
La Entrada al Altar de los Altares de la Θεοτόκος Zeotokos
San Gregorio Palamás
Si el árbol se reconoce por su fruto, y el buen árbol produce también buen fruto, [cf. Mt 7,16: «Por sus conductas, obras y frutos que producen los conoceréis bien. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos?» y Lc 6,44: «Cada árbol se distingue y se reconoce por el fruto que da; porque de los espinos no se recogen higos ni de las zarzas se cosechan uvas»], la Madre de la Bondad misma, la generadora de la belleza eterna, ¿cómo no habría de sobresalir incomparablemente en excelencia y bondad sobre todo bien, tanto terrenal como supraceleste?
Porque la fuerza que creó y cultivó todas las cosas, la imagen coeterna e inmutable de la Bondad, el Logos increado, preeterno, suprasustancial y sumamente bueno, por inefable filantropía y compasión quiso revestirse de nuestra propia icona/imagen para resucitar la naturaleza que había sido arrastrada a las profundidades del Hades, renovarla porque se había envejecido, y elevarla hacia la altura supraceleste de Su βασιλεία (vasilía: realeza increada) y de Su divinidad.
Para unirse, pues, con ella hipostáticamente (substancialmente), como necesitaba asumir cuerpo-carne y una naturaleza humana nueva y al mismo tiempo nuestra, a fin de renovarnos desde dentro de nosotros mismos, y además requería concepción y nacimiento similares a los nuestros, alimento después del nacimiento y una educación adecuada, volviéndose para nuestra salvación en todo semejante a nosotros, encuentra para todo ello una sierva apropiada y dadora de naturaleza incontaminada de sí misma, a esta la siemprevirgen, a quien nosotros celebramos y cantamos en himnos y cuya maravillosa (o “paradójica”, “asombrosa”) entrada en el Santo de los Santos (Altar de los Altares) celebramos hoy; porque a ella destina Dios desde siglos para la salvación y restauración del género humano, y la elige de entre todos, no simplemente entre la multitud, sino entre aquellos que desde los siglos habían sido escogidos, admirables y célebres por su piedad y prudencia, así como por sus costumbres, palabras y obras al mismo tiempo provechosas para todos y agradables a Dios.
Porque al principio se levantó contra nosotros la serpiente inteligible y primigeniamente malvada, y nos derribó a los abismos del Hades. Y existen muchas razones por las que se alzó contra nosotros y sometió nuestra naturaleza: la envidia, los celos, el odio, la injusticia, el engaño y el sofisma; y junto con tales cosas, la fuerza mortífera que tenía en sí mismo y que él solo engendró, siendo el primero en apostatar de la vida verdadera. Realmente, al principio envidió a Adán cuando lo vio vivir en el lugar de deleite incorruptible, resplandecer con doxa-gloria semejante a la divina y ser conducido desde la tierra al cielo, del cual él había sido justamente expulsado; y, consumido por la envidia, se enfureció contra él con la peor de las iras y manía, hasta el punto de querer incluso darle muerte.
Porque la envidia es padre no solo del odio, sino también del homicidio; y este lo provocó en nosotros mezclándolo con engaño o dolo el astuto malo y verdaderamente misántropo ofidio (serpiente). Pues, poseído de un deseo injustísimo de tiranizar y destruir al que había sido creado a imagen y semejanza de Dios, pero sin atreverse a atacarlo abiertamente cara a cara, recurrió al engaño y a la mala astucia. Después de acercarse mediante la serpiente visible como amigo y buen consejero, este terrible y verdadero enemigo y conspirador consigue, ¡ay!, alcanzar su propósito ocultamente, y con aquel consejo contrario a Dios vierte como veneno en el hombre su fuerza mortífera.
