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sep 15 2014

La Metamorfosis del Salvador

 

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Homilía del siempre memorable Yérontas Georgios Kapsanis el Aghiorita

(Al final tenemos puesta la traducción del bello término teológico ortodoxo 75. Μεταμόρφωσις Metamórfosis, del gran léxico Alfa Omega).

Igual que todos los acontecimientos que nos relatan los santos Evangelistas se hicieron para nuestra sanación y salvación, así también la Divina Metamorfosis del Señor se hizo para nuestra sanación y salvación. No hay algo en la vida de nuestro Señor que no tenga un sentido y significado sanador y salvador, algo que no concierna nuestra sanación y salvación. Además por eso se ha hecho hombre para nuestra sanación y salvación.

También la Metamorfosis de nuestro Señor nos muestra no solamente la deidad del Señor y la doxa (gloria increada, luz de luces), la que tenía junto a Su Padre, antes de la creación del mundo – y la que ha manifestado en poco a sus Discípulos, no manifestó Su doxa en plenitud, sino algo de Su doxa, como podía, tal y como dice la himnología de la Iglesia-, pero también así nos mostró quién es y cuál es el propósito de nuestra vida.

El propósito y la finalidad de nuestra vida es que participemos de la Divina Luz (increada), de la Doxa (increada) de Dios, de la Realeza (increada) de Dios. Es la visión, contemplación del Rostro del Señor. Por un lado, el Señor se metamorfosea para que lo verifiquen también Sus Discípulos, quienes un poco más tarde se escandalizarían por Su muerte en la Cruz, y que realmente es el Hijo de Dios y el Dios verdadero. Pero se metamorfosea también para decirnos a nosotros que lo que ha ocurrido en mí, debe hacerse también en vosotros.  Todos estamos llamados a metamorfosearnos. Es cierto que el Señor se ha metamorfoseado por Su propia fuerza. Nosotros deberemos metamorfosearnos “de doxa en doxa”, que dice el Apóstol Pablo. No por nuestra fuerza y energía, sino a través de la Jaris (energía increada) y la Luz increada del Señor Metamorfoseado.

Sobre esta Luz increada hablaba también el Antiguo Testamento y algunos, como Moisés, recibieron la doxa increada de Dios. Pero ninguno del Antiguo Testamento se atrevió a decir que “YoSoY la Luz del Mundo”, por mucha Jaris y Doxa que hayan recibido de Dios. Sólo el Señor se atrevió a decir esto, porque Él es también la vida, es todo. ¿Y ahora, cómo nosotros pecadores y llenos de pazos participaremos de la Divina Luz increada? ¿Cómo nos haremos también luz? ¿Cómo retrocederán y se eximirán nuestros pazos y pecados que son tinieblas, oscuridad, ignorancia o desconocimiento? ¿Y cómo poco a poco la oscuridad que está en nosotros se irá reduciendo y a la vez aumentando la luz increada de Cristo? Esta es nuestra lucha, y por eso vemos al Señor Metamorfoseado y vemos a dónde tenemos que llegar nosotros también. Porque cada Cristiano debe hacerse imitador de Cristo y lo que ha ocurrido a Cristo debe hacerse también en nuestra vida, tal y como dicen los Santos Padres: debemos caminar a través de los escalones de la perfección espiritual, de la edad espiritual de Cristo y lo que ha ocurrido en Cristo hacerse también en nosotros.

Por lo tanto, en nosotros también se tiene que hacer la Metamorfosis mediante la luz increada de la Metamorfosis de nuestro Señor. Y aquí está nuestra lucha. ¿Cómo con nuestra metania, con nuestra oración, con nuestra humildad con nuestra obediencia, con la coparticipación al iluminante Cuerpo y Sangre del Señor –porque la Divina Comunión (Efjaristía) es Luz- como partícipes de todos estos santos carismas de nuestro Dios Trinitario, podremos nosotros también poco-poco reducir la oscuridad de nuestro interior y que aumente la Luz (increada) de Cristo?

Bienaventurados y felices son aquellos que viendo al Señor Metamorfoseado se ven también a sí mismo. Y por un lado, nos entristecemos para nosotros mismos, porque no vemos que esta Luz increada alumbre nuestra existencia; y por otro lado, nos alegramos por el Señor Metamorfoseado y le agradecemos; pero hoy Le rogamos humildemente que nos ayude a anhelar y adquirir la Luz increada, la Luz de Su Rostro. Anhelar a destituir el hombre interior y hacerlo iluminado, iluminado tal y como es el Cristo, quien es todo Luz increada, todo Vida, todo Resurrección y todo Verdad.

