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jul 07 2013

Domingo de todos los Santos

 

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Se ha recalcado correctamente que la relación de la fiesta del Pentecostés con la de los Todos los Santos en nuestra Iglesia constituye una relación de causa y causado (efecto), es decir, aquello que crea el hecho de la santidad es el Espíritu Santo, lo cual ha enviado el Hijo y Logos de Dios, el Señor Jesús Cristo, después de Su gloriosa ascensión en los cielos, el día del Pentecostés. Es otras palabras los santos son las obras del Espíritu Santo; algo que nos conduce al pensamiento que cuando hablamos de los santos hablamos sobre un acontecimiento que trasciende la horizontal comprensión humana. Los santos como creemos y que mostraremos a continuación, manifiestan la Realeza (energía increada) de Dios al mundo, son la extensión del mismo Señor dentro de los marcos de aquí y ahora. Son la patrulla de Dios en cuerpo y carne, según la expresión de un Padre eclesiástico. Con la fiesta de Todos los Santos cada vez surge la siguiente pregunta, que cada cristiano debe hacérsela también a sí mismo: ¿Quién es el santo? Explicaremos un poco más sobre el tema de los santos.

En principio deberemos de trascender la percepción simple de muchos semejantes nuestros, aún hasta cristianos, que la santidad depende de las condiciones locales, es decir, de un plano de vida concreto que conduce a la santidad; sea en el sentido que santo se hace aquel que se aleja del mundo, como una especie de súper hombre asceta, sea en el sentido de aquel que lucha dentro del mundo, como una especie de trabajador social. Santo es más allá de este tipo de simplezas y conjeturas. Como hemos insinuado anteriormente y lo recalca continuamente nuestra tradición eclesiástica, santo es simplemente el creyente consecuente; es aquel que intenta vivir correctamente como miembro de la Iglesia; significa que intenta mantener abierta la puerta de su psique frente a Dios y su semejante. Y esto se puede hacer yendo en un monasterio o permaneciendo al mundo, porque exactamente lo que se busca es el mantenimiento del Espíritu de Dios que el hombre lo toma con su entrada a la Iglesia a través del santo bautismo y la santa crismación (crisma) y no el lugar que uno elegirá para vivir.

El creyente cristiano que participa en la Divina Liturgia, que funciona en la Iglesia y en el cuerpo de Ella, es santo. Por eso en los primeros siglos cristianos, la palabra “santo” era locución fisiológica para los cristianos. ¿Y qué significa cristiano? Tal y como epigramáticamente nos lo dice san Juan el Clímaco: “Cristiano es aquel que imita a Cristo, dentro de los marcos de las capacidades y posibilidades humanas”. Por lo tanto, santo se convierte cada cristiano que camina sobre las huellas de la vida de Cristo, éste que sigue a Cristo así como Él lo pedía continuamente, -“sígueme” (Mt 8,22 y otros), esta era siempre Su llamada hacia cada discípulo Suyo; y como también a continuación sugerían los discípulos de Cristo a todos los hombres: “de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobre-edificados en él (Col 8,22). Exactamente lo mismo señalamos también a la lectura evangélica del Domingo de hoy: “He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido” (Mt 19,27).

Este seguimiento a Cristo crea la relación de amistad y agapi (amor desinteresado) entre el Cristo y los creyentes; y por un lado, la fuerza que tienen al mundo realmente es de Dios y opera a través de ellos, y , por otro lado, el honor que disfrutan en nuestra Iglesia, algo que parece que no lo entienden algunos grupos heréticos, precisamente porque no tienen las condiciones teológicas correctas, es decir, no aceptan el misterio de la relación de identificación que crea el Cristo con Sus propios fieles. “Pero vosotros (por los que yo me sacrifico) sois mis amigos y seréis siempre mis amigos si hacéis lo que yo os mando (Jn 15,14), dijo el Señor: “YoSoY la vid y vosotros los sarmientos. El que permanece unido en mí y yo en él, ése trae mucho fruto. Porque sin mí no podéis hacer nada. (Separados de mí, sin mi jaris o gracia que es mi energía increada, vivificadora, sanadora y salvadora no podéis hacer nada bondadoso) Jn15,5. En cambio el apóstol Pablo recalca el resultado de la relación con el Cristo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil 4,13). Bajo estas condiciones, las características del santo, tal y como generalmente las recalcamos de lo que ha dicho el Señor y han enseñado los Apóstoles, es la fe y la obediencia a Dios, la agapi (amor desinteresado) sin límites al prójimo, la humildad como sentimiento y percepción de nuestra pecaminosidad e inutilidad.

