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Oct 31 2026

CONÓCETE A TI MISMO, San Nectario, IV capítulo, SOBRE LA LEY ÉTICA

San Nektarios de Pentápolis: Conócete a ti mismo

SEGUNDA PARTE ESTUDIOS ÉTICOS

IV Capítulo: SOBRE LA LEY ÉTICA

  1. Sobre el hecho de que la ley ética es innata, conduce a la perfección y constituye el bien supremo.
  2. Sobre la vida ética del hombre y sobre el hecho de que el hombre es, por naturaleza, un ser ético.
  3. Sobre el hombre, que, por ser naturalmente un ser ético, es también por naturaleza un ser religioso (en sentido ortodoxo),.
  4. Sobre la vida ética conforme a Cristo.
  5. Sobre el hombre, que fue creado con la capacidad de ser éticamente libre y que debe llegar a serlo también de manera efectiva.
  6. Sobre la imputabilidad de los actos del hombre como existencia éticamente libre.
  7. Sobre el libre albedrío o independencia y la libertad ética.
  8. Sobre la verdadera libertad ética y la libertad superficial o falsa.
  9. Los rasgos del hombre éticamente libre y del esclavo ético. 9a El carácter del hombre éticamente libre.  9b.El carácter del esclavo ético.
  10. Sobre la fuerza formativa de la libertad ética.
  11. Sobre la libertad ética, que se desarrolla mediante la identificación de la voluntad personal con la voluntad divina.
  12. Sobre la inviolabilidad del libre albedrío o independencia.
  13. Sobre el modo en que podemos permanecer éticamente libres.
  14. Cómo seguir al Cristo Salvador.
  15. El carácter y la promesa del Cristianismo.
  16. Sobre el pecado.
  17. ¿Cuál es la razón por la que pecamos?
  18. Sobre el hecho de que el hombre, al haber sido creado a imagen de Dios, fue creado bueno y, por naturaleza, desea el bien.
  19. Sobre el hecho de que el error se debe a la negligencia.
  20. Sobre la metania (arrepentimiento y conversión interior).
  21. Sobre la sumisión a las leyes.
  22. Sobre la disciplina.
  23. Sobre la desobediencia.
  24. Sobre la conciencia.
  25. Sobre la conciencia de la psique-alma.
  26. Sobre la conciencia del hombre que transgrede la ley ética.
  27. Sobre la conciencia malvada.
  28. Sobre el endurecimiento del corazón

 

 

  1. Sobre el hecho de que la ley ética es innata, conduce a la perfección y constituye el bien supremo.

La ley ética es una ley innata, dada al hombre, que se manifiesta como una disposición y una inclinación naturales hacia el bien, la verdad y la justicia. La conciencia da testimonio, además, de esta disposición e inclinación innatas del hombre hacia el bien, la justicia y la verdad. Lo comprobamos cuando la conciencia permanece en paz allí donde se cumple la ley ética, pero se rebela y protesta cuando esta se transgrede. Cuando se cumple la ley ética, la psique-alma se deleita; cuando se incumple, se entristece. Quienes practican la ley ética llegan a ser felices y bienaventurados; quienes la transgreden se dejan arrastrar hacia la miseria y terminan siendo desdichados, desgraciados e infortunados.

La ley ética conduce a la perfección y a la santidad, y hace del hombre una imagen luminosa y semejante a Dios. La ley ética libera de la esclavitud de las pasiones y hace éticamente libres a quienes la cumplen. La ley ética es el camino que nos conduce a la vida verdadera y eterna. Quienes la guardan tienen el nus iluminado y el corazón puro. Quien guarda la ley ética de Dios se convierte en amigo de Dios y queda protegido por la divina Jaris (Gracia, energía increada). Quien guarda la ley ahuyenta todo temor; quien cumple la ley no tiene nada que temer.

La ley ética es el mayor bien que Dios donó al hombre para que viva en la tierra libre y feliz; para que llegue a ser fuerte, se eleve a una alta posición de gloria y avance siempre hacia la perfección. La ley ética es la fuerza secreta, mística que impulsa al hombre hacia adelante y lo perfecciona. Es la fuerza milagrosa que lo eleva y lo conduce hasta el cielo. Es el faro resplandeciente y luminoso que alumbra al hombre en el mar de la vida.

La ley ética es el puerto sin oleaje en el que siempre reina la serenidad del corazón. Es la fortaleza inexpugnable que no puede ser conquistada por las incursiones de los enemigos y que salva con seguridad a quienes le han confiado su salvación. La ley ética es el ascenso seguro hacia Dios. Bienaventurados quienes cumplen la ley ética, porque han abrazado la alegría perpetua, que nadie puede arrebatarles. También serán considerados dignos de alcanzar la alegría eterna en la Realeza de los Cielos.

 

2. Sobre la vida ética del hombre y sobre el hecho de que el hombre es, por naturaleza, un ser ético

A. La vida ética es la que corresponde al hombre:

a) Porque mediante ella se cumplen los santos anhelos de su corazón.

b) Porque está de acuerdo con la ley ética escrita en su corazón.

c) Porque su buen carácter ético alegra y satisface su corazón.

d) Porque la vida inmoral sin ética no le agrada, sino que la aborrece y la odia.

e) Porque siente que solo la vida ética y moral es digna de él y se ajusta a su naturaleza.

B. La vida ética es apropiada para la vida humana porque es lógica; y, puesto que el hombre es un ser lógico, también le corresponde una vida regida por la lógica. Quien vive éticamente vive de acuerdo con la lógica, porque la vida ética está dirigida por esta. La lógica contiene los impulsos y los deseos, refrena los pazos (pasiones, vicios, adicciones, etc.) prohíbe lo ilícito y deshonroso, y enseña qué debemos hacer y qué no, qué es lícito y qué es ilícito.

C. La vida ética es la que corresponde al hombre:

a) Porque lo embellece espiritualmente, lo eleva y lo perfecciona.

b) Porque es una vida espiritual, y el hombre es un ser dotado de nus (espíritu lógico) y llamado a convertirse en un ser éticamente libre. Sin embargo, solo la vida ética hace de él, en acto, un ser éticamente libre y, en este sentido, una semejanza de Dios.

c) Porque el hombre, como ser espiritual-noético, ama por naturaleza lo bueno, el bien, lo verdadero, lo justo y lo lícito. Solo la vida ética los abraza y los protege a todos.

d) Porque, cuando sufre y lucha en favor de la vida ética, su psique-alma experimenta satisfacción y, al mismo tiempo, siente aversión por la vida desenfrenada y depravada.

D. La vida ética es la que corresponde a la vida humana porque el hombre puede distinguir instintivamente la calidad de sus praxis, actos y diferenciarlos entre buenos y malos; puede aprobar los buenos y desaprobar los malos. Esta distinción de la calidad de los actos manifiesta la inclinación innata hacia la vida ética. Ella misma da testimonio de la ley innata grabada en el corazón del hombre.

E. La vida ética es la que corresponde al hombre porque, cuando obra el bien, suscita hermosos sentimientos en su corazón. Por el contrario, cuando obra el mal, sus sentimientos son desagradables. La alegría y la tristeza dan testimonio de que la conciencia posee un conocimiento innato de la ley ética, así como una disposición que se inclina siempre hacia el bien.

F. La vida ética es la que corresponde al hombre porque el nus (espíritu) y el corazón siempre se han inclinado a favor de la ley ética. Toda la humanidad ha tenido leyes y principios éticos y morales, que siempre ha seguido.

G. La vida ética es la que corresponde al hombre, porque hace de él un ser social. Solo la vida ética establece los cimientos seguros de la vida social y, por medio de la sociedad, guía, desarrolla y perfecciona al hombre. Sin la vida ética, la convivencia social sería imposible. Todos reconocen que el hombre es un ser social. Por tanto, es un ser social y, necesariamente, también ético, puesto que una sociedad sin ética no puede mantenerse unida.

H. La vida ética es la que corresponde al hombre, porque este lleva dentro de sí el impulso hacia el disfrute del bien supremo y hacia la perfección ética, con el propósito de asemejarse a Dios, cuyos atributos divinos alegran y deleitan su corazón. El hombre descubre la bondad divina difundida por toda la creación. Se apresura a conducirse hacia el bien absoluto por medio de la vida espiritual, porque sabe que solo esta lo lleva al bien que anhela.

Al contemplar la sofía-sabiduría manifiesta en la creación, el hombre es conducido a un conocimiento (gnosis) más perfecto del divino Creador, explora Sus maravillas y se apresura hacia su propia perfección ética. Y puesto que esta inclinación de la psique-alma es continua, a medida que se desarrolla se vuelve cada vez más poderosa. Esto significa que la psique-alma busca elevarse hacia el conocimiento perfecto, la verdad absoluta y el bien absoluto. La búsqueda de todas estas cosas es una expresión de la inclinación innata del hombre hacia la vida ética y una manifestación de su libertad ética.

I. La vida ética es la que corresponde a la vida humana, porque el hombre tiene anhelos infinitos y solo el bien ético puede llenar el vacío de su corazón. No puede conformarse únicamente con el mundo que ve y percibe mediante los sentidos, pues lo considera insuficiente para llenar ese vacío. Por eso anhela intensamente un mundo más espiritual, que trascienda los sentidos, al sentir que solo el mundo situado más allá y fuera de las percepciones sensibles de este mundo podrá llenar el vacío de su corazón.

Con este propósito, procura hacerse independiente de las acciones y los efectos de la naturaleza sensible, manifestar su energía espiritual con la mayor pureza posible y avanzar hacia un grado todavía más espiritual de vida ética, poniendo en práctica en su vida las ideas espirituales, éticas y morales. Esta inclinación procede de la conciencia que tiene de su propio carácter ético.

J. La vida ética corresponde a la vida del hombre porque la psique-alma es consciente de que fue creada para participar de la bondad y la bienaventuranza divinas. Al mismo tiempo, siente que no puede alcanzar aquello que busca, puesto que permanece orientada y aferrada al mundo sensible y limitado, mientras que la bondad y la bienaventuranza se encuentran en el bien absoluto. La verdad absoluta y el bien absoluto no pueden encontrarse en este mundo que percibimos mediante los sentidos, porque la verdad comprendida por el nus es relativa y, por serlo, no puede constituir la verdad plena.

Del mismo modo, el bien que se encuentra en el mundo sensible es imperfecto. Sin embargo, como la psique-alma desea el bien perfecto y el bien imperfecto del mundo no puede satisfacerla, procura, en la medida de sus posibilidades, desprenderse del mundo sensible, trascenderlo y elevarse al mundo suprasensible, al mundo espiritual. Así, mediante la donación divina, podrá encontrarse en la bondad absoluta, en la verdad perfecta, en el bien absoluto y en la bienaventuranza perfecta.

Por tanto, el hombre no puede sino ser, por naturaleza, un ser ético.

 

  1. Sobre el hombre, que, por ser un ser ético por naturaleza, es también por naturaleza un ser religioso (en sentido ortodoxo).

[Aquí, san Nectario utiliza el término Religión en su sentido auténtico y divino, y nos demuestra que la ética, la verdadera libertad ética se fundamenta y se sostiene en la Religión divina, la auténtica que procede de Dios: en el Cristianismo ortodoxo, la única Religión divina, instituida por CristoDiosLogos hecho hombre.]

El hombre fue creado por el divino Creador como un ser religioso, del mismo modo que fue creado como un ser ético. Ambas cualidades son características esenciales del hombre y virtudes innatas en él. Estas virtudes quedan atestiguadas por el conjunto de su vida social. La sociabilidad es absolutamente necesaria para la conservación, el desarrollo y el progreso del hombre. Por tanto, se ha demostrado que, para consolidar la sociedad, es necesaria la vida ética del hombre, fundamentada en la ley ética. Al mismo tiempo, se ha puesto de manifiesto que solo esta forma de vida corresponde al hombre, puesto que es, además, una característica o cualidad innata suya.

Así como la ética es una virtud innata del hombre y se manifiesta como absolutamente necesaria para su conservación, su desarrollo y su progreso, también la religiosidad es una virtud innata y demuestra ser absolutamente necesaria para sostener la ley ética. De ello se deduce que a la ley ética le sigue la divina ley Religiosa divina y que, a la ética, a la moralidad del hombre, le sigue su Religiosidad (ortodoxa, correcta). Y así como, sin la ética el hombre no podría constituir una sociedad, desarrollarse y progresar, del mismo modo, sin la Religión divina le resulta imposible llegar a ser ético y fundamentar las sociedades sobre principios éticos y morales.

El desarrollo del hombre y su elevación a una nobleza ética eminente se deben a estas excelsas virtudes: la ética y la religiosidad humanas. En verdad, ¿qué puede contribuir más que la ética a la conservación, el desarrollo y el progreso de la sociedad humana? ¡Absolutamente nada! ¿Qué puede mostrarse más apropiado que la Religión divina para consolidar y garantizar los principios éticos y morales de la sociedad? ¡Absolutamente nada!

La ética se convierte en el tejido que mantiene unida a la sociedad y en la guardiana de sus bienes; la divina Religión por su parte, se convierte en la guardiana de la ley ética.

Esta fuerza y energía de la divina Religión, da testimonio de su absoluta necesidad. Porque sin Religión divina no puede existir la ética; sin religión es imposible que exista la ley ética. La ley ética presupone un Legislador divino, que expresa Su voluntad divina como ley ética. Por tanto, es una necesidad ética que la ley ética coexista con la divina Religión y avance junto a ella, para que exista la sociedad y el hombre pueda disfrutar de sus bienes. En consecuencia, en la medida en que el hombre existe como ser ético, existe también como ser Religioso.

La Religión divina gobierna las decisiones y los proyectos del hombre, guiándolo hacia su realización. Sin Religión divina, el hombre constituye un misterio incomprensible. Su nus (espíritu), su diania (mente intelecto) y su libre albedrío o independencia, sin la divina Religión y la ley ética, no le otorgan ninguna posición destacada entre las especies animales, ni pueden situarlo en un lugar elevado, ni concederle privilegio alguno que le permita adoptar una actitud de superioridad frente a ellas y enorgullecerse ante los demás animales.

Porque el pensamiento y la lógica, sin ética, sin ley ética y sin principios éticos y morales, se convierten en instrumentos y medios de corrupción y degradación (instrumentos del satanás); conducen al hombre a la bestialidad, salvajismo, que lo hace más feroz incluso que los animales. Sin religión, el hombre acaba corrompiendo su carácter semejante a Dios y destruyendo la belleza de la imagen que lleva en sí, creada a semejanza de la imagen/ icona Divina. Se aleja de las nobles ideas del bien, de lo bueno, de lo justo y de lo verdadero, y queda dominado por impulsos animales en los que ya no permanece ninguna nobleza.

Sin divina Religión, el hombre se convierte en adversario del bien, en una fuerza que combate la voluntad de Dios y lucha contra las leyes divinas, que conducen al hombre hacia el fin determinado que Dios había establecido desde el principio como meta. La divina Religión, es un sentimiento elevado que toca las cuerdas más secretas del corazón, reaviva el ánimo, eleva el nus (espíritu) por encima del cielo sensible, dirige los pensamientos conforme a la voluntad inmutable de Dios y adapta las praxis, actos y el modo de vida del hombre a su naturaleza y a su elevado destino.

