
Memoria de la decapitación del Precursor
Por San Gregorio Palamás
Al Santísimo Profeta de Cristo, el Precursor y Bautista Juan
Si la muerte de los santos es digna de honor, y la memoria de los justos debe ir acompañada de alabanzas, como está escrito: «La memoria del justo es acompañada de elogios, pero el nombre del impío se extingue» (Prov. 10,7), ¡cuánto más debemos celebrar con himnos de alabanza la memoria de la más alta cima de los santos y de los justos, de Juan, quien saltó de gozo, precedió y anunció el logos de Dios encarnado para nosotros, y que fue proclamado y testificado por él mismo como superior a todos los profetas, santos y justos de los siglos!
Ahora bien, el hecho de que lo referente a él sobrepasa toda palabra y logos humano, y que recibió testimonio y honor del mismo Hijo unigénito de Dios, sin necesitar de nosotros ofrenda alguna de alabanza, no constituye motivo para callar ni dejar sin honra —en cuanto dependa de nosotros— a esta voz del supremo Logos. Así está escrito: «Voz de uno que clama en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad las sendas de nuestro Dios» (Is. 40,3; cf. Mt. 3,3; Jn. 1,23).
Se oyó una voz de un hombre que clamaba en el desierto y decía: «Preparad el camino por donde pasará el Señor que viene para vuestra liberación y salvación; enderezad y allanad los senderos por donde ha de pasar nuestro Dios que viene hacia vosotros».
Asimismo, compárese con Mt 3,3: «Este es aquel de quien habló el profeta Isaías, diciendo: Voz de uno que clama en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad sus senderos».
En efecto, en aquellos días debía aparecer Juan y escucharse su predicación, pues él era aquel hombre de quien había profetizado Isaías, inspirado por el Espíritu de Dios, cuando dijo: «Voz de uno que clama en el desierto y dice: Preparad el camino por donde vendrá a vosotros el Señor; haced rectos y llanos los senderos por donde ha de pasar. Es decir, arrancad de vuestras almas las espinas de las pasiones (pazos) pecaminosas, arrojad lejos las piedras del egoísmo y de la dureza de corazón, y limpiad vuestro interior con la μετάνοια metania, para que pueda acoger al Señor».
Compárese también con Jn 1,23: «Él dijo: Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías». Es decir, entonces dijo Juan: «Yo soy la voz de uno que clama fuertemente en el desierto y repite lo que dijo el profeta Isaías: Enderezad el camino por donde ha de pasar el Señor; preparad, pues, vuestras almas para recibir al Señor que viene».
Por el contrario, precisamente porque fue proclamado y atestiguado por Cristo, el Señor de todo, como alguien tan grande —«En verdad os digo: entre los nacidos de mujer no ha surgido otro mayor que Juan el Bautista» (Mt 11,11)—, toda lengua de los fieles debe moverse, en la medida de sus fuerzas, a su alabanza. Y esto, no para añadir algo a su doxa-gloria —¿cómo podría hacerse tal cosa?—, sino para que nosotros cumplamos nuestro deber, glorificándolo y narrando, cada uno en particular y todos juntos, las maravillas y milagros que le conciernen.
En verdad, toda la vida de aquel hombre, que entre los nacidos de mujer supera a todos, es un prodigio de prodigios. Y no solo toda la vida de Juan (el Precursor o Bautista) —que incluso antes de nacer era ya profeta y mayor que profeta—, sino también los acontecimientos mucho antes de su vida y los posteriores a ella, todo lo que se refiere a él, sobrepasa todos los milagros.
En efecto, divinas profecías de profetas inspirados por Dios lo presentan como ángel y no como hombre, como lámpara de luz, resplandeciente de Dios y estrella matutina, porque precedió al Sol de justicia, siendo la voz misma del Logos de Dios.
¿Y qué hay más cercano y afín al Logos divino que la voz de Dios?
Cuando ya se acercaba su concepción, no un hombre sino un ángel descendió volando del cielo y disolvió la esterilidad de Zacarías y de Isabel, anunciando que los que desde su juventud habían sido estériles engendrarían en su vejez un hijo, y prediciendo que el nacimiento de este niño traería gran alegría, pues sería salvador para todos. Porque el ángel dijo a su padre Zacarías, acerca del hijo que iba a nacer:
«Será grande delante del Señor, y se llenará del Espíritu Santo aun desde el seno de su madre. Y convertirá a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios. E irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías, para volver los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la prudencia de los justos, a fin de preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1,15-17).