Si, pues, Adán, manteniendo firmemente entonces el mandamiento divino, hubiera rechazado el consejo malvado del enemigo, habría aparecido vencedor del adversario y superior a la corrupción mortal, avergonzando al furioso y engañoso agresor. Pero como él, cediendo voluntariamente —cosa que nunca debió hacer—, fue vencido y se hizo indigno, y así, siendo raíz de nuestro linaje, produjo brotes mortales semejantes, era absolutamente necesario, si queríamos devolver la derrota y obtener la victoria, rechazar con psique-alma y cuerpo el veneno mortífero, y gozar de la vida, y especialmente de la vida eterna y sin pazos, impasible.
Por tanto, nuestro linaje necesitaba una nueva raíz, es decir, un nuevo Adán: no solo sin pecado, sino completamente incapaz de ser engañado e invencible, y además capaz de perdonar los pecados y de absolver a los culpables convirtiéndoles en inocentes; uno que no solo viviera, sino que vivificara, de modo que transmitiera vida y remisión de los pecados también a quienes se unieran a Él y fueran de su misma estirpe, vivificando no solamente a los que vinieron después de Él, sino también a los que habían muerto antes de Él.
Por eso Pablo, la gran trompeta del Espíritu, exclama diciendo: «El primer hombre, Adán, fue animado con un alma viviente, que da vida también al cuerpo. El último Adán —es decir, el Señor—, que recibió toda la presencia y morada del Espíritu Santo, estuvo lleno del Espíritu, el cual transmite vida espiritual» (1 Cor 15,45).
Y nadie es sin pecado, vivificante y capaz de perdonar pecados sino solo Dios. Por consiguiente, era necesario que el nuevo Adán fuera no solo hombre, sino también Dios, que fuera literalmente Vida y Sabiduría, Justicia y Amor, Misericordia y todo bien, para realizar la renovación y vivificación del viejo Adán con misericordia, sabiduría y justicia. Porque la serpiente inteligible y primigeniamente malvada, usando lo contrario de esto, nos había provocado envejecimiento y necrosis (mortificación).
Así como al principio el homicida del hombre se levantó contra nosotros por envidia y odio, así también el Autor de la vida se movió en nuestra defensa por sobreabundante filantropía y bondad. Porque amó justamente la salvación de Su criatura —la cual Él debía volver a llevar a Su dominio y salvar nuevamente—, del mismo modo en que aquel primigeniamente malvado amó injustamente la perdición de la criatura de Dios —que él deseaba someter a su poder y tiranizar. Y así como aquel realizó su victoria y la caída del hombre mediante injusticia y engaño, con fraude y sofistería, así también el Libertador, con justicia, sabiduría y verdad, llevó a cabo la derrota final del primigeniamente malvado y la renovación de Su criatura. Pero desarrollar ahora el tema de la sabiduría que se manifiesta en esta divina Economía no es propio del tiempo presente.
Era también cuestión de estricta justicia que la misma naturaleza humana, que había sido vencida y voluntariamente se había esclavizado, volviera también voluntariamente a luchar por la victoria y a rechazar la esclavitud. Por esto Dios se dignó asumir de nosotros nuestra naturaleza, uniéndose a ella de modo maravilloso e hipostático. Pero era imposible que aquella pureza suprema, trascendente al pensamiento, se uniera a una naturaleza manchada; porque una sola cosa es imposible para Dios: unirse a lo impuro antes de que sea purificado.
Por eso era absolutamente necesaria una Virgen completamente incontaminada y purísima para la concepción y el nacimiento de Aquel que es a la vez amante y dador de la pureza. Ella fue destinada, formada y manifestada, y el misterio relativo a ella se realizó por medio de muchos acontecimientos maravillosos que en diversos momentos convergieron en uno.
Por eso los acontecimientos que contribuyeron a ello los celebramos hoy, pues por el resultado comprendemos sobre todo la grandeza de los hechos que condujeron a tan alto fin: porque Aquel que es «de Dios, hacia Dios y Dios», el Logos e Hijo del altísimo Padre, coeterno y consustancial con Él, se hace hijo del hombre, de esta siemprevirgen. «Jesús Cristo, ayer, hoy y por los siglos, es el mismo» (Heb 13,8), inmutable según la divinidad e impecable según la humanidad. «Él solo», como ya lo había anunciado Isaías (Is 53,9), «no hizo injusticia ni se halló engaño en su boca».
