
Los Profetas sobre Cristo : Primera profecía sobre la Panaghía
Domingo antes de la Natividad de Cristo.
Atanasio Mitilineos el 22-12-1984
Dentro de pocos días, queridos míos, celebraremos el acontecimiento histórico más grande. Es aquel que se convirtió en el centro de la Historia. Y que hasta hoy surca la Historia y la influye. Es la entrada del Hijo de Dios en esta Historia. Y no es otra cosa que aquello que llamamos: el Nacimiento de Jesús Cristo.
Con gran claridad, el evangelista Juan nos presenta precisamente este acontecimiento: «El Logos se hizo cuerpo-carne y habitó, acampó entre nosotros».
Desde entonces, el Hijo de Dios, que aparece dentro de la Historia humana, conmueve los corazones humanos y plantea una pregunta profunda, más que ninguna otra, a cada psique-alma de cada época:
«¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?» (Mat 16:13).
«¿Qué dicen los hombres acerca de mí? ¿Quién soy yo?».
En verdad, Jesús Cristo es la persona más misteriosa de la Historia. Tan misteriosa es Su persona, pero también tan grande y temible, que de la actitud que adopten los hombres y los pueblos frente a Él depende su felicidad o su desgracia.
Que yo adopte una postura A o B frente a Platón o Aristóteles, o frente a los filósofos o sociólogos contemporáneos, no tiene demasiada importancia. Todo eso son modas que pasan.
Pero si adopto una postura positiva o negativa frente a la persona de Jesús Cristo, eso tiene consecuencias, ya sean positivas o negativas. Aquí está lo sorprendente.
Así, la pregunta del Señor: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?» no es simplemente actual, sino terriblemente actual en cada momento. Veréis -es muy sencillo- cómo los hombres o lo amarán o se volverán contra Él. Hoy, mañana, y hasta que el mundo llegue a su fin.
Si Jesús Cristo no fuera importante, si no fuera la figura central de la Historia, ¿por qué razón se hablaría de Él y se discutiría si es o no es Dios? ¿Por qué se volverían contra Jesús Cristo, suponiendo -repito- que no fuera una figura central?
Por lo tanto, es una figura central.
Hoy, ¿qué lucha antirreligiosa se libra? Indudablemente no contra el budismo. Ni contra el islam. Sino contra el cristianismo. ¿Por qué? ¿Por qué será?
¿Y el islam? ¿En su nombre? ¡Oh…! Se levanta un chovinismo y un nacionalismo tan grandes que Occidente se ve amenazado.
Pero ¿por qué el mundo se vuelve contra Cristo? ¿Qué sucede? ¿Quién es esta persona? ¿Quién es Jesús Cristo?
Es aquello que dijo el apóstol Pedro, en respuesta a la pregunta del Señor: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?»
Y en nombre de los demás discípulos respondió: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo».
«Tú eres el Cristo —es decir, el Mesías esperado—, que tienes la dimensión humana. Pero al mismo tiempo eres también el Hijo de Dios. Es decir, el Dios eterno. El Dios verdadero. El Dios vivo. El Dios real. El que existe eternamente. Tú que siempre existes. Tú que dijiste: “Antes de que Abraham existiera, YoSoY y Estoy”, no “yo era”, sino “YoSoY”. YoSoY siempre. El que existe eternamente, el que existe siempre. Eso eres Tú».
Esto, queridos míos, constituye la “piedra de toque”, el criterio del Cristianismo. No puedes decir que eres cristiano, hermano mío, si no crees en la persona divino-humana de Jesús Cristo. Es algo tan fundamental.
Lo repito: la persona divino-humana de Cristo es el criterio del Cristianismo y de todo Cristiano. Precisamente a partir de ahí se manifestará lo que cada uno cree.
Pero junto -podríamos decir- a los milagros del Señor, a Su sabia enseñanza y a Su santidad, se alza como fe inconmovible el logos profético, la profecía.
Porque, ¿cómo puedo saber quién es Jesús Cristo? ¿Su enseñanza? Sabia. ¿Sus milagros? Asombrosos. ¿Su vida? Santa. ¿Quién puede presentar lo que presenta el Señor?
Él mismo dijo: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?» «¿Qué dicen los hombres de mí? ¿Quién soy yo?»
Y dice también el Señor: «¿Quién de vosotros me acusa de pecado?» «¿Quién puede reprocharme algún pecado? ¿Quién puede encontrar en mí siquiera una mínima falta? ¿Qué decís de mí?» (Juan 8:46).
Queridos míos, a pesar de todo esto, aunque todo junto puede demostrar Su persona divino-humana, aquello que se mantiene verdaderamente inconmovible es -repito- el logos profético. Es la profecía.
Es decir, se trata de una persona que fue profetizada: Jesús Cristo.