(«Su nacimiento traerá tanta alegría, porque este hombre será verdaderamente grande y reconocido por el mismo Señor. Y estará lleno de los dones del Espíritu Santo aun desde el tiempo en que se halle en el seno de su madre. Y hará que muchos de los descendientes de Israel, que se han extraviado y apartado de Dios por sus pecados, vuelvan con μετάνοια metania al Señor encarnado, su Dios. Él se adelantará a la venida del Θεανθρώπο (zaánzropo) Dios-Hombre Mesías, poseyendo el mismo carisma profético del Espíritu y la misma franqueza y poder de acción que tuvo Elías. Y empleará estos dones para volver a los hijos los corazones de los padres, que se habían enfriado y perdido incluso su natural afecto, y así caldear y estrechar más los lazos familiares. Y también para reconducir a los desobedientes y rebeldes, de modo que adquieran los pensamientos y la disposición de los justos y se hagan virtuosos. Y de esta manera preparará para el Señor un pueblo dispuesto religiosa y moralmente, capaz de recibirlo y abrazarlo como a su Salvador» (Lc 1,15-17).)
Porque también él, como Elías, sería virgen, habitante del desierto aún más que aquel, y censor de reyes y reinas que transgredían la ley. Pero aquello que lo hace incluso superior al profeta Elías es que sería el Precursor de Dios mismo. Porque dice la Escritura: «Irá delante de Él» (Lc 1,17), es decir, precederá la venida del Θεάνθρωπο (zeánzropo) Dios-Hombre Mesías.
Como Zacarías consideró estas cosas increíbles, quedó mudo. Pues, porque no quiso proclamar voluntariamente, con su silencio proclamó involuntariamente la concepción prodigiosa del niño, hasta que vio manifestarse la voz del Logos. Y habiendo sido concebido con tantas y tan grandes promesas, fue ungido como profeta antes incluso de nacer, transmitiendo —¡qué maravilla!— el carisma a su madre. Según las palabras de Isaías, se revistió de «vestidura de salvación y de manto de alegría» (Is 61,10); y, como Elías, ungió a un profeta en su lugar. Y alcanzó, e incluso superó, la perfección de ambos profetas aún siendo embrión, al manifestar ya tales dones delante del Señor.
En efecto, el embrión, después de formados sus miembros, tiene movimiento, pero todavía no voz, ya que aún no vive en el aire. Pero cuando vino la Virgen que llevaba en su seno a Dios, Juan, estando aún en el vientre, no dejó escapar la presencia y economía divinas, sino que la glorificó desde allí, teologizando a través de la lengua de su madre. Saltó de gozo desde dentro y se alegró —¡qué maravilla también esto!—, porque el Espíritu Santo le comunicó ya en el vientre materno la perfección del siglo futuro.
Así lo atestigua el evangelio (Lc 1,41-44): «Y sucedió que cuando Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó de gozo en su seno; e Isabel se llenó del Espíritu Santo, y exclamó con gran voz y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Y de dónde a mí esto, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque he aquí, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno». («Y en el momento en que Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó en su vientre. E Isabel se llenó del Espíritu Santo. Y, a causa de la gran alegría y admiración, exclamó con fuerte voz y dijo: “Bendita eres tú por Dios más que todas las mujeres. Y bendito es también el fruto de tu vientre, nacido como germen purísimo y virginal. ¿Y de dónde a mí esta jaris-gracia, por qué virtud o mérito mío, que venga a visitarme la madre de mi Señor? Porque en verdad, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, el niño saltó de alegría incontenible en mis entrañas”» (cf. Lc 1,41-44).)
Así como el gran Pablo, anunciando de antemano el misterio de la vida eterna, dice: «Se siembra cuerpo animal, resucita cuerpo espiritual» (1 Cor 15,44), «se siembra y se entierra un cuerpo que era vivificado y gobernado por las fuerzas naturales inferiores del alma; resucita un cuerpo que será vivificado y dirigido por las fuerzas espirituales», es decir, gobernado y movido por la fuerza sobrenatural del Espíritu divino en el siglo venidero. Así también Juan fue sembrado y formado como cuerpo “anímico” en el seno materno, pero, por el uso prodigioso del Espíritu divino en él, se manifestó como cuerpo espiritual, saltando y gozándose en el espíritu, y haciendo profetisa a la que lo llevaba en su seno. Pues con la lengua de ella bendecía a Dios con gran voz, proclamaba madre del Señor a la Virgen encinta y al que en ella se gestaba lo llamó “fruto de su vientre”, mostrando que era a la vez encinta y virgen.
Así, no solo antes de conocer el mal eligió el bien Juan, conforme a lo escrito: «Porque antes que el niño sepa discernir lo bueno o lo malo, rechazará lo malo y elegirá lo bueno» (Is 7,16), (…porque antes de que el niño comprenda y sea capaz de discernir entre el bien y el mal, a causa de la bondad que hay en él desobedecerá a toda maldad, para elegir y preferir siempre lo bueno), sino que fue sobre-mundano incluso antes de conocer el mundo, siendo aún embrión.
Y cuando nació, alegró y asombró a todos con los maravillosos acontecimientos que lo rodearon; porque dice la Escritura: «La mano protectora del Señor estaba con él» (Lc 1,66), realizando prodigios, como antes. Pues la boca de su padre, que había quedado muda por no haber creído en la concepción prodigiosa del niño, fue abierta y, lleno del Espíritu Santo, profetizó tanto de otros asuntos como de su propio hijo, diciendo: «Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo; porque irás delante del Señor para preparar sus caminos, para dar a su pueblo conocimiento de salvación, en el perdón de sus pecados» (Lc 1,76-77).