La Religión divina guía al hombre en la lucha de su compleja vida y lo conduce sin error al puerto seguro de la serenidad y la paz divina de la psique-alma. Recompensa el progreso, el desarrollo y la felicidad. Conduce al hombre a la pradera siempre verde, donde recoge flores fragantes que deleitan profundamente su psique-alma y su corazón. La humanidad reconoció desde tiempos remotísimos esta fuerza y energía de la Religión divina y su influencia salvadora sobre las sociedades humanas, sobre sus corazones y sus psiques-almas; por eso la veneró y la respetó.

Los jefes y representantes de la Religión eran elevados a las más altas posiciones de la sociedad. Los gobernantes, los reyes y quienes regían a los pueblos asumían el cargo de servidores, liturgos del culto Religioso. El honor que procedía del cargo o axioma de ministro o servidor de la Religión adornaba y ennoblecía las coronas reales. Tan grande era la veneración hacia la Religión que el honor del ministerio sacerdotal superaba al honor del poder real, y la fuerza de la Religión era más poderosa que la fuerza de las leyes humanas y que la autoridad del gobernante.

La fuerza de la Religión divina es un gran freno ético y moral que contiene y frena los pazos (vicios, pasiones, adicciones, etc.), los impulsos y los deseos indecentes. Guía con seguridad a la humanidad hacia su elevado destino y hacia la posición eminente a la que está destinada a elevarse por la divina Providencia. Puesto que el hombre no puede elevarse a esa posición o axioma de otro modo que mediante la Religión divina, que posee en sí misma la capacidad de ejercer una fuerza formadora de la ética, queda manifiesto que es un ser Religioso divino. En verdad, el hombre es un ser Religioso (divino, en sentido ortodoxo).

 

  1. Sobre la vida ética según Cristo

La vida según Cristo es una vida ética. Esta es, verdaderamente, la vida ética. Quien vive conforme a los mandamientos y logos de Cristo vive de verdad. La vida según Cristo perfecciona y embellece la psique-alma y hace del hombre una imagen de Dios. Santifica al hombre y lo asemeja a Dios. Lo une a Dios y lo convierte en hijo de Dios. Hace al hombre partícipe de los misterios divinos. Recompensa al corazón con la paz y atrae la misericordia divina.

La vida según Cristo mantiene puro el pensamiento y le da alas para elevarse hacia Dios. Eleva a la psique-alma y la conduce de las cosas terrenales a las celestiales. Humilla el egoísmo y el orgullo del espíritu y contiene los deseos compulsivos. Domina los pazos (vicios, pasiones, adicciones etc.) y apacigua los deseos. La vida ética según Cristo manifiesta a los hombres virtuosos. Conduce al verdadero conocimiento, a la felicidad, a la gloria y al honor. Teje coronas, prepara una vejez honorable, concede salud y estabilidad, proporciona valentía, forma el carácter, confiere nobleza, cuida de la psique-alma y protege la σωφροσύνη (sofrosini: templanza, sensatez y sobriedad espiritual).

Esta vida conserva la pureza y preserva la castidad de la psique-alma y del cuerpo. La vida ética según Cristo hace que el hombre que participa de ella sea amado por todos. Lo hace cordial y respetado en la sociedad. Lo convierte en un ciudadano honorable. Lo hace un soldado valiente, digno guardián del honor de la patria. Lo educa y lo convierte en un hombre íntegro y en un miembro útil de la sociedad. Lo proclama gobernante virtuoso y digno administrador del poder. Lo hace capaz de realizar cualquier tarea que se le confíe.

Quien vive conforme a Cristo es bueno como padre y como hijo, como esposo y como pariente, como amigo, como conocido y como desconocido, como ciudadano y como socio, como compañero y como caminante, como acompañante; en suma, es un hombre bondadoso, bueno, virtuoso y excelente en todo. Así es como la vida ética según Cristo hace a los hombres.

 

  1. Sobre el hombre, que fue creado potencialmente como un ser éticamente libre y que debe llegar a serlo también de manera efectiva y activa.

Puesto que el hombre fue creado para representar en la tierra, como en miniatura, la imagen divina del Creador, debe, en consecuencia, reflejar también en sí mismo, en cierta medida y de manera correspondiente, las propiedades o cualidades de Dios. Como imagen de Dios, el hombre debe ser un ser dotado de nus (espíritu) con autodeterminación o independencia, con autoconciencia y libertad ética. Porque un ser sin nus, dependiente, carente de conciencia y privado de libertad ética, sería indigno de la elevada vocación a la que parece haber sido llamado, del noble destino para el que fue destinado   y de la elevada posición a la que fue elevado por la excelsa voluntad del divino Creador.

El hombre fue creado digno de la vocación y de la elevada posición que le fueron concedidas, puesto que se manifiesta como un ser espiritual-noético y dotado de independencia (autodeterminación o libre albedrío), que tiene conciencia de sí mismo. Estas singulares facultades éticas muestran al hombre como potencialmente libre en sentido ético, pero también capaz de llegar a ser éticamente libre mediante su voluntad y el uso correcto de su independencia o libre albedrío. La libertad ética es resultado de la vocación y de la misión del hombre, así como de las facultades éticas que lleva dentro de sí. Porque esta abundancia de facultades éticas sería vana si no existiera la libertad ética.

La libertad ética es el fruto del árbol para el cual fue plantado el árbol. Sin ella, el hombre compartiría el destino de los animales irracionales. Entonces, su lógica lo haría más feroz, más bestial, más salvaje y más dominado por las pasiones (pazos). No podría ocupar una posición superior a la de los animales. Solo la libertad ética ennoblece al hombre y lo eleva a una posición que ninguno de los animales puede siquiera contemplar. Si el hombre no hubiera sido creado de tal manera que pudiera ser éticamente libre, tampoco habría sido creado como hombre ético, porque a la noción de libertad ética le sigue la noción del hombre ético.

Del mismo modo, a la noción del hombre ético le sigue la noción de libertad ética. Quien niega al hombre la libertad ética es como si le negara la ética o moralidad, puesto que, sin libertad ética, la ley ética no puede sostenerse, ya que solo la libertad ética permite mantenerla, aplicarla y cumplirla. Allí donde esta falta, también falta la ley ética. Entonces, allí reinan las leyes naturales; allí no existe ninguno de los bienes espirituales, sino que imperan las leyes de la materia y su poder lo gobierna todo.

Sin libertad ética, el hombre acabaría siendo esclavo desde el punto de vista ético. Y a su esclavitud ética le seguiría la esclavitud espiritual. Esta esclavitud sometería tanto sus acciones como sus pensamientos, restringiéndolos a límites muy estrechos. Las ideas del bien, de la bondad, de lo verdadero y de lo justo le serían desconocidas. Ignoraría qué es lo vergonzoso, qué es el mal, qué es lo falso, qué es lo injusto, etc., porque solo la ley ética y la libertad ética enseñan estas nociones y conceptos.

La palabra «ética» desaparecería de su vocabulario, porque ningún acto que sea resultado de un impulso innato, es decir, una acción realizada por necesidad, revela en modo alguno un carácter ético. Los llamados actos éticos o praxis éticas, cuando carecen de carácter ético y de una disposición ética, no producen impresión alguna ni suscitan sensación alguna en el nus (espíritu) y en el corazón. Como resultado, la insensibilidad haría que el corazón careciera de conciencia y que el nus se volviera torpe e inactivo.

La inconsciencia y la torpeza, como nubes grises, cubrirían y ocultarían la admirable imagen del divino Creador, modelada de manera tan brillante y maravillosa por Su Jaris creadora, en la cual resplandecen la bondad, la sabiduría y la omnipotencia. Impedirían al hombre ver con claridad y conocer, a través de la imagen, a su Hacedor y Creador del universo. Ignoraría a Dios y Sus cualidades o atributos divinos, y jamás podría concebir la noción y concepto de lo divino.

La creación, sin nus (espíritu) ni conciencia, nunca percibiría lo divino, ni alabaría, veneraría y glorificaría conscientemente a Dios, dándole gracias por la abundancia de Sus donaciones divinas. Sin libertad ética, el hombre sería esclavo de sus pazos (vicios, pasiones, adicciones etc.). La libertad ética lo constituye en un ser ético, éticamente libre e imagen de Dios. Su naturaleza espiritual, sin libertad ética, sería como un ave sin alas y una monstruosidad de la naturaleza. La naturaleza espiritual-noética sin libertad ética daría testimonio de alguna imperfección de la creación, de una facultad carente de propósito, de una obra completamente incompatible con la Divina sofía-sabiduría y bondad.

La naturaleza espiritual del hombre exige la independencia (autodeterminación o libre albedrío) como consecuencia necesaria de ella misma y le impone la obligación de llegar a ser, por su propia voluntad, un ser éticamente libre. Por tanto, puesto que el hombre es un ser espiritual, también está dotado de independencia o autodeterminación, para llegar a ser éticamente libre por su propia voluntad. Quien es dependiente y carece de libertad, quien está sometido a los impulsos de sus instintos y a las fuerzas que estos ejercen, es incapaz de orientarse hacia el bien, porque permanece esclavizado en su impulso innato.

Cuando sus impulsos le imponen elegir el pazos (pasión, vicio, adicción, etc.) en lugar de la virtud, ¿no queda inutilizada la facultad lógica, cuyo propósito es discernir la calidad de sus actos? ¿Para qué sirve entonces la facultad lógica? La sumisión servil a los impulsos innatos, por una parte, y la lógica, por otra, son dos conceptos que se excluyen mutuamente, porque ambos expresan fuerzas y energías de las cuales una parece ser más poderosa que la otra. Si el hombre obedece a sus impulsos, ¿para qué le sirve entonces la lógica? Pero, si es un ser lógico, ¿cómo es que obedece a sus impulsos?

Nadie pone en duda que el hombre es un ser lógico, puesto que la noción de lógica, implica también la de independencia y autodeterminación. Por tanto, el hombre no debe obedecer a sus impulsos innatos, porque el espíritu es libre e independiente por naturaleza y no se somete a nada. El hombre que se abandona a sus impulsos innatos no puede tener una psique-alma lógica, porque la psique-alma lógica exige actuar libremente.

La naturaleza espiritual-noética se mueve por sí misma y, por eso, es libre. Y puesto que se mueve por sí misma, posee también libre voluntad; todo cuanto hace, lo hace por elección propia y no por necesidad. Por tanto, la psique-alma lógica, puesto que es espiritual, se mueve por sí misma y es libre, también es éticamente libre y tiene conciencia de sí misma y de la calidad de sus praxis, actos. El ser carente de libertad, puesto que está dominado por otro, es dirigido por otro y, por ello, está privado de libertad ética y de voluntad propia.

Los seres carentes de libertad son inconscientes, no tienen conciencia de sí mismos ni de la calidad de sus actos. Sin embargo, todos reconocen al hombre como un ser lógico y dotado de independencia (autodeterminación o libre albedrío), porque ha manifestado estas virtudes de manera brillante. En conclusión, el hombre es un ser espiritual y dotado de independencia (autodeterminación o libre albedrío); tiene una psique-alma lógica, libre voluntad y conciencia de sí mismo y de la calidad de sus actos; por consiguiente, es un ser éticamente libre.

 

  1. Sobre la imputación de los actos del hombre como ser éticamente libre

El hombre, como ser dotado de conciencia, es también un ser responsable, porque puede comprender el valor ético de un acto y querer llevarlo a cabo o, por el contrario, negarse a realizarlo. Sus fuerzas éticas interiores lo hacen responsable de sus actos, porque, al tener la capacidad de actuar por voluntad propia, posee la facultad de hacer libremente el bien o el mal. Precisamente porque posee esta libertad ética, Dios exige al hombre que asuma la responsabilidad de sus praxis, actos. Dios lo juzga por la calidad de sus praxis, acciones y, según estas, lo recompensa o es infernado.

San Gregorio de Nisa dice lo siguiente acerca de la responsabilidad del hombre: «La psique-alma del hombre manifiesta su origen real y elevado precisamente en esto: en que permanece alejada de la mísera insignificancia y separada de ella. Por el hecho de vivir sin amo, está dotada de independencia o autodeterminación y se gobierna soberanamente, es decir, conforme a su propia voluntad. ¿De quién son estos privilegios? ¿Acaso no son privilegios reales? Amemos, pues, la bendición y evitemos la maldición. Por tanto, a nosotros nos corresponde elegir lo que tiene mayor valor y dirigirnos hacia ello con prontitud y buena disposición».

En verdad, a nosotros nos corresponde tomar tanto aquello que queremos como aquello que no queremos. Quien está dotado de independencia o autodeterminación ética puede perseverar en el cumplimiento de la ley divina, escrita en su corazón, o transgredirla y someter su libre voluntad —que piensa y desea siempre el bien— a sus pasiones (pazos) y deseos. Puede declararse éticamente libre o éticamente esclavo.

Algunos de quienes se ocupan de la ética identifican los significados de los términos independencia (autodeterminación o libre albedrío) y libertad ética. Además, definen e interpretan la libertad ética como la capacidad de elegir entre el bien y el mal, una capacidad que es, en sentido estricto, una propiedad de la independencia (autodeterminación o libre albedrío).

 

  1. Sobre la independencia (autodeterminación o libre albedrío y la libertad ética

La independencia (autodeterminación o libre albedrío αὐτεξούσιον) es la facultad ética que se manifiesta como voluntad para elegir y realizar el bien o el mal. La libertad ética, en cambio, consiste en querer y obrar siempre el bien, porque el bien está contenido de manera innata en la voluntad como finalidad de la vida del hombre. Por eso, quien actúa libremente quiere siempre el bien y obra el bien. En cambio, quien actúa sin libertad, ya sea porque está influido por el mundo material o por cálculos erróneos, puede no querer el mal, pero finalmente lo prefiere y obra el mal.

Por tanto, quien obra el mal carece de libertad, puesto que actúa contra su propia voluntad. Por el contrario, quien obra el bien es libre, porque hace aquello que verdaderamente quiere. Así pues, la capacidad del hombre para distinguir entre el bien y el mal y querer uno u otro es propia de la independencia (autodeterminación o libre albedrío). Querer y obrar el bien es propio de la libertad ética. Por tanto, la independencia es una facultad ética de todo hombre, mientras que la libertad ética es una característica exclusiva de quienes practican la virtud.

La independencia (autodeterminación o libre albedrío αὐτεξούσιον) hace al hombre potencialmente libre en sentido ético; la libertad ética, en cambio, lo convierte en un ser éticamente libre en acción. La independencia puede dejarse engañar por los impulsos de los deseos o por pensamientos equivocados, rebajando al hombre a la categoría de los animales irracionales. La libertad ética, por su parte, eleva al hombre hasta la categoría de los seres celestiales incorpóreos. La independencia puede incluso empujar al hombre hacia el fuego y la muerte; pero la libertad ética, que discierne y quiere siempre el bien, lo conduce al agua viva y a la vida eterna.

El hombre tiene independencia (autodeterminación o libre albedrío) para elegir la bendición o la maldición. Pero quien eligió la bendición llegó a ser también éticamente libre. En cambio, quien eligió la maldición terminó siendo esclavo en sentido ético.

