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dic 29 2012

Lectura del evangelio – Parábola de la Gran Cena

 

Domingo 11º Luca 14 16-24

14. Y serás bien aventurado; porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos.  15. Oyendo esto, uno de los que estaban sentados con él en la mesa le dijo: Bienaventurado el que participe de la comida en la realeza increada de Dios.  16 .Entonces Jesús le dijo la siguiente parábola: Un hombre hizo una gran cena, y convidó a muchos.  17 .Y a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los convidados: venid, que ya todo está preparado.  18 .Y todos a una comenzaron a excusarse; el primero dijo: he comprado un terreno y necesito ir a verlo; te ruego que me excuses. 19. El segundo dijo: he comprado cinco pares de bueyes y voy a probarlos; te ruego que me excuses. 20 .Y otro dijo: acabo de casarme y por tanto no puedo ir. 21 Vuelto el siervo  hizo saber estas cosas a su señor. Entonces el amo enojado dijo a su siervo: ve pronto por las plazas y las calles de la ciudad y trae a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos.  22 Y dijo el siervo: Señor, se ha hecho como mandaste y aún hay sitio.  23 Dijo el señor al siervo: ve por los caminos y por los vallados,  fuérzalos a entrar para que se llene mi casa. 24 Porque os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron convidados gustará mi cena. 

(Los convidados, principalmente los jefes espirituales de Israel y los demás hebreos obcecados en sus intereses materiales y sus vanaglorias negaron la invitación de Cristo y por sí mismos fueron rechazados de la realeza increada de los cielos. En cambio, los publicanos, los pecadores,  los despreciados por los intelectuales y los fariseos, aceptaron con humildad y agradecimiento la invitación, y así se convirtieron en miembros gloriosos de la Realeza increada de los cielos)

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1ª Homilía:

Entre la elección de la Realeza increada de Dios o el disfrute de los bienes mundanos.

«Un hombre hizo una gran cena, … y todos a una comenzaron a excusarse».

La parábola de la llamada “gran cena” queridos hermanos míos, refleja con pureza y vivacidad dos cosas: la primera, es la bondad de Dios, quien preparó en su Realeza increada los bienes eternos y llamó a los hombres a participar en ella. La segunda, es el rechazo de la invitación a las efímeras hidonés (hedonismo, placeres mundanos).

Echemos un vistazo a estas dos cuestiones minuciosamente:

1. Ἡ ἀγαθότητα τοῦ Θεοῦ: La bondad de Dios

El Señor nos habló en parábola sobre el Dios y sus bienes eternos. Presenta a Dios como un hombre, quien preparó una gran cena.

«Y en esto mandó a su siervo llamar a muchos diciéndoles: “venid que todo está preparado”».

Aquí se ve claramente la bondad de Dios, quien preparó su realeza increada para darla en herencia a los hombres, a todos los hombres. Creó a todos los hombres noéticos y libres para que puedan percibir sus intereses y le escogieran libremente y sin fuerza. Esto fue mostrado a los hombres de muchas maneras, cuál  interés propio de ellos, y en este caso, la herencia de su realeza increada. He aquí los medios que utilizó el Dios: el logos correcto, es decir, la lógica del hombre, la ley escrita de la Santa Escritura, el logos de los Profetas, la sarcosis (encarnación) de su Hijo, el kerigma (discurso u, homilía de los Apóstoles y los Santos Padres), y  vida de la Iglesia.

Con todo esto, el Dios quiere iluminarnos de modo que heredemos los bienes de su Realeza increada. Y mientras que la invitación de Dios es universal porque están llamados todos y nadie está exento, a pesar de esto, ninguno las aceptan y no se corrigen ni moralizan hacia ellas.

2. Ἡ ἀπόρριψη τῆς προσκλήσεως: El rechazo de la invitación.

En la parábola que hemos escuchado, cuando la cena por el siervo fue anunciada y preparada, los invitados empezaron a renunciar con excusas injustificables. Lo mismo le ocurre también a la mayoría de la gente que desprecia el regalo de Dios a favor de los gozos efímeros y placeres mundanos. Renuncian de la dedicación y concentración a Dios, creyendo que son más interesantes para ellos el campo, las fincas, el fútbol, las mujeres, la adquisición de posesiones materiales los placeres de la vida presente antes que la adquisición de los eternos bienes esperanzados.