Por lo tanto, el santo no es una existencia autonomizada e individualista. Al contrario, está dependiente plenamente de Dios, esto que se refiere “entre nosotros y a nosotros mismos y toda nuestra vida entreguémonos a Cristo Dios”. En una palabra, santo es el que está energizado, accionado por el Espíritu Santo. Pero esta energía increada y acción del Espíritu Santo depende de la receptividad del hombre, por lo tanto no de la donación del Espíritu Santo, la que es ilimitada: “pues Dios no da el Espíritu por medida (Jn 3,34)- el fiel toma la jaris (gracia, energía increada) de Dios, que quiere decir que el hombre es responsable exclusivo por su estado espiritual. El hombre que corresponde con agapi hacia la agapi increada de Dios, “ve”, disfruta en abundancia también la jaris de Dios en su existencia. Por otro lado, el hombre que duda y es infiel hacia esta agapi increada de Dios, vive la ausencia de la jaris (gracia, energía increada) o lo mínimo de ella en su existencia. Y esto justifica también la graduación que existe en la santidad. No todos son santos al mismo nivel de santidad. “Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella es diferente de otra en gloria” (1Cor 15,41), nos afirma Pablo. En cambio el mismo Señor nos ha apocaliptado=revelado que: “En la casa de mi Padre hay sitio y muchas habitaciones” (Jn 14,2).  Existe, pues, como se dice correctamente “santo con alfa minúscula y Santo con Alfa mayúscula”.

¿Qué es lo que define la receptividad del hombre por la que estamos hablando? ¿De qué depende esta?

Según nuestra fe, es por el grado de la humildad del hombre. Cuando más grande es la humildad, tanto más grande es el espacio que se abre al corazón para el recibimiento del Espíritu Santo. Cuando existe menos humildad, tanto menos recibe el Espíritu de Dios. Y esto porque “el Dios resiste a los soberbios (1ªPed 5,5). Esto es obvio: la ausencia de la humildad manifiesta orgullo y egoísmo del hombre, por lo tanto falta de espacio en el corazón para el Dios. El yo humano es voraz y soberbio. ¡Qué Dios va a parar allí! Así que la humildad como lucha para eliminación del egoísmo y creación de condiciones de agapi (amor desinteresado) pone en sintonía al hombre con el Dios; es decir, revela también el grado de catarsis (sanación) de su corazón; por eso la humildad es considerada por nuestros santos también el criterio sobre la autenticidad de la fe en Dios y la agapi (amor desinteresado) por nuestro prójimo. En otras palabras, la base de todas las virtudes se considera la humildad -la fe y la agapi son calificadas como la condensación de todas las virtudes. Por consiguiente la humildad es el criterio de la santidad.

La tradición ascética de nuestra Iglesia nos narra que “una vez unos monjes visitaron a san Antonio. Tenían entre sí un monje joven que le elogiaron como hermano bueno. Antonio le ofendió a propósito y comprobó que aquel reaccionó y comenzó a excusarse. Entonces Antonio le aconsejó que tenga cuidado, porque exteriormente parece una ciudad bonita, pero por detrás están los ladrones al acecho”. Es decir, las autojustificaciones del joven monje fueron cruciales para el santo, de que este monje aún estaba trabajando en su egoísmo, puesto que es conocido que el hombre humilde evita las excusas, muchas veces hasta cuando tiene razón.