Acerca de la independencia (autodeterminación o libre albedrío) del hombre, san Basilio el Grande, al interpretar el salmo 61, dice:

«He puesto delante de ti la vida y la muerte, el bien y el mal, dos realidades de naturaleza opuesta. Ordénalas según tu propio criterio y considera cuál te resulta más provechosa: ¿preferir el placer pasajero y, por medio de él, la muerte eterna, o elegir las penalidades que acompañan al ejercicio de la virtud, las cuales serán causa de la alegría eterna?».

Por estas palabras de san Basilio el Grande queda claro que depende de la independencia (autodeterminación o libre albedrío) del hombre llegar a ser éticamente libre o convertirse en esclavo en sentido ético.

 

  1. Sobre la verdadera libertad ética y sobre la libertad aparente o falsa

«Porque no hago el bien que quiero, sino que practico el mal que no quiero» (Romanos 7, 19).

En el hombre, como entidad material y espiritual, aparecen dos voluntades íntimas de una misma persona, que parece tener, sin embargo, dos hipóstasis (fundamentos): la voluntad del espíritu y la voluntad de la carne, es decir, la voluntad de la naturaleza espiritual y la voluntad de los sentidos. Estas dos voluntades, que pertenecen a una misma y única persona, se manifiestan como expresiones libres de la persona que desea y presentan cierta semejanza entre sí.

Pero esta semejanza exterior desaparece en cuanto distinguimos el carácter propio de cada voluntad. Su diferencia radica en la naturaleza misma de cada hipóstasis (fundamento), de la cual reciben también su existencia. Porque el espíritu desea las cosas espirituales, mientras que la carne desea las cosas carnales. Esta oposición engendra una resistencia recíproca y un encarnizado combate, en el que cada una busca prevalecer e imponer su propia fuerza.

En esta lucha, el hombre espiritual desea la victoria del espíritu, porque por naturaleza se inclina hacia el modo de pensar del espíritu, al haber comprobado que este es vida y paz. El hombre material, en cambio, desea la victoria del modo de pensar de los sentidos, que finalmente conduce a la muerte. Por eso también dice el apóstol Pablo: «Porque las codicias, deseos y actitudes de la carne provocan la muerte espiritual, pero la actitud que dicta el Espíritu Santo y el estado divino interior que produce, conduce a la verdadera vida y a la paz» (Romanos 8, 6).

Vemos, pues, que la carne y el espíritu luchan el uno contra el otro. Por eso Pablo dice también: «Porque la carne desea contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne» (Gálatas 5, 17). En efecto, «el modo de pensar de la carne es enemistad contra Dios, porque no se somete a la ley de Dios, ni siquiera puede hacerlo», mientras que «el modo de pensar del Espíritu intercede ante Dios por los santos» (Romanos 8, 7 y 27).

Acerca de la coexistencia de estos dos modos de pensar y de la inclinación natural del hombre hacia el modo de pensar del espíritu, esto es lo que dice el apóstol Pablo: «En mi interior me agrada con todo mi corazón la ley de Dios; pero veo en mi cuerpo y en sus miembros una ley que lucha contra la ley de mi espíritu y contra de lo que me dicta mi conciencia y me esclaviza a la ley del pecado que domina en mi cuerpo y en sus miembros, es decir, domina a mi naturaleza física humana.» (Romanos 7, 22-23).

Por tanto, el hombre acepta de manera natural la ley de Dios, porque se deleita en la ley que lleva dentro de sí, como si fuera su propia ley, como si fuera la ley de su nus (espíritu). Y la voluntad que expresa el modo de pensar del espíritu es la auténtica voluntad del hombre, que concuerda con esta ley y avanza en armonía con la ley de Dios, en la cual se complace su corazón.

A este respecto, san Juan Damasceno dice: «La bondad o el bien es deseable y grato por naturaleza, y siempre se anhela de manera natural. Sin embargo, el deseo contrario a la naturaleza es algo malo, es decir, cuando anhelamos algo diferente y ajeno a la naturaleza».

Pero, aunque la voluntad auténtica sea la voluntad del espíritu, es decir, el deseo del bien o de la bondad, que es lo naturalmente deseable, muchas veces no logra prevalecer frente a la resistencia que opone la voluntad de la carne, por la razón que el apóstol Pablo acaba de mencionar: «pero veo en mi cuerpo y en sus miembros una ley que lucha contra la ley de mi espíritu y contra de lo que me dicta mi conciencia y me esclaviza a la ley del pecado que domina en mi cuerpo y en sus miembros, es decir, domina a mi naturaleza física humana» (Rom 7, 23). Acerca de esta influencia de la ley de la carne, dice el apóstol:

«Yo sé que en mí, es decir, en mis bajos instintos animales, en mi naturaleza corrupta, no hay nada bueno, porque quiero hacer el bien y no puedo, no me es fácil hacerlo, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero: eso es lo que hago.» (Rom 7, 18-19).

Porque el hombre interior quiere y desea el bien como un deseo familiar, como un bien innato, como su propia ley; pero la ley de la carne, la ley del pecado, combate las energías de nuestra verdadera libertad e impide que prevalezca el bien, incitándonos a obrar el mal. Por eso el apóstol dice nuevamente: «Y si lo que en realidad no quiero, eso es lo que hago, ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que habita en mí interior, el cual me ha hecho esclavo suyo» (Rom 7, 20).

Así pues, el bien es verdaderamente una ley innata y la auténtica voluntad del hombre; el mal, en cambio, procede de fuera, es una ley de naturaleza ajena, algo que no ha sido creado por Dios y que actúa contra la voluntad del hombre. Por tanto, cuando el hombre obra el bien, actúa libremente y de acuerdo con su voluntad interior, y es verdaderamente libre. Pero cuando obra el mal, no lo hace libremente, puesto que se ha sometido a la ley del pecado; carece de libertad y es esclavo del pecado.

De acuerdo con esto, es libre quien obra el bien y esclavo quien obra el mal. Por consiguiente, la verdadera libertad es el dominio del modo de pensar del espíritu, que sigue el bien; la falsa libertad, en cambio, es el predominio del modo de pensar de la carne, cuya obra es el mal. Distinguir las características de la libertad auténtica y de la libertad que solo lleva ese nombre es tan necesario como importante es la diferencia que existe entre ambas.

Esta diferencia implica también una diferencia en el estado ético, en el carácter, en las conductas, en las costumbres, en el modo de vida, en las praxis, actos y en las acciones y, en general, en todo cuanto corresponde al carácter de cada una de ellas; incluso en los propios pensamientos, las representaciones y concepciones mentales, los recuerdos, los deseos y los sentimientos.

Así pues, los actos del hombre verdaderamente libre son, según el carácter de la libertad verdadera, libres, independientes y buenos; mientras que, según el carácter de la falsa libertad, son no libres, dependientes y malos.

Puesto que los actos buenos concuerdan con la ley divina y la voluntad de Dios, mientras que los actos malos se oponen a Él, se deduce que quienes, siendo verdaderamente libres, obran el bien se acercan a Dios, que es el bien supremo deseable, la bienaventuranza y la felicidad plena.

Pero quienes poseen una libertad falsa, quienes practican el mal, se alejan de Dios y del bien supremo tan anhelado: la bienaventuranza y la dicha que vivirían junto a Él. Y terminan siendo desdichados, miserables y desgraciados.

Porque Dios es luz, vida y verdad, se deduce que quienes están lejos de Él se encuentran en las tinieblas, en la muerte y en la mentira, es decir, bajo el dominio del Diablo, padre de las tinieblas, de la muerte y de la mentira. En consecuencia, quienes son verdaderamente libres se encuentran en la Realeza increada de Dios, mientras que quienes poseen una falsa libertad se encuentran en la realeza del Diablo. Por tanto, los verdaderamente libres siguen el camino de las acciones que los conducen a la zéosis (glorificación, divinización), mientras que los que carecen de libertad eligen acciones que los hacen descender hacia la bestialidad, el salvajismo. Esto es precisamente lo que buscan los demonios, porque no soportan la doxa-gloria del hombre.

La primera eleva al hombre a la más alta posición de gloria y honor, mientras que la segunda lo rebaja a la más extrema deshonra e ignominia. Del mismo modo, la primera lo conduce a la vida eterna, mientras que la segunda lo lleva a la muerte eterna. La primera lo lleva a la luz perpetua e increada de la verdad; la segunda, a las tinieblas eternas de la mentira. Por tanto, resulta necesario distinguir y separar un estado del otro, porque identificar y confundir voluntades tan diferentes es sumamente peligroso.

Esto es aún más importante porque la falsa voluntad libre tiene la capacidad de engañar y extraviar a muchos buscadores superficiales, conduciéndolos a la perdición. Para ello, los persuade de aceptar en su interior impulsos y deseos procedentes de diversos pazos (pasiones, vicios, adicciones, etc.) y apetencias de la psique-alma y del cuerpo, como si fueran supuestas indicaciones de su verdadera voluntad libre y expresiones del hombre interior, es decir, de su naturaleza espiritual. Este tipo de extravío es muy frecuente entre los hombres, debido a su amor por la materia y al debilitamiento de sus fuerzas psíquicas por causa del pecado.

En efecto, su amor por la materia los hace crédulos ante las insinuaciones de su falsa voluntad y más vulnerables a ellas; por otra parte, el debilitamiento de sus fuerzas psíquicas los incapacita para reconocer con exactitud la verdadera naturaleza de las cosas y su significado. Así, no pueden amar el bien con profunda conciencia, sacrificándolo todo para alcanzarlo, ni seguir la voz de la verdadera voluntad, resistiéndose a todo aquello que no proceda de ella ni sea dictado por ella, y vivir como seres verdaderamente libres y dotados de independencia (libre albedrío o autodeterminación).

Una característica de la verdadera libertad ética, es decir, de nuestra auténtica voluntad libre, es el amor al bien, a lo bondadoso y a lo verdadero, así como la dedicación y adhesión firme a este amor. El έρως (eros: amor ardiente) hacia el bien es una expresión del corazón del hombre, del hombre espiritual, y la manifestación exterior de ese sentimiento que lo inunda. Este έρως (eros: amor ardiente) nace de la identidad entre las indicaciones del corazón y la ley Divina grabada en su interior.

A esto alude también la Sagrada Escritura cuando dice que la ley divina fue escrita en el corazón del hombre, porque Dios creó su corazón como sede del amor al bien y a la bondad; por eso, por naturaleza, ama, anhela y busca el bien. ¿Y cómo podría ser de otro modo, si la primera impresión que recibió fue la visión, la faz del bien, del bien absoluto? ¡Sí! No podía ser de otra manera, porque la bondad el bien dejó impreso en su corazón las primeras impresiones, que quedaron grabadas en lo más profundo de su ser y que, por ello, son ya eternas.

El apóstol Pablo llama a la ley escrita en el corazón «ley de su nus (espíritu humano)» y la identifica con la ley de Dios. Conocer este carácter de nuestra verdadera voluntad nos capacita para preservar nuestra libertad ética de toda influencia y vivir verdaderamente libres, porque quien es éticamente libre también es realmente libre. Así pues, es éticamente libre quien actúa conforme a las indicaciones de su verdadera y libre voluntad.

De acuerdo con lo expuesto anteriormente, la libertad ética consiste en obrar siempre y procurar el bien, porque este es el mayor deseo, aquello que el ser interior del hombre anhela y persigue desde lo más profundo de su corazón.

 

  1. Los rasgos del hombre éticamente libre y del esclavo éticamente

9a carácter del hombre éticamente libre

La característica fundamental del hombre éticamente libre es, ante todo, la independencia ética. Sus rasgos son la bondad, la pureza, la modestia, la fortaleza ética, la fuerza de voluntad, el no dejarse vencer por el pecado, la firmeza inquebrantable en el cumplimiento de la voluntad de Dios, la abnegación, la soberanía sobre sí mismo y la independencia (libre albedrío o autodeterminación). El hombre éticamente libre es una verdadera imagen de Dios, puesto que se ha convertido en una semejanza ética Suya.

Su voluntad se ha identificado con la voluntad divina, escrita en su corazón como ley ética e implantada en él como anhelo del bien absoluto. Por eso, piensa siempre en lo bueno, en lo que agrada a Dios y en lo que es perfecto ante Él. Sus anhelos son santos, divinos y sus deseos, puros. Su corazón ama a Dios, y su psique-alma lo anhela y lo busca. Su nus (espíritu), iluminado por la luz divina, es puro como el cielo adornado por la luz del sol.

La sofía-sabiduría, la prudencia y el conocimiento embellecen su mundo interior. Su boca alaba a Dios. De su corazón brotan incesantemente salmos, cantos de acción de gracias y de glorificación, que fluyen de sus labios «como agua dulce y pura». Su conciencia descansa como las aguas de un lago extendido en medio del Paraíso. En ella reina la serenidad. Ninguna pasión (pazos) se rebela en su corazón, porque la libertad ética las ha sometido en su interior.

Avanza serenamente por el camino de la verdad y trabaja para que prevalezca el bien. Pide la venida de la Realeza increada de Dios sobre la tierra* y entrega de buen grado todo su ser para que esta se haga realidad. Todo lo hace con este propósito. La agapi-amor hacia el prójimo dirige sus actos e inspira sus obras. Su corazón se regocija con una alegría inefable y en él reina la paz. Disfruta de la belleza de la creación y se deleita al descubrir en ella la sabiduría y la omnipotencia divinas.

[* Nota nuestra: La Realeza de Dios es espiritual, no mundana. El propio Jesús Cristo dice: «Mi Realeza no es de este mundo… Mi Realeza no procede de aquí» (Juan 18, 36). Desde el punto de vista teológico, el cristianismo no habla de una Realeza de Dios política o mundana sobre la tierra, ni de un intento de establecer un Estado teocrático, sino de una realidad espiritual que comienza ya en la vida presente y alcanzará su plenitud en la vida eterna.

No se trata simplemente de un paraíso futuro, sino de una vida «en Cristo» que comienza aquí y ahora, dentro de la Iglesia y en los Misterios. El cristianismo invita al hombre a vivir desde ahora la Realeza increada de Dios en la tierra como experiencia espiritual y modo de vida, aunque su plena realización tendrá lugar en la eternidad.]

Su vida transcurre entre la oración y la práctica del bien, y su preocupación consiste en cómo agradar a Dios. El hombre éticamente libre está adornado con todas las virtudes. La piedad, la justicia, la verdad y la prudencia lo coronan con guirnaldas entretejidas de flores inmarchitables. Viviendo en la tierra, refleja al Dios Creador y lleva consigo la imagen de Su belleza. Sus caminos son rectos, su forma de gobierno y su ciudadanía está en los cielos.

Ligero como es, se vuelve etéreo y camina por las alturas celestiales. Se une al coro de los ángeles, de los santos ascetas y de los justos, alabando incesantemente a Dios, su hacedor y creador.

¡Bienaventurado el hombre verdaderamente libre en sentido ético, porque llegará con seguridad al fin previsto y deseado al que está destinado!

