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ago 05 2013

Domindo 5º de Mateo – La terapia de dos endemoniados

 

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Evangelio Mt 8,28-9,1

28 Cuando llegó a la otra orilla, a la tierra de los gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, tan furiosos que nadie podía pasar por aquel camino.

29 Y clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?

30 Estaba paciendo lejos de ellos una piara de muchos cerdos.

31 Y los demonios le rogaron diciendo: Si nos echas fuera, permítenos ir a aquella piara de cerdos.

32 Él les dijo: Id. Y ellos salieron y se metieron en los cerdos; y he aquí, toda la piara de cerdos se lanzó por un precipicio al mar, y se ahogaron.

33 Y los que los apacentaban huyeron, y viniendo a la ciudad, contaron todas las cosas, y lo que había pasado con los endemoniados.

34 Y toda la ciudad salió al encuentro de Jesús; y cuando le vieron, le rogaron que se fuera de sus contornos.

9,1 Entonces, entrando Jesús en la barca, pasó al otro lado y vino a su ciudad.

La fuerza limitada del diablo

Es realmente impresionante lo que describe hoy la lectura evangélica y sucedió apenas el Señor Jesús se encontró con los dos endemoniados. Ellos empezaron a templar y fundirse de pánico únicamente por la presencia de Cristo. Sin que Aquel haber dicho algo o realizar alguna acción, se revolucionaron y empezaron a gritar desesperadamente. Reconocieron a Jesús como Hijo de Dios y se sometieron a Su dominio hegemónico. De hecho rogaban al Señor que no les expulsara totalmente, sino que les permitiese meterse en los cerdos de la piara.

Es obvio que el diablo tiene su fuerza limitada. No puede hacer nada, si no se lo permite el Dios. ¡Por eso también pide Su permiso!

No dejemos, pues, que nos domine el miedo y el pánico cuando vemos que el mal domina o cuando oímos sobre hechizos, magias y efectos demoníacos de los malos espíritus.

Incluso si alguien quisiera afectarnos con cosas demoníacas, no conseguirá nada. Porque el fiel que ora e invoca con fe el nombre del Señor Jesús Cristo y hace con devoción la señal de la Cruz, el fiel que va a la Iglesia regularmente, se confiesa y comulga los Inmaculados Misterios, no peligra de los trucos del diablo. Los vence, porque tiene consigo la fuerza invencible del Señor Jesús Cristo.

El pecado conduce a la perdición

Finalmente el Señor permitió a los demonios meterse en los cerdos de una piara que estaba pastando allí cerca. Así los malignos espíritus salieron de los hombres que los estaban atormentando tanto tiempo y se fueron en los cerdos. Entonces, frente a los ojos atónitos de todos, la piara que corrió con furia se cayó desde el acantilado hasta el lago. ¡Terrible desastre! Y esto lo permitió el Señor para dar una lección fuerte a los gadarenos, quienes cuidaban piaras de cerdos, lo cual estaba prohibido para los Judíos por la Ley Mosáica.

Esto es el resultado del pecado: ¡el desastre! El pecado y cualquier tipo de ilegalidad al principio parecen atractivos y rentables. Pero finalmente conduce al hombre al trágico callejón sin salida.

Cuántos crímenes o suicidios son provocados por los juegos del azar, el hábito de las drogas y el alcohol, relaciones efímeras y transacciones ilegales… Y se certifica el logos divino del apóstol Pablo: “la recompensa del pecado es la muerte” (Rom 6,23). Es decir, ¡el salario que paga el pecado a sus esclavos es la muerte física y espiritual!

Que no expulsemos a Cristo

Cuando los gadarenos fueron informados sobre los terribles acontecimientos, se revolucionaron y salieron al encuentro de Jesús. Querían encontrarle, no para reverenciarle ni para agradecerle por la terapia de los dos compatriotas y la liberación de la ciudad de esta terrible calamidad. ¡Le buscaron para pedirle que se vaya fuera de las fronteras de la región!.

¡Qué trágico de verdad expulsar a Dios de cerca suyos! Aunque los mismos eran los causantes y responsables reales de la catástrofe, se dirigieron contra al Θεάνθρωπος  (zeánzropos Dios y hombre) y le alejaron para poder así seguir sin molestias el trabajo ilegal y de especulación. Desgraciadamente sus corazones duros y el interés material no los dejaron en volverse en sí, arrepentirse y corregirse.

Quizás sean así también los contemporáneos helenos (e hispanos) ¿nos parecemos a los gadarenos? ¿Quizás expulsamos a Cristo? Cuando muchos prefieren el matrimonio civil y no el bendito Misterio de nuestra Iglesia… cuando otros intentan quitar la fiesta del Domingo… o cuando otros intentan alterar la asignatura religiosa Ortodoxa… cuando otros intentan quitar los símbolos cristianos de los colegios… esencialmente expulsamos a Cristo de las casas, los colegios y de nuestra sociedad. ¡Qué miseria trágica! No existe mayor desgracia que expulsar a Dios de nosotros.

