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XI Capítulo: Tratado en forma de epístola, dirigido a la monja Eusebia.
Sobre la virginidad.
Exhortaciones dirigidas a una virgen.
Sobre la virginidad
Venerabilísima Eusebia, que la Jaris (Gracia, energía increada) del Señor sea tu protección.
Que el Espíritu Santo, que ilumina y santifica a quienes invocan Su nombre, te ilumine y te santifique todos los días de tu vida, y fortalezca tu cuerpo y tu psique-alma para que practiques los mandamientos y logos del Señor. Lucha el buen combate, esfuérzate ante Dios por alcanzar lo bueno, lo agradable y lo perfecto; hazte agradable a Él, sé amada por Él y sé considerada digna del honor reservado a las vírgenes prudentes. Confirma tu vocación, guarda tu confesión de fe, fortalece tu fe, afianza tu esperanza, da testimonio de tu amor y mantén irreprochable tu modo de vida, para agradar al Señor.
Esta preocupación debe constituir el estudio incesante de la virgen. Esto mismo recomienda también el apóstol Pablo a la virgen. La virgen que ha amado a Cristo, lo desea y lo anhela como Novio y se ha consagrado a Él, viviendo para Él, ya no vive para sí misma: Cristo vive en ella, y con Él es crucificada, sepultada y resucitada. Dialoga con Él y mantiene fija en Él su mirada; eleva hacia Él su psique-alma y dirige hacia Él su corazón y su diania (mente, intelecto). Sus labios puros pronuncian a cada instante Su dulcísimo nombre, mientras de su pecho brotan ardientes suspiros, como himnos incesantes que ascienden hacia las alturas de la divina αγάπη (agapi: amor incondicional).
Su nombre divino se ha convertido en el estudio constante de su corazón, herido por el amor divino. Cada latido de su corazón entona una oración, y su respiración va siempre acompañada de la invocación del nombre divino. Vive con Él, se mueve dentro de Su agapi-amor y permanece en él. El hombre viejo ha muerto en su interior; ninguno de los pazos (vicios, pasiones, adicciones, etc.) humanos volverá a dominar la psique-alma, porque la fuente de la vida vivifica su psique-alma. Ninguna de las cosas gloriosas del mundo puede atraer su corazón, ni ninguna de sus cosas agradables puede hacer que este descienda hasta envidiar lo insignificante. Ninguno de los bienes terrenales consigue hacer descender a la tierra su espíritu, que recorre los cielos.
El resplandor de las cosas mundanas ha perdido su fascinación. Los ojos de su psique-alma, iluminados y fortalecidos por la Luz increada que no conoce ocaso, ya no quedan deslumbrados por el falso resplandor de las cosas terrenales; su poder se ha debilitado en ella y su corazón se ha convertido en una fortaleza inexpugnable. Ningún asalto (de demonios) puede conquistarla, porque en ella, como en una cámara nupcial, habita Cristo, el Novio, el Rey poderoso, el Rey de la doxa-gloria increada. La alegría celestial llena su corazón, la agapi-amor la inunda y la paz reina en su interior.
Todas las virtudes brotan de su corazón, resplandeciendo como rayos del sol sobre su rostro y haciéndolo brillar, mientras dibujan en él la sagrada imagen del decoro, coronándola con las flores de las virtudes. Cada una de las virtudes que nacen en ella es perfecta cuando se manifiesta; brilla como un diamante en el collar de una reina y la adorna como a una novia. Su diania (mente, intelecto) es pura como la atmósfera de un cielo luminosísimo; recibe la iluminación de la divina Luz trisolar (triple solar) y es santificada por la fuente de la santificación. El Espíritu Santo descendió sobre ella y le concedió abundantemente Sus carismas.
Le concedió espíritu de sofía-sabiduría, espíritu de prudencia, espíritu de voluntad, espíritu de conocimiento y de verdad, y espíritu de temor de Dios. Sus palabras están llenas de Jaris, y de sus labios fluye una voz más dulce que la miel. Los sonidos de su voz, como las teclas de un instrumento musical, tocan las cuerdas de los corazones piadosos que la escuchan con atención; los conmueven y hablan en su interior. Sus pensamientos son elevados y habla como si el mismo Dios la hubiera instruido. Sus palabras brotan de su corazón puro como el agua cristalina de un manantial que surge rebosante de vida, salta y vivifica las psiques-almas que beben de él.
La vida de la virgen consagrada al Señor transcurre serenamente, como un arroyo en medio de una pradera florida, cuya superficie no es perturbada por el menor soplo de viento. Así fluye y avanza silenciosamente, sin turbulencias, hacia su destino, regando con sus aguas benéficas las plantas de sus orillas y vivificándolas. El corazón y la diania (mente, intelecto) de la virgen, después de haber amado a Jesús y haberse consagrado a Él, son una lámpara viva, encendida por la llama del amor de Jesús. Consumida por esa llama, arde ante el altar divino como un sacrificio puro e inmaculado, como una ofrenda espiritual y sagrada.
