
Preguntas y respuestas
Yérontas A. Mitilineos el Nuevo Crisóstomo
3. Obediencia y su relación con la libertad.
1. ¿Qué es obediencia, y qué relación tiene con la libertad?
2¿Por qué tanto pequeños como grandes deben ejercer la virtud de la obediencia?
La primera pregunta está compuesta de cuatro tesis-preguntas más que conciernen la obediencia.
- ¿Qué es la obediencia?
- ¿Puede el hombre encontrar la verdadera libertad a través de la obediencia?
- ¿Qué implica la desobediencia al padre espiritual?
- ¿Puede el hombre del mundo ejercitarse en esta virtud, si es que realmente puede considerarse una virtud, y cómo?
27,1´ Como podrán comprender, este tema no es del agrado de muchos en el mundo actual, ya que se considera anticuado e incluso esclavizante. Sin embargo, no se trata de eso.
De hecho -y lo diré desde el principio, aunque esta pregunta se plantea al final- la obediencia es una virtud, y en especial, la primera virtud. ¿Por qué? Porque obedecer no significa otra cosa que acoger y aceptar una autoridad auténtica, y en este caso, hablamos de la autenticidad de Dios. Y es a esta autenticidad de Dios a la que debemos aceptar y obedecer. Porque, si la negamos, entonces lo que hacemos es colocar a nosotros mismos como autoridad suprema, como medida de la verdad. Y eso es un egoísmo anárquico y extremo.
Eso es, en esencia, eosforismo (luciferismo, demonismo), porque, ¿qué fue lo que hizo el diablo, como Eósforos (Lucifer), siendo un ángel de luz? ¿Cayó en la gula, o en cualquier otro pecado físico? No. Cayó en el orgullo, en la soberbia. Y esa soberbia fue precisamente no dejar margen a la autenticidad de Dios.
Por lo tanto, desde el momento en que niego la autenticidad de Dios, automáticamente me elevo a mí mismo como la única autenticidad o autoridad. Y si hago esto con Dios, inevitablemente esta actitud se extiende también hacia otras realidades terrenales.
Por ejemplo, cuando rechazo tempranamente la autoridad de mis padres, me digo: “¿Quiénes son ellos para tener el control de mi vida? Yo soy quien tiene la verdad, yo soy la autenticidad.” Luego rechazaré la legitimidad del Estado o de la nación. Me pregunto: “¿Qué significan las leyes? No creo en ningún poder ni en ninguna autoridad”. Y cuando ya no creo en leyes, en autoridades ni en gobiernos, esto hoy se llama anarquía, es decir, desorden.
¿Veis hasta dónde se puede llegar? Pero esa anarquía es fruto de Lucifer, es decir, de origen demoníaco.
Después no acepto la Iglesia, ni los sacerdotes, ni los pobres, ni nada que esté fuera de mi autoridad, de mi propio yo. Entonces, es evidente que yo me convierto en la única medida de todo. Y esto, queridos míos, es algo muy grave.
¿Os podéis imaginar dónde nació la anarquía?
La anarquía no nació en Oriente, ni en África, ni en los países del lejano Oriente como India, ni en el mundo árabe. La anarquía como tesis teorética nació y se desarrolló sobre suelo cristiano: en Europa y en América. ¡Es un hecho, una verdad! Es decir, justamente donde el cristianismo fue conocido y proclamado.
¿Os sorprende esto? A mí me impresiona profundamente esto.
¿Por qué? Porque el hombre oriental jamás puso en duda el tema de la autenticidad de Dios. En cambio, el cristiano sí lo hizo. Y esto, paradójicamente, muestra que el cristianismo es verdadero, porque el diablo no lucha contra lo que ya le pertenece; a aquellos otros pueblos ya los tiene atados, cautivados; pero al cristianismo, que es la verdad, ha venido -y sigue queriendo y viniendo- a atacarlo con más fuerza, a destruirlo desde dentro. Viene precisamente porque Dios es verdadero, y es dentro del cristianismo, donde la fe es auténtica, que el enemigo busca infiltrar su influencia. Viene a inspirar, a sembrar la semilla que él mismo lleva dentro de sí: la desobediencia, el orgullo, y la eliminación y sustitución de cualquier otro principio que no sea el propio ego.
Como dice el Antiguo Testamento, Lucifer (Eósforos) dijo: “Pondré mi trono por encima de las estrellas, me sentaré frente al Altísimo y seré igual que Él”. “¿Quién eres tú y quién soy yo? ¡Midámonos!” Eso es terrible.
Esto, pues, es lo que el diablo inspira hoy a los pueblos cristianos, y así tenemos el fenómeno de la anarquía. Veis que el tema es antiguo y muy profundo. Además, la desobediencia fue la causa por la cual los primeros en ser seres humanos fueron expulsados del paraíso.