Como también no existe mayor riqueza que confiarnos a las manos del omnipotente Dios y dejar que Aquel gobierne nuestras vidas. ¡Ojalá que todos saboreemos esta felicidad!

“Ο ΣΩΤΗΡ Sotir”

Fuente: ΑΚΤΙΝΕΣ

 

Hacia el precipicio

«Y he aquí, toda la piara de cerdos se precipitó en el mar por un precipicio, y perecieron en las aguas (Mt 8,32) Καὶ ἰδοὺ ὥρμησε πᾶσα ἡ ἀγέλη τῶν χοίρων κατὰ τοῦ κρημνοῦ εἰς τὴν θάλασσαν καὶ ἀπέθανον ἐν τοῖς ὕδασιν»

El evangelio de hoy, queridos míos, habla sobre dos endemoniados que ha sanado el Cristo. En el evangelio son dos los endemoniados, pero en la sociedad actual los endemoniados son tantos que no podemos contarlos.

Cada pecador impenitente, sin conversión y sin metania es también un endemoniado. Y aquel que se encuentra bajo la influencia del espíritu maligno es peligroso para sus semejantes, igual que los endemoniados de la lectura evangélica de hoy. ¿Queréis una prueba? Dice el Evangelio que allí donde estaban los endemoniados no se atrevía pasar nadie.

Decidme si también hoy en Atenas y en otras ciudades de Grecia y del mundo, ¿no hay lugares y calles, que cuando se hace de noche, el hombre tiene miedo a pasar? Además, dice el Evangelio que los dos endemoniados eran descarados; quitaban sus ropas y se presentaban desnudos al mundo sin vergüenza. ¿Decidme, hoy también no sucede esto? ¿No se presentan mujeres desnudas sin vergüenza alguna?

Por lo tanto, estas también están bajo la influencia de los mismos espíritus malignos, escandalizan y remueven la sociedad. Pero yo os diré que tengáis atención sólo a un punto. ¿Cuál es este punto?  Es “el precipicio, despeñadero” (Mt 8,32). Os ruego que pongan atención.

El Evangelio habla de un precipicio. Tened cuidado no os acerquéis a este. ¡Oh divino Evangelio, cuánto nos proteges! Dice que cerca de los endemoniados pacía un rebaño de animales sucios, de cerdos. ¿Cuántos eran? “Una piara” (Mt 8,30-32), es decir, entre dos mil y tres mil cerdos. De repente los animales se sacudieron y hacían como locos. ¿Han visto un caballo cuando le pica un tábano? Pues, rompe las bridas y se precipita al acantilado. Lo mismo hicieron aquellos animales desgraciados. Apenas fueron molestados por los espíritus malignos, dejaron la comida y empezaron a correr hacia el precipicio. Y de allí cayeron todos en el mar y se ahogaron, no quedó ni uno. Sus cuerpos flotaban muertos en el agua. Pero este precipicio no es nada ante otros precipicios, donde no se destruyen ya animales salvajes, sino hombres lógicos. Dice la historia que un rey de la antigüedad conquistó una ciudad y los niños junto con la mujeres los masacró; y los varones y los jóvenes los tiró por un precipicio al mar, se llenó el mar de cadáveres.

Esto era un precipicio natural. Pero existen unos otros precipicios asquerosos, oscuros y terribles. ¿Cuáles son estos? Son los precipicios sociales. Un precipicio de este tipo no se lo deseo a nadie, hombre o mujer peligra encontrarse al caos.

¿Cuál es el primer precipicio social y cuál es su nombre? Es el precipicio de Judas que lleva el nombre de avaricia. Encima de esta pisa con las dos patas el Satanás con las 30 monedas de plata. Desde que el dinero empieza hacer cosquillas al hombre, él no encuentra su tranquilidad ni de día ni de noche hasta adquirirlo. Y cuando lo ha adquirido quiere aumentarlo, los cinco quiere hacerlos diez, los diez veinte y la cosa no acaba nunca. El mar puede decir a los ríos, basta, no quiero más vuestras aguas; y la muerte puede decir a los sepultureros, basta, no quiero más muertos. Pero el avaro no dirá nunca basta, es insaciable. Te engaña el diablo, te arrastra hacia el precipicio contándote las treinta monedas de plata y después con un empujón te lanza al caos, al pecado y a la horca del Judas el Iscariote.