9b. El carácter del esclavo ético

Lo característico del esclavo ético es el amor a la ley del pecado, la dependencia ética de los pazos (pasiones, vicios, adicciones, ect.) el cautiverio ético, la maldad, la impiedad, la ceguera, la arrogancia, la desvergüenza, la cobardía, la insolencia, la falta de hombría, el fracaso, la humillación, la irreverencia, la injusticia, la mentira, la insensatez y los demás pazos, vicios que atormentan y envilecen al hombre. Quien no es éticamente libre es verdaderamente esclavo, puesto que es esclavo de sus pazos y deseos. Porque la dependencia inmoral es esclavitud ética, y la esclavitud ética es falta de libertad, se sigue que quien no es éticamente libre carece realmente de libertad y es esclavo de la ley del pecado, incapaz de obrar todo aquello que es bueno y que dicta la voluntad del hombre interior.

Acerca de esta esclavitud dice el apóstol Pablo: «¿No sabéis que, al entregaros a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis? Si obedecéis al pecado, terminaréis en la muerte espiritual; y si obedecéis a CristoDios adquiriréis la justificación y el perdón, la salvación y la bienaventuranza eterna» (Rom. 6, 16).

Y san Juan Crisóstomo dice: «Caer y entregarse a los pazos es la esclavitud más extrema, puesto que la libertad consiste únicamente en dominarlos».

Quien carece de libertad ética es un espectáculo lamentable de decadencia ética; su carácter es abominable, su aspecto provoca repulsión, su comportamiento es indecoroso y su rostro lleva impresos los rasgos de su psique-alma corrompida. Los pazos de la psique-alma han quedado grabados con vivos colores en su rostro. Toda su apariencia revela su calidad ética. Todo lo espiritual se ha alejado de él. Su nus disfruta ocupándose de las cosas bajas y triviales. Lo vano constituye su ideal, y su corazón busca los disfrutes y placeres terrenales.

Su independencia (libre albedrío o autodeterminación) se inclina ya hacia el mal, que prefiere siempre a cualquier otra cosa. Su nus (espíritu y mente, enturbiado por las tinieblas del pecado, vaga entre sus meditaciones y engendra pensamientos torcidos. Sus palabras están llenas de necedades, y sus obras son igualmente insensatas. Al servir a sus pazos, cree que es libre, aunque carece de libertad, y se burla de quienes son verdaderamente libres en sentido ético. Desvergonzado y disoluto, no retrocede ante ninguna indecencia. Desprecia la fuerza de la ley ética y niega a su Legislador. Quien no es éticamente libre tiene una mentalidad mezquina, deseos viles y anhelos impíos.

Su corazón medita infamias. La vanagloria, la arrogancia y el orgullo se apoderan de él; el egoísmo impera en su interior. Lo hace todo por la satisfacción y el placer sensual. El hombre que no es éticamente libre, habiendo recibido la independencia o autodeterminación para llegar a ser éticamente libre, reinar y dominar sobre todas las cosas, sin darse cuenta ha conducido a sí mismo a la tiranía de los pazos y se ha convertido en esclavo de todo.

Acerca del hombre que carece de libertad, el salmista dijo: «El hombre, aunque esté en honra, no comprendió; fue comparado con los animales irracionales y se hizo semejante a ellos» (Sal. 49, 13).

¡Pobre y desdichado hombre! ¿Qué clase de defensa presentará cuando comparezca ante el Divino Creador, llevando una imagen ética semejante? ¿Cómo soportará el examen de su Divino Creador? ¡Oh, qué gran diferencia existe entre ambos! ¡Cuánta belleza posee la verdadera libertad ética y cuánta vileza y mala astucia la que lleva falsamente ese nombre! ¡A qué altura eleva la una y a qué profundidad precipita la otra! ¡Cuántos bienes aporta la primera y cuántos males arrastra consigo la segunda! ¡Cuál es la gloria de una y cuál la deshonra y la ignominia de la otra! ¡Cuánto asemeja la una al hombre a lo divino! ¡Cuánto corrompe la otra la belleza original de la imagen semejante a Dios! ¡Cuánto acerca la una a Dios y cuánto aleja la otra de Él!

Por todo ello, quien desee conservar su libertad debe examinar cuidadosamente cuáles son las voluntades que lo impulsan a obrar; debe investigar cuál es la fuerza que las mueve, descubrir los móviles que las ponen en movimiento, observar su carácter y consultar al hombre interior. Si el hombre interior está de acuerdo, entonces la voluntad es libre; si no da su consentimiento, entonces la voluntad pertenece a los pazos. Dentro de nosotros se encuentran la libertad y la esclavitud, el fuego y el agua, la vida y la muerte.

Que tanto la libertad como la esclavitud dependen de nuestra independencia (autodeterminación o libre albedrío) lo afirma el divino Gregorio el Teólogo: «Sabiendo que tanto el querer algo como el obrar dependen de nosotros, mediante nuestra voluntad y nuestra acción invocamos la ayuda de Dios; y, una vez que atraemos a Dios hacia nosotros, somos conducidos a la perfección. Levantémonos, pues, hermanos, y apresurémonos por la salvación de nuestra psique-alma, para que, trabajando durante un tiempo relativamente breve, disfrutemos de los bienes inmortales en el siglo incorruptible e inmortal».

 

  1. Sobre la fuerza formativa ética de la libertad ética

La libertad ética hace al hombre capaz de obrar siempre el bien y evitar el mal. La Santa Escritura dice que Dios grabó la ley en el corazón del hombre. Con estas palabras, la Santa Escritura nos enseña la fuerza de la libertad humana, que permite a cada uno pensar el bien por propia elección, como si fuera una adquisición propia. Por eso, la ley divina es un bien, puesto que también la voluntad divina es buena y bondadosa.

El hombre verdaderamente libre en sentido ético puede conocer el bien que está escrito en su corazón, reconocer a Dios, que habla dentro de él, al Dios que se manifiesta al hombre cuando este llega a conocerse a sí mismo, y también en la creación, como en una imagen; y así desear hacerse semejante a Dios.

«Ya que la gnosis-conocimiento de Dios y su voluntad, a la medida que se puede caber en el hombre, en ellos está a la vista y conocida; porque Dios mismo se lo ha revelado. Porque desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, se dejan ver a la diania (mente, intelecto) y se hacen visibles y perceptibles a través de las cosas creadas, tanto su eterna omnipotencia como cada divina perfección; hasta el punto que no tienen excusa por su vida pecadora;» (Rom. 1, 19-20).

La voluntad de Dios, grabada en su corazón, se ha convertido también en voluntad del hombre, de modo que, queriendo obrar el bien, llegue a ser éticamente libre y se convierta en imagen de Dios. La libertad ética hace del hombre una auténtica imagen de Dios, amante de la ley divina, y le revela a Dios por medio de Sus atributos particulares. La libertad ética lo eleva a una elevada posición de gloria y honor, lo reviste con el manto y la púrpura real y lo sitúa por encima de todas las criaturas de Dios. Es la fuerza cohesiva que une el cielo con la tierra.

La libertad ética satisface el ardiente anhelo del corazón humano y lo hace bienaventurado y feliz. La libertad ética lo conduce por el camino recto que Dios trazó para el hombre, dirigiéndolo hacia el fin previsto y lógico al que fue llamado a llegar. Lo hace verdaderamente libre e independiente, porque somete los pazos (pasiones, vicios, adicciones) los deseos, la mentalidad mundana e incluso al propio Diablo.

La libertad ética es la libertad absoluta, porque sigue la voluntad divina del bien absoluto, que es Dios. La libertad ética es el mayor de los bienes éticos que Dios ha concedido tan generosamente al hombre. Es un regalo de Dios.

 

  1. Sobre la libertad ética que se desarrolla mediante la identificación de la voluntad personal con la voluntad divina

El hombre se perfecciona en la libertad ética identificando siempre su voluntad con la voluntad de Dios. Quien se aparta de esta regla se vuelve éticamente esclavo. La libertad ejercida es una manifestación de la independencia (autodeterminación, libre albedrío) y una expresión de la libertad. La libertad del hombre no queda limitada cuando se somete a la ley de Dios, porque esta, al ser ley divina, es infinita; y lo infinito no solo no limita la libertad que se entrega a ello, sino que la extiende hasta el infinito y la engrandece desde el momento en que lo sigue.

La libertad del hombre queda limitada cuanto más prevalece la voluntad del yo y se hace un mal uso de su independencia (autodeterminación, libre albedrío). El hombre no se digna a unir la voluntad de su yo con la voluntad divina, sino que incluso lucha contra ella, haciendo no lo que Dios quiere, sino lo que él mismo quiere. De este modo, se separa de la ley divina de la voluntad infinita de Dios, y su libertad se mueve dentro del estrecho y limitado círculo de la voluntad de la carne, de la naturaleza sensible, material y finita, que sirve a los pazos (pasiones, vicios, adicciones) y que pierde por completo incluso el propio carácter de libertad. Finalmente, de este modo, el espíritu queda sometido a la materia.

Que la verdadera libertad consiste en identificar nuestra voluntad con la voluntad divina lo atestiguan el propio carácter y la voz íntima del corazón, que busca el predominio de la voluntad divina y la victoria del bien, y que sentimos protestar cuando la ley divina es desatendida o quebrantada. El carácter de la libertad ética es absoluto y perfecto, porque se asemeja al carácter del bien ético, de la ley divina, que es perfecta y absoluta.

Así pues, la libertad ética absoluta se encuentra únicamente en quien identifica su voluntad con la voluntad divina, perfecta, buena y agradable a Dios, expresada en la ley divina que está escrita en su corazón. Solo quien cumple la ley divina puede ser considerado éticamente libre.

David, el profeta y rey, compara a quienes transgreden la ley divina y sirven a los pazos y a los deseos de la carne con los animales irracionales, diciendo: «El hombre, aunque esté en honra, no comprendió; fue comparado con los animales irracionales y se hizo semejante a ellos» (Sal. 49, 13).

San Juan Crisóstomo, el divino, subraya: «Que alguien se deje arrastrar y caiga en los pazos es lo mismo que entregarse a la esclavitud más extrema. Obra así, como si no le importara salvaguardar la única libertad».

San Juan Damasceno, al caracterizar la maldad, dice: «Porque la maldad no es otra cosa que pecado, fracaso y desobediencia a la ley del Señor. Por tanto, la independencia (autodeterminación, libre albedrío) es el primer bien, el que corresponde a la naturaleza lógica, y debemos hacer uso de ella para contener los pazos irracionales, la ira y, añado, también el deseo. Esto es virtud. Entregar y volver inútil la independencia (autodeterminación, libre albedrío) significa ser vencido por los pazos irracionales y, en consecuencia, vivir sin razón y de manera bestial; esto es maldad, esto es pecado. Por tanto, no debemos cometer indecencias obrando ilógicamente, irracionalmente, sino apartarnos de ellas, sometiendo con la lógica los impulsos de la naturaleza. Porque debemos gobernar con la lógica los pazos irracionales, tal como ha ordenado el Señor».

Acerca de este deber aconseja también Justino, el filósofo y mártir, diciendo: «Dios creó al hombre libre y dotado de independencia (autodeterminación, libre albedrío), para que el mal que cometió por negligencia y desobediencia pudiera serle perdonado por Dios, por Su agapi-amor a la humanidad y Su misericordia, cuando, naturalmente, el hombre le obedece. Así como el hombre desobedeció y recibió la muerte como castigo, del mismo modo, obedeciendo de nuevo a la voluntad de Dios, puede recibir como donación la vida eterna. Porque Dios nos dio logos y mandamientos santos que cada uno puede cumplir y, de este modo, salvarse, participando en la resurrección y heredando la inmortalidad».

De acuerdo con todo esto, el hombre debe custodiar y salvaguardar con gran devoción y reverencia la ley y los logos de Dios, llevar a cumplimiento Su voluntad buena, agradable y perfecta; es decir, identificar su voluntad con la voluntad de Dios, para existir como un ser ético y libre. De este modo cumplirá el propósito de su misión sobre la tierra: llegar a ser perfecto y, por consiguiente, heredero de la increada Realeza celestial. Amín.

 

  1. Sobre la inviolabilidad del libre albedrío (independencia, autodeterminación)

«Si alguno quiere venir en pos de mí y quiere ser mi discípulo, olvídese y niéguese a sí mismo, de su pecaminosidad y se prepare a sufrir muchas tribulaciones incluso hasta muerte por la cruz, tome su cruz y me siga» (Mt. 16, 24).

El libre albedrío (independencia, autodeterminación) del hombre permanece inviolable. De los logos y palabras anteriores se manifiesta el grado de libertad ética del hombre. Nuestro Salvador invita al hombre a seguirlo y lo deja libre para decidir sobre esta cuestión tan importante: tomar el camino de Cristo o su propio camino. Aunque vino para la salvación del hombre, no viola su libre albedrío (independencia, autodeterminación). Lo invita a participar activamente en su propia salvación, pero no ejerce influencia alguna sobre su libre albedrío o independencia

Si el hombre no fuera un ser libre y dotado de libre albedrío (independencia, autodeterminación), jamás se le habría concedido tanto respeto ni se le habría atribuido tanto honor como para cooperar con su Salvador en su propia salvación. Tampoco se habría dejado esta a su disposición, sino que, como un cuerpo pasivo e inerte, sería arrastrado hacia la salvación y recibiría la influencia de la Jaris divina, que realizaría su redención. ¡Cuán verdaderamente respetable e inviolable es la libertad ética del hombre! ¡Cuán soberana es su independencia (libre albedrío, autodeterminación)!

Al estudiar la historia de la redención del hombre, vemos al Hijo de Dios encarnarse por la salvación del hombre. Lo vemos dirigirse voluntariamente hacia Su pasión, con el propósito de cargar sobre Sí el pecado del mundo y soportar sus heridas, cumplir el misterio de la Economía divina y reconciliar al hombre con Dios; y, sin embargo, no violar en absoluto el libre albedrío (autodeterminación, independencia) del hombre.

¡He aquí! La puerta cerrada del Paraíso se abre, y la espada de fuego que custodia su entrada se retira. La voz del Señor invita al hombre excluido a entrar por ella en el lugar del descanso, pero lo deja libre para entrar o no. Esta libertad de actuar según la propia elección, de seguir los propios principios y de no quedar sometido a una influencia coercitiva de Dios, demuestra el carácter absoluto de la independencia (libre albedrío, autodeterminación) ética del hombre, que dimana de su carácter ético, de su gran valor y de la elevada posición que ocupa en la creación.

¡Verdaderamente, qué gran honor se concede al hombre por el hecho de que su independencia (libre albedrío, autodeterminación) ética permanezca inviolable! Pero, al mismo tiempo, ¡con cuánta claridad se nos enseñan nuestros propios deberes! Se nos enseña claramente que también nosotros debemos estar agradecidos por la independencia (libre albedrío, autodeterminación) que se nos ha concedido y ser fervientes y llenos de celo, de modo que no toleremos en absoluto la esclavización de nuestra independencia ética ni la dependencia de nuestra libertad ética respecto de los pazos y los deseos degradantes.

Nuestra libertad ética nos obliga a velar por nuestra salvación, porque, de lo contrario, nos perderemos. El reconocimiento solemne, por parte de nuestro propio Salvador, de nuestra independencia (libre albedrío, autodeterminación) ética nos enseña que nuestra salvación no se realiza únicamente por la acción absoluta de la Jaris de Dios, sino también mediante el consentimiento del hombre y su acción conjunta con ella. Veamos, pues, qué dicen los sabios Padres de la Iglesia acerca de esta necesidad.

