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Sep 26 2025

Los sobrenombres del Evangelista Juan. P. Atanasio Mitilineos

Los sobrenombres del Evangelista Juan. P. Atanasio Mitilineos

La Traslación del Santo Juan el Teólogo [Jn. 19,25-27 & 21,24-25]

Juan 19: 25 Mientras los soldados hacían estas cosas, estaban en pie junto a la cruz de Jesús su Madre, y la hermana de su madre, María la mujer de Cléopas y María Magdalena.

26 Jesús viendo su Madre, y junto a ella al discípulo preferido, dice a su Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo o éste será tu hijo a partir de ahora». 27 Después dice al discípulo: «He aquí tu Madre». Y desde aquel momento el discípulo la acogió en su casa.

21: 24 Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y el que las ha escrito en su Evangelio; y conocemos bien que su testimonio es verdadero. 25 Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús Cristo. Si se escribieran una por una, creo que en el mundo entero con sus bibliotecas no cabrían los libros que podrían escribirse. Amín.

Hoy, nuestra Iglesia, queridos hermanos, honra la memoria del santo y glorioso apóstol y evangelista Juan. Y dado que nuestro Monasterio tiene el privilegio de considerar como su protector al amado discípulo, después de la Santa Madre de Dios y el gran mártir Demetrio, debemos alabar al gran Apóstol de Cristo. Pero, ¿cómo puede alguien alabar a un santo? Debe estar a la altura de este, para rendirle la debida honra. Además, como dice la Escritura: «La alabanza, la glorificación, no es hermosa en la boca de un hombre pecador». Sin embargo, por el amor al pueblo de Dios y por el amor al gran Apóstol, intentaremos algunas palabras sencillas, como flores silvestres de nuestra montaña, que hemos recogido para ofrecérselas.

El santo Juan vivía en Betsaida de Galilea. Era hijo de Zebedeo y Salomé, y hermano menor de Santiago, quien también llegó a ser Apóstol y se distingue del Santiago, el obispo de Jerusalén, llamado «hermano del Señor», y el primero, el Apóstol, es conocido como Santiago el Mayor, mientras que el segundo, el primer obispo de Jerusalén, es llamado Santiago el Menor, para diferenciarlos.

El gran apóstol Juan fue discípulo primero en el círculo de los discípulos de San Juan Bautista, junto con el hermano de Pedro, Andrés. Y en un momento en que el Señor se presentó en el horizonte y Juan el Bautista dijo: «He aquí el Cordero de Dios», Andrés y Juan el Teólogo dejaron a Juan el Bautista y siguieron al Señor. Y de hecho, se dice que Jesús se volvió para ver quién lo seguía. No osaban hacer nada más que, cuando el Señor preguntó: «¿A quién buscáis?», respondieron los dos, desconcertados: «Señor, ¿dónde moras?». «Venid y veréis», les respondió el Señor, sacándolos de su desconcierto. Y se quedaron, dice, ese día, escuchando Sus palabras. De hecho, el evangelista Juan, quien siempre habla como testigo ocular, pone atención en los detalles, indicando claramente que él mismo fue testigo. «Era», dice, «alrededor de las 4 de la tarde», lo cual lo dice con la habitual manera en que contamos las horas, porque la hora, tanto para los antiguos griegos como para los judíos, comenzaba a las 6 de la mañana. 6 más 4 después del mediodía, son las 10. Así que, dice Juan: «Era alrededor de la décima hora», ¡recordando incluso la hora! Son experiencias que nunca se borran de la memoria…