Así como, desde el mismo momento en que fue concebido, este divino niño, siendo ya un instrumento viviente de la χάρις (jaris: gracia, energía increada) se movía y se regocijaba en el Espíritu Santo dentro del seno materno, así también, cuando nació, crecía y se fortalecía nuevamente en el Espíritu. Y porque el mundo no era digno de él, habitaba desde la infancia, por así decir, continuamente en los desiertos, llevando una vida austera, libre de cuidados mundanos, sobria, sin tristeza, sin participación en las pasiones (pazos) groseras, superior a la baja y material voluptuosidad (o hedonismo) que halaga solamente al cuerpo y a los sentidos corporales. Vivía solo para Dios, viendo solo a Dios, teniendo a Dios como su gozo y delicia.
Así pues, moraba en un lugar como elevado por encima de la tierra: «Y estaba en los desiertos», dice la Escritura, «hasta el día de su manifestación a Israel» (Lc 1,80), es decir, hasta el día señalado por la Divina Providencia para ser revelado y reconocido como profeta y enviado de Dios al pueblo de Israel.
¿Y cuál fue ese «día» de su «manifestación»? Cuando llegó el tiempo del Bautismo del Señor, acerca del cual está escrito que no habría ninguno sensato que buscara a Dios, sino que todos se habrían desviado, todos se habrían corrompido: «El Señor miró desde el cielo sobre los hijos de los hombres, para ver si había alguno con entendimiento que buscara a Dios. Todos se desviaron, todos se corrompieron; no hay quien haga el bien, no hay ni uno solo» (Sal 13,3-4). (El Señor se inclinó desde lo alto del cielo y dirigió su mirada sobre todos los hombres, para ver si había entre ellos alguno con entendimiento, que conociera a Dios o que lo buscara e invocara, procurando agradarle con sus obras virtuosas. ¡Ay!… Todos se desviaron del camino recto y llegaron a la depravación y corrupción. No hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno)» Salmo 13,3.)
Así como el Señor entonces, mientras todos éramos impíos, descendió por indescriptible amor a los hombres desde el cielo para nuestro bien, así también Juan salió de la soledad por nosotros, para servir la voluntad de Aquel. Conforme al culmen de la maldad de aquellos tiempos y a la inconmensurable condescendencia de la caridad de Dios, se necesitaba un servidor como él, que no dejara ningún exceso de virtud; porque así atraería a quienes lo observaran —como efectivamente los atrajo—, dirigiéndolos hacia sí con admiración, dado que estaba apartado de lo mundano y se mostraba diferente, con conducta sobrehumana.
Además, su predicación correspondía a su conducta; proclamaba la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de los Cielos, amenazaba con fuego inextinguible y señalaba a Cristo como Rey de los Cielos: «Su aventador está en su mano» (Lc 3,17), es decir, su juicio justo está listo para actuar; «limpiará completamente su era, recogerá el trigo en su granero, y la paja la quemará con fuego inextinguible», refiriéndose a separar a los justos de los impíos y preparar el juicio divino. (Y limpiará por completo su era, es decir, el mundo entero. Recogerá el trigo en su granero, es decir, a los justos en la Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de los Cielos, y la paja, es decir, a los impenitentes, la quemará con fuego que nunca se apaga» (Lc 3,17).
No solo con palabras, sino también con hechos, Le reveló a todos: Le bautizó, Le señaló con el dedo, Le presentó a sus discípulos y dio testimonio con todo, mostrando que Él es el Hijo del Padre, el Cordero de Dios, el Novio de las psiques-almas que se acercan a Él, quien quita el pecado del mundo, remueve la corrupción y otorga la santificación. Así, al preparar de esta manera el camino del Señor, según la profecía de Zacarías, y cumplir todo lo que le fue encomendado como precursor y Bautista en el Jordán, entregó a Cristo la enseñanza a los reunidos y se retiró de la multitud, dejándolos al Señor.
Pero Herodes, hijo de aquel homicida de infantes, no heredó todo el poder de su padre —pues solo era tetrarca—, pero en maldad lo superaba, viviendo en lujuria y presentándose ante los judíos como ejemplo de toda perversidad. Juan no podía permanecer en silencio —¿cómo podría hacerlo siendo voz de la verdad?— y lo reprendió por todas sus malas acciones, y especialmente por la mujer de su hermano, Herodías, a quien había tomado y desposado. Le dijo: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano» (Mc 6,18).
Herodes, incapaz de tolerar la reprensión, añadió esto a sus otras maldades, encerrando a Juan en la cárcel.