Notad que todo el Antiguo Testamento, ya sea como profecía en el sentido conocido, es decir, como anuncio previo, o como tipología —como diríamos, por ejemplo, que el propio pueblo de Israel, a través de sus acontecimientos históricos, en sus etapas históricas, constituye un tipo del Mesías: el hijo primogénito que sale de Egipto hacia la Tierra Prometida—, es el hijo primogénito.
Y por tanto es tipo del Hijo primogénito de Dios.
Todo esto converge en una sola persona. Si alguien tiene un mínimo conocimiento del Antiguo Testamento y ciertas disposiciones para su estudio, comprenderá con toda claridad que todas las profecías hablan de una persona. Todas convergen en una persona, en un solo centro. Y esta persona es Jesús Cristo.
Por eso dice el apóstol Pedro: «Y tenemos más firme el logos profético—escribe en su segunda epístola—, a la cual hacéis bien en prestar atención como a una lámpara que brilla en lugar oscuro (es decir: hacéis bien en atender, hacéis bien en estudiar)» (2Ped 1:19).
Porque, en realidad, cuando escuchaban la predicación acerca de Cristo, principalmente los judíos -ya que a ellos pertenece el logos profético- abrían la Escritura para ver qué decía la Escritura acerca de esta persona.
«Hacéis bien —dice— en prestar atención, porque la profecía habla de Cristo, las profecías, “hasta que el día despunte y el lucero de la mañana se levante en vuestros corazones”, hasta que vuestro corazón sea iluminado y comprendáis quién es Jesús Cristo».
El apóstol Pablo, en las sinagogas, utilizaba el logos profético para mostrar quién es Jesús Cristo. Especialmente, y sobre todo —diríamos de manera principal— cuando hablaba naturalmente a un auditorio judío, es decir, en las sinagogas, no a los griegos, es decir, a los gentiles.
Así, uno ve verdaderamente cómo el logos profético viene a dar su testimonio acerca de la persona de Jesús Cristo; y, de hecho, un testimonio con detalles asombrosos. Por eso, con vuestro permiso, durante unos pocos minutos, mencionemos de manera muy general cómo exactamente los profetas hablaron acerca de la persona de Jesús Cristo.
Es sabido que cuando los primeros en ser creados pecaron y Dios los juzga y los expulsa del Paraíso, Dios estableció un tribunal dentro del Paraíso para juzgar a tres culpables: a Adán, a Eva y al diablo.
Por un momento, Adán es dejado a un lado, aunque él es la figura principal. No es Eva la figura o persona principal; Adán es la figura principal. Y Dios se vuelve hacia el diablo y hacia Eva y dice:
«Pondré enemistad entre ti —la serpiente; es decir: “pondré”, dice, “enemistad, estableceré enemistad entre tú, el diablo y la mujer; entre vosotros dos; y entre tu esperma (semilla, descendencia).
¿Y cuál es el esperma (semilla) del diablo? Los hombres malos: esperma (semilla) del diablo. El diablo no tiene cuerpo; por lo tanto, su descendencia es conceptual, espiritual y moral. Son los hombres malos. Y [pondré enemistad] entre su esperma o descendencia (la de ella)».
Pero la mujer es un ser humano y, por consiguiente, tiene descendencia: descendientes corporales, descendencia ontológica, no descendencia moral ni espiritual o no descendientes morales y espirituales. Sin embargo, la mujer no tiene esperma (semilla); el hombre es quien tiene semilla.
¿Por qué, entonces, vemos que se habla de este modo?
Habéis escuchado antes, en la lectura evangélica: «Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob», etc. De modo que Abrahán engendra; no engendra Sara.
¿Por qué, entonces, aquí dice «entre el esperma (semilla) descendencia de ella» y no dice «entre el esperma, descendencia de él», es decir, de Adán?
A Adán se le deja a un lado —lo repito— para indicar, aunque de manera implícita pero clarísima, que nacerá alguien sin semilla de varón. Y aquel que nacerá será de una virgen. Porque en el momento en que se habla de Eva, Eva es virgen.
Aún no se ha celebrado el matrimonio dentro del Paraíso; el matrimonio tendrá lugar después, fuera del Paraíso.
¿Y cuál es esta relación —podríamos decir— entre tus descendientes espirituales, diablo, y aquel que nacerá de esta mujer, Eva?
He aquí la relación: «Él te aplastará la cabeza y tú le herirás, le morderás el talón».
El talón es una parte extrema del cuerpo, lo cual significa que el daño no es grande.
«Lo elevarás a la Cruz, pero Él resucitará. Y con Su Cruz y Su Resurrección aplastará tu cabeza».
Esto ha sido llamado el Protoevangelio. En medio de aquel sombrío atardecer, aparece un rayo de esperanza: vendrá Aquel que salvará a Adán y a Eva y a sus descendientes.