Además del precipicio de Judas existe también otra roca oscura y repugnante; es el precipicio de la φιληδονία (filidonía, hedonismo, voluptuosidad). Deseo que nadie de vosotros y sobre todo jóvenes, sean conducidos a las rocas de la hidoní, a las rocas de la carne. En esta roca repugnante no está sentado el satanás con las treinta monedas; aquí está con cítaras y violines tocando canciones encantadoras y vuelve locos a los jóvenes. Los aconseja que no escuchen los curas y los Evangelios. Dice que la Iglesia habla de vida, lucha y sacrificio. El Diablo borra todo esto y dice: Hijos la vida es hedonismo, disfrute y juerga, “comamos y bebamos porque mañana moriremos” (Is 22,13 – 1Cor 15,32). Con las cítaras y los violines los arrastra a la roca del hedonismo y después los da una patada y los vemos a los tribunales luchando por el divorcio, o los encontramos en asilos para incurables paralíticos y ciegos, o en las cárceles siendo desgraciados cadáveres vivos.

Pero existe también el tercer precipicio, aún peor. En la punta se encuentra el eosforos o lúcifer llevando en sus manos los axiomas de la tierra: es el precipicio de la φιλοδοξία (filodoxía vanagloria, ambición). “Muchos odiaron la riqueza, pero la vanagloria nadie”, dice un dicho. El lúcifer tiene los cetros, poderes, las espadas, los ministerios y todas las grandezas. Pone ideas y dice al mundo: acercaos a mí para lograr potencia y seáis alabados y honrados por el mundo. A uno el espíritu del satanás que se llama soberbia, orgullo, le dice: ¡tú eres potente! ¡A otro, tú eres bello, un hombre o mujer tan bello, (a,) no ha nacido en la tierra Al tercero dice: ¡tú eres sabio,, las cosas que tú sabes no las sabe nadie! Al cuarto dice: ¡tú eres santo, estás volando al cielo!… A cada uno le lanza algo y le envía al orgullo. Le lleva con sus alas negras conduciéndole al precipicio y dándole una patada le destruye en las rocas. Y entonces el orgulloso ve sus plumas arrancadas por el ángel-demonio que tiene a lado suyo. Estos precipicios, pues, son a los que nos conduce el diablo. Así vamos “hacia el precipicio o despeñadero” (Mt 8,32). En Evangelio de hoy es nuestra fotografía.

Vamos hacia el precipicio todos, varones, mujeres, jóvenes, curas, laicos, los de izquierda y los de la derecha, todos. ¡Cómo lo ha conseguido el diablo, hacer una roca enorme, lo peor que cualquier otra cosa! ¡y encima de esta roca no puso sólo una persona o una familia, sino toda la humanidad y está preparado a precipitarla al abismo!. De un momento a otro viene al mal. Si tuviéramos un poco de buena fe y sensibilidad no iríamos tanto de juergas. No soy profeta, ni hijo de profeta, soy un humano pecador como vosotros. Pero creo en el Evangelio, creo en el Apocalipsis y veo que un día sonarán las sirenas y las campanas sepulcrales. En una hora se vaciarán las grandes ciudades y los que les dará tiempo se esconderán en las cuevas. Esta será una gran peripecia, todo lo demás que hemos pasado no es nada ante esto. Un paso más y el diablo dará un empujón a todos. Y allí abajo no será el fuego de Sodoma y Gomorra. Serán las bombas atómicas. Ellas harán una catástrofe inmensa. Dice una profecía: la tierra se dispersará. Estarás caminando cien km para encontrar una persona… Hacia el precipicio, pues, toda la humanidad. ¿Y quién nos salvará? El Evangelio dice: sólo nos salvaremos los que estamos en metania y nos hemos convertido y confesado. Todos nosotros, pues, pequeños y grandes arrodillémonos a los pies del Crucificado y con oración y lágrimas pidamos Su misericordia (increada). Digamos nosotros también como el ladrón: “Acuérdate de mí Señor cuando vengas con tu realeza increada” (Lc 23,42). Sólo la metania como los de la ciudad de Nineví nos salvará en estos últimos momentos.

Hermanos míos, no tomen el camino de la vanidad, de la carne, del dinero y del camino del diablo. NO, no os engañéis. Por muchos bienes que os comprometa el diablo, el final es calamidad e infierno. Tomad el camino estrecho, la subida, el camino de la pobreza y del deber, el camino de Gólgota, el camino que ha andado el Cristo para que seáis conducidos con seguridad en los brazos de Dios, «donde no hay llanto, ni lamento sino vida interminable y gozosa cantando δόξα σοι Κύριε, δόξα σοι, dóxasi Kirie dóxasi, gloria al Señor gloria…» Amín.

(†) Obispo Agustín homilía grabada en Atenas 2-7-1961

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