hemos dicho de la Sagrada Escritura, es bueno recordar también las palabras de los santos Padres. Así, San Basilio el Grande, obispo de Cesarea de Capadocia, dijo: «Ni conozco mujer ni soy virgen». Conocía tanto esto, que indicaba que el don de la virginidad o castidad no se logra solo con la abstinencia de mujeres, sino con la santidad de la psique-alma y la pureza, que se alcanzan con el temor de Dios. También dicen los Padres que no podemos adquirir completamente la virtud de la castidad si no obtenemos primero la verdadera humildad en nuestro corazón. Ni podemos ser considerados dignos de adquirir la verdadera gnosis divina (conocimiento espiritual) si en lo más recóndito de nuestra psique-alma reside la pasión de la lujuria. Mostraremos también por el Apóstol cuán grande es la hazaña de la sobriedad, y después de mencionar una sola frase suya, concluiremos: «Procurad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor» (Heb. 12, 14). Que se refiere a nuestro tema es evidente por lo que dice inmediatamente después: «Que ninguno sea fornicario o profano como Esaú» (Heb. 12, 16).

Así pues, tan celestial y angélica es la hazaña de la santidad, que es combatida con más pesadas conspiraciones y engaños por los enemigos demonios. Por ello, debemos esforzarnos en tener no solo la abstinencia y continencia o autodominio del cuerpo, sino también la contrición del corazón y frecuentes oraciones con gemidos, para apagar con el rocío del Espíritu Santo el horno de nuestro cuerpo y carne, que el rey de Babilonia enciende diariamente con los asaltos y estímulos del deseo (Dan. 3, 19).

Además de esto, la vigilia según Dios es un arma poderosa para esta lucha. Porque así como la atención y la protección del día prepara la santidad nocturna, así también la vigilia nocturna según Dios prepara y facilita la pureza de la psique-alma del día.

  1. Sobre la φιλαργυρία filargiría avaricia, amor al dinero

El tercer combate o lcha es contra el espíritu de la φιλαργυρία filargiría (avaricia, codicia, amor al dinero), una lucha que es ajena y externa a la naturaleza humana, y que surge debido a la falta de fe del cristiano y del monje. Porque las provocaciones y estimulaciones de otras pasiones, me refiero a la ira y al deseo, tienen sus causas en el cuerpo y, en cierto modo, son innatas y comienzan desde el nacimiento. Por ello, se necesita mucho tiempo para vencerlas y gestionarlas bien. Sin embargo, la enfermedad de la avaricia viene de afuera y puede ser cortada más fácilmente si uno la aplica y la realiza con diligencia y atención. Pero si se descuida, se vuelve más destructiva que las otras pasiones y es difícil de erradicar, porque, según el Apóstol, es la raíz de todos los males (1Tim. 6, 10).

Pensemos de la siguiente manera: los movimientos naturales del cuerpo existen no solo en los niños, que aún no tienen juicio del bien y del mal, sino también en esos bebés que toman leche y que no tienen ni un rastro de placer, sin embargo, muestran signos de tener movimientos carnales por naturaleza. Asimismo, el aguijón de la ira se observa en los niños, cuando los vemos agitarse vigorosamente contra quienes los han molestado. Y esto no lo digo para acusar a la naturaleza como causa del pecado, de ningún modo, sino para mostrar que la ira y el deseo, aunque fueron unidos al hombre por el Creador para el bien y son, en cierto modo, características naturales del cuerpo, caen en acciones antinaturales debido a la negligencia. Porque el movimiento del cuerpo fue dado por el Creador para la procreación y la perpetuación de la humanidad mediante la sucesión y no para la lujuria o fornicación. Y la ira ha sido sembrada en nosotros para nuestra salvación, para que nos enfademos contra la maldad y no nos convirtamos en bestias contra los hombres. Por lo tanto, si usamos la ira y el deseo para el mal, no es la naturaleza humana pecaminosa ni debemos culpar al Creador, así como no culpamos a quien dio a otro una herramienta de hierro para un trabajo necesario y beneficioso, y este la usó para cometer un asesinato.

Dicho esto, para demostrar que la pasión de la avaricia no proviene de la naturaleza, sino solo de una disposición muy mala y corrupta. Porque esta enfermedad de la avaricia, cuando encuentra una psique-alma tibia e incrédula, al comienzo de la renuncia, le sugiere pretextos justos y aparentemente razonables para retener algunas de sus posesiones. Le dice que tendrá una vejez prolongada y enfermedades, y que lo que el monasterio da para las necesidades no es suficiente ni para un enfermo ni para un sano, y que aquí no cuidan a los enfermos como deberían, sino con mucha negligencia, y que si no ha guardado el oro o el dinero, morirá miserablemente.

Por último, le sugiere la idea de que tampoco puede permanecer mucho tiempo en el monasterio debido al trabajo pesado y la severidad del abad. Y cuando engaña su διάνοια diania mente con tales pensamientos, para adquirir al menos un denario, entonces lo persuade para que aprenda un oficio manual en secreto del abad, con el cual pueda aumentar el dinero que tanto desea. Más adelante, lo engaña miserablemente con esperanzas ocultas y le susurra las ganancias que obtendrá de su trabajo y el descanso y la despreocupación que conseguirá. Y una vez que se entrega completamente al pensamiento del lucro, no presta atención a ningún otro mal; ni la rabia de la ira si sufre algún daño, ni la oscuridad de la tristeza si no logra la ganancia, pero así como para algunos se convierte su dios su vientre (Fil. 3, 19), así para él su dios es el oro o el dinero. Por eso, el bienaventurado Apóstol Pablo, sabiendo esto, no solo llamó a la avaricia la raíz de todos los males, sino también idolatría (1 Tim. 6, 10).

Veamos entonces a cuánta maldad arrastra esta enfermedad al hombre, llevándolo incluso a la idolatría. Porque cuando el avaro aparta su mente del amor de Dios, ama ídolos, es decir, imágenes grabadas de hombres que están esculpidas en las monedas. Con tales pensamientos, se oscurece el monje o el cristiano y avanza hacia lo peor, no puede tener ninguna obediencia, se indigna, cree que padece injustamente y se queja de cada trabajo, objeta y, sin ningún respeto, como un animal salvaje, se precipita hacia el abismo. Ni siquiera se contenta con la comida diaria y protesta que no puede soportar hasta el final. Y dice que Dios no está solo allí, ni que la salvación se encuentra exclusivamente allí, y que si no se va de ese monasterio, se perderá.

Y así, teniendo como colaborador de su opinión corrupta el dinero que guarda, lo siente como alas y con ellas planea huir del monasterio. Por lo tanto, responde con orgullo y dureza a todas las órdenes que se le dan y, considerándose a sí mismo como un extraño y un intruso, si ve que algo necesita ser corregido en el monasterio, lo descuida y desprecia y critica todo lo que se hace. Luego busca pretextos para enojarse y entristecerse, para que no lo tomen por frívolo y que se va del monasterio sin causa. Y si puede engañar a otro con sus murmullos y palabras vanas y sacarlo del monasterio, también lo hace para tener un colaborador. Así, pues, encendido por el fuego de su dinero, el avaro nunca puede encontrar paz en su monasterio ni vivir bajo regla.

Y cuando el diablo, como un lobo, lo arranca del redil y lo separa del rebaño y lo lleva para devorarlo, entonces lo lleva al punto de hacer con gran diligencia en su celda los trabajos que detestaba hacer a las horas señaladas en el monasterio cenobio (de vida común), tanto de día como de noche. Y no le permite aplicar y cumplir ni los hábitos o costumbre de las oraciones, ni los ayunos, ni la regla de las vigilias, sino que, una vez que lo tenga atado por la locura de la φιλαργυρία filargiría (avaricia, codicia, amor al dinero) le convence que toda su disposición y diligencia la dirija a su trabajo manual.

Tres son las formas de esta enfermedad, las cuales son igualmente prohibidas por las Sagradas Escrituras y las enseñanzas de los Padres. Una forma es la que hace que los que eran pobres intenten ahora obtener lo que no tenían en el mundo.

Otra es la que hace que aquellos que una vez renunciaron al dinero cuando se hicieron monjes, se arrepientan y los pone a que busquen las cosas que ofrecieron a Dios.

La tercera es la que, desde el principio, después de atar al monje con incredulidad y tibieza, no le permite liberarse completamente de las preocupaciones mundanas, inculcándole miedo a la pobreza y desconfianza en la providencia de Dios, haciéndolo romper las promesas que hizo cuando renunció al mundo.

Encontramos ejemplos de estas tres formas condenadas en la Sagrada Escritura. Así, Giezi, porque deseó obtener dinero que no tenía antes, no consiguió la χάρις jaris gracia profética que su maestro quería dejarle como herencia. En lugar de una bendición, heredó la lepra eterna con la maldición del Profeta (2 Reyes 5, 25).

Y Judas, que quiso tomar dinero que había dejado anteriormente al seguir a Cristo, no solo cayó en la traición del Señor y se separó del coro de los Apóstoles, sino que también terminó su vida con una muerte violenta (Mateo 27, 5).

Ananías y Safira, al guardar parte de lo que tenían, fueron castigados con la muerte por la boca apostólica (Hechos 5, 1-10).

El gran Moisés en el Deuteronomio da una advertencia secreta a aquellos que prometen renunciar y abandonar el mundo y que por miedo e incredulidad se aferran nuevamente a las cosas terrenales: “Si alguien es cobarde y miedoso, no vaya a la guerra, sino regrese a casa y sentarse, no sea que haga que sus hermanos también teman” (Deut 20, 8).

¿Existe un testimonio más claro y certero? ¿No aprendemos de esto que aquellos que renuncian al mundo deben renunciar completamente a todo y así salir a la batalla, y no hacer un comienzo tibio y corrupto, alejando a otros de la perfección evangélica y llevándolos a la cobardía?

Lo que dice bien la Sagrada Escritura: “Es más bienaventurado dar que recibir” (Hechos 20, 35), lo interpretan mal, apresurándose hacia su engaño y el deseo de la avaricia, malinterpretando el dicho y la enseñanza del Señor que dice: “Ya que quieres ser perfecto, anda, vende tus posesiones y repártelas a los pobres, y adquirirás un tesoro en los cielos, después ven y sígueme” (Mateo 19, 21). Y así concluyen que es mejor que la pobreza dominar su riqueza y de ella dar a los necesitados.