Es algo impresionante… Es la primera profecía, queridos míos, en la Sagrada Escritura.
Pero desde entonces esta profecía permanecerá como anhelo, como expectativa entre los pueblos. Y todos los pueblos lo esperarán, porque todos descendemos de Adán y Eva.
Y este Protoevangelio pasó a los pueblos, aunque se revistiera de muchos elementos míticos. Sin embargo, el núcleo es verdadero: «Esperamos a alguien».
Y como dirá más tarde Jacob, al bendecir a su hijo Judá: «Y el que ha de venir, de ti, Judá, de tu descendencia, será la esperanza de las naciones». Él es la esperanza de las naciones. He aquí una segunda profecía (Génesis 49,10).
Pero, queridos míos, también se profetiza el lugar donde nacerá el Mesías. Dice Miqueas, y lo repite Mateo: «Y tú, Belén…» (Mat 2:6).
Se dirige a Belén. ¡Oh, Belén! Allí donde nació David, que pertenece a la región de Judá, y de donde descenderá Jesús Cristo, el Mesías, será descendiente de David.
Queridos míos, por eso hoy se escuchó ese árbol genealógico en la lectura evangélica: para mostrar cuál es Su descendencia según la carne, la de Jesús Cristo. Es decir, descendencia real: que procede de David.
Pero David es descendiente de Abrahán; mejor dicho, es descendiente de Judá, que es descendiente de Abrahán. Es algo impresionante, verdaderamente impresionante:
«Y tú, Belén, tierra de Judá, de ningún modo eres la menor entre las principales ciudades de la tribu Judá. Porque de ti saldrá el soberano, el cual como buen pastor conducirá con cariño a mi pueblo Israel» (Mat 2:6).
Estas realidades las profetiza Miqueas. Pero Miqueas viene después de David, el gran rey que pastoreó al pueblo. Lo pastoreó como rey, pero no lo pastoreó como sumo sacerdote y rey a la vez. Y Ese es Jesús Cristo, el Rey eterno.
Pero también el modo es profetizado, queridos míos. Dice el profeta Isaías aquella afirmación admirable, en el capítulo 7, versículo 14:
«He aquí que la virgen concebirá en su seno» (“He aquí”: este he aquí indica que se llama la atención del lector. “Mira”. “He aquí la virgen”: es una provocación, una llamada. Mira: la virgen quedará encinta) «y dará a luz un hijo».
¿Y su nombre? Emanuel, que significa: «Dios con nosotros».
Emanuel es un nombre explicativo; manifiesta una cualidad; muestra quién será esta persona y qué hará esta persona.
¿Y su nombre? Es decir, ¿quién será Él? Porque así acostumbraban los hebreos: el nombre expresaba la persona.
¿Y su nombre? «Dios con nosotros». Es decir, será Dios.
Pero ¿acaso Dios no estaba ya con nosotros? ¿No estaba siempre Dios con Israel? Sí, pero al mismo tiempo estaba distante. Es el Dios cercano y, a la vez, inaccesible.
Ahora, sin embargo, ¿por qué Emanuel? ¿Por qué “Dios con nosotros”? Porque indica que estará muy cerca de nosotros, extremadamente cerca. ¿Tan cerca cuánto? Tan cerca como pueden estar dos seres humanos entre sí. Es decir: se hará hombre.
Pero incluso el tiempo es profetizado, queridos míos: las famosas setenta semanas de Daniel.
Si leéis al profeta Daniel, veréis que se refiere a un punto histórico futuro: desde el decreto del rey persa para la reconstrucción del Templo, desde allí se cuenta el tiempo hasta el momento de la Crucifixión.
Y, además, la última semana -que es una semana de siete años- se divide en dos mitades, tres años y medio, creando deliberadamente una complejidad en la profecía, para eliminar toda sospecha de que pudiera tratarse de una previsión humana.
Pero incluso Sus sufrimientos son profetizados. Dice Isaías en el capítulo 53, todo el capítulo: «Lo vimos (Isaías lo ve en la Cruz, ochocientos años antes de Cristo), y no tenía aspecto ni hermosura
(es decir, no tenía belleza; su figura humana había sido desfigurada), sino que su apariencia era despreciable y desvanecida (como ocurre con un hombre maltratado y asesinado, que pierde no solo su belleza, sino incluso su rostro humano). Él carga con nuestros pecados (¿quién es este cuyo aspecto es despreciable y desvanecido? Es Aquel que carga con nuestros pecados) y por nosotros sufre; como oveja fue llevado al matadero, y como cordero delante del que lo esquila permanece mudo, así no abre su boca». Es decir: como una oveja fue conducido a la matanza, y como el cordero ante el pastor que lo esquila no protesta ni grita contra quienes lo maltratan, así tampoco Él abrió su boca.