Piensan: ahora tenemos en nuestras manos bienes que nos ofrecen gozos y placeres, bienes tangibles y palpables. Los disfrutamos aquí y ahora. ¿Quién sabe si existen mejores? ¿Por qué vamos a abandonar las cosas que tenemos y tener esperanza en otras dudosas? ¿Por qué vamos a abandonar las cosas terrenales, estas que nuestros sentidos físicos saborean, huelen, ven, escuchan y tocan? ¿Qué necesidad tenemos para abandonar todas estas y sacrificarlas?

Desconfían y dudan. Pero los placeres y gozos espirituales  son los únicos ciertos y existentes. En cambio los presentes son inciertos  e inexistentes. Por eso el hombre es insaciable, no se siente nunca feliz por mucho que disfrute de todo esto. Aquellos placeres, los de la vida eterna son los que hacen al hombre realmente feliz, porque realmente son la vida.

 3. El criterio de Dios

Finalmente, ¿quiénes saborearán los bienes de la realeza increada de Dios? pues los que  estén impedidos de estos placeres presentes y delicias efímeras. Aún también  aquellos que no despreciaran la invitación de Dios para la herencia de los bienes eternos, los que estén con buena disposición de abandonar la finca, el campo, los bueyes, las bodas y la mujer, es decir, los falsos placeres (el hedonismo) y por último, los que sacrifican con su voluntad a todo disfrute mundano, honor, alabanza y bienes. Por este sacrificio voluntario serán recompensados por el Dios con la herencia y el disfrute de los bienes eternos.

Al contrario, los que han rechazado la divina llamada por la preferencia de las cosas terrenales, están totalmente excluida la entrada a la sanación, salvación y disfrute de los bienes eternos. No tienen ningún derecho a participar a los bienes futuros, porque no creyeron en estos, ni los amaron, tampoco los apreciaron; sino que los despreciaron, prefiriendo en vez de estos, los bienes vanos, falsos y efímeros, y como tontos los consideraron como bienes constantes, eternos y verdaderos. La privación de los bienes eternos es el eterno tormento para la psique que tiene la privación y el eterno sufrimiento, angustia y dolor y el infierno.

Los bienes terrenales te hacen feliz y gozoso provisionalmente. Después de la muerte ningún disfrute pueden ofrecer porque los sentidos físicos son eliminados. Pero la psique que estará viviendo y estará privada de los sentidos espirituales, estará anhelando los bienes espirituales pero no podrá participar y disfrutar de estos. ¿Entonces quién podrá saturar este vacío?

Solamente el Cristo. Pero a él le hemos despreciado. ¡He aquí la desgracia! De esta desgracia vino el Cristo para liberarnos y redimirnos.

Ἀδελφοί μου: Hermanos míos,

El mundo de los placeres terrenales y las delicias efímeras busca de cualquier manera a mantenernos alejados, prisioneros y privados de los bienes eternos. El Cristo ha venido a liberarnos y regalarnos la herencia de los bienes eternos.

No dudemos de despreciar los bienes presentes a favor de los bienes eternos.

El Cristo es la vida del presente y del futuro siglo.  

Evangelio Juan 1,

4  En Él existía y está la vida y la vida era y es la luz de los hombres.

4. Dentro de sí tenía la vida, y como fuente de la vida creó y mantiene toda vida. Para los hombres lógicos es también la luz ética y espiritual que ilumina sus nus, es decir, el espíritu de sus corazones, y sus mentes conduciéndoles a la verdad.

15 para que todo aquel que cree en él, gane y tenga la vida eterna; (y no se condene en la perdición eterna.)

Juan  3, 36 El que cree en el Hijo tiene la vida eterna. Pero el que rehúsa creer en el Hijo y no obedece los logos de sus enseñanzas, no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él.

36. El que cree en el Hijo tiene asegurada la vida eterna. Aquel que no cree en el Hijo y no obedece los logos de sus enseñanzas, no sólo no contemplará, ni heredará la vida bienaventurada y feliz, sino que la ira de Dios permanecerá continuamente sobre él.

Juan 6 48 Yo Soy el pan de la vida.

48.Yo soy el pan que transmite la vida real. Tal como el pan material refuerza y propaga la vida somática, lo mismo también yo con mi enseñanza y mi cuerpo vivifico y alimento vuestras psiques.

Juan 14, 6 Jesús le dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie puede venir al Padre sino es por mí».

Archimandrita Kalínikos Nilolau, Santo Monasterio de Kesarianí, Atenas.