Felipe, el legítimo esposo de Herodías, también hijo de Herodes y tetrarca de otra región, estaba vivo entonces. Cuando su padre Herodes, tras la cruel y frenética matanza de los niños, cayó en calamidades y enfermedades incurables y, por exceso de locura y dolor, terminó matándose, el ángel dijo a José en Egipto: «Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a la tierra de Israel, porque han muerto los que buscaban la vida del niño» (Mt 2,20).
Así, cuando aquel Herodes terminó mal su vida, el emperador de entonces, César [Octavio Augusto], dividió su reino en cuatro partes, colocando a otros a la cabeza de dos de ellas, y a los hijos de Herodes, Felipe y aquel Herodes, como tetrarcas de las otras dos. Por eso el evangelista Lucas dice que él era tetrarca en Judea, y su hermano Felipe en Iturea y Traconítide, cuando Juan se presentó en el Jordán proclamando el bautismo de μετανοία metania.
Este, entonces, el nuevo Herodes, después de haber apresado a Juan, lo ató y lo encarceló, como dicen los evangelistas Mateo y Marcos, debido a que lo reprendía por Herodías, a quien había usurpado siendo esposa de su hermano [Mt 14,3: «Herodes, habiendo apresado a Juan, lo ató y lo puso en prisión por causa de Herodías, la esposa de su hermano Felipe»; Mc 6,17: «Porque Herodes había enviado a prender a Juan y lo ató en prisión por causa de Herodías, la esposa de su hermano Felipe, a quien él había tomado por esposa»].
Lucas, además, dice que Juan lo reprendía no solo por Herodías, sino por todos los actos malvados que Herodes cometía [Lc 3,19-20: «El tetrarca Herodes fue reprendido por Juan a causa de Herodías, la esposa de su hermano, y por todos los actos malvados que había hecho. Y añadía esto a todos los demás, y encarceló a Juan»]. Por eso, los otros evangelistas mencionan únicamente la reprensión sobre Herodías: porque las causas del encarcelamiento de Juan eran muchas, casi todas las obras del rey ambicioso, por las cuales no podía tolerar la franqueza de Juan; la única causa de la decapitación fue la mujer adúltera, que planeó y ejecutó el acto con sus maquinaciones y artificios.
Ella, realmente, guardaba rencor y estaba enojada contra Juan, quien reprendía y exponía a Herodes por su acción ilegal y quería matarlo, ya que de otra manera no podía silenciar la reprensión que él, según ella, le hacía. Su abominación no era simple, ni siquiera doble, sino múltiple. Porque era adulterio, el más vil de todos los pecados, cometido no por cualquier otro, sino por el hermano del esposo de la adúltera, que ya había engendrado hijos con ella y la hija aún vivía. Incluso si aquel hubiera muerto, la Ley de Moisés no permitía al hermano casarse con la esposa, y aun estando vivo su hermano y teniendo hija, codició la cama; y no cometía la abominación en secreto, sino públicamente y sin vergüenza.
Así, empeñado con todo su corazón en la maldad y sin poder soportar la reprensión, encerró a Juan en prisión. Pero la propia prisión era un reproche aún mayor, porque se escuchaba y se veía, y, a través de la fama, recorría todos los lugares. Por eso Herodías le guardaba enemistad, es decir, alimentaba dentro de sí la ira contra Juan y quería matarlo, pero no podía; porque Herodes, dice, «temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo» [Mc 6,20].
Herodes temía a Juan por su extraordinaria virtud, pero no temía a Dios, de quien la virtud se otorga a los hombres; ni tampoco temía a Juan en sí mismo, aunque lo reconocía como hombre justo y santo, sino que lo temía por causa de las multitudes, porque lo consideraban profeta, como dice Mateo [Mt 14,5: «Y queriendo matarlo, temió al pueblo, porque lo tenían por profeta»]. Así, como escribe, no solo Herodías, sino el mismo Herodes, deseando matar a Juan, temía al pueblo.
Lo que dice Marcos acerca de Herodes, que escuchaba con gusto a Juan [Mc 6,20: «Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y lo conservaba; y cuando lo escuchaba, hacía muchas cosas de las que Juan enseñaba y lo escuchaba con placer»] significa lo siguiente: en los medicamentos ocurre lo contrario que en las enseñanzas espirituales; sentimos amargura, pero las aceptamos porque entendemos el beneficio que aportan, mientras que en las enseñanzas espirituales ocurre lo inverso: son por naturaleza tan dulces que incluso los que no se persuaden por ellas las disfrutan, aunque no las acepten completamente, porque perciben que se oponen a sus deseos malvados.
Quizá Herodes lo escuchaba con gusto antes, porque, como se dice, lo mantenía con vida y, al escucharlo, hacía muchas de las cosas que Juan enseñaba. Los malvados por naturaleza odian a quienes los reprenden; habiendo surgido el odio por la reprensión, despreciando todo lo demás, se alineó con la adúltera en su disposición asesina. Pero, aunque él también quería matar a Juan, como dice Mateo, temía al pueblo [Mt 14,5: «Y queriendo matarlo, temió al pueblo, porque lo tenían por profeta»], no porque temiera una posible revuelta, sino solo por la crítica del pueblo, que lo consideraba profeta.
