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jul 27 2013

Domingo (II) de Mateo – La llamada de los discípulos II

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Ellos entonces, dejando las redes al instante, le siguieron.

La lectura evangélica del B´ Domingo de san Mateo, nos traslada en el período de la llamada de los primeros discípulos por nuestro Señor. El Señor pasando por las orillas del lago de Galilea, llama a Andrés y su hermano Simón Pedro, y un poco más tarde a Jacobo (Santiago) y su hermano Juan, todos eran pescadores y los invita a que sean pescadores de hombres. “Y aquellos inmediatamente dejaron las redes y Le siguieron”.

Andrés y Simón, Jacobo y Juan, siguieron a Cristo, no porque ellos Le escogieron, tal vez dentro de unos marcos de una búsqueda metafísica de ellos, de modo que pudieran jactarse de sus propias iniciativas, sino el mismo Señor los ha escogido y los llamó, igual que en otro caso los dijo: “no sois vosotros los que habéis escogido a mí, sino yo a vosotros”. Esto significa que nadie por sí mismo sigue a Cristo, es decir, si no se convierte y hace cristiano y no acepta entrar bajo el “yugo” de la obediencia en Aquel. “Nadie puede venir a mí, si mi padre que me ha enviado no lo atrae”. Y entendemos como llamada, la que hablará al corazón del hombre y no simplemente tambores de oídos. “Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”. En otras palabras, hablamos de una llamada que encuentra al hombre en estado propicio de correspondencia, es decir, un estado de madurez para la relación con el Dios.

Muy a menudo, especialmente en el Evangelio de Juan, esta situación se califica como la “hora”, que definida exactamente como la “hora” de la jaris (gracia, energía increada) de Dios. Por eso el Señor, en cualquiera de Sus logos con los hombres terminaba con la frase: “El que tenga oídos para escuchar que escuche”. Por supuesto que oídos espirituales, no físicos. Es obvio que los discípulos de Cristo, como Andrés y Simón Pedro, se habían preparado para esto, por su propia disposición de búsqueda y por el hasta entonces maestro de ellos Juan el Precursor, quien tenía como obra la llamada hacia la metania (introspección, conversión y confesión) y el anuncio de la llegada del Mesías.

¿Cuál es la característica del seguimiento a Cristo? ¿Cómo distingue uno la autenticidad de la llamada? El Cristo contesta: “os convertiré en pescadores de humanos”. Es decir, el seguimiento a Cristo conduce inmediatamente a la apertura hacia el semejante y al trabajo apostólico-misionero. No puede uno ser discípulo especial de Cristo y permanecer apóstol (enviado), en el sentido que adquirió un axioma o cargo para su disfrute personal. Algo así presupone una comprensión de tipo mundano del cargo, que el Señor lo ha condenado con especial repulsión: “No seáis como los soberanos y gobernantes que quieren conquistar y dominar qa los hombres y las naciones”. El Señor llama al hombre a seguirLe, para abrazar y servir al prójimo con propósito su sanación y salvación; que significa que el apóstol se convierte en cooperante de Dios. Y esto ocurre no sólo en los apóstoles de Cristo, sino en todos Sus fieles, independientemente del servicio que hayan podido hacerse responsables: son discípulos de Cristo, al grado que aman con todas las fuerzas de sus psiques a sus semejantes, incluso hasta sus propios enemigos. Porque “el que ama a Dios y odia a su prójimo es un mentiroso y falso”.

Uno entiende que una situación así tiene carácter de sacrificio. Por lo general, los hombres ante esta agapi (amor desinteresado) –que es continuación de la agapi a Dios- primeramente se manifiesta con su comportamiento y después con las palabras, reaccionan y se oponen, incluso a menudo los conducen hasta el martirio. El Señor no ha prometido a Sus seguidores flores y laureles. Los dijo que iban a sufrir penurias y persecuciones, pero de esta manera permanecerían unidos con Él y ayudarían sustancialmente a los hombres; es decir, lo que ha ocurrido con Él mismo: “He aquí, yo os envío como ovejas entre lobos”. “En el mundo tendréis mucha tristeza y sufrimiento”. Y principalmente: “El quiera seguirme que se olvide del sí mismo, tome su cruz y me siga”. Por eso la fe cristiana no es de consumo popular, ni de “arrastre”. Se requiere valor y verdadera agapi hacia el Cristo, algo que explica también su disminución según las estadísticas universales.

¿Cuáles son las condiciones para seguir a Cristo? En la llamada de los primeros discípulos tenemos también la respuesta: “dejando las redes al instante”

(a) “dejando las redes”. Uno puede y sigue a Cristo, cuando procede en el desprendimiento de cualquier elemento que le tiene atado con el mundo, aunque esto es considerado mundanamente muy bueno. Es decir, lo que se pide siempre para el cristiano no es otra cosa que la voluntad de Dios. Si la voluntad de Dios para el cristiano pasa a través del “desprendimiento” aún de su trabajo, dejar todas las cosas mejores –“he aquí, nosotros lo hemos dejado todo” y te hemos seguido” dirán los apóstoles a Cristo- entonces esta es la prioridad del fiel. En otras palabras, si algo me tiene “atado”, vinculado patológicamente con el mundo, por muy cercano e imprescindible que se considere para mí, debo estar preparado para dejarlo. En este desprendimiento que se hace a favor de Dios consiste también la sanación y salvación. Basta, por supuesto, tener el discernimiento de entender cada vez cuál es la voluntad de Dios para mí.

(b) “directamente”, es decir, sin aplazamiento. Cuando el Dios me llama, cuando conozco Su santa voluntad y aplazo mi correspondencia y aplicación de esta voluntad en mi vida, a partir de este momento empieza mi responsabilidad de mi contrariedad a Dios. Me convierto de una manera en luchador contra el Dios, por consiguiente pongo obstáculo a la percepción y sentimiento de Su jaris (gracia, energía increada) en mi existencia. Y por lo general ocurre lo siguiente: continuamente aplazo la decisión de seguir a Cristo para… más tarde, por lo tanto nunca Le sigo. Un dicho antiguo dice: “el aplazamiento conduce al país del nunca”. Esta situación es llamada, como un arma de la derecha del diablo. El astuto maligno no ataca directamente al fiel con la negación a Dios, sino con la aceptación de Su voluntad pero para más tarde. Desde este aspecto, la vida cristiana tiene el elemento de resolución y empuje. El hombre que se ha convencido sobre la verdad de Cristo y sobre la sanación y salvación que ofrece como relación viva, no puede aplazar. Además de los apóstoles que correspondieron inmediatamente, vemos también inmediatez de correspondencia en todos los santos, quienes por eso se convirtieron en santos. En este caso, recordemos también al Apóstol Pablo, quien después de su admirable encuentro con el Cristo resucitado, al momento que perseguía a los cristianos al camino hacia Damasco, inmediatamente cambia su vida; y también la santa María la Egipcia, la que apenas haber concienciado el desastre de su vida y dónde se encuentra la verdad, inmediatamente se va al desierto sin volver nunca más al mundo.

Padre Jorge Dorbarakis

Fuente: ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ

Traductor: xX.jJ

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