Su sacrificio es un culto continuo a Dios, una ofrenda incesante, un himno angélico, una alabanza interminable. La pureza de la psique-alma virginal se asemeja a la flor del alba, que acaba de abrir sus pétalos resplandecientes de pureza y llenos de fragancia, brotados bajo los primeros rayos cálidos del sol. La pureza de su cuerpo, por su parte, es como la blancura de la nieve que ha caído sobre las cumbres de las montañas. La σωφροσύνη (templanza y sobriedad espiritual) la adorna como un manto real y la embellece como a una novia de Cristo.
La virgen venerable vive la vida de los ángeles; convive con ellos, dialoga con Dios, solo a Él sirve y cumple Su voluntad. Así como los ángeles elevan incesantemente su doxología a Dios, también la virgen eleva sin cesar desde la tierra al cielo sus himnos de alabanza. Posee un carácter lleno de Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada) que manifiesta santidad, modales sencillos, vestimenta decorosa, actitud sincera, mirada serena, pura y humilde. Mantiene su oído incontaminado, alejado de sonidos impropios e inoportunos. Sus labios son puros y protege su lengua tras la barrera de sus dientes. Sus manos son inmaculadas, sin mancha y resplandecen de limpieza; las mueve con orden, ya sea mientras trabaja, glorifica a Dios, le da gracias o hace el bien beneficiando a su prójimo.
Su olfato, que también permanece virginal, no busca la coquetería femenina ni debilita la psique-alma con fragancias y perfumes. Sus pies, como los de un ángel que anuncia buenas nuevas, corren hacia los atrios del Señor. Es necesario que la virgen esté adornada de recato (sístole, cautela) y que, antes que a nadie, sienta reverencia y devoción ante su ángel, guardián de su psique-alma y de su cuerpo. Debe obrar siempre como si trabajara en su presencia y como si todo quedara expuesto a la luz. El corazón de la virgen consagrada a Dios lleva la armadura de la divina Jaris. El Espíritu Santo la envolvió con Su protección y la hizo invencible.
La virgen herida por la αγάπη (agapi: amor incondicional) del Señor desprecia los placeres, las riquezas y todo aquello que el mundo considera agradable. Desprecia igualmente la soberbia y la doxa-gloria mundana, rechaza las adulaciones pasionales provocadas por la mentalidad carnal y vence el poder de la belleza corporal. La virgen se burla de todos los bienes que quienes están dominados por las pasiones (pazos) consideran propios de la vida, y reconoce un solo bien digno de ser estimado: la agapi (amor incondicional), el bien absoluto que anhela y busca.
Su anhelo es un anhelo sagrado, un anhelo santo; desea ardientemente vivir cerca del Señor y reinar con Él. La virgen venerable ha preparado su cuerpo para que se convierta en un templo santo donde habite Dios todopoderoso y ha dispuesto su corazón como una cámara nupcial para recibir a Cristo, el Novio. La psique-alma de la virgen está serena e imperturbable, exactamente como la superficie de un lago en calma, que recibe sus aguas —es decir, los conceptos divinos— de una fuente purísima de origen divino. Sobre ella se refleja la belleza de la imagen de su Novio divino.
La conducta ética, madre de las virtudes del nus (espíritu), reina en todos sus pensamientos. Ella le enseña qué es el bien y qué es el mal. La conducta ética se ha convertido para ella en ciencia del conocimiento y en criterio seguro para discernir lo que debe hacer y lo que no debe hacer. Ella dirige todos los esfuerzos y la perseverancia de la psique-alma y permanece como guardiana vigilante de los movimientos de los pensamientos. Su sensatez, como una piedra de toque que distingue el oro puro, separa los pensamientos buenos de los malvados. Rechaza al instante los pensamientos que no aprueba.
La sofía- sabiduría de la virgen descubre las verdades ocultas y las revela a quienes las buscan; se manifiesta como conocimiento y sensatez, tanto en las palabras como en las obras. Su conocimiento es verdadero y seguro: conoce las cosas tal como son en sí mismas y en las relaciones que mantienen entre ellas. El conocimiento se ha convertido para ella en maestro de la piedad y le ha enseñado quién es ella y cuáles son sus deberes. Le ha hecho saber que ha sido creada a imagen y semejanza de Dios, le revela en su interior al Dios que tanto anhela conocer y a quien busca su corazón.
El conocimiento ilumina el camino que ha elegido y la guía por el sendero de su vida. Sus deseos son buenos, como los deseos de un ángel; sus pensamientos son rectos y constituyen un criterio de verdad. Delibera sobre todas las cosas y señala las decisiones buenas. La fuerza de su sensatez permanece siempre vigorosa y sostiene todo cuanto se propone hacer. La sabiduría le ha enseñado a temer al Señor, a cumplir Su voluntad y a santificar Su nombre todos los días de su vida, de día y de noche.
Su prudencia o conducta ética ha cerrado el camino a la imprudencia, la insensatez, la necedad, la ligereza, la vanidad, la falsedad y la falta de voluntad. Permanece vigilante ante cualquier imagen que pudiera penetrar en su interior a través de los sentidos y examina todas las cosas con el máximo rigor: recibe con agrado las buenas e impide inmediatamente la entrada de las malas. La fortaleza ética, que engendra todas las virtudes de la facultad irascible, ha protegido su pecho como una armadura y ha convertido su psique-alma en morada de las más nobles virtudes morales.
