Traducción repasada el 22/10/2025
Desde la Santa Montaña del Athos
Desde la Santa Montaña del Athos, el jardín de nuestra Παναγία (Panaghía: la Santísima, la más Santa), dirigimos nuestras bendiciones fraternales. Nos congratulamos y compartimos con todos nuestros hermanos ortodoxos, honorables miembros del Cuerpo de Cristo, la alegría de celebrar las fiestas de la divina encarnación (humanización).
Alabamos y glorificamos junto con vosotros al Padre complaciente, al Hijo encarnado y al Espíritu Santo iluminador. Glorificamos asimismo a la perpetua Θεοτόκος (Zeotokos: Madre de Dios, la que a luz a Dios), quien, con su pureza inmaculada y su agapi (amor incondicional) perfecto, colaboró —con la energía de su voluntad— de modo decisivo en la Encarnación del Logos.
† Yérontas Georgios
Monasterio de San Gregorio, Athos
ΖΩΗ ΕΛ-ΛΟΓΟΣ Υ Α-ΛΟΓΟΣ
Vida el-Logos = en lógica, sensata
Vida a-logos = animal, insensata
Ahora que el Logos se ha encarnado, nuestra naturaleza humana supera la insensatez y la animalidad —la αλογία a-logía— y se transforma en el-Logos, es decir, en la Lógica suprema. No existe otra opción ni esperanza de vivir la vida el-Logos (la vida con la Lógica divina) fuera del Logos encarnado.
Puesto que el Logos se ha hecho cuerpo-carne, puede liberar y disolver nuestra a-logía (animalidad, insensatez, irracionalidad,) y elevarnos a la vida el-Logos (vida creada en la Lógica divina y espiritual), conforme a nuestra naturaleza, “como a imagen de Dios”.
El Logos, Cristo, cuando lo recibimos en nuestra ματάνοια metania cotidiana, vence nuestros pazos a-logos (pasiones irracionales, bajos instintos animales, vicios, adicciones) y logicotiza —es decir, hace lógica, cristifica— nuestra psique–alma y nuestro cuerpo.
La continua oración del corazón u Oración de Jesús —«Κύριε Ιησού Χριστέ, Υιέ και Λόγε του Θεού, ελέησον με Kirie Jesús Cristo, Hijo y Logos de Dios, eleisón me, que soy pecador»— hace la catarsis, purifica y gratifica nuestro corazón, de modo que en su interior pueda manifestarse el Logos Cristo.
Desde el pesebre de nuestro corazón —el centro mismo de nuestra existencia— el Logos transforma, metamorfosea la vida a-logos (insensata, animal) en vida el-Logos (en Lógica divina), vida divino-humana.
A cada momento corremos el riesgo de caer de la vida el-Logos en Cristo, a la vida a-logos, irracional o carnal, sin Cristo. Por eso la invocación continua del Logos mediante la oración del corazón es necesaria e incesante.
En el fondo mismo de los acontecimientos de la Navidad se revela la agapi infinita (amor increado) de Dios Padre y la humildad de su Hijo encarnado, que la teología patrística denomina kénosis (vaciamiento, despojamiento), pobreza, economía, infinita condescendencia y filantropía divina.
No existe otro camino hacia Dios que el que Él mismo ha abierto descendiendo a la tierra: el camino de la humildad.
El Logos encarnado es el cimiento de la Iglesia y de la existencia personal del hombre.
Para nosotros, los ortodoxos, nuestro Padre celestial crea el mundo y permanece siempre presente en la creación por medio de sus energías increadas. Incluso la flor más pequeña da testimonio de la presencia y sabiduría de Dios.
Como enseñan los Santos Padres, Él tomó de nosotros aquello que no tenía —la naturaleza humana— para darnos lo que nosotros no poseíamos: la zéosis (glorificación deificación). Así, Dios se hace hombre para que cada hombre, por la Χάρις (Jaris: Gracia increada) es decir, por la energía increada de Dios, pueda hacerse dios por participación.
El humanismo helénico antiguo alcanzó elevadísimos niveles, pero no pudo tender el puente sobre el abismo que separa a Dios del hombre. Ese abismo ha sido finalmente unido por iniciativa divina, mediante la Encarnación del Hijo.
Así, en la Cristogénesis (Navidad), nace el Θεάνθρωπος (Zeánthropos: Dios-Hombre), y con Él surge el nuevo humanismo: el zeantropismo (divino-humanismo). Se cumple así la profecía de Sócrates (Platón, Apología 31).
El th-zeantropismo heleno-ortodoxo, por tanto, no destruyó el antiguo humanismo, sino que lo asumió, lo purificó del paganismo y lo metamorfoseó, transformó…
…Pero ¿puede realmente liberar al ser humano este “humanismo” ateo y materialista, a menudo antieclesiástico, que pretende presentarse como liberación?
¿Puede el hombre ser verdaderamente libre cuando no se libera de su egoísmo y de sus pazos, y cuando su libertad creada no procede de la libertad increada de su Creador?
…El llamado “humanismo” ateo, que se enfrenta y enemista con el th-zeantropismo (divino-humanismo) de nuestra Tradición Ortodoxa, reduce al ser humano a su existencia terrenal y animal. Este “humanismo” lo considera un animal evolucionado, una máquina económica y consumista, apartando de su horizonte su origen divino y su dignificación en Dios y la eternidad, más allá de la existencia terrenal.
