Φιλοκαλία των Ιερών Νηπτικών, Τόμος Δ΄ (σελ. 272-278).
Άγιος Γρηγόριος ο Παλαμάς
Δεκάλογος της κατά Χριστόν νομοθεσίας

Filocalía de los Santos Nipticos, tomo IV
San Gregorio Palamás
Decálogo de la Ley en Cristo
El Señor, tu Dios, es un solo Señor (Deut. 6, 4), reconocido como Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Padre es no nacido. El Hijo ha nacido del Padre sin principio, sin tiempo y sin pasión, como Logos. Este, al ungir por Sí mismo Su la naturaleza humana que tomó de nosotros, fue llamado Χριστός Jristós Cristo. El Espíritu Santo procede del Padre, pero no por nacimiento, sino por procedencia (emanación). Él es el único Dios. Él es el verdadero Dios, un solo Señor en tres hipostasis: Padre, Hijo y Espíritu Santo, que no se divide en cuanto a la naturaleza, voluntad, doxa-gloria, fuerza y energía y en todos los atributos o cualidades de la divinidad. A Él solo amarás y a Él solo adorarás con toda tu mente, con todo tu corazón y con toda tu fuerza de voluntad (Deut. 6, 5). Y Sus logos, palabras y mandamientos estarán en tu corazón para que los realices, los cumplas, los estudies, los reflexiones y los pronuncies cuando estés sentado, cuando camines, cuando estés en la cama y cuando te levantes (Deut. 6, 6-7). Recuerda continuamente al Señor, tu Dios (Deut. 8, 18), y solo a Él temerás (Deut. 6, 13), y no olvides ni a Él ni sus mandamientos y logos. Así Él te dará la fuerza para hacer Su voluntad. Porque Dios no te pide nada más que le temas, le ames y andes en todos sus caminos (Deut. 10, 12). Él es tu doxa-gloria y Él es tu Dios (Deut. 10, 21).
Al aprender sobre los Ángeles celestiales, que son impasibles, sin pazos e invisibles, y sobre el diablo que cayó de allí, que es muy malo y sabio, impetuoso y astuto en engañar al hombre, no pienses que alguno de ellos es semejante e igual a Dios. Viendo la magnitud del cielo y su complejo movimiento, el sol resplandeciente, la luminosa luna, la claridad de las otras estrellas, el aire necesario para la respiración, el mar y la tierra que producen todo tipo de productos, no deifiques ninguna de estas cosas. Todos estos son siervos y creaciones del único Dios que los creó de la nada o del cero con Su logos (increado). Porque Él habló y fueron hechas, Él ordenó y fueron creadas (Salmo 32, 9). Por lo tanto, solo a Él, al Señor y Creador de todo alabarás y glorificarás y a Él te aferrarás con αγάπη agapi (amor incondicional) y a Él te arrepentirás día y noche por tus pecados voluntarios e involuntarios. Porque Él es compasivo y misericordioso, magnánimo, tolerante y de gran caridad (Salmo 102, 8) y eternamente realizador del bien y la bondad.
Él ha prometido y da el reinado de la realeza celestial (increada) y sin sucesión, la vida sin dolor, la vida inmortal y la luz sin crepúsculo e increada para que la disfruten aquellos que lo respetan, lo adoran, lo glorifiquen, lo aman y aplican y cumplen sus órdenes, mandamientos-logos. Pero Él mismo también es un Dios celoso (Éxodo 20, 5) y un juez justo y un vengador temible. Y a aquellos que Le desobedecen y Le desprecian y violan Sus mandamientos-logos, les impone el infierno eterno, fuego inextinguible, dolor incesante, tristeza inconsolable, vestiduras de oscuridad perpetua, región oscura y triste, rechinar lamentable de dientes, gusanos venenosos que no mueren, los cuales ha preparado para el primer rebelde, el diablo (Mateo 25, 41), y junto a él para todos aquellos que fueron engañados por él, lo siguieron y traicionaron a su Creador con sus obras, logos, conceptos y pensamientos.