La perseverancia ha establecido su morada en ella. La magnanimidad y la grandeza de espíritu la dominan. La nobleza adorna su psique-alma y transmite su luminosa Jaris a las virtudes que la rodean. El valor la convierte en defensora de la verdad, de lo recto, de lo bueno y de la justicia. Nada tiene poder para alterar su sano juicio; toda amenaza ha fracasado de antemano. Las palabras amenazadoras que atemorizan a las psique-almas débiles no la intimidan ni le infunden miedo.
Se resiste a quienes persiguen la verdad y permanece firme en la defensa de la justicia. Su renuncia a sí misma la convierte en testigo de la verdad. Su amor a la verdad hace de ella una ofrenda sagrada y viviente que se sacrifica en el altar de la verdad. La virgen armada con la armadura de las virtudes éticas permanece inconmovible ante los ataques de quienes la combaten; se defiende con valentía de los agresores, rechaza toda clase de ataques del enemigo, persevera en la lucha, soporta las adversidades, resiste las pruebas, tentaciones y acepta de buen ánimo y agrado la ayuda de Dios y Su poderosa protección.
La virgen dotada de fortaleza ética y valor piensa con ánimo valeroso, es magnánima y tolerante con quienes la afligen y la entristecen, perdona las deudas, disculpa las faltas y culpas, ama a quienes la odian, bendice a quienes la persiguen, ora por quienes la insultan, ama a quienes la aborrecen y odian, devuelve bien por mal y vence el mal con el bien. La fortaleza ética y el valor ennoblece la psique-alma, enseña la delicadeza en el trato con el prójimo, se preocupa por la paz y el honor de los demás y soporta la aflicción y tristeza que estos puedan causarle. Enseña a refrenar el placer, el deseo, la tristeza y la ira, el enojo, así como a resistirse a todo aquello que seduce mediante un entretenimiento y modo engañoso.
La fortaleza ética, como soberana absoluta del corazón, rechaza las maldades y los vicios que puede engendrar la facultad irascible y no les permite entrar en él. Los rechaza en el mismo instante en que aparecen. Las oscuras figuras del odio, la enemistad, la envidia, los celos, la ironía mordaz, el rencor, el resentimiento, la calumnia, la alegría por la desgracia ajena, el egoísmo, la mezquindad de espíritu, la malevolencia, la ruindad, la ambición mezquina de honores, la tacañería, la avaricia y todos los demás vicios y maldades repulsivos de la facultad irascible de la psique-alma, que anidan en las psique-almas carentes de fortaleza interior, son alejados de ella lo más posible que pueda.
La virgen dotada de fortaleza ética ha vencido los pazos (vicios, pasiones, adicciones, etc.) de la facultad irascible de la psique-alma y ha erigido sobre ellas su trofeo de victoria. Ha sido coronada por la Jaris divina y permanece como una estatua colmada de jaris-gracia increada. La agapi-amor y el respeto de todos la rodean.
La σωφροσύνη (sofrosini: sensatez, templanza y sobriedad espiritual)* de la virgen es la flor fragante que ha florecido del árbol siempre verde de la perfección ética cristiana. La templanza de la virgen cristiana es imagen de la belleza de la virtud cristiana; es el tipo perfecto del ser humano regenerado por la fe en Cristo; es el ideal de la perfección ética humana; es la altura difícil de contemplar a la que ha ascendido el hombre de la verdad; es el compromiso místico mediante el cual la virgen se desposa con el Novio Cristo, y el misterio desconocido para los no iniciados, por medio del cual el hombre que ama la verdad, el auténtico seguidor de Cristo, se acerca a Dios.
*(véase 127. Σωφροσύνη sofrosini en https://www.logosortodoxo.com/lexico/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo-helenico-espanol-3/)
La σωφροσύνη (sofrosini: sensatez, templanza y sobriedad espiritual) es fuerza y energía y, al mismo tiempo, luz de la psique-alma impasible (sin pazos); fuerza y energía, porque mantiene sanas las facultades de la psique-alma; luz, porque conserva diáfana la luz de la diania (mente, intelecto) y mantiene resplandeciente la luz increada de la divina Jaris que le ha sido concedida con tanta abundancia. En la sofrosini de la virgen resplandecen la luz del conocimiento y la de la verdad.
En su mente no hay nada oscuro, sombrío ni confuso. Todo, sometido a la luz plena, se manifiesta y queda expuesto sin ocultamiento a su investigación. El nombre de la sofrosini (templanza y sobriedad espiritual) expresa su fuerza, porque es fundamento del pensamiento sano; y su mente sana es poderosa y posee toda la fuerza y energía que le ha sido otorgada por el Padre celestial.
Quien carece de esta fuerza padece en su mente y está debilitado y oscurecido en el nus (espíritu) y en el corazón. La sofrosini (sobriedad espiritual) es verdaderamente una luz que ilumina los ojos de la diania (mente, intelecto) de quienes la siguen con anhelo. Ella expulsa las tinieblas que provocan la búsqueda desordenada del placer y los demás pazos de la parte anhelante de la psique-alma, que se agitan en sus profundidades y tienden a cubrir el diáfano horizonte inteligible de la psique-alma. La sofrosini ilumina los ojos inteligibles de la psique-alma para que distingan lo verdadero y lo seguro, y apocalipta/ revela la imagen divina del Creador, que fue pintada con dedo divino en la imagen total de la creación.