Que aprendan estos que aún no han renunciado al mundo, ni han alcanzado la perfección monástica, ya que se avergüenzan de hacerse pobres por Cristo como el apóstol Pablo y con el trabajo de sus manos sostenerse a sí mismos y asistir a los necesitados (Hechos 20, 34) y cumplir con obras la promesa monástica y ser glorificados junto con el Apóstol. Y habiendo dispersado su antigua riqueza, luchar con Pablo la buena batalla con hambre y sed, con frío y desnudez (2 Tim. 4, 7). Porque si el Apóstol supiera que su antigua riqueza era más útil para la perfección del hombre, no la habría despreciado, ya que era un ciudadano romano distinguido (Hechos 22, 25).

Pero también los cristianos de Jerusalén vendían sus casas y campos y ponían el precio a los pies de los Apóstoles (Hechos 4, 34). No harían esto si supieran que los Apóstoles consideraban mejor alimentarse de sus propios bienes y no del trabajo de sus manos y de las ofrendas de los gentiles.

Más claramente enseña sobre esto el apóstol Pablo con lo que escribe a los romanos: “Ahora voy a Jerusalén para servir a los santos… Quisieron ayudar, y también eran deudores de ellos” (Romanos 15, 27). Y él mismo, estando en cadenas y prisiones muchas veces y agobiado y cansado por el viaje, lo cual le impedía trabajar como solía con sus manos para obtener lo necesario, enseña que recibió esto de los hermanos que vinieron de Macedonia, diciendo: “Los hermanos que vinieron de Macedonia completaron lo que me faltaba” (2 Cor. 11, 9). Y a los filipenses les escribe: “Sabéis también vosotros, filipenses, que al principio del evangelio, cuando partí de Macedonia, ninguna Iglesia compartió conmigo en cuanto a dar y recibir, sino solo vosotros, porque aun en Tesalónica me enviasteis una y otra vez para mis necesidades” (Filip. 4, 15).

Por tanto, que ellos sean también según la opinión de los avaros, más felices que el Apóstol porque de sus bienes le proporcionaron los necesarios. Pero nadie llegará a tal insensatez para decir eso.

Así que, si queremos seguir el mandato evangélico y la Iglesia establecida por los Apóstoles desde el principio, no debemos basarnos en nuestras opiniones subjetivas ni interpretar mal las cosas que han sido bien dichas. Sino que debemos abandonar nuestra opinión tibia e incrédula y grabar firmemente en nuestra mente la precisión del Evangelio. Así, podremos seguir las huellas de los Padres y nunca alejarnos de la atención y diligencia del monasterio cenobio (de vida común), renunciando verdaderamente a este mundo.

Es útil recordar aquí las palabras de un santo. San Basilio el Grande, obispo de Cesarea de Capadocia, le dijo a un senador que renunció al mundo con tibieza y retuvo parte de su dinero: «Perdiste el senado y no te convertiste en monje».

Debemos con todo esmero arrancar de nuestra psique-alma la raíz de todos los males, que es la φιλαργυρία filargiría (avaricia, codicia, amor al dinero) sabiendo bien que cuando la raíz permanece, las ramas brotan fácilmente. Pero esta virtud es difícil de alcanzar si no vivimos en un monasterio cenobio (de vida en común), donde no nos preocupamos ni siquiera por nuestras necesidades básicas. Recordando la condena de Ananías y Safira, nos aterrorizamos si queremos conservar algo de nuestra antigua propiedad. Además, temamos el ejemplo de Giezi, quien, debido a su avaricia, fue entregado a la lepra eterna. Y recordemos el ahorcamiento de Judas, temiendo tomar de nuevo algo de lo que despreciamos al convertirnos en monjes.

Sobre todo, tengamos siempre presente la incertidumbre de la muerte, no sea que en una hora inesperada venga nuestro Señor (Mateo 24, 44) y encuentre nuestra conciencia manchada de φιλαργυρία filargiría (avaricia, codicia, amor al dinero) y nos diga lo que dijo en el Evangelio al rico: «Necio, esta noche pedirán (los demonios) tu psique-alma; lo que has preparado, ¿para quién será?» (Lucas 12, 20).

  1. Sobre la ira

El cuarto combate y lucha es contra el espíritu de la ira. Es necesario, con la ayuda de Dios, cortar el veneno mortal de la ira desde lo más profundo de nuestro corazón. Porque mientras este espíritu maligno permanezca en nuestro corazón, cegando con sus turbaciones oscuras los ojos de nuestra psique-alma, no podemos discernir el beneficio de nuestra psique-alma, ni alcanzar la divina gnosis o conocimiento espiritual, ni poseer la perfección del buen pensamiento, ni participar en la verdadera vida espiritual, ni puede nuestrο νούς nus (espíritu de la psique) recibir la luz divina y verdadera. Pues está escrito: «Se turbaron mis ojos a causa de la ira» (Salmos 6, 8). Tampoco podemos participar de la sabiduría divina, aunque otros nos consideren muy sabios, porque está escrito: «El enojo reposa en el seno de los necios» (Eclesiastés 7, 9). Tampoco podemos adquirir lοs pensamientos y conceptos salvadores del discernimiento, aunque los hombres nos consideren prudentes, porque está escrito: «La ira destruye incluso a los prudentes» (Prov 15, 1). Ni podemos administrar justicia con un corazón cuidadoso, sereno y sobrio, ya que está escrito: «La ira del hombre no produce la justicia de Dios» (Santiago 1, 20). Ni podemos obtener la modestia y la dignidad que todos los hombres alaban, porque está escrito: «El hombre iracundo no es decoroso» (Proverbios 11, 25).

Quien quiera alcanzar la perfección y desea luchar legítimamente en el combate espiritual, debe estar libre del defecto de la ira y del enojo, y escuchar lo que ordena el cáliz de elección, el apóstol Pablo: «Toda amargura, ira, enojo, griterío, blasfemia y maledicencia sean quitados de vosotros, junto con toda malicia» (Efesios 4, 31). Al decir «toda», no nos dejó ninguna excusa para la ira, ni como necesaria ni como razonable. Quien quiera corregir a su hermano cuando peca o imponerle una penitencia, debe asegurarse de permanecer tranquilo, no sea que, queriendo sanar a otro, se enferme él mismo y escuche las palabras del Evangelio: «Médico, cúrate a ti mismo» (Lucas 4, 23). Y también: «¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no consideras la viga en tu propio ojo?» (Mateo 7, 3).

Porque si por cualquier motivo se calienta mucho el impulso de la ira, ciega los ojos de la psique-alma y no la deja ver el sol de la justicia. Así como quien pone sobre sus ojos cubiertas de oro o de plomo, igualmente impide la visión y en la ceguera no hace diferencia el valor del oro, así también por cualquier motivo, razonable o irracional, si se enciende la ira, se oscurece la visión espiritual.

Solo usamos la ira de manera adecuada y natural cuando la dirigimos contra los pensamientos pasionales, viciosos, indecentes y hedonistas. Así lo enseña el profeta: «Enójense y no pequen», es decir, enfádense con sus pasiones indecentes y pensamientos y conceptos malignos, pero no pequen ejecutando lo que estos les dictan. Esto también lo expresa el siguiente versículo: «Mediten en sus corazones, en sus camas, y cállense» (Salmos 4, 5). Es decir, cuando lleguen a su corazón pensamientos y conceptos malignos, aléjenlos con ira y entonces, en la tranquilidad de la psique-alma como en una cama, arrepiéntanse con katánixis compunción, dilatación del corazón.

El bienaventurado Pablo también se refiere a esto cuando menciona este versículo y añade: «No se ponga el sol dejándoles con el enojo y enfado, ni den lugar al diablo» (Efesios 4, 27), es decir, no dispongan  así al Señor Jesús, el Sol de justicia, a enojarse con ustedes por consentir en malos λογισμοί loyismí (conceptos, pensamientos simples o unidos con la fantasía), de modo que se pongan en vuestros corazones y se alejen, permitiendo al diablo encontrar espacio con la partida de Cristo. Sobre este sol, Dios dice a través del profeta: «Para ustedes que temen mi nombre, se levantará el sol de justicia y sus alas traerán la psicoterapia y la terapia » (Malaquías 4, 2). Si tomamos el mandato literalmente, no se nos permite mantener la ira o enfado hasta la puesta del sol.

Entonces, ¿qué diremos de nosotros mismos que, por la ferocidad y furia de nuestro estado psíquico emocional o pasional, no solo mantenemos la ira hasta la puesta del sol, sino que la conservamos por muchos días? No solo expresamos la ira con palabras, sino que con nuestro silencio aumentamos el veneno del resentimiento y rencor para nuestra destrucción espiritual. No comprendemos que debemos abstenernos no solo de la ira activa, sino también de la ira mental y psíquica, para que nuestrο νούς nus (espíritu de la psique) y nuestra mente no se oscurezcan con la sombra del rencor y caiga del conocimiento espiritual y del discernimiento, quedando privado de la residencia del Espíritu Santo.

Por eso el Señor en los Evangelios nos manda dejar nuestra ofrenda en el altar y reconciliarnos primero con nuestro hermano (Mateo 5, 23), porque no es posible que sea aceptable si mantenemos ira, resentimiento y rencor dentro de nosotros. El apóstol también nos enseña lo mismo, diciendo: «Oren sin cesar» (1 Tesal 5, 17) y «En todo lugar, levantando manos santas sin ira ni contiendas y pensamientos de incredulidad» (1 Tim 2, 8). Por lo tanto, o no debemos orar nunca, lo que nos hace responsables ante el mandato apostólico, o debemos esforzarnos en seguir la orden y orar sin ira ni rencor, ni resentimiento.

Y como muchas veces, cuando nuestros hermanos se sienten heridos, entristecidos o perturbados, somos indiferentes diciendo que no se molestaron por nuestra causa; el Médico de psique-almas, es decir, el Psicoterapeuta (CristoDios), queriendo erradicar estas excusas, nos manda dejar nuestra ofrenda y reconciliarnos no solo si estamos molestos con nuestro hermano, sino también si él está molesto con nosotros, justa o injustamente. Debemos psicoterapiarlo y curarlo dando explicaciones, y luego ofrecer nuestro regalo. ¿Por qué insistir mucho en los mandamientos evangélicos cuando también podemos aprender de la antigua ley, que aunque se considera más indulgente, dice: «No sientas en tu corazón odio a tu hermano» (Levítico 19, 17), y en otro lugar: «El camino del rencoroso conduce a la muerte» (Proverbios 12, 28)? Aquí no solo se castiga el resentimiento, rencor activo, sino también el mental e intelectual.