2ª Homilía:

«Preparó una gran cena y llamó muchos»

Es una cena diferente, y se compara con la Realeza increada de los Cielos, donde la agapi (amor y energía increada) de Dios invita al hombre. En honor a la invitación dirigida a los hombres, para participar en esta cena especial, los invitados con forma engañosa y de apariencia pretenden invocar las preocupaciones de la vida cotidiana de negarse a asistir. El terreno o finca, la compra de los bueyes y el casamiento de bendición de Dios se convirtieron en pretextos de la vida cotidiana para que el hombre rechace la grandeza que le ha dado la divina agapi.

Las excusas

Justificadamente, el anfitrión apenas escucha las excusas baratas, se enfurece. Esto ocurre porque el honor que el Dios hace al hombre, el llamarlo en comunión junto a él, consiste en una grandeza irrepetible, que no cabe ninguna excusa. Sobre todo, excusas tan baratas que alegan los invitados de la parábola. Pero excusas similares se plantean también hoy en día para que algunos nieguen participar a la comunión de agapi que abre ante ellos nuestra madre Iglesia. Excusas por ocupaciones que dejan al hombre atrapado y encarcelado a los bienes materiales, que hoy por costumbre se anteponen para dejarnos lejos de la Cena Efjarística, del Pan de la Vida, del Maná Celeste, que nos alimenta espiritualmente y nos incorpora al espacio de la vida divina. Los ritmos cotidianos asfixiantes que rodean hoy al hombre, desgraciadamente le han convertido en un robot dirigido. No le permiten tener personalidad ni identidad. El trabajo en vez de bendición se ha convertido en esclavitud, permaneciendo también desnudado del significado profundo y su contenido. Y no sólo eso. Dejamos que funcione como una excusa para rechazar de nuestra vida el esplendor de los divinos regalos y bendiciones que abre ante nosotros la agapi increada de Dios.

Todas las excusas y pretextos, las fábricas, las máquinas, los coches, nuestras actividades profesionales y muchas otras cosas, se convierten de bendición en maldición cuando permitimos que se intercedan en nuestra lucha espiritual y en la posibilidad de venir en comunión con el Dios. Esto, hoy lo vivimos como una pesadilla dentro de los impases que provoca la crisis económica la cual en el fondo es una crisis espiritual y de personas (con personalidad).

El dominio de la agapi

A pesar de los obstáculos y otras quejas la cena no se pospone. La maldad humana se tritura ante la grandeza de la ilimitada increada agapi divina. El plan de Dios para la sanación y salvación del hombre no se puede cancelar por mucho que el mal permanezca y crezca en la vida cotidiana. Es característico que el anfitrión pide a su siervo que invite a la cena aquellos que los fariseos dejaban fuera de esto y los excluían como indignos de la agapi de Dios. Exactamente, la segunda misión del siervo fuera de la ciudad, simboliza la llamada de Dios hacia los nacionales y el mundo idólatra, a abrazar el mensaje evangélico. De tal desarrollo está emergiendo también la ecumenicidad=universalidad de la Iglesia, como fuerza y vida que abraza al mundo entero.

Αγαπητοί αδελφοί, Queridos hermanos

La mesa de la divina agapi está siempre abierta. El Dios en cada lugar y época manda sus obreros del Evangelio para llamar a todos participar en esto. La Cena Efjaristíaca, la Divina Comunión o Efjaristía, alimenta espiritualmente y le deja irradiando de una manera de existencia crística. La participación en esto no sólo no puede ser impedido de diversas preocupaciones de la vida cotidiana, sino que da un significado y contenido profundo en ellas. El ejemplo de los santos con particular referencia a san Modesto de Jerusalén, que en la memoria de él festeja hoy nuestra Iglesia, es el testimonio más poderoso. Los santos de nuestra Iglesia, sus vidas enteras, las contraofertaron efjarísticamente a Dios y por eso se hicieron dignos de la felicidad celeste. Sigamos, pues, nosotros también el ejemplo de ellos e imitémoslos en nuestras vidas.

Jristakis Efstaciu, Teólogo- Iglesia de Chipre.

 

Ἡ θεία κλῆσις La llamada divina

«Ἔρχεσθε, ὅτι ἤδη ἕτοιμά ἐστι πάντa… venid que todo está preparado» (Lucas 14,17)

¿Han escuchado, queridos míos, la parábola de la cena? dice el Señor: “Un hombre preparó una gran cena”. ¿Podéis imaginar sus preocupaciones para esto? Local, mesas, comidas, bebidas, música…

…De la boca de los tres se oyen las mismas palabras: “te ruego que me excuses” (Lc 14.18-19). Con la negación de ellos, el siervo está mandado a llamar a todo el mundo. Viene a las plazas y a las calles gritando: “Venid que está todo listo, mi señor os invita”.