Pero, queridos míos, también es grandiosa aquella profecía de Daniel, o más bien la visión de Nabucodonosor, que Daniel interpreta. Y es curioso cómo Dios dispone las cosas. Esa visión, aquel sueño, Dios se lo concede a Nabucodonosor, es decir, a un hombre —si se quiere— que fue precisamente quien destruyó, devastó por completo, podríamos decir, a los judíos. Nabucodonosor, el que se apoderó de los utensilios del Templo, el profanador del santuario.
Y, sin embargo, Dios, queridos míos, le concede un sueño que Daniel anuncia proféticamente y que es verdaderamente asombroso. ¿Por qué, acaso, puso Dios un sueño semejante en un enemigo de Su pueblo? Para asegurar el carácter inobjetable de la profecía, su imparcialidad; para que nadie pueda decir: «he aquí, las cosas fueron preparadas».
Pero, más aún, lo más importante es que las profecías, hasta hoy, las conservan y las custodian los judíos incrédulos. Ellos son los guardianes de la autenticidad de las profecías: los judíos incrédulos. Del mismo modo que Nabucodonosor, un hombre incrédulo, da testimonio de ello.
¿Qué dice?
«Vi», dice, «un monte no cortado por mano humana» (no era cantera, no había sido excavado). «Y de él se desprendió una piedra, sin intervención de mano humana, que cayó sobre una estatua compuesta de cuatro partes y la desmenuzó».
Estas son las cuatro grandes dinastías: la babilónica, la persa, la griega o macedónica de Alejandro Magno, y la romana.
«Y en aquel lugar —dice— la piedra desprendida del monte no cortado se convirtió en un gran monte y llenó toda la tierra».
Y dice Daniel: «Oh rey, este es el Mesías. Este es Aquel que vendrá de una Virgen».
Por eso la Madre de Dios es llamada ««Ἀλατόμητον ὄρος monte no cortado», porque es Virgen. De ella se desprendió la piedra sin mano de varón, es decir, sin intervención humana.
«Y su Reinado —dice Daniel— no tendrá fin».
No tiene fin Su Reinado, que se establecerá sobre las ruinas de los reinos y dinastías humanas. Es verdaderamente admirable. Se encuentra en el capítulo 2 de Daniel; leedlo en casa.
Queridos míos, diría finalmente que nuestro Señor no es simplemente un gran reformador, ni un jefe, ni un filósofo.
Es el Hijo de Dios.
Es el Hijo encarnado.
Es el Salvador del mundo.
Todo da testimonio de Él, pero sobre todo la prueba profética, sobre todo, la profecía.
Por eso estudiemos la Sagrada Escritura, como nos exhorta el apóstol Pedro. Allí veremos a Cristo.
La Escritura la estudiaban también aquellos dos discípulos suyos —y en realidad todos—, pero se menciona explícitamente a Felipe y a Natanael. Felipe encontró a Cristo gracias a los criterios que obtuvo de su estudio de la Sagrada Escritura, de las características proféticas del Mesías.
Va entonces a Natanael y le dice: «Hemos encontrado al Mesías».
«¿Al Mesías?»
«El de Nazaret», le dice.
«¿De Nazaret? No», responde Natanael. «Nosotros hemos leído que el Mesías no procede de Nazaret».
Y tenía razón. Jesús no procedía de Nazaret; procedía de Belén.
Conocéis el episodio: José huyó a Egipto, y cuando regresó, reinaba Arquelao en lugar de Herodes. Por temor, pues también era un hombre cruel, se retiró al Reino del Norte, a Nazaret.
Y como allí pasó el Señor su infancia y años posteriores, fue llamado Nazareno, aunque no era originario de Nazaret.
Y Felipe le dice: «Ven y lo verás» (Jn 1:47).
Y ciertamente, queridos míos, también nosotros, si buscamos en la Sagrada Escritura —este libro vivo de Dios—, y si poseemos una psique-alma piadosa, un corazón puro, y la estudiamos sin prejuicios, allí encontraremos al Mesías. Sin duda lo encontraremos. Allí reconoceremos quién es Jesús Cristo: Aquel que nació humilde y sencillamente en una cueva de Belén, hace dos mil años.
Y entonces exclamaremos junto con el apóstol Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo».
A la gloria del Dios Trino y Santo,
Homilía realizada en el Santo Monasterio Komnineo, Larisa, el 22-12-1984, con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el venerable y bendito Padre Atanasios Mitilineos,
FUENTES: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/omiliai-kyriakvn
Transcripción digitalización y edición de la homilía: Sr. Atanasios K. y Eleni Linardaki, filóloga.
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/