Por tanto, de acuerdo con las leyes divinas, debemos luchar con todas nuestras fuerzas contra el espíritu de la ira y la enfermedad que tenemos en nuestro interior. Y no, al dirigir nuestra ira contra las personas, buscar la soledad y el aislamiento, porque supuestamente allí no hay motivos que nos inciten a la ira, y en el aislamiento lograremos fácilmente la virtud de la tolerancia y la magnanimidad. Porque somos orgullosos y no queremos culparnos a nosotros mismos y atribuir a nuestra negligencia las causas de la agitación y perturbación, deseamos separarnos de nuestros hermanos. Mientras culpemos a otros por las causas de nuestra enfermedad, es imposible alcanzar la perfección de la magnanimidad y tolerancia.

El aspecto más importante de nuestra corrección y paz no se logra a través de la magnanimidad y tolerancia de los demás hacia nosotros, sino a través de nuestra propia tolerancia, indulgencia y sin maldad hacia los demás. Sin embargo, cuando, evitando la lucha de la tolerancia y magnanimidad, buscamos la soledad y el aislamiento, entonces, cuantos pazos (pasiones, emociones, vicios, etc.) traemos allí de manera incurable, están escondidos dentro de nosotros y no se han perdido. Porque la soledad y el retiro de aquellos que no se han liberado de sus pazos, no solo sabe cómo mantenerlos, sino también cómo ocultarlos; y no les permite sentir en qué pazos están siendo derrotados. Por el contrario, el desierto hace que imaginen que han adquirido virtud y los persuade de que han logrado la magnanimidad, la paciencia y la humildad, siempre que no haya alguien que los irrite, estimule y los ponga a prueba. Y cuando surge algún motivo de ira que los enfurece y los prueba, inmediatamente los pazos que están almacenados y latentes dentro de ellos, como caballos sin freno, salen del lugar donde estaban en ησυχία hisijía (serenidad mental y paz cordial) y tranquilidad, alimentados por la larga hisijía y tranquilidad,  y con mayor violencia y ferocidad arrastran hacia la perdición a la persona que está sentada sobre ellos. Porque los πάθος pazos se enfurecen más cuando carecen de la prueba que proviene de los seres humanos. Y aún esa sombra de la tolerancia y magnanimidad, que aparentemente creemos que teníamos, cuando estamos con los hermanos, la perdemos debido a la negligencia del ejercicio y el aislamiento. Como las serpientes venenosas en el desierto que están tranquilas en sus madrigueras, entonces muestran su locura cuando alguien se acerca, así también las personas maliciosas que están en hisijía y tranquilidad no por virtud, sino forzadas por la soledad, entonces derraman su veneno cuando agarran a alguien que se acerca y los irrita. Por eso, aquellos que buscan la perfección de la mansedumbre y apacibilidad deben cuidar tanto como sea posible, no solo no enojarse contra los humanos, sino tampoco contra los animales, ni contra las cosas inanimadas. Porque me recuerdo, cuando estaba en el desierto, me enojé con una caña porque no me gustaba su grosor o su delgadez. También me enojé con la madera porque no pude cortarla de inmediato. También me enojé con una piedra de esas que producen fuego, cuando intenté sacar fuego y no salió rápido. Así que la ira se había fortalecido, de modo que se volvía incluso contra las cosas insensibles.

Por lo tanto, si deseamos alcanzar la bienaventuranza del Señor, no solo la energía operativa de la ira debemos impedir, como dijimos, sino también la mental. Porque no sirve tanto contener nuestra boca en el momento de la ira para no decir palabras locas, como limpiar nuestro corazón de resentimiento, rencor y no maquinar en nuestra mente pensamientos astutos malvados contra el hermano. Porque la enseñanza evangélica ordena que cortemos las raíces de los pecados, en vez de los frutos; porque cuando se corta la raíz de la ira del corazón, ni el odio, ni el rencor, ni la envidia avanzan en acción. Quien odia a su hermano, se le llama ανθρωποκτόνο anzropoktono asesino del hombre (1 Juan 3, 15), que lo mata con la disposición del odio mental; la sangre de este no la ven los hombres, ya que no se derramó con un golpe de espada, pero que fue asesinado mental y con la disposición voluntaria, lo ve Dios, quien no solo sobre las praxis, acciones, sino también para los pensamientos y las intenciones, otorga a cada uno coronas o castigos, como Él mismo dice a través del profeta: «He aquí, vengo a reunir sus obras y pensamientos» (Sabiduría Sirac 35, 22). Y nuevamente, el Apóstol dice: «Cuando sus pensamientos y conceptos se acusan o incluso se defienden y se confiesan entre sí, en el día en que Dios juzgará los secretos de los hombres» (Romanos 2, 15). Este mismo Señor enseña a desechar toda ira y dice en los Evangelios: «Quien se enoje contra su hermano, será culpable en el juicio» (Mateo 5, 22). Los manuscritos precisos (del Evangelio) así contienen este pasaje. Porque la palabra «εική ikí sin motivo» es una adición posterior. Y esto es evidente también por el espíritu de las Escrituras. Porque la voluntad del Señor es cortar de todas las maneras posibles la raíz y la chispa de la ira y no mantener ninguna excusa de ira, para que al enojarse al principio, aunque sea razonablemente, luego no caigamos en la locura de la ira irracional.

La psico-terapia, sanación perfecta para la enfermedad de la ira es esta: creer que nunca debemos enojarnos ni por causas justas ni injustas. Porque cuando la ira nubla la διάνοια diania (mente, intelecto, cerebro), ni el discernimiento, ni el pensamiento correcto, ni la justicia se encontrarán dentro de nosotros; ni nuestra psique-alma puede convertirse en un templo del Espíritu Santo, sino que el espíritu de la ira nos dominará oscureciendo nuestra diania (mente, intelecto, cerebro). Por último, debemos tener ante nuestros ojos todos los días la incertidumbre de la hora de nuestra muerte, y así vigilarnos y protegernos de la ira. Y sepamos que ni la templanza, ni la sobriedad, ni la renuncia al mundo material, ni los ayunos y vigilias nos beneficiarán en el día del juicio si nos encontramos culpables porque estamos poseídos por la ira, rencor y el odio.

  1. Sobre la λύπη lipi (aflicción, tristeza y pena)

El término Λύπη (lipi)  de nuestro Gran Léxico: https://www.logosortodoxo.com/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/  Λύπη (lipi) pena, tristeza, pesar, depresión, aflicción interior psíquica, dolor, sufrimiento, es uno de los ocho pecados capitales y una virtud si se trata de lipi según Dios.

Existe la lipi “según Dios” y la lipi “según el cosmos-mundo”. La primera se identifica con la metania y el luto que nace de la esperanza a Dios y empuja al hombre hacia la lucha y el ejercicio espiritual. La segunda todo lo contrario, desanima al hombre y le conduce a la desesperación, melancolía, a un parálisis psicosomático y la depresión. La lipi por la pobreza o faltas materiales conduce a la muerte de la psique, según Apóstolos Pablo (2Cor 7,10). San Gregorio Palamás escribe: si investigas la lipi mundana, encontrarás que está inmersa en los pazos y proviene de ellos y del materialismo, en cambio, la lipi según Dios te conduce a la metania y sin duda a la “psicoterapia” sanación y salvación de la psique.

La λύπη lipi

La quinta lucha o combate nuestro es contra el espíritu de la λύπη lipi (aflicción, tristeza y pena) que oscurece la psique-alma y no le permite ninguna θεωρία zeoría (contemplación espiritual), impidiéndole realizar praxis y obras buenas. Porque cuando este espíritu malvado agarra la psique y la oscurece, no le permite orar con buena disposición de ánimo, ni perseverar en el provecho de las sagradas lecturas; no tolera que el hombre sea apacible y que muestre simpatía y piedad hacia sus hermanos, generándole odio por cualquier tipo de actividad, incluso por la promesa de la vida monástica. En general, la λύπη (lipi) remueve y confunde todos los pensamientos saludables y salvadores de la psique, paralizando su actividad y vigor, volviéndola estúpida y necia, y atándola con el λογισμός loyismós (pensamiento simple o unido con la fantasía) de la desesperación.

Por eso, si tenemos el propósito de luchar por la batalla espiritual y, con la ayuda de Dios, vencer a los espíritus astutos malignos, deberemos poner la máxima atención y custodiar y vigilar nuestro corazón contra el espíritu de la λύπη (lipi). Porque, así como la polilla roe el traje, y el gusano la madera, así la λύπη (lipi) carcome la psique-alma del hombre. Esta convence e induce al ser humano a evitar toda buena conversación espiritual y no permite aceptar una buena palabra de consejo, ni siquiera de amigos sinceros, ni a su vez darles una respuesta buena o pacífica; pero una vez haya captado toda la psique-alma, la llena de resentimientos, amargura, tedio, melancolía y depresión. Entonces le convence de rehuir de los hombres, como si éstos fueran culpables de su turbación. No permite a la psique entender y reconocer que su enfermedad, la lleva dentro y que no le viene del exterior, sino que se manifiesta cuando vienen las tentaciones y, con la prueba, es llevada a la superficie. Porque nunca un hombre será perjudicado por otro si no lleva almacenadas en su interior las causas de los πάθος pazos. Por eso, el Dios, creador de todas las cosas y Médico de las psiques-almas, Él, que es el único que conoce con precisión las heridas y traumas de la psique-alma, no nos manda abandonar nuestras relaciones con los hombres, sino eliminar en nosotros mismos las causas de la malicia y reconocer que la salud de la psique-alma no se practica por la separación nuestra de los hombres, sino con la permanencia y ejercicio junto con hombres virtuosos.

Cuando pues, abandonamos a los hermanos con un pretexto cualquiera, supuestamente razonable, no hemos eliminado las causas o motivos que producen la λύπη (lipi), solamente las hemos cambiado por otras, porque el mal, la enfermedad que tenemos dentro de nosotros las renueva por otras cosas y motivos.

Por eso, toda nuestra guerra beberá ser contra nuestros pazos que están en nuestro interior; porque, una vez que, con la χάρις jaris (gracia, energía increada) y la ayuda de Dios, los hayamos expulsado de nuestro corazón, entonces podremos vivir fácilmente, no sólo con los hombres, sino también con las bestias salvajes, según lo dicho por el bienaventurado Job: “Estarán en paz contigo las bestias salvajes” (Job 5:23).