En realidad, sabía que nadie ignoraba la abundancia de virtud y jaris-gracia de Juan, y como amaba la aprobación de muchos, temía la acusación de ellos; y, buscando elogio por ciertos actos, fingía obediencia y devoción hacia Juan.
Pero Herodías, que era astuta en la maldad, disipó ese temor y lo arrastró hacia el asesinato sin motivo, según lo aconsejó, o más bien, según lo engañó. Llena de odio y disposición homicida, buscaba oportunidad para eludir la desaprobación del pueblo y ejecutar su furia contra el Bautista y profeta.
Cuando se presentó, dice, el día adecuado para la trama homicida, mientras se celebraban los cumpleaños de Herodes y todo el pueblo estaba reunido, y todos los oficiales se sentaban, entró entre todos, dejada a propósito por ella, su hija, y bailó ante la vista de todos, agradando tanto a los presentes como a Herodes. ¿Cómo no habría de bailar audazmente y agradar a Herodes, si era su hija y de ella había aprendido? Tan impresionó al rey aficionado a los espectáculos la audaz danza, que le dijo a la niña: «Pídeme lo que quieras, y te lo daré. Y le juró que le daría lo que pidiera, incluso hasta la mitad de mi reino» [Mc 6,22-23].
La audaz niña salió hacia su madre y maestra en esos movimientos descarados, le informó del juramento, pidió instrucción sobre qué pedir, aprendió de inmediato y se mostró dispuesta; y regresó rápidamente al rey y presentó sin vergüenza su petición: «Quiero», dijo, «que me des ahora mismo, en un plato, la cabeza de Juan el Bautista» [Mc 6,25].
Esto fue lo que pidió descaradamente la niña; y la adúltera, como creía, justificaba con esto la acusación contra el rey por el asesinato del Bautista y profeta, diciendo que parecería que la ejecución se realizaba por respeto al juramento y no por odio al justo. «Entonces el rey», dice, «se entristeció mucho, porque había hecho juramentos, y estaban presentes los que se sentaban con él a la mesa, a quienes no quería parecerles mentiroso ni incumplidor. Y aunque le dolía mucho matar a Juan, no quiso negarle lo pedido y quebrantar su promesa» [Mc 6,26].
Por eso envió a la prisión a unos hombres que decapitaron a Juan, y la cabeza fue llevada y entregada a la niña.
¡Ay, cuántos males causa la vanagloria, ese intenso deseo de realce y promoción personal! No pudo matar a Juan por temor al pueblo, pero lo mató por causa de los presentes; se entristeció no por otra razón sino porque pensó que le habían privado de la gloria de los muchos. Verdaderamente, las cosas se habían estrechado por todos lados para el rey: si mataba al justo, la censura por el asesinato sería segura; si no lo mataba, parecería deshonesto. El juramento fue por ostentación, el temor por quebrantarlo por ambición, el asesinato para cumplir el juramento. Verdaderamente, todo aquel banquete lo organizó la vanagloria. Por eso dice bien el Señor en los Evangelios: «¿Cómo podéis creer, recibiendo gloria y elogios unos de otros, y no buscáis la doxa-gloria que viene del único Dios?» [Jn 5,44].
Al buscar los judíos esta gloria de los hombres, quebrantaron la fe hacia Él y, en cuanto pudieron, cortaron la cabeza de todos los profetas, matando incluso a la plenitud de los profetas, al mismo Señor Jesús Cristo. Tales eran las obras del rey gobernado por adúlteras y bailarinas; con ellas se deleitaba y se complacía, por ellas sacrificaba y traicionaba el reino, y así se dirigía a semejante acto.
De algo así sufre también nuestra mente y nuestro nus-espíritu, hermanos; porque, aunque ha sido creada por Dios como rey y soberano de las pasiones (pazos), cuando se deja seducir por ellas, se conduce hacia servidumbres inapropiadas y actos desordenados. Así, cada uno de los esclavos del pecado y las pasiones, cuando son reprendidos por su conciencia, primero se irrita y se resiste, y por ello la encierra de algún modo, como Herodes a Juan, no queriendo escucharla; así también rechazan los logos y palabras escritas sobre la renuncia al pecado y el estímulo hacia toda bondad, negándose a escucharlas.
Cuando, además, son totalmente dominados por Herodías, que cohabita con ellos en pecado, entonces niegan incluso el logos innato de la jaris-gracia en su interior, es decir, la conciencia, anulándola completamente, descreen y contradicen a las Sagradas Escrituras, volviéndose totalmente inconscientes y opuestos al logos de Dios, como Herodes con Juan.