La σωφροσύνη (sofrosini: sensatez, templanza y sobriedad espiritual) abre los oídos de la psique-alma y la capacita para escuchar el himno de alabanza de las criaturas. Es una vida espiritual y una virtud de belleza sublime. La sofrosini es una escalera que conduce de la tierra al cielo; es el fundamento de las virtudes. Quien es sófron sobrio y sensato alcanza mediante ella toda virtud. Solo por medio de ella la virgen recorre, uno tras otro, los peldaños de la escala de las virtudes y asciende continuamente hacia las alturas, con la mirada puesta únicamente en el cielo, aspirando a la meta que se encuentra en lo alto y dirigiendo los ojos hacia la cima de la escala, donde la espera el Señor, hacia quien eleva todo su corazón.
La Sagrada Escritura considera la templanza un sacrificio espiritual, un sacrificio agradable a Dios y un culto lógico. La σωφροσύνη (sofrosini: sensatez y sobriedad espiritual) es, en verdad, sacrificio y culto racional, porque quien es templado y sobrio ofrece a Dios su corazón como sacrificio puro, y la pureza de su psique-alma y de su cuerpo como culto verdadero y espiritual. Por tanto, la virgen adora a Dios día y noche y le ofrece un culto lógico y espiritual, un culto agradable y un sacrificio fragante.
San Cipriano llamó a las vírgenes flores fragantes de la Iglesia, porque la adornan como el Paraíso y perfuman su interior, derramando a su alrededor su inefable fragancia. San Atanasio llama a la virgen corona inestimable e incorruptible, templo de Dios, morada del Espíritu Santo, perla preciosa y trofeo de victoria sobre el Hades. Quienes se ejercitan en la virginidad siguen al Cordero adondequiera que vaya. Dios los escogió desde el principio de entre los seres humanos, y «en su boca no se halló engaño», porque fueron hallados sin mancha ante el trono de Dios.
Exhortaciones a una virgen
El divino Gregorio el Teólogo exhorta a la virgen a custodiar no solo su cuerpo, sino también sus oídos, sus ojos y su lengua, diciendo: «Sé virgen también cuando escuchas, cuando comes y cuando hablas, porque de todas estas cosas el pecado llega corriendo».
También san Basilio el Grande aconseja lo mismo, diciendo: «En la virgen las cosas permanecen vírgenes, por tanto, tanto el oído como la mirada, e incluso el tacto, así como todos sus movimientos». El mismo Padre aconseja a la virgen que practique la moderación en el gusto, para que no descuide la virginidad por el placer y termine perdiéndola. Recomienda moderación en la comida y rechaza los excesos, diciendo: «Así como un estómago lleno no engendra una mente sutil, del mismo modo, un pequeño exceso provoca debilidad e inactiva el nus (espíritu) por el malestar del cuerpo; y esa debilidad apaga el pensamiento bueno y sutil que está a punto de nacer».
Es necesario, por tanto, cuidar el cuerpo, no por sí mismo, sino para atender y cultivar la psique-alma. Porque es imposible, si no contamos con el cuerpo como auxiliar, dedicarnos suficientemente al estudio espiritual, al ejercicio de la virtud o a las lecturas filosóficas; o, si nuestro nus (espíritu) se opone al cuerpo, intensificar la oración tanto como es necesario; o realizar plenamente cualquiera de las cosas que la filosofía (de vida) prescribe para nuestro propio beneficio y el de aquellos que comparten la vida con nosotros.
Sometemos y disciplinamos nuestro cuerpo, no para inutilizarlo e impedir que pueda servir a la psique-alma, ni para que se rebele contra el espíritu, sino para que sea capaz de servirlo de buen grado y ánimo. Quien lleva su cuerpo a la extenuación lo vuelve inútil para el servicio de la psique-alma, y entonces la psique-alma queda sometida al cuerpo. Cuando el apóstol Pablo decía: «No os preocupéis por la carne-cuerpo», no se refería al cuerpo, sino a los deseos. Por tanto, es necesario que, mediante el ejercicio ascético, cortemos los deseos de la carne, pero que cuidemos de aquello que se necesita para el buen mantenimiento del cuerpo, a fin de conservarlo. Los alimentos no nos justificarán ante Dios, porque la Realeza increada de Dios no es «comida ni bebida, sino justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo» (Rom. 14, 17).
De esto comprendemos que el consumo de alimentos debe hacerse con discernimiento racional y que, cuando nos abstenemos de ellos, debemos hacerlo con prudencia. Quien no ayunó con discernimiento lógico no superó en virtud a quien ayunó lógicamente; más bien, quedó por debajo de él, al fracasar en su propósito, porque consideró el ayuno como una virtud en sí misma, cuando el ayuno es un medio y no un fin.
