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feb 11 2013

La parábola de los talentos

 

Domingo 16º  de Mt 25, 14-30

14 Porque la realeza (increada) de los cielos y (la segunda presencia del hijo del hombre) es como un gobernante rico que yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes, y cuando regresaría les pediría cuentas. 15 A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos. 16 Y el que había recibido cinco talentos fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco talentos.  17Asimismo el que había recibido dos, ganó también otros dos. 18 Pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor (significa que era incrédulo y desobediente).19 Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos. 20 Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre ellos. 21 Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. 22 Llegando también el que había recibido dos talentos, dijo: Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros dos talentos sobre ellos.23 Su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.24 Pero llegando también el que había recibido un talento, dijo: Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; 25 por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo. 26 Respondiendo su señor, le dijo: Siervo vil, malo y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí. 27 Por tanto, debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses. 28 Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos. 29 Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que se le han dado carismas dones y  los ha cultivado, aun los que tiene le serán quitados. 30 Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.

1. Los talentosos

La lectura evangélica de hoy nos presenta la parábola de los talentos o tálantos. Un hombre, rico y gobernador, se iría de viaje largo. Llamó a sus siervos y les entregó sus existencias, repartiéndolos distinta cantidad de tálantos a cada uno, para que los administraran el tiempo que él sería ausente. (Un tálanto correspondía en un peso concreto de oro, sería como seis mil euros de oro actuales).

Lo tálantos de esta parábola simbolizan los talentos, dones o carismas que da Dios a los hombres. El progreso en los estudios, en los conocimientos especiales y las habilidades técnicas, la vocación en alguna ciencia, en la música, en el arte o en algún oficio. Además existen muchos y variados carismas que esconde la personalidad de cada uno. Uno tiene el carisma de líder, otro de habilidad en el logos, uno es prudente, otro tiene capacidad organizativa, uno es entusiasta, otro es valiente.

Tal como ningún siervo de la parábola no se quedó sin tálanto, lo mismo ningún hombre se queda sin un regalo divino. Cada carisma nos lo da el santo Dios con el propósito de utilizarlo para nuestra sanación y salvación y beneficio del prójimo.

 

2. Justa e injusta distribución.

Está claro que el Dios no da en todos los hombres el mismo número y tipo de talentos (carismas o dones). Aquel como omnisciente conoce la fuerza y la capacidad de cada uno. Aquel también conoce nuestras necesidades y nos da a cada uno según su propia fuerza. En la parábola leemos que a un siervo dio cinco tálantos, al otro dos y al otro uno.

Distintos hombres y distintos carismas. Carismas que reparte el Dios según Su juicio infalible y sabiduría infinita y también según el aguante de cada uno, de modo que nadie se queje y se siente defectuoso y acomplejado. Además, con el fin que la sociedad sea un todo armónico, necesita de los carismas particulares de cada humano. ¡Imaginaos que el cuerpo fuera constituido sólo de ojos y manos!

Que no nos quejemos, pues, sobre supuesta distribución injusta de talentos y no envidiar a los demás que tienen carismas. Una actitud de envidia sólo desgracia puede provocar en nuestra vida. Al contrario, descubramos cada uno nuestros carismas y trabajemos para el desarrollo y realización de ellos, entonces nosotros también personalmente nos alegramos, y también al prójimo seremos benefactores.

 

3. Daremos cuentas

Tal como se refiere en la parábola, después de mucho tiempo regresó el gobernador rico y pidió de sus siervos que le den cuentas sobre cómo han valorizado y realizado los tálantos que se les había confiado.

Es muy importante y no debemos olvidarnos que alguna vez seremos llamados a dar cuentas, cómo hemos pasado el tiempo de nuestra vida. Muchos creen que sus vidas les pertenecen y no tienen que dar cuentas a nadie… ¡Qué gran error! ¡La vida no es nuestra! Es regalo de Dios, como también nuestra libertad es regalo Suyo. Son tálantos. Para estos admirables regalos divinos daremos cuentas. Vendrá el día del Juicio Final y entonces confesaremos la manera que hemos valorizado y desarrollado todos los carismas que nos ha dado la bondad de Dios.

 

4.  El castigo de la pereza

El gobernante rico de la parábola recompensó los siervos que trabajaron y multiplicaron sus tálantos. Pero castigó duramente al siervo que devolvió el tálanto que había recibido.

Este castigo duro impresiona. Este siervo no perdió el tálanto de su señor, ni lo derrochó. Se lo ha devuelto entero. Entonces no hizo algo malo, tampoco algo bueno y por eso es castigado.

