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nov 14 2013

La visión ortodoxa de la noción del tiempo

 

Jronos

 

        Χρόνος (jronos): cronos, tiempo, año, según el contexto. En castellano está la palabra cronómetro que proviene del griego, que es el aparato de medir el tiempo.

Por la jaris del Dios Triádico, hemos entrado al año nuevo. Junto con nuestras esperanzas y expectativas para el nuevo año, estos días nos llena la psique el problema razonable sobre la fluidez del tiempo. Y eso porque el tiempo junto con «su hermano gemelo el espacio», según el memorable san Justino Pópovits, constituyen dos yugos pesados del hombre en toda su vida terrenal; los cuales limitan su anhelo insaciable sobre lo absoluto.
El concepto del tiempo es un caso misterioso, muy antiguo para el hombre. Ninguna otra criatura tiene el sentido del flujo del tiempo, y como no la capacidad de medirlo, sino sólo el hombre. Solamente el hombre fue dotado del Creador Dios con lógica, gracias a la cual supera el estado instintivo, que es común en todas las criaturas vivientes, y asciende así a la esfera de la reflexión filosófica.

     Él, desde muy antiguo, con base a la movilidad perpetua y los cambios del ambiente natural, captó el concepto del flujo del tiempo. El espacio y el movimiento de las existencias materiales le inquietaban y le llenaban su psique de admiración y muchas preguntas. El fenómeno más importante que le fascinaba era la alternancia del día y la noche, lo cual fue la primera medición del tiempo. El espacio del día fue cronometrado también con base el movimiento del sol. Según su posición en el firmamento celeste, se determinaba también el cronos-tiempo del día. El total de los días y noches en relación con el ciclo solar determinó el tiempo del año.

       La captación y determinación de la noción del tiempo está pues vinculado estrictamente con la posición del movimiento del ambiente material del cosmos; y tiene también relación directa con la volatilidad de la creación material. Esto lo había captado primero el gran filósofo Heleno, Heráclitos (580-490 aC); quien había resumido todo su pensamiento sobre el tiempo en su frase proverbial: «Todo fluye». El mundo fue ordenado por el Dios Creador no ser estático, sino que se encuentre en continua metábole (cambio) y movimiento, en un flujo constante que le conduce a su propósito definitivo, teleológico.

     El hombre es una parte integral de la creación divina. Por igual que ella, él también está sujeto al flujo cósmico, que el mismo lo llamó χρόνο (c-jrono, tiempo). Para poder expresar mejor esta noción fina, la incluyó dentro de sus representaciones mitológicas. En los Hindús el tiempo se representa con la perpetua danza cósmica circular del catastrófico y creador dios Siva. Para los antiguos egipcios, la diosa del cielo nocturno Nut, cada noche tragaba al sol, lo digería y por la mañana lo vomitaba al oriente, esto era un proceso perpetuo del tiempo circular. Los indios de la raza Micmac de la época precolombina de América, la noción del tiempo tenía un carácter mágico, le percibían como un presente continuo.

       Los antiguos Helenos o griegos representaban al tiempo inexorable con el Titán Cronos (=tiempo), quien comía sus hijos, queriendo indicar la rigurosa ley del nacimiento y corrupción de los seres. Pitágoras consideraba el tiempo como una esfera que rodea todo y nada puede permanecer fuera de la rigurosa ley crónica. Platón extendiendo la filosofía de Heráclitos vinculó la variabilidad del cosmos material con el tiempo. (Tim 37D). Aristóteles consideró la noción del tiempo como la cara principal del movimiento perpetuo de los cuerpos materiales en el universo entero. Finalmente los Estóicos consideraban el tiempo es un ser sin cuerpo, intermedio del movimiento del universo. (Diogenes Laertio 7.1,141).

     Los Hebreos, teniendo como guía el A. Testamento, creían que el Dios es el creador del todo, incluso del tiempo. Él conduce el mundo, a través de la temporalidad, hacia el propósito que lo creó. El tiempo está integrado también en esta viabilidad. Nada existe fuera de la divina providencia y voluntad. El tiempo es el camino o curso del mundo hacia su perfección.