Pero aquellos que contradicen la verdad de la piedad sufren de manera semejante, o más bien, actúan de manera semejante. Porque, cuando son reprendidos por palabras proféticas, apostólicas o patrísticas propuestas por nosotros, primero, de algún modo, las encarcelan dentro de los libros, diciendo: «Déjenlas allí y que nadie las use ni las difunda», sin escuchar siquiera al Señor que dice: «Investigad y escudriñad las Escrituras, porque en ellas hallaréis la vida eterna» [Jn 5,39]. Luego, avanzando hacia lo peor por la influencia de Herodías, es decir, por su impía vanagloria, las presentan como sacrificadas sobre el plato, anulándolas con sus propios escritos, por malicia y perjuicio de sus semejantes.
Así, Herodes es el modelo de toda maldad e impiedad, y Juan la columna de toda virtud y piedad; es decir, Herodes es la plenitud del mal, la potencia de la impiedad, el instrumento de la ilegalidad, el hombre verdaderamente carnal, pues vivía y pensaba según la carne; Juan Bautista, en cambio, es la cumbre de los teoforos (portadores de Dios y de la luz increada) de todos los tiempos, el tesoro resplandeciente de los dones del Espíritu, el epónimo de la jaris-gracia divina, el morador de toda piedad y virtud.
Hoy, por tanto, existen dos imágenes frente a nosotros, que se resisten y se oponen de manera extrema: una de ellas, aunque parece alegrar y honrar por poco tiempo y de manera limitada a quienes deciden vivir según su ejemplo, los entrega a deshonra y sufrimiento interminables e insoportables; la otra, aunque permite que los que la buscan sufran un poco, luego les concede doxa-gloria y gozo divino, inexpresable, verdadero y eterno.
Si vivimos según la carne, moriremos imitando al efímero Herodes, como dice el apóstol [Rm 8,13: «Porque si vivís según la carne, moriréis; pero si por el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis»]. Porque si vivís como siervos de los deseos de la carne, ciertamente moriréis la muerte inmortal del infierno eterno, que trae al hombre la separación eterna de Dios. Pero si, con las fuerzas espirituales renacidas por la gracia divina, matáis las malas obras del cuerpo, viviréis para siempre y felices.
Si, además, con la ayuda del Espíritu Santo y siguiendo el celo de Juan, nos oponemos a los deseos y actos malvados del cuerpo, viviremos por los siglos.
El fin de la vida según el espíritu está ahora oculto en Cristo ante Dios y aún no es visible para todos; pero cuando se revele, seremos semejantes a Él, herederos de Dios, coherederos de Cristo [Rm 8,17: «Si somos hijos, también somos herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo, si es que sufrimos con Él para que también podamos ser glorificados con Él»], y habremos alcanzado esos bienes eternos e incorruptibles, que ni ojo vio, ni oído oyó, ni subieron al corazón del hombre, porque están por encima de la percepción, del pensamiento y del entendimiento. Para quienes viven según la carne, no solo los placeres son mortales y pasajeros, sino tan pequeños y despreciables que se asemejan a bellotas y comida de cerdos.
Si incluso esos placeres fueran eternos, aun así deberíamos preferir los bienes superiores, incomparablemente más excelsos; y si esos placeres fueran grandes y admirables como los bienes eternos, debido a que los primeros son pasajeros y los segundos eternos, todavía debemos preferir los eternos como permanentes; y dado que los eternos son infinitos e incomparables, y los pasajeros inútiles y efímeros, dejemos de lado los pasajeros, aunque halaguen por un instante; apropiémonos de los futuros como permanentes e incorruptibles; evitemos asemejarnos a Herodes; apresurémonos, en la medida de lo posible, a imitar la jaris-gracia del Precursor, y más aún nosotros que llevamos vida monástica; nosotros, cuya conducta se ha apartado de los hábitos y asuntos mundanos y se aproxima, de algún modo, a la vida eremítica y monástica del profeta y Bautista, quien, como profeta, previendo que la orden monástica algún día podría imitarle moderadamente, se apartó en soledad, luchando no solo por la piedad, sino por la virtud, para que también nosotros estemos preparados para resistir el pecado hasta la muerte, sabiendo que aquel que vence las pasiones (pazos) mediante la virtud recibirá la corona del martirio.
Verdaderamente, cuanto menor es el mal del pecado en comparación con la impiedad, mayor será el bien naturalmente al defender la virtud; ¿cómo no habría de dar su vida por el bien mayor, es decir, la piedad, aquel que la entregó por el menor?
Por eso el más grande de los nacidos de mujeres, el predicador de la μετανοία metania, el Precursor y Bautista del Salvador, fue decapitado, luchando por la virtud; quien no solo fue el Precursor de Cristo, sino también de Su Iglesia y de nuestra ciudadanía, hermanos. Él nació de una mujer estéril, Elisabet, y nosotros nacimos de la Iglesia de entre los gentiles, para la cual está escrito: «Alégrate, estéril que no dabas a luz; rompe a gritar y clama, tú que no tenías dolores de parto, porque más son los hijos de la desolada que los de la que tenía marido» «Alégrate, Iglesia de los gentiles, que hasta ahora eras estéril y no dabas fruto. Grita y clama con voz de gozosos dolores, tú que no experimentaste los sufrimientos del parto, porque los hijos del hombre y de la viuda del desierto, como tú has sido hasta ahora, son más numerosos que los de la sinagoga judía, que tenía como Esposo espiritual a Dios». «Está escrito: “Alégrate, estéril que no das a luz; rompe a dar voces y clama, tú que no has padecido dolores; porque más son los hijos de la desierta que los de la que tiene marido”»]. [Is 54,1; cf. Gal 4,27].