Y no solo eso, sino que también Él solo no fue concebido en iniquidades ni nacido en pecados, como David da testimonio en los Salmos sobre sí mismo y sobre todo hombre, de modo que también en cuanto al asumir nuestra naturaleza fuese totalmente puro e inmaculado, y no necesitase ningún medio de purificación para Sí Mismo. Así sería posible —transmitiéndonos con justa y sapiencial eficacia tanto la purificación como la pasión, por causa nuestra— aceptar también la muerte y la resurrección.
En verdad, el impulso carnal hacia la génesi generación —impulso involuntario y desobediente a la ley del espíritu—, aunque algunos lo someten con esfuerzo y otros lo permiten sobriamente sólo para la procreación, lleva sin embargo las señales de la condena original; pues es y se llama corrupción (desgaste) y, de cualquier manera, engendra para la corrupción; y es un movimiento pasional del hombre, que no guardó el honor que nuestra naturaleza había recibido de Dios, sino que se asemejó a los animales.
Por eso Dios no sólo vino entre los hombres, sino que vino de una Virgen pura y santa —más aún, Purísima y Santísima—, puesto que es virgen no sólo superior a toda mancha de la carne, sino también por encima de los pensamientos carnales manchados. Su concepción no fue obra de deseo carnal, sino causada por la venida del santísimo Espíritu; fue provocada por el anuncio el evangelismo del ángel y por la fe en la encarnación de Dios, que vence toda razón por ser un misterio admirable y supra–lógico; pero no experimentó nunca consentimiento ni vivencia apasionada o pasional, pues concibió y dio a luz teniendo completamente alejado de sí todo deseo de ese tipo, gracias a la oración, a la alegría y al gozo espiritual; pues dijo la Virgen al ángel de la Anunciación: “He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu logos (dicho)” (Lc 1,38) [He aquí la sierva del Señor; estoy dispuesta a servir Sus voluntades. Que se haga en mí tal y como Tú has dicho]. Para que, pues, se encontrara una Virgen idónea para esto, Dios la había destinado desde los siglos y la eligió de entre los elegidos desde los siglos, a esta doncella siempre virgen que ahora celebramos y cantamos en himnos.
Y veis de dónde comenzó la elección. Entre los hijos de Adán fue elegido por Dios el admirable Set, quien, con la modestia de sus costumbres, el orden de sus sentidos y la hermosura de sus virtudes mostraba ser un cielo animado, y por eso obtuvo la elección, de la cual habría de brotar esta Virgen como vehículo digno de Dios sobre los cielos, para llamar a los hombres de nuevo a la adopción celestial.
Por eso todos los descendientes de Set: «Y a Set le nació un hijo, y le puso por nombre Enós; éste creyó, apoyó sus esperanzas en Dios, le dio culto y hacía siempre invocación del nombre del Señor Dios» (Génesis 4,26); eran llamados “hijos de Dios”, porque de esa estirpe había de hacerse Hijo del Hombre el Hijo de Dios; y, además, porque el nombre Set significa resurrección, más aún resurrección renovada, que es principalmente el Señor, que promete y otorga la vida inmortal a quienes creen en Él.