He aquí, vienen de todas partes. ¿Los ven? pobres, lisiados, ciegos,  cojos… es que la puerta no se cierra nunca, aún hay espacio en la sala y la invitación sigue mediante los siglos y llega hasta nuestros días.

El que preparó “la cena grande”, queridos míos, es el Dios. Él no quiere que el hombre viva alejado de la alegría (ella la simboliza la cena). El Dios no quiere que su creatura viva y muera dentro en la oscuridad, no. “Es el Padre de todas las misericordias y de todo consuelo” ( 2ªCor 1,3). David psalmodea: “Es misericordioso y caritativo el Señor…” (Sal 102,8). Los cielos arden de agapi (amor, energía increada).

La Santa Trinidad desea nuestra sanación y salvación, prepara sus planes sabios, moviliza ángeles y hombres y nos llama a regresar de la oscuridad a la luz increada; de la esclavitud del satanás “a la libertad de la Doxa=gloria increada de los hijos de Dios” (Rom 8,21). ¡Llamada altísima!

El Dios nos llama, ¿y cómo nos llama? los medios de la llamada a la sanación y salvación y la felicidad son infinitos y variados. Estudiando la vida de los santos uno queda sorprendido. Recordemos la llamada del Apóstol Pablo. ¿Qué era el Pablo? es conocido que era perseguidor implacable de los Cristianos. Estaba presente en el apedreamiento del protomártir Esteban. Escuchaba el nombre de Cristo y templaba de odio. Perseguía a los cristianos en cualquier lugar. Saltaba en los patios y las casas, captaba mujeres y hombres, y atados los llevaba en las cárceles. Día y noche se esforzaba por destruir la Iglesia y no sólo en Jerusalén sino en otras partes lejanas también. Estaba sediento de sangre cristiana. Los sumos sacerdotes que crucificaron a Cristo, bendiciendo sus barbas estarían gozando, diciendo: Si tuviésemos diez más como Pablo…Pero la alegría de ellos no duraría mucho, el Pablo no murió como perseguidor de Cristo. El plan de Dios para él era inconcebible, un día mientras iba a Damasco para destruir el rebaño de Cristo: “Pero aconteció que yendo yo con compañía, al llegar cerca de Damasco, como a mediodía, de repente me rodeó mucha luz del cielo; y caí al suelo, y oí una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? yo entonces respondí: ¿Quién eres, Señor? y me dijo: Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues “Hec 22,7-9).

¡Qué escena más dramática! Querido mío, si tienes el Nuevo Testamento, ábrelo esta noche y lee tú solo los capítulos 9, 22 y 26 de los Hechos de los Apóstoles.

La llamada de Pablo al Cristianismo, está claro que es algo excepcional, es llamada directa e inmediata. Sobre todo divulga que el Dios llama al hombre de los caminos oscuros y los lugares del crimen. Esta hora de Pablo fue la más importante de su vida. Fue grabada en su interior, por eso al principio de sus epístolas escribe: ” Pablo, apóstol, por la llamada de Jesús Cristo…” (1ªCor 1,1, Rom 1,1).

Llamado Pablo, pero llamados estamos nosotros también (Ver: Rom 1, 6-7 y 8,28. 1ªCor 1,2,24. Judas1. Apoc 17,14.). Tenemos una llamada individual, ¿nosotros? me diréis: nosotros no hemos visto ninguna luz, ni hemos escuchado voz como él. Además, nosotros somos pequeños e insignificantes y no vamos a jugar un papel en la historia, otro Pablo no nace. A pesar de esto el Señor nos llama. Nos llama para algo grandioso, a la misión, la sanación y salvación del mundo. Si, mediante los que quieren convertirse en servidores y testificantes de Cristo, estará sanándose y salvado el mundo. Dentro del plan de Dios está aquel que ha vivido al pecado y después conoció la verdad y la luz, entonces tiene obligación de convertirse en instrumento, de modo que mediante a él sean llamados también otros, para disfrutar de aquello que él ha visto y saboreado cerca de Cristo. Y ¡ay! de él si no ha realizado esta obligación sagrada.

–¿Pero yo, dirá alguno, no estoy seguro aún si me ha llamado el Cristo y tú me dices que llame a otros?… ¿Hermano, qué dices, no estás seguro?