…Apostatar del Θεάνθρωπος (Dios y Hombre) equivale a volver al barbarismo.
Dicen los Santos Padres: «Cristo se ha hecho hombre para hacernos dioses por la Jaris (Gracia) increada.»
Se empobreció para enriquecernos.
Descendió a la tierra para elevarnos al cielo.
Se humilló para glorificarnos, divinizarnos.
Con la μετάνοια metanía continua y diaria —es decir, con la oración del corazón: «Jesús Cristo, Hijo y Logos de Dios, eleison me»— el Logos se encarna en nuestros corazones, tal como en la cueva de Belén. Ilumina las partes enfermas, malolientes y oscuras de nuestro establo interior, transformándolo en su morada luminosa. Entonces, nuestra psique-alma se alegra como la Señora Th-Zeotokos, los ángeles, el justo José y los pastores.
Aquellos que han intentado encerrar en su lógica humana el Misterio de la Encarnación del Logos o el nacimiento del Hijo de Dios, han fracasado. Han formado un Cristo tergiversado: un ídolo de la lógica, la razón creada y limitada, que no es el Dios manifestado, el Logos increado del Padre.
En cambio, los humildes, sabios y santos Padres nos han transmitido al Verdadero Cristo del Evangelio: Perfecto Dios y perfecto hombre;
el Logos de Dios, la Segunda Hipóstasis de la Santa Trinidad,
que asumió la naturaleza humana y la unió a Su divinidad
«sin confusión, sin cambio, sin división y sin separación» (IV Sínodo Ecuménico).
Así posee no sólo dos naturalezas perfectas, sino también dos voluntades y dos energías: la divina increada y la humana creada. Si fuera sólo Dios o sólo hombre, no podría salvarnos. Nos sana y nos salva porque es Θεάνθρωπος Zeántropos, Dios y hombre verdadero, cuyas dos naturalezas son completas y perfectas; dos naturalezas, pero un solo Cristo.
Por agapi infinita, tomó, se revistió y se rodeó de nuestra naturaleza humana enferma y mortal para sanarla, divinizarla e inmortalizarla.
Este es el Cristo verdadero en quien creemos ortodoxamente.
«El Misterio no requiere investigación, sólo alabanza con fe.»
Por este Misterio han teologizado nuestros santos Padres, y por él han dogmatizado infaliblemente los Santos Sínodos Ecuménicos.
Nos alegramos y gloriamos porque sólo nuestra Santa Iglesia Ortodoxa cree rectamente en Cristo, que es su Cabeza y Señor eterno. No lo sustituye con un papa infalible, ni exagera Su naturaleza humana hasta oscurecer Su divinidad, reduciéndolo a mero modelo ético. Tampoco confunde Sus dos naturalezas, como hacen los monofisitas.
Ciertamente, este tesoro de la Fe Ortodoxa lo poseemos en “vasos de barro” (2 Cor 4,7), es decir, en nuestras frágiles y pecadoras existencias. Pero, por la Jaris increada de Dios, guardamos el tesoro.
Este tesoro no puede negociarse ni diluirse en diálogo alguno o acuerdo humano.
El bienaventurado Paísios me escribió una vez: «Los dogmas no entran al Mercado Común.»
Y añado: la arrogante y orgullosa Europa —y el mundo entero— necesita hoy de estos dogmas, porque sólo ellos pueden conducir al ser humano al encuentro con el Verdadero Cristo, el que se encarnó de la Virgen, fue crucificado y resucitó.
Jesús Cristo no juzga a nadie —como Él mismo dijo (Jn 12,47)—, pero el mundo se juzga a sí mismo según su actitud frente a Él.
También nosotros, los ortodoxos, somos juzgados cuando no valoramos el tesoro inestimable de la Ortodoxia que se nos ha entregado y confiado. Clero y laós (pueblo) somos juzgados por cómo y cuánto creemos y vivimos ortodoxamente en Cristo.
Si no lo hacemos, la fe y la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada, espiritual, es decir la Jaris) se apartarán de nosotros y serán dadas «a un pueblo que produzca muchos frutos» (Mt 21,44)…
Jesús, el Cristo, es el verdadero Sacerdote, Rey y Profeta. Por medio de Él, el nuevo Adán, también nosotros, los cristianos, podemos recuperar los atributos profético, sacerdotal y real que habíamos perdido con la caída del primer Adán.
¡Cuán grandes y admirables son los dones del Señor Jesús!
Como profetas, podemos conocer los misterios de la Βασιλεία Vasilía increada de Dios, aquellos ocultos desde los siglos (cf. Col 1,26).
Como sacerdotes —y sacerdotisas en el sentido espiritual— podemos ofrecer en sacrificio de alabanza toda nuestra existencia y toda la creación al Creador.
Y como reyes —y reinas— podemos reinar, con la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de CristoDios, sobre nuestros pazos vicios irracionales, sobre nuestras pasiones y adicciones insensatas y animales, sometiéndolos al Espíritu de Cristo.
† Yérontas Georgios Kapsanis
Monasterio de San Gregorio, Santa Montaña del Athos
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/









1 comentario
Gianluca
2 diciembre, 2023, a las 10:06 pm (UTC 0) Enlace a este comentario
Muy bueno