El uso lógico de los alimentos tiene como objetivo la perfección ética, que se alcanza mediante el dominio del espíritu. Si, al abstenernos de los alimentos, el espíritu no consigue liberarse de las cadenas de la esclavitud de las pasiones morales, el ayuno no solo no ha sido de ningún provecho, sino que incluso ha perjudicado, porque ha extraviado su mente imprudente y ha corrompido su corazón aún no moldeado.
La virgen debe prestar atención a todas las cosas. La atención se convierte en maestra de la perfección; sin ella no se realiza nada de lo que debe hacerse. Porque mediante ella distinguimos las diferencias existentes entre cosas que aparentemente son semejantes, las diferenciamos unas de otras y descubrimos aquello que las distingue específicamente, para formarnos un concepto exacto de cada cosa que percibimos, conocerla y pronunciarnos sobre ella, definiendo con precisión qué es.
La atención vigilante engendra el discernimiento, y el discernimiento, el conocimiento de la esencia de las cosas, es decir, de lo que cada cosa es exactamente. Por tanto, la atención, como madre del discernimiento que conduce al conocimiento, es absolutamente necesaria para la virgen que busca el conocimiento y avanza hacia la perfección. Puesto que la perfección es resultado del conocimiento y es imposible alcanzar el conocimiento sin la atención vigilante, la virgen que es negligente en la atención fracasará en el propósito que persigue. La falta de atención expone a la virgen al peligro de la perdición; solo la atención la salva, junto con la percepción divina, y la conduce al propósito que persigue.
La virgen que ha amado a Cristo y se ha consagrado a Él debe alcanzar un conocimiento perfecto de la verdad que le ha sido revelada/ apocaliptada y de las cosas que perciben sus sentidos, para poder juzgar con exactitud su naturaleza y no dejarse engañar por su apariencia exterior, tomando lo deshonroso por honorable, lo falso por verdadero, lo diferente por semejante, lo contrario por concordante y conforme, lo enfrentado por aliado, lo perjudicial por beneficioso, lo adulterado y falso por auténtico, el error por la verdad, y así sucesivamente.
Solo mediante la atención vigilante puede uno discernir el verdadero carácter de cada cosa, rechazar las malas y falsas y acoger las buenas. Así, distinguiendo siempre lo bueno y beneficioso, puede incorporarlo a su vida para alcanzar una elevada virtud y llegar a la perfección. La perfección es la meta hacia la que se dirige la virgen, la norma o canon de su vida y el propósito de su conducta y de su forma política de autogobierno y vida. La ignorancia de las cosas, tanto sensibles como inteligibles, la extravía y perturba su conciencia.
Por tanto, la ignorancia extravía su conciencia, y el extravío de la conciencia se convierte para ella en causa de muchos males, porque engaña la facultad y fuerza ética que hay en nuestro interior, facultad y fuerza capaz de distinguir y juzgar las acciones según su valor y de reconocer si son conformes o contrarias a la ley ética escrita en nuestro corazón. De este modo, la conciencia flaquea, yerra y engendra en su interior sentimientos desagradables. La conciencia es el juez de nuestras acciones éticas, pero, para ser un juez recto y justo, debe estar iluminada.
Entonces se convierte en un juez justo y juzga correctamente, decidiendo y dando a cada uno lo que le corresponde. Sin embargo, para que esté iluminada, también la luz interior de nuestro ser debe permanecer siempre luminoso, y la diania (mente, intelecto) debe estar igualmente iluminada e ir siempre acompañada de la atención. Sin esta atención, incluso una conciencia iluminada puede extraviarse, porque la luz del nus (espíritu), debido a la falta de atención, no llega a iluminar las representaciones que recibe, las cuales penetran sin ser examinadas en la psique-alma, la extravían y perturban el corazón.
También engañan y perturban la conciencia las percepciones inexactas, cuando el nus, por ignorancia o por estar privado de la luz del conocimiento, carece de la capacidad de investigar y descubrir el significado correcto de lo que escucha. Debido a que le falta esta luz del conocimiento, la conciencia extraviada, llamada también conciencia oscurecida, se manifiesta de diversas formas: como conciencia débil, como conciencia mezquina, como conciencia excesivamente sensible y escrupulosa o como conciencia insensible, es decir, endurecida.
La conciencia enferma y débil, en particular, aflige al corazón y lo reprende incluso por cosas en las que no se ha transgredido la ley, debido a la falta de iluminación de la diania (mente, intelecto), que le permitiría conocer el espíritu de la ley. La conciencia temerosa, asustadiza perturba el corazón incluso ante una buena acción, por ignorar su carácter, su verdadera naturaleza. La conciencia laxa permite, por error, que se hagan cosas que no están permitidas. La conciencia insegura o dudosa tambalea continuamente porque ignora si una acción es lícita o ilícita y es incapaz de discernir su naturaleza y su carácter.
La conciencia mezquina se inquieta, se agita y acusa a alguien de haber pecado, aunque no se haya cometido transgresión alguna. La conciencia excesivamente escrupulosa y súper-sensible se turba ante cosas que dejan tranquila y en plena paz a la conciencia iluminada. En cambio, la conciencia insensible, es decir, endurecida, por estar completamente oscurecida, lo permite todo, se acomoda al pecado y encuentra placer en él. Quienes están oscurecidos de esta manera son los que blasfeman contra el Espíritu Santo, porque han odiado la luz y amado las tinieblas.