Ángel que vigilas esta psique, por favor, dile cuántas veces hasta hoy has traído la invitación del Señor “Venid hacia mi todos los cargados y cansados psicológica y espiritualmente y yo os daré descanso a vuestras psiques” (Mt 11,28). Y el ángel escucha lo que te contesta:

Desde los primeros días de tu vida empezaron las invitaciones, has nacido en familia cristiana. Desde niño cuando tus ojos empezaron a discernir, han visto por encima de tu cuna el icono del Crucificado. Has sido bautizado en santa pila e iluminado. Te han colgado una cruz. El nombre de Cristo fue lo primero que aprendiste. Has visto a tus padres orando. Has conocido personas como ejemplos de virtud.

Cada Domingo escuchabas la campana de la Iglesia diciéndote: “Hijo mío, te llamo a la gran cena, en simposium, no de la panza o estómago, sino del corazón, a comulgar el cuerpo y sangre de Cristo”. Escuchabas la llamada y venías al templo. Cada vez escuchabas: “Con temor a Dios, fe y agapi venid”. Cuántas veces el predicador no ha llamado a todos en metania (arrepentimiento, confesión, y conversión). ¿No eran estos kerigmas invitaciones? Y más allá de todo esto, los grandes y terribles acontecimientos que tuvieron lugar en tu ciudad, en tu familia, en tu patria y en la humanidad, ¿todo esto no eran invitaciones emergentes? Y aquellos milagros que has visto y los peligros que te has salvado, ¿no eran trompetas que te llamaban al regreso? En este momento que escuchas este kerigma, ¿no es una invitación más? ¡Cuántas invitaciones!

No solamente una vez, sino dos y muchas veces los enviados de Dios han tocado nuestras puertas y nos llamaron; venid es la hora, ¿por qué lo aplazaron? ¿si os llamara un rey terrenal en su palacio, no dejarías todas las ocupaciones? ¿ahora que os llama el Rey de los reyes, os excusaréis diciendo “no puedo, tengo trabajo” o cualquier otra excusa?

¡Hermanos! El Señor llama no sólo a los individuos “de las plazas y las calles del mundo” (Lc 14,21), sino también familias, ciudades y naciones enteras. Unas naciones aceptan la honorable invitación y otras no. Las naciones y pueblos que no aceptan a los enviados de Dios, se destruyen y así los enviados están obligados a “sacudir hasta el polvo de sus calzados”, (ver Mt 10,14 – Lc 9,5 y Hechos 13,51) y marcharse lejos. Esto lo testifica la historia. Nuestra nación, (la helénica), tuvo el honor de ser de las primeras en ser  llamadas a coparticipar del grandioso y eterno plan de Dios. Escogidos, enviados del Señor, como Pablo, Andrés, Bernabé, Tito, Timoteo, vinieron y llamaron a nuestros antepasados: “Helenos, venid a la luz sin crepúsculo”. Y ellos aceptaron la invitación y dejaron los ídolos.

Helas (Grecia) expulsó la basura de la idolatría y se vistió la prenda de Cristo. Y después corrió a llevar la invitación del Evangelio a pueblos y naciones tanto cerca de aquí como lejos. El pueblo heleno se hizo servidor y testigo de Cristo hasta los confines de la tierra. ¿Quién lo puede negar esto? Todo esto no lo decimos con espíritu de nacionalismo, que es ajeno del Evangelio. Esto decimos para recordar el deber y la responsabilidad que tenemos ante el Cristo, quien llamó a nuestra nación a convertirse “en instrumento de elección” (Hechos 9,15). Tengo la sensación de que veo a Pablo, el apóstol de naciones, que tanto amó a nuestra tierra, que esté por una vez más sobre tierra helena clamando como trueno: ¡Helenos! “os ruego y os pido que caminéis de una manera digna de la llamada que habéis recibido. Yo, pues, que soy preso por la causa del Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos. Pero a cada uno de nosotros fue dada la jaris (gracia, energía increada) conforme a la medida del don de Cristo. (Efesios 4,1-8).

Obispo Agustín, homilía en la radio año 1949

  Y todos a una comenzaron a excusarse…  

…Con motivo de esta negación de los invitados, vamos a ver también nosotros el valor de la Gran Cena y la preparación análoga que hace falta para participar en esto.