 El virtuoso, pues, no es tan santo como el humilde. Virtud sin humildad no significa nada. “A falta de conducta humilde todas nuestra obras son muertas y vanas” dice san Juan el Clímaco. Virtuosos se pueden encontrar en muchas partes, aún a los que están fuera del cristianismo, pero verdaderos humildes sólo en el espacio del cristianismo y sobre todo en la Iglesia Ortodoxa. “Humildad es una hazaña sólo de los ortodoxos, en los heterodoxos por muy que busques no la encontrarás”, dice san Juan el Clímaco. Por supuesto que el santo, como dijimos antes, está lleno de virtudes, pero no se jacta de ellas, porque las remonta al donador, al mismo Dios. Es decir, la virtud es fruto de la jaris (gracia, energía increada) de Dios y no de un intento humano autonomizado.

Después de lo anterior, está ya claro que no existe un grupo particular de personas, por las que se considera la santidad como un privilegio. El que nos convirtamos y hagamos todos santos es mandamiento y exhortación del Señor para todos nosotros. “Sed santos, porque yo soy santo (1Ped 1,16). La representación de Dios al hombre es la base teológica para el mismo pueblo común. “Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo” (Mrc 13,37), afirmaba el Señor también a Sus discçipulos. Todos pues, estamos llamados a la santidad. Las repulsas de que “todo esto es para los monjes y los curas” o “¿qué, nos haremos santos?”, son solamente perversiones y muestran por lo menos la irresponsabilidad y la ignorancia de la Santa escritura y la Tradición de nuestra Iglesia. Cierto que hace falta recalcar otra vez que fuente de la santidad es el Dios Trinitario y el lugar de manifestación la Iglesia. Nosotros sólo por participación podemos convertirnos y hacernos santos. “Un santo, un Señor, Jesús Cristo” psalmodeamos en la Divina Liturgia, mientras en el Símbolo de la Fe confesamos que creemos “en una Iglesia santa, católica y apostólica”, la ortodoxa. Es decir, como la cabeza ontológicamente es santa, por eso nosotros también como miembros incorporados nos hacemos santos.

Así la santidad como relación viva de personas, Dios y hombre, no se juzga de los típicos puntos exteriores: vestimenta, corte de pelo etc. Si se juzgara así no se trataría de una relación viva sino típica jurídica y de apariencia. Es muy conocido el texto de la epístola de los primeros cristianos a Diognitos, que recalca claramente esta realidad. Los cristianos no se diferencian de los demás humanos, ni por patria terrenal, tampoco por el modo de hablar, ni por las costumbres y tradiciones. Porque no habitan en unas ciudades particulares, ni utilizan una lengua distinta… Sin embargo, mientras residen en ciudades helenas o bárbaras –allí donde cada uno se ha encontrado- y siguen las costumbres nacionales en ropa, nutrición y otros maneras aspectos de vida, el modo de vivir es verdaderamente admirable y paradójico”.

 Finalizando diría que: el santo es el lugar visible donde se revela el Dios al mundo, es la presencia sensible de la Realeza (energía increada) de Dios. A Dios así Le encontramos en los rostros de Sus santos, que también hoy existen muchísimos, basta que tengamos los ojos de nuestra psique abiertos para escucharlos y verlos. Si el antiguo filósofo heleno Heráclito había señalado que “la verdad ama a esconderse”, mucho más esto es válido para nuestra fe cristiana. Es decir, la santidad no es producto de publicidad, sino una realidad interior del corazón, que el Dios la manifiesta al mundo con la manera que Él escoge y quiere. El Domingo de Todos los Santos así nos hace preocuparnos cada vez sobre esta llamada de santidad, que sin ella nadie verá al Señor “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Heb 12,14). Especialmente hoy en día, con todo lo que sucede en el mundo y en nuestra patria, la santidad como perspectiva y propósito de nuestra vida es lo más necesario que puede haber para nosotros.

Padre Jorge Dorbarakis

Fuente: ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ

Traducido por: χΧ jJ

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