La diania (mente, intelecto) iluminada, acompañada siempre de la atención vigilante, ilumina y preserva la conciencia, manteniéndola siempre serena. La conciencia iluminada, que resplandece por la luz del conocimiento que hay en nuestro interior y por la luz de la revelación/ apocálipsis divina, enseña lo bueno, lo agradable a Dios y lo perfecto, y conduce por los caminos rectos del Señor. Quien tiene la conciencia iluminada vive siempre sereno y se dirige sin desviarse hacia el fin adecuado y lógico al que ha sido llamado a llegar, practicando el bien y la bondad.
Su diania iluminada examina todas las cosas, pero conserva lo bueno. Su juicio es auténtico y recto; sus decisiones, irreprochables; sus acciones, buenas; los pensamientos de su corazón, puros; su modo de vida, seguro. Su vida transcurre apaciblemente y la serenidad inunda su buena psique-alma. Quien tiene la conciencia iluminada es bienaventurado, porque la Jaris del Santísimo Espíritu ha establecido en él su morada. Por tanto, es necesario que la virgen venerable tenga una conciencia iluminada y lleve una vida tranquila y serena, (en hisijía: serenidad de la mente y paz del corazón), que la quietud y la serenidad llene su corazón, que la paz reine en su interior y que sea bienaventurada.
La luz del conocimiento y de la divina Apokálipsis deben iluminar el nus (espíritu) y el corazón de la virgen. La virgen venerable, puesto que profesa un modo de vida cristiano superior, debe luchar por alcanzar su perfección ética, para llegar a ella con seguridad. Pero la perfección sin atención vigilante es imposible, porque es imposible alcanzar la perfección sin conocer la naturaleza de las cosas. Quien ignora la naturaleza de las cosas ignora las cosas mismas, desconoce su carácter, ignora la verdad, juzga erróneamente la cualidad de las praxis, acciones y se equivoca al tener que elegir, escogiendo siempre el mal en lugar del bien, lo falso en lugar de lo verdadero y lo perjudicial en lugar de lo beneficioso.
Por tanto, si incluso la diania (mente, intelecto) iluminada es incapaz de distinguir la verdad sin la atención vigilante, esta es la primera maestra de la verdad y, en consecuencia, absolutamente necesaria. La atención despierta la psique-alma para que estudie su propio ser, examine qué desea, cuál es la verdadera naturaleza de esos deseos y pueda apartar de sí lo impío y lo irreverente. La atención vigilante es el ángel custodio del nus (espíritu), que continuamente le aconseja estar atento. La atención vigilante despierta la psique-alma cuando el sueño se apodera de ella.
La atención vigilante es la brújula del navegante en el mar de la vida, que siempre se ve perturbado y agitado por olas altas y poderosas, levantadas por vientos de toda clase, que amenazan con hundir la nave de la vida. Por tanto, teniendo esta brújula ante sus ojos, la virgen se dirige con sofía-sabiduría y seguridad hacia el puerto de la salvación. Sin atención vigilante, el naufragio es seguro y la perdición, cierta.
La atención examina cada pensamiento, cada deseo y cada recuerdo. Los pensamientos, los deseos y los recuerdos nacen de diversas causas y, muchas veces, aparecen enmascarados y revestidos de un esplendor aparente para engañar a la diania (mente, intelecto) desprevenida, entrar en la psique-alma y someterla por completo. Solo la atención vigilante puede revelar su forma encubierta. Muchas veces su disimulo es tan perfecto que resulta difícil reconocerlos y se requiere una atención muy grande. La virgen debe recordar siempre las palabras divinas y salvadoras del Señor: «Velad y orad, para que no entréis en tentación» (Mt. 26, 41).
Quien permanece atento en vela no cae en la tentación, porque está en nipsis, se mantiene sobrio, vigilante y atento. Los pensamientos, los deseos y los recuerdos reflejan el grado de desarrollo ético e intelectual de cada persona. Según sea el desarrollo ético e intelectual de cada uno, así serán sus pensamientos, sus representaciones, ideas o concepciones mentales, sus deseos, anhelos y sus recuerdos. Si la diania (mente, intelecto) está insuficientemente desarrollada, también los pensamientos serán erróneos. Si el desarrollo ético es incompleto, los deseos, anhelos y los recuerdos serán engañosos. Pero, si el desarrollo ético e intelectual es perfecto, entonces los deseos, los anhelos, los recuerdos y las representaciones, ideas o concepciones mentales estarán iluminados, serán sanos, rectos, puros y santos.
Los pensamientos, los deseos, anhelos y los recuerdos de quienes todavía no han alcanzado la perfección deben ser sometidos a examen y control. Quienes aún no han sido perfeccionados, deben comunicar sus deseos, anhelos, recuerdos e ideas o concepciones mentales a una persona de diania (mente, intelecto) iluminada, capaz de examinarlos, discernir su naturaleza y reconocer lo bueno frente a lo malo, así como lo adulterado frente a lo auténtico. Quienes no hacen esto ya han sido engañados, han caído en el error y corren un peligro extremo.