Juan fue discípulo, tras ser llamado por el Señor, en el círculo de los doce apóstoles y quizás Juan fue el más joven de todos los discípulos, célibe, mientras que Pedro estaba casado. Juan tenía un carácter impulsivo, en el buen sentido de la palabra, pero también profundos y tiernos sentimientos. A partir de los nombres y títulos que recibió de parte del Señor, podemos concluir que era un alma santa, elevada hasta los bordes de la Divinidad, que sin embargo nació y creció en una época de decadencia del pueblo de Israel, con una religión que se había vuelto superficial y una abundante pecaminosidad. Sí, Juan el Teólogo nació en tal época. Era, como se dice en el Cantar de los Cantares, «como un lirio en medio de espinas». Sin embargo, esto no impidió que desarrollara la personalidad que llegó a tener. Lo menciono para que lo tengamos en cuenta, porque muchas veces, al justificar nuestra pereza o desidia, decimos: «¿Sabéis en qué época vivimos?». Yo sé en qué época vivimos. Todos los santos no vivieron en tiempos hermosos, florecientes, fáciles o favorables, ¡no! Cada uno vivió lo que le tocó en su época. Así, Juan vivió en una época, en un mundo muy corrompido. Había corrupción tanto en el liderazgo como en el pueblo. Por eso se dice «como un lirio en medio de espinas». Y como continúa el «Cantar de los Cantares», «vino el que pastorea en los lirios, para recogerlo»; es decir, Jesús Cristo, el pastor de los lirios.

Veamos ahora la posición de Juan cerca del Señor y los nombres o caracterizaciones que el mismo Señor le otorgó. Primero: fue elegido entre los Doce, los más escogidos bajo el cielo. No importa si también fue elegido Judas; Cristo no eligió a Su traidor, Cristo eligió a Judas como discípulo suyo. ¿Sabéis que fue enviado con los doce, de dos en dos, de tres en tres, a aldeas y ciudades de Judea y Galilea para anunciar: «La Βασιλεία (Vasilía: reinado de la realeza increada) de Dios está cerca»? ¿Sabéis que incluso Judas recibió el poder de hacer milagros? Así pues, el Señor no eligió a Su traidor, ¡no!, eligió a un discípulo. Fue Judas quien se convirtió en traidor. Y no porque el Señor lo ignorase; Él mismo nos dice: «Yo os elegí, sé quién es cada uno». Judas se hizo traidor, perdió la χάρις (jaris: gracia, energía increado) y, además, el gran privilegio de ser llamado discípulo de entre los Doce. Y aun así, cuando el Señor dijo, estando presente Judas: «Os sentaréis en doce tronos, juzgando a las doce tribus de Israel»; esas «doce tribus de Israel» no son literalmente las doce tribus de Israel —tomad nota— sino que se usan como una expresión figurada para significar todo el mundo. Toda la humanidad está simbolizada en doce tribus, según el modelo de las doce tribus de Israel. Es decir, es una expresión que muestra que el juicio de los apóstoles se extiende sobre toda la tierra. ¡Sobre todo el mundo!

Segundo: Juan fue elegido entre los tres de los doce apóstoles que formaban ese círculo especial y supremo, junto con Pedro y Santiago. Recordad el Tabor: el Señor llevó consigo a estos tres —no es momento de preguntar: «¿Por qué precisamente ellos?»—. Recordad también que los llevó cuando resucitó a la hija de Jairo. Los demás quedaron fuera. Todos eran escogidos, pero ellos eran los escogidos entre los escogidos. Y en ese círculo estaba Juan. Recordad además aquel estado sobrenatural en que se halló el Señor en el monte Tabor: solo estos tres estaban presentes y, más aún, escucharon la voz del Padre Celestial: «Escuchadlo a Él». Oyeron la voz del Padre Celestial, de modo que Juan, junto con los otros, no fue únicamente discípulo de Cristo, sino también discípulo del Padre, porque la voz celestial dijo: «Escuchadlo a Él»; obedecieron y se convirtieron en aprendices de esa voz celestial. Además, vieron a dos personajes asombrosos del pasado: a Moisés, que vivió 1500 años antes de Cristo, y a Elías, que vivió 8 siglos antes. ¿Sabéis lo que significa tener ante la vista la historia, tanto el pasado como el presente y, en otros casos, incluso del siglo futuro? ¡Es algo extraordinario! Un privilegio reservado solo a almas absolutamente escogidas.