Podía trabajar y no lo hizo. Por su negligencia y su pereza es digno de condena. Así que el Señor elogia y recompensa la buena voluntad, las ganas, el trabajo y la diligencia de los dos siervos, pero castiga la desgana, la pereza y la indiferencia del otro siervo.

΄Enseñémonos, pues, nosotros también de esta parábola didáctica y trabajemos con diligencia para cultivar los talentos (carismas, dones) que nos ha dado el Dios, de manera que tengamos la “buena confesión” al paso terrible de la Krisis-Juicio Universal. Así sea.

Ο ΣΩΤΗΡ El Salvador

   (†) Obispo Agustín, homilia, 5-2-1978

«Siervo mal astuto y vil!…» (Μt 25,26)

Han escuchado, queridos míos, el santo y divino evangelio de hoy. De esta bella parábola de los tálantos o talentos. (Un tálanto correspondía en un peso concreto de oro). En la bella parábola de los tálantos quiero que pongáis especial atención al final de ella. Dijo el Cristo: “El que tenga oídos para oír que escuche” (Mt 11,15 y 13.19,43). Este logos atraviesa los siglos llegando hasta nosotros y se dirige a cada uno de nosotros.

–Pero me diréis, gracias a Dios, tenemos oídos y escuchamos. ¿Qué sentido tiene esto para nosotros? Está claro que tenemos orejas, pero el Cristo aquí habla de algo mucho más profundo.

Venimos en la Divina Liturgia, pero ¿nos basta con esto? Cuando el sacerdote lee el Evangelio y el coro canta o psalmodea los troparios, si no tenemos allí nuestro nus (atención fina) y no estamos atentos en estas palabras, ¿cuál es nuestro beneficio? Tenemos orejas-oídos pero no se hace beneficio espiritual. Si al salir del templo no sabemos qué dijo el Apóstol, qué dijo el Evangelio y qué troparios se han escuchado, entonces estamos presentes físicamente, pero ausentes espiritualmente. Y puesto que el espíritu tiene valor infinitamente mayor que el cuerpo, entonces entendéis que importancia tiene el logos de Cristo: “El que tenga oídos para oír que escuche”.

Tenemos oídos para escuchar chismes, calumnias, injurias, contra hermanos, insultos obscenos, blasfemias y todo tipo de tonterías. Tenemos las orejas atentas durante horas en la televisión y en la radio, para escuchar todas aquellas tonterías, obscenas, insensateces y asquerosidades que transmiten. Tenemos oídos para el diablo y para el Dios no. En mil personas es raro encontrar a uno que tenga este oído místico que hoy dijo el Cristo. El Apóstol Pablo profetizó que vendrán años que los hombres cerrarán sus orejas, oídos a Dios y los abrirán para oír engaños y enseñanzas de los demonios. (Ver 1ªTim 4,1). Tenemos también del Altísimo este maravilloso talento del sentido de la vista, pero hacemos mal uso de ello. Pero los otros tantos y tantos regalos de Dios, no sólo no los desarrollamos, sino que los utilizamos para el pecado.

La vista, por ejemplo, nos la ha dado el Dios para ver el panorama maravilloso que se expande y nos rodea; ver el mar, los lagos, los árboles, las plantas, las flores, las estrellas, el sol, la luna… y decir “¿oh qué grandes y maravillosas son tus obras Señor, todas las has hecho con sabiduría!” (Sal 103,24). Y nosotros decir: “Te agradezco Señor porque me has dado los ojos”. Pero tal como hacemos mal uso del oído, peor aún hacemos con la vista, vemos todo lo más inmoral y asqueroso que existe. En vez de encerarnos en nuestra habitación para orar y estudiar el Evangelio o hablar cosas útiles con nuestros familiares, clavamos nuestros ojos en la caja del demonio, la televisión. (San Cosme de Etolia 1714 – 1779,  dijo que llegaría el momento que los hombres estarán comiendo en sus mesas con el demonio y sus cuernos los tendrá en las terrazas, refiriéndose a la televisión que las antenas están en las terrazas).

El Dios nos ha dado la lengua para entendernos, para hablar el hombre a la mujer, el padre al hijo, el maestro al alumno, etc. Nos ha dado la lengua para que el sacerdote enseñe a su rebaño y para orar a nuestro Padre celeste. Nos ha dado la lengua para decir la verdad y sólo esta. Y nosotros con nuestra lengua decimos mentiras, calumniamos, tergiversamos, vamos al juzgado y juramos y con la lengua encendemos el fuego que quema. Como decían los antiguos filósofos: “la lengua es un quebrantahuesos, no tiene huesos pero rompe huesos.” Al final llega al cenit del pecado cuando blasfema. Es preferible muchas veces que no tuviéramos la lengua, en vez de hacerse en órgano de blasfemia y corrupción.