Sin embargo, quienes acuden a personas iluminadas y perfeccionadas en la virtud deben, al confesarse con ellas y pedirles consejo, manifestarles con claridad, transparencia, sin rodeos y con absoluta sinceridad, no solo estas cosas, sino también las causas de las que nacieron, tanto éticas como materiales. Así, quien escucha podrá examinarlas satisfactoriamente y comprender su verdadera naturaleza, para comunicar a quien se ha confesado la opinión iluminada que este le ha pedido.
Quien se confiesa debe aceptar esa opinión y guardarla como un mandamiento y logos divino, porque ha salido de los labios de una persona cuyo nus (espíritu) está iluminado por la luz divina y que la ha comunicado después de comprobar que es conforme a la ley divina. Quien transgrede el mandamiento de su padre espiritual se convierte en transgresor del mandamiento divino y, por tanto, de la ley divina. ¡Ay de él! Que Dios tenga misericordia de él.
Las ideas, representaciones y concepciones mentales, los recuerdos y los deseos de quienes todavía no han alcanzado la perfección intelectual y moral terminan convirtiéndose en los mayores escollos, los arrecifes más peligrosos y los bajíos más temibles contra los que chocan las naves de los navegantes descuidados, ignorantes y desprevenidos.
Los peligros procedentes de los deseos y recuerdos del corazón, así como de los pensamientos del nus (espíritu) con su mente, son grandes porque actúan de manera insidiosa. Las fuentes de los diversos deseos, recuerdos y pensamientos son las obras de las manos, las actividades de la diania (mente, intelecto) y los impulsos que proceden del nus y del corazón. Y, como si no bastaran las fuentes del mundo material y del espiritual, muchas veces también son provocados por sugestión.
A estos peligros se exponen todos los que caminan sin atención vigilante. Para las vírgenes, estos peligros se vuelven más difíciles debido a la delicada, pero también elevada, posición en la que se encuentran. La virgen que se deja seducir por los deseos, los pensamientos o los recuerdos, se aparta del camino recto y corre hacia el camino de la perdición. La virgen debe examinarlo todo con una atención muy grande y constante, porque en cada deseo, pensamiento y demás, se oculta un peligro, como una serpiente venenosa escondida bajo una roca, dispuesta a lanzarse sobre ella.
Por tanto, la virgen debe evitar que permanezcan demasiado tiempo en su nus (espíritu) y en su corazón cualquier deseo o pensamiento ajeno a su modo de vida o incompatible con su vida virginal. Además, debe prestar atención incluso a sus buenos pensamientos y a sus santos deseos, y también manifestarlos a quienes poseen la capacidad espiritual para juzgar y decidir. No debe confiar ciegamente en sí misma por iniciativa propia, exponiéndose así al peligro de ser engañada.
La virgen que tiene celo por una vida decorosa y austera debe adornarse con la dignidad decorosa, para ser ejemplo de virtud y no servir de tropiezo a sus hermanas. San Basilio el Grande, al recomendar a las vírgenes la atención vigilante, dice: «Así también la virgen, haga lo que haga —ya esté sola o acompañada, tanto si va a expresar su opinión como si se trata de cómo se moverá, qué aspecto tendrá o qué postura adoptará—, debe hacerlo para agradar a su Novio, conversando con los amigos del Novio con prudencia y pureza».
San Basilio considera a la virgen perfecta en la virtud y semejante a Dios; por eso la llama «estatua divina», es decir, imagen viva de Dios, y la exhorta diciendo: «Sin duda, debe hablar como una novia, con recato, porque es necesario que sea íntegra como la paloma y prudente como la serpiente (que primero protege su cabeza)». El mismo Padre aconseja también que la verdadera virgen debe vivir con exactitud, guardándose de cualquier contacto masculino y, cuando camine con mujeres, mantener su atención y su nus (espíritu) dirigido al cielo y completamente apartado de su cuerpo.
También aconseja a las monjas que tengan cuidado en sus relaciones con los hermanos, no sea que, por escucharlos hablar continuamente del Novio, lleguen a amarlos tanto como al Novio y rebajen así la dignidad de este. Algunas, en efecto, no solo han amado a los servidores tanto como al Novio, sino incluso más que al Novio; y, ofendiendo al Novio con quien una vez se desnoviaron (desposaron), se han convertido en novias de sus servidores.
Por esta razón, las vírgenes deben vigilarse a sí mismas y no desviarse ni a derecha ni a izquierda, para no extraviarse, sino avanzar por el camino del medio y dirigirse siempre hacia la virtud: «Mirad con exactitud cómo camináis, no como insensatas, sino como sabias» (Ef. 5, 15); porque avanzan hacia la virtud, pero en medio de numerosas trampas, y por encima de las murallas de las ciudades; por eso deben precaverse para que, por negligencia, su pie no quede atrapado en una trampa o no caigan desde las murallas de la ciudad y pierdan violentamente la vida.