Además, queridos hermanos, Juan se convierte en autor del Evangelio, del libro del Apocalipsis y de tres epístolas. Si dejamos de lado el Apocalipsis —no porque se le reste valor, sino para expresar lo que quiero decir ahora, ya que contiene escenas terribles—, el Evangelio y las epístolas tienen una textura de ternura y grandeza, especialmente con aquellas repeticiones en perfecto, como «hemos visto» (el perfecto del verbo «ver»), que hacen tan encantador el estilo de Juan en su Evangelio y en sus epístolas. ¡Verdaderamente encantador! No que falte en el Apocalipsis, pero allí, como os dije, predominan las escenas de los castigos, y ese tono tierno se ve limitado. Así debía ser.

Además, tuvo el privilegio de ser evangelista, el cuarto, no en cuanto a calidad, sino en cuanto a orden cronológico. Es el último en escribir su Evangelio y, como menciona el libro de los Números en el Antiguo Testamento, los israelitas se habían repartido en divisiones administrativas, y cada división tenía su estandarte. Así tenemos cuatro estandartes, que son los símbolos de los cuatro evangelistas: el toro, el león —y de hecho, el león pertenecía a la tribu de Judá—, y tomó el lugar de uno de los cuatro animales de aquellos estandartes de Israel. Esto lo representamos, como sabéis, en la cúpula bajo el Pantocrátor. Así recibió también este privilegio, si se quiere, y por eso su Evangelio es el más majestuoso y el más insuperable en altura teológica: nada sobrepasa la redacción del Evangelio de Juan.

Sobre el libro del Apocalipsis, os dije anteriormente: en el Tabor, Juan vivió el presente —el presente: el Maestro se metamorfosea (transforma); allí están también Santiago y Pedro. Tiene la experiencia del presente. Pero cuando ve, con sus propios ojos, a Moisés y a Elías, vive el pasado. Vive también un destello de la eternidad del Dios eterno, que dice: «Escuchadlo a Él». Pero vive además otra cosa: aquello que os dije antes y que en otro lugar está escrito, lo diré ahora: exactamente lo que se refiere en el Apocalipsis. ¿Y qué dice allí, por favor, Jesús Cristo, que está detrás y sobre Juan en la isla Patmos? Dice: «Escribe lo que es y lo que ha de suceder después». Para que escriba lo que existe y lo que ha de suceder después. ¡He aquí el futuro! Ese futuro lo contempla ahora Juan con su ojo profético. ¿No es asombroso?

Vivió todos los acontecimientos de los tres años de la vida pública del Señor tan de cerca como nadie más. Solo él, entre los Apóstoles, antes y después, alcanzó el privilegio de ser llamado Virgen. Hoy, la virginidad es objeto de burla y de escarnio incesante —¡incesante!—, y mucho más si se trata de un varón: ¡cuánto lo ridiculizan los demás si descubren que vive en virginidad! Pues bien, Juan no recorrió los caminos de la impureza, y por eso es llamado aquí Virgen. Escuchad lo que dice san Gregorio Palamás sobre la virginidad del santo Apóstol: «Solo él, al parecer, conservó la virginidad de por vida, tanto en el alma como en el cuerpo». Es lo que decía san Basilio el Grande: «No he conocido mujer, pero no soy virgen». ¿Por qué? Porque veía el estado de su psique-alma. En cambio, san Gregorio Palamás dice que Juan fue virgen también en su alma. Y añade: «Virgen en psique-alma y cuerpo, en espíritu y sentidos. La virginidad del cuerpo pocos la han alcanzado; pero casi todos saben que la verdadera virginidad de la psique-alma es aquella disposición incompatible con toda maldad». Y concluye: «De modo que con este apelativo se le reconoce a Juan una pureza casi perfecta, hasta el punto de poder ser llamado casi sin pecado, y por eso fue amado por el único que es sin pecado por naturaleza: Cristo, el único Virgen, y solo Juan obtuvo este sobrenombre entre todos». ¿Lo veis?

Queridos hermanos, aún se le llama a Juan hijo de la Virgen. ¿De qué Virgen? De la Θεοτόκος Zeotokos Madre de Dios. ¿Por qué? Porque, sencillamente, cuando el Señor dijo a Juan: «He ahí a tu madre» y a Su Madre: «He ahí a tu hijo», el virgen recibió en su casa a la Virgen. Solo al discípulo virgen confió su Madre, la Virgen. ¿No os impresiona esto? Así, Juan es hijo de la Virgen María y hermano del Virgen Jesús. ¡Qué privilegios, acumulados unos sobre otros!