Todo lo hemos infectado, todos los tálantos o talentos de Dios los destruimos. Los ojos, los oídos, la lengua y también el bien más precioso que nos ha dado el Dios, nuestro corazón y nus (espíritu humano). Nos los ha dado el Dios para amar y pensar lo que es bello, lindo y alto en el mundo y nosotros odiamos y no pensamos correctamente. Nos los ha dado para perdonar y nosotros guardamos la venganza en nuestro corazón.

¿Queréis que avance  en más donaciones de Dios?  He aquí, la riqueza, es un bien. Los ricos con sus dineros, ¡cuántas cosas buenas pueden hacer! Pero con su ambición, codicia, avaricia y despilfarro hacen solamente cosas malas.

La ciencia, los técnicos cuántos secretos guardan y no los transmiten a los demás. Los maestros, por su situación, pueden enseñar a Dios y sembrar en los corazones de los jóvenes la fe, pero ellos con sus palabras y comportamientos enseñan ateísmo, despilfarro y corrupción. Los científicos tienen tálanto o talento, pero en este momento que os estoy hablando millares de científicos Americanos, Rusos, Alemanes, Ingleses… utilizan los secretos de la ciencia no para el bien de la humanidad sino para su desastre. Incluso para el sacerdocio. El sacerdote del Altísimo debe ser “La luz y la sal de la tierra” (Mt 5.14,13). Debe ser tal como lo describe el Apóstol Pablo en sus Epístolas, pero él a menudo se convierte en escándalo…

Así que todos, pequeños y grandes, hacemos mal uso, abusamos de las preciosas donaciones de Dios, materiales y espirituales y nos asemejamos al vil y mal astuto siervo de la parábola de hoy. Su señor le ha dado un tálanto (casí seis mil dracmas o euros de oro), importe importante para trabajar y multiplicarlo. Pero él abrió un pozo y lo enterró. Por eso cuando su señor le pidió cuentas, le condenó por esta acción suya. Tenía la obligación de trabajar y aumentar el tálanto, tal como hicieron los otros dos; el primero tomó cinco y los hizo diez; el segundo tomó dos y los hizo cuatro; pero él tomó uno, lo enterró y así lo inutilizó. No contribuyó en nada para el servicio y ayuda de sus prójimos.

La parábola nos enseña, hermanos míos, que tenemos unas obligaciones sagradas y debemos cumplirlas. No será castigado sólo aquel que hace el mal, sino también aquel que no hace el bien. Muchos hombres dicen: yo no he matado, no he robado, no he cometido adulterio, no me he prostituido, no he llevado a nadie al juzgado y extender mi mano al Evangelio para jurar, no he faltado el honor a nadie, no he calumniado a nadie… Sí pero aunque no hemos cometido estos pecados, no podemos tomar un certificado de santidad, ni comprar un billete para el paraíso. No sólo serán castigados los que antes dije, sino también aquellos que pueden hacer el bien y no lo han hecho.

Dios mío, perdónanos; ¡cuántos bienes podíamos hacer en este mundo y no los hemos hecho! ¡Cuántos tálantos tenemos escondidos y no los hemos desarrollado! Maestros, alumnos, científicos, todos, pequeños y grandes, tenemos carismas materiales y espirituales, y por estos el Dios nos pedirá cuentas. Nos pedirá el capital con interés.

Hermanos míos, cada uno que haga su balance y vea qué bien ha hecho, como hijo en su casa, como padre, como madre, como trabajador, como pedagogo, como científico, como oficial, como clérigo… ¡Ay y tres veces hay, fuego, infierno, perdición y catástrofe nos espera!  ¡Oh santo Evangelio, tus logos son eternos! Procuremos aplicarlos y cumplirlos.

¡Queridos míos! Que midamos el valor del hombre no con la apraxia (no acción) de la maldad, sino con la bondad activa. El Evangelio nos quiere activos todos los días y horas de nuestra vida hasta el último suspiro. Si vivimos así, cuando venga el terrible día de la Krisis-Juicio Universal, no escucharemos “Mal astuto y vil siervo” (Mt 25,26), sino “¡Muy bien, siervo bueno y fiel!…entra en el gozo y alegría de tu Señor” (Mt 25,21). Para aquel que ha luchado para los bienes del mundo sólo elogios escuchará del Señor.

Deseo de todo corazón que nos convirtamos todos en dignos del gozo y la alegría del paraíso en Jesús Cristo. Amín.

(†) Obispo Agustín, homilia grabada 5-2-1978, Iglesia san Pantaleimón, Flórina Grecia.

 

Traducido por: xX.jJ

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