Primero de todo deberemos luchar contra el espíritu de la λύπη (lipi) que trae en la psique-alma la desesperación, a fin de expulsarlo de nuestro corazón. Porque es éste el espíritu que no ha permitido a Caín arrepentirse después del asesinato de su hermano, ni a Judas después de la traición al Señor. Solamente una λύπη (lipi) debemos tener, que es la μετάνοια metania (introspección, conversión, confesión y arrepentimiento) por nuestros pecados, unida a la buena esperanza, por la que el Apóstol nos dice: La λύπη (lipi) según Dios produce una metania que nos conducirá a la sanación y salvación”, (2 Co 7:10). Y eso porque la λύπη (lipi) según Dios, al nutrir la psique-alma con la esperanza siguiendo la metania, está mezclada con la alegría. Por eso, esta λύπη (lipi, aflicción, tristeza y pena) según Dios convierte al hombre bien dispuesto y obediente en cada obra buena; se torna apacible, humilde, tolerante, paciente, capaz de soportar todo esfuerzo bueno y toda derrota, puesto que es según Dios. Y por esto se reconocen en el hombre los frutos del Espíritu Santo, es decir, la alegría, la agapi (amor), la paz, la paciencia, la bondad, la fe, la continencia (Gal 5,22). De la λύπη (lipi) contraria, reconoceremos los frutos del espíritu malo que son: la ἀκηδία acedia, el tedio, la intolerancia, la contradicción, la desesperación, la angustia, la depresión, el odio y la pereza en la oración. Esta λύπη (lipi, aflicción, tristeza y pena) debemos evitarla, al igual que la lujuria, la avaricia, la ira y los demás πάθος pazos. Esa λύπη (lipi, aflicción, tristeza y pena) se psicoterapia y se cura con la oración, la esperanza en Dios, el estudio y reflexión de los divinos logos y conviviendo o relacionándonos con hombres devotos e iluminados.

  1. Sobre la ἀκηδία acidia, tedio, desidia pereza espiritual

La palabra helénica-griega «Ακηδία» (akidía) se refiere a un estado de apatía, falta de interés o indiferencia, especialmente en un contexto espiritual o monástico pereza espiritual. En la literatura cristiana, especialmente en la tradición monástica, la acidia es vista como una de las tentaciones o dificultades que enfrentan los monjes y a los fieles practicantes, a menudo traducida como «acedia» o «desidia». Es una especie de fatiga espiritual o desaliento que puede llevar a la negligencia en las prácticas espirituales y una pérdida de fervor espiritual.

La ἀκηδία acidia

Nuestra sexta lucha y combate es contra el espíritu de la ἀκηδία (acedia), que se une y ayuda al espíritu de la λύπη lipi (aflicción, tristeza y pena), siendo este un terrible y pesado demonio, ofreciendo siempre una batalla contra los monjes y a los fieles practicantes.

Este demonio ataca, sobre todo contra al monje, al mediodía, provocando atonía, desasosiego, miedo y odio hacia el lugar donde se encuentra y contra los hermanos que están con él, y también contra cualquier trabajo y lectura de las divinas Escrituras. Le insinúa incluso pensamientos de cambiar de lugar y la idea de que, si no cambia y no se muda, aquí está perdiendo el tiempo y se esfuerza vanamente. Además, al mediodía le trae un hambre tal como no le sucedería después de tres días de ayuno, o de un largo viaje o de un gran esfuerzo. Luego le susurra varios λογισμοί loyismí (pensamientos simples o unidos con la fantasía), tales como que no podrá liberarse nunca de tal enfermedad, de tal mal o de tal peso, si no sale frecuentemente a visitar  sus hermanos, con el pretexto de que, supuestamente, por su visita serán beneficiados los enfermos. Y cuando no pueda engañarle con todo esto, después le sumerge en un sueño profundo, atacándole aun con más violencia y fuerza, y no podrá ser vencido si no es por medio de la oración, evadiendo toda charlatanería, con el estudio y reflexión de los divinos logos y con la paciencia ante las tentaciones. Porque si este espíritu no encuentra al monje defendido por estas armas, lo golpea con sus flechas, convirtiéndolo en inestable, fantasmagórico, perezoso, indolente, ocioso, conduciéndolo a recorrer varios monasterios, y no ocuparse de otra cosa más que lugares donde hay buenos banquetes y comidas. Porque la mente del que ha caído en la acedia no piensa más que en los pensamientos vanidosos de los que hemos referido o en la excitación que proviene de estas cosas. Y llegado a este punto, el demonio lo enrolla en asuntos mundanos, y poco a poco lo engancha mediante estas peligrosas ocupaciones, hasta que expulse al monje de la vida monástica.

El divino Apóstol, sabiendo cuán pesada es esta enfermedad, y queriendo, como médico sabio erradicarla completamente de raíz de nuestras psique-almas, nos muestra las causas que la generan y nos dice: “Os rogamos hermanos, en el nombre del Señor nuestro Jesús Cristo, manteneros alejados de todo hermano que se comporta indisciplinadamente y no sigue de acuerdo con la tradición que habéis recibido de nosotros. Vosotros sabéis cómo imitarnos, puesto que no nos hemos portado desordenadamente entre vosotros, no hemos comido gratuitamente el pan de nadie, sino que hemos trabajado día y noche con fatiga y afán para no ser una carga para vosotros; no porque tuviésemos potestades para no trabajar, sino con el fin de darles un modelo a imitar. Cuando estuvimos entre vosotros, les pedimos esto: si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma. Sentimos que algunos de entre vosotros caminan indisciplinadamente, sin hacer nada, pero inmiscuyéndose en asuntos ajenos. A éstos nos dirigimos y les recomendamos en Cristo Jesús que coman de su pan, trabajando con tranquilidad” (2 Tes 3:6-12).

Escuchemos con cuanta sabiduría el Apóstol nos muestra las causas de la ἀκηδία acidia. Llama “desordenados, indisciplinados» a los que no trabajan; pone en evidencia con esta sola palabra una gran malicia, porque el que lo hace no es piadoso, es descarado al hablar e improvisado para criticar y acusar, y por eso inadecuado para la ησυχία hisijía (paz cordial y serenidad mental) y esclavo de la acidia. El Apóstol pues, nos ordena mantenernos alejados de tales personas como de una enfermedad contagiosa. Y con la frase: “no según la tradición que han recibido de nosotros (2 Tes 3:6), indica cómo aquellos son soberbios, despreciadores, malos difusores y anulan las tradiciones apostólicas. Después dice: “No hemos comido gratuitamente de nadie, sino que hemos trabajado día y noche con fatiga y afán (2Tes 3:8).

El maestro de las naciones, el heraldo del Evangelio, él que ha sido raptado hasta el tercer cielo, él que dice cómo el Señor ha establecido que aquellos que anuncian el Evangelio vivan del Evangelio (1Cor 9,14), él trabaja de día y de noche para no ser una carga para nadie. ¿Qué haremos nosotros, que frente al trabajo nos mostramos tediosos y buscamos el reposo del cuerpo? Nosotros, a quienes no nos ha sido confiado el anuncio del Evangelio, ni la preocupación de las Iglesias, sino sólo el cuidado de nuestra psique-alma. Y el Apóstol agrega, mostrando claramente el daño causado por el ocio y la inactividad: “…sin hacer nada pero inmiscuyéndose en todo” (2Tes 3:11). Del ocio o la inactividad viene la curiosidad, de la curiosidad, la falta de disciplina y de esta, toda malicia. Pero el Apóstol prevé una psicoterapia y sanación para todos estos y agrega: “A éstos recomendamos que coman de su pan trabajando sosegadamente” (2Tes 3:12). Y de modo aún más severo, agrega: “El que no quiera trabajar, tampoco coma” (2Tes 3:10).

Estos preceptos apostólicos teniendo en cuenta los santos Padres que vivían en Egipto, no permiten a los monjes permanecer ociosos e inactivos en ningún momento, sobre todo si se trata de jóvenes. Porque saben que con el trabajo alejan el tedio, obtienen su propia comida y ayudan a los necesitados. Éstos no trabajan sólo para obtener sus propias necesidades, sino también con su propio trabajo dan a los extranjeros, a los pobres y a los presos; porque creen que las buenas obras que hacen se convierten en un sacrificio santo y grato a Dios. También dicen esto los Padres: «El que trabaja, combate contra un solo demonio muchas veces y por el cual está oprimido, mientras que el ocioso está atormentado por miles de malvados y astutos espíritus.

Es bueno acordarnos también un λόγος logos del abad Moisés, hombre muy  y digno entre los Padres. En un breve período transcurrido, por mí en el desierto, fui tentado por el demonio de la acidia, por lo que acudí a su consejo contándole lo que me había ocurrido: “Ayer habiéndome atacado exageradamente la acidia, no me salvé de ella hasta cuando acudí al abad Pablo”. El abad Moisés me contestó así: «Ten coraje, valor y buen ánimo. No te has liberado de la acidia, sino que más bien te has entregado y esclavizado a ella. Debes saber, entonces, que ahora te atacará más, como a un desertor, si en adelante no te esfuerzas con paciencia, oración y trabajo manual para luchar contra ella y vencerla.

  1. Sobre la vanagloria

Nuestra séptima lucha y combate es contra la vanagloria. Este πάθος pazos (pasión, emoción) es multiforme, muy sutil y no es reconocido rápidamente ni siquiera de aquel que es tentado por él. Porque los ataques o asaltos de los otros pazos son mucho más manifiestos y por eso más fácil se combate contra ellos, puesto que la psique-alma reconoce al enemigo y con el rechazo a sus asaltos y la oración, inmediatamente lo derrumba. Pero la vanagloria, como hemos dicho, es multiforme y difícilmente de vencer. Porque se manifiesta en cada praxis, acción, en cada logos y voz, en silencio y en trabajo, en vigilia y en ayuno, en lecturas espirituales, en tolerancia y en ησυχία hisijía (paz y serenidad interior). Con todo esto intenta abatir al soldado de Cristo. A quien no ha podido engañar la vanagloria con ropa de lujo, prueba tentarlo por medio de ropa barata, de pobres. Y al que no ha podido combatir con el honor, lo combate con la creencia de que soporta los deshonores. Y al que no pudo engañarlo a vanagloriarse con la sabiduría de sus logos, le engaña con la hisijía y tranquilidad a vanagloriarse que es sereno, tranquilo y recogido. Al que no puede convencer con la suntuosidad de los alimentos, lo debilita con el ayuno para que obtenga alabanzas. Y en general cada obra, trabajo y ocupación este mal astuto demonio brinda la ocasión para promover la vanagloria.