«Y la Iglesia es madre de todos nosotros, porque está escrito por Isaías: “Alégrate tú, Iglesia, que antes de la venida de Cristo y antes de que se concediera el Espíritu Santo eras estéril y no dabas a luz. Ahora alza tu voz y clama con gran gozo, tú que no sufriste dolores de parto. Porque, aunque estabas vacía de hijos, ahora tus hijos son más numerosos que los hijos de la Jerusalén terrenal, que conocía al verdadero Dios y se relacionaba con Él, y así se mostraba como si tuviera marido”».
Después de su nacimiento, aquel (Juan Bautista) fue perseguido con furia asesina por el rey Herodes, el matador de niños, combatiéndolo también a causa de su enemistad hacia Cristo; pero él encontró refugio en el desierto, considerándolo más querido que el mundo, y allí habitó. Y también después de nuestro nacimiento espiritual, el Herodes mental se levanta contra nosotros, persiguiendo finalmente a Cristo a causa nuestra.
Por eso, nosotros también evitamos el mundo y buscamos refugio en estos lugares dedicados a Dios, escuelas de la virtud, y así escapamos de los implacables satélites y portadores de cuchillos de aquel, de los ataques de las pasiones (pazos), con los cuales se produce la muerte espiritual, separando al hombre de Dios. Esta es la muerte que nos alcanza a través de las “ventanas” que tenemos, es decir, los sentidos; porque a través de ellos entró también al principio y derribó a nuestra raza, expulsando a los antepasados de la inmortalidad. Eva escuchó el malicioso consejo del maligno; vio, experimentó, comió, murió, sedujo al hombre y lo hizo partícipe tanto de la comida como de la caída. Ellos no lograron resistir la tentación: inmediatamente cerraron los oídos ante una palabra engañosa, fueron vencidos por una visión hermosa, aunque aún no eran apasionados, sino indiferentes, moviéndose en un lugar libre de pasiones. ¿Acaso nosotros, alimentándonos perpetuamente en el mundo, podremos frente a las variadas visiones de las pasiones, frente a los charlatanes y no menos dañinos oídos y discursos, no sufrir daño, no ser heridos y no adquirir una disposición maligna en nuestro hombre interior? No es posible, no lo es.
Por eso los Padres, imitando al Precursor en la jaris-gracia increada, después de renunciar al mundo y evitar la convivencia con los que pertenecen a él, unos habitaron en el desierto e hicieron que muchos de los posteriores se acercaran a él; otros se ejercitaron en recintos sagrados amurallados y constituyeron en ellos comunidades espirituales; nosotros, adaptándonos cada uno a alguno de estos con celo, residimos en estos sagrados santuarios. No basta con habitar en ellos, sino que debemos vivir según aquellos Padres; porque en estos otros paraísos de Dios sobre la tierra no falta el árbol del conocimiento del bien y del mal, ni el asesor maligno; pero es posible para nosotros, después de aprender de los ejemplos de la antigüedad, atender al único consejero sabio y bueno y seguir los pasos de aquellos que antes y ahora le obedecen, imitando, para expresarnos apostólicamente, la conducta de aquellos de los que hemos visto el resultado.
“Recuerden siempre el santo ejemplo de sus líderes y guías espirituales, quienes les enseñaron el logos de Dios. Reflexionen y estudien el santo y piadoso final de su vida y comportamiento, e imiten su fe” (Hebreos 13:7), así como la conducta de aquellos de los que hemos visto el resultado. Hay también bestias y animales tanto en el desierto como en estos sagrados lugares de estudio, y hay gran temor de que, si no seguimos el ejemplo, podamos igualarnos a los necios animales y asemejarnos a ellos.
“Y el pobre hombre, aunque tenía honor y valor llevando en sí la imagen de Dios, no lo comprendió, se igualó a los necios e irracionales animales y se asemejó a ellos” (Salmo 48:13), si no imitamos, cada uno según su capacidad, la vida de Juan.
¿Y qué entonces? Él siempre tenía la cabeza descubierta, señal de oración ininterrumpida y de franqueza ante Dios; porque el hombre debe orar con la cabeza descubierta, según el logos del apóstol: “Todo hombre, ya sea casado o soltero, que ora en la adoración común o manifiesta la voluntad de Dios como profeta iluminado por el Espíritu Santo, cuando tiene sobre su cabeza un velo, que es símbolo de sumisión, deshonra su cabeza. Porque se acerca a adorar o servir a Cristo sin reconocer, con el velo de sumisión que lleva, la dignidad y la autoridad que le ha dado Cristo” (1Cor 11:4), de modo que, con rostro descubierto, podamos reflejar la doxa-gloria increada del Señor. “Y todos nosotros, con el rostro descubierto de nuestro hombre interior, como espejos espirituales, recibimos y reflejamos la gloria del Señor. Así nos transformamos y tomamos la misma imagen gloriosa del Señor. Y progresamos de un grado de gloria a otro más elevado, como es natural que progrese el hombre iluminado por el Espíritu Santo, que es el Señor” (2Cor 3:18).
