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jul 31 2013

Domingo (IV) de Mateo – La terapia del siervo del centurión (II)

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“En ninguna parte de Israel he encontrado una fe tan grande”

Al conocido suceso de la terapia del esclavo del centurión  nos remite hoy la lectura evangélica del 4º Domingo de Mateo, sobre el cual el Señor “impresionado” por la fe del centurión , es decir, de un idólatra esencialmente, le elogia por esta fe y corresponde a su petición: “Ve, y como creíste, te sea hecho” (Mt 8,13). Este acercamiento por la fe del centurión romano funciona también aquí arquetípicamente, podríamos decir.

1. Se ha recalcado que el Señor dos veces elogió la fe de los hombres en Él como manifestación de Dios: en el caso de la mujer Cananea que rogaba al Señor que curara su hija endemoniada y en el caso de la lectura evangélica de hoy, es decir, en los casos considerados los dos idólatras. Mientras que normalmente esta fe debería existir en los “hijos de la realeza”, en los Israelitas, porque la fe es característica del pueblo que fue elegido por Él para la sanación y salvación del mundo, pero esto no sucede. Todo lo contrario. Lamentablemente la costumbre de este pueblo era la incredulidad y el endurecimiento del corazón, situaciones que ya desde el Antiguo Testamento constantemente eran recriminadas por los enviados de Dios, los profetas. Y esto significa que la fe es una flor que no crece allí, se podría decir, donde legalmente está su territorio, es decir, en el contexto de un determinado pueblo, pero allí donde hay corazón con buena disposición y búsqueda de la verdad, por lo tanto en cualquier lugar del mundo y a cualquier hombre.

2. La gran fe del centurión elogiado por el Señor, y por supuesto la análoga de la Cananea, no se agota en simple aceptación del Señor, como un maestro y guía. Aún Su aceptación como hijo de Dios a un nivel racional, intelectual e ideológico está rechazada por Él. Porque  “hasta los demonios creen y tiemblan” dice el Apóstol Santiago; como también “no todo el que me dice Señor, Señor, entrará en la Realeza (increada) de los cielos, sino el que cumple con la voluntad de mi Padre celeste”, dice el Señor. Aquello que es aceptado como fe es esto que activa la vida del hombre. En otras palabras, lo que hace al hombre marchar de su tranquilidad y comodidad de los pazos y se dirige con confianza a Dios, por lo tanto, cambiando de mentalidad y modo de vivir. Esta fe, que es calificada como grande, “conmociona” a Cristo y le hace corresponder con diligencia y rapidez: “Yo vendré a sanarlo”. Y si finalmente no fue el Mismo, pero Su respuesta condujo al mismo resultado: “como creíste, te sea hecho”. Así la gran fe es aquella que se hace energía terapéutica para el hombre y sus familiares.

3. ¿Cuáles son las características de la gran fe, tal y como estas se ven en el caso anterior?

 (a) la absoluta confianza a Cristo y Sus logos, es decir, Aquel es a Quien se manifiesta el Dios y a Aquel existe la potencia de Dios. Por lo tanto, la gran fe trasciende cualquier duda y la desconfianza que le convierten débil y por consiguiente incapaz de aceptar la existencia de Dios. La gran fe es esta que nos orienta continuamente también nuestra Iglesia, con la exhortación “a nosotros mismos y entre nosotros y toda nuestra vida entreguémosla a Cristo Dios”. El mismo Señor en los casos de dudoso acercamiento a Su persona, como por ejemplo con lo que dijo el jefe de la sinagoga: “si puedes hacer algo, ayúdanos”, exhortaba a la superación y a la confianza en Aquel, si quería uno ver sensiblemente la energía increada de Su Jaris: “si puedes creer, todo es posible para el creyente”.

(2) la humildad como percepción y sentimiento de nuestra pequeñez e insuficiencia humana. Realmente emociona el caso de este romano, que estando fuera de la jaris increada de Dios, aunque uno podía decir que “el espíritu por donde quiere sopla”, manifiesta una humildad que sólo en los santos la encontramos. “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di el logos, y mi criado se sanará”. Y sabemos que la fe en Dios sin humildad realmente no existe. ¿Dónde va a parar el Dios, si el yo humano el corazón lo ha llenado de egoísmo y lo hace buscar sólo la doxa, gloria y alabanza mundana? El mismo Señor nos ha apocaliptado= revelado que “no podéis creer, si buscáis a recibir la doxa gloria y alabanza entre vosotros y no buscáis la doxa increada del único Dios”.

(c) el interés por el prójimo, en este caso para un esclavo. El Señor –no blasfemamos si Le interpretamos un poco- debe haber emocionado mucho por la agonía del oficial del ejército romano, porque se recordaba en un grado Su propia acción de sanación y salvación para el hombre: “Este Dios, que se hizo pobre, para que nosotros nos hagamos ricos”. El mismo Hijo de Dios “declina los cielos” y baja hacia al hombre “inferior”. Obviamente, esta agapi (amor) del centurión hacia su esclavo “doblega” la infinita agapi (amor increado) de nuestro Cristo Dios.

Confianza a Cristo, humildad e interés para los demás. Son las características principales de la gran fe, que opera la energía increada sanadora, salvadora y terapéutica de Cristo Dios. Quizás también en nuestra época difícil y terriblemente castigada, con síntomas de parálisis espiritual y ética, la solución no vendrá de convenios y programas de los nuestros “despiadados” amigos Europeos, sino de nuestro deseo, intento y esfuerzo de lograr la gran fe que elogia y admira el Cristo. La historia de nuestra Iglesia por lo menos esto lo demuestra. Cuando muchos santos lo aseguran y certifican que el mundo aún está en pie, porque ellos viven y oran según Dios, ¿entonces porque tenemos que creer que existe una otra solución satisfactoria? ¿Qué hombre normal “fisiológico” con un poco de conocimiento de la historia y pequeña fe en Dios, puede tener confianza en programas y planes humanos? Quizás no es válido siempre este dicho: “allí donde los hombres solos planifican y programan, el Dios se ríe”.

Padre Jorge Dorbarakis

Traductor: xX.jJ
 

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