¿Y Quién se convirtió en primero que enseño la desobediencia? El diablo. Él dijo: “no son así las cosas; Dios no quiere que seáis como Él. Dios os tiene envidia. No quiere que lleguéis a ser dioses. Debéis comer del fruto, para que se os abran los ojos y os hagáis como dioses”. Fue exactamente esta desobediencia a la voluntad de Dios la que sacó a los primeros en ser creados fuera del paraíso, con los resultados que todos conocemos.
Ahora, como Dios nos ama, se ha hecho hombre e insiste en el mismo método: ¿Hombre, quieres regresar al Paraíso, sobre todo a un Paraíso superior al antiguo? Si quieres, atención: deberás mostrar obediencia a la persona teantrópina (divino-humana) de Jesús Cristo.
¿Habéis visto la agapi-amor de Dios que nos da el poder de regresar y readquirir en aquello que hemos perdido? Así, pues, vemos que el tema de la obediencia nace de la humildad. Debo hacerme humilde, y de esta manera, ganar aquello que perdí. Además, ¿qué podría ganar si no acepto la autenticidad de Dios? Un hijo que no acepta la autoridad de sus padres, ¿qué tiene que ganar?
Me diréis, esta es la segunda parte de la pregunta: ¿puede el hombre encontrar la verdadera libertad en la obediencia? Y os responderé: quizás el hombre se engaña creyendo que, al obedecer, queda cautivo, como si la obediencia fuera una forma de esclavitud, y que sólo desobedeciendo podría liberarse. Porque, en nuestra época, en todas partes se exalta el tema de la libertad de forma exagerada. Y sí, es cierto, se trata de una libertad profundamente tergiversada y distorsionada. Se ha pervertido el sentido mismo de lo que significa ser libre. Tan deformado está el concepto de libertad, que ya casi no se reconoce. No podéis imaginar hasta qué punto se ha desfigurado esta idea tan esencial. Se ha convertido en una excusa para la autosuficiencia, la desobediencia y, al final, para la desconexión con Dios, con los demás y hasta con uno mismo.
Por eso surge la pregunta: ¿Si me entrego a Dios, si muestro mi obediencia, mi libertad queda comprometida?
¡No! Porque libremente pongo mi libertad, mi ser, bajo Dios. Por ejemplo: tú eliges trabajar en un lugar, allí habrá un encargado.
¿Pero acaso no sabías que al buscar trabajo alguien te daría instrucciones? ¿No sabías que tendrías que obedecer? Pues sí. Entonces, ¿quién te obligó a ir? Nadie. Tú elegiste libremente. Así, la obediencia que manifiestas nace de tu propia decisión. No te han vendido como esclavo en un mercado. No. Sino que eres tú quien libremente ha juzgado conveniente obedecer.
Del mismo modo, también mi fe en Dios, mi obediencia a Dios, mi obediencia a mis padres o a cualquier otra autoridad legítima, todo eso lo hago libremente.
¿Queréis una demostración?
Los anarquistas, por ejemplo, afirman libremente que no se someten no obedecen a nada. ¿Tienen derecho a ello? Sí. ¿Pero les conviene? Observad cómo viven, cómo se desarrollan y hacia dónde van, entonces veréis si realmente interesa, si vale la pena.
Sobre el tema de la libertad hemos hablado muchas veces, pero ahora lo relacionamos y lo unimos con la obediencia.
La tercera parte de la pregunta es: ¿Qué consecuencias tiene la desobediencia al padre espiritual? Muchos males. Simplemente porque el padre espiritual es aquel, por decirlo de alguna manera, que está en lugar de Dios, es decir, representa la persona de Cristo. Cristo ascendió al cielo, y dejó a los pastores y maestros de la Iglesia.
Si, entonces, tu pastor o guía espiritual -tu Πνευματικός-Pnevmaticós- te aconseja algo, y tú insistes en hacer lo contrario, si él te dice que eso que haces es erróneo y puede traerte graves perjuicios, y tú no le escuchas, entonces ese daño vendrá a ti. Es muy natural.
Lo que sucedió con los primeros en ser creados al ser expulsados del Paraíso se repite en cada historia personal, cuando el hombre, por desgracia, quiere seguir su propia voluntad (egoísta). Y el resultado, lo repito, es terrible. Por eso, no nos conviene hacer desobediencia al Pnevmaticós-padre o guía espiritual.
Cuarta tesis: ¿Puede el hombre del mundo ejercitarse en esta virtud, si es que realmente se puede llamar virtud?
Claro que sí. El kerigma del Evangelio está dirigido precisamente al mundo, y llama al mundo entero a la obediencia a Dios. Por eso, si leéis las epístolas del apóstol Pablo, y en general todo el Nuevo Testamento, veréis cómo se habla de la obediencia y la desobediencia. El mensaje evangélico está dirigido al mundo y Dios llama al mundo a obedecerle.
Es por la obediencia que entramos en el Evangelio, y es por la obediencia que entramos en la Iglesia. Pero la obediencia presupone humildad y μετάνοια metania (es decir, cambio de mentalidad, arrepentimiento y confesión).
Si alguien realmente desea “psicoterapiarse”, sanarse, salvarse -porque la pregunta es “¿cómo?”- el primer paso es la humildad.
Debe preguntarse sinceramente: ¿quién soy yo? Debe adquirir un autoconocimiento elemental, reconocer la grandeza y realeza de Dios, y preguntarse: ¿Por qué habría de quedarme fuera? Preguntarse, yo quién soy y adquirir quién soy yo, veo la grandeza de Dios y su Realeza, ¿porqué, pues, yo deberé quedarme fuera? Ve el mundo que está alejado de Dios; por eso dice el apóstol Pablo que viene “la ira de Dios sobre los hijos de la desobediencia”.
¿Y qué fue el pueblo de Israel? Un pueblo desobediente. ¿Dónde está ahora? ¿Qué hace?
Incluso cuando parece haber algún progreso, este progreso suele ser negativo, porque es progreso materialista, de riquezas y superficialidades. Y como ya hemos dicho muchas veces -y lo repetimos-, este tipo de progreso prepara el camino al anticristo. Es una cosa terrible.
Entonces, uno ve todo esto y se pregunta: ¿Por qué yo insisto en permanecer fuera de la agapi (amor) de Dios? No me conviene seguir siendo desobediente. Por eso el alma dice: “Haré obediencia. Me someteré a la disciplina de Dios.” Este pensamiento nace de la humildad y de esta humildad nace la obediencia. Esto sobre esta pregunta.
A lo referente al Πνευματικός (Pnevmaticós: guía espiritual), escribe el apóstol Pablo en en la carta a los Hebreos: “Obedeced a vuestros guías, pues ellos velan por vosotros como quienes han de dar cuenta. Que lo hagan con alegría y no quejándose, porque esto no os sería provechoso” (Heb 13:17).
- ¿Por qué tanto pequeños como grandes deben ejercer la virtud de la obediencia?
2.42´ Sabemos que los primeros creados en el Paraíso no obedecieron. No creyeron en los logos (los dichos, mandatos) de Dios, y por lo tanto transgredieron la obediencia.
Es importante entender que la obediencia se alimenta de la fe. Si no crees, tampoco puedes obedecer. La fe da a luz la obediencia. Por eso, la obediencia es absolutamente necesaria.
Dice el apóstol Pablo que el primer Adán se hizo hombre de la desobediencia y el segundo Adán, es decir, el Jesús Cristo, se hizo hombre de la obediencia.
Adán no hizo caso, desobedeció la voluntad de Dios, y, por ello murió. El segundo Adán, el Jesús Cristo, siempre con su naturaleza humana, obedeció plenamente la voluntad de Dios, por eso se convirtió el genarca-patriarca de la vida. No lo hizo por medio de su naturaleza divina, sino, más exactamente, por medio de su naturaleza teantrópina (divino-humana). Es en virtud de esta naturaleza que Jesús Cristo es el genarca, el dador de la vida. Porque, como vuelve a decir la Santa Escritura: “Desobediencia es muerte, y obediencia es vida.”
¿Qué dijo Dios a los primeros en ser creados? “Si me escucháis y obedecéis, viviréis, si no me escucháis o no me obedecéis, moriréis”.
Ahora, bien ¿cómo podemos ver la obediencia de una manera más práctica?
Podríamos decir que la obediencia, en principio empieza, con obediencia a los padres. Son las primeras personas que encontramos en nuestra vida al venir a este mundo. La obediencia a los padres es un capítulo muy grande. Que un hijo le diga a su padre o a su madre: “Yo lo entiendo de otra manera, y es natural que lo vea así, pero como tú me lo dices, lo haré”, ¡qué valioso es esto! Decir: “Porque tú me lo pides, lo haré”.
Si un hijo muestra obediencia a sus padres, y obviamente, se supone que los padres son personas piadosas y correctas, entonces esa obediencia es fuente de bendición. No hablamos aquí de obedecer a los padres cuando estos inducen a algo torcido o contrario a la voluntad de Dios. Por desgracia, también existen esos casos. En tales situaciones, desearemos y oraremos para que Dios ilumine directamente a los hijos, cuando no escuchen a sus padres si estos les hablan en contra de la voluntad de Dios. Este caso es como aquel en que el Señor dice: “El que quiere más a su padre o a su madre que a mí, no es digno de mí”. Si quieren lo modificamos un poco siempre en el mismo espíritu: “El que escucha y obedece más a su padre o a su madre que a mí, no es digno de mí”. Es decir, si Cristo te llama a una vida espiritual, y tus padres te dicen lo contrario -que no vivas esa vida espiritual-, entonces, si les obedeces, sí, haces obediencia, pero una obediencia equivocada y mala. Y no solo será inútil, sino incluso perjudicial para ti.
Por eso, debemos tener cuidado con este tema. Me refiero, insisto, a los padres que son personas piadosas, justas y correctas; en ese caso, debemos escucharlos y obedecerlos. Porque, al hacerlo, creceremos en madurez, y con el tiempo reconoceremos que lo que nos decían eran cosas buenas. Porque cuando los escuchamos y obedecemos, entonces maduraremos y daremos la razón a nuestros padres que estas cosas que nos han dicho eran cosas buenas; y así, habremos ganado en nuestra.
Después cómo voy a explicarlo, no lo sé con exactitud- viene el didáskalos maestro, en el sentido amplio de la palabra. Por ellos también oramos en la Iglesia: “Que Dios dé descanso a nuestros padres y a nuestros maestros.”
Alejandro Magno decía: “El vivir se lo debo a mi padre y a mi madre, pero el bien vivir, el vivir correctamente, se lo debo a mi maestro Aristóteles. Él me enseñó a leer, a escribir, a pensar, etc.”
Así pues, el maestro -en este sentido amplio- es una figura fundamental.
No sé qué puede decir uno hoy en día. Por eso dije que me resulta difícil expresar estas cosas, porque hoy se han derrumbado casi todos los valores y el honor del ser humano. Qué decir, no lo sé. Si un muchacho escucha al maestro en el colegio y luego, al llegar a casa, dice: “Así nos lo enseñó el maestro, que provenimos del mono…”, ¿qué puedes responderle tú ahora? ¿Qué quieréis que os diga?
Deseo y rezo que Dios ilumine directamente a nuestra juventud, para que pueda afrontar a malos padres y malos maestros. Lo deseo y lo ruego; no sé qué más hacer ni qué más decir. De todos modos, después de los padres vienen los maestros y los sacerdotes, porque todos ellos hablan “en persona, en nombre de Dios”.
El Πνευματικός (Pnevmaticós: guía espiritual), cuando te dice algo, lo hace en nombre del Evangelio, en nombre de Cristo. Debo obedecer lo que me dice el Pnevmaticós, porque lo dice Dios. Yo hago una distinción, como también lo hace el apóstol Pablo: cuando me preguntas algo que se refiere a la ética o a la conducta, te respondo: “Esto lo dice el Logos de Dios, no lo digo yo”. Pero si me preguntas, por ejemplo, si debes estudiar medicina, derecho, o si deberías ser cerrajero o carpintero, ahí te daré una opinión personal, porque el Evangelio no dice en qué ámbito laboral debes desarrollarte. Así se distingue lo que es mandato del Evangelio de lo que es una opinión mía. Y si se trata de una opinión personal, no estás obligado a obedecerla. Además, decimos: “Mira, yo soy humano y puedo equivocarme; si tú quieres hacer algo distinto, hazlo. Pero los mandamientos —los logos de Dios— que te transmito no son míos, sino de Dios, y debes obedecerlos”.
La obediencia es un tema muy amplio, la obediencia es vida, como ya he explicado. Por eso, aprendamos a ser hijos de la obediencia.
El apóstol Pablo lo expresó así: “No seamos hijos de la ira, sino hijos de la obediencia”. ¿Quiénes son los hijos de la ira? Aquellos que desobedecen a Dios. ¿Y quiénes son los de la obediencia? Aquellos que se conforman a la voluntad de Dios.
Sabed que, a causa de la desobediencia, los primeros seres humanos perdieron el Paraíso. Nosotros, en cambio, volveremos al Paraíso -al reinado de la realeza increada de Dios- por medio de la obediencia.
Por eso, hijos míos, convirtámonos en hijos de la obediencia. Tanto pequeños como grandes debemos obedecer y tener siempre a Dios como referente. Hagámonos, pues, hijos de la obediencia.
Dado que aún quedan preguntas y dudas, aquí finalizamos este tema, pues el tema de la obediencia es tan extenso que ni una ni dos horas bastarían para agotarlo.
El Yérontas Mitilineos Copyright: Monasterio Komnineon de “Dormición de la Zeotocos” y “san Demetrio” 40007 Stomion, Larisa, Fax y Tel: 0030. 24950.91220
Fuente:https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n y https://athanasiosmytilinaios.blogspot.com/
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/