La virgen debe vigilarse a sí misma y no envalentonarse por haber adquirido la virtud, porque corre el peligro de recibir una herida mortal precisamente donde menos lo espera: «Quien crea estar firme, mire que no caiga» (1 Cor. 10, 12). La virgen debe refrenar, domar su imaginación, la fantasía y no dejarse llevar y elevarse por ella hacia mundos falsos, alturas inexistentes, cielos y paraísos ficticios. Tampoco debe crear ídolos imaginarios, ni dejarse transportar por las alas de la imaginación y la fantasía, como si estuviera fuera del cuerpo y del mundo.
Quienes se elevan mediante la imaginación o la fantasía sufren un grave extravío, porque la imaginación o la fantasía no puede sacar de ningún modo del mundo a quien se deja elevar por ella, ni puede llevarlo fuera del cuerpo; al contrario, lo mantiene dentro del cuerpo, puesto que toma del mundo el material con el que crea sus imágenes. Si la imaginación o fantasía pudiera trasladar a quienes la utilizan fuera del cuerpo y del mundo, bastaría para alcanzar el propósito perseguido y conduciría a la meta deseada. Pero entonces, por una parte, la virtud perdería su significado y, por otra, se obligaría a Dios a comunicarse con quienes, guiados por su imaginación o fantasía, pretenden forzar las puertas del cielo.
Quienes creen algo semejante blasfeman y sufren un grave extravío. La imaginación solo engendra fantasías; no eleva al cielo, no presenta al fantasioso soñador o fantasmagórico ante el trono del Altísimo, no revela los misterios ni hace que algunos vuelen hacia los cielos; tampoco sitúa al hombre fuera del cuerpo y del mundo; al contrario, al hombre fantasioso soñador o fantasmagórico lo extravía «de aquí para allá», engaña a los insensatos, representa imágenes ficticias y corrompe sus psique-almas insensatas. Las realidades sobrenaturales y supramundanas, que pertenecen al mundo espiritual, no pueden ser descritas por ninguna imaginación o fantasía, puesto que nuestros sentidos no pueden percibirlas. Dios las revela/ apocalipta únicamente a quienes tienen el corazón y la diania (mente, intelecto) puros.
La Religión Cristiana es una religión de la apocálipsis/ revelación; por eso, solo lo divino apocalipta/revela su doxa-gloria increada a quienes han alcanzado la perfección en la virtud. El Cristianismo ortodoxo enseña la perfección mediante la virtud y exige que sus fieles o seguidores lleguen a ser santos y perfectos. Desaprueba y rechaza a quienes viven de fantasías, considerándolos temerarios, descarados y audaces en su presunción. Quien verdaderamente ha alcanzado la perfección en la virtud sale, con la ayuda divina, fuera del cuerpo y del mundo y entra realmente en otro mundo espiritual; pero no lo hace mediante la imaginación o la fantasía, sino por la iluminación de la divina Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada). Sin la Jaris increada, sin la apocálipsis/ revelación divina, ningún ser humano, ni siquiera los más virtuosos, podría encontrarse fuera del cuerpo y del mundo.
Dios se manifiesta a los humildes que practican la virtud. Quienes utilizan las alas de la imaginación o de la fantasía intentan un vuelo de Ícaro y terminan como él. Los soñadores visionarios de fantasías divagan, y quienes divagan no oran. La diferencia consiste en que quien ora eleva hacia Dios el nus (espíritu) y el corazón, mientras que quien divaga se entretiene con su imaginación y su fantasía o sueño. Quienes se abandonan a las fantasías experimentan algo semejante a quienes toman opio para disfrutar de representaciones, ideas o concepciones mentales placenteras.
Los soñadores fantasiosos o fantasmagóricos que viven de fantasías se han alejado de la Jaris increada de Dios y se han apartado del ámbito de la apocálipsis/ revelación divina. Quienes se entregaron a la fantasía e imaginación abandonaron el corazón, donde se apocalipta/ revela la energía increada Jaris, y se entregaron a la fantasía e imaginación, que está completamente privada de ella. Solo el corazón recibe conocimiento (gnosis) de aquello que los sentidos no pueden percibir, porque Dios, que habita y camina en él, le habla y le apocalipta/ revela «la realidad sustancial de las cosas esperadas».
La fantasía e imaginación convierte a quienes la siguen no en adoradores de Dios, sino en idólatras, porque induce a sus seguidores a venerar las imágenes que ella misma fabrica.
La virgen que se entregó a la imaginación y la fantasía, al descuidar el ámbito de su corazón, permitió que germinaran en su interior muchos males. Olvidó la αγάπη (agapi: amor incondicional) del Señor y perdió la paz y la alegría. Su psique-alma está siempre triste y turbada, y así vaga por lugares inaccesibles y áridos.
De todo ello se concluye que todos deben practicar la máxima atención vigilante, y especialmente las vírgenes, para caminar con seguridad y sin desviarse por el camino de la virtud, perfeccionarse en ella y hacerse dignas de ser novias del Novio Cristo; para que sean consideradas dignas de vivir en Su Realeza increada, reinar junto con Él y convertirse en coherederas de la Realeza Celestial. Amín.
FIN Y DOXA-GLORIA A DIOS.
San Nectario de Pentápolis: Conócete a ti mismo
Ediciones Athos
Traducción xX jJ Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/category/san-nectario-conocete-a-ti-mismo/