¡Y cuán apropiado es el tipo! Set llegó a ser para Eva, como ella misma dice, en lugar de Abel, a quien Caín mató por envidia: «Y conoció Adán a Eva su mujer, y ella concibió y dio a luz un hijo, y llamó su nombre Set, diciendo: ‘Porque Dios me ha hecho levantar otro descendiente en lugar de Abel, a quien mató Caín’ (: Y se unió Adán con su mujer Eva, la cual, habiendo quedado embarazada, dio a luz un hijo y le puso por nombre Set, diciendo con dolor de alma: “Lo he llamado Set [:resurrección], porque Dios me ha dado otro hijo en lugar de Abel, a quien mató Caín”)» (Gén 4,25); y el fruto del seno o nacimiento de la Virgen, Cristo, llegó a ser para la naturaleza en lugar de Adán, al que mató por envidia el príncipe y guía de la maldad. Pero Set no resucitó a Abel, pues era sólo tipo (prefiguración) de la resurrección; en cambio, nuestro Señor Jesús Cristo resucitó a Adán, pues Él es la verdadera Vida y Resurrección de los hombres. Por esta razón también los descendientes de Set fueron hechos dignos de la adopción divina según su esperanza, llamándose “hijos de Dios”.
Que se llamaban hijos de Dios por esta esperanza se ve claramente en el primero así llamado, que sucedió en la elección. Y este fue Enós, hijo de Set, quien, según lo escrito por Moisés, primero «este esperó invocar el nombre del Señor Dios (: él creyó y apoyó sus esperanzas en Dios, le dio culto y hacía siempre invocación del nombre del Señor Dios)» (Gén 4,26). ¿Veis claramente cómo alcanzó el nombre divino conforme a su esperanza?
Puesto que, entonces, la elección de aquella que según Su presciencia sería la Madre de Dios comenzó ya desde los mismos hijos de Adán, y se fue realizando a lo largo de las sucesivas generaciones, descendió finalmente hasta el rey y profeta David y sus descendientes en el trono y en su linaje. Y como había llegado ya el tiempo oportuno para que esta elección divina alcanzase su cumplimiento, fueron escogidos por Dios Joaquín y Ana de la casa y del linaje de David. Aunque no tenían hijos, vivían con perfecta continencia y eran superiores en virtud a todos los que reclamaban para sí el origen noble —tanto del linaje como de la conducta— que procedía de David. Este matrimonio pedía a Dios, con ascesis y oración, el fin de su esterilidad y Le prometía ofrecer a Él, desde su infancia, al hijo que les fuera concedido.
Entonces se concede la promesa y fue dado un hijo, actual Θεομήτωρ (Zeomítor: Madre de Dios.), para que la toda-virtuosa naciera de padres muy virtuosos y sobrios, y recibiera como fruto la vierud, prudencia y sobriedad, unida a la oración y a la ascesis, para llegar a ser fuente o generadora de la virginidad, y en concreto la virginidad o castidad que manifiesta sin corrupción en la carne al eternamente engendrado de Padre virginal según la divinidad.
¡Qué alas tenía aquella oración! ¡Qué franqueza y libertad ante Dios alcanzó!
Y porque ellos, con esta oración, obtuvieron lo que suplicaban y vieron la promesa divina cumplida en praxis, en hechos, se apresuraron —hombres veraces, amantes de Dios y amados por Dios— a cumplir también su promesa, y así, inmediatamente después del destete, llevaron al templo de Dios a la verdadera niña sagrada y ahora Θεομήτωρ Madre de Dios, y la presentaron al altar de Dios y al sacerdote del templo que se encontraba allí.
Ella, llena de divina χάρις (jaris: gracia, energía increada) y de un νούς (nus: espíritu de la psique) de entendimiento perfecto incluso a aquella edad, percibía y comprendía entonces —y más aún que los demás— lo que sucedía con ella; y mostró, en la medida que podía, que no era llevada por otros, sino que ella misma, con opinión y voluntad libre, se acercaba a Dios, como si tuviera alas propias hacia el sagrado y divino έρως (eros: amor ferviente, ardiente), y considerara como un honor y un bien el entrar y habitar en el Santo de los Santos (Altar de los Altares).
Por eso el sumo sacerdote, al percibir que la niña poseía la divina χάρις increada semejante a la de Dios más que todos los demás, consideró justo honrarla con aquello que es superior a todo: la introdujo en el Santo de los Santos, con el fin de que lo que estaba ocurriendo moviera a todos los presentes a amar este acto, y lo hizo con la cooperación y decisión de Dios mismo, que enviaba desde lo alto —por medio de un ángel— un alimento inefable o misterioso para la Virgen allí dentro.