Incluso inspira deseos para pedir la ordenación al axioma sacerdotal! Recuerdo a un yérontas (anciano sabio e iluminado), cuando vivía en la skiti asceterio quien al dirigirse a visitar a un hermano en su celda, acercándose a su puerta, sintió que estaba hablando. El yérontas, pensando que estaba estudiando las Sagradas Escrituras, se detuvo a escuchar. Y oyó que aquel, estaba fuera de sí volviéndose insensato por la vanagloria, ¡se imaginaba haber sido ordenado sacerdote, y que estaba despidiendo a los catecúmenos! Oyendo esto, el anciano empujó la puerta y entró. El hermano se adelantó y se arrodilló según la costumbre, tratando de saber si el yérontas había estado un buen tiempo detrás de la puerta. Pero el yérontas le contestó sonriendo: Llegué cuanto tú estabas despidiendo a los catecúmenos.” Ante estas palabras, el hermano cayó a los pies del yérontas, suplicándole que rogara por él, a fin de ser liberado de este engaño. He recordado este hecho para demostrar a qué grado de insensatez lleva al hombre este demonio.

El que quiera combatirlo con perfección y ser coronado con la corona de la justicia, usará de todo lo que haga falta para vencer a esta bestia polimorfa, teniendo siempre bien presente lo dicho por David: “El Señor ha dispersado los huesos de aquellos que buscan gustar a los hombres” (Sal 52,5). Y que no haga nada mirando a su alrededor, con el fin de obtener las alabanzas de los hombres, sino que busque solamente la dádiva que viene de Dios; rechazando y expulsando siempre los λογισμοί loyismí (pensamientos simples o unidos con la fantasía) que vienen a su corazón y lo alaban, debe humillarse ante Dios; de esta manera, con la ayuda de Dios, podrá liberarse del espíritu de la vanagloria.

  1. Sobre la soberbia u orgullo

La octava lucha o combate es contra la soberbia u orgullo. Es una lucha terrible y la más salvaje de todas las precedentes. Combate sobre todo a los perfectos, y trata de derrocar y destruir a aquellos que se han acercado casi a la cima de la virtud. Como una enfermedad contagiosa y perniciosa, no destruye solamente un miembro del cuerpo, sino el cuerpo entero, así también el orgullo o soberbia no destruye solamente una parte de la psique-alma sino la psique-alma entera. Cada uno de los otros πάθος pazos, aunque turba y agita la psique-alma, pero al combatir a una sola virtud aquella que le es contraria, y al intentar vencerla, oscurece y agita parcialmente la psique-alma. En cambio, el pazos del orgullo o soberbia oscurece toda la psique-alma y la lleva a una caída total.

Para entender mejor lo dicho, pensemos de la siguiente manera: La gula se esfuerza por corromper la εγκράτεια engratia (continencia, autodominio); la lujuria tiende a corromper la templanza o sobriedad; la φιλαργυρία filargiría (avaricia o amor por el dinero, codicia) está en contra de la pobreza; la ira, contra la apacibilidad; así, cada uno de los distintos pazos trata de corromper la virtud opuesta. Pero el orgullo o soberbia, cuando domina la mísera psique-alma, como un tirano feroz que ha ocupado una ciudad grande y excelsa, la destruye completamente desde sus cimientos. Testigo de todo esto es aquel ángel que cayó del cielo por causa de su soberbia u orgullo, quien creado por Dios y adornado de toda virtud y sabiduría, no quiso atribuir todos sus dones a la χάρις jaris (gracia, energía increada) del Señor, sino a su propia naturaleza. Y así llegó a concebir la idea de ser igual a Dios. Y el Profeta, confrontando este pensamiento, decía: “Tú has dicho con tu espíritu del corazón: Me sentaré sobre la excelsa montaña, pondré mi trono entre las nubes y seré parecido al Altísimo. ¡Pero tú eres un ser humano y no Dios!” (Is 14:13). E incluso otro profeta dijo: “¿De qué se jacta y se alaba en su malicia el poderoso?” (Sal 51,1). Conociendo estas cosas, temamos y pongamos toda atención en vigilar nuestro corazón del espíritu letal de la soberbia u orgullo, recordándonos siempre a nosotros mismos, cuando logramos alguna virtud, lo dicho por el Apóstol: “No yo, sino la χάρις jaris (gracia, energía increada) de Dios que está conmigo” (1 Cor 15:10); y lo que dice el Señor: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15:5), y también lo que ha dicho el Profeta: “Si el Señor no constituye la casa, vano es el trabajo de los constructores” (Sal 126,1); y aun este logos: “No depende de quién quiere ni de quien corre, sino de Dios que  mostrará misericordia” (Rm 9,16). Porque incluso si alguien tiene una disposición ardiente y una voluntad decidida, mientras esté atado a la carne y la sangre, no puede alcanzar la perfección sino solo por la χάρις jaris (gracia, energía increada) y la misericordia de Cristo. Dice Santiago: “Todo regalo bueno viene de lo alto (St 1,17). Y el apóstol Pablo: “¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te alabas y te jactas como si no lo hubieras recibido? (1Cor 4,7), exaltándote y enorgulleciéndote como si fuera tuyo. De que la salvación nos provenga de la χάρις jaris increada y de la misericordia increada de Dios, testigo es aquel ladrón, que adquirió la realeza increada de los Cielos no ciertamente como recompensa por sus virtudes, sino por la χάρις jaris increada y la misericordia increada de Dios.

Conociendo esto, todos nuestros Padres, con una sola opinión, nos transmitieron que no podemos alcanzar la perfección de la virtud de otra manera que no sea a través de la humildad, la cual llega al hombre mediante la fe y el temor de Dios, la mansedumbre, la apacibilidad y la perfecta desapropiación (pobreza). Con estas virtudes se logra también la αγάπη agapi perfecta (amor incondicional, desinteresado), por la χάρις jaris (gracia, energía increada) y la filantropía (amor, amistad al hombre) de nuestro Señor Jesús Cristo. A Él pertenece la doxa-gloria por los siglos. Amén.

b) Logos sobre el abad Leontio, sobre los santos Padres de la Skiti Asceterio y sobre el discernimiento.

 

Debería cumplir con la promesa que hice al ilustre arzobispo Kástor sobre narrar la vida de los santos padres y sus enseñanzas. Ya he cumplido parcialmente esa promesa, oh santo Leontio, con lo que te escribí sobre la formación de la vida cenobítica (vida en común) y los ocho pensamientos malvados. Ahora, mi propósito es cumplir. Al enterarme de que el arzobispo al que mencioné ha partido hacia Cristo, consideré necesario, al sucederle tú en virtud y con la ayuda de Dios cuidar del monasterio, escribirte el resto de la narración.

Entonces, fuimos al desierto de la skete asceterio, donde vivían los padres más probados y valiosos, yo y San Germán, quien desde su infancia fue mi amigo espiritual, tanto en la escuela como en el ejército y en la vida monástica. Allí vimos al abad Moisés, un hombre santo que brillaba entre los demás, no solo en las virtudes prácticas sino también en la θεωρία zeoría contemplación espiritual. Por lo tanto, le suplicamos con lágrimas que nos dijera un logos de beneficio espiritual, con el cual pudiéramos alcanzar la perfección. Y después de suplicarle mucho, nos dijo: «Hijos míos, todas las virtudes, obras y acciones tienen un propósito, y aquellos que apuntan a él arreglan sus propias vidas y alcanzan la meta anhelada. Como el agricultor soporta el calor y el frío trabajando la tierra con entusiasmo, con el propósito de limpiarla de espinos y malas hierbas y el objetivo de disfrutar de los frutos. Y el comerciante, sin tener en cuenta los peligros del mar o de la tierra, avanza en el comercio con el propósito de obtener ganancias comerciales y el objetivo de disfrutar de esas ganancias. También aquel que se une al ejército no considera los peligros de la guerra ni las dificultades del exilio, sino que tiene como objetivo obtener rangos o axiomas debido a la valentía y el beneficio del rango o axioma como objetivo. Así que también nuestra propia lucha tiene su propio propósito y objetivo, por el cual soportamos con gusto y buena voluntad cualquier esfuerzo y fatiga. Por lo tanto, la abstinencia durante los ayunos no nos abruma. El esfuerzo de las vigilias nos complace. La lectura y el estudio de las Escrituras se hacen con entusiasmo y alegría. Y el esfuerzo del trabajo y la obediencia y el despojo de todas las cosas terrenales y nuestra permanencia en el desierto se hacen con placer. Pero ustedes también, que han despreciado la patria, la familia y el mundo entero y han emigrado, y ahora han venido a mí, que soy un hombre rural de pueblo e ignorante, díganme cuál es vuestro propósito. ¿Y a qué objetivo apuntan y aspiran?»

Entonces le respondimos: «Hacia el reinado de la Realeza increada de los Cielos». A lo que el abad Moisés respondió: «Habéis respondido correctamente con respecto a vuestro objetivo. Pero no me habéis dicho cuál es el propósito al que, si aspiramos, sin desviarnos del camino recto, podemos alcanzar la Realeza increada de los Cielos». Y luego, después de confesar que no lo sabíamos, el sabio Yérontas respondió: «El objetivo, pues, de nuestra vida monástica, como dijisteis, es el reinado de la Realeza increada de Dios. Y el propósito es la pureza de la psique-alma, sin la cual es imposible alcanzar ese objetivo. Por lo tanto, que siempre sea este nuestro objetivo y propósito. Y si alguna vez nuestro corazón se desvía un poco del camino recto, debemos corregirlo de inmediato y alinearlo, como con una regla, con nuestro propósito. Conociendo esto, el bienaventurado Pablo dice: «Olvidando lo que queda atrás y esforzándome hacia lo que está por delante, prosigo hacia la meta, para ganar el premio celestial al que Dios nos ha llamado» (Filipenses 3, 14). Por lo tanto, para este propósito nosotros también hacemos todo, despreciando todo, tanto la patria como la familia y el dinero y todo el mundo, para adquirir la pureza del corazón. Si olvidamos este propósito, inevitablemente, mientras caminamos en la oscuridad y nos desviamos del camino recto, tropezaremos con frecuencia y nos extraviaremos mucho. Esto le sucedió a muchos, que al principio de su renuncia despreciaron la riqueza y el dinero y el mundo entero, pero luego, por el bien de un destornillador o una aguja o una caña o un libro, se enfadaban y se enfurecían, lo cual no les habría sucedido si recordaran el propósito por el que despreciaron todo. Porque por αγάπη agapi (amor incondicional, desinteresado) al prójimo despreciamos la riqueza, para no disputar por ella y, al aumentar el deseo de ira, caer de la agapi en el odio. Entonces, cuando revelamos al hermano la disposición de la ira por cosas insignificantes, hemos abandonado nuestro propósito y no obtenemos ningún beneficio de nuestra renuncia. Como dice el Apóstol: «Y aunque entregue mi cuerpo para que lo quemen, si no tengo agapi-amor, no de nada me beneficio» (1Cor 13, 3). De esto aprendemos que la perfección no viene de inmediato con el despojo y la renuncia al mundo, sino después de haber alcanzado la αγάπη agapi amor, cuyas cualidades describe el mismo Apóstol diciendo: «El amor no es envidioso, no se enorgullece, no se enoja, no envidia, no se jacta, no se comporta indebidamente» (1Cor 13, 4-5). Todas estas cosas y realidades son las cualidades de la pureza del corazón. Para el corazón debemos hacer todo, despreciar el dinero, soportar con gusto los ayunos y las vigilias con alegría, y dedicarnos también a la lectura y los salmos, pero sin descuidarlo si alguna vez, debido a una ocupación necesaria y la divina ocupación según Dios, nos vemos impedidos por el ayuno y la lectura habituales. Porque no es tan beneficioso el ayuno como dañina es la ira; ni tan útil la lectura como perjudicial es menospreciar y entristecer al hermano. Porque, como dijimos, los ayunos, las vigilias, el estudio de las Escrituras, el despojarse de la riqueza y la renuncia del mundo entero no son la perfección, sino herramientas para la perfección, porque la perfección no se encuentra en ellos, sino que se logra a través de ellos. Así que en vano nos gloriamos del ayuno, la vigilancia, la limosna y la lectura de las Escrituras cuando no logramos la αγάπη agapi amor a Dios y al prójimo. Porque aquel que ha logrado la αγάπη agapi amor, tiene a Dios dentro de sí, y su νους nus (espíritu de la psique) con su mente está siempre atento y unido a Dios».