El divino Crisóstomo dice: «La Jaris increada, aunque sea Jaris, salva únicamente a quienes quieren salvarse» (Homilía 18 sobre Romanos).

San Gregorio el Teólogo dice: «También es necesario que nosotros demos nuestro consentimiento para ser salvados por Dios» (Logos 31).

Por su parte, Clemente de Alejandría dice: «Dios ayuda a las psiques-almas que quieren salvarse; pero, si renuncian a su disposición voluntariosa, también se retira el espíritu (es decir, la energía jaris-gracia) que Dios les había concedido».

También el divino Agustino dice: «Dios, que creó al hombre, no puede salvarlo sin su propia voluntad».

Aprendemos, pues, de manera explícita y clara que dos son los factores de nuestra salvación: a) la voluntad libre del hombre y b) la Jaris increada de Dios. Por supuesto, la Jaris de Dios ocupa el primer lugar en la obra de la salvación, porque nuestro Señor Jesús Cristo vino a dar luz a quienes estaban en tinieblas y envió la luz de la Jaris a quienes se encontraban sentados en la oscuridad y en la sombra de la muerte. Buscó a la oveja perdida, llamó al extraviado, habló a los corazones, señaló el camino de la salvación y manifestó que la Jaris divina perfecciona y salva.

Pero, en lo que respecta a la salvación, es necesario que la voluntad del hombre tome la iniciativa, porque constituye el principal impulso que mueve la mentalidad adormecida por el pecado. Es ella la que pone en movimiento los pasos para seguir al Salvador; ella la que fortalece el corazón para la renuncia a uno mismo; ella la que lleva la cruz sobre el hombro. Porque la Jaris invita, disipa las tinieblas e ilumina la oscuridad de la psique-alma; pero la independencia (libre albedrío, autodeterminación), cuando se trata de negligencia, descuido, pereza, inercia y de todo aquello que la carne considera deseable, puede desobedecer, cerrar los ojos, permanecer en la oscuridad y caminar en la dirección completamente opuesta, que conduce a la perdición, queriendo realizar lo prohibido.

Así pues, es necesario que queramos nuestra salvación para buscarla; es necesario que queramos escuchar para prestar oído a la voz de Aquel que nos llama. Es necesario que queramos ver y abrir los ojos para ser iluminados por una abundante luz increada; que queramos ponernos en movimiento y acción para seguir al Salvador; que queramos renunciar al hombre viejo, con sus deseos y pazos (vicios, pasiones), para cargar la cruz sobre nuestro hombro; que queramos recorrer el camino estrecho y angosto para entrar en el Paraíso por la puerta estrecha.

Es necesario que nuestra voluntad se adelante, porque así lo exigen las condiciones con las que el Salvador llama a quienes quieren seguirlo. Sin voluntad sería imposible cumplir las condiciones propuestas e imposible también alcanzar la salvación. La Jaris increada se concede, pero también se requieren la voluntad y el consentimiento para que sea aceptada. Se requiere, además, abnegación, sacrificio de uno mismo y una mentalidad inquebrantable, que no se desvíe hacia ninguna otra cosa, sino que siga únicamente la voz del Salvador, que es la voz de la Jaris y de la verdad.

Si la jaris-gracia energía increada de Dios se manifestara y salvara por sí sola a los hombres, la invitación sería completamente innecesaria, así como también lo serían las condiciones y los requisitos. Pero la jaris increada de Dios, aunque es infinita, no salva por sí sola, porque no quiere violar la independencia (libre albedrío, autodeterminación) del hombre. Si el consentimiento del hombre para su propia salvación no fuera de importancia capital, Dios, por Su infinita filantropía, salvaría ciertamente a todos, pero no invitaría a nadie.

Sin embargo, invitó al hombre que sirve a sus sentidos y al pecado, y lo hizo imponiéndole condiciones muy exigentes. Le ofreció la salvación, pero le pidió que siguiera los mandamientos y logos, porque así lo exigía una razón grande y de suma importancia: el renacimiento y la renovación en Cristo Jesús, nuestro Salvador. Porque el hombre viejo, corrompido por el pecado, no podía entrar en la Realeza increada de Dios.

Por tanto, debía renunciar al hombre viejo, con sus pazos y deseos, y aceptar al hombre nuevo, renovado, pero con la conciencia de ser imagen de Aquel que lo creó. Sin embargo, para renunciar al hombre viejo, primero debía quererlo. La cooperación del hombre es absolutamente necesaria para su perfeccionamiento. El Salvador nos dio a conocer que «allá en el cielo, al inmenso palacio de mi Padre existen muchas y ricas moradas para recibir a todos los creyentes. Si no existiesen, os lo hubiera dicho; pero existen» (Jn. 14, 2). En ellas se establecerán quienes hayan vivido en la tierra de una manera correspondiente, de modo que nuestra vida sobre la tierra determine también el lugar que ocuparemos en el Paraíso.

Por eso, san Gregorio Nacianceno dice: «Así como existen diversos modos de vida, también hay muchas moradas junto a Dios, que se distribuyen y se ofrecen según el mérito de cada uno. Uno alcanza una virtud, mientras que otro las alcanza todas, según la capacidad de cada cual. Solo es necesario avanzar, desear progresar y seguir de cerca a quienes lo guían y dirigen rectamente, para que, por el camino estrecho, sean conducidos a la inmensa amplitud de la bienaventuranza y felicidad que allí existe».

De acuerdo con lo expuesto, el hombre debe procurar trabajar por su salvación, porque, de lo contrario, corre el peligro extremo de la perdición. Pues nada hay en común entre la luz y las tinieblas, entre el bien y el mal. El pecado, que corrompe al hombre, es oscuridad y un gran mal, porque se opone a la voluntad de Dios. La independencia (libre albedrío, autodeterminación) ética reconoce toda desviación como pecado, y el pecado aleja al hombre de Dios. La independencia ética, por ser un bien tan grande, conlleva también grandes responsabilidades. Quien posee independencia (libre albedrío, autodeterminación) ética debe ser éticamente libre para llegar a ser también santo.

Por eso, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, Dios da este mandamiento: «Seréis santos, porque Yo soy santo» (Lev. 11, 44; 1 Pe. 1, 16). Pues ¿cómo puede entrar en comunión con Dios el esclavo ético que sirve al pecado, el profano? Asimismo, el Salvador da este mandamiento: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt. 5, 48). Porque, si tal es el Padre a quien invocamos, así también deben ser Sus hijos.

Dios quiere, pues, que seamos santos y perfectos, porque solo los santos y perfectos, como hijos del Padre que está en los Cielos, pueden invocar Su Jaris con la confianza propia de los hijos, y solo ellos pueden heredar la increada Realeza celestial.

Por todo esto, el apóstol Pablo escribía a los corintios: «¿Es que no sabéis que los injustos no heredarán la realeza increada de Dios? No os engañéis; ni los lujuriosos fornicadores, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los salteadores heredarán la realeza increada de Dios» (1 Cor. 6, 9-10).

Esta es la razón por la que el Salvador nos invita a renunciar a nuestro yo malo, cargar la cruz sobre nuestros hombros y seguirlo: «Si alguno quiere venir en pos de mí y quiere ser mi discípulo, olvídese y niéguese a sí mismo, de su pecaminosidad y se prepare a sufrir muchas tribulaciones incluso hasta muerte por la cruz, tome su cruz y me siga» (Mt. 16, 24).

Por una parte, reconoce nuestro ético libre albedrío (independencia, autodeterminación), pero, por otra, deja nuestra salvación en nuestras manos. Por tanto, quien desea salvarse debe trabajar para alcanzar la salvación; de lo contrario, se verá privado de ella y, por su negligencia y desidia, preparará al mismo tiempo su perdición y la pérdida de la vida eterna. Y heredará el infierno eterno, de la que ruego a Dios que nos libre a todos. Amín.

 

  1. Sobre el modo en que podemos permanecer éticamente libres

«Por lo tanto, si el unigénito Hijo de Dios os liberare del pecado, seréis verdaderamente libres» (Jn. 8, 36).

El modo en que podemos conservarnos éticamente libres nos lo indicó el propio Salvador, diciendo: «Porque cualquiera que quiera salvar su vida o psique-alma, la perderá, y cualquiera que pierda su vida por mí, salvará su psique-alma y vida, en la vida eterna» (Lc. 9, 24). Enseñó claramente que solo mediante la renuncia a nosotros mismos podemos salvarnos.

Y, verdaderamente, para llegar a ser éticamente libres, es necesario renunciar a nosotros mismos, tomar la cruz y seguir al Hijo de Dios, que nos llama para liberarnos. «Si el Hijo os libera, seréis verdaderamente libres» (Jn. 8, 36), dice el propio Salvador y Libertador nuestro. Y repite: «Si os permanecéis firmes en la enseñanza de mis logos practicándolos en vuestras vidas, entonces sois realmente discípulos míos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres». [32. «Por mi enseñanza y por vuestra experiencia personal de vida, por practicar mis logos, conoceréis la verdad y la verdad os librará de la tiranía del pecado y de la muerte espiritual]» (Jn. 8, 31-32).

Por tanto, llegamos a ser libres si prestamos oído a la predicación del Salvador Cristo y permanecemos en ella; si tomamos la cruz y lo seguimos; si renunciamos a nosotros mismos, a la ley de la carne, a los pazos (pasiones, vicios, adicciones, etc.) y a los deseos, cargando con la cruz y soportando toda tribulación por causa de la ley de Dios. Es decir, hacer cesar la voluntad de la carne, poner en práctica la voluntad del espíritu y someter lo inferior a lo superior: este es el modo de permanecer libres.

Es, pues, una necesidad ineludible seguir al Señor, porque, si el Hijo de Dios nos libera, entonces llegamos a ser verdaderamente libres. Sí, verdaderamente, solo el Hijo de Dios puede liberarnos, porque Él es la libertad verdadera. «El Señor es espíritu, y donde está el espíritu del Señor, está la libertad, por el espíritu del Señor se quita el velo y la esclavitud de la ley y allí se encuentra la verdadera libertad», dice el apóstol Pablo (2 Cor. 3, 17).

Solo si seguimos al Salvador podemos permanecer libres y quedar liberados de la esclavitud del pecado: «Todo el que comete pecado es esclavo del pecado» (Jn. 8, 34). Por tanto, si deseamos ser libres, debemos seguir al Salvador Cristo.

 

  1. Cómo seguimos al Salvador Cristo

Si amamos a Cristo y guardamos Sus logos y mandamientos, entonces podemos decir que seguimos a Cristo, nuestro Salvador, porque Él mismo nos lo ha dado a conocer, diciendo: «Si me amáis guardad, aplicad y cumplid mis logos-mandamientos» (Jn. 14, 15). E inmediatamente añade: «Si alguno me ama, guardará mis logos… El que no me ama, no guarda Mis logos» (Jn. 14, 23-24).

Por su parte, el evangelista Juan señala en sus epístolas: «En esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos y aplicamos sus logos/ mandamientos. El que afirma que le conoce y no aplica ni cumple sus logos/mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él. Pero el que cumple su logos, es decir, la voluntad de Cristo, siente y tiene la información real que la agapi (amor incondicional, energía increada) de Dios se ha desarrollado plenamente y está perfeccionada en su interior; por esto conocemos que estamos unidos a Él. El que dice que permanece y vive en la dimensión espiritual de Cristo, debe vivir y comportarse tal y como Cristo vivió y se comportó entre nosotros» (1 Jn. 2, 3-6).

De acuerdo con estos logos, seguimos a Cristo cuando identificamos nuestra voluntad con la Suya, de modo que, cuando actuamos, no sea nuestra propia voluntad la que actúe en nosotros, sino la voluntad de Dios. Es decir, ya no vivimos nosotros, sino que Cristo vive en nosotros, como dice el propio apóstol Pablo: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gál. 2, 20). E inmediatamente añade: «Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo; pues, tanto si vivimos como si morimos, pertenecemos al Señor» (Rom. 14, 7-8).

Este modo de seguir a Cristo es el único verdadero, y solo así podemos conservarnos verdaderamente libres. Además, este modo de vida nos hace sobresalir como seres lógicos y éticamente libres. Por tanto, es necesario que nuestro espíritu siga al Espíritu del Señor, que nuestro corazón se adhiera a Él y que nuestra voluntad se identifique con la Suya. Cuando obramos de este modo, nos convertimos verdaderamente en discípulos de Cristo y caminamos sin obstáculos por la senda de la verdad, permaneciendo éticamente libres.

Solo si obramos así renunciamos a nosotros mismos. Porque no existe mayor renuncia a uno mismo que someter la voluntad de la carne a la voluntad del espíritu, pues esta es verdaderamente la crucifixión de la carne, que entonces ya no puede dejarse arrastrar ni siquiera por el más mínimo impulso de su propia voluntad. Como consecuencia de ello, la naturaleza corporal del hombre experimenta aflicción. Este es el camino que el Salvador Cristo nos pide recorrer, y es dentro de él donde existimos como seres libres. Cualquier otro camino es un engaño.

Se engañan quienes creen ser cristianos y siguen a Cristo por llevar Su nombre, escuchan Sus mandamientos y los aprenden, pero están muy lejos de conformar su voluntad a la voluntad divina, renunciando al pecado y adhiriéndose a la voluntad de Dios. Al mismo tiempo, descuidan adornarse con las virtudes cristianas y se entregan a los pazos y los deseos, sirviendo a la ley del pecado y llenando su vida de la impureza del pecado.

Nada hay de cristiano en su vida, en su manera de vivir, en sus obras, ni siquiera en sus ocupaciones cotidianas, en sus labios y en su corazón, en su nus (espíritu) y en sus pensamientos. Todo en ellos es mundano, extraño y ajeno al espíritu cristiano.

El divino Crisóstomo enseña al cristiano, diciendo: «De nada sirven las enseñanzas rectas si descuidamos nuestra conducta y nuestra manera de vivir».

Y el apóstol Pablo dice: “Porque no son justos y dignos de recompensa ante Dios los que oyen la ley, sino los que cumplen y aplican la ley, ésos serán justificados y salvados” (Rom 2:13).

De manera semejante nos exhorta también Santiago, el hermano del Señor, diciendo: «Pero aplicad y cumplid el logos de Dios, y no os contentéis sólo con escucharlo, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno sólo oye el logos de Dios y no lo practica, éste es semejante al hombre que mira su cara en un espejo. Porque él se ha visto a sí mismo en el espejo y se va, y se olvida enseguida de cómo era. (Espejo es el logos de Dios para conocer nuestras faltas; si no las observamos y no nos interesamos para arreglarlas, después de un rato nos olvidamos de nosotros mismos y del logos de Dios).Mas el que mira y se estudia atentamente en la perfecta enseñanza del logos del Evangelio, el de la libertad, y persevera en él, no siendo oyente olvidadizo, sino realizador de lo que mandan los logos del Evangelio. Éste será bienaventurado y feliz por practicar y realizar el logos divino y cumplir la voluntad divina. Si alguno se cree fiel y piadoso entre vosotros, y no refrena su lengua, se engaña a sí mismo y a su corazón por esta falsa percepción suya, sabed que su religiosidad es vana no vale para nada. La práctica religiosa y piedad pura y sin mancha delante de Dios y Padre consiste en visitar a los huérfanos y a las viudas para consolarlos en sus tribulaciones y sufrimientos y a la vez en guardarse limpio sin mancha del pecado y de los vicios que dominan el mundo» (Sant. 1, 22-27).