Que los que están atados al mundo lo cubran debido a los daños que los rodean, o más bien que son inherentes a ellos y a los continuos obstáculos a sus pies, ya que no logran mantener la oración continua como nosotros. Pero nosotros, que hemos partido correctamente del mundo, partamos también con la mente y el nus-espíritu, uniendo nuestro entendimiento a Cristo mediante salmos, himnos y oraciones espirituales, y hagamos de nosotros mismos un tabernáculo del Nombre salvador, recordando a Aquel por quien salimos del mundo. Porque quien se aparta del mundo y de los bienes terrenales por Él, sin duda anhela la unión con Él; y esta unión se provoca mediante la continua memoria de Aquel que hace la catarsis y purifica la psique-alma, del nus y la mente.
Así que hagamos la catarsis y purifiquemos el ojo de la διανοία (diania: mente, intelecto) con obras, palabras y pensamientos, mirando hacia Dios; porque incluso solo deseando mirar, en la medida de lo posible, hacia la vida de Juan, no tenemos nada de lo que nos aleja de Dios. Él vagaba sin techo; nosotros contentémonos con un pequeño techo, y que cada uno acepte la habitación que le da el superior, recordando a aquel que estuvo siempre sin hogar. Él se conformaba con frutos secos y hierbas silvestres que crecen espontáneamente en el desierto, cuyas raíces usaron para alimentarse también los padres ermitaños posteriores; los frutos secos son las frutas de cáscara dura. Así, vivía de frutos, raíces y miel de montaña, vestía con una túnica simple y tenía un cinturón de cuero alrededor de la cintura; de este modo, por un lado, mostraba simbólicamente que llevaba la mortificación de los vicios en su cuerpo, y por otro, poseía él mismo la virtud de la pobreza y nos enseñaba con sus acciones. ¿Cuánta riqueza de alimentos y vestimenta poseemos nosotros, teniendo depósitos llenos de trigo y vino, panaderías y hornos, y en general todo tipo de provisiones?
Agradezcamos, entonces, a Dios, proveedor de estos bienes, y a Su Precursor, gracias a quien se recolectan sin esfuerzo, como si fluyeran hacia nosotros desde una fuente; y recibámoslos para Su gloria, devolviéndole la gratitud con nuestras obras. Si nos conformamos con estos bienes comunes entre los hermanos del monasterio, no estamos muy lejos de la pobreza y el dominio propio de Juan; porque él también es inigualable en todos los aspectos, pero, así como él se alimentaba de Dios, así también nosotros nos alimentamos de los tesoros de Dios. Pero si poseemos propiedades y tesoros propios, este es el mal que nos separa de la comunión de los santos; porque quien se apartó del mundo y tiene propiedad, ya sea traída de allí o adquirida aquí, lleva consigo el mundo y nunca se separa del mundo, incluso si está en el Monte Santo Athos y reside en estos monasterios que representan el espacio celestial. Tal hombre, mientras dependa de ello, contamina el lugar y no permite que sea superior al mundo; seguramente será condenado, porque consideró mundano lo sagrado de Dios.
Pero ¿acaso el Bautista y Precursor del Señor, Juan, permaneció en esa tranquilidad y soledad? Lo hizo porque fue enviado por Él para dar conocimiento de salvación a Su pueblo y para reprender a los desobedientes, y por esa reprensión hoy perdió también su cabeza a manos de ellos. Realmente, él no debía sufrir la muerte natural; pues tal muerte es un castigo por la transgresión de Adán, de la cual el siervo de la ley, aún sujeto a Dios desde el vientre materno, no es culpable. Los santos deben dar su vida por la virtud y la piedad según el mandato del Señor; por eso la muerte violenta por el bien es más apropiada para ellos; y así probó la muerte también el Señor. La muerte de Juan debía ser también precursora de la muerte de Cristo, de manera que, según la profecía paterna, precediera al Señor para dar conocimiento de salvación a los que se encuentran en las tinieblas del Hades, para que ellos también acudieran y lograran la vida bienaventurada e inmortal en Cristo.
Ojalá que todos nosotros logremos esta vida, mediante las oraciones de aquel que la alcanzó desde el vientre materno y la proclamó a los que están sobre la tierra y bajo ella ha guiado y guía hacia ella a todos los hombres con su obra, logos y súplicas a Dios, en nuestro propio Señor Jesús Cristo, a quien solo sea la gloria eterna. Amén.
San Gregorio Palamás.
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com/