A estas cosas, respondió el Germanós: «¿Y quién puede, estando unido a la carne, tener siempre el νους nus (espíritu de la psique) con su mente en Dios, de manera que no piense en nada más? ¿Ni siquiera en visitar a los enfermos, ni en hospedar a los extranjeros, ni en el trabajo manual u otras necesidades del cuerpo, que son necesarias e indispensables? Y lo más importante, ¿cómo podrá la διάνοια diania (mente, intelecto) del hombre ver siempre al Dios Invisible e Incomprensible y estar inseparable de Él?» El abad Moisés dijo: «Que uno vea a Dios y esté inseparable de Él, de la manera que pensáis, es imposible para un hombre que lleva carne y está unido a la enfermedad y debilidad. Pero de otra manera uno puede ver a Dios. Porque la θεωρία zeoría (contemplación) de Dios se manifiesta y se entiende de muchas maneras. Dios no se conoce en Su bienaventurada e incomprensible esencia, eso está reservado para la futuro siglo solo para Sus santos. Pero también se conoce por la grandeza y belleza de Sus creaciones, por Su providencia diaria y cuidado, por Su gobierno y justicia y por los milagros que revela en cada generación a Sus santos. Entonces, cuando pensamos en la δύναμη dinami (poder, potencia y energía) infinita de Él y en Su ojo inmutable, que ve hasta los secretos de los corazones y nada puede escaparle, entonces sentimos temor en el corazón y Le admiramos y Le adoramos. Cuando pensamos que las gotas de lluvia están contadas por Él (Job 36:27) y la arena en el mar y las estrellas en el cielo, nos asombramos de la grandeza de la naturaleza y la sofía-sabiduría. Cuando pensamos en Su sabiduría inefable y Su filantropía (amor, amistad a la humanidad), y en Su magnanimidad incomprensible, que soporta los innumerables errores de aquellos que pecan, Le glorificamos. Cuando pensamos en Su gran agapi-amor hacia nosotros, que aunque no hicimos nada bueno, aunque es Dios, no lo consideró indigno de convertirse en hombre para salvarnos del error, nos movemos para anhelarle. Cuando pensamos que nuestro adversario, el diablo (1Pedro 5:8), Él lo vence dentro de nosotros solo por la buena predisposición y la inclinación al bien, y nos regala vida eterna, entonces Le adoramos y reverenciamos. Hay innumerables otras contemplaciones similares, que, según el trabajo espiritual y la catarsis, nacen en nuestro interior, y a través de ellas, Dios se manifiesta y se entiende».

Germanós preguntó de nuevo: «¿De dónde viene esto: muchas veces sin quererlo, muchos recuerdos nos molestan y pensamientos malignos nos engañan casi sin que lo sepamos, nos engañan entrando furtivamente y sin ruido en nuestra mente, de modo que no solo no podemos evitar que vengan, sino que también tenemos gran dificultad para discernirlos exactamente? Queremos saber si es posible que la mente esté completamente libre de estos pensamientos y no se moleste en absoluto». A esto respondió el abad Moisés: «Es imposible que la mente no se moleste por estos recuerdos. Pero aceptarlos y estudiarlos o rechazarlos es posible para aquel que lo intenta. El que se crean dentro de nosotros no proviene de nosotros, pero su expulsión está en nuestro poder, y la corrección de nuestra mente depende de nuestra predisposición, intención y cuidado. Porque cuando con sensatez y constantemente estudiamos la ley de Dios y nos dedicamos a salmos y himnos, ayunos y vigilias y recordamos constantemente las cosas futura, el reinado de la Realeza increada de los cielos y el fuego del infierno, y todas las obras de Dios, los malos pensamientos disminuyen y no encuentran lugar. Pero cuando nos ocupamos de preocupaciones mundanas y cosas carnales y nos entregamos a asociaciones y relaciones vanas e inútiles, entonces los malos pensamientos se multiplican en nosotros. Como el molino de agua no puede detenerse mientras fluye el agua, y está en el poder del molinero moler trigo o cizaña, así también nuestra mente, porque está en movimiento, no puede estar ociosa de pensamientos. Y está en nuestro poder darle o estudio espiritual o trabajo carnal».

c) La gran virtud del discernimiento

Viendo el abad que sentíamos admiración y asombro por todo esto, y que teníamos un deseo insaciable de sus palabras, después de guardar silencio por un momento, nos dijo: «Dado que vuestro deseo ha llevado tan lejos mi discurso y aún estáis ansiosos, entiendo que tenéis una verdadera sed de escuchar enseñanzas sobre la perfección. Por lo tanto, os hablaré sobre la excelente virtud del discernimiento, que es la ciudadela y reina entre las demás virtudes. Y os mostraré la excelencia de esta virtud y su altura y utilidad, no solo desde mis propias palabras, sino también con las antiguas opiniones de los Padres, de acuerdo con la χάρις jaris gracia increada que el Señor otorga, según el valor y el deseo de los oyentes, a aquellos que explican Su logos. Porque es una virtud no pequeña, sino uno de los dones más distinguidos del Espíritu Santo, como dice el Apóstol Pablo: «A uno se le da por el Espíritu logos de sabiduría; a otro, logos de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; a otro, dones de curación por el mismo Espíritu; a otro, operación de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus» (1 Cor 12:8). Y cuando se completó la lista de los dones espirituales, dice: «Pero todas estas cosas las obra uno y el mismo Espíritu». Así que veis que el regalo del discernimiento no es pequeño ni terrenal, sino un gran don de la divina jaris gracia increada, cuyo discernimiento, si no lo sigue el monje con toda su fuerza y voluntad y no adquiere un discernimiento seguro de los pensamientos y conceptos que le vienen a la mente, necesariamente, como un vagabundo en la noche, no solo caerá en los peores abismos de la maldad, sino que también tropezará en los caminos llanos y derechos.

»Recuerdo que una vez, cuando era joven, fui a los lugares de Tebaida, donde vivía el bienaventurado Antonio. Se habían reunido yérontas (ancianos sabios) cerca de él y discutían sobre la perfección de la virtud, cuál sería la mayor de las virtudes que podría preservar al monje de las redes del diablo y del engaño sin dañarse. Entonces, cada uno, según lo que su mente pensaba, expresaba su opinión. Y algunos decían que el ayuno y la vigilia, porque con estas virtudes el nus (espíritu de la psique) con la mente se vuelve más sutil y viene la pureza, y así uno puede acercarse más fácilmente a Dios. Otros decían que la austeridad (pobreza  o desposesión) y el desprecio de las cosas que uno posee, porque así la διάνοια diania (mente, intelecto) se libera de los complejos lazos de las preocupaciones mundanas y puede acercarse más fácilmente a Dios. Otros preferían la virtud de la misericordia, porque el Señor dice en los Evangelios: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reinado de la realeza increada preparada para vosotros desde la fundación del mundo, porque tuve hambre, y me disteis de comer», etc. (Mateo 25:35). Y cada uno expresaba de esta manera varias virtudes, con las cuales, según su opinión, el hombre podría acercarse a Dios, y así pasaron la mayor parte de la noche con esta discusión.