La Gran Cena, hermanos míos, es el nacimiento en sarx (cuerpo y carne) y la presencia del Hijo de Dios, nuestro Señor Jesús Cristo en medio de los hombres. Es aun la fe, la Verdad, nuestra santísima religión que ha entregado el Señor a los hombres. Finalmente es la Gran Cena del Misterio de la Divina Efjaristía, que prepara la agapi de Dios para el gozo de los hombres. Es Cena, porque se llaman a todos los hombres a cenar, comer y beber. ¿Pero qué van a comer y beber? el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor y Dios. Y está calificada como Gran Cena porque el Mega Santísimo e Infinito Dios es el que ofrece la Cena. Y como las que se dan no son pequeñas ni insignificantes, sino sublimes, grandiosas y de valor insuperable, se califica como Gran Cena.  Y realmente cuando venimos a comulgar, no se nos está ofreciendo un simple pan y vino, sino este mismo Cuerpo y Sangre del Hijo del Dios encarnado, crucificado y resucitado para nosotros y elevado a los cielos. Y comulgamos el Cuerpo y Sangre de Cristo para sanación,  remisión y perdón de nuestros pecados y la vida eterna (la verdadera psicoterapia).

En esta Cena el Dios llama a todos los hombres en una comunión de agapi (amor, energía increada) y felicidad eterna. No nos llama en un simposio material, sino en una fiesta espiritual, en una cena sobrenatural de Su Realeza Celeste. Porque quiere que todos los hombres se sanen y salven y conozcan en profundidad la Verdad (1ªTim 2,4).  Aún nos invita con lo “venid porque todo está preparado” (Lc 14,17). El Señor toca la puerta de nuestra psique, para abrirle y venir dentro nuestro, para metamorfosear=transformar nuestra vida, de modo que nos constituye en dignos de Su Cena. Desgraciadamente, mientras todos estamos invitados a esta Cena Celeste, la mayoría no correspondemos a esta sublime llamada de Dios. Igual que las tres categorías de invitados en la Parábola, negamos también nosotros la invitación, excusándonos que tenemos otras preocupaciones de vida y obligaciones familiares. Es obvio que los que dimiten participar  en la Cena de la Realeza de Dios, no lo hacen por una disposición rebelde, sino por una valoración equivocada. Consideramos como en la Parábola, la finca o el campo, los bueis y la boda, más importantes que la Cena. La Cena es de Dios y de valor incalculable, por eso analógicamente de la Cena que se da, también debe haber preparación. No creamos que para comulgar sólo hace falta la preparación corporal. Es decir, la limpieza del cuerpo y la ropa buena y limpia. Lo que se necesita en primer lugar y más importante es la preparación espiritual de nuestra psique. Hará falta mucha oración, concienciación, sentimiento profundo y contrición, quebrantamiento real, perfecta metania y verdadera confesión; reconciliación fraternal; moderación, contención correcta y agradecimiento caluroso hacia Dios. Y por último, la ayuda y la asistencia posibles a nuestros hermanos pobres y padecientes. No debemos acudir a la Cena, es decir a la Divina Comunión o Efjaristía con labios profanos, con manos injustas, con ojos llenos de malicia, con psique y vida sucia, culpable y pecadora. Deberíamos llegar con devoción, con temor, fe y agapi, tal como exactamente la Iglesia nos llama medio la voz de su servidor. Como cristianos correctos debemos hacer una gran preparación.

Y después de todo esto ocuparnos de modo que en nuestros corazones y en nuestras elecciones por encima de todo esté la Realeza increada de Dios. Deberemos amar a Dios y su Ley sacrificando todo por Él. No debemos perder las ocasiones reales de esta vida, para no perder también la Cena Celeste de Su Realeza increada. Allí serán satisfechos absolutamente nuestros pesados anhelos para vida, para paz, para alegría y para inimaginable doxa=gloria, puesto que todos los salvados se habrán convertido semejantes con el bendito Salvador Cristo, el único Bienaventurado y Multiglorificado.

¡Hermanos míos! El Señor nos invita a todos a la Gran Cena, a la Celeste Gran Cena de Su Realeza increada, pero también a la Gran Cena terrenal de la Divina Efjaristía. Se acerca Navidad, cuidémonos, pues, en prepararnos para participar a la Cena del Señor, durante esta gran fiesta. No descuidar, sino en su debido tiempo correr a los guías espirituales confesores para confesar con sinceridad nuestros pecados, ayunar, orar y con corazón limpio acercarnos a la cena Divina de la Navidad. Ahora en la cena terrenal y entonces en la Celeste, cuando Aquel nos llame para siempre a Su lado.

Abad del Monasterio de Jrisoroiatisas, Dionisios-Metrópolis de Pafos Chipre.

Traducido por: xX.jJ

 

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