Dice de nuevo san Gregorio Palamás: «El Hijo amado es Él (Cristo), y el discípulo amado es aquel (Juan). Él está en el seno del Padre; este en el pecho de Jesús. Él, Virgen por naturaleza; este, virgen por la jaris-gracia de Aquel. Él, Hijo de la Virgen; este también, hijo de la misma Virgen. Tronó el Señor desde el cielo —como dice el salmo 17—, y este fue llamado trueno. Y Cristo mismo lo llamó Boanerges, es decir, hijo del trueno de energías. Por eso Juan es llamado más que los demás “trueno” e hijo del trueno». Y continúa san Gregorio Palamás: «Y es un trueno eminentemente teológico, que resuena hasta los confines de la tierra, teologiza el Logos del Padre: “1:1 Ἐν ἀρχῇ ἦν Λόγος… (en arjí in o logos) Junto con el principio era y siempre es el Logos; y el Logos existía con Dios y está en Dios; y el Dios era y es siempre Logos.

   1:1 «En el principio junto con y en el espíritu infinito e increado de la creación espiritual y material existía siempre el Logos increado, como Hijo y Logos de Dios nace siempre de-el Padre como Logos vivo, increado e infinito de Nus perfecto y sabio. El Logos como segunda hipóstasis o persona de la Santa Trinidad existía y está siempre inseparable de Dios; y el Logos era y es siempre Dios, increado, perfecto e infinito, tal como el Padre y el Espíritu Santo; (un Dios tres hipostasis/bases subsistenciales o substanciales y una usía-esencia/sustancia y una energía increadas)».

2 Él existía y está siempre desde el principio de la creación unido con Dios.  3 Todo fue hecho por él y sin él no se hizo nada de todo lo creado. 4 En Él existe y está la vida y la vida era y es la luz de los hombres.

  1. «En Él existe y es la vida increada, y como fuente increada de la vida creó y mantiene toda vida creada. Para los hombres lógicos además de la vida natural, es también la luz ética y espiritual que ilumina el nus de ellos, es decir, el espíritu de los corazones de sus psiques y sus mentes/intelectos, que los conduce a la comprensión, a la gnosis y a la aceptación de la verdad»(Jn 1:1-4). Estas son las palabras de san Gregorio Palamás.

Queridos míos, el evangelista Juan fue el discípulo amado; fue el que se reclinó en el pecho de Jesús. ¿Sabéis cuántas veces lo dice? Cinco veces. Y así se da a sí mismo su propia identidad: «Aquel discípulo a quien amaba Jesús», «aquel discípulo que se recostó en su pecho». Cinco veces lo dice. Y de este modo nos enseña también que «Dios es agapi-amor». Sí, agapi-amor. Y nos enseñó en sus epístolas y en su evangelio la suprema virtud del amor. Nos enseñó que la energía del amor es doble: hacia Dios y hacia el prójimo. Y como dice de nuevo san Gregorio: «dividiendo sin dividirse». Distingue los dos amores, pero los distingue inseparablemente. Los distingue sin separarlos. ¿Cómo? El que ama a Dios, ama también al prójimo. El que ama al prójimo, ama también a Dios. Dos amores, pero inseparables. Así, el evangelista Juan nos mostró los dos pies del conocimiento (gnosis) de Dios: la agapi-amor como praxis, acción y la teología como contemplación. Con estos dos pies debemos caminar nosotros, queridos míos, hacia Dios y buscarlo. Con estos dos pies caminó también nuestro bienaventurado obispo Teólogo, cuyo memorial celebramos hoy. No hay otro camino. Cualquier otro modo es utopía.

Queridos: san Juan el evangelista, el discípulo amado, el virgen, el hijo de la Virgen, el hijo del trueno, de la teología y del amor, permanece como un hito en nuestros pasos hacia Dios. Nosotros, en la medida de nuestras fuerzas, sigámoslo.

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 8-5-2000.

Fuente: https://arnion.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com/

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