No fabricarás jamás una imagen o semejanza de algo de las cosas que están en el cielo arriba, en la tierra abajo o en las aguas para adorarlas y glorificarlas como dioses (Éxodo 20, 4-5). Todas estas cosas son creaciones del único Dios, quien, en los últimos días, encarnado en un vientre virginal, apareció en la tierra y convivió con los hombres (Baruc 3, 38), y después de sufrir, morir y resucitar por la salvación de los hombres, ascendió con Su cuerpo a los cielos y se sentó a la diestra del Dios Altísimo (Hebreos 1, 3), con el mismo cuerpo que vendrá nuevamente con doxa-gloria increada para juzgar a vivos y muertos. Por lo tanto, harás la imagen/icona de Aquel que se hizo hombre para nuestra salvación, por agapi-amor a Él, y a través de la imagen/icona recordarás y adorarás a Aquel, elevando tu νούς nus (espíritu del corazón) con tu mente a través de la icona hacia aquel cuerpo digno de adoración del Salvador, que está sentado a la diestra del Padre en el cielo. También harás representaciones o iconas de los Santos y las reverenciarás, no como dioses, porque esto está prohibido, sino debido a la relación y disposición y al honor excesivo hacia ellos, ya que tu nus con tu mente se eleva mediante las imágenes/iconas hacia ellos. Así como Moisés hizo las imágenes de los Querubines y las colocó en el Santuario (Éxodo 25, 17). Además, el Santo de los Santos o Altar era una imagen/icona de las realidades y cosas supra celestes, mientras que el «Santuario terrestre» (Hebreos 9, 1), era una icona/imagen de todo el mundo. Moisés llamó santas a todas estas cosas no para glorificar las creaciones, sino para glorificar mediante ellas a Dios creador del mundo. Por tanto, tú no divinizarás las imágenes-iconas del Soberano Cristo y de los Santos, sino que a través de ellas adorarás o reverenciarás a Aquel que nos creó primero a Su imagen y luego se dignó en Su inefable filantropía a tomar Él mismo la imagen-icona humana y con ella hacerse descriptible. Y no solo reverenciarás la imagen de Cristo, sino también el tipo de Su Cruz. Porque es un signo grandísimo y Su trofeo contra el diablo y toda la tropa diabólica. Por eso los demonios tiemblan y huyen cuando ven que se hace el signo de la Cruz. Este tipo, incluso antes de la Crucifixión, fue grandemente glorificado por los Profetas y realizó grandes milagros. Pero también en la Segunda Venida de Aquel que fue clavado en la cruz, el Señor Jesús Cristo, quien vendrá a juzgar a vivos y muertos, este gran y temible signo de la Cruz lo precederá con gran fuerza, energía y gloria increada (Mateo 24, 30). Así que glorifícalo ahora para que entonces lo mires con valentía y seas glorificado junto a Él. También reverenciarás las imágenes/iconas de los Santos, porque ellos fueron crucificados junto con el Señor, haciendo en tu rostro el signo de la cruz y recordando su participación en los padecimientos de Cristo. También sus santas reliquias y cualquier reliquia de sus huesos, porque la χάρις jaris (gracia, energía increada) de Dios no se separó de ellas, así como la divinidad no se separó del venerado cuerpo de Cristo durante Su muerte vivificadora. Haciendo esto y alabando a aquellos que alabaron y glorificaron a Dios, porque se mostraron perfectos en la agapi-amor incondicional de Dios mediante sus obras, también serás glorificado por Dios y cantarás como David: «He honrado mucho a tus amigos, Dios mío» (Salmo 138, 17).
No tomarás en vano el nombre del Señor tu Dios (Éxodo 20, 7), haciendo un juramento falso por ninguna cosa terrenal, por miedo a un hombre o por vergüenza o para tu propio beneficio. Porque el perjurio es una negación de Dios. Por eso no jures en absoluto (Mateo 5, 34), sino evita totalmente el juramento, porque de él viene el perjurio que aleja al hombre de Dios y clasifica al perjuro entre los ilegales. Si dices la verdad en todos tus logos y palabras, te creerán como si tomaras un juramento. Y si alguna vez sucede que te sometes a un juramento -lo cual debemos evitar-, si es por algo conforme a la ley divina, lo cumplirás como legal, pero pedirás cuentas a ti mismo por haber jurado, y con limosnas, súplicas, luto y mortificación del cuerpo, pedirás la misericordia de Cristo, quien dijo que no jures en absoluto (Mateo 5, 34). Pero si juraste por algo ilegal, ten cuidado de no cometer la ilegalidad por el juramento, para que no seas contado con Herodes, el asesino de profetas (Mateo 14, 9-10). Y cuando rompas ese juramento ilegal, impón a ti mismo la ley de no jurar nunca más, y busca la misericordia de Dios usando con lágrimas los remedios más dolorosos mencionados anteriormente.