»Por último, respondió el bienaventurado Antonio: «Todas estas cosas que habéis dicho son necesarias y útiles para aquellos que buscan a Dios y desean venir a Él. Pero no se nos permite dar la primacía a estas virtudes, porque hemos visto a muchos que hicieron grandes ayunos y vigilias y se retiraron al desierto, y tenían una perfecta austeridad, tanto que no reservaban ni su alimento diario para sí mismos, y lograron tanta misericordia que no tenían suficientes recursos para dar. Y luego cayeron lastimosamente de la virtud y resbalaron en el mal. ¿Qué es entonces lo que los hizo desviarse del camino recto? Nada más, en mi opinión y conclusión, que no tenían el don o carisma del discernimiento. Porque el discernimiento enseña al hombre a evitar los excesos de ambos lados y a caminar por el camino real. Y ni permite ser engañado por la continencia desmedida por la derecha, ni tampoco ser arrastrado por la indiferencia, la relajación y la negligencia por la izquierda. Y el discernimiento es un ojo de la psique-alma y una lámpara, según el Evangelio que dice: «La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas» (Mateo 6:22). Así es la cosa. Porque el discernimiento, después de examinar todos los pensamientos, praxis y acciones del hombre, distingue y separa todo lo malo y desagradable a Dios y aleja el engaño. Y esto se puede aprender también de lo narrado en las Sagradas Escrituras. Saúl, a quien Dios primero confió el reino de Israel (1Reyes 5:17-23), porque no tenía este ojo de discernimiento, su mente se oscureció y no pudo discernir que era más agradable a Dios obedecer el mandato del Santo Samuel en lugar de ofrecer sacrificio. Y de lo que él pensaba que adoraba y ofrecía culto a Dios, de eso erró y fue desterrado del reino. Esto no le habría sucedido si tuviera la luz del discernimiento dentro de él. Esta virtud también es llamada por el Apóstol sol, diciendo: «No deje que el sol se ponga y te quedes con la ira o enojo» (Efesios 4:26). Esta virtud también se llama gobierno de nuestra vida, según lo escrito: «En la multitud de consejeros hay seguridad» (Proverbios 11:14). También se llama reflexión cuidadosa por la Escritura, y sin ella, se nos enseña en la Escritura a no hacer nada, de modo que ni siquiera se nos permita beber el vino espiritual que alegra el corazón del hombre (Salmo 103:15) sin discernimiento, según el refrán: «Bebe vino con moderación y cuidado» (Prov 24:33), y «Y ‘Ciudad edificada y sin murallas es el hombre que no actúa en todo con cuidadosa reflexión” (Proverbios 25, 28). Con el discernimiento se forma la sabiduría, el entendimiento y la percepción interna, sin los cuales ni nuestra casa interior puede ser construida, ni la riqueza espiritual puede ser recogida y acumulada, según el dicho: “Con sabiduría se construye la casa, con discernimiento se engrandece y con prudencia se llenan los almacenes” (Prov 24, 4). Esto se llama alimento sólido para aquellos que, por la ascesis (ejercicio espiritual) y la costumbre, tienen entrenados los sentidos espirituales y disciernen fácilmente entre el bien y el mal (Hebreos 5, 14). De todas estas realidades se demuestra claramente que sin el don o carisma del discernimiento no se forma la virtud ni permanece firme hasta el final, porque el discernimiento es madre y guardiana de todas las virtudes.»

»Esa fue la opinión de Antonio, con la que estuvieron de acuerdo los otros padres. Para confirmar ahora, con ejemplos contemporáneos, la opinión de San Antonio, recuerden también al anciano Herón y la trágica caída que sufrió hace poco frente a nuestros ojos, de qué manera, por la burla del diablo, cayó desde la altura de la vida espiritual y de la práctica en lo más profundo de la muerte. Recuerden que él permaneció cincuenta años en el desierto cercano con gran austeridad y constante continencia, y en el desierto más extremo y solitario, más que todos los que están aquí, permaneció y lo buscó. Él, después de tantos trabajos y luchas, fue engañado por el diablo y cayó en un grave error, y sumió en un luto inconsolable a todos los padres y hermanos que quedaban en el desierto cercano. Esto no le habría sucedido si estuviera asegurado con la virtud del discernimiento, que le habría enseñado a no confiar en su propio pensamiento y juicio, sino en el consejo de los padres y hermanos. Porque él, siguiendo su propio pensamiento y juicio, ejercitaba tanto el ayuno y la separación de las personas, que ni siquiera en la fiesta de Pascua venía a la Iglesia, para no verse obligado, si venía con los padres y hermanos, a comer legumbres u otra cosa que se ofreciera en la mesa y pensar que había caído del propósito que se había propuesto en su mente. Por lo tanto, él, engañado durante mucho tiempo por su propia voluntad, recibió a un ángel de Satanás y después de reverenciarlo y adorarlo como ángel de luz, fue ordenado por él a caer en un pozo profundo a medianoche, para aprender por experiencia que en el futuro no enfrentaría ningún peligro, debido a su gran virtud y a sus esfuerzos por Dios. Él, sin distinguir con su juicio quién le daba estos consejos, con su mente oscurecida, se lanzó al pozo a medianoche. En poco tiempo, los hermanos se enteraron, y con mucho esfuerzo apenas lograron sacarlo medio muerto. Y después de vivir dos días, murió el tercer día, dejando un luto inconsolable a los hermanos y al presbítero Pafnucio. Él, por su gran filantropía, impulsado y porque recordaba sus grandes trabajos y los muchos años que pasó en el desierto, no lo distinguió de los memoriales y ofrendas de los difuntos, para no ser contado entre los suicidas.

»¿Qué puedo decir de esos dos hermanos, que vivían más allá del desierto de Tebaida, donde solía vivir el bienaventurado Antonio? Estos dos, impulsados por un λογισμός loyismós (pensamiento simple o unido con la fantasía) y juicio sin discernimiento, decidieron ir al desierto más profundo, que no es cultivado y es grande, y allí no aceptar comida de humanos, sino solo si Dios les daba algún milagro. Y cuando los vieron deambular por el desierto, exhaustos por el hambre, los Mazices, que son de entre todos los pueblos salvajes el más salvaje y duro, cambiaron por divina providencia la ferocidad que los caracterizaba en filantropía, los encontraron y les ofrecieron pan. Y uno de los hermanos, en quien vino el discernimiento, aceptó con alegría y gratitud el pan, pensando que no era posible que esos hombres tan duros y salvajes, que se regocijan con la sangre de los humanos, les tomaran simpatía y les ofrecieran comida, después de haberse agotado, si no los hubiera incitado Dios. Pero el otro no aceptó comida, porque se la daban humanos. Insistió en su opinión sin discernimiento y murió de hambre. Aunque al principio ambos pensaron mal y tomaron una decisión irracional y destructiva, sin embargo, uno, porque le vino el discernimiento, corrigió lo que había decidido con arrogancia y sin precaución, mientras que el otro, al insistir en la idea tonta y al quedar fuera del discernimiento, provocó su propia muerte, que el Señor quiso alejar de él.

»¿Qué puedo decir de aquel, cuyo nombre no quiero mencionar, porque está aquí alrededor? Este recibió muchas veces al demonio como ángel y recibió de él revelaciones y veía constantemente una luz de lámpara en su celda. Por último, el demonio le ordenó sacrificar a su hijo, que vivía en el monasterio con él, como sacrificio a Dios, y así ser considerado digno de recibir el honor de Patriarca Abraham. Se sometió tanto a este consejo, que realmente iba a sacrificar a su hijo, si el hijo no lo veía afilando un cuchillo, algo que no acostumbraba a hacer, y preparando cuerdas para atarlo firmemente como sacrificio, y no se apresuraba a salvarse huyendo.

»Voy a extenderme bastante si les cuento también sobre el engaño del diablo a aquel monje de Mesopotamia, que mostró gran autodisciplina y estuvo encerrado en su celda durante muchos años y luego fue seducido y engañado tanto con revelaciones diabólicas y sueños, que después de tantos esfuerzos y virtudes, con las que superó a todos los monjes allí, cayó en el judaísmo y aceptó la circuncisión. Porque el diablo, queriendo engañarlo, le mostraba muchas veces sueños verdaderos para hacerlo aceptar fácilmente el engaño en el que al final lo hundiría. Así que una noche le mostró a todos los cristianos junto con los Apóstoles y los mártires, oscuros y llenos de vergüenza y deshonra, sumidos en la tristeza y el luto, mientras que a los judíos junto con Moisés y los Profetas, iluminados por una luz brillante y llenos de alegría y gozo. Y el estafador le aconsejaba que si quería disfrutar de la felicidad y la alegría de los judíos, aceptara la circuncisión. Y de hecho, fue engañado y lo hizo. Por lo tanto, es evidente de lo que hemos dicho que no todos estos jugarían de esa manera tan miserable y despreciable si tuvieran el don o carisma del discernimiento».

A estas cosas Germanós respondió: «Y con nuevos ejemplos y con interpretaciones de los padres antiguos, se demostró bastante que el discernimiento es la fuente, la raíz, la cabeza y el vínculo de todas las virtudes. Pero queremos saber de qué manera podemos adquirirlo y cómo distinguir entre el discernimiento divino y el falso, el ficticio y el diabólico». Entonces el abad Moisés dijo: «El verdadero discernimiento no se adquiere sino por la verdadera humildad, revelando a los padres no solo lo que hacemos, sino también lo que pensamos, y no confiando en nuestro propio pensamiento y juicio, sino siguiendo en todo los consejos de los γέροντες yérontes (ancianos sabios e iluminados) y creyendo que todo lo que ellos aprueban es bueno. Este método, no solo hace que el monje permanezca indemne con el verdadero discernimiento y la actitud correcta, sino que también lo preserva indemne de todas las trampas del diablo. Porque es imposible que alguien que regula su vida según el juicio y la opinión de los padres avanzados caiga en el engaño de los demonios. Porque incluso antes de que uno sea digno del don del discernimiento, la sola revelación y confesión a los padres de los pensamientos malignos los marchita y los debilita. Como la serpiente cuando la sacas de un agujero oscuro, corre para salvarse y desaparecer, así también los pensamientos malignos, cuando se revelan con una confesión sincera, corren para alejarse del hombre».

»Y para aprender con mayor precisión y con un ejemplo, les contaré la historia del abad Serapión, que decía a quienes se acercaban a él para ser preservados. Decía así: ‘Cuando era más joven, vivía con mi abad. Y cuando comíamos y nos levantábamos de la mesa, bajo la influencia del demonio, tomaba un trozo de pan y lo comía a escondidas de mi abad. Después de hacer esto durante mucho tiempo, fui dominado por este πάθος pazos y no pude vencerlo. Solo mi conciencia me acusaba, pero me avergonzaba decirlo al yérontas (anciano sabio e iluminado). Por economía divina, algunos hermanos vinieron al yérontas para su beneficio. Y el yérontas dijo que nada daña más a los monjes ni alegra a los demonios como ocultar los pensamientos y no contarlos a los padres espirituales. Les habló también sobre la continencia y autodisciplina. Y mientras decía estas cosas, me desperté y pensé que Dios había revelado al yérontas mis errores, y me conmoví y comencé a llorar. Entonces saqué el pan de mi bolsillo, que solía robar injustamente, y después de caer al suelo, pedí perdón por lo pasado y oré para no volverlo a hacer. Entonces el yérontas dijo: ‘Oh, hijo, te has liberado, y sin que yo hable, tu confesión y el demonio que te hería con tu silencio, una vez que te has confesado, lo has matado, aquel que te había dominado hasta ahora con tu voluntad, ya que ni lo resistías ni lo controlabas. En adelante, no tendrá lugar en tu corazón, ya que lo has revelado’. El anciano no había terminado de hablar cuando una energía demoníaca salió de mi pecho como fuego y llenó la casa de mal olor, tanto que los presentes pensaron que se estaba quemando azufre. Entonces el yérontas dijo: “Mira, el Señor ha dado con este signo una prueba de mis palabras y de tu liberación’. Y así se fue de mí con la confesión del πάθος pazos por la gula y la energía demoníaca, para que nunca más sintiera atracción por ese deseo”.