Y así, luchando en la buena lucha, aplicamos la Santa Voluntad del Señor, porque la Voluntad del Señor, como muchas veces lo hemos dicho, es convertirnos, metamorfosearnos y hacernos dioses/as por la Jaris (gracia, energía increada). ¿Y cómo se hará uno dios por la Jaris si está dentro en la oscuridad, si la Luz increada de Cristo no ha inundado su existencia?

Psalmodiamos en la Doxología: “en Tu luz contemplamos la luz”. Realmente podemos ver la luz sólo en la luz del Rostro de Cristo. Tenemos pues a Cristo iluminando. Tenemos la Zeotocos iluminadísima. Tenemos los Santos iluminados y nosotros también estamos llamados a convertirnos, metamorfosearnos y hacernos luz.

El Dios que nos ayude y las bendiciones de todos los santos, quienes han logrado la iluminación, el alumbramiento, la zéosis, vieron la luz increada de la Metamorfosis y muchos de ellos han sido vistos dentro de esta luz increada de la Metamorfosis. Porque los Santos no sólo han visto la luz increada de la Metamorfosis, sino también que los han visto dentro de esta luz increada los que se hicieron dignos de verlos. Acordaos de la vida de san Gregorio Palamás, que cuando llegó el momento de entregar su psique, los dos sacerdotes que estaban allí, un hieromonje y el otro casado, dignos sacerdotes, vieron el rostro entero brillar dentro a la luz increada de la Metamorfosis. Podría san Gregorio Palamás, que vino en la Santa Montaña con veinte años y anhelaba liberarse de la oscuridad y la ignorancia o desconocimiento clamando continuamente «φώτισόν μου τό σκότος fótison mu to skotos ilumina mi oscuridad e ignorancia o desconocimiento», ¿podría no ser iluminado y no fuera alumbrado en su interior por la Luz increada de Cristo? Esta luz increada, pues, busquemos y anhelemos con celo divino nosotros también de alguna manera. Con un celo sagrado supliquemos al Señor que nos haga dignos de luchar por esta luz, luz eterna, luz increada, luz que es la Realeza increada de Dios por lo que estamos llamados. Y si desde esta vida vemos y sentimos algo de esta luz increada, nosotros también tenemos la esperanza que el Señor nos hará dignos de vivir también en la luz de la Realeza increada celeste, la que deseo y anhelo para todos vosotros. Amín.

† Yérontas Georgios Kapsanis, Aghiorita

Traducción de xX.jJ

75. Μεταμόρφωσις Metamórfosis: la bella palabra en el léxico quiere decir transformación, transfiguración, cambio de faz, de forma o modificación exterior o interior.

Según Pablo la metamorfosis no es exterior y superficial, sino interior, psíquica y espiritual «… sino que estéis metamorfoseando continuamente por la renovación de vuestro nus, discerniendo y comprobando cuál es la voluntad de Dios, que es buena, perfecta y la que gusta a Dios» (Rom 12,2). Metamorfosis verdadera es la continua formación, conversión y renovación del pensamiento, los deseos, las conductas y movimientos del corazón y su voluntad. Para la consecución de esta metamorfosis la Santa Escritura y la Tradición de los Santos Padres nos muestran dos caminos. Primero, el camino místico. Aquí domina la jaris (gracia, energía y luz increada). El cristiano sube al monte Tabor de la Metamorfosis con la jaris (gracia, energía increada) del Espíritu Santo que recibe de los Santos Misterios. Segundo, la metamorfosis del hombre no se hace mecánicamente, simplemente con la participación típica a los Santos Misterios, sino también con la ascesis o ejercicio espiritual, el esfuerzo personal y la lucha de la psique para formación y crecimiento espiritual de sus tres partes de la psique por igual.

Los verbos μετανοώ (metanoó, cambio de mentalidad, arrepentirse y confesarse, metania), γίγνεσθαι, (gígnesze) convertirse y hacerse, convirtiéndose y haciéndose hijos de Dios (Jn 1,12) y μεταμορφόνω (metamorfono), transformarse, convertirse y cambio de mentalidad e imagen se enlazan entre sí y lo común de los tres es estar convirtiéndose, es decir, estar metanoizándose, metamorfoseándose y haciéndose; dentro de las Santas Escrituras manifiestan un tiempo continuo hasta la muerte, junto con el verbo κατηχούμαι (katijume, catequizarse) que es recibir catequesis.

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