Un día de la semana, llamado también Domingo, porque está dedicado al Señor que ese día resucitó de entre los muertos, mostrando y certificando de antemano la resurrección común de todos los hombres, cuando cesará toda obra terrenal, este día lo dedicarás al Señor (Éxodo 20, 8). No harás ningún trabajo secular, mundano excepto los necesarios, y permitirás que descansen los que trabajan para ti o viven contigo, para que todos juntos glorifiquen a Aquel que nos compró con Su muerte y resucitó y con Él resucitó también la naturaleza humana. Recordarás la vida futura y estudiarás todas las órdenes y estatutos del Señor y te examinarás a ti mismo para ver si has transgredido o dejado de lado algo y te corregirás en todo.
También este día frecuentarás al templo de Dios y permanecerás en las reuniones sagradas y comulgarás con fe sincera y una conciencia sin condena el santo Cuerpo y Sangre de Cristo. Y comenzarás una vida más santa y te renovarás y te prepararás para recibir los bienes futuros. Por estos bienes, tampoco los otros días abusarás de las cosas terrenales; y el domingo, te abstendrás de todo, porque estarás cerca de Dios, excepto por las cosas más necesarias, sin las cuales es imposible vivir. Y así, teniendo a Dios como tu refugio, no te moverás de tu lugar y no encenderás el fuego de los παθος pazos (pasiones, vicios, adicciones, etc.) y no levantarás la carga del pecado. Así, el día de los sábados (Éxodo 20, 8), es decir, el domingo, lo dedicarás al Señor, sabatizando con la inacción de los males. A los domingos unirás también las grandes fiestas establecidas, haciendo lo mismo y absteniéndote de lo mismo.
Honra a tu padre y a tu madre (Éxodo 20, 12), porque a través de ellos, Dios te trajo a la vida, y ellos -después de Dios- son la causa de tu existencia. Entonces, tú también, después de Dios, los honrarás y amarás, si tu amor por ellos contribuye al amor de Dios. Pero si no contribuye, te alejarás de ellos inmediatamente. Si además son un obstáculo, y especialmente en la verdadera y salvadora fe, porque tienen una fe diferente, no solo te alejarás de ellos, sino que también los odiarás no solo a ellos, sino también a todos aquellos con quienes estás vinculado por parentesco o por alguna amistad u otra relación, y a tus propios miembros y deseos y a todo tu cuerpo y la relación con los παθος pazos (pasiones, vicios, adicciones, etc.) a través del cuerpo. «El que no aborrece a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a su propia vida, y no lleva su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo» (Lucas 14, 26-27), dijo Cristo. Esto se aplica a los padres, amigos y hermanos según la carne. Pero a aquellos que son cercanos a ti en la fe y no te impiden la salvación, los honrarás y amarás. Si debes honrar así a tus padres según la carne, ¿cuánto más honrarás y amarás a tus padres espirituales? Ellos te trasladaron de la vida simple a la vida de virtud, te transmitieron la iluminación de la divina gnosis-conocimiento espiritual, te enseñaron la verdad, te regeneraron con el baño de la regeneración, pusieron dentro de ti la esperanza de la resurrección y de la inmortalidad y de la realeza y herencia eternas e inquebrantables, y te hicieron digno de los bienes eternos de indigno que eras. Te hicieron celestial y eterno, de ser terrenal y temporal que eras, y hijo y discípulo no de un hombre, sino del Θεανθρώπος (zeánzropos) Dios-Hombre Jesús Cristo, que te dio el Espíritu de adopción (Romanos 8, 15) y que dijo: «No llamen a nadie en la tierra ‘padre’ o ‘maestro’, porque uno solo es vuestro Padre y Maestro, el Cristo» (Mateo 23, 9-10). Por lo tanto, debes todo honor y agapi-amor a tus padres espirituales, porque el honor hacia ellos se refiere a Cristo y al Espíritu Santo, del cual recibiste la adopción, y al Padre celestial, del cual toma su nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra (Efesios 3, 15). Te preocuparás de tener durante toda tu vida un padre espiritual, para confesarle todo pecado y todos los λογισμοί loyismí (pensamiento simple o unido con la fantasía) y recibir a través de él la psicoterapia, sanación y el perdón. Porque a los padres espirituales se les ha dado el poder de atar y desatar las psiques-almas. Y lo que aten en la tierra será atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra será desatado en el cielo (Mateo 18, 18).
Esta χάρις jaris (gracia, energía increada) y poder recibieron de Cristo. Por eso, les obedecerás sin ninguna contradicción, para que tu psique-alma no se pierda. Si quien contradice a sus padres según la carne en cosas que no prohíbe la ley de Dios es castigado con la muerte según la ley (Éxodo 21, 16; Mateo 15, 4), ¿cómo es posible que no va a rechazar el Espíritu de Dios y perder su psique-alma quien contradice a los padres espirituales? Por eso, consulta y obedece hasta el final a tus padres espirituales, para que tu psique-alma sea psicoterapiada, redimida y salvada y te conviertas en heredero de los bienes eternos e incorruptibles.
No cometerás adulterio (Éxodo 20, 13), para no convertirte en miembro de una prostituta en lugar de miembro de Cristo (1Cor 6, 15) y ser cortado del cuerpo divino y caer de la herencia divina y ser arrojado al infierno (gehena). Según la ley (Levítico 21, 9), la hija de un sacerdote que se prostituya será quemada, porque ha deshonrado a su padre; mucho más será culpable de condena e infierno eterno quien haya contaminado así el cuerpo de Cristo. Si puedes, practica la castidad, para que puedas pertenecer completamente a Dios y unirte a Él con agapi-amor perfecto, permaneciendo siempre cerca de Él toda tu vida y ocupándote constantemente de las cosas del Señor sin distracción (1Cor 7, 34), anticipando a la vida futura y viviendo como un ángel de Dios en la tierra. Porque la castidad es cualidad y característica de los ángeles, y quien persigue la castidad se asemeja a ellos en la medida en que es posible, mientras tiene cuerpo. O mejor dicho, se asemeja, antes que a ellos, al Padre que engendró al Hijo en castidad antes de todos los siglos, y al Hijo virgen que procedió primero con un nacimiento de un Padre virgen y que nació corporalmente en el momento oportuno de una Madre Virgen, y al Espíritu Santo que procede solo del Padre, no por nacimiento, sino por emanación o procedencia, de manera inexplicable.
Con este Dios se asemeja y se une con un matrimonio incorruptible quien elige la verdadera castidad y se mantiene virgen en la psique-alma y en el cuerpo, embelleciendo todos los sentidos, el logos y la διάνοια diania (mente, intelecto) con la belleza de la virginidad o castidad. Si no prefieres ser virgen ni has hecho esa promesa a Dios, se te permite casarte con una mujer según las leyes del Señor y convivir solo con ella y tenerla como tuya con santidad (1 Tes 4, 4). Abstente de otras mujeres con todas tus fuerzas. Y podrás protegerte de ellas si evitas las conversaciones inapropiadas con ellas, si no te deleitas en logos con palabras y canciones obscenas, y si apartas los ojos de la psique-alma y del cuerpo de ellas en la medida de lo posible y te acostumbras a no mirar con curiosidad la belleza de los rostros. Porque quien mira a una mujer y la desea, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón (Mateo 5, 28), y por eso es impuro ante Cristo que ve dentro del corazón, y de ahí se deriva a la vergonzosa acción física el desgraciado.
Y por qué hablo de adulterios y fornicaciones y de todas las contaminaciones relacionadas con la función natural, cuando también en las lujurias contra natura se arrastra el hombre de manera incontinente, indecente y lasciva observando con curiosidad la belleza de los cuerpos. Por tanto, si cortas de ti mismo las amargas raíces, no recogerás frutos mortales, sino que cosecharás la pureza, la divinización y la santidad que esta ofrece y sin la cual nadie verá al Señor (Hebreos 12, 14).
No cometerás asesinato (Éxodo 20, 15), para no perder la adopción de Aquel que da vida a los muertos, y para que tus obras no te hagan hijo del diablo, quien desde el principio es homicida (Juan 8, 44). Dado que el asesinato proviene de un golpe, el golpe de una ofensa, la ofensa de la ira, y la ira es provocada por el daño, golpe o insulto de otro, por eso Cristo dijo: «A quien quiera quitarte el manto, no le impidas tomar también la túnica o tu camisa» (Lucas 6, 29). También, a quien te golpee, no le devuelvas el golpe, y a quien te insulte, no le respondas con insultos. Así, tanto tú mismo como aquel que te maltrata se librarán del pecado del asesinato. Tú además recibirás de Dios el perdón de tus pecados, porque dice: «Perdonen, y serán perdonados» (Mateo 6, 14). Aquel que insulta y maltrata será condenado al infierno eterno. Porque Cristo dijo: «Quien diga a su hermano ‘necio’, será reo del fuego del infierno» (Mateo 5, 22).
Si puedes arrancar de raíz el mal, asegurando la bienaventuranza de la mansedumbre y apacibilidad en tu psique-alma, alaba y glorifica a Cristo, el maestro y colaborador en la realización de las virtudes, sin el cual, como has aprendido, no podemos hacer nada bueno (Juan 15, 5).
Pero si no puedes contenerte y te enojas, culpa a ti mismo por tu ira y pide perdón a Dios y a aquel a quien insultaste o maltrataste. Aquel que se arrepiente al principio del pecado, no llega a su final. Mientras que quien no se da cuenta de los pequeños errores, caerá también en los grandes.
No robarás (Éxodo 20, 15), para que Dios, quien conoce lo oculto, no te pague con un castigo mucho mayor. En lugar de eso, da en secreto a aquellos que están en necesidad de tus propios bienes, para que Dios, que ve en lo secreto (Mateo 6, 4), te recompense cien veces más y con la vida eterna en el siglo venidero.
No levantarás falso testimonio, para no asemejarte al diablo que calumnió a Dios ante Eva, y te vuelvas maldito como él (Génesis 3, 14). Más bien, -a menos que sea para evitar un daño mayor a muchos- incluso cubrirás la falta de tu prójimo, para no asemejarte a Cam, sino a Sem y Jafet y recibir la bendición como ellos (Génesis 9, 25).
No codiciarás nada de lo que es de tu prójimo (Éxodo 20, 17); ni propiedad, ni dinero, ni doxa-gloria, ni nada de lo que pertenece a tu prójimo. Porque el deseo, cuando se concibe en la psique-alma, engendra y nace el pecado; y el pecado, cuando se consuma, engendra y nace la muerte (Santiago 1, 15). Si no deseas lo ajeno, evitarás y te alejarás, si puedes, la avaricia, la ambición y el robo de lo ajeno. Más bien, da también de tus propios bienes a quien te lo pida y dar caridad o limosna al necesitado en la medida de tus posibilidades. No te niegues a prestar a quien te lo pida (Mateo 5, 42). Si encuentras algo perdido, devuélvelo a su dueño, incluso si es tu enemigo (Éxodo 23, 4). Así te reconciliarás con él y vencerás el mal con el bien (Romanos 12, 21), como te ordena Cristo.
Si aplicas y cumples con toda tu fuerza y energía lo anterior y vives de acuerdo a estas realidades, acumularás en tu psique-alma el tesoro de la piedad y agradarás a Dios. Él y los hombres de Dios te darán bienes y te convertirás en heredero de los bienes eternos. Ojalá que todos podamos alcanzar estos bienes, por la χάρις jaris (gracia, energía increada) y la filantropía (amistad al hombre) de nuestro Señor y Salvador Jesús Cristo. A Él le corresponde toda doxa-gloria, honor, alabanza y adoración, junto con su Padre sin principio y el santísimo, bondadoso y vivificador Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén. 31/05/2024
Traducido por: χΧ jJ www.logosortodoxo.com