»Así que, ven ustedes, incluso por las palabras del abad Serapión, aprendemos que solo entonces somos dignos del don del verdadero discernimiento cuando no confiamos en nuestro propio pensamiento y juicio, sino en la enseñanza y las reglas de los padres. Porque el diablo no lleva a los monjes al precipicio con ningún otro defecto tanto como al persuadirlos de que violen los consejos de los padres y sigan su propio juicio y voluntad. Por lo tanto, deberíamos tomar ejemplos y aprender incluso de las artes y ciencias humanas. Porque si podemos tocarlas con nuestras manos y verlas con nuestros ojos y oírlas con nuestros oídos, no podemos lograrlas solos, sino que necesitamos a aquellos que nos enseñarán correctamente sus reglas. ¿No es absurdo pensar que el arte espiritual, que es el más difícil de todos, no necesita maestro? Y este arte es invisible y oculto y solo se considera y se contempla con la pureza del corazón, y el fracaso en esto no produce una pérdida temporal, sino la pérdida de la psique-alma y la muerte eterna».

El Germanós dijo: «La excusa de la vergüenza y el pretexto de una devoción dañina suele provocarnos el hecho de que algunos padres, después de escuchar los logos y silogismos de sus hermanos, no solo no los curaron, sino que los reprocharon y los sumieron en la desesperación, como nosotros también tuvimos la oportunidad de presenciar un caso así en las tierras de Siria. Un hermano allí confesó sus pensamientos a un yéronta anciano con toda sencillez y sinceridad, y desnudó sin vergüenza los secretos de su corazón. Tan pronto como el anciano los escuchó, comenzó a enfadarse y a enojarse con el hermano, acusándolo de los malvados pensamientos. A partir de este hecho, muchos que lo supieron se avergonzaban de confesar sus pensamientos a los yérontas ».

El abad Moisés respondió: «Es bueno, como dije anteriormente, no ocultar nuestros pensamientos a los padres, pero no contárselos a cualquiera, sino a yérontas espirituales que tienen discernimiento y no a aquellos que simplemente han envejecido. Porque muchos, mirando la edad, confesaron sus pensamientos y en lugar de encontrar curación, cayeron en la desesperación debido a la inexperiencia de los ancianos. Hubo un hermano muy devoto en el ejercicio. Molesto en exceso por el demonio de la lujuria, fue a un anciano y le contó sus pensamientos. Él lo escuchó, y como no tenía experiencia, se enfadó y llamó al monje miserable e indigno del estado monástico porque aceptó tales pensamientos. Cuando el hermano escuchó esto, se desesperó, dejó el lugar y tomó el camino de regreso al mundo. Por la providencia de Dios, el abad Apolós, el más experimentado entre los yérontas, lo encuentra. Al verlo perturbado y muy triste, le preguntó: «Hijo mío, ¿cuál es la causa de tanta tristeza?». Al principio, debido a la gran decepción, no respondió. Pero después, después de que el abad Apolós lo instó mucho, dijo lo suyo: «Los pensamientos a menudo me molestan y fui y se los dije a cierto anciano, y como me dijo, no tengo esperanza de salvación. Entonces me desesperé y me voy al mundo». Cuando el padre Apolós escuchó esto, le dijo muchas palabras de consuelo y aconsejó al hermano diciendo: «No te parezca extraño, hijo mío, y no te desesperes. Porque yo también, a la edad en que estoy con el cabello blanco, me molestan mucho estos pensamientos. No pierdas tu valentía por el fuego de este cuerpo, que no se cura tanto con el cuidado humano como con la misericordia de Dios. Solo dame este día y regresa a tu celda». Así lo hizo el hermano. El abad Apolós se fue y fue a la celda del anciano que había desesperado al hermano. Y después de pararse afuera, suplicó a Dios con lágrimas, diciendo: «Señor, Tú que envías las pruebas para nuestro beneficio, haz que la guerra que enfrentó el hermano recaiga ahora sobre este anciano, para que ahora aprenda con la experiencia, en su vejez, lo que no aprendió durante tantos años, para que sufra y simpatice con aquellos que están en lucha». Tan pronto como terminó la oración, vio a un hombre oscuro parado cerca de la celda y arrojando flechas contra el anciano, de las cuales fue herido y se volvió inmediatamente como borracho de un lado a otro. No pudiendo soportar más dentro de su celda, salió y siguió hacia el mundo por el mismo camino que había tomado el hermano menor. El abad Apolós entendió el evento y lo encontró y le dijo: «¿Adónde vas? ¿Y cuál es la causa de la turbación que te posee?». Entendió que la cosa se había revelado al santo abad, pero por vergüenza no dijo nada. Y el abad Apolós le dijo: «Vuelve a tu celda y de ahora en adelante conoce bien tu enfermedad. Y cree que o el diablo te olvidó o te despreció y por eso no fuiste digno de luchar con él. ¿Qué digo de luchar? No pudiste soportar el ataque del diablo ni siquiera por un día. Esto te sucedió porque cuando recibiste a un hermano menor que era combatido por el enemigo común, en lugar de fortalecerlo en la lucha, lo sumiste en la desesperación, sin tener en cuenta el sabio mandato que dice: «Libra a los que son llevados para ser ejecutados, y no te arrepientas de redimir a los que están destinados a ser asesinados» (Proverbios 24, 11). Pero tampoco la parábola de nuestro Salvador que dice que no debemos romper la caña rota ni apagar la mecha que aún humea (Mateo 12, 20). Porque nadie podría soportar los ataques del enemigo ni extinguir el ardor de la naturaleza que hierve si la χάρις jaris (gracia, energía increada) de Dios no protegiera la enfermedad y debilidad humana. Por lo tanto, después de que esta economía para tu salvación haya sido completada, pidamos juntos a Dios que retire el azote que te ha llegado. Porque Él nos hace sufrir y Él nos cura. Él golpea con Sus manos y nos cura de nuevo (Job 5, 18). Humilla y exalta. Mata y da vida. Baja al Seol y eleva (1Reyes 2, 6-7)». Después de decir estas palabras, el abad Apolós oró y de inmediato lo liberó de la guerra de la lujuria y le aconsejó que pidiera a Dios que le diera una lengua iluminada que hablara las palabras adecuadas cuando fuera necesario (Isaías 50, 4).

»Por lo tanto, de todo lo que hemos dicho, aprendemos que no hay otro camino seguro de salvación que confesar nuestros pensamientos a los padres que tienen un gran discernimiento, y de ellos obtener instrucciones sobre la virtud y no seguir nuestro propio juicio y pensamiento. Incluso si alguien se encuentra, como sucede a veces, con un anciano simple, o con algunos otros sin experiencia, no debe evitar revelar sus pensamientos a los padres muy probados y menospreciar la tradición de los ancestros. Porque ellos tampoco actuaron por su propia voluntad, sino por Dios y por las Escrituras inspiradas para transmitir esto a los posteriores, consultando así a aquellos que son avanzados en  la virtud, podemos aprenderlo de muchos lugares de las Escrituras inspiradas, y sobre todo de la historia de San Samuel. Él, aunque fue dedicado a Dios desde la infancia por su madre y se le permitió hablar con Dios, no creyó en su propio pensamiento y juicio, sino que una y otra vez, aunque Dios lo llamó, corrió hacia el anciano Elí, recibió instrucciones de él y lo consultó sobre cómo responder a Dios (1Reyes 3:9). Y aquel a quien Dios eligió como suyo, quiere ser guiado por el gobierno y la orden del yérontas para ser llevado a la humildad. Pero incluso a Pablo, a quien Cristo mismo llamó y habló con él, aunque podría haber abierto sus ojos de inmediato y mostrarle el camino de la perfección, lo envió a Ananías y le ordenó que aprendiera de él el camino de la verdad, diciendo: «Levántate y entra en la ciudad. Allí te dirán lo que debes hacer» (Hechos 9:6). Nos enseña con esto a seguir la guía de los avanzados, para que, de lo contrario, lo que sería bueno para Pablo lo malinterpretarían los posteriores y lo tomarían como ejemplo para ser autosuficientes, queriendo cada uno ser como Pablo, dirigido hacia la verdad por Dios y no a través de los Padres. Y que así son las cosas, podemos aprenderlo no solo de lo que hemos dicho, sino también de lo que mostró en la práctica el Apóstol, quien escribe: «Subí a Jerusalén para ver a Pedro y a Jacobo, y les anuncié el evangelio que predico, para no correr en vano, ni haber corrido en vano» (Gálatas 2:2), aunque la χάρις jaris (gracia, energía increada) del Espíritu Santo lo acompañaba, como lo demuestra el poder de los milagros que realizó. ¿Quién, entonces, es tan arrogante y orgulloso como para seguir su propio juicio y criterio, cuando el «cáliz de elección» confiesa que necesitaba el consejo de los Apóstoles más antiguos?

»Por lo tanto, está claro con todo esto que el Señor no revela el camino de la perfección a nadie, sino a aquellos que son guiados hacia Él por padres espirituales. Como dice la boca del profeta: «Pregunta a tu padre, y te informará, a tus ancianos, y te dirán» (Deuteronomio 32:7). Con toda nuestra fuerza y ​​cuidado, debemos adquirir dentro de nosotros el buen don del discernimiento, que nos preservará indemnes de cualquier exceso. Porque, como dicen los padres, los extremos de ambos lados dañan. Y el ayuno excesivo y la saciedad del vientre. Y la vigilia excesiva y la saciedad del sueño. Así como otros excesos. Porque conocemos a algunos que no fueron vencidos por la gula, sino por el ayuno excesivo y cayeron en el mismo pazos vicio de la gula, debido a la enfermedad que surgió del ayuno excesivo. Y recuerdo que yo sufrí uno así. Ayuné tanto que olvidé el apetito por la comida, y estuve ayunando durante dos o tres días y no deseaba comida en absoluto, a menos que otros me instaran a ello. Y de nuevo, con la astucia del diablo, el sueño se fue tan lejos que durante muchas noches me quedé despierto y le pedí al Señor que me diera un poco de sueño. Y corrí más peligro con el ayuno excesivo y la falta de sueño que con la gula y la saciedad del sueño».

Con tales y tantas enseñanzas, el santo Moisés nos ha complacido, para que, beneficiados, demos culto y alabemos al Señor, quien otorga tanta sabiduría a quienes Le temen. A Él sea honor y poder por los siglos de los siglos. Amén.

Traducido por: χΧ jJ  www.logosortodoxo.com 06/06/2024

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