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ago 20 2013

Domingo 7º de Mateo – Terapia de dos ciegos y un endemoniado

 

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Mateo 9, 27-35 Domingo 7º

27 Pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos, dando voces y diciendo: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David!

28 Y llegado a la casa, vinieron a él los ciegos; y Jesús les dijo: ¿Creéis que puedo hacer esto? Ellos dijeron: Sí, Señor.

29 Entonces les tocó los ojos, diciendo: Conforme a vuestra fe os sea hecho. Y los ojos de ellos fueron abiertos.

30 Y Jesús les encargó rigurosamente, diciendo: Mirad que nadie lo sepa.

31 Pero salidos ellos, divulgaron la fama de él por toda aquella tierra.

32 Mientras salían ellos, he aquí, le trajeron un mudo, endemoniado.

33 Y echado fuera el demonio, el mudo habló; y la gente se maravillaba, y decía: Nunca se ha visto cosa semejante en Israel.

34 Pero los fariseos decían: Por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios.

35 Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio de la realeza (increada), y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

 

«Ἐν τῷ ἄρχοντι τῶν δαιμονίων ἐκβάλλει τὰ δαιμόνια»

«Por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios»

Dos milagros proyecta hoy la lectura evangélica: el milagro de la terapia de dos ciegos y el de un endemoniado. Los milagros consisten en una provocación positiva o negativa, para todas las épocas. Es algo que comprobamos en la lectura evangélica de hoy, pero también en nuestra época, incluso en los considerados cristianos. Por eso un pequeño enfoque sobre el tema quizás nos ayude un poco al entendimiento de los milagros. De hecho, la reacción de los Fariseos, «por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios», nos da un motivo especial.

1. En principio la realidad de los milagros de Cristo es indudable, salvo en algunos casos, puesto que los realizaba ante la multitud de gente, donde se encontraban también muchos de sus enemigos y contrarios, como los Fariseos de la lectura de hoy. Eran tan claros estos milagros, de modo que ninguno podía negarlos, ni siquiera estos Fariseos, quienes se dedicaban a interpretarlos a su manera. Realmente los milagros fueron la rutina diaria de la vida terrenal de Cristo. Tal y como apunta también el Evangelio de hoy: «Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio de la realeza (increada), y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo». Kerigma y milagros van juntos siempre, cuando hablamos sobre el Señor. Por eso el milagro se considera en realidad extensión y confirmación de Su kerigma. Quizás es algo parecido con el sello de un documento que acredita su autenticidad.

Así se ve muy claramente que todos los intentos que se hicieron antiguamente de protestantes estudiosos de la Santa Escritura, para desmitificar, como decían, el Evangelio, es decir, describir como mito el milagro del kerigma de Cristo, cayeron al vacío: alteraron dramáticamente el mismo Evangelio y pervirtieron la persona de nuestro Señor Jesús Cristo. Pero de heréticos que no creen a la deidad de nuestro Señor, uno no espera cosas buenas. Incluso en estos, sin embargo, hoy las cosas han cambiado.

2. Así que el milagro, como muy bien se ha calificado, se entiende como “la ventana que revela la Realeza increada de Dios”, en cambio desde el principio se ha afrontado de una manera doble, algo que nos relata la lectura evangélica en cuestión: y por un lado el laós=pueblo sencillo “se maravilló” por el milagro de Cristo, considerando como única Su presencia, por otro lado los Fariseos reaccionaron dando plena negación e infidelidad en sus interpretaciones sobre los milagros de Cristo: «Por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios» ¿Qué significa todo esto?

(a) El laós=pueblo se maravilla, porque con su sencillez cree que el milagro manifiesta exactamente la presencia de Dios: justo lo que apenas acabamos de decir anteriormente. Y la postura del pueblo fiel y sencillo es por regla general la doxología, alabanza del nombre de Dios. Esto también constituye el criterio sobre el discernimiento entre los verdaderos y los falsos milagros que por supuesto existen, pero proviniendo de fuerzas demoníacas: el milagro que proviene de Dios, el verdadero, moviliza al hombre benevolente con buena y libre voluntad hacia lo referente a Dios; el “milagro” de los demonios, el falso, además que tiene un carácter temporal, produce miedo y trata de esclavizar al hombre al maligno espíritu. Uno trae “oxígeno” de libertad del Espíritu de Dios y el otro lleva al “ahogamiento” de la presencia demoníaca.

(b) Los Fariseos reaccionan y dudan no aceptando la energía increada de Dios en la persona de Jesús Cristo. Se descubren pues, como ciegos espiritualmente, como muchas veces el Señor los había calificado. Porque la debilidad de reconocer la jaris (gracia, energía increada) de Dios en la presencia y acción de Cristo, es decir, la debilidad en ver la luz increada de Dios, significa oscuridad de sus psiques, que por supuesto la crean los espíritus malignos. El diablo es el que detiene cerrados los “ojos” de los hombres, por supuesto que a causa de sus operativos pazos, orgullo y odio. Este estado es el que el Señor lo ha calificado como blasfemia al Espíritu Santo. ¿Quién otro blasfema el Espíritu de Dios sino el que niega aceptar Su energía increada, por lo tanto el ametanoizado, impenitente? Y el Señor dijo las palabras más duras y terribles sobre esta situación: Nunca este recibirá el perdón de Dios en este mundo tampoco en la eternidad.

El hecho que con su interpretación los Fariseos se descubren ellos mismos como dominados por el demonio se confirma multíplicemente hoy, incluso fuera de la fe cristiana. La misma psicología, ya desde el principio de su aparición ha hablado sobre el fenómeno de la “proyección”, es decir, el fenómeno en el cual uno interpreta lo que ve a base del contenido de su corazón: lo que tiene en su interior y “ve”, lo proyecta, también a los demás. Los Fariseos pues, lo que tenían en sus corazones –los demonios- esto veían también en el Cristo.

3. El milagro, pues, para retornar en el tema, requiere la fe del hombre, cuando este tiene la buena intención y voluntad en su corazón y la mala astucia no ha distorsionado su psique. La fe que se requiere para la aceptación del logos de Dios, la misma se requiere también para la “visión” del milagro. No es casualidad que el Señor, como se ve también de la terapia de hoy de los dos ciegos, pide siempre la fe de los hombres como confianza a Su persona, a fin de proporcionar Su jaris (gracia, energía increada) terapéutica. Sin embargo el Señor va más allá: “Conforme a vuestra fe os sea hecho”. Es decir, veréis mi fuerza energizada en proporción de vuestra fe. Gran fe, grande milagro y grande la divina presencia. Poca fe, también falto de resultado. En este caso las personas que se convierten en guías para la gran fe y sus señales son el ecatóntarco-centurión Romano que pedía la terapia de su esclavo y la mujer Cananea que pedía la psicoterapia de su hija.

4. Y sin duda es conocido en todos que esta fe que trae la presencia operativa de la jaris (increada) de Dios y mueve también montañas, existe y aumenta a proporción que el hombre es introducido en la órbita de la agapi (amor, energía increada) , la voluntad fundamental de Dios para éste. Cuanto uno ama y lucha para expulsar y borrar de su corazón cualquier amargura y maldad contra sus semejantes, incluso hasta sus enemigos, tanto verá a supurar también su fe; por lo tanto, el milagro se convertirá en uno con su existencia. Realmente la vida de todos nuestros santos, a causa de la gran fe de ellos energizada como agapi, el milagro era el elemento de sus vidas naturales en sus vidas cotidianas.

παπα Γιώργης Δορμπαράκης      Padre Jorge Dorbarakis
Traductor: xX.jJ

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