       Al Cristianismo el tiempo tomó consideración totalmente distinta. Contiene dimensiones profundas teológicas, antropológicas y éticas. El tiempo tiene principio y tendrá fin. Esto se expresa claramente desde la primera frase de la Santa Escritura hasta la última. “En el principio el Dios creó el cielo y la tierra” (Gén 1,1) y “sí vengo pronto” (Apoc 22,20). El primer verso del Génesis expresa el génisis-nacimiento del tiempo; y el segundo, del libro del Apocalipsis el fin, junto con el final de la forma actual del cosmos. Esta es una posición fundamental de la enseñanza cristiana; la cual está en contraste con las diversas creencias panteístas, que aceptan la auto-existencia y la eternidad del cosmos-mundo. El logos de Dios recalca categóricamente que después del triunfo de Cristo y Su segunda y glorificada Presencia, la Jerusalén espiritual “la ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillan en ella; “porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lámpara. …Sus puertas nunca serán cerradas de día, pues allí no habrá noche” (Apoc 21.23-25). Está claro que, puesto que habrá recreación de la creación material y su incorruptibilidad, dejará de haber también metabole=cambio y por lo tanto también la relación crónica o del tiempo.*

     Existe también un otro parámetro importante de la consideración del tiempo. Este está ya santificado y bendecido, puesto que el Dios Logos increado decidió entrar en el tiempo, hacerse hombre y sufrir las limitaciones del tiempo-espacio de Sus creaciones, (Jn 1,14). Después de la humanización de Dios, el tiempo y el espacio, estas dos cualidades de la creación material han tomado un rol distinto dentro de la perspectiva cósmica teleológica.

     Antes de la sarkosis= encarnación de Dios, el espacio-tiempo servía al mal; el cual se había introducido como una situación anormal en la creación de Dios. El pase de los siglos en la época precristiana era en esencia la perpetuidad del mal en el mundo. Después de la venida de Cristo al mundo, el concepto del tiempo fue incorporado a la obra de la sanación y salvación del hombre. Ahora el tiempo sirve a la divina obra de sanación y salvación del género humano y del mundo. El tiempo no es simplemente un rumbo mecánico hacia el fin del mundo, sino que cada momento crónico es precioso para el camino celeste de la salvación del  hombre hacia Dios. Es un constante tiempo agradable y un día de sanación y salvación continuo, según san Pablo en la carta a los Corintios. El tiempo de nuestra vida terrenal debe ser valorado a lo máximo. Cada momento perdido puede resultar fatal para nuestra posición futura en la eternidad. El mega apóstol de las naciones Pablo nos exhorta: porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos. La noche está avanzada, y se acerca el día (Rom 13,11). El eterno Dios vendrá de repente “como el ladrón en la noche” (Mt 24,43, 1ªSal 5,2, Apoc 3,3) y ay al que se encuentre en otros menesteres. Fuera de esta consideración el tiempo no tiene sentido y significado, es inútil para el hombre y tal vez muy mediocre. Nuestra vida terrenal, como preparación para la inacabable eternidad nos da un sentido y significado real de nuestras vidas, empuje y fuerza para superar todos los obstáculos y realizar nuestro alto propósito.

       El espacio limitado de esta columna no nos permite extender nuestra reflexión filosófica sobre la noción del tiempo=cronos, lo cual es inacabable. Nos basta recordaos la obligación personal de cada persona pensante que valora positivamente cada momento de su vida terrenal, para el progreso personal y social. El progreso, la civilización y sus conquistas son resultados de mucho trabajo y esfuerzo. El año nuevo que sea para todos nosotros un nuevo desafío y una oportunidad para dar nuestra noble lucha en todos los ámbitos de nuestra vida, y nos haga dignos de ser divinizados.

 Lambros Skontzos, teólogo-profesor

 

 

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