
Ευαγγελικό ανάγνωσμα: Ματθ. στ΄14-21.
Domingo del perdón, Mateo 6:14-21
14 Porque si perdonáis a los hombres sus pecados, deudas y ofensas, también vuestro Padre celestial perdonará los vuestros,
15 pero si no perdonáis a los hombres sus pecados, ofensas y faltas, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas, faltas y pecados.
16 Cuando estéis ayunando, no seáis tristes como los hipócritas, que desfiguran sus rostros, para demostrar a los hombres que están ayunando. De cierto os digo, ya están recibiendo toda su recompensa, es decir, los elogios de los hombres.
17 Pero cuando tú ayunes, úngete la cabeza y lávate la cara, como de costumbre
18 para que no parezca a los hombres que ayunas, sino a tu Padre celeste que es omnipresente y está en las partes más secretas, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
19 No acumuléis riquezas y tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde los ladrones irrumpen en las paredes, rompen las cajas fuertes y roban,
20 sino acumulaos riquezas y tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde los ladrones no irrumpen en las paredes y no roban,
21 porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón, en el cielo está vuestro tesoro, en el cielo también vuestro corazón.
Domingo del perdón
«Pero, si no perdonáis a los hombres sus ofensas y pecados, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas y pecados».
{Por el traductor: aquí las palabras clave son: μνησικακία (mnisikakía) y ανεξικακία (anexikakía). Μνησικακία (mnisikakía =rememorar el mal, resentimiento, rencor, odio, aversión), viene del μνημη (mnimi= memoria, recuerdo) y κακία (kakía=maldad). Aνεξικακία (anexikakía: falta de maldad y de rencor, indulgencia, tolerancia). San Juan el Clímaco tiene un capítulo grande como se sana la virtud de la ανεξικακία (anexikakía), y el pazos de la μνησικακία (mnisikakía).}
α. Al último escalón hacia nuestra entrada en la Gran Cuaresma, nuestra Iglesia viene con la lectura evangélica -un pasaje del Sermón de la Montaña de San Mateo 5- para intensificar lo que había subrayado en los domingos introductorios del Triodio: que no es posible este bendito período, que nos lleva a la Cruz y Resurrección del Señor, es decir, no podemos tener una relación real con nuestro Señor, si no expulsamos de encima nuestro las “máscaras” de la hipocresía y nos presentamos ante Él con nuestro auténtico rostro, persona, el que crea la verdadera μετάνοια (metania: introspección, conversión, arrepentimiento y confesión); es decir, sin las capas de μνησικακία (mnisikakía: resentimiento, rencor), con ayuno genuino que se hace para nosotros mismos, con la conciencia de que es el centro específico de nuestra vida, nuestro verdadero tesoro, que no se encuentra en los marcos asfixiantes de este mundo pasajero, sino en la Realeza increada de Dios.
Y esto significa que la Gran Cuaresma funciona como un modelo de toda nuestra vida, puesto que la lucha diaria del cristiano es cómo mantener íntegra su verdadera persona o personalidad, el que salió de la santa pila del bautismo de nuestra Iglesia como miembro de Cristo.
El Señor, pues, recalca: nadie puede estar con el Dios y mantener el regalo de Su Jaris (gracia, energía increada) sin primero dar incesantemente su perdón al prójimo. “Si no perdonáis los pecados, errores y fallos de los demás, tampoco vuestro Padre perdonará los vuestros”.
β. 1. Y es cierto que este aviso del Señor es de crucial y decisiva importancia, dado que la μνησικακία (mnisikakía, resentimiento, rencor, odio), como recuerdo de maldad de los demás y la consiguiente incapacidad de ofrecerles nuestro perdón por sus posibles ofensas hacia nosotros, constituye uno de los problemas básicos y casi permanentes en nuestras relaciones con los demás. Palabras ofensivas, malos comportamientos, actitudes de indiferencia de nuestro entorno inmediato o más amplio, vienen muchas veces a provocar y picar nuestro egoísmo existente, que exige la aceptación y el elogio, quizás incluso la dominación sobre los demás, anulando así la única y casi exclusiva condición de la presencia de Dios en nuestra vida: la αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado).
En otras palabras, la μνησικακία (resentimiento, rencor, odio, aversión), es el mayor obstáculo para permanecer en Dios, puesto que «ο Θεός αγάπη εστί el Dios es agapi (amor emoción de energía increada)», mientras que revela claramente el egoísmo que se ha coronado como rey en nuestro corazón, y por lo tanto el predominio del pecado sobre nosotros.
- Por lo tanto, el Señor es claro: si no expulsamos de nuestro corazón, es decir, de nuestro ser más profundo, nuestros resentimientos, rencores, odios y no luchamos para ser indulgentes, tolerantes, sin resentimientos, ni rencores con agapi en nuestro interior, no veremos el rostro, persona de Dios, ni en el presente ni en el futuro eterno. Y desde esta perspectiva, entendemos que esta lucha no es una disminución de nosotros mismos: perdemos algo, pero nuestro enriquecimiento por excelencia es que expulsamos lo que compone el veneno para nuestra psique y la energía demoníaca, y mantenemos y aumentamos la jaris (gracia, energía increada) de Dios
Esta verdad el Señor no la proclamó sólo con las palabras anteriores, tanto en una formulación positiva como negativa, que por sí solas fueron sin duda más que suficientes para concienciarnos de la tremenda importancia de la ανεξικακία (anexikakía: falta de maldad, sin rencor ni odio, indulgencia), sino también la predicó con la oración principal conocida como el “Padre nuestro”: “y perdona nuestros pecados y ofensas, tal como nosotros perdonamos los pecados y ofensas de los demás”. El perdón de Dios hacia nosotros tiene como única condición nuestro perdón hacia nuestros semejantes. Es decir, el Señor “ató” nuestra σωτηρία (sotiría: psicoterapia, sanación redención y salvación) con nuestra buena relación con los demás. Esto que el Evangelio del domingo pasado recalcó sobre el Juicio Final, viene hoy a recalcarlo de otro modo o manera.
- Sin embargo, donde el Señor dio la lección más conmovedora sobre la ανεξικακία (anexikakía: falta de maldad, sin rencor ni resentimiento, indulgencia, tolerancia) fue con Su propia vida, sobre todo cuando se encontraba encima de la Cruz. Su Cruz, que abarca toda la perfección (san Marcos el Asceta), fue la apocálipsis-revelación de Su infinita agapi (amor, emoción de la energía increada) y Su ανεξικακία indulgencia, falta de maldad, sobre todo frente a una humanidad que se había desviado tanto que quiso matar al mismo Creador y Benefactor de ella. “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”, son las palabras de Su oración a favor de los que Le crucificaban.
Y este ejemplo del perdón, de ανεξικακία falta de maldad, sin rencor e indulgencia continuaron, con la ayuda por supuesto de la jaris increada del Mismo, también los Apóstoles, los Mártires y el resto de los Santos de la Iglesia. San Esteban por ejemplo: ¿qué hace cuando, en el momento en que es apedreado salvajemente por los enfurecidos judíos? Repite simplemente los mismos logos del Señor con distintas palabras: “Señor, no les impute o no les tenga en cuenta este pecado”. Lo mismo también san Dionisio de Egina, por nombrar algún santo más contemporáneo: esconde y protege del destacamento que lo persigue al asesino de su hermano, y luego lo ayuda a escapar.
Así, el requisito, la condición para que uno sea Cristiano, es vivir es el perdón y la ανεξικακία (anixikakía: indulgencia, falta de maldad, rencor y resentimiento). Nadie puede llamarse cristiano sin perdonar a todos, aunque sean sus enemigos. Y esto, como es sabido, es la distinción que diferencia al mártir (y testigo) cristiano de cualquier otro tipo de mártir: el cristiano muere orando por sus perseguidores, confirmando de esta manera la autenticidad de su fe en Cristo..
- Está claro que la adquisición de la ανεξικακία anexikakía no es algo fácil. Requiere una lucha constante y ardua. Es necesario “sangrar” uno interiormente para poder enfrentarse con un corazón limpio hacia el prójimo. Es muy característico el ejemplo de aquel asceta en el libro “Yerontikón” que escupía sangre cuando se le acercaba otro hermano. Y, al preguntarle este hermano qué había ocurrido, él respondió: Hace un rato, un hermano me ha amargado y rogué a Dios que sacara la amargura de mi interior. Y mira, he aquí el Dios me ha escuchado y mi amargura la convirtió en sangre, y la expulsé.
De hecho, el creyente debe atravesar ciertas etapas, que nos han indicado y establecido los Padres y Maestros ascéticos de la Iglesia. Por ejemplo, san Juan el Sinaíta, después el llamado el Clímaco o de la Escalera, nos habla tres pasos o grados de ανεξικακία anexikakía. Escribe que el primer paso es aceptar las ofensas, deshonras y humillaciones, aunque que sea con tristeza, sufrimiento y amargura de la psique-alma. En el segundo grado llegan aquellos que, después de haber superado el primero, no se entristecen por las ofensas y dificultades que les ocurren, pero tampoco se alegran, por supuesto. Y el tercer grado, el de los perfectos, es para aquellos que no solo no sufren ni se amargan, sino que consideran como elogios las humillaciones y las deshonras. Este es un grado de perfección que el hombre contemporáneo, egocéntrico, racionalista y autónomo, considera como locura.
- El mismo santo en otros puntos de sus logos procede en consejos concretos que pueden ayudar a alguien a superar la μνησικακία (misikakía: resentimiento, rencor). Algunos ejemplos.
– Si sientes amargura y odio hacia un hermano y no tienes la fuerza para amarlo con todo tu corazón, al menos arrepiéntete ante él y acércate con palabras, con la boca. Quizás, de este modo, te avergüences de tus palabras y lo ames realmente.
-Si escuchas que un hermano te ha calumniado, no te dejes llevar por el pazos del resentimiento o rencor, sino supéralo diciendo palabras elogiosas sobre él.
– Si ves o escuchas algo que despierta en ti el pazos del juicio o crítica maligna (que es fruto del rencor o resentimiento), no digas que lo haces por amor, porque el amor conduce a la oración secreta por aquel que ha errado, y no a la crítica. Esta forma de reacción, en efecto – oración por aquellos que nos han ofendido – según el otro gran maestro ascético, San Marcos el Asceta, es «un golpe y una herida para los demonios».
c. La ανεξικακία anexikakía, sobre todo en vista de la Cuaresma que nos impulsa con todas sus expresiones a la revelación de nuestro verdadero ser, como hemos dicho, a pesar de las dificultades para adquirirla y vivirla, es lo más necesario para nuestro camino como cristianos. No seremos salvos por los posibles ayunos, limosnas, caridades u oraciones, si todo esto no culmina en la ανεξικακία anexikakía o no la tienen como requisito y condición. Porque, repito que esta virtud es expresión y experiencia de la αγάπη (agapi: (amor incondicional y desinteresado) y será el criterio absoluto de nuestra vida. Amín.
Fuente: ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ Sacerdote Georgios Dorbarakis
Traducido por: χΧ jJ https://www.logosortodoxo.com/