Con este alimento fortalecía mejor su naturaleza y conservaba y perfeccionaba a sí misma en el cuerpo, más puro y elevado que las potencias incorpóreas, teniendo como servidores a los espíritus celestiales, porque no fue simplemente introducida en el Santo de los Santos, sino que de algún modo fue acogida por Dios en convivencia con Él durante no pocos años; de manera que, en el tiempo adecuado, se abrieran las moradas celestiales y se dieran como morada eterna a quienes creen en su maravilloso alumbramiento o nacimiento extraordinario.
Por eso, y por estas razones, fue depositada con toda justicia hoy en los recintos sagrados más profundos, como un tesoro de Dios, la doncella (o hija) escogida entre los elegidos desde antiguo, manifestada como santa de las santas, la que posee un cuerpo más puro y divino incluso que los espíritus purificados por la virtud, de modo que no solo fuese capaz de recibir la impronta de los logos divinos, sino también al mismo Logos nnhipostasiado (substanciado o personal) y unigénito del Padre eternamente anterior al tiempo: como un tesoro que el Logos (increado) utilizaría en su momento —como de hecho sucedió— para enriquecer el mundo con un adorno sobrecelestial y a la vez universal.
Y así, por esta razón también, Él glorifica a Su Madre tanto antes como después del nacimiento. Y nosotros, comprendiendo la grandeza de la salvación que se nos preparó por medio de Ella, le damos con todas nuestras fuerzas acción de gracias, himnos y alabanzas.
Porque realmente, si aquella mujer agradecida, mencionada en el Evangelio, apenas al escuchar solo un poco de los logos salvadores del Señor, elevó su voz entre la multitud proclamando bendita a Su madre —«¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!» (Luc 11,27)—, ¿cómo nosotros, que tenemos junto a nosotros escritos todos los logos de la vida eterna, y no solo los logos, sino también los milagros, las pasiones (pazos), la resurrección de nuestra naturaleza de entre los muertos y su ascensión de la tierra al cielo, y la inmortalidad y salvación inmutable prometidas por ellos, cómo no vamos a alabar y bendecir continuamente a la Madre del Autor de la salvación, del Dador de la vida, celebrando ahora su concepción, su nacimiento y su entrada en el Santo de los Santos?
Pero trasladémonos también nosotros, hermanos, de la tierra a lo alto; pasemos del cuerpo-carne al espíritu; cambiemos nuestros deseos de lo transitorio a lo permanente; despreciemos los placeres carnales, que se han descubierto como un señuelo contra la psique-alma y que pasan prontamente; deseemos los carismas, dones espirituales que permanecen incorruptibles; elevemos nuestra actitud y nuestra diania (mente, intelecto) por encima del tumulto de abajo; llevémosla a los recintos celestiales, a aquellos Santos de los Santos (Altar de los Altares) donde ahora reside la Θεοτόκος (Zeotokos: la que da a luz a Dio, Madre de Dios).
Porque así entrarán en Ella, provechosamente para nosotros y con buena acogida ante Dios, nuestros cantos y nuestras súplicas; y de ese modo, además de los bienes presentes, por su intercesión llegaremos a ser herederos de los bienes futuros y eternos, por la χάρις (jaris: gracia, energía increada) y filantropía de Jesús Cristo nuestro Señor, que nació de Ella por nosotros, a Quien corresponde doxa-gloria, honor y adoración, junto con Su Padre eterno y el Espíritu coeterno y vivificante, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
San Gregorio Palamás.
Fuentes: Gregorio Palamás, Obras completas, Homilías 43-63, Homilía 52. Ediciones patrísticas “Gregorio Palamás” (EPE), Editorial To Byzantion, Tesalónica 1986, tomo 11, pp. 237–258.
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/