De todo esto se desprende que el conocimiento debe ir acompañado de la práctica; es decir, es necesario conocer la ley y seguirla. Esto significa creer en Cristo; esto significa el cristianismo: la ley de la libertad. El conocimiento sin una conducta cristiana virtuosa no sirve de nada.

Porque, ciertamente, nada hay en común entre Cristo y Belial. Por eso, el apóstol Pablo exclama: «No podéis beber a la vez el cáliz del Señor y la copa de los demonios. No podéis participar a la vez de la mesa del Señor y de la de los demonios. ¿O queremos provocar celos al Señor? ¿Somos acaso más fuertes que él? Todo me es lícito y permitido, pero no todo me conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica» (1 Cor. 10, 21-22).

Y nuestro Señor Jesús Cristo enseña, diciendo: «Ninguno puede trabajar y servir a la vez a dos señores, porque aborrecerá al uno y amará al otro, o se apegará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a dios Mamón dinero o a la riqueza terrenal y material; amaréis a Dios y menospreciaréis a los tesoros terrenales u os apegaréis y esclavizareis en estos menospreciando también a Dios» (Mt. 6, 24).

Sobre este mismo tema enseña también el divino Crisóstomo, diciendo: «… Porque, aunque alguien crea rectamente en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, si no lleva una vida recta, no alcanzará la salvación únicamente por medio de la fe. Por tanto, cuando dice: “Esta es la vida eterna: conocer al único Dios verdadero” (Juan 17,3), no debemos pensar que estas palabras bastan por sí solas para la salvación, porque también es necesaria una forma de vida correspondiente, que debe aplicarse y cumplirse con exactitud.

Ciertamente, más adelante vemos que dice: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna”; pero después encontraremos una afirmación todavía más contundente: el Señor entreteje Su discurso no solo a partir de lo que se refiere a los hombres buenos, sino también de lo que concierne a quienes se oponen a Dios. Y observa de qué manera: “El que desobedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él” (Jn. 3, 36).

Sin embargo, tampoco aquí diremos que la fe por sí sola basta para la salvación. Esto lo demuestran las numerosas referencias a la forma de vida que aparecen dispersas dentro en los Evangelios. Por eso, no dijo que esta fuera la única vida eterna, ni que solo quien cree en el Hijo tendrá vida eterna, sino que tanto la fe como una forma de vida correcta, ortodoxa, se revelan de importancia vital. Si, por tanto, tú no llevas una conducta correcta, una forma de vida correcta, ortodoxa, te seguirá la tiranía del infierno.

Y no dijo “permanece en él”, sino “permanece sobre él”, dando a entender con ello que jamás se verá libre de él, para que no pienses que «no verá la vida» significa una muerte temporal, sino que creas que se trata de un infierno perpetuo. Estas palabras se pronunciaron para mostrar que el infierno se establece en él para siempre. El Señor habló de este modo con el propósito de impulsarlos hacia Cristo».

A quienes reciben el nombre de cristianos, pero realizan obras perversas y satánicas, les dice: «De nada os sirve llamaros cristianos, del mismo modo que una joven es llamada virgen, con razón y merecidamente, mientras conserva su virginidad, y verdaderamente lo es. Pero, si alguien la seduce, la corrompe y pierde ella su virginidad, ya no es virgen. Así también, quien es llamado cristiano, si quebranta sus compromisos, transgrede lo que se le ha ordenado, incumple el logos del Evangelio y obra según las costumbres del mundo, no obtiene ningún beneficio por ser llamado cristiano» (San Juan Crisóstomo, Sobre los falsos profetas).

«Quien quiera ser un cristiano auténtico», dice san Basilio el Grande, «necesita conocer las Sagradas Escrituras, vivir sin distracciones, no ser amante del dinero, ser pacífico, amante de Dios y compasivo con los pobres, estar libre de ira y de rencor. Quienes se acerquen a él deben edificarse con su ejemplo. No debe amar la vanagloria, el orgullo ni la adulación; debe ser sencillo y no preferir nada por encima de Dios» (San Basilio el Grande, Sobre la virtud).

También, san Cirilo dice en sus Catequesis: «Que nos llamen cristianos no nos aporta ningún beneficio si a ese nombre no corresponden las obras. Porque está escrito: “Si sois hijos de Abrahán, haced las obras de Abrahán”» (Jn. 8, 39).

Por tanto, ni el nombre de cristiano ni el conocimiento de las Escrituras aportan beneficio alguno si no van seguidos de obras.

 

  1. Carácter y promesa del cristianismo

El Cristianismo ortodoxo no es un sistema filosófico ni se apoya únicamente en la capacidad cognoscitiva del hombre, sino, sobre todo, en su voluntad y sus sentimientos o emociones. Porque el cristianismo no tiene como principio solamente la formación del espíritu, sino también la formación del corazón. Por eso, no exige a los fieles únicamente que conozcan sus enseñanzas, sino que también las pongan en práctica; requiere asimismo la cooperación de la voluntad, para que acepten sus principios y enseñanzas como divinos y salvíficos y los apliquen en su vida.

Exige, además, la ayuda del sentimiento o emoción, para que el hombre, con anhelo y amor, se entregue por entero, con toda su psique-alma y su corazón, a la obra del cristianismo. En una palabra, el cristianismo es Religión divina que exige no solo conocer lo que profesa, sino también llevarlo a la práctica en la vida. Y puesto que el contenido de la Religión Cristiana ortodoxa es la apocálipsis/ revelación de Dios al mundo, quiere que quienes la siguen lleguen a ser santos y perfectos, para que todos constituyan un solo cuerpo, la Iglesia Ortodoxa, cuya cabeza es nuestro Señor Jesús Cristo, el Hijo apocaliptado/ revelado.

El Cristianismo ortodoxo exige al hombre entero, porque se propone hacerlo renacer y recrearlo como un hombre nuevo, e inspirarle una nueva vida religiosa y ética.

El cristianismo es una institución filosófica divina y, al mismo tiempo, religiosa y ética, cuya misión consiste en enseñar las elevadas verdades filosóficas y guiar al hombre por el camino de la salvación, santificando su vida sobre la tierra.

El Cristianismo ortodoxo promete reconciliar al hombre con Dios, convertirlo en imagen y semejanza Suya, elevarlo al Cielo y concederle la eternidad y la inmortalidad. El Cristianismo ortodoxo procura traer la Realeza increada de Dios a la tierra*, conceder generosamente la paz al mundo, hermanar a las naciones y otorgar la felicidad. Tales son los principios del cristianismo; tal es el cristianismo en su conjunto. Por su carácter divino y sublime y por la grandeza de su misión, exige la santidad y la perfección de quienes desean seguirlo. (* véase Realeza 26. Βασιλεία Vasilía aquí: https://www.logosortodoxo.com/lexico/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo-helenico-espanol-3/)

Por eso, sus verdaderos discípulos no son quienes se limitan a reconocerlo de palabra, pero rechazan sus principios al no realizar obras acordes con ellos, sino quienes abrazan sus principios tanto de palabra como de obra: aquellos que regulan su conducta y su modo de vida de acuerdo con los mandamientos divinos del cristianismo.

Esta verdad queda confirmada por las palabras del Salvador, que dijo: «No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reinado de la realeza increada de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre celeste» (Mt. 7, 21).

También, el apóstol Pablo dice: «Quienes, por una parte, profesan conocer a Dios, pero, por otra, lo niegan con sus obras, son abominables y desobedientes, e incapaces de realizar cualquier obra buena» (Tit. 1, 16).

El Cristianismo ortodoxo, por tanto, no es solo teoría, sino, sobre todo, vivencia. Su propósito es enseñar al hombre, en primer lugar, el conocimiento del Dios verdadero y, después, convertir su corazón en un «santuario santo» (Éx. 25, 8), para que Dios mismo habite en él, porque promete que: «Habitaré en ellos y caminaré en medio de ellos» (2 Cor. 6, 16; Lev. 26, 11-12). Para alcanzar este gran propósito, pide al hombre que lo siga mediante la renuncia a sí mismo, porque solo así llegará a ser éticamente libre.

De este modo, el hombre no solo se perfecciona y se prepara a sí mismo, sino que también contribuye al cumplimiento de la gran misión del cristianismo ortodoxo en el mundo. En efecto, queridos cristianos, mediante la libertad ética cumplimos un doble deber. En primer lugar, al permanecer éticamente libres, nos perfeccionamos y santificamos; en segundo lugar, cooperamos en la realización de la gran obra de nuestro Salvador Jesús Cristo. Trabajemos, pues, hermanos, por nuestra libertad ética, y Dios nos fortalecerá en esta labor, porque Dios ama a quien se esfuerza y lo sostiene en su esfuerzo.

Y, para coronar estas palabras con enseñanzas apostólicas, os transmitiremos las palabras del apóstol Pablo. Escuchémoslas todos:

«Y estas cosas las hacemos, teniendo en cuenta la provisionalidad de la vida presente; ya es hora de despertar del sueño de la pereza espiritual, porque ahora está más cerca de nosotros la σωτηρία sotiría redención, sanación y salvación que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, es decir, la vida presente que es semejante a la noche y el día de la vida futura y de nuestra salida hacia el cielo está cerca; por lo tanto, dejemos a un lado las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz increada, las obras de la virtud. Comportémonos decentemente, como aquel que camina en pleno día y lo ven los hombres; nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de peleas y envidias; al contrario, en vuestra psique-alma revestíos del Señor Jesús Cristo de modo que viváis en Cristo y Cristo viva en vosotros, y no busquéis satisfacer los codiciosos deseos indecentes y los bajos instintos animales» (Rom. 13, 11-14).

 

  1. Sobre el pecado

El pecado y la muerte son males que se derivan del hecho de que la voluntad libre del hombre quedó esclavizada a causa de la desobediencia y la transgresión de la Divina ley ética. El primer hombre, después de haber sido seducido, desatendió inicialmente la voz de su interior, que le dictaba y le inspiraba el deseo de guardar la ley Divina.

Sin embargo, antes de ello, sometió su libertad ética a las sugerencias del Diablo, considerándolas de mayor valor que su propia inclinación interior. Como ser dotado de libre albedrío (independencia, autodeterminación), eligió someterse al Diablo, creyendo que este le aconsejaba lo mejor, como si el Diablo fuera superior y más sabio. Y, al obedecerle como un esclavo obedece a su señor, transgredió el mandamiento divino que antes deseaba y procuraba cumplir.

Si Adán, como ser dotado de independencia, autodeterminación y libre, no hubiera sometido su libertad ética al Diablo, jamás habría transgredido el mandamiento divino. Por tanto, el pecado y la muerte fueron consecuencias de la esclavización ética del hombre. Así se manifiesta con toda claridad que la esclavización ética es el mayor de los males, porque lleva consigo el pecado y la muerte, es decir, la degradación de la imagen y la corrupción de la psique-alma y del cuerpo.

El pecado es un gran mal porque envenena la psique-alma, introduciendo en ella semillas que engendran enfermedad; la consume, la corrompe y, finalmente, la conduce a la muerte. Así como las enfermedades deterioran gravemente los cuerpos y los llevan a la muerte, así también los pecados deterioran la psique-alma. La psique-alma enferma, cargada de pazos, se entrega continuamente al pecado; ya no puede dirigir su mirada hacia el cielo y permanece impotente para contemplar la luz de la verdad.

Acerca del estado enfermizo de la psique-alma que brota del pecado, esto es lo que dice el divino Crisóstomo: «Porque, así como quienes tienen una vista débil sienten aversión por la luz del sol debido a su estado, y, en general, los enfermos rechazan todo lo saludable, así también quienes están enfermos en la psique-alma, cuya mirada de la diania (mente, intelecto) está enferma, se abrasan ante la luz de la verdad y no pueden contemplarla. Del mismo modo, los cerdos miran hacia abajo, hozando en dirección a su vientre y revolcándose en el barro; sin embargo, son incapaces de percibir que se contaminan al permanecer sumergidos en la suciedad».

Y Clemente de Alejandría dice: «No temamos la enfermedad del cuerpo, sino los pecados que provocan la enfermedad».

Con toda razón, también el salmista dice: «A causa de mis muchos pecados, mi cuerpo enferma y también enferma mi psique-alma» (Oficio del Pequeño Canon de Súplica a la Santísima Theotokos).

Asimismo, san Basilio el Grande caracteriza el pecado como una enfermedad de la psique-alma cuando dice: «Así como la agricultura transforma las cualidades de las plantas, también el cuidado de adornar la psique-alma con la virtud puede contener toda clase de enfermedad».

También el Señor, considerando enfermos a los pecadores, decía: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos» (Mt. 9, 12).

La enfermedad de la psique-alma es más grave y peligrosa que la enfermedad del cuerpo, porque la enfermedad corporal provoca la muerte del cuerpo mortal, mientras que la enfermedad de la psique-alma provoca la muerte (espiritual) de la psique-alma, que es inmortal.

«El salario del pecado es la muerte» (Rom. 6, 23), dice el apóstol Pablo. Y aún hay males mayores que la muerte, porque el pecado trae consigo la separación de Dios. La separación de la psique-alma de Dios es la muerte. Sobre cómo se separa de Dios, responde el evangelista Juan: «Todo el que comete pecado es del diablo, porque el diablo peca desde el principio» (1 Jn. 3, 8). «No hay comunión alguna entre la luz y las tinieblas», dice el apóstol Pablo (2 Corintios 6, 14).

San Juan Crisóstomo dice que el pecado nace de la ausencia del temor de Dios, y que esto conduce al hombre a las profundidades del Hades. Nos aconseja abstenernos del pecado, diciendo: «Aléjate del pecado, porque pecar quizá sea humano; pero persistir en el pecado no es humano, sino enteramente satánico».

El hecho de que el placer del pecado sea pasajero y de que la aflicción que le sigue sea grande se explica de la siguiente manera:

«El pecado actúa así sobre aquel a quien quiere conquistar: antes de apoderarse de él, lo mantiene como embriagado por el placer. Pero, cuando el pecado lo ha colmado y se ha apoderado de él, entonces el placer se marcha, se extingue, y el propio hombre queda despojado de todo. Entonces llega la conciencia como acusadora, como si hubiera asumido el oficio de verdugo, y lo devora mientras permanece sumergido en el pecado, exigiendo que se le imponga la pena más severa».

Y en otro lugar dice: «Nada hay tan pesado y difícil de soportar como la naturaleza del pecado. Ninguna otra cosa nos causa tanto agotamiento como las malas acciones y los pecados. Por eso Jesús Cristo dice a quienes viven en el pecado: “Venid a mí todos los que estáis psíquicamente cargados y cansados, agotados y afligidos, agobiados y deprimidos por vuestros pecados, autoengaños, sufrimientos y perturbaciones y yo os daré psicoterapia, alivio y paz en vuestra psique-alma y os haré descansar psíquica y espiritualmente. Llevad mi yugo de la obediencia sobre vosotros, y aprended de mí, que soy apacible y humilde de corazón, y encontraréis psicoterapia y sanación, alivio y descanso, paz y serenidad en vuestras psiques-almas, no dudéis, porque mi yugo de la obediencia es bueno, fácil y útil, y ligera mi carga de las obligaciones y deberes que yo os impondré y yo os ayudaré para llevarla” (Mt. 11, 28.30).

Asimismo, otro Padre de la Iglesia dice: «¿Qué hay más pesado y perjudicial que el pecado? Y, por el contrario, ¿qué hay más ligero y beneficioso que la virtud? Porque el pecado, como está escrito en los Proverbios, después de herir a muchos, los ha vencido con su peso, “pues cada uno queda sujeto por las cadenas de sus propios pecados” (Prov. 5, 22). La virtud, en cambio, vivifica y eleva a quienes la practican; y, como dice el autor de los Proverbios, todo el que se esfuerza por alcanzar la virtud es como quien posee el “árbol de la vida” (Prov. 3, 18)».

El pecado desfigura la divina belleza que posee la imagen de la psique-alma y del cuerpo, y la vuelve deforme y miserable. Porque, como dice san Basilio el Grande: «Así como las sombras siguen a los cuerpos, así también los pecados siguen a las psique-almas, revelando claramente sus acciones».

El pecado aleja al ángel guardián de la psique-alma y del cuerpo, y entrega la psique-alma y el cuerpo al dominio tiránico del Diablo. Porque, como también dice san Basilio el Grande: «Así como el humo ahuyenta a las abejas y el mal olor aleja a las palomas, del mismo modo el pecado, triste y maloliente, aleja al ángel guardián de nuestra vida».

El pecado elimina toda vergüenza y vuelve desvergonzados a quienes pecan, porque su mente se oscurece. Sobre la desvergüenza del pecado, el divino Crisóstomo dice: «Mientras el pecado está en proceso de nacer, provoca cierta vergüenza; pero, desde el momento en que se comete, hace aún más desvergonzados a quienes lo han cometido».

«El pecado —dice un Padre de la Iglesia— fue la causa de la apostasía respecto de Dios, pero la humildad se convierte en medio para regresar a Él. La humildad, en efecto, eleva y conduce hacia lo alto, mientras que el pecado humilla y empuja hacia abajo. La primera nos transporta a los Cielos; el segundo, al abismo del Hades».

Y añade inmediatamente: «Si el pecado es algo bueno, si así lo consideras, consérvalo hasta el final. Pero, si reconoces que perjudica a quien lo comete, ¿por qué persistes en este mal? Nadie quiere vomitar la bilis; sin embargo, debido a una alimentación nociva y desordenada, acumula en su interior cada vez más cantidad de ella».

Y san Marcos dice: «El pecado es como el fuego: cuanto más combustible le añades, tanto más se aviva. El pecado es semejante a un obstáculo que impide que la Jaris de Dios llegue hasta nosotros. Al agotamiento que produce el pecado le espera el rostro sombrío y doloroso de la Gehena. Por esta razón, evita el pecado como si tuvieras delante de ti el rostro de una serpiente. Si te acercas a ella, te recibirá; pero sus dientes son dientes de león que devoran las psique-almas de los hombres».

El divino Crisóstomo llama al pecado impureza y suciedad de la psique-alma: «Es mejor ensuciarse con barro inmundo que con pecados. Así como el gusano nace dentro de la madera y después la devora, y como la polilla se alimenta de la lana, aunque haya nacido de ella, así también del pecado nacen la aflicción y la muerte, que devoran el pecado mismo, es decir, al pecador».

Y añade inmediatamente: «El pecado es una espada de doble filo».

 

  1. ¿Cuál es la razón por la que pecamos?

San Juan Damasceno dice: «Incluso en las cosas malas, la causa y la finalidad son el bien, porque por causa del bien se hacen todas las cosas, tanto las buenas como las malas. Pues, cuando hacemos cosas malas, las hacemos deseando los bienes. Nadie hace lo que hace queriendo el mal, porque el mal ni siquiera tiene subsistencia; en realidad, no existe. Existe únicamente porque existe el bien, y no por sí mismo. Todo cuanto se hace, se hace por el bien o por aquello que se considera un bien».

El hombre, mientras busca el bien, a veces, engañado por el oscurecimiento de su diania (mente, intelecto), hace una mala elección entre las posibilidades que se le ofrecen y, en lugar del bien verdadero, elige aquello que considera un bien. Sin embargo, en realidad no lo quiere, puesto que no pertenece a su naturaleza; lo elige, no obstante, debido a un juicio equivocado, aunque sea algo contrario a su naturaleza. Y puesto que el bien es aquello que se desea y se ama conforme a la naturaleza, el hombre, al querer lo que es contrario a la naturaleza, pero que según su opinión es un bien, desea aquello que se apetece contra la naturaleza, lo no creado y, por consiguiente, el mal; y así peca.

Por tanto, la razón por la que el hombre peca es que ha sido engañado en su búsqueda del bien, debido a que ha desatendido la ley ética escrita en su corazón.

San Juan Crisóstomo llama al pecado tiniebla, porque oscurece el nus, lo extravía y lo aleja de la ley ética, que es la verdadera luz. Pues el pecado es oscuridad, y una oscuridad profunda. Y es evidente que uno lo comete inconscientemente, sin saber exactamente lo que está haciendo.

Porque todo el que hace cosas vergonzosas odia la luz y no se acerca a ella: «Pues las cosas que se hacen en secreto son vergonzosas incluso de mencionar. Así como en la oscuridad nadie distingue al enemigo del amigo e ignora la naturaleza de las cosas, lo mismo sucede con el pecado» (Homilía V sobre el Evangelio según san Juan).

 

  1. Sobre cómo el hombre, creado a imagen de Dios, fue creado bueno y desea el bien por naturaleza

El hombre fue creado bueno y es bueno por naturaleza, puesto que fue creado a imagen de Dios, que es el Bien absoluto. Como es bueno por naturaleza, desea y busca el bien, lo bueno y lo verdadero. Acerca de este deseo innato, la Sagrada Escritura dice que Dios grabó la ley escrita en su corazón, porque la ley de Dios es el bien, la bondad, lo bueno y lo verdadero, y fue inscrita en el corazón del hombre para que este pudiera participar de la bondad, la felicidad y la bienaventuranza de Dios.

El cumplimiento de esta ley no suponía dificultad alguna para quien la cumpliera, debido a la identidad entre lo que la ley prescribía y lo que dictaba el corazón del hombre. Puesto que coincidían los sentimientos, emociones y la voluntad de Dios, que ordenaba, con los sentimientos y la voluntad del hombre, que recibía aquellos preceptos como mandamientos, quedaba asegurada la bienaventuranza del hombre, y este fue colocado en el Paraíso, lugar de la bienaventuranza y felicidad.

Sin embargo, como ser dotado de nus (espíritu), de libre albedrío (independencia, autodeterminación) y de libertad ética, el hombre debía poseer también por propia voluntad esa inclinación y tendencia innatas hacia el bien, de modo que, con pleno conocimiento, obrara el bien y se manifestara así la virtud de su libre albedrío o independencia. De este modo, permaneciendo voluntariamente en el bien, avanzaría hacia su perfeccionamiento.

Esta prueba del hombre, permitida para que se manifestara la fuerza de esta gran y singular cualidad —el libre albedrío (independencia, autodeterminación), es decir, aquella facultad que puede hacernos perfectos si así lo queremos—, era absolutamente necesaria, pues sin prueba no existe virtud. Sin virtud, sin embargo, es imposible que el hombre alcance la perfección, puesto que esta perfección es la finalidad del hombre.

Por disposición divina, también se manifestó el tentador, el Diablo, para esta prueba. El hombre pecó porque, aunque podía resistirse y decir no al Diablo, no se resistió. La tentación no se presentó mediante algo que le fuera desconocido, sino mediante algo que conocía muy bien por naturaleza, gracias a la ley ética escrita en su interior. Podía haber obedecido la voz interior en lugar de la voz del Diablo, rechazar esta última, permanecer voluntariamente en el bien ético, cuya naturaleza deseaba, resistir la tentación y no pecar.

La razón por la que cedió y sometió su voluntad fue el deseo de obtener el bien ilícitamente y sin esfuerzo. Escuchó al Diablo decirle que llegaría a ser semejante al Altísimo. Sin embargo, habría llegado a ser semejante al Altísimo por la Jaris (Gracia, energía increada), pues esto es lo que nuestro Señor Jesús Cristo pidió al hombre: «Dios se hizo hombre para hacer de Adán dios». Y, verdaderamente, deseó de manera justa y legítima alcanzar el bien, pero lo hizo en unas condiciones completamente contrarias a las debidas.

Después de ser engañado por el Diablo, creyó que alcanzaría la perfección sin lucha alguna y desobedeció el mandamiento de Dios, que había sido dado precisamente con este propósito. Si hubiera cumplido el mandamiento, habría quedado de manifiesto que el Diablo afirmaba falsamente todo lo anterior. Así, al perseguir el bien por un medio ilícito, el hombre acabó obrando el mal y desobedeció el mandamiento divino, puesto que la manera en que deseó alcanzar el bien era ilícita.

El pecado fue castigado porque el hombre, al ser un ser éticamente dotado de libre albedrío (independencia, autodeterminación), puede elegir el bien en lugar del mal si así lo quiere. Por naturaleza, ama la ley de Dios y desea cumplir Sus mandamientos; sin embargo, no actuó conforme a su propia voluntad, sino contra ella, pues sometió su voluntad, que amaba la ley, a la voluntad del Diablo.

Adán fue castigado, por tanto, porque permitió que su nus (espíritu) oscurecido se convenciera de que el disfrute del Bien supremo no se encontraba en el cumplimiento de la ley divina, sino en comer el fruto prohibido. Y, siendo consciente de lo que hacía, desobedeció el mandamiento de Dios. Por consiguiente, en su búsqueda del bien, fue engañado y pecó desde el momento en que dejó de seguir la ley ética divina que llevaba dentro de sí. Esta es la causa de todos los pecados.

 

  1. Sobre cómo el engaño se debe a la negligencia

Pero ¿por qué fue engañado el primer hombre? ¿Por qué, ante la primera prueba, fue vencida inmediatamente su independencia (libre albedrío, autodeterminación) ética? ¿Acaso no era suficientemente fuerte para resistir y soportar la prueba? Desde luego que no, porque Dios nunca permite que el hombre sea tentado más allá de sus fuerzas. La justicia de Dios no permite semejante prueba. La prueba es proporcional a la fuerza y a la capacidad de resistencia. Pero entonces, ¿por qué fue vencido?

La razón de su derrota se encuentra en el propio hombre, porque, aunque poseía en su interior la fuerza necesaria para resistir, no hizo uso de ella. ¿Y cuál fue la causa de esta omisión? La negligencia en el cumplimiento de su deber. El hombre tenía el deber de elevarse hacia Dios, dirigir su nus (espíritu) con su mente únicamente hacia Él y no buscar el placer en los deleites de las criaturas. Su apego a las cosas terrenas provocó que descuidara su deber para con Dios y para consigo mismo.

A causa de su negligencia, se alejó de Dios y perdió así gran parte de la fuerza y energía divina que lo fortalecía; por eso fue vencido y cayó en el pecado. Si Adán no se hubiera alejado ya de Dios, el enemigo no lo habría vencido, ya que la fuerza y energía divina lo habría fortalecido. Fijar la mirada en el árbol prohibido era una señal de su apego a la materia. El hombre dirige su mirada hacia la materia cuando aparta sus ojos de Dios. El hecho de que examinaran la belleza de los frutos del árbol prohibido era una señal de sus inclinaciones terrenas.

Desde el momento en que dirigieron su mirada hacia él, la caída de Adán era un acontecimiento que estaba destinado a consumarse. El Diablo incitó al hombre cuando este ya se encontraba bajo el árbol y anhelaba sus frutos. Si no hubiera mirado hacia el árbol, no habría sido vencido por el Diablo. La mirada condujo a la caída. Vemos, por tanto, que la causa de la caída no fue su debilidad ética ni ninguna otra imperfección, sino la negligencia en el cumplimiento de su elevado deber: el deber de venerar a Dios y dirigir la mirada únicamente hacia Él.

Por esta razón, el Señor ordena repetidas veces a Sus discípulos: «Velad y orad para que no os venza la tentación» (Mt. 26, 41). Porque, mientras velan y oran, el nus permanece atento a Dios, y así las flechas que lanza el maligno no pueden alcanzar sus pensamientos. En cambio, estas flechas provocan heridas repentinas, inesperadas y graves en cuanto encuentran el nus (espíritu) y el pensamiento dispersos entre las cosas creadas.

En verdad, somos tentados cuando sentimos el ataque de la tentación. Lo sentimos, sobre todo, cuando nuestra atención se dirige hacia él, es decir, cuando damos nuestro consentimiento. Por eso dijo el Señor: «Para que no entréis en tentación». Esto significa que no debemos aceptar los ataques de la tentación, ya que, mientras los rechazamos, no entramos en ella. Así pues, Adán entró en la tentación porque aceptó los ataques y consintió en ellos. Pecamos, por tanto, porque tenemos una predisposición al pecado, la cual nace de nuestra negligencia en la veneración de Dios.

Acerca de los pecados que se cometen por negligencia, esto es lo que escribe el divino Crisóstomo: «Aunque consideráis antinatural e insoportable permanecer por la noche en vuestra casa sin una lámpara ni luz que os permita ver, dejáis, sin embargo, a vuestra psique-alma desierta y privada de visión, al no escuchar ninguna enseñanza que pueda iluminarla. Aquí radica la causa de muchos de nuestros pecados: no encendemos rápidamente una lámpara que dé luz a la psique-alma. Por eso caemos diariamente en errores.

También nuestro nus se encuentra en desorden, porque, aunque escuchamos los logos divinos dentro de la Iglesia, apenas hemos salido por su puerta, las arrojamos inmediatamente de nosotros y, apagando la luz que habíamos recibido, volvemos a caminar en las densas tinieblas. Pero, si hasta ahora ha sucedido así, que no vuelva a suceder de aquí en adelante. Tengamos desde ahora continuamente encendida en nuestro nus (espíritu) y en nuestro pensamiento la lámpara de los logos divinos.

Debemos tener presente que hemos de embellecer nuestra psique-alma más que nuestra casa, porque esta permanecerá aquí, mientras que nuestra psique-alma la llevaremos al Cielo. Por eso merece un cuidado mayor.

Hay, ciertamente, quienes se comportan y viven de manera tan miserable que adornan sus casas con techos dorados, mosaicos ornamentados, flores pintadas y columnas resplandecientes; en general, decoran cuidadosamente todas las cosas, mientras que mantienen su diania (mente, intelecto) en un estado más miserable que una posada abandonada, llena de barro, humo y hedor, y sumida en una desolación indescriptible. ¿Cuál es la causa de todo esto? Que la lámpara de la enseñanza no arde continuamente dentro de nosotros. Así se descuidan las cosas necesarias y, por el contrario, se concede gran importancia y atención a aquellas que carecen de todo valor. No digo esto solamente de los ricos, sino también de los pobres».

Aquí encontramos, por tanto, la causa de la transgresión de la ley ética, de los diversos pecados, del alejamiento de Dios, del muro de enemistad que se levanta entre Dios y el hombre, de los numerosos sufrimientos y tormentos que nos deprimen y de nuestra gran κακοδαιμονία (kakodemonía): desdicha, desgracia, miseria espiritual o estado de infortunio.

 

  1. Sobre la μετάνοια metania

El divino Crisóstomo dice lo siguiente acerca de la μετάνοια metania:

«Metania significa no volver a cometer los mismos pecados, porque quien intenta hacerlo es como el perro que vuelve a su propio vómito. Es necesario, por tanto, apartaros tanto de las acciones como incluso de los pensamientos acerca de aquello que os atrevisteis a hacer; y, al apartaros de ello, aplicar a vuestras heridas remedios que sean contrarios a los pecados. Esto es lo que quiero decir: supongamos que has arrebatado bienes ajenos y así te has vuelto avaro. Libérate del robo y aplica a la herida la virtud de la limosna. ¿Has cometido fornicación? Apártate de la fornicación y aplica a esa llaga la pureza. Así debemos proceder con cada uno de nuestros pecados» (Homilía XXXV sobre el Evangelio según san Juan).

Y añade inmediatamente: «Si eres anciano y te encaminas hacia tu última partida, no pienses que no podrás alcanzar la metania, ni caigas en la desesperación respecto de tu salvación. ¿Eres joven? No te confíes por tu juventud ni pienses que dispones de mucho tiempo, porque el día del Señor llega como ladrón en la noche. Por eso alguien exhorta diciendo: “No pienses en esperar para volver al Señor ni retrases el día de tu metania, no sea que mueras entretanto”» (Sabiduría Sirac).

Así pues, que el anciano tenga presente la exhortación anterior, y que el joven tome en consideración esta advertencia. Sin embargo, ¿puedes vivir tranquilo y seguro, acumular dinero y no padecer ninguna aflicción? Escucha lo que dice Pablo: «Cuando dices: “Todo está bien, estoy tranquilo y seguro”, entonces te sobreviene de repente la destrucción» (1 Tes. 5, 3). La vida está llena de cambios. Y si no podemos dominar las circunstancias, seamos al menos dueños de la virtud.

El mismo Crisóstomo dice que son muchos los modos y los caminos de la metania: reconocer que pecamos; no guardar rencor y resentimientos contra nuestros enemigos; contener nuestra ira; perdonarnos unos a otros los pecados; orar con fervor y perseverancia; practicar la caridad, limosna y cultivar la humildad.

Por su parte, José Brienio dice: «Hay cuatro cosas por las cuales, si una sola de ellas está presente en el hombre, este no puede hacer metania, convertirse y arrepentirse ni es posible que Dios acepte su oración: a) si se enorgullece; b) si no tiene agapi-amor; c) si juzga al pecador; d) si guarda rencor contra alguien. La oración del rencoroso y resentido es como un grano de arena sobre una piedra» (Logos IX sobre la Trinidad).

 

  1. Sobre la conciencia

La conciencia es la información, el conocimiento de la ley ética, mediante el cual la psique-alma puede comprender y distinguir las praxis, acciones buenas de las malas. Puede juzgar su naturaleza de manera imparcial, para condenar las malas y aprobar las buenas. La psique-alma posee la conciencia de forma innata. Es decir, tiene de manera innata la facultad de reconocer qué es justo y qué es injusto, qué es bueno y qué es malo, qué es verdadero y qué es falso. Esta facultad innata la recibió de Dios para que fuera capaz de conocer la voluntad divina y hacer coincidir su propia voluntad con la voluntad de Dios.

La finalidad de este regalo divino lo revela como una ley ética inviolable que, sin embargo, exige confianza y sumisión perfectas. En esta perfecta sumisión a la ley ética se encuentran la libertad del hombre, su progreso y su perfeccionamiento. La recompensa que la conciencia concede a la psique-alma tiene como finalidad elevar al hombre a una posición excelsa de gloria y honor, y hacer que se manifieste como imagen y semejanza de Dios. La Sagrada Escritura enseña que Dios grabó la ley ética en el corazón del hombre para que este conociera la voluntad de Dios, lo bueno, lo agradable y lo perfecto, y actuara conforme a ella.

Puesto que la conciencia comprende la ley eterna de Dios, anuncia al hombre la voluntad divina como mensajera del mensaje de Dios. Por eso exige ser escuchada, ya que transmite un mandato obligatorio. Por su propia naturaleza, la conciencia puede considerarse una escala ética, una regla o una medida mediante la cual podemos examinar la cualidad de nuestras praxis, acciones.

San Máximo el Confesor dice acerca de la conciencia que es logos de Dios, que permanece como juez infalible y que exhorta a no deshonrarlo, puesto que sus consejos son excelentes y porque apocalipta/ revela la voluntad divina.

 

  1. Sobre la conciencia de la psique-alma

La psique-alma que toma conciencia de no haber cometido injusticia ni haber transgredido la ley ética se alegra y vive en paz, como si estuviera celebrando una fiesta gozosa. Esta fiesta de la psique-alma, que nace del cumplimiento de la ley ética, da testimonio de su deseo innato del bien. Por eso se alegra con la justicia y la verdad, pero se entristece ante la injusticia y la mentira.

La psique-alma que se reconoce limpia de toda iniquidad, aunque atraviese mil tormentos y sufrimientos, sea atacada por todas partes y se encuentre en peligro, tiene en la buena conciencia un consuelo. La buena conciencia es la que consuela a la psique-alma que padece por la virtud, el bien, la justicia, la verdad y la salvación de muchos.

«La conciencia —dice san Juan Crisóstomo— llena la psique-alma de alegría y le proporciona un placer tan grande que ningún logos y palabra pueden expresar. Pues ¿qué crees que hay de agradable en esta vida? ¿Una mesa lujosa, la salud del cuerpo, la doxa-gloria y la riqueza? Pero si pones todas estas cosas dulces y agradables una junto a otra y las comparas con el gozo y el deleite de la buena conciencia, todas resultan más amargas. Nada hay más dulce que la buena conciencia».

La buena conciencia nos concede libertad y confianza ante Dios. El evangelista Juan dice: «Amados, si nuestro corazón está en paz y la conciencia no nos acusa ni nos condena, entonces podemos estar tranquilos ante Él y acercarnos a Dios con confianza y franqueza, y cualquier cosa que pidiéramos por la oración, lo recibiremos porque aplicamos y guardamos sus mandamientos/ logos, y hacemos las cosas que Le agradan; así nos hacemos hijos de Sus bendiciones.» (1 Jn. 3, 21-22).

Y el apóstol Pablo dice: «Pues ésta es nuestra gloria y jactancia, el testimonio de nuestra conciencia, de que nos hemos comportado con todo el mundo, y especialmente con vosotros, como quiere Dios con la sencillez y la sinceridad, y no con la sabiduría mundana humana, sino con la sabiduría divina y la prudencia que nos concede la jaris-gracia increada de Dios» (2 Cor. 1, 12).

San Gregorio de Nisa dice: «Nada suele proporcionarnos tanta alegría como la buena conciencia y las buenas esperanzas».

Y san Juan Crisóstomo dice: «Cuando la conciencia está llena de júbilo, también el rostro se embellece, y la buena salud de la psique-alma “riega” las mejillas, pues también el sabio proverbio dice: “El corazón alegre hace florecer el rostro”» (Prov. 15, 13).

San Gregorio el Teólogo dice: «Quienes tienen una conciencia resplandeciente pueden ser llamados hijos de la luz».

Y Sirac añade: «Dichoso el hombre cuya psique-alma no tiene nada que reprocharle, y dichoso aquel que no ha perdido la esperanza» (Sab. Sirac. 14, 2).

 

  1. Sobre la conciencia del hombre que transgrede la ley ética

La conciencia del hombre que transgrede la ley ética es terriblemente tiránica. No hay nada más doloroso que la conciencia de la psique-alma que peca cuando esta se rebela y la reprende. Porque nada perturba ni hiere tanto a la psique-alma como el reproche de la conciencia. El tribunal de la conciencia es imparcial y extremadamente severo.

Pitágoras dice: «Quien comete injusticia soporta mayores tormentos por medio de su conciencia, padeciendo a causa de ella, que quien es azotado en su cuerpo y sufre por sus heridas».

San Juan Crisóstomo dice: «Aunque alguien sea malvado mil veces, el juicio de su conciencia no cambia. Porque esta es natural y Dios la ha puesto en nuestro interior desde el principio. Aunque mil veces nos opongamos a ella, permanecerá allí, clamará contra nosotros, nos gritará, nos castigará y nos condenará. Y no hay nadie que viva en la maldad y no soporte mil veces el dolor y el sufrimiento, tanto cuando piensa en las malas acciones como cuando las comete. El discernimiento del bien permanece firme dentro de nosotros y no se desvía.

Quien peca lleva consigo, dondequiera que vaya, a su amargo acusador: su conciencia. Así como es imposible engañarse a uno mismo y escapar de uno mismo, tampoco se puede escapar al reproche de la propia conciencia, sino que hay que soportar su severa censura y su amarga acusación, porque cada uno lleva dentro de sí a su propia conciencia como acusadora, aunque no lo quiera».

El hombre que recibe los reproches de su conciencia es profundamente desdichado y desgraciado.

 

  1. Sobre la conciencia malvada, astuta mala

La conciencia malvada, astuta mala o vil es la conciencia del hombre que transgrede la ley ética divina, buscando siempre imponer su propia voluntad, dictada por su propio ego. La conciencia de este hombre se ha pervertido debido a su diania (mente, intelecto) oscurecida y al predominio, en su interior, de la ley del pecado. Ya no se rebela ni protesta contra sus transgresiones de la ley ética, porque ha rechazado tanto la ley como al Legislador, y el pecado ha oscurecido los ojos de su psique-alma, de modo que ya no puede ver la luz de la ley ética, la luz de la verdad.

Se ha taponado los oídos para no escuchar el logos de Dios; ha oscurecido su nus para no comprender; ha endurecido y petrificado su corazón para no sentir. La conciencia de semejante hombre se ha encallecido y empotado.

Quien tiene una conciencia malvada vive en la maldad, piensa en cosas perversas, las persigue, desea el mal y practica la iniquidad. No tiene confianza en nada. Tiembla incluso ante los siervos y mira a todos con suspicacia. En su corazón reina la turbación, y la ira y la cólera se apoderan de él. Quien tiene una conciencia malvada o vil es atormentado por su propia maldad antes de que llegue la hora del infierno, como si ya se encontrara en él.

 

  1. Sobre el endurecimiento del corazón

El endurecimiento es la insensibilidad ética del corazón, que también se denomina endurecimiento ético. Cuando el hombre se encuentra en este estado, hace el mal sin sentir vergüenza y, más aún, se jacta de sus pecados. Como su corazón se ha vuelto insensible, su conciencia guarda silencio. Este silencio es el silencio de la muerte ética (y espiritual). En semejante estado no hay salvación. Ninguna voz conmueve al corazón endurecido; ninguna llamada, súplica, exhortación o advertencia consigue tocarlo.

Las apocalipsis/ revelaciones y los milagros tampoco lo despiertan de su letargo. Nada le causa impresión ni lo conduce a la metania. Quien ha sufrido este endurecimiento morirá en el pecado, porque la Jaris de Dios lo ha abandonado. El hombre llega al endurecimiento del corazón porque peca sin temor. Peca sin temor desde el momento en que ha sometido la vida espiritual a la vida de los sentidos.

Según el apóstol Pablo, existe una lucha constante entre la vida espiritual y la vida de los sentidos:

«Porque la carne desea contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne; y estos se oponen entre sí» (Gál. 5, 17).

Debido, sobre todo, a la falta de vigor en la lucha y a la negligencia del hombre, generalmente vence la carne. También vence porque tiene como fiel aliado al mundo sensible, a los pazos y a los deseos indecentes del corazón humano.

Mientras el hombre permanece atento, vela, lucha e invoca a Dios y Su ayuda y amparo divinos, fortalece su naturaleza espiritual y la hace vencedora en la lucha contra la carne. Entonces la somete y la obliga a obedecer y seguir las exigencias del espíritu, lo que significa que la guía conforme a las prohibiciones y exigencias de la ley ética.

Pero, en cuanto deja de prestar atención, de velar, de luchar y de invocar a Dios, la naturaleza sometida a los sentidos o percepciones sensibles comienza a resistirse al espíritu y, finalmente, se rebela, planteando numerosas exigencias. El espíritu, debilitado por la negligencia y que ha dejado de pedir la ayuda de Dios, comienza a sentirse débil se impotente en la lucha contra los sentidos o percepciones sensible y, al empezar a retroceder, cede y se entrega a sus exigencias.

Al encontrarse en este estado, el hombre considera los mandamientos y logos divinos una carga pesada e insoportable. La ley de la carne comienza ya a dominarlo. Y cuanto más predomina esta ley en el hombre, tanto más se debilita su naturaleza espiritual.

El hombre siente que debe actuar como un ser dotado de libre albedrío (independencia, autodeterminación) y reconoce su obligación, como ser éticamente libre, de obedecer la ley del espíritu; sin embargo, ya no tiene la fuerza ni el vigor ético necesarios para luchar contra los pazos (vicios, pasiones, adicciones, etc.) y, en general, contra los deseos irracionales y animales que le presentan los sentidos o percepciones sensibles.

En esta etapa, siente que está cautivo de las cadenas de los sentidos o percepciones sensibles y desea romperlas, pero no puede, porque su espíritu se ha vuelto indolente y duro. Es consciente de su propia miseria ética y su conciencia protesta contra su degradación, pero no consigue liberarse ni puede restablecer el dominio del espíritu, porque no recurre a la ayuda de Dios. No invoca el auxilio divino.

Este estado, aunque miserable, ofrece, sin embargo, esperanza de salvación a quien pide con lágrimas la misericordia de Dios. Esto sucede porque, incluso en semejante situación, el hombre todavía es capaz de escuchar la voz de su conciencia, que protesta contra sus desórdenes y su vida ética ilícita. Su voluntad desea resistirse a la ley de la carne, de la que reconoce que se ha apoderado de él, pero le falta el vigor ético; además, ha perdido la esperanza de que la Jaris de Dios pueda llegar hasta él. En este estado, puede salvarlo la ayuda de un hombre espiritual.

Si esa ayuda no llega, la esclavitud espiritual se convierte ya en una realidad definitiva. La resistencia cesa por completo y desaparece totalmente. La naturaleza espiritual se entrega como esclava a la naturaleza de los sentidos. Ahora la voz de la conciencia queda ahogada por la voz del pecado dominante, y el hombre, completamente entregado a él, se pone a su servicio de buen grado, negando su naturaleza espiritual, la ley ética y al propio Dios.

La tiranía definitiva del pecado se ha consumado. El endurecimiento del corazón se ha completado. El regreso a Dios y la salvación son imposibles. Quien tiene el corazón endurecido está ya éticamente (y espiritualmente) muerto.

San Nectario de Egina y Pentápolis

Traducción xX jJ Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas www.logosortodoxo.com

Continuamos con la traducción de siguientes capítulos

